Cuando yo tenia 12 años de edad, en aquella época en la que todo pre-adolescente comienza a explorar su cuerpo y afloran los deseos mas insospechados, en mi salón de clases mis compañeros hablaban de la grata experiencia de la masturbación. Por aquel entonces, yo tenia un amigo de nombre José, con quien compartíamos (verbalmente) aquellas experiencias secretas. Cierta tarde, cuando realizábamos un trabajo para el colegio en mi casa, al encontrarnos solos, empezamos a soñar con chicas que a ambos nos gustaban. Comentábamos como seria tener una relación sexual con ella y, de repente, nos encontramos «jugando» entre nosotros a abrazarnos y a acercar nuestros miembros, ya casi desarrollados. Era un juego que, por lo menos parecía inocente. Una especie de simulacro de sexo con las ropas puestas. Aquel día José me mostró su pene, el cual estaba extremadamente mojado por el casi contacto entre ambos. Después de ese día la experiencia se convirtió en un ritual que repetíamos a diario, cuando mis padres salían a trabajar, bajo llave, en mi habitación. Luego de unas veinte veces de «relaciones juguetonas» yo decidí que la cosa no debía seguir, pues ello podía influenciar en nuestra orientación sexual futura, así que dejamos de hacerlo. Ese mismo año, en las vacaciones, fui a visitar a unos primos que vivían en otra ciudad. Ellos tenían una casa con un jardín tan grande y lleno de arboles y pasto, que cierta noche, uno de mis primos, su amigo y yo decidimos armar una carpa para pasar la noche. Cuando nos disponíamos a dormir, mis compañeros de carpa convinieron en masturbarse, casi obligándome a hacerlo. Yo no lo hice, por pudor y porque, al ver la verga de mi primo de 14 años, que era notablemente mas grande que la mía, me dio demasiada vergüenza. Sin embargo hice el papel de espectador y aprendí nuevas técnicas que me servirían hasta estos días. Mi primo era prácticamente un adicto a la manuela. En reiteradas oportunidades le encontré meneándose la polla, lo cual me gustaba observar, seguro de no tratarse de una atracción física ni mucho menos. En los años posteriores seguí, como es normal, desarrollando deseos y practicando el onanismo, soñando con chicas que conocía y… algunas veces con muchachos. Cuando tenia 16 años me hice muy amigo de Mario, otro compañero de curso con el que sí nos pajeábamos juntos cada vez que él se quedaba a dormir en casa (que era bastante frecuente). Cuando nos masturbábamos lo hacíamos totalmente desnudos; pero nunca toque su polla ni el la mía. Era mas bien un encuentro de pajeros individuales para hacer competencias de la eyaculación mas precoz o el disparo mas certero a algún objeto que nos rodeaba. Todas estas experiencias, sin duda, desarrollaron en mi una atracción por los chicos de la que era consciente pero negaba a morir, engañándome a mi mismo. A los 19 años no había tenido ninguna relación sexual. Cantaba en un grupo de baladas y música pop, en el que conocí a Miguel, que nunca me gusto físicamente. El grupo musical era muy unido y el tocaba los teclados. Cuando era el cumpleaños de alguno lo celebrábamos en la sala de ensayos que habilitamos en el sótano de mi casa. Cuando llego el cumpleaños de Miguel, como era costumbre, luego del ensayo, los siete miembros de la banda celebramos con ron. Obviamente, la «víctima» mas temprana de la bebida fue Miguel, que termino dormido en un colchón mientras nosotros continuábamos la parranda. Finalmente, a eso de las 11 de la noche, después de una fiesta que duro unas cinco horas, mis compañeros emprendieron la retirada (mis padres no estaban en casa pues se encontraban de viaje). Miguel, entre sueños, mostraba animo de vomitar, por lo que lo levante y lo lleve al baño. Una vez terminada su «necesidad», lo retorne al colchón y, preocupado, decidí quedarme junto a él para vigilar su indisposición y así evitar que ensuciara nuestra ya asquerosa sala de ensayos. Entonces vi que en algunos vasos había quedado algo de bebida, la cual no dude en terminar. Finalmente me llegó el sueño y me recosté al lado de mi amigo. Al sentirme a su lado, Miguel, entre balbuceos, me dijo «Llama a mi casa y avisa que me quedo a dormir», cosa que hice de inmediato abandonando el sótano por un instante. Cuando retorne, Miguel se encontraba cubierto con unas frazadas que teníamos en ese lugar. Al acostarme a su lado levantando las cobijas me fije que se había quitado toda la ropa quedando en trusas. Yo hice lo mismo; pero algo me impulsó a quitarme absolutamente todo y quedar tal como vine al mundo. Así me acosté junto a el, que parecía dormido. Cuando una vez mas me sintió a su lado, Miguel no dudo en agarrarme el pene y comenzó a masturbarme, cosa que me extrañó. Sin embargo, al sentir tal placer y con la excitación que produce el ron, dejé que lo hiciera por un momento. Cuando me llegó el remordimiento, me di la vuelta insinuándole que no continuara y, efectivamente, se detuvo y se dio la vuelta. Pasaron unos dos minutos y me di cuenta que mi amigo se movía, por lo que creí que se disponía a vomitar de nuevo. Cuando me fije, Miguel se estaba quitando los calzoncillos y se arrimaba a mí, frente a frente. Mi corazón latía a mil por segundo. Me volvió a tomar la verga, que estaba erecta y suavemente se la llevó al culo. Yo, asustadísimo, no sabía que hacer. Me cogió la nalga y comenzó a moverme. Por supuesto, ya con la confianza que mi amigo me daba sin siquiera decir una palabra, seguí el juego y el comenzó a gemir muy sutilmente, al igual que yo. Después cambiamos la posición y deje que el me metiera el miembro, que era de igual tamaño que el mío, pero un poco mas grueso. Dejamos que este «ir y venir» continuara hasta las tres de la mañana y, cada vez que uno de los dos estaba a punto de «correrse», descansábamos por un instante para después comenzar de nuevo. Finalmente no pude aguantar y, por vergüenza de terminar dentro de el, decidí correrme sobre el colchón. El lamió mi semen desparramado en la cama improvisada y mientras lo hacía yo lo masturbaba hasta que también se corrió. No habíamos dicho ni una sola palabra durante ese encuentro sexual. A la mañana siguiente despertamos desnudos y abrazados. El se levanto, fue a tomar una ducha, yo hice lo mismo y fuimos a clases, como si nada hubiera pasado. Claro, continuamos siendo amigos pero nunca lo comentamos. Luego continué estudiando, ingrese a la universidad y me enamore de una chica; pero no dejaba de masturbarme pensando en esa relación. Después de unos años, cuando cumplí 22, conocí a un chico que visitaba mi casa frecuentemente (yo ya vivía solo en un departamento). En cierta oportunidad, cuando charlábamos de otras cosas, Javier (así se llamaba), me dijo que tenia 18 años y que nunca había tenido una relación sexual. Me preguntaba que se sentía, que riesgos se corrían, etc. Finalmente me dijo que me quería mucho (ya estaba borracho) y que si iba a tener una primera experiencia desearía que sea conmigo. Entonces, ya con mas seguridad por el hecho de ser yo el experto, comencé a desnudarlo y le pedí que el hiciera lo mismo. Al quedar en cueros en la sala, con nuestras ropas mezcladas en el piso, note que el se moría de miedo, por lo que no lograba tener una erección. Entonces decidí chupársela y experimente, por primera vez, el sabor de una verga. Su pene empezó a crecer en mi boca y yo no me detuve hasta que el me lo pidió. Fuimos a mi habitación y nos acostamos en la cama. Él me la chupó por un buen rato, lo cual me llenó de gozo. Finalmente lo penetré y él me pidió que lo hiciera mas suavemente. Continuamos tirando en la cama; yo a él, él a mí. Nos llenamos de caricias y nos animamos a besarnos apasionadamente. Ese muchacho de 18 me demostró que era todo un hombre. Continuamos haciéndolo en la ducha, en la sala y hasta en la cocina. Fue un fogoso encuentro de aquellos que no se pueden olvidar y que confirman que uno no esta hecho para satisfacer a una chica, sino a un muchacho tan excitante como Javier. Sentí el sabor de su semen y él también dejó que yo me corriera en su boca. Se quedó hasta la mañana siguiente y, al despertar, continuamos dando rienda suelta a nuestros instintos animales hasta que nos cansamos. Al medio día continuábamos desnudos caminando por el departamento… no queríamos que la experiencia terminara. Así estuvimos hasta la noche, acariciándonos, besándonos, jugueteando con nuestras vergas paradas y fue cuando, definitivamente, confirme que yo era gay. Después de estas experiencias, tuve otros ocho encuentros con amigos y conocidos; pero… exacto!… Esa es otra historia. Autor desconocido.
