LOS MOTORETAS

Del blog de Chapero16

Fecha original: 27 de marzo de 2008

Holas. No puedo escribir ahora ni de coña, pero me han mandado este relato –o lo que sea- que me ha hecho musha gracia y os lo pongo. Imaginación tiene la peña.

DANI

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Motoretas. Así se llamaban los chaperos más originales que he conocido nunca. Fue en una población mediana del sur de Francia, en verano. Se trataba de una zona muy bonita que iba desde una playita artificial, a la orilla de un río, discurría por un camino campestre estrecho y bordeado de árboles y desembocaba en un pinar fresco y alegre. La cosa funcionaba como sigue: Los motoretas tenían una flota de motos de 49cc. Eran una tropa de ventitantos chicos, vestidos todos sólo con speedo y deportivas de piel, sin calcetines, que hacían el recorrido en moto llevando a uno por 30 euros. El viaje, que podía durar unos 15 minutos, porque se hacía muy despacio, daba derecho al pasajero a tocar todo lo tocable, por fuera y por dentro del speedo, a la vez que era una ocasión propicia para entablar una cita para otro momento y lugar. Las motos eran scooter cómodas, no como las motos de deshecho que se utilizan para repartir pizzas y tenían los asientos discretamente forrados de toalla, tanto para que a los chicos no se le quedaran pegados el culo y los huevos al plástico con el calor que hacía, como para absorber las corridas de los pasajeros, por otro lado bastante frecuentes.

Los jefes del negocio eran dos jóvenes de ventipocos años que habían tenido una brillante idea. La ley no podía hacer nada contra ellos, porque aquello era, ni más ni menos, una atracción turística de paseos en moto. Por otra parte, el público cliente era exclusivamente masculino y joven, que era lo que ellos querían. Masculino, ya ves, porque no permitían chicas, tal vez para evitarse problemas y porque es de suponer que muy pocos chicos, homosexuales o no, se hubieran prestado a “dejarse sobar por tías” de manera pasiva, aunque se dejaran meter mano por tíos al aire libre y con toda naturalidad y complacencia. En semejante actividad, por otra parte, los clientes “mayores” quedaban descartados.

Los clientes, chicos más o menos jóvenes siempre, compraban un tiket, se desnudaban lo más posible dejándose el speedo y las deportivas y esperaban a su motoreta preferido. Cuando llegaba, levantaban la mano como para pedir un taxi y se subían a la trasera del scooter. El chaval esperaba para que se acomodara el pasajero, que normalmente se abrochaba lo más posible al conductor, ajustando la polla al culo del muchacho y, los que sabían más, colocando las piernas pegadas a las del chaval.

Tengo que reconocer que probé varias veces –demasiadas- aquel verano. La primera vez subí con un chico rubio, muy delgado, de piel blanca, que parecía nórdico y tenía un vello suave. No hablé mucho con él, porque hablaba el francés justito, aunque supongo que nunca se hablaría mucho allí. Arrancó suavemente y a mí lo que más me apetecía era meterle las manos por el bañador, de modo que empecé a hacerlo tímidamente por si aquello resultaba excesivo, ya que yo era nuevo en el deporte y no sabía. Me equivoqué. Cuando notó mi intención el chaval colaboró enseguida primero soltando suavemente el cordón del bañador y luego bajándoselo lentamente por donde adivinaba que yo quería meter mi mano.

Eran muchos los que querían repetir vuelta. Algunos clientes llegaban tan excitados y con las pollas tan cargadas dentro del bañador que era evidente que tenían que correrse en una segunda vuelta porque no podían bajarse de la moto así.

Poco a poco, hablando con otros clientes, fui enterándome de más cosas. Que ellos, los motoretas, se corrieran, era cuestión de suerte o de suplemento. Ellos trataban de parar las pajas cuando el cliente se pasaba de tocarles los huevos. Lo hacían dulcemente, sin violencia, separando con la suya la mano del cliente. Evidentemente, no querían correrse porque a todos los clientes les gustaba encontrarse sus pollas empalmadas debajo del speedo. Cuando no podían más y ya les habían sobado tanto los huevos que estaban a punto de reventar hacían una de dos cosas: o se bajaban de la moto para irse un rato a la zona de descanso o apalabraban una corrida.

La zona de descanso era una zona acotada de la playita bajo un gran toldo donde ellos acudían para descansar y pajearse unos a otros varias veces al día. Esto no me lo contó un cliente sino precisamente un motoreta con el que trabé amistad de tanto montarme con él y que después, ya al final del verano, me premió con el acceso a la zona de descanso.

Lo de apalabrar la corrida funcionaba de otra forma. Cuando un chico quería eyacular y, además, sacarle provecho, ataba una cinta verde en el espejo de la scooter. Entonces, para montar con él tenías que sacar un tiket verde –45 euros- y tenías derecho a paja completa. Había tres o cuatro chicos morenos, de piel muy bronceada, musculosos y magníficos, que tenían fama de tener puesta la cinta verde mucho más que los demás y se les admiraba por su potencia. De hecho –eso lo supe después- entre ellos se cruzaban apuestas todos los días y se llevaba el bote el que más tikets verdes hubiera conseguido.

La primera vez que monté con tiket verde fue con un moreno precioso que tenía un speedo azul y rosa, unas piernas gloriosas con algo de vello, un culo por su sitio y un paquete a punto de estallar. Antes de arrancar, se desató el cordón y se disminuyó el speedo todo lo posible, o sea, se lo bajó por arriba y se lo subió por abajo hasta que por los lados sólo quedaba una tirita de tela, por detrás quedaba clara la linea del culo y por delante yo no veía. Ya en marcha, tuvo la feliz idea de pegar su culo contra mi polla lo más posible y a la vez iniciar un movimiento de culo acompasado mientras disminuía todo lo que podía la velocidad de la moto. Estaba claro que aquel chaval quería brindarme una buena paja y que esperaba lo mismo de mí, por lo que no era cosa de defraudarle. Al tiempo que acoplaba mi polla al movimiento de su culo lentamente, pero sin pausa, bajé su bañador por delante lo más que pude, hasta que su polla erecta quedó “colgada” en el borde del bañador. Sé, por experiencia, que eso aumenta el placer. Y así fue. Nos corrimos casi a la vez. Mi leche salió disparada hacia arriba y el viento la empotró en mi abdomen. La suya, no lo sé, pero gimió. El orgasmo le dio tan fuerte que le hizo levantar las piernas de la moto y casi nos la damos. Cuando llegamos, el chico tenía una sonrisa de oreja a oreja. Se bajó de la moto y abrió los brazos en un gesto divertido. Tenía todo el pecho lleno de leche y el bañador empapado por lo que evidentemente tenía que ir a la zona de descanso. No podía seguir así. Incorregible sí que era y evidentemente un ganador también porque aquella misma tarde, apenas una hora y media después, volví a verle con la cinta verde colgada del espejo.

Mi despedida de aquel negocio tan original de los motoretas tuvo lugar al final del verano, cuando por amistad con uno de ellos me dejaron entrar en la zona de descanso. La mayoría, cuando entraban en el entoldado, lo hacían para refrescarse, para beber algo y para quitarse el speedo, -lo tiraban al suelo y se quedaban todos en bolas-, pero además allí eran capaces de hacer todo lo que no hacían al aire libre, o sea, besarse, chupársela e incluso meterse algún dedito por el culo uno a otro de vez en cuando. Aquello era una especie de jardín de efebos y tuve una idea. Le dije a mi amigo que yo era capaz de chupársela a todo el que entrara allí con ganas de descargar, si además ellos me la machacaban a mí a la vez al mismo tiempo. Les pareció divertido y a la vez iba a ser una sorpresa para todos los que llegaran. Mi amigo y un efebo rubito se pusieron uno a cada lado de mi cuerpo, me quitaron el bañador y se quitaron los suyos. Me arrodillé y ellos se tumbaron a mis lados, acariciándome, besándome y masturbándome muy lentamente mientras yo metía en mi boca la primera polla…

Debo decir dos cosas: que me gusta mucho chupar y que lo hago muy bien. Aquella tarde me tragué, una detrás de otra, catorce pollas. Alucinante, como mi corrida final, a tope de excitación. Nunca olvidaré a los motoretas del sur de Francia.

FIN

Autor: DARKNESS

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