Me lo encontré en un Sanborns de Cuernavaca. Yo entré a comprar cigarros y él estaba hojeando revistas. Tenía una cara de ángel y quizá por eso me llamó la atención. Bueno, no tenía exactamente cara de ángel sino de adolescente, aunque por su cuerpo supuse que debía tener unos dieciocho años… y me estaba mirando con tanta insistencia que al principio creí que era algún conocido. No soy muy bueno para recordar caras cuando he las he visto sólo un par de veces, así que me sentí algo inquieto. ¿Qué tal que sí lo conocía y no recordaba cómo o dónde? Pero se veía demasiado joven y la mayoría de mis amigos y colegas tenían 30 años o más. Pensé que a lo mejor era hijo o sobrino de algún conocido, así que cuando volvió a mirarme le sonreí discretamente mientras hacía un gesto vago con la mano saludándolo y él se puso tan nervioso que inmediatamente entendí que en efecto, no nos conocíamos. “¿Me estará ligando?” -me pregunté- ¿Le gustarán mayores que él…? El muchacho era muy guapo, pero se veía tan ingenuo que supuse que si me le acercaba, iba a alejarse a toda prisa. No es raro que los muchachos muy jóvenes se pongan a coquetear con alguien, y luego se asustan cuando consiguen atraerlo.
Decidí experimentar. Total, yo estaba solo y no tenía nada mejor qué hacer. Había viajado a Cuernavaca para asistir a una boda el día anterior, y un clavo en una llanta me había dejado sin automóvil por dos días, ya que ningún taller tenía el repuesto y había qué traerlo desde la ciudad de México. Así pues, me decidí a averiguar hasta dónde podía llegar la situación y avancé hacia el chavo mirándolo a los ojos. Estaba como a tres metros de él cuando se puso nervioso y dio media vuelta para alejarse. Sonreí comprobando mi teoría. “Se asustó de que le hicieran caso”, pensé. Me encogí de hombros y estaba por salir a la calle cuando noté que el muchachito había regresado y estaba mirándome, entre apenado y ansioso, cerca de la entrada de los sanitarios. Cuando notó que había vuelto a captar mi atención, salió hacia el pasillo de los baños. “Veamos qué pasa”, me dije, y lo seguí. Entré al baño de caballeros y ahí estaba él, frente al espejo, sin duda para espiar si yo lo había seguido porque en cuanto me vio, bajó la mirada. Yo me harté de jueguitos y fui con él. Lo saludé y me contestó nervioso, en voz tan baja que no entendí una sola palabra. Tras de dar una ojeada rápida para comprobar que no había nadie más en el lugar, le dije sin rodeos “Eres muy guapo”. Él se apenó y se sonrojó tanto que tardó varios segundos en decirme “gracias”. Con esto, se inició entre nosotros un diálogo inseguro y lleno de pausas.
- No te conozco, ¿verdad?
- No… creo que no.
- ¿Eres de Cuernavaca?
- Sí… ¿y tú?
- Vivo en el DF. ¿Qué tal si te invito un refresco para que platiquemos?
- Pero aquí no. Vienen muchos conocidos y…
- Cálmala. Sólo te estoy proponiendo que platiquemos.
Volvió a sonrojarse y a callar.
- ¿Cuántos años tienes?
- Dieciocho. Los cumplí ayer.
“Buen cálculo” pensé para mis adentros.
- Yo tengo treinta. ¿No te da miedo?
Un instante después me arrepentí de haber dicho semejante estupidez, porque él volvió a bajar la mirada y a guardar silencio. Iba a disculparme, cuando habló.
- No me da miedo. Me dan nervios.
- ¿Por qué…?
- Nunca había hecho… algo como esto. Pero me prometí que iba a hacerlo a los dieciocho años.
Me sorprendí. ¡El chavo me quería de regalo de cumpleaños! ¿Sería posible que fuera virgen?
- ¿Nunca has hecho nada… con nadie?
- Sólo una vez… Fue con una novia, a los dieciséis años. Ella empezó… No me gustó… Y finalmente no pasó nada. Quiero decir, nada… nada serio.
Traduje sus palabras en mi mente: ella quiso cogérselo y él no se había dejado. “¿Ni siquiera le darían una mamadita?”, me pregunté.
- ¿Nada “serio”? ¿Ni siquiera sexo oral…? –Quise sonar atrevido pero educado.
- No. Ella quiso agarrarme el… miembro, pero yo no quise.
¡¡Era virgen…!! Y tan casto, que le decía “miembro” a la verga a pesar de que estábamos solos y en un baño de hombres. Bueno, más que llamarle “virgen”, digamos que el chavo nunca había hecho sexo con nadie, porque eso de la “virginidad” es un concepto buga (hetero, para que me entiendan en otros países); quiero decir, los hombres no tenemos un himen que se rompa para siempre cuando nos meten la verga por primera vez. ¿Cómo podríamos entonces “perder la virginidad”? Y si la virginidad fuera un estado mental, como dicen algunos, conozco chavitos que la perdieron desde los seis años con sus deseos cachondos. Yo, por ejemplo.
Pero vuelvo a lo que contaba. Curiosamente, su confesión en vez de excitarme me puso intranquilo. La verdad, prefiero a los hombres “corriditos” y con experiencia, pues la primera vez suele ser muy accidentada, llena de sofocos, inseguridades y timidez. Mis respetos a quienes les gusta “estrenar” chavos, pero yo prefiero a los hombres que ya saben lo que quieren y cómo lo quieren… así que intenté disculparme con él.
- Mira, francamente te noto muy nervioso… A lo mejor no estás seguro de lo que quieres…
- Sí, sí estoy seguro –Me interrumpió, ansioso.
Decidí retarlo.
- ¿De que estás seguro? ¿Qué es lo que quieres hacer? Dímelo. -Pensé que con esto bastaría para que saliera corriendo. Me equivoqué.
- Quiero hacer sexo con un hombre. Me gustan los hombres. Me gustas tú.
Volví a sorprenderme. Ahora el que se quedó en silencio, fui yo. Él volvió a hablar.
- Me dijiste que yo era guapo. ¿De veras te gusto?
- Mucho –le dije sincero- pero estás muy chavo…
- Pero no es mi culpa –contestó.
Me sentí ridículo de hacerme tanto del rogar. Después de todo, él era de verdad muy atractivo. Además de tener una cara de ángel, sus pantalones insinuaban unas nalgas paraditas que de seguro estaban durísimas, sus muslos se veían muy entrepiernables y bajo la playera polo que traía, se notaban dos pectorales muy mordibles…
- Estoy en un hotel por la salida a Oaxtepec –le dije- ¿Quieres que vayamos?
- Sí… ¿Tienes coche?
- No, pero podemos tomar un taxi.
- Bueno.
Sonrió tan feliz y relajado que no resistí la tentación de darle un beso en sus labios jugosos y húmedos. Tuvimos qué separarnos cuando oímos que alguien estaba por entrar al sanitario. Mientras salíamos, volteé discretamente a mirarle la entrepierna y noté que con el beso, la verga se le había parado. Sonreí pensando en que ese bocado prometía.
En el taxi casi no hablamos pero él no dejaba de mirarme. Lancé una mano a uno de sus muslos y me puse a acariciárselo. Él se puso tenso, sin duda pensando en el taxista, pero no hizo el menor intento por apartar mi mano, lo que me dio valor para acariciarle el paquete. Su verga seguía paradísima, dura como un palo, y me di gusto sobándosela por encima del pantalón. Comenzó a jadear un poco y suspiró, tratando de ser discreto. El taxista volteó para mirarnos por el espejo retrovisor.
- ¿Algo le llama la atención, amigo? –Le pregunté, casual.
- No, amigo, -contestó el taxista, también casual- aquí en el taxi se ve de todo… ¿pero sabe qué es lo mejor?
- Dígame –le contesté.
- Que cuando me dan una buena propina, ni veo ni oigo nada –Añadió, socarrón.
- Cuente con ella, amigo, –le dije– se lo aseguro.
El taxista sonrió y dejó de mirarnos. Con ello, le di rienda suelta a mi deseo. Volví a besar al muchacho, le metí la mano por debajo de la camiseta, le desabroché el cinturón y metí una mano en su trusa para acariciarle la verga. Luego me recosté en el sillón para mamársela. Estaba chorreando abundante néctar de macho, que saboreé con placer. “Estás riquísimo”, le dije. Él sólo jadeaba y se había sonrojado mucho: la cara, el cuello, el pecho… era una delicia verlo. Le tomé una mano para ponérsela sobre mi verga, que para entonces ya me había sacado del pantalón. Me la apretó con fuerza, como si temiera que se le escapara. Suspiré de gozo. El taxista habló. “Mejor váyanse arreglando la ropa, porque ya casi llegamos” Su voz sonaba pícara y divertida. Del puro gusto de haberme encontrado al mejor taxista de la ciudad, le di quinientos pesos de propina. Antes de irse, me dio su tarjeta asegurándome que estaba a mis órdenes, pero aclaró sonriendo, “pero sólo para lo del taxi, ¿eh?”. Le contesté que los taxistas no eran mi línea. Los tres nos reímos.
En cuanto cerré la puerta del cuarto, el chavo me abrazó con fuerza y me besó como si la vida se le escapara. Le metí la lengua para explorar su boca. Pasada su sorpresa, él hizo lo mismo. Nos restregamos cuerpo a cuerpo con pasión. Nuestras vergas se pusieron tan duras que les costó trabajo brincarse mientras las frotábamos una contra otra. Él perdió la paciencia y comenzó a quitarse la camiseta.
- Espérate, eso me toca hacerlo a mí –Le dije. Dejó de desvestirse y asintió.
- Hay bebidas en el servibar. ¿Quieres algo? –Le pregunté.
- Sólo te quiero a ti -me contestó, seductor.
Le quité la playera polo. Su pecho desnudo me gustó tanto que decidí que no tenía ninguna prisa por quitarle toda la ropa y me dediqué a disfrutarlo por etapas. Con la lengua me ocupé de sus pectorales, poniendo especial atención a sus tetillas, que mordí levemente hasta que conseguí que se le pararan. ¡Cómo me gustan las tetillas cuando se ponen duras como verguitas! Noté que él trataba de disimular sus jadeos y le dije, hablándole boca con boca:
- Puedes gemir y hasta gritar si quieres. El cuarto está muy aislado y a mí me encanta oírte.
- Qué bueno –dijo sonriendo- porque hasta cuando me masturbo soy muy ruidoso.
- Haz todo el ruido que gustes… Yo, feliz.
Me puse a lamerle las axilas. O no usaba desodorante o usaba muy poco, porque no me encontré con el sabor desagradable del óxido de zinc ni con el olor a perfume. Sólo sabía y olía a sudor joven; era toda una delicia. Él siguió jadeando ya sin pudor. “Aaah… Me encantas… Sí, más… más… sí, ahí. ¡Qué rico…!” Y comenzó a gemir con una especie de llanto entrecortado de la pura excitación. Sus manos no estaban ociosas, una ya estaba navegando el interior de mi bragueta, sobándome la cabeza de la verga y embarrándose los dedos con mi néctar, y con la otra me oprimía la cabeza contra su torso y me revolvía el cabello. Sus manipulaciones hicieron que sintiera ganas de orinar.
- Tengo qué ir al baño –le dije- pero no me tardo.
- ¿Puedo ir contigo? –me preguntó. Debo haber puesto cara de extrañeza, porque luego aclaró -Es que una de mis fantasías es detenérsela a otro hombre mientras orina… ¿Sí puedo?
Me tomó por sorpresa y tardé en contestarle.
- Claro… Vamos.
Pero en vez de seguirme, se sintió obligado a añadir:
- Mejor no. No vayas a pensar que soy un enfermo o… que tengo ideas raras.
- Para nada. Sólo que me agarraste desprevenido. Deténmela todo lo que gustes. Y si quieres, yo también te la detengo a ti. Me encanta la verga.
Sonrió ampliamente. Lo tomé de una mano y avancé con él al baño. Él me bajó el cierre de la bragueta para sacarme el palo. Como yo seguía excitado, opté por abrirme los pantalones para darle libre acceso y evitar forcejeos. Me acarició los vellos del pubis antes de bajarme la trusa.
- Qué rico se siente tu miembro entre mis dedos… -Me dijo.
- Verga. Miembros, los de los clubes. Esto es una verga. O un pene, si te incomoda esa palabra.
- No es eso… -contestó- Es la falta de costumbre. Pero tienes razón. Suena más cachondo decir “verga”.
“Ya nos vamos entendiendo”, pensé. Me la sostuvo con una mano y la apuntó hacia el tazón del inodoro. Como era de esperarse, no logré sacar nada.
- ¿Te da pena? –Me preguntó.
- No es eso. ¿A poco nunca has tratado de orinar con el pito parado? Cuesta trabajo.
- Tienes razón, -me dijo- pero haz el intento, ¿sí…?
Me quedó claro que era cierto que él tenía la fantasía de agarrársela a otro mientras orinaba. Tras de unos segundos, conseguí que el chorro fluyera con fuerza.
- Se siente riquísimo cómo corre el líquido por el tubito de carne de aquí abajo –me dijo, y suspiró de placer.
- A lo mejor vas a terminar aficionándote a la “lluvia dorada” –le dije, entre serio y broma.
- ¿Qué es eso?
- Así le llaman al gusto por los orines. A algunos hombres les gusta que otros se les meen encima.
Se sonrojó.
- No, no creo. No es que me dé asco, pero no se me antojaría que me hicieran… eso que dices. Sólo me gusta sentir cómo corre el líquido por abajo del miem… de la verga. Hasta cuando me masturbo me gusta sentir cómo me sale el semen.
Terminé de orinar y él tuvo la cortesía de darme las tres sacudidas de rigor.
- Ahora vas tú –le dije. Te la detengo.
- Gracias, pero no tengo ganas. Cuando me encontraste frente a las revistas, acababa de ir al baño.
- ¿A buscar hombres? –Le pregunté, sin tacto. Él bajó la mirada y no contestó.
- Discúlpame –le dije- fue un mal chiste.
- Es la verdad –contestó al fin- eso quería.
- Pues me da mucho gusto que me hayas escogido a mí –le dije, tratando de corregir mi majadería.
- Es que me encantaste… Y me daba miedo ligarme alguien de mi edad.
- ¿Por qué…?
- No sé. Nomás.
Me di cuenta de que con mi chiste idiota, casi había logrado que se le bajara… y de paso, que se me bajara a mí. Decidí recuperar la cachondería que había estado a punto de naufragar entre nosotros.
- Pues tu pantalón llegó hasta aquí –le dije- y me ocupé en quitárselo.
Él se dejó hacer. Lo senté en la taza del baño para quitarle los tenis Converse rojos que traía. Tenía unos pies preciosos que me puse a besarle en cuanto le quité las calcetas blancas y los pantalones. Su verga se puso vertical en cuanto le lamí las plantas de los pies, los tobillos y los muslos. Luego comenzó a temblar y su respiración se volvió agitada. “¿Qué me estás haciendo…?”, dijo con voz entrecortada, cerrando los ojos. Yo entendí que era una pregunta que no requería de respuesta.
Lo levanté y lo cargué en mis brazos para llevarlo a la recámara. Él se detuvo de mi cuello con las manos y apoyó la cabeza contra mi pecho. Cuando cruzamos la puerta pensé, divertido, que era lo mismo que hacen los novios en la noche de bodas, sólo que apenas era la una de la tarde. Lo dejé caer sobre la cama y me tiré encima de él, besándolo, lamiéndolo, acariciándolo. El trataba de corresponderme, pero se retorcía tanto de placer que sus movimientos eran espasmódicos y torpes. ¡Ah, la excitación de la primera vez…! Sentí envidia.
Él comenzó literalmente a arrancarme la ropa. En el combate calenturiento perdí dos botones de la camisa, pero no me importó. Bajé mi boca por entre sus pectorales, lamí su ombligo, bajé por su delicioso caminito de vellos hasta el elástico de su trusa, que le quité con los dientes. Luego, ataqué su verga, tragándomela entera de un solo bocado. No era nada modesta, por lo que me entró hasta la garganta. Disfruté mucho cuando él arqueó su cuerpo hacia atrás y lanzó un gemido sonoro de placer. Comencé a chuparle los huevos uno a uno. Mi amigo aullaba, agarraba a puños la colcha de la cama y se retorcía de gusto. Le di un momento de reposo para que recuperara la respiración, y luego le abrí las piernas para bajar hasta su ano, que comencé a rodear con la punta de mi lengua. Volvió a encorvarse.
- No… No… -Comenzó a decir.
- ¿No quieres que te haga eso? –Le pregunté- Lo que no te guste, dímelo.
- No me hagas caso… Es que nunca había sentido… algo así. Pero sigue… Hazme lo que quieras.
Puesto que tenía permiso, redoblé mi ataque contra su culo. Se lo chupé para abrirlo y meterle la punta de la lengua. Él se quedó sin voz. De su boca muy abierta ya sólo salían ruidos guturales. Con una mano le abrí más las nalgas y con la otra, comencé a sobarle la verga. “Espérate… -consiguió decir- es que vas a hacer que me venga…” Me detuve. Él se incorporó un poco en la cama. Tenía el rostro rojísimo, congestionado por la excitación. Se veía como un demonio lujurioso.
- Quiero que esto dure un poco más… por favor… Lo estoy gozando mucho.
- Esto va a durar el tiempo que quieras –le dije- Si gustas, el fin de semana completo lo pasamos en esta cama.
- Quisiera, pero no puedo. Mi mamá se preocuparía mucho si no llego a la casa a dormir.
¡Su mamá…! Por supuesto. Como desde hace años no vivo con mis padres, ese detallito ya ni siquiera lo tomaba en consideración. “Me siento… rarísimo”, dijo. “Aquí viene el complejo de culpa de estar en la cama con otro hombre”, pensé yo. Para variar, me equivocaba. “Tengo como un hormigueo en todo el cuerpo. Es una como sensación de calor que me sube hasta la cara… es rarísimo”
Me cayó el veinte de lo que le estaba pasando. Era esa mezcla deliciosa entre el deseo, la lujuria y el placer por lo prohibido que también yo había llegado a sentir alguna vez: ese repentino, violento, delicioso golpe de testosterona que te inflama todo el cuerpo la primera vez que te revuelcas en la cama con otro hombre. ¡Quién pudiera repetir su primer acostón para volver a sentir ese extraordinario cosquilleo! Volví a envidiarlo.
- Son las ganas que me traes –le dije, vanidoso.
- Sí… Son muchas. Hazme todo lo que quieras. Todo.
- Con mucho gusto. ¿Estás seguro de que todo…?
- Sí. Seguro. Cógeme… Ya una vez hice experimentos con una zanahoria y un condón… pero ahora quiero sentirlo de a de veras. The real thing.
- ¿De verdad quieres que te coja?
- Sí. Méteme la verga –dijo entre dientes, frenético- y si me duele… pues me dolió, me vale madres.
Y me agarró la verga. Su franqueza y sus ganas hicieron el milagro. Sentí el golpe de testosterona subirme al rostro. Me sonrojé. Sentí un cosquilleo en la entrepierna. ¡Por supuesto que iba a darle gusto! ¡Cómo chingados no! ¡Pocos entregan su culo con tanto entusiasmo la primera vez!
- Ya que tienes tus fantasías sexuales, cuéntame cómo has fantaseado que te cojan –le dije- quiero darte gusto en todo lo que pueda.
- Tengo un video que me gusta mucho. Uno se pone boca arriba, con las piernas en los hombros del otro para que se la metan. Luego se levanta y los dos se abrazan sin dejar que la verga se salga.
Por toda respuesta, me bajé de la cama y le levanté las piernas para volver a ocuparme de su culo y relajárselo. En el espejo del tocador vi que él cerró los ojos para dejarse llevar sin que nada lo distrajera de sus sensaciones. No tardó ni diez segundos en volver a jadear. Mi lengua se abría paso poco a poco adentro de él. Luego me ensalivé los dedos para abrirlo más. No se me antojaba lastimarlo aunque él había dicho que no le importaba. Sentí sus manos tratando de agarrarme. Le acerqué mi mano libre para que me la apretara y así yo pudiera sentir cómo avanzaban mis esfuerzos por darle placer. Luego me separé para buscar un condón y el lubricante. Él mi miraba con los ojos entrecerrados. Me puse el condón y luego calenté un poco el lubricante entre mis manos antes de ponérselo en el ano. Suspiró. Me imaginé que él estaba pensando “¡por fin…!” y sonreí.
Puse sus piernas en mis hombros y de un solo impulso le metí la cabeza de la verga. Él gritó un “¡Aahhh…!” Y todo su cuerpo se relajó. “Si te hago daño, dímelo”, le dije en un susurro para no romper la tensión del deseo. Él negó con la cabeza y yo lo tomé como una autorización para seguir penetrándolo. Empujé mi pubis hacia él y le hundí unos centímetros más. Él me miró boquiabierto y desorbitado y volvió a tensarse. Me detuve para esperar que se acostumbrara a tener mi palo adentro. Yo sé que la primera vez, el ano no entiende qué está pasando y trata de expulsar la verga que lo invade como si uno quisiera defecar. Después, el culo ya sabe lo que es darle la bienvenida a una verga. “¿Cómo explicárselo sin apenarlo?”, pensé. No hubo necesidad. La zanahoria ya había hecho ese trabajo por mí. Benditos sean los vegetales. “Síguele –me dijo- métemela hasta el fondo… y si lloro, no me hagas caso”
Arremetí contra su culo y se la dejé ir hasta que sus nalgas chocaron con mis huevos. Su interior era delicioso, húmedo, apretadísimo y ardiente como un horno. Volví a sentir el cosquilleo y comencé a bombearlo con ganas para que nunca en su vida se le olvidara su primera cogida. Él soltaba pequeños grititos a cada embestida. Me tomó por ambas manos y me las apretó. Tenía razón. Se excitó tanto que hizo un ruidero fenomenal, era como si yo estuviera matándolo en vez de cogiéndomelo. Al copo rato, haciendo fuerza con sus manos, que seguían sosteniendo las mías, comenzó a aventar su culo contra mi verga mientras me gritaba: “¡Cógeme, cabrón! ¡Cógeme! ¡Métemela con ganas…! Ay, qué rico, siento que ya casi me vengo…”
Obviamente, había aprendido mucho de sus videos. Luego, se enderezó un poco en la cama y entendí que quería sentarse sobre mí para abrazarnos. Lo ayudé extendiendo mis piernas sin salirme de él, para luego rodear sus nalgas con mis pantorrillas. En un par de segundos ya estaba sobre mí, impulsándose con sus muslos para luego dejarse caer de golpe sobre mi tronco y empalarse en él. ¿Qué no habría manera de distribuir videos porno a todos los chavitos gay para que vayan preparándose adecuadamente para lo que les espera…? De pronto se detuvo. Me abrazó fuerte y me dijo al oído:
- Ya me voy a venir… Me vengo, papito, me vengo…
- Quiero tu leche en la boca –le dije- Hazte hacia atrás.
Apenas tuvo tiempo de hacerlo cuando ya se estaba viniendo a chorros. Me encorvé hacia delante para rodear la cabeza de su verga con mis labios y beberme su semen. Él soltó un gemido tan fuerte que debe haberse oído no sólo en el hotel, sino en toda la ciudad. El sabor de sus mecos en mi lengua bastó para hacer que yo también me viniera. Fue mi turno de gemir. Lo abracé con fuerza y sentí entre espasmos cómo fluía mi leche en su interior. Él volvió a abrazarme.
Nos quedamos un rato así, jadeando, abrazados y exhaustos. Tras de unos minutos, me dio un beso leve en los labios y me dijo:
- Gracias… Fue mejor de lo que me había imaginado.
- Tú hiciste casi todo el trabajo –le contesté.
- Porque tú me inspiraste –me contestó.
Le di un beso largo, metiendo mi lengua en su boca para hacerlo probar un poco de su semen. Me lo correspondió lamiendo mi cuello para probar mi sudor. “Estás muy rico –me dijo- Qué bueno que me armé de valor y decidí no irme, porque al principio sí me entró como pánico cuando te vi venir hacia mí” Recordé mi teoría sobre los chavitos que se asustan de lo que consiguen.
- No creas, yo también me friqueé un poco de ver que eras tan joven.
- Ya te dije que no era mi culpa.
- Ah, y a propósito, feliz cumpleaños.
- Gracias –contestó sonriendo y dándole un apretón a mi verga con su esfínter.
Hasta entonces caí en la cuenta… ¡de que yo no sabía su nombre, ni él, el mío! La ironía me dio risa.
- ¿De qué te ríes? -Me preguntó extrañado.
- Yo sé que la pregunta va a sonarte rara cuando mi verga ya está adentro de tu culo, pero… ¿cómo te llamas?
Él rió con tantas ganas que su culo me hizo cosquillas en la verga. “Me llamo Ángel”, dijo. Quedé boquiabierto por la sorpresa. No le dije la razón. Preferí reservármela.
- Yo me llamo José –le dije.
- ¿Puedo decirte Pepe?
- Puedes decirme como quieras: “Pepe, José, Pepito, Pito, Cógeme Cabrón…” Dime como te de la gana.
- Cógeme, cabrón… otra vez.
- Con mucho gusto –le contesté.
Y volvimos a coger. Total, mi palo ya estaba adentro de él y mis ganas seguían dispuestas. Luego nos dimos un baño para salir a comer. Por supuesto llamé a nuestro taxista favorito para que nos llevara al centro. Nos recibió con una sonrisa pícara y sólo dijo. “¿Ahora a qué hotel?” Volvimos a reír.
Después de la comida, recogí mi automóvil en el taller y dimos un paseo muy breve, pues la lujuria volvió a llevarnos al hotel. Esta vez le invité mi culo a Ángel para que él tuviera otra primera vez qué anotar en su diario. Luego intentamos posiciones nuevas y volvimos a pasarla de maravilla. En la noche nos despedimos, y él me dijo, con gran tristeza, que al día siguiente tenía qué acompañar a su mamá a una boda en Acapulco. Casi lloré. Pensé que la vida era una ironía: una boda me había acercado a él y otra boda iba a alejármelo. Quedamos de vernos en un par de semanas y le hice prometer que en sus siguientes ligues, siempre usara condones y se cuidara mucho de a quién se ligaba, pues hay mucho loco suelto en este mundo. A todo me dijo que sí. Lo dejé en la puerta de su casa, no sin antes aprovechar que la calle estaba oscura para darnos una mamadita de despedida en el coche.
Nos seguimos encontrando con cierta frecuencia y cada vez él se iba revelando más como un verdadero artista en el sexo. Luego me dio un poco de temor que se estuviera “clavando” conmigo y le ofrecí, para quitarle esas ideas, un trío en la cama con un amigo extranjero. Para mi grata sorpresa, Ángel aceptó fascinado y los tres la pasamos de fábula. La verga de mi amigo es de antología, pero Ángel se la despachó con gran entusiasmo. Mi amigo aprovechó la ocasión para cumplirse un antojo: hacer un “dos romano” con Ángel y conmigo. Quien no sepa en qué consiste, no sabe de lo que se pierde.
Finalmente, su escuela y mi trabajo nos distanciaron y dejamos de vernos por varios meses. Un día, me encontré a un amigo que hacía mucho no veía. Me contó que ahora estaba viviendo en Cuernavaca, donde había conocido a un chavito de veinte años que cogía como dios. Se llamaba Ángel y era increíble en la cama. Sonreí satisfecho. ¡Uno tiene derecho a sentirse orgulloso de haber colaborado a crear un ángel tan, pero tan bueno!
