De puente en mi ciudad
Acababa de llegar de Málaga (V. SEG V) y los planes para la noche cambiaban continuamente. Mi intención era ir a casa de mis padres, pero la lluvia y la falta de transporte me retrasaron tanto, que se había hecho la hora de salir y todavía no había llegado. Llamé a mi amiga para pedirle las llaves de su piso, me di una ducha rápida, pillamos una pizza y comimos en el coche de otra amiga. Íbamos a una zona turística a unos 30 minutos de la capital, donde había quedado con mi amigo Arie.
Fuimos a nuestra disco de siempre, para empezar. Tomamos whisky, tequila… y empezamos con los jueguecitos. Yo ya traía el cuerpo caliente y estas cosas, que normalmente no me producen reacción alguna, empezaron a tener efecto en mi entrepierna. Terminada la tercera copa, cogí un hielo del vaso vacío lo metí en mi boca y se lo pasé a Arie. El contacto efímero de nuestros labios no significó nada, al menos nada sexual, la lo habíamos hecho otras veces, él volvió a pasarlo. El cubito se hacía cada vez más pequeño y, por ende, el contacto más estrecho; cada vez que legaba a mí desde una boca diferente, un cúmulo de sensaciones se abigarraban en mi polla que estaba medio parada.
La música ese domingo empezaba a aburrir, así que los siete decidimos ir a nuestro local favorito en la capital. Un club house cerca del puerto. Como no cabíamos todos en el coche, Arie y yo subimos hasta la parada de bus. Tardaba mucho y nosotros estábamos cada vez más juntos, sentados frente a frente con las piernas entrelazadas; no recuerdo de qué hablábamos. Ocupamos la última fila de asientos, Arie sentado en la esquina derecha y yo recostado sobre él. Mi cara terminó apoyada en su bulto que no quedó impasible y se dejó notar. El trayecto se me hizo muy corto. Cuando estábamos llegando los otros chicos llamaron para decirnos que el club estaba cerrado y se iban al piso; pero nosotros preferimos seguir la fiesta. Llegamos con nuestro colocón a un pub de ambiente, bastante conocido, y seguimos bebiendo, esta vez cerveza con tequila, y bailando house, como no.
Poco a poco el local se iba llenando. Arie y yo quedamos en un rincón, cerca del servicio, completamente ajenos a los acontecimientos que se desarrollaban a nuestro alrededor. Los rituales de cortejo tantas veces vividos. Me acerqué a la barra a por unas birras y al volver Arie estaba con un chico muy amanerado, cuando llegué se presentó, se llamaba Víctor. No me gustan los chicos así, le di largas y seguí bailando con mi amigo. Pero Víctor no se cansaba y seguía acercándose de vez en cuando a decirme algo, hasta que alguna hora y varias cervezas después acabé comiéndole la boca y no mucho más tarde en su casa.
Mi amigo estaba demasiado ebrio para caminar hasta el piso donde teníamos que dormir. Víctor, oportunamente, me ofreció que fuéramos a su casa a esperar que se le pasara. Con la ayuda de los dos llegamos al ascensor, subimos aun noveno y Arie se tiró en el sofá. Víctor y yo nos sentamos ahí también, pero bastante alejados, el sofá era muy grande. Arie quedó pronto dormido.
Víctor se sentó en mis rodillas y me besó de nuevo. Ese chico exageradamente amanerado del bar, de apariencia delicada, casi femenino; ahora se comportaba como todo un hombretón ─como vería después de pelo en pecho─. Se bajó al suelo y me quitó los zapatos, se subió de nuevo encima de mí, que estaba recostado en la esquina del sofá, cerca de Arie, que empezaba a roncar, haciendo notar su presencia. Había bebido tanto que me olvidé de cualquier prenda de abrigo. Llevaba una escasa camiseta negra de manga corta, Víctor la levantó y empezó a morderme los pezones; fue bajando lentamente, o un poco más rápido, recorriendo el camino de besito que le llevaría al cinturón de mis vaqueros rasgados. Intentó quitármelo, pero no le dejé. No me gustaba tener sexo con Arie al lado. No insistió, empezó a mordisquear la hinchada cabeza de mi polla sobre el pantalón, subió de nuevo a mis pezones, trató de desnudarme, ahora empezando por arriba, y otra vez me resistí. Cuando volvió a morder mi paquete levemente ya no pude aguantar más, me dejé hacer… Arie seguía dormido y roncaba. Víctor me llevó a su cuarto.
Puso música, ahora sí nos desnudamos completamente antes de meternos en la cama. Víctor salió a cerrar la puerta del pasillo, ya que su hermano dormía en la otra habitación. Cuando volvió yo estaba en la cama con la pija durísima apuntando al techo. El chico comenzó regalándome una visión de lo más caliente: me comía la polla con delectación a la vez que movía el culo delante de mi cara. Mis ojos se cerraban o abrían a intervalo, dependiendo de la intensidad del trabajo de sus labios. A través de los cristales medio limpios de la ventana iban entrando los primeros rayos de luz, todavía tenue, que se colaban por entre las heridas de un vívido cielo rasgado de un rojo intenso que, nos levó con paso apresurado a estrenar un nuevo día casi sin darnos cuenta.
Las deliciosas caricias con que el chico agasajaba a mi rabo me tenían abstraído de la realidad. Aunque la postura presagiaba un 69 más que típico, la maestría de la mamada que estaba recibiendo me imposibilitaban para cualquier otra tarea. Tan perdido entre sus labios me hallaba que sólo desperté a la consciencia en el momento en que mi verga empezó a soltar leche y la boquita de Víctor a succionar con fuerza renovada.
Ahora sí que tuve que comerme su verga como recompensa al trabajo bien hecho, así como para ahogar los gemidos que me arrancaba frotando mi glande fuera de la boca mientras me pajeaba suavecito haciéndome estremecer de gusto. El chaval, goloso, no tardó en llevarse el juguetito a la boca mientras yo seguía concentrado ahora en sus bolas. Me estaba volviendo loco su manera de chuparla, estaba a punto otra vez por lo que dediqué todos mis esfuerzos a acelerar su corrida. La metí de nuevo en mi boca y seguí pajeándole a la vez que me tía dos o tres dedos en agujerito. Esta vez la corrida fue prácticamente simultánea, sólo sentir el primer lechazo en mi lengua y no pude contenerme, me vine de nuevo entre sus labios y de entre los míos escapó algún gemido recio.
El tío no se cansaba, cambió de posición, pero sin dejar mi polla ni un momento, yo sólo veía estrellitas y una franca sonrisa de placer llenaba mi cara. Sonó el despertador, Víctor tenía que ir a trabajar.
Salí al salón para despertar a Arie con mi erección apenas contenida en un escueto bóxer blanco.
• ¡Nene levanta!
• ¡Déjame! Tengo sueño
• Nene, venga.
• Jo tío. Quiero dormir más.
• Ya, pero tenemos que irnos.
Reaccionó por fin, abrió los ojos y tras desperezarse miró un par de veces alternativamente mi cara y mi bulto. Sonrió.
• ¿Qué pasa amor? ─los apelativos cariñosos entre nosotros son comunes, le quiero un montón─.
• Nada cari, venga vamos.
• No, dime de qué te ríes.
Se aproximó peligrosamente a mi entrepierna. No hice nada, confió en él, además tenía ropa. Me dio un lametón en el glande que seguía bien gordo y muy rojo.
• ¿Qué haces loco?
• De eso me reía. Vas por ahí provocando. Sabiendo que…
Víctor entró en la sala y la escena perdió todo el erotismo, el encanto y mi rabo su erección.
• Chicos, ¿llamo un taxi?
• Sí, gracias. Enseguida estamos.
Volví al cuarto, me vestí deprisa y bajamos los tres. En el ascensor: silencio, silencio y unas caras horribles, que dejaban al descubierto los estragos de la noche loca y la resaca mal dormida. Esperamos unos cinco minutos en el portal, más del mismo silencio incómodo. Al despedirnos Víctor me besó en la boca y se volvió a casa.
Ya en el taxi Arie se acercó para hablarme al oído mientras su deliciosa lengua jugaba con el piercing de mi oreja.
• Picha loca, ese tío te ha dado un beso en los morros, ¿por qué?
• ¿Cómo me has llamado? ─sólo reparé en eso porque me hizo mucha gracia─
• Picha loca ─repitió agarrándome el paquete─
• Jeje, no sé. Ya sabes que yo sólo te quiero a ti ─un guiño─
La carrera duró diez o quince minutos, todos los semáforos rojos, y la mano de Arie no se apartó de mi entrepierna, que se resistía a apagarse del todo. Cuando llegamos al piso, mi amiga ya estaba levantada para irse también a trabajar. Qué bien ─pensé─, así nos quedamos en su cama que es más grande.
Arie y yo somos amigos, compartimos cama muchas veces y nunca pasa nada entre nosotros, no sé como fue… Yo tenía el rabo juguetón de nuevo y mi niño el culito mojado. Una cosa llevó a la otra.
Antes de volver a la cama, fui al y pasé por la cocina a saludar a mi amiga.
• Buenos días cari.
• ¿De dónde vienes guarro?
• ¡Oye! Qué te he dicho buenos día, eh.
• Ya sé, tonto. Buenos días. ¿Has visto el regalito que traes en el cuello?
Entré de nuevo al baño y me vi en el espejo un chupetón negrísimo en el lado derecho, muy indiscreto. ─Mierda, hoy tengo un almuerzo con mis padres─. Le di un besito a mi amiga y me fui a dormir.
Cuando entré al cuarto, Arie estaba ya bajo las sábanas, su ropa amontonada a los pies de la cama, en el suelo. Bajé las persiana y la luz se hizo más débil, sólo lo justo. Me quité los vaqueros y la camiseta y me metí en la cama. Mi niño me recibió con una sonrisa encantadora y me regaló un dulce besito en los labios, que tuvo reacción inmediata más abajo.
• ¿Qué haces loco? ¡Para ya!
• No quiero para, tengo ganas de jugar un rato.
• Ya… ¡para! Estás borracho.
• No cari, sólo que oí lo que pasó antes y me quedé con ganas. Mira.
Agarró mi mano apoyada en su carita preciosa y la acompañó con la suya surcando el óvalo de su cara, su cuello robusto, el torso lampiño hasta llegar al ombligo; se desvió hacia la parte baja de su espalda y llegamos juntos a su culo durísimo.
• Toca cariño, ¿ves?, ya sabes lo que necesito.
• Te digo que es una locura amor.
• Tal vez mañana los locos movamos el mundo…
Sonreí ante la cita tantas veces recordada y la completé en voz alta
• … ¿o ya lo estamos moviendo?
Arie me sacó la lengua burlona. Yo saqué la mía y lamí sus labios. El juego había empezado, no había marcha atrás. Aparté de un tirón las tapijas y mi niño lindo se montó en mis caderas. Qué imagen tan dulce y tórrida a la vez, en estos momentos es cuando verdaderamente quiero ser uno con el otro. Con mi otro, ─cómo te quiero Arie, cariño─.
Sentado desnudo sobre mi pelvis comenzó moviendo las caderas al tiempo que me despojaba, no sin dificultad, de la poca ropa que me quedaba y terminó jugueteando con mi polla entre sus nalgas mientras se acerca de hito en hito a mi boca para darme divertidas mordidas en el labio inferior. En una de esas, le agarré por la nuca y ahora era mi lengua la que jugaba en su boca inquieta y lujuriosa. Sentía la humedad de su culito que en mi polla, que también estaba ya muy mojada y me moría de ganas de comerle el culo a mi Arie, es precioso. Se escuchó la puerta del piso, ya estábamos solos.
• Cariño, fóllame.
• Tengo otros planes, cielo. Date la vuelta y quédate quietecito.
• ¡Mmmm!
Salté de la cama un momento y tomé del galán un pañuelo fino de algodón negro y blanco. Cerré los ojos de Arie con mis dedos y llené de tiernos besitos sus párpados, como sellándolos. Empecé a recorrer el lindo cuerpo de mi amante con el pañuelo. Dibujando corazones en su pecho, en las piernas, el cuello. Anudé el pañuelo tapándole los ojos y empecé el recorrido en sentido inverso. Dibujando de nuevo fantasías en su cuello y en su pecho, esta vez con mi lengua. Se retorcía y ronroneada como un gatito cuando mordía sus tetillas. Poco a poco fui bajando hasta mi objetivo, que cada vez estaba más próximo. Conforme me acercaba mi putito iba abriendo las piernas hasta que quedé encajado entre ellas lamiendo la cara interna de sus muslos; mis manos acariciaban sus nalgas ávidas de amor y él arqueaba la espalda, obsequiándome una hermosa estampa digna del mejor calendario.
Bastó un lengüetazo en el agujerito lampiño para arrancarle verdaderos gemidos a su garganta. Este chico me vuelve loco, ─como todos─ tiene algo especial. La rosa de su baja espalda latía, abriéndose y cerrándose a las incursiones de mi lengua traviesa que divertida, gusta saberse atrapada entre los tensos músculos del trasero de Arie.
• Nene quiero tu polla.
• Sí cari. ─le respondí con voz entrecortada─.
Mi rabo aprisionado contra las sábanas rezumaba calentura y jugos preseminales. Entre el roce delicioso y los gemidos de mi niño, estaba tan excitado que pensé en correrme varias veces durante el juego. Pero esto no podía terminar así; es más, ni siquiera sé si podría acabar, si le dejaría alguna vez escapar de la cárcel de “amor”.
Me puse de rodillas en la cama y Arie instintivamente levantó las piernas. Ante esa visión no podía resistirme; mi excitación rozaba máximos históricos. Empujé mi rabo con fuerza y le entró todo de una vez, comencé a mover el culo recreándome en el soniquete de nuestros cuerpos al chocar. Loco de ardor, de deseo insaciable, lamía su cara y su boca sin dejar de moverme.
Arie se arrancó el pañuelo que le privaba de la escena. Sus ojos brillaron viendo los míos encendidos sobre su pecho, mordiendo su cuello, sin parar el vaivén de mi pelvis. Ahora mi niño putito rodeó mi cintura con las piernas, se agarró a mi cuello mordiéndome a la altura de la clavícula, se me escapó algún quejido de placer.
Arie se sentó en mi polla tragándosela entera otra vez, ahora mandaba él. Se movía o paraba a su antojo y me volvía loco. Se salió de mi verga, me arrancó el condón, lamió mi glande hinchado y saltó de la cama dejándome solo. Fue hasta el escritorio e inclinado sobre él apoyado en sus manos me dijo sin mirarme:
• Ven aquí y fóllame.
Y yo… Yo siempre he sido un chico obediente
oskarnomellamo@hotmail.com; para lo que quieras…
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