El Gordinflón Erótico Compartí una vez habitación con un hombre que era gordo, pero gordo de nalgas y de piernas. Realmente piernudo, debo decirlo así, de manera enfática y para que no queden dudas. El hombre no era ni muy alto ni muy bajo, ni gordo ni flaco (apenas, ligeramente, regordete tal vez). No había tenido jamás una experiencia gay, pero siempre me gustaba observar los cuerpos masculinos y tenía predilección por los regordetes y velludos, a esos cuerpos los encontraba excitantes y fantaseaba con la posibilidad de tener a mi disposición uno de esos gordinflones, para comérmelo entero. Las cosas se precipitaron por efecto del azar, durante uno de mis viajes de negocios. Al llegar al hotel en donde suelo parar, el conserje me advirtió que no había habitaciones disponibles por esa noche y ante mis quejas me ofreció –tras alguna vacilación- compartir el cuarto con otro huésped. Esto me pareció casi una afrenta. Le espeté al conserje mi opinión sobre la situación. Le dije que no entendía como un hotel de cierta categoría (era un tres estrellas) sometía a sus huéspedes a esa molestia: el tener que compartir cuarto con un perfecto desconocido. El conserje me ofreció toda clase de excusas y me explicó, por último, que una coincidencia de congresos en la ciudad, había saturado las plazas hoteleras. A mí las explicaciones me importaban muy poco. Venía de manejar por caminos de montaña, de hecho había estado al volante durante más de ocho horas y lo único que deseaba era tomar una ducha caliente y echarme a dormir una siesta tan larga como mi cansancio lo exigiera. No tuve entonces más remedio que acceder al ofrecimiento del alambicado conserje. Una vez que hube aceptado las enojosas condiciones, el conserje llamó a un botones para que llevara el equipaje a la habitación, pero antes de que me marchase, me retuvo tomándome del brazo y me dijo, en susurros: «El hombre con el que va a compartir el cuarto, es un cliente conocido, no es malo, pero tiene sus cosas. Le recomiendo que no le de mucha confianza». Le respondí –de mal modo- que sus recomendaciones estaban de más y que lo que menos deseaba yo era confraternizar con algún insolente. Cuando por fin llegué a la habitación, esta estaba desierta, sin rastros de mi compañero forzoso de cuarto. Aproveché y me di una ducha. Luego me tiré a la cama y quedé profundamente dormido. Ignoro cuánto tiempo pude descansar, pero finalmente el ruido de la tv me despertó. Abrí los ojos y vi, en la cama contigua, a mi compañero que me observaba con deleite. Me incorporé avergonzado porque estaba desnudo de la cintura para abajo (así duermo yo) y sentí la mirada del hombre recorriendo mi cuerpo. Me sentí turbado y me cubrí con las sábanas. Mi compañero se puso de pie y se acercó a mi cama. «Soy Adolfo», dijo extendiendo la mano, muy formalito. «Parece que vamos a compartir este cuarto». «Parece», le respondí yo sin saber que más decir. Me sentía incómodo y el hecho de que él estuviese en slip me ponía aún más nervioso. Luego de las presentaciones, Adolfo volvió a su cama y yo prendí un cigarrillo para aparentar desenvoltura. Él tenía el control del tv y me preguntó si no me molestaba que él viese el noticiero. Le dije que en modo alguno y me sumergí yo también en la contemplación de la pantalla. Sin embargo, mi atención no podía apartarse de Adolfo. Era un hombrecito sexy, según mi modo de ver: no mediría mas de 1,60, tendría unos 40 años y era regordete, panzón, velludo y piernigordo. Mientras simulaba mirar la tv, espiaba con el rabillo del ojo sus piernas fuertes y el bulto de su slip, preguntándome como la tendría de grande. Después de un tiempo, creí notar que también él me observaba. Finalmente, se levantó diciendo que le apetecía tomar una cerveza y preguntándome si yo también deseaba una. Le dije que sí y me acercó la mía. De su portafolio sacó una botella de whisky y sirvió una medida en su vaso. También esta vez acepté que me convidara. Luego de beber unos tragos y charlar banalidades, se nos había soltado la lengua. Yo estaba muy caliente y me moría de ganas de manotearle el bulto. Pero no sabía cómo aproximarme. De pronto el hombrecito empezó a hacer zapping y llegó al canal condicionado. Nos quedamos mudos un rato, respirando agitados. Era increíble ver esas enormes pijas entrando y saliendo, se me hacía agua la boca y maldecía mi falta de iniciativa para abalanzarme sobre el gordinflón erótico. Desesperado, atiné a comentar –por decir algo- que pollas como las de las porno, no debían existir en la vida real. Este comentario pareció haber embravecido a Adolfo, porque saltó de su cama y poniendo su pelvis frente a mi boca, sacó su verga gritando que sí, que la de él era bien grande. Y créanme que no exageraba. Era un polla gorda, caliente y jugosa. No era muy larga, pero sí muy gorda. Su glande era rojo y estaba húmedo…no titubeé y me la metí en la boca. Era deliciosa!! Empecé a darle a Adolfo una mamada furiosa. Chupar una pija tan gorda había sido mi sueño secreto. Él me sujetaba la cabeza y me estimulaba con frases procaces: «chúpame, chúpame, así, mi putito, te vas a tragar toda la leche de tu macho, soy tu macho y tú mi putita». Yo asentía sin parar de mamar. La chupada duró bastante y al final, sin avisar, Adolfo emitió un gemido y sentí la vibración de su pene y luego la descarga copiosa de leche. Quise retirarme, pero el gordo no me dejó y me obligó a tragar todo el semen. Cuando estuvo satisfecho, se retiró y se tumbó en su cama. Yo había quedado muy caliente, así que me fui sobre él y me apliqué a lamerle las bolas peludas y las piernas gordas que tanto me calentaban, con esto me masturbé hasta que pude acabar. Fue mi turno de descansar, pero ya Adolfo estaba de nuevo a punto y no me dejó reponerme. Saltando sobre mí, me puso de costado e intentó meterme su gruesa verga de un tirón. Imposible. Le dije que era virgen y esto lo hizo reír. «Entonces estoy fabricando un putito nuevo», dijo. Interrumpió su intentona y se incorporó para ir al baño. Cuando volvió, traía una muestra de crema de enjuague. Su verga seguía durísima y goteaba, quise mamársela, pero me apartó de mal modo y me dijo «ahora te voy a estrenar el culo, serás mi puta toda la noche». Les juro que casi acabo al oírselo decir así. Me untó el ano con cuidado, metiendo un dedo, luego otro. Yo sentía un gran placer y gemía, cuando metíó el tercer dedo, gemí como una puta y esto pareció enardecerlo: «Ya estás listo», dijo, y untando su verga me la metió de a poco. Costó porque era ancha, en un momento le pedí que parase, pero esto parecía excitarlo más y entonces aceleraba el ritmo de la metida. Al fin, cuando ya estuve totalmente dilatado, me dejé llevar por el placer y me dediqué a gritar de placer como una gata en celo, mientras con pericia le acariciaba los huevos a mi amante. Esto nos hizo acabar en segundos. Mientras me pajeaba, pude sentir los chorros de semen caliente, era una delicia que no cambio por nada. Tras la cogida recorrí con mis manos el cuerpo robusto de Adolfo. Volvimos a calentarnos y esta vez él me mamó antes de penetrarme. Se imaginan que la noche fue muy ardua. Al día siguiente, el conserje observó preocupado mi rostro. Seguramente lucía exhausto, pero, claro, él no sabía lo feliz que estaba por haber hecho realidad mi fantasía de ser cogido por un gordinflón con pija gorda. Desde ese día, estoy a la pesca de especímenes como Adolfo. Si te gustó mi historia y cumplís los requisitos, mandame un mail a eklast@yahoo.com Edy Argentina
