Vivir Contigo




Autor:

J. Luis, "Webon-22"
Para contactar con el autor:
Canal de IRC: #gayvalencia
Web: http://go.to/webpress
e-mail: liberty@ono.com







Prólogo

Hola, ¿qué tal? No sé quién eres, ni cómo ha llegado esta historia a tus manos. Pero sí sé que estás a punto de leer mi primer libro.

Hace mucho que escribo, y conozco la clase de reacciones que mis cuentos o historias provocan. Pero hasta ahora mis lectores han sido amigos cercanos, y esta es la primera vez que expongo mi mundo interior al resto de mortales. Y lo hago de una forma muy especial. Como bien he dicho, con esta obra expongo mi mundo interior a los demás, porque es casi autobiográfica. No lo es del todo, pero sí he querido poner mucho de mí en lo que cuento. Una parte de lo que yo soy y represento está en cada personaje de este libro, no sólo en el protagonista. La verdad es que aunque esté escrito en tercera persona, yo soy todos. Mis amigos viven también en estas páginas, pero no en ningún papel en concreto. Es en la esencia, en el ambiente de la narración. Ellos están ahí, influyendo en cada acto. No he querido que nadie se diera por aludido con ninguna de mis palabras, ni tampoco reflejar el tipo de relación que tengo (o dejo de tener) con nadie. Sólo es... una historia, inspirada en ciertos aspectos de mi vida. Y ya está.

Tampoco deseo hacer de esta obra una especie de confesión acerca de cómo vivo, de cómo soy. Porque si bien el personaje principal tiene en común conmigo su forma (que no los métodos) de vivir el amor, hay ciertas cosas aquí descritas que yo no haría ni de coña. No quiero hablar demasiado, porque si a mí me jode que me cuenten el final, habrá otros a los que también.

En fin, no quiero enrollarme mucho. Sólo decir que he contado esta historia tal y como me ha salido de dentro. Me da igual que el vocabulario o mi forma de escribir no sean todo lo cultas que algunos desearían; no me importa escribir como un aficionado... todo lo que he querido es contar lo que sentía de forma clara. Directo del corazón al teclado. Tal cual lo siento.

Gracias.













A

D.M.A. con cariño.

A:

B.A.F.

J.M.P.M.

A todos mis amigos.

Y a Paco de Pablo

Libro dedicado a todos los que entienden.













Absit iniuria verbo











Un día de principios de febrero, en el que un radiante sol saludaba desde lo alto, un humilde cartero se dirigía al último punto de su ruta. Llevaba dos certificados de correos, algo de publicidad y alguna que otra carta. Deslizándose entre coches y camiones con su moto, avanzaba hacía su destino, sin saber que iba a cambiar la vida de una persona, la mía.

Porque una de esas cartas que transportaba era para mí. Se trataba de un desconocido al que le había gustado mi anuncio en una cartelera local, un contacto, una llamada de socorro. Y no digo de socorro porque yo estuviera solo en el mundo, qué va. Lo digo porque soy homosexual, gay, maricón, flor del campo, como quieras llamarlo. Y en mi anuncio casi podría decir que suplicaba conocer a alguien como yo. Ya tengo amigos de la cera de enfrente, pero ellos son de otra generación y tienen sus propios problemas. Nunca he querido que nadie cargue conmigo, así que si tengo que buscarme la vida, mejor lo hago por mis propios medios y sin tener que depender de nadie, por mi bien y para no agobiar.

Bueno, me presentaré, ya que estamos. Me llamo José, y tengo 21 años (aunque aparente 3 o 4 menos). He sido heterosexual, luego bisexual y ahora mi estado no es un sustantivo ni un adjetivo, sino un signo, este: ?. Porque aunque voy con tíos, y mi próxima pareja vaya a ser un chico, hay algo que me ata al mundo heterosexual. No sé si es que soy raro, al menos a mí me parece que sí. La principal razón es que siempre he tenido la ilusión de tener una familia. No por la estabilidad... bueno, si, pero más que nada por envejecer junto a alguien y en compañía de descendencia. Quizá eso lo podría tener también con un hombre, porque es posible adoptar niños, pero es que, hay algo más. Una chica. He salido con un par, y con una de ellas he estado muy feliz y muy completo por dentro. Pero estando con ella surgieron problemas, y estos me hicieron ceder ante otra persona, la chica de la que siempre estaré enamorado de una forma u otra. Han pasado muchas cosas entre ella y yo, pero siempre se han quedado en la superficie, nunca ha cuajado nada, aunque puedo afirmar que si ambos hubiéramos sido más honestos y menos orgullosos, ahora estaríamos juntos. En fin, ahora es mi amiga, y parece que ya me he acostumbrado a tratarla y que me trate como tal, hasta cuando me dice que se va con su novio. Ella sabe lo mío, lo de ser gay (o bisexual), lo cual hace más que difícil que vuelva a pasar nada. Historia enterrada, al menos para ella. A mí siempre me quedará una espina clavada, porque si no la conseguí fue porque me pilló en etapa de grave inmadurez. Un par de actos de valor por mi parte hubieran hecho que muchas de mis penas nunca hubieran existido.

Pero no estamos aquí para contar lo que pudo ser, sino lo que al final ha sido. Que conste que no me pasé al otro bando por mi fracaso con ella (el único que he tenido con chicas), sino porque en el fondo siempre he visto en los chicos algo especial, algo que me atraía. Y no pensé que fuera nada serio hasta que lo probé definitivamente...

El cartero pasó, como todos los días, a las once de la mañana. Como esperaba que las respuestas a mi contacto empezarían a llegar aquel miércoles 1 de febrero, me vestí y bajé a mirar el buzón incluso antes de desayunar y de hacer la casa. Había un aviso de correos; tenía un paquete que debía recoger, y debajo, una ligerísima carta. Tenía la dirección escrita a máquina, y no había remite. Me metí en el ascensor, y antes de llegar a mi piso ya la había leído. La verdad es que el chico no se mató redactándola. Todo lo que había eran unas pocas líneas en las que me decía su nombre, su edad (20), sus gustos a grandes -grandísimos- rasgos, y su teléfono, escrito en medio folio partido con muy poco cuidado. Por la letra, el formato y el tono, tuve la ligera impresión de que era alguien acostumbrado a eso de los contactos.

Ángel.

No quise hacerme ilusiones con el primer tipo que me había escrito, y realmente la carta no daba para demasiadas esperanzas de que fuera un Tom Cruise a lo spanish. La guardé entre mis libros y me hice el desayuno.

Como cada mañana, me pongo mi tazón de chocolate, me apalanco unos bollitos y me siento en el comedor a papeármelo mientras escucho mi emisora favorita (y escucho el sermón de mi madre, como todos los días: "Hijo, eres un vago, to el día sentao y sin pegar golpe"). ¡Qué pasa, para eso tengo pasta! Bueno, bueno, aclaremos este punto. Hace un año me tocaron unos 1200 millones de pesetas en la lotería, y desde entonces me toco los cojones en lugar de trabajar, pero, ¿para qué? Mi vida no ha cambiado, sigo haciendo las mismas cosas, voy con la misma gente y soy la misma persona de antes. No me compro ropa de firma (pija, en mi pueblo), no hago grandes viajes (no he salido aún de España, bueno, a Andorra, y una vez...), no tengo una mansión, o sea, nadie diría que me pudro en riqueza. No es que sea tacaño, es que el dinero es una mierda que te descuidas hace gilipollas. Supongo que ha quedado claro. ¿Por dónde iba? ¡Ah! Eso, el desayuno y la serenata de mi vieja. Pues eso, que estaba desayunando, poniéndome hasta el culo de guarrerías que no sé qué hago con ellas porque estoy hecho un figurín, modestia aparte.

Mientras comía miraba el teléfono. Dudaba si llamar o no a aquel chico. En la carta me dijo que estaba en su casa la mayor parte del tiempo. Entre chocolate, tostadas y bollos hice un gesto que me metió de lleno en lo que de momento soy, un mariconcete muy ligón y un poco demasiado pendón (aunque en cuanto encuentre a uno que me guste de verdad, supongo que sentaré la cabeza). Si, le llamé.

-Hola, ¿está Ángel? -pregunté, aunque me pareció que era él el que había contestado.

-Si, soy yo -dijo, confirmando que soy un tío astuto.

-Mira, soy el chico del anuncio -tuve la tentación de añadir "... de Coca-Cola", pero no lo hice y continué-, el de la cartelera "TV y Cine"; me has escrito una carta.

-¡Ah!, eres tú, ¿cómo te llamas? -me preguntó con aparentemete fingido (por lo súbito) interés.

-José... -contesté, y ahí me quedé, porque no había pensado nada que decirle antes de llamar, y la improvisación no es mi fuerte. Hubo un momento de ridículo silencio.

-Bueno, ¿qué me cuentas? -continuó él, muy forzadamente. Por cierto, odio esa pregunta.

-Mira, aquí estamos -para preguntas tipo "me escurro el bulto", respuestas tipo "ahora te jodes y te lo quedas tú"-, he recibido tu carta y en ella me pides que te llame. Y aquí estoy. -concluí, y me quedé muy descansado porque eso le obligaba a hablar a él.

-Bueno, ¿quieres quedar? -me preguntó, y con ello quedó claro que ninguno de los dos quería hablar por teléfono, sino que existía cierta impaciencia por un encuentro cara a cara.

-Vale, ¿cuándo? -dije, un poco seco, para que no se me notara que por mí, como si quería que nos viéramos en aquel mismo momento. El chico se lo pensó un momento.

-Yo estoy libre todas las tardes, a partir de las cuatro aproximadamente, ¿te vienen bien las tardes?

-En realidad me viene bien cualquier momento, porque yo no estoy haciendo nada actualmente -contesté, estirando las palabras con un fingido bostezo.

-Entonces, ¿hoy puedes quedar?- ¡Bingo! Que conste que lo dijo él, él fue quien dio el paso, yo no fui. Sólo me quedaba aceptar de una forma elegante y discreta.

-Esta tarde... -me dí mi tiempo para contestar, y de paso colocármela bien, porque con el morbo del asunto se me estaba moviendo del sitio (supongo que se supone de lo que hablo)- está bien -proseguí-, ¿a qué hora y dónde?

-Yo vivo a un paso del centro, y aquí hay muchos sitios en los que tomar algo. ¿Te parece bien a las cuatro y media en la Plaza del Ayuntamiento?

-Claro, no hay problema. -dije, en un tono a lo Terminator- Allí estaré.

-Muy bien, pues nos vemos allí, José, hasta luego.

-Hasta luego, Lucas.

-Si quedar ha resultado tan insinuante (sobre todo a mis zonas íntimas), no quiero ni pensar lo que pasará cuando esté esperándole en el lugar de encuentro -me dije.

El resto de la mañana me la pasé tumbado en mi cama, imaginando cómo podría ser aquel encuentro, el primero que tendría con un desconocido. Un desconocido que sabía de mí algo que en mi casa no saben, pero al fin y al cabo desconocido. Además, caí en la cuenta de que no nos habíamos dado ningún dato que ayudara a reconocernos entre la gente, lo cual hacía aún más divertida la cosa, porque podría ser cualquiera y, seríamos nosotros los que tendríamos que averiguar de quién se trataba. Con la ventaja añadida de que si el tipo es un horroroso le puedes decir que estás esperando a tu novia, ¡ja, ja, ja!

Mi hermana llegó del instituto a la hora de comer. Me cae bien, y por eso le cuento algunas cosas, entre ellas, que los pantalones de tío me gustan más en pelvis ajena. Es decir, que sabe que somos hermanas, féminas por dentro (y a veces ambos somos muy machos por fuera). Se llama Mónica, y tiene una año menos que yo. Le conté lo del contacto, y se sorprendió de la velocidad con la que acepté quedar. Es que se cree que soy tímido, o al menos eso dice por ahí. Estoy seguro de que mi hermanita quiere lo mejor para mí, así que le haré una foto a cada tipejo que quiera algo de mí y se las enseñaré en plan catálogo de El Corte Inglés, para que me aconseje.

Aparte de ella, pocas personas saben esto mío. Las personas con las que más marujeo sobre este asunto son la chica de la que he hablado antes, la que me tiene y no me tiene; luego están mi hermana y mis amigos del trabajo. Por cierto, la chica -mi hermana no, la otra- se llama Sandra.

Se hizo la hora de salir, y yo aún estaba saliendo de la ducha, poniéndome colonia en cuello, muñecas y pelvis; ahogando mis espinillas en agua oxigenada, empapando de leche hidratante mi trasero y zonas circundantes y espolvoreando de talco mis botas de montaña. Por supuesto, llegué tarde. A las cinco menos cuarto estaba yo en la Plaza del Ayuntamiento. Me paré en un sitio desde el que pudiera verle pero él a mí no. Una fuente me sirvió de barricada ante su mirada buscadora. Vi a varios chicos por allí andando, en actitud expectante, dando vueltas y, los más impacientes, mirando el reloj cada dos segundos. Quise que el mío fuera aquel tan macizo que había apoyado en una de las columnas del Ayuntamiento, tan chulito él. Me preparé, "se tú mismo, no demuestres que estás nervioso y utiliza todas tus armas", me dije. Con paso firme, avancé hacia el punto de encuentro, andando despacio, mirando siempre hacia delante y con la cabeza bien alta. Me apoyé en una pared decorada muy acorde con el asunto que me había llevado allí, toda llena de hombres musculosos en bueno y llamativo relieve, de lo más artístico. Miré lentamente a un lado y a otro. Imaginé que él podría estar observándome desde algún punto oculto, como yo había hecho. Así que no hice ningún gesto brusco que pudiera demostrarle mis nervios.

¿Cómo podría ser un chico que vive a cinco minutos del centro? Un tío de pasta, que seguramente me invitaría al café, vestido de forma pija, y acostumbrado a caminar impasible entre tumultos de gente. El tiempo pasaba. Me despegué de la pared, y desfilé tranquilamente por delante de los chicos que habían allí esperando. Altos, bajos, morenos, rubios... demasiados. Uno me miró más tiempo de lo que permite el protocolo hetero, así que me acerqué, muy natural.

-¿Eres Ángel? -pregunté, así, como quien no quiere la cosa.

-No, soy Daniel -me dijo él, simpático pero cortante.

-Lo siento -dije, con la misma pasividad que al principio-, me he equivocado de persona. Hasta luego.

-Adiós -dijo él, con un tono de lo más agradable. Ojalá todos fueran así de gentiles.

Pues nada, seguí por allí, dando vueltas. Al rato, busqué un banco donde sentarme y decidí que si no llegaba en diez minutos, mi iría a mi casa. Pasaron unos cuantos chicos más. También llegaron chicas, las cuales iban llevándose de la mano a los machitos que las esperaban allí. Una de ellas se llevó a Daniel, el tío al que yo había preguntado. Pasaron por mi lado, y él me sonrió y se despidió. Encantador, de verdad. Me quedé mirando su trasero mientras se alejaba, y al volver la vista a las columnas del Ayuntamiento distinguí a alguien que no estaba allí antes. Miraba el reloj constantemente y se frotaba la barbilla mientras miraba a un lado y a otro. No estaba mal. Tenía aire de joven intranquilo. Me levanté. "Si no es él, me voy".

-¿Ángel? -pregunté al llegar hasta él. No me contestó, pero me miró de arriba abajo con bastante detenimiento, y de forma poco disimulada. Cuando al fin su mirada volvió a mis ojos, me tendió la mano.

-José, ¿no? -arrogante, el nene. Primero me atraviesa con la mirada y luego me pregunta si soy yo.

-Sí... soy José.

-¿Cuánto llevas esperando? -me preguntó.

-¡Ah!, nada, tranquilo, que acabo de llegar -mentí. Es lo típico.

-Es que me he cruzado con mi mejor amiga. Su hermano entiende, y está muy bien.

Para los profanos, explicar que "entender" significa que te van las personas de tu mismo sexo.

-¿Y le conoces? -pregunté.

-¡Claro! Una vez tuvimos algo, pero al final él me dijo de dejarlo.

-¿Y te sigue gustando? -ya, ya sé que no es una conversación muy apropiada como presentación, pero fue así, ¿qué le voy a hacer?

-Pues un poco, pero se me pasará. ¿Dónde vamos?

-Tú vives aquí -dije-, donde te parezca bien.

-Pues vamos a una cafetería donde me han dicho que los camareros entienden y están bien. -me dio la impresión de que aquel chico, esbelto, risueño, de mirada divertida y amplia sonrisa, era un saco de hormonas hirvientes.

Comenzamos a caminar. Noté como él me miraba de reojo, y dejé que una leve sonrisa se dibujara en mi cara, para hacerle ver que me había dado cuenta, pero que no me molestaba que lo hiciera. Andar junto a él no era como andar con tu vecino, tu compañero de clase o tu primo. No era nada especial, pero existía una sincronía mental, una camaradería especial que lo hacía diferente. Otras parejas de chicos nos miraban a veces, y pensé que quizás entre la gente del gremio estas cosas se notan con sólo un golpe de ojo.

Llegamos a la cafetería y nos sentamos en la terraza. Nos miramos y nos reímos, porque, ¿qué se le puede decir a un desconocido del que sabes algo tan íntimo como que es gay? Ese era, pues, el único tema asequible a ambos, pero, por otra parte, era algo que ya sabíamos, y hablar de ello sería como hablar de la edad que tienes. Claro que de todos modos ese era la causa de que en aquel momento estuviésemos allí sentados, mirándonos sin saber qué decir. Quizá observándonos por algo más profundo que una simple curiosidad. Decidí romper el hielo preguntándole por sus estudios.

-¿Que qué estudio? -pareció sorprenderse ante mi pregunta- Pues ya nada, ahora trabajo en una tienda de deportes.

-¿Deportes? -me lo imaginé entre ropa deportiva, ajustada, de la que marca lo que hay que marcar, y sonreí de forma un tanto maliciosa. No hacía falta ser un lince para leer en mi cara lo que me estaba pasando por la cabeza.

-Si, ya sabes, ropa, accesorios, cosas de esas...

-Yo juego al squash -informé, para que el chico siguiera con el tema.

-¡Yo también! -dijo, y eso nos dio algo de qué hablar y practicar juntos.

-¿Juegas a menudo?

-Los fines de semana voy con mi tío, que ha ganado varias medallas en competiciones locales y provinciales.

-¿Y qué tal juegas tú? -pregunté, mostrando interés.

-Yo soy muy malo, seguro que me ganas -dijo, con mucha modestia pero con cara de querer retarme y averiguarlo-, mi tío se aburre conmigo. Él si lo hace bien.

-Bueno -allá va-, si quieres podemos jugar los tres... -le miré a los ojos- o solo nosotros dos -añadí-.

-Claro, cuando quieras...

El camarero interrumpió la situación apareciendo de una forma muy graciosa y mostrando al mundo su arte, su gracia y su plumero. No estaba mal, pero a mí ya me había seducido mi acompañante y no estaba como para fijarme en aquel niño mono.

-¿Qué vais a tomar? -preguntó, sacando un pequeño lápiz y un bloc de notas. Ángel me miró invitándome a pedir yo primero. Pedí un café con leche, y Ángel una caña de cerveza.

-Yo no bebo -aproveché para informar.

-Yo tampoco -dijo algo serio-, sólo una cañita de vez en cuando.

-¿Fumas? -pregunté.

-Sí, pero muy poco. -esto le restó un par de puntos al nene, porque besar a un fumador no tiene gracia, todos tienen el mismo sabor a tabaco. Lo único que les diferencia es que puede que tengan un sabor ligero o que apesten a tabaco. Prefiero lo primero, aunque, una buena higiene dental y unos cuantos chicles de poderosa menta o eucalipto ayudan a taimar la cosa y a dar un toque de diferencia.

-Pues yo no, lo probé una vez y no me gustó. De todas formas, soy fumador pasivo porque mi madre es una camionera.

Ángel se rió. Volvimos a mirarnos, quedándonos de nuevo sin saber qué decir.

-Estás muy serio -replicó. Yo no estaba serio en absoluto, que conste en acta.

-¿Serio? No, es que me da un poco de palo -le dije, sabiendo casi con seguridad que era un sentimiento mutuo.

-¿Cómo empezaste en esto? -me preguntó al fin.

-Pues es una larga historia que se remonta hasta mi tierna infancia...

-¿Ya lo tenías claro de pequeño? -preguntó sorprendido.

-No, hombre, no. Quiero decir que mi primera experiencia homosexual fue de niño, pero tenerlo claro y ejercer como tal no ha sido hasta hace muy poco.

-¿Con quién fue? -el chico parecía morbosamente interesado.

-Pues mira, mis padres son muy amigos de los vecinos, a los cuales conocemos de toda la vida. Y esos señores tienen un hijito, del cual presumen porque ahora es cabo en el ejército, que desde niño ya jugaba a los médicos conmigo, no sé si me explico...

-Si, si, ¡sigue! -dijo él. El camarero llegó con su caña y mi café.

-Pues nada, la típica tontería de niño... A veces nuestros padres se iban de marcha y nos dejaban a los dos solitos en una cama... ilusos de ellos.

-Pero, ¿a qué edad fue eso?

-Bueno, en realidad, desde que alcanzo a recordar -le dije, riéndome. Y es verdad, no recuerdo cuando empezó porque creo que ha sido siempre.

-¿Y qué hacíais? Porque... no os empalmabais, ¿o sí? -Ángel se estaba poniendo cachondo, seguro. El olor a testosterona en ebullición se notaba en el aire...

-Nada del otro mundo. Al principio eran cosas como tocarnos, por curiosidad y eso que dicen los psicólogos que hacen los niños. Pero más tarde, al llegar la pubertad y la primera eyaculación -no pude evitar decirlo con un tono cachondo- el asunto se puso más serio.

-¿Más serio?

-Si, porque hasta entonces nunca habíamos necesitado llegar hasta el final, ya que ni siquiera sabíamos qué era correrse. Pero desde que una vez él se corrió por casualidad, además, en mi boca -Ángel me miraba con cara de hambre-, todas las demás veces han desembocado en orgasmo -concluí.

-Vaya, vaya... Qué espabilados estabais -dijo.

-¿Estábamos? -pregunté, con un tono indirecto de lo más sugerente.

-Bueno, quiero decir que para ser niños... -contestó. Ya, ya, arréglalo ahora.

-Y eso ha durado hasta que él se ha hecho cabo. Él dice que es hetero, pero bien que aún se pone cachondo conmigo.

-¿Y tú que le has dicho?

-Pues cuando le conté que soy gay se sorprendió muchísimo. Más tarde dijo que él es bisexual, pero que por un lado están todas las mujeres, y, por el otro, servidor.

-¡Qué suerte! -exclamó.

-Pues si, tendrías que verle, ¡ja, ja, ja!

Abrí el sobrecito de azúcar que el camarero había traído y lo puse en el café. Ángel me miraba. Yo sabía que él quería saber más acerca de mi sexualidad, pero, ¿qué carajo?, ¡yo también quería saber! Le pregunté cómo había sido su historia.

-Lo mío ha sido más simple y aburrido que lo tuyo -explicó-, yo he sido el típico que se comía la cabeza y salía con chicas en lugar de admitirlo. Más tarde tuve una especie de lío con el que te he dicho antes, el hermano de mi mejor amiga, pero no fue nada, y encima él quiso dejarlo.

No dijo nada más. Nos miramos, esta vez un poco más serios. No quise forzarle a que me lo contara, si no quería. Quizá lo pasó mal, y hacerle revivir sus comienzos quizás amargara aquel momento.

-¿Has estado con alguien últimamente? -me preguntó al cabo de un rato, sin mirarme. Parecía interesado.

-Si, he conocido a algún chico y, bueno, han pasado cosas.

-Qué suerte. -suspiró.

-¡Suerte no, chaval! -le dije, dándole una ligera patadita en el pie- Lo mío me costó.

-Ya, pero al menos has tenido algo. -No pude creer que aquel chico no hubiese encontrado aún a alguien. Claro que quien se esconde no puede ser encontrado.

-¿Lo has buscado? -le pregunté, arriesgándome a que me contestara mal.

-No, a veces he mirado a algún chico, pero en cuanto me han mirado me ha dado miedo y he desaparecido de la escena. La tontería platónica que tuve con el hermano de mi amiga fue porque él empezó. Pero yo no me atreví a llegar a nada, por eso me dejó. -comentó.

-¿Has ido a lugares de ambiente?

-No, claro que no. No iba a ir yo solo. -me miró, sugerente.

-Si quieres, puedes venir conmigo. Yo voy poco, porque no me gusta demasiado cómo es la gente allí, pero, si te apetece...

-Me gustaría. -contestó. Cogió su cerveza, y dio un largo trago. Me hizo gracia la escena, parecía un vaquero ahogando sus penas en whisky.

-¿Entonces nunca has hecho nada por atraer a un chico?

-Si -me miró a los ojos-, te he escrito a ti -añadió. Me dejó de piedra, aunque me gustó. Lo dijo con calidez. Decidí ir a por todas.

-Y... ¿qué tal te parezco?

-No te conozco aún, pero me ha gustado la primera impresión. Creo que estás muy bien -Yo estaba en las nubes.

-Tú también me has causado muy buena impresión -le dije.

El silencio volvió a reinar en el ambiente, pero esta vez porque estábamos saboreando ese intercambio de impresiones. Decir cualquier cosa rompería esas sensaciones que nos recorrían tras habernos dicho aquello. Cruzábamos miradas fugaces, que, al encontrarse, huían a refugiarse en alguno de los

desconocidos que pasaban junto a la terraza de aquel bar.

Al cabo de un rato de delicioso silencio, de palpable atracción, de palabras sobreentendidas, llegó el camarero a traernos la cuenta. Ángel insistió en invitar. Yo le miré, sintiéndome muy arropado por su gesto.

Nos levantamos y caminamos hacia ninguna parte. Yo estaba muy bien, y creo que él también. He conocido personas a las que les he importado muy poco. Me han usado, he sido su consuelo para un momento de calentón, y ya está. Pero a éste no le veía yo capaz de dejarme tirado después del primer polvo. Quizá fuera prematuro pensar así, pero es que Ángel tenía cara de necesitar algo más que sexo. Y yo sentí el deseo de ser la pieza que le faltaba.

-¿Hacia dónde vamos? -preguntó.

-No lo sé, a algún sitio tranquilo, ¿no?

-Dónde tú quieras -me contestó, y me sonó a gloria. Era como si le conociera de toda la vida. Se me ocurrió proponerle algo...

-Cerca de aquí hay un pub muy discreto, que hoy estará casi vacío, ¿quieres ir?

-¿Es de ambiente? -preguntó rápidamente.

-Sí...

Me miró. Pensativo, pero sonriente, contestó con un "vale" muy suave. Le cogí del brazo para indicarle el camino, y se dejó llevar con una apacibilidad que me provocaba.

Avanzábamos entre callejuelas y plazas, y a cada paso estábamos más seguros de que nos habíamos gustado, y que de aquella tarde podría surgir algo más que una buena amistad.

-Aquí es. -dije al llegar frente a la puerta- ¿Entramos?

-Vale, tú primero. -me contestó, cediéndome el paso.

Abrí la puerta y entramos. Era un local pequeño, poco iluminado, pero sin llegar a resultar oscuro. Una barra dibujaba un rectángulo que ocupaba gran parte del espacio, dejando al fondo un lugar para quien quisiera bailar y unos bancos acolchados. En las paredes, fotos de chicos de gimnasio rasgándose las vestiduras dejando entrever sus pétreos pectorales y bíceps. A Ángel le llamaron mucho la atención. Había pocas personas: una pareja hablando muy íntimamente, dos hombres hablando con sendas cervezas en mano; otro hombre, solo y más alejado, y el barman, que al vernos se acercó.

-¿Qué vais a tomar?

-Una Fanta -dije.

-Que sean dos -añadió Ángel.

-En fin, ¿qué te parece? -le pregunté.

-No sé... -dijo, aunque se le notaba que le gustaba estar allí. Se quedó mirando a la pareja de chicos, que en ese momento se estaban besando.

-Aquí esas cosas son normales -le dije, al ver hacia donde miraba.

-Nunca lo había visto.

-¡Ah, pues acostúmbrate! -contesté, sonriéndole. Él me miró. Parecía querer algo.

-Tú habrás besado a muchos, ¿no? -preguntó, esta vez sin mirarme.

-Hombre, tal y como lo dices parece que yo sea un putón -repliqué.

-No quería decir eso...

-Tranquilo -le puse la mano en la rodilla- no pasa nada. Y sí, he besado a algún chico que otro. -Sentí que algo iba a pasar de un momento a otro.

-¿Cómo es? -preguntó. Me miró la mano y puso su mano sobre la mía.

-Pues... así... -dije, acercándome a él. Le dí un ligero beso en los labios. Cuando abrí los ojos me

encontré frente a frente con una intensa mirada, y sintiendo su respiración cálida y entrecortada golpeando mi cuello, mis labios, mi cara...

Volví a mi Fanta, y bebí un poco. Él estaba como aturdido. Y yo, por una parte hubiera deseado tirarme encima de él en aquel momento, pero no quería que pensara que le había llevado allí para eso. Él estaba inseguro. Preferí dejarle marcar el ritmo.

-¿Qué te ha parecido? -pregunté, bebiendo un trago para refrescar mis ardientes labios.

-No lo sé... apenas me he dado cuenta -si, ya sé que es típico, pero es lo que siempre pasa. Yo no tengo la culpa. Me acerqué de nuevo y volví a besarle. Puso su mano en mi cintura y me atrajo hasta él. Yo llevé mi mano a su cabeza y le acaricié el pelo. Noté cómo su deseo crecía. Nuestras lenguas se encontraron y se entrelazaron en un tórrido abrazo. Me dejé llevar por él, no quise dar ningún paso que pudiera intimidarle. Le presté mi cuerpo para que saciara su sed, su curiosidad de experiencias. Me miró a los ojos, y me abrazó. Sentí que tenía un compromiso con él. Tenía que tener mucho cuidado para no hacerle daño; aquel chico parecía ser de los que se encariñan rápido, y, además, al parecer yo era el primero. Acaricié su espalda, me incorporé y bebí un poco más. Le miré, sonriente, tratando de ocultar que estaba muy caliente.

-¿Estás bien? -pregunté, y la voz no me salía. Él resopló y nos reímos. Ahora estaba más que claro. Nos gustábamos. Miré a mi alrededor. Me sorprendí por la forma en la que habían cambiado las cosas. Hacía poco tiempo que yo ejercía en el asunto, y, allí estaba, llevando a un novato de turismo por el ambiente y sirviéndole de primera experiencia. Cuando en realidad yo no era mucho más experimentado que mi alumno. Yo he tenido mis relaciones, pero todas ellas pasajeras, frágiles. Sólo he tenido sexo, no he sabido retener a mi lado a ningún chico, no he podido distinguir entre un posible romance y un revolcón. Y me han hecho daño, claro. Yo no podía enseñarle a aquel chico a evitar que le utilizaran, cuando a mí hacía bien poco que me habían dado la última puñalada.

-¿Has salido con algún chico? -preguntó.

-Hombre, salir, lo que se dice... salir, pues no -confesé.

-Pero, ¿te gustaría? -se me atragantó la Fanta que estaba bebiendo cuando lo preguntó.

-Depende, si encuentro a un chico del que me pueda fiar, sí.

-¿Nunca te lo ha pedido nadie? -preguntó, aquello parecía un interrogatorio.

-No.

-¿Y le has pedido tú salir a alguien?

-Tampoco -dije. Me estaba poniendo un poco nervioso.

-¿Qué prefieres, pedir salir o que te lo pidan a ti? -preguntó, muy sugerente. Parecía que me estaba dando a elegir lo que quería que pasara.

-No lo sé. Supongo que si a mí me gusta el chico, se lo pediré cuando encuentre el momento, y puede que para entonces él ya me lo haya pedido -contesté, haciendo como que no sabía que la cosa parecía ir por mí-, de todas formas, no es algo que me importe mucho... -concluí, sonriente.

Ángel me miró bastante serio. No pude evitar apartar la mirada. ¡Acababa de conocerle! Tenía que decirle que iba muy deprisa; lo malo es que no sabía cómo. Miré a la parejita que había estado besándose antes. Estaban pagando la cuenta, parecía que se iban. El barman me miró de reojo. Noté cómo Ángel seguía mirándome. Giré la cabeza y le miré a los ojos. Me cogió la mano.

-Ángel... -quise decirle algo, pero me abrazo algo violentamente y me besó. Me dejé al principio, pero a medida que me besaba me apretaba con más fuerza. Además, noté su mano buscando mi miembro. Me aparté de golpe.

-¿Qué te pasa? -preguntó alterado.

-Creo que vamos muy rápido, Ángel. -le dije, notando que a él no le hizo gracia mi teoría.

Y tanto que no le hizo gracia. Se sacó un billete de mil del bolsillo, lo dejó en la barra y salió como un rayo del local.

-¿Qué ha pasado? -me preguntó el barman, muy risueño. Pagué la cuenta y salí; quizá pudiera alcanzar a Ángel.

No fue así. Miré por las calles circundantes. Él ya no estaba. Me fui a mi casa, andando. ¿Qué había hecho mal? Lo único que quería era ir un poco más despacio, para que él se tomara su tiempo para acostumbrarse, para darle la oportunidad de algo serio, de que me conociera... Me había equivocado con él.


Daniel.

Al día siguiente me desperté con ganas de ver a Ángel. Quizás fuera un poco embarazoso vernos, sobre todo para él, que salió corriendo como llevado por el diablo. Si yo hiciera eso, me daría mucha vergüenza que el otro me viera después.

Tenía su teléfono, pero no estaba seguro de lo que tenía que decirle. Después de todo, fue una tontería. Él quiso ir muy deprisa, yo únicamente quería que se lo tomara con calma, pero el chico me gustaba.

No le paré los pies porque no quisiera nada con él, sino para no hacerle daño. Eso es algo que debía dejarle claro.

-Hola, ¿está Ángel? -pregunté a una voz femenina que contestó al teléfono.

-Sí, un momento, ¿de parte? -contestó.

-De un amigo...

-Un momento, por favor. -dijo, algo seca. Escuché a lo lejos la voz de Ángel preguntando quién era. Su madre le dijo que no lo sabía.

-¿Sí? -preguntó Ángel, muy poco amable.

-Soy yo, José. Tenemos que hablar. -dije. Él no dijo nada, parecía cortado. Así que hablé yo para tranquilizarle- Oye, me gustas mucho, pero no quiero que pase nada de lo que luego puedas arrepentirte.

-Lo siento, tío. No sé que me pasó -dijo al fin-, no sé qué decir.

-No digas nada, da igual.

-Todo esto me asusta. -dijo.

-¿Qué te asusta? -pregunté; no sabía de qué me estaba hablando.

-Sí, cuando te tenía delante, tan a mano, sentí algo dentro que no podía controlar -explicó.

-Comprendo lo que sientes. A mí me pasaba al principio, me gustaba cada tío con el que iba...

-No es que me gusten todos -interrumpió-, me gustas tú, pero es que no sé cómo hay que actuar.

-Sé tú mismo. Puedes dejarte llevar, pero, como en toda relación, has de tenerlo muy claro para luego no tener que lamentarlo.

-Yo no lamentaría que tú fueras el primero -dijo, y un escalofrío recorrió mi cuerpo.

-Oye, me gustaría verte y hablar de esto en persona -sugerí. Ahora tenía más ganas de verle.

-Vale, te espero en el mismo sitio y a la misma hora de ayer -contestó, con tono tranquilo.

-Muy bien. Hasta luego.

Colgué y me quedé sentado, pensando. Un chico quería que yo fuese el primero. El primero, ¿en qué? ¿En ser su pareja o en dormir con él? Definitivamente las cosas iban demasiado deprisa. Tendría que aclarar las cosas antes de dar ningún paso.

-Hola, José -era la voz de mi hermana, entrando por la puerta del salón.

-Hola, Moni. Tengo un problema -dije- ¿podemos hablar? -Mónica se paseó por la casa para comprobar que no habían moros en la costa, cerró la puerta, y vino muy sonriente a mi lado para que le contara. No sé si por cotilla y ansiosa de marujeo, o porque le alegraba que contara con ella.

-What's the problem? -preguntó.

-Pues mira, que he conocido a un chico que acaba de entrar en el gremio y se ha encariñado conmigo.

-¿Cuánto? -se refería a cuanto tiempo le conocía. Mi hermana se suele guiar por eso.

-Ayer.

-¡¿Qué?! ¿No será por casualidad el chico del contacto al que llamaste ayer? -preguntó con la boca abierta.

-El mismo -dije.

-¿Qué pasó? -preguntó, levantando la ceja. Si no fuera porque oigo perfectamente, hubiera jurado que preguntó "¿Te lo has tirado?" viendo la expresión de su cara al hacer la pregunta.

-Nada. Estuvimos hablando, nos tiramos los tejos mutuamente, le llevé a un pafeto de ambiente y nos besamos.

-¿Nada más?

-Bueno, él parecía querer algo más...

-Ya... ¿y tú eres el primero? -preguntó.

-Pues al parecer sí. Le paré los pies y se enfadó. Salió por patas y me dejo tirado. -Mi hermana se rió.

-Acabo de llamarle, nos veremos esta tarde -concluí.

-Bueno, es un asunto peliagudo, la verdad. ¿Qué vas a hacer?

-¡Para eso te lo cuento, para que me aconsejes! -exclamé.

-Oye, nene, que yo no lo sé todo. Lo mejor que puedes hacer es decirle siempre las cosas a tiempo y bien claritas.

-Vaya consejo, ¡eso ya lo sé yo! -dije, riéndome.

-Vete al carajo -dijo, dándome un capón- Me voy, que tengo que comprar unas cosas para esta tarde.

-¿Tienes pasta? -pregunté. Ella me miró con cara de ir a decir "muy poca"- En mi cazadora hay diez papeles, cógelos, ya sacaré yo luego. -añadí. Me dio un beso y salió disparada. Nunca me pide dinero, y por eso mismo no me importa dárselo, porque sale de mí. En cambio, mi madre me lo pide como si yo estuviera obligado a dárselo, y encima para cosas que no le hacen falta. Mi hermana se fue, y me quedé a solas con mi madre, que salió al salón y se sentó a fumar como una carretera.

-¿Vas a algún sitio esta tarde? -preguntó.

-Si, me voy con un amigo.

-¿Con cuál? -insistió. Desde que empecé a salir con mis amigos gays, a los que conocí por casualidad en un cine, no me ha visto salir con chicas. Y como antes tenía una detrás de otra, le sorprendía tanta compañía masculina y tan escasa femenina. Además, ahora salgo mucho más que cuando iba con tías, y casi nunca digo a dónde. Lo que provoca sospechas, tanto a mi madre como a mi padre.

-No le conoces, es uno con el que juego al squash. -contesté. Ese deporte me servía de coartada, ya que yo jugaba muy a menudo e incluso iba a alguna competición local. Así que podía atribuir mis amistades a mi equipo.

-A ver si te traes alguna vez a uno de tus amigos, y con suerte se lo liga tu hermana. -dijo. Se levantó y se fue. Estaba claro que se imaginaba algo. Tanto tío llamando a casa no era normal. Además, a todos ellos se les nota "ligeramente" que son más señoritas que mi propia madre.

Como estaba aburrido y aún era pronto para comer, decidí bajar a ver a mi amiga del alma Sandra, antiguo amor y espinita de mi corazón, ¡ja, ja, ja! Me apetecía petardear con alguien, y de paso la vería, que ya hacía tiempo. Me vestí con lo primero que encontré y bajé. Antes me ponía guapo y todo para verla. Ahora el único gesto que hacía era ponerme colonia, para seguir causando la buena impresión que parecía tener aún de mí. Ella vivía muy cerca de casa, en la misma calle.

-Hola, niña -le dije cuando contestó al timbre.

-¡Uy!, ¡hola José! Espera y bajo -dijo muy contenta ella. No me esperaba tanta alegría por mi visita. Me senté a esperar en el escalón de su patio. Recordé las veces que había estado allí con ella. Unas veces

como amigo, otras como algo más, pero siempre muy feliz por tenerla cerca. Aún hoy, si me dijera que se muda me daría un síncope, lo juro. Recuerdo las pocas veces que nos hemos abrazado. Todas han sido en ese mágico patio. El lugar dónde nos hemos dicho cosas bonitas pero también cosas que nos han hecho daño. Allí me declaré, y allí nos dijimos adiós. Aunque siempre he vuelto a ella, porque, como he dicho al principio, la llevo muy adentro. Como a alguien se le ocurra hacerle daño, le buscaré... No sé que tiene la niña de los cojones, pero la quiero mucho más de lo que ella cree, ahora en un sentido más platónico que antes. Es la única con la que me casaría si tuviera que hacerlo. Y le sería fiel.

-¡Hola! -exclamó risueña. Me abrazó y nos dimos dos besos.

-¿Qué tal estás? -pregunté.

-Muy bien, ¿y tú?

-Pues nada, me han pasado algunas cosas y quería hablar con mi amiguita. ¿Qué tal el novio?

-No me hables de él, estoy mosca. -dijo. Nos sentamos en el patio.

-¿Qué ha pasado esta vez?

-¡Oye, tío! Ni que siempre estuviera enfadada...

-No, bueno... -murmuré, y me dio un capón.

-Nada, que es un inpuntual del copón y ya estoy harta de esperar como una gili hasta que al señor le dé la real gana de aparecer. -explicó.

-Vaya, pues tú tampoco eres muy puntual que digamos -dije, arriesgándome a otro capón-, al menos cuando quedas conmigo, ¿no? -añadí, con el sarcasmo que me caracteriza y del que tan orgulloso estoy.

-¡Tú tampoco! En fin, dejamos el tema -contestó. Tenía (y tiene) la manía de ser... maniática-. En fin, ¿me cuentas lo que te ha pasado?

-Bueno... ¿Te acuerdas de aquella revista que leímos que había unos anuncios tan cachondos de tíos, y que te dije que iba a mandar yo uno?

-¿Qué has hecho, Pepe? -preguntó.

-Pues que mandé uno, un tío me ha contestado, quedé ayer con él, nos gustamos, nos besamos, quiso ir muy deprisa, le paré los pies, se mosqueó, se fue y me dejó tirado y hoy le he vuelto a llamar -dije de un tirón.

-¡Espera, chico! Cuenta con detalles. A ver, tú le escribiste a un tío...

-Si, se llama Ángel.

-Y quedasteis.

-Sí.

-Y te moló.

-Y yo a él -contesté.

-¡Qué bien, ¿no?! ¿Y dices que os besasteis y todo? ¿En la primera cita? -preguntó.

-Si, porque era como si le conociera de siempre. Además, él no ha estado con ningún tío aún y parece tener algo de prisa.

-Pues no te fíes -dijo- ¿cuántos años tiene?

-Veinte, es de mi edad.

-Ah, bueno -respondió-, mientras no te vayas con abuelos, bien. Bueno, ¿y qué más?

-Pues que quiso pasar a cosas más serias y yo quería que se lo pensara dos veces antes de hacer nada.

-¿Y dices que se enfadó? -preguntó.

-Si, bueno, los hombres, aparte de más promiscuos, no solemos afrontar bien negativas cuando es la entrepierna la que dicta -respondí, por supuesto con un tono de broma, en absoluto pienso eso (aunque los hay que desgraciadamente encajan en ese esquema).

-Pues vaya. ¿Y porque has vuelto a quedar?

-Bueno, él me gusta. Además, contado así puede que no lo entiendas, pero parte de la culpa fue mía. Yo propicié que él se lanzara como lo hizo y quizá frenarle le hiciera formarse una idea equivocada de lo que yo quería, no sé...

-¿Qué vas a hacer esta tarde? -dijo, cambiando de tema. Ella siempre me escucha, pero desde que la conozco parece que hablar de mis amoríos no es lo que más le guste hacer. Siempre acaba cambiando de tema.

-Esta tarde es cuando he quedado con él. -contesté.

-Vaya, pues hoy iba a llamarte -dijo, y no me lo creí, porque ella nunca me llama. Siempre soy yo el que va a su casa. Y si no voy, se enfada. Mujeres...

-Ya. Pues si quieres el sábado quedamos para ir al cine. -dije.

-Vale, hoy es jueves..., a ver... -murmuró pensativa-, muy bien, el sábado. ¿Me llamas tú?

-Pa variar... -contesté.

-Pues me subo a mi casa, que me toca hacer la comida. -dijo.

-¿Ah, sí? ¿Qué vas a hacer? -pregunté. Sandra cocinaba bien. Una vez me bajó un plato con un flan casero. Fue una experiencia interesante, porque sus manos habían estado en contacto con él, y por aquellos tiempos yo aún estaba loco por ella.

-Arroz a la cubana -dijo. Me dio dos besos, nos despedimos y se fue. Es encantadora, tengo mucha suerte de ser su amigo. Y su novio es un gilipollas. Si yo fuera él, llegaría con horas de antelación y la ayudaría a vestirse (o a desvestirse), a ducharse, a ponerse guapa, y todo eso que hace ella, y que alguna vez he podido ver. Porque he estado con ella a veces, cuando salía de la ducha (con el albornoz, claro), cuando se secaba el pelo, cuando se ponía laca y se peinaba, cuando se maquillaba... En fin, todas esas cosas que siempre ha hecho para irse con otra persona.

Llegué a mi casa y vi a mi hermana con una chica que me resultaba familiar. La había visto hacía poco, pero no recordaba dónde.

-¡Hola José! -exclamó mi hermana, cogiéndome de la mano y llevándome ante la chica- Esta es Raquel -dijo-, es la hermana del chico que me gusta.

-Hola, Raquel, yo soy José -dije, y le di dos besos. Me sonaba muchísimo su cara- y tú, Moni, ¿qué es eso de que te gusta un chico y no me lo habías dicho?

-Se han conocido hoy -dijo Raquel-, los he presentado y ha sido un flechazo.

-¿Ah, sí? ¿Y cómo se llama el afortunado? -pregunté sonriente.

-Daniel, ¡y está buenísimo! -exclamó. Y entonces recordé quién era Raquel. Era la chica que había pasado junto al Daniel que yo confundí con mi cita en la Plaza del Ayuntamiento el día anterior. O sea, que el Daniel de mi hermana era el mismo que me había sonreído tan amablemente. ¡Qué lástima! Yo que creía que había ligado.

-Vaya, pues que tengas suerte -le dije-, ya me lo presentarás -añadía, y le guiñé un ojo. Mi hermana me pegó una palmada en el trasero y se fueron las dos hacia su habitación.

-¿A qué hora te vas para el centro? -preguntó, antes de cerrar la puerta.

-Pronto, a las cuatro y cuarto, aproximadamente.

-Es que Raquel tiene coche, y después de comer aquí nos vamos para allá, si quieres te vienes -dijo, y se acercó a mí- Así veo a tu chico -susurró en mi oído. Se metió riéndose en su cuarto sin darme tiempo a contestar. "Pues vale, llevadme", pensé.

Durante la comida, Mónica no hacía mas que sonsacarle a Raquel cosas sobre su hermano Daniel. La acribillaba a preguntas. Mi hermana es muy impulsiva, y, como yo, enseguida se hace ilusiones de los chicos que le gustan.

-Pues mi hermano juega al squash -dijo Raquel, cuando mi hermana le preguntó porque Daniel tenía el tipazo que tenía.

-¡Mi hermano también! -exclamó Mónica entonces.

-¿Ah, sí? -preguntó. Yo asentí con la cabeza- Pues se lo diré a mi hermano. Antes tenía dos amigos con el que se iba a jugar, uno de ellos hasta ganaba medallas. Pero un día pasó no sé qué con uno de los dos y dejo de verles. -explicó. A mí esa historia también me sonaba.

-¿Sabes cómo se llamaban? -pregunté.

-Creo que uno Antonio, y el otro es Ángel, mi mejor amigo -contestó. Se me quedaron los ojos abiertos como platos- Uno es mayor y el otro, Ángel, es su sobrino -añadió. Ahora si estaba claro. Ángel me contó en la cafetería que jugaba con su tío, que había ganado medallas... ¡Oh! ¡Y también que se había liado una vez con el hermano de su mejor amiga! ¡Ángel y Daniel habían tenido algo, y yo estaba sentado con la mejor amiga de Ángel, que le estaba contando a mi hermana como era Daniel, que se había liado con él! Tenía que hacer algo, pero lo primero que tenía que hacer era asegurarme.

-¿Entonces tu hermano conocía bien a tu amigo Ángel? -pregunté, con una preocupación que no supe esconder.

-Sí, ¿por qué? -dijo Raquel. Mi hermana me miraba extrañada.

-Y ese Ángel... ¿tiene una tienda de deportes? -pregunté, aún más preocupado.

-¿Cómo lo sabes, le conoces? -preguntó- Pues está buenísimo, es el chico de mis sueños, aunque él me ve como a su mejor amiga -dijo, girándose hacia mi hermana, que me vio la cara blanca del susto.

-Moni, ven un momento a la cocina, anda -dije, como los americanos. Me levanté, fingí una sonrisa y me fui hacia la cocina seguido de mi hermana, que se estaba disculpando ante Raquel.

-¿Qué pasa? -preguntó cerrando la puerta para que Raquel no nos oyera.

-Pues que su Ángel es mi Ángel, y tu Daniel tuvo algo con él hace tiempo. Y ayer, mientras esperaba a Ángel, ¡me sonrió de mala manera! -expliqué alterado.

-¿Qué? ¿Que Raquel está enamorada de tu ligue y el mío quiso ligar ayer contigo? -preguntó, pasmada.

-Eso es... -suspiré. Nos miramos. Ella empezó a reírse.

-Quizás no quisiera ligar contigo -dijo después.

-¡Pero Ángel me contó que había tenido algo con el hermano de su mejor amiga! -exclamé.

-¡Calla, que no te oiga! -dijo, tapándome la boca- Puede que ella tenga otro hermano -dijo.

-Tú sabrás, es tu amiga -repliqué.

-A mí me la presentaron hace poco, no sé mucho de ella -contestó.

-Mira, ahora salimos y se lo preguntas con disimulo. Y si dice que no hay más hermanos, es que se trata del Daniel del que hablo -propuse-, y entonces mejor no me llevéis en coche para que no se encuentren Ángel y Raquel.

Salimos al comedor, donde Raquel estaba esperando algo molesta por nuestra repentina y extraña actitud.

-Disculpa, Raquel -dijo mi hermana- Oye, no tendrás otro hermano aparte de Dani, ¿verdad? -soltó a quemarropa y de sopetón. Yo me tapé la cara para que no se me notará la impresión que me dio su falta de sutileza.

-No, pero, ¿por qué me preguntas eso? ¿qué está pasando? -dijo, levantándose de la silla.

-Nada, nada -dije yo rápidamente, para calmar las cosas. Allí estábamos los tres en pie; mi hermana y yo impactados por descubrir que lo que yo había dicho era cierto, y Raquel mosqueada porque notaba que le estábamos ocultando algo. Pero, Ángel me dijo que nadie sabía lo suyo, así que yo no podía decir nada. Y al parecer lo de Dani también era un secreto en su familia. Era una situación muy embarazosa, y yo me sentía en medio de todo. Raquel dijo que se iba al baño. Mónica y yo nos pusimos de acuerdo para no meter la gamba, y cuando Raquel volvió la calmamos. Le contamos que yo tenía una escozor en la ingle y que me daba vergüenza pedirle la crema hidratante a mi hermana delante de ella. Se lo tragó, aunque la pregunta de tener o no otro hermano no quedó del todo despejada. Mi hermana no volvió a preguntar por Dani. Al parecer, no tenía muchas posibilidades con él...

A las cuatro estábamos entrando en el coche de Raquel. Yo estaba temiendo que Ángel llegara antes y nos viera a todos. Menos mal que llegamos antes de la hora.

-Ven, Mónica -dijo Raquel-, mi hermano estará ahora saliendo del Ayuntamiento, trabaja allí y sale a estas horas -añadió.

-Mejor no, mira cómo voy vestida -contestó mi hermana, intentado evitar que la cosa se estropeará más aún.

-¡Así estás guapa! -exclamó Raquel.

-Da igual, prefiero no verle ahora -insistió mi hermana.

-Como quieras, así tenemos más tiempo para ir por ahí -contestó Raquel- Vayámonos, pues, antes de que salga y nos vea él. ¡Hasta luego, José! -dijo, y se fueron.

-¡Adiós! -exclamé yo, aliviado por su marcha. Ahora tenía un problema. Tenía que esperar a Ángel en la puerta del Ayuntamiento, y Daniel iba a estar por allí. Si los dos coincidían...

Llegué al Ayuntamiento y me apoyé en una columna lejana a la puerta principal del edificio. Faltaba aún un cuarto de hora para que Ángel llegara. Estaba sudando por los nervios, y además no me había dado tiempo ni a ducharme.

Mirando hacia los lados, para ver si encontraba a mi cita, me di cuenta de que Daniel estaba apoyado tres columnas a mi derecha, mirándome. Me dio un sobresalto al mirarle a los ojos, que a su vez me miraban a mí. Y disimuladamente me oculté a un lado de la columna, deslizándome hacia mi izquierda. ¿Qué podía hacer? Estaba bloqueado. Me asomé para comprobar si seguía allí, mirando en mi dirección, y el chico se dio cuenta. Me sonrió y volví a ocultarme tras la columna, esta vez muy poco disimuladamente. Estaba atrapado, y si Ángel llegaba, Daniel nos vería irnos juntos y se imaginaría todo. Decidí irme caminando, dándole la espalda a Dani. Así hice, comencé a andar, y al poco no pude evitar girarme para comprobar que él seguía allí. Pero no era así. Daniel ya no estaba apoyado en la columna. Le busqué con la vista, pero no pude encontrarle. ¿Se habría ido? Me quedé dando vueltas, y, después de unos cinco minutos de ridícula espera, volví a la columna de la que había partido, oculto, por supuesto, al lugar donde había estado Dani. Pero, de pronto, una mano me tocó el hombro por detrás.

-¡Te pillé! -dijo alguien, que resultó ser Daniel- ¿A qué juegas? -preguntó. Yo estaba congelado, y avergonzado. ¿Qué pensaría de mí? Por su sonrisa, estaba tratando de ligar conmigo.

-¿Yo? -pregunté. No sabía que decir, y mis nervios eran evidentes.

-¡Tranquilo, no muerdo! -exclamó entre risas que me avergonzaban aún más. Sentí como la sangre se agolpaba en mi cara. Seguro que la tenía roja como un tomate.- ¿Esperas a alguien? -preguntó después.

-Si, a un amigo -conseguí explicarle.

-Pues yo a mi hermana, porque la chica con la que me viste ayer era mi hermana, ¡qué conste! -dijo, y me terminó de convencer de que quería algo conmigo.

-¿No se llamará Raquel, por algún casual de la vida? -pregunté, porque los nervios no me dejaban pensar con claridad.

-Si, ¿la conoces? -preguntó extrañado.

-Si, y tú conoces a la mía -dije; puestos a cagarla, caguémosla bien.

-¿Quién eres tú? -preguntó sonriente.

-Me llamo José, y soy el hermano de Mónica, la amiga de tu hermana -dije.

-¡Vaya! -exclamó- Pues tu hermana es muy mona. Creo que me la he ligado esta mañana.

-¿Y qué piensas hacer?

-Creo que nada -dijo en un tono de lo más subliminal. Me estaba diciendo que entiende.

-Pues será mejor que se lo hagas notar pronto... -murmuré.

-No puedo, no quiero que mi hermana... -dijo, sin llegar a terminar la frase. Supongo que se refería a que no quería que su hermana supiera que a él las tías le van como los condones a la Iglesia.

-Déjalo, creo que ya sé por dónde van los tiros -dije, mirando alrededor, temiendo que Ángel me encontrara allí con aquel chico. Aunque Dani me gustaba. Estaba muy bien, y su mirada era decidida, profunda.

No me extrañaba nada que mi hermana se hubiera encaprichado de él. A mí también me hubiera pasado en otras circunstancias.

Nos miramos. Él sonrió, y sus ojos se clavaban en los míos peligrosamente. Sentí que quería decirme algo. Y acerté.

-Oye, ese amigo tuyo, ¿se enfadaría mucho si le das plantón? -preguntó.

-Pues, yo creo que sí.

-Entonces podemos quedar para otro día, ¿qué te parece? -propuso. La tentación era muy, muy poderosa.

-Claro... -respondí en voz baja.

-Mañana no puedo, ¿qué te parece el sábado? -preguntó.

-Muy bien... ¿dónde?

-Aquí, a la misma hora de hoy, ¿vale? .dijo.

-Muy bien -repetí.

-Pues me voy -dijo- ¿Te digo una cosa? -preguntó cogiendo suavemente mi camisa.

-¿Qué? -dije, muy nervioso y ya medio empalmado.

-Pues que estaba esperando por si te veía pasar, como ayer. Ya tenía pensado quedar contigo porque me gustaste. -dijo, helando la sangre en mis venas de la impresión. Me sonrió, acarició mi abdomen y se alejó, despidiéndose con una preciosa sonrisa que me puso enfermo. ¿Por qué tenía que tener esa sonrisa tan bonita el hijo puta?

Me di cuenta de lo que acababa de hacer. Le había dicho quien era yo, el hermano de la amiga de su hermana, y si no acudía a la cita podría contactar conmigo. Estaba en un lío muy gordo. Y Ángel se enfadaría mucho si se enterara de quién era el tío con el que acababa de quedar. Y, pensando en Ángel, le vi aparecer a lo lejos, andando deprisa; parecía preocupado.

-Perdón por el retraso -dijo-, he vuelto a encontrarme con la misma de ayer, mi mejor amiga. Es que iba con una chica y me la ha presentado.

-¿A, sí? -pregunté, sabiendo que era mi hermana de la que hablaba.

-Era un poco petarda, la verdad -dijo, y yo preferí callar, aunque algún día se disculparía por ello; estaba seguro- Bueno... ¿dónde vamos?

-Donde tú quieras... -le dije.

-¿Estás bien? -preguntó- Te noto serio.

-No es nada, no te preocupes.

-Si es por lo de ayer, no te preocupes, no volveré a salir corriendo -dijo mirando al suelo.

-¡Oh, no! No es po eso -aclaré.

Le dije de ir al cine, así no nos encontraríamos con Raquel y mi hermana, ni tendría que hablar demasiado. Él aceptó de mil amores y me propuso una serie de películas. Le dejé elegir y nos fuimos al cine en el que proyectaban la que quería ver.

Por el camino me estuvo explicando que el día anterior estaba muy nervioso, que se había portado mal, y bla, bla, bla... Yo no podía prestarle atención, estaba pensando en lo que iba a hacer con Daniel. Tenía que ir, claro. Pero si pretendía tener algo serio con Ángel, no podía liarme con otro. Ángel estaba muy cariñoso, y me preocupaba. Aunque lo que de verdad me preocupaba era que lo que sentí por él el día anterior se había esfumado. Estaba seguro de que iba a hacerle daño si me liara con él, porque en aquel momento no podría serle fiel.

Las miradas de Ángel, que tan sólo un día antes me hacían sentirme tan bien, aquella tarde me ponían nervioso. Las rehuía. No quería que me mirara así porque él se estaba encariñando, y yo no podía dejar de pensar en el otro, aunque acabara de conocerle.

Y en el cine fue aún peor. Había poca gente, y nos sentamos en un sitio bastante apartado y oscuro. Cuando las luces se apagaron, Ángel me cogió la mano.

-¿Qué pasa? -preguntó.

-Nada -dije, más seco de lo normal, lo que le demostró que algo pasaba.

-Si no quieres contármelo, no lo hagas, pero no me digas que no pasa nada cuando estás tan callado, serio y encima antipático -refunfuñó. Me soltó la mano y no volvió a hablarme en toda la película.

Al salir íbamos los dos igual de serios; yo porque había quedado con otro y no sabía que hacer, y él porque yo estaba serio todo el rato y además no hablaba. Al final él rompió el silencio.

-¿Quieres ir al pub de ayer? -preguntó, con tono de querer hacer algo por animar la tarde.

-No lo sé -contesté-, quizás no sea una buena idea. -añadí. Ir allí podría empeorar las cosas. Me miró, seriamente. Y entonces me di cuenta de que estaba haciendo lo que el día anterior quise evitar: le estaba haciendo daño.

-Está bien. Ya me llamarás cuando se te pase eso que tienes esta tarde conmigo -dijo, dándose la vuelta para alejarse.

-¡Espera! -exclamé, cogiéndole del brazo-, tengo que confesarte algo.

Disyuntiva.

Sentados en una cafetería discreta, situada en una callejuela al lado del cine, le expliqué lo que había pasado. Que su amiga Raquel era ahora amiga de mi hermana, que su lío del pasado era mi cita para dos días más tarde, y que todo había pasado muy deprisa.

-¿Y no has podido decirle que no? -preguntó. No parecía enfadado, más bien le hacía gracia.

-Pues estaba tan nervioso por si venías, nos veías y te enfadabas que le he dado la razón en todo para que se largara pronto... -contesté. Pareció gustarle que me preocupara por él. Me miró a los ojos y sonrió.

-No me hubiera enfadado. No eres mío, puedes hacer lo que quieras. -dijo.

-De todas formas, conocerle ha sido todo un accidente, creeme -expliqué.

-Bueno, ¿y qué vas a decirle? -preguntó.

-¿Decirle? No sé, ¿qué voy a decirle?

-Me refiero a si le vas a decir algo de mí, o a si vas a acostarte con él si te da la oportunidad -dijo. No me gustó nada que me soltara eso, así.

-Como has dicho hace nada, no soy tuyo. Así que ya veré lo que tengo que hacer -contesté, y se hizo el silencio. No recuerdo cuánto tiempo pasamos allí, sin hablarnos ni mirarnos a la cara. Pero se me hizo eterno.

Sólo un día antes aquel chico me gustaba; había llegado hasta mis sentidos con algunas palabras dichas en el momento justo, y con una mirada hipnótica que me había hecho creer que tenía delante a mi posible pareja. Y han bastado 24 horas para que lo haya estropeado. No es que ya no me gustara, pero la aparición tan extraña de otra persona me había hecho descarrilar, cuando parecía que iba a llegar a mi estación. No quería perder a Ángel, porque arriesgarme a perderle por haber quedado con un desconocido (aunque estuviera tan bueno) era como tirar un billete de lotería para comprarte otro, cuando no sabes si el que has tirado está premiado.

-Siento todo esto -dije al fin.

-No, no lo sientas. De todas formas no me conoces. No puedo reprocharte que quieras quedar con otras personas.

-Pero tú me gustas, en teoría no debería buscar más, porque lo tengo ya. -contesté.

-Tú también me gustas -me dijo, sonriendo. Me cogió la mano.

-Los bares de maricones están más hacia el centro... -dijo uno de los camareros, al verlo. Ángel me soltó rápidamente.

-Oiga -dijo una señora bastante mayor, dirigiéndose al capullo del camarero-, hay que tener más cojones de los que usted tiene para ser homosexual y mostrarlo al mundo.

-Váyase a la mierda -contestó el camarero, riéndose. Es gracioso escuchar a alguien insultar a una persona a la vez que la llama de usted. El encargado, que estaba por allí, se acercó a la señora.

-¿Qué ha pasado? -preguntó, muy amable el nene.

-Que el camarero es un grosero -contestó la señora-, y además debe de tener un conflicto de identidad sexual, quiero decir... que está reprimido -el camarero saltó, y empezó a vociferar.

-No pasa nada -dijo Ángel de pronto.

-Si pasa -dijo la señora-. Hijo, no te acostumbres jamás a que la gente te pise. Y si es gentuza, menos.

-¿Alguien me explica qué ha pasado? -preguntó enérgicamente el gerente.

-Pues que esos dos son maricones y estaban haciendo manitas ahí, en la mesa -dijo el camarero, señalándonos, con un tono socarrón, que bien me hubiera gustado quitarle de la cara de una buena patada en los reales. El gerente nos miró, luego miró a la señora y por último, al camarero.

-¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí? -preguntó el gerente al camarero.

-Dos semanas, y nunca he tenido que ver a ningún maricón haciendo la mariposa por aquí -contestó, muy vulgar.

-Te equivocas. El día que firmaste tu contrato viste a un... "maricón", como tú dices -dijo-, porque tu jefe es homosexual, como yo y como el cocinero, ese que te da palmaditas en el trasero -continuó, muy sonriente-. Si no te gustamos, ya puedes irte, porque aquí el ochenta por ciento de los clientes son gays -concluyó.

El camarero puso cara de estar pensando en la familia del gerente (y no por devoción, precisamente), y volvió a su sitio, no sin antes soltar un "vaya, pues lo siento" muy mariquita. El gerente se disculpó y nos dijo que nos tomáramos lo que quisiéramos, que invitaba la casa. Después se fue. La señora que había salido en nuestra defensa se acercó.

-Me llamo Carmen -se presentó-. Soy asidua de este local, y es la primera vez que esto pasa.

-¡Vaya! -exclamé-, pues que mala suerte que seamos los primeros en sufrirlo, ¿no?

-¿Veis aquella mesa? -dijo, señalando la mesa de la que había venido-, pues la tengo siempre reservada. Se podría decir que es mía, porque no hay semana que no la tenga en reserva. Allí sólo puedo sentarme yo, y quién yo quiera que me siente.

-¿Y eso? -preguntó Ángel.

-Bueno -explicó la señora-, hoy no hay mucha gente, pero algunos días esto está muy lleno y si no fuera por mi reserva no podría ni entrar. Gracias a reservarla, mis amigos y yo podemos venir cuando queramos. Y vosotros tenéis mi permiso para sentaros ahí cuando queráis -dijo, muy amable.

-Gracias, es usted muy amable. Yo soy José, y él es Ángel -dije.

-¿Sois pareja? -preguntó. Ángel y yo nos miramos y sonreímos.

-Pregúntenoslo dentro de una semana -contestó Ángel, sin dejar de mirarme. Volví a sentir la cálida sensación de arropamiento del día anterior.

-Por favor, no me habléis de usted... -dijo la señora- Pues haríais una pareja preciosa -continuó. Ángel volvió a cogerme la mano, mirándome todavía.

-No todos piensan eso -dije, girándome hacia el camarero.

-Déjale... -contestó Carmen-, ¡ya quisieran algunos tener pareja, aunque fuera pagando! -exclamó, muy irónicamente, con clara intención de que el camarero se diera por aludido Ángel y yo nos reímos, cogidos de la mano. -Yo lo sé todo sobre todos los que vienen o trabajan aquí. Y llevo muchos años aconsejando a amigos homosexuales. Para cualquier cosa que necesitéis, aquí estaré.

Ángel y yo nos despedimos, nos pusimos en pie y salimos, cogidos de la mano hasta la puerta del local. Una vez en la calle, nos soltamos, deslizando las manos muy suavemente y mirándonos. Daniel había salido de mi cabeza de repente. Quizás me había preocupado en exceso, ya que no estaba obligado a nada con él. Podría decirle que ya tengo mis compromisos. Ahora lo que importaba era la persona que estaba a mi lado, que sabía hacer que me sintiera tan bien, tan protegido, con una sola mirada. Me propuso de ir al mismo pub donde nos besamos el día anterior, y acepté.

Y pasó lo que tenía que pasar. Que acabamos enredados, dejándonos llevar por las ganas que teníamos el uno del otro. Besándonos, abrazándonos, y, al final, en un reservado del local, desnudos, entregándonos. El lugar no era nada romántico, pero no importaba, porque en realidad no estábamos en ningún sitio que no fuera dentro del cuerpo del otro. Acabamos, sudados y abrazados, nos besamos y, después de vestirnos en silencio, salimos de allí.

Aquella noche no pude dejar de pensar en Ángel. Aún sentía su olor, su respiración en mi cuello, el sabor de su cuerpo y la vibración de su piel, pegada a la mía. Si no hacía nada por evitarlo, acabaría enamorándome de él... pero, ¿por qué evitarlo?

El amor homosexual, para mí, hasta entonces era un oscuro mundo en el que la carne era más fuerte que los sentimientos. Nunca me había vuelto a enamorar de ningún chico después del primero. Pero con él descubrí que entre chicos, muchas veces la polla manda, con perdón. Y después de él me acosté con gente a la que no conocía de nada. Ninguno de ellos ha vuelto a aparecer, ni para ser amigos. Nada. Sólo fue sexo con el primer pedazo de carne que nos encontramos. Y lo que me había pasado con Ángel podría ser perfectamente lo mismo que les ha pasado a muchos ingenuos. Nadie me podía asegurar que Ángel fuera sincero, que realmente no había estado con chicos como él dijo y, lo más importante, que sus miradas y sus palabras no fueran fingidas. En este mundo, ya hablando de la Tierra, no de gayland, no puedes fiarte de nadie. Mucho menos cuando a ese alguien lo conociste ayer. La promiscuidad es un juego para aquellos que saben apartar a un lado los sentimientos. Porque follar, follarás. Pero no esperes que después te den la mano, ni te digan "nos vemos mañana, cariño". A lo más que puedes aspirar en muchos casos, después de acostarte con alguien a quien no conoces, es a apoyar tu cabeza en su hombro mientras veis la tele, o a que te regale uno de los besos que le han sobrado después de un rato de egoísta pasión. Es frío, sí. Te pueden decir que, si no te gusta, no lo hagas. Pero hay muchos necesitados de cariño. Tener a alguien abrazándote, besándote y acariciándote, aunque desconocido, ayuda a paliar la sed de amor al menos mientras dura el acto. El después es lo peor. Cuando te vas, o se va él, y te encuentras de nuevo cara a cara con la soledad. Miras la cama en la que alguien ha estado, y es lo único que te queda. Porque pasarán los días y olvidarás la cara de tu fugaz amante. Olvidarás su olor, su sabor. Olvidarás la canción que sus gemidos te ofrecieron una noche, y te quedarás con lo que la luna y las estrellas te canten. Será un concierto dedicado a tu amante, porque la luna puede verle, y sabe que él estará con otro. Podrás escucharla y recordar, o bien buscarte a otro corazón solitario que quiera estar contigo esa noche. Y volverás a entrar en el círculo del olvido, porque... no importa a cuántos te folles, si no te quedas con el corazón de ninguno, no tendrás nada. Sólo la obligación de volver a buscar por las calles una mirada perdida.

Mi hermana me despertó temprano a la mañana siguiente. Al parecer un hombre tenía que venir a comprobar la instalación telefónica, ni ella ni mi madre iban a estar. Lo que quería decir que yo no podría salir en toda la mañana. Decidí llamar a Ángel para que estuviera conmigo. Si Mahoma no va a la montaña, la montaña vendrá a Mahoma. ¿Te das cuen? En fin, le llamé y aceptó enseguida. Me gustó cómo me hablaba. Parecía abobado, como flotando entre nubes de algodón. Y desde el auricular pude sentir su sonrisa, su euforia. Yo estaba como él, claro, pero sé disimular mejor. Le dije dónde vivía, y tras unas breves indicaciones de cómo llegar, le mandé un beso y colgamos para que viniera hacia mi casa.

No sabía exactamente dónde iban a estar mi hermana y mi madre esa mañana hasta que encontré una nota en la nevera, sujeta con un imán en forma de plátano, la cual decía: "Nos vamos al campo con la tía Susi, si quieres algo el teléfono de su móvil está en la agenda verde, entre los libros de cocina. Tu padre vendrá a recogernos a las siete de la tarde. No te muevas de casa, porque después de comer irá un técnico de la compañía telefónica". Es decir, que tenía la casa vacía toda la mañana, y por la tarde hasta que viniera el técnico. Me di una ducha en profundidad, me afeité, me perfumé y busqué algunos calzoncillos sugerentes. Aunque quizás no llevar ningunos hubiera resultado más sexy. Luego recogí a fondo mi habitación, preparé algunos compactos en mi equipo de sonido y al fin me senté a esperar, viendo cualquier cosa en la tele.

Ángel llegó media hora más tarde. Llamó al timbre de la calle, y, mientras subía por el ascensor, mi corazón latía con fuerza. Luché por tranquilizarme y no aparentar demasiado emocionado con aquel encuentro a solas.

-Hola, ¿qué tal estás? -me dijo, al abrirle la puerta de casa. No le respondí hasta que no entró y cerré la puerta. Y mi respuesta fue un íntimo abrazo y un beso en la boca. Se sorprendió, pero le gustó mi recibimiento (a nadie le amarga un dulce, sobre todo si es como yo, modestia aparte).

-Muy bien -dije después.

-Tenía ganas de volver a verte -confesó, sin soltarme.

-Y yo -respondí.

-¿Que tienes pensado que hagamos hoy? -preguntó, muy sugerente.

-No sé... ¿alguna sugerencia?

-Mmm... puede -dijo, apretándose contra mí. El principio de una relación es muy bonito, sobre todo porque lo haces todo con mucha pasión...

-Ven, te voy a enseñar la casa -interrumpí, dejándole con la palabra en la boca de forma maquiavélica.

Le cogí de donde se me ocurrió y le arrastré con cariño por toda la casa, espachurrándole contra cada pared y besándole como si fuera a comérmelo. Le deseaba cada vez más. Él se dejaba, muy sumiso, y muy sonriente, mientras yo notaba cómo ambos nos poníamos peligrosamente cachondos. -¿Quieres tomar algo? -pregunté, dejándole de nuevo en ascuas.

-Algo frío no me iría mal -contestó riendo, poniendo su boca muy cerca de mi cuello, rozándome con los labios.

-Pues ven a la cocina. Tengo algo que te gustará -propuse. Se me había ocurrido algo que siempre había querido hacer.

Le llevé cogido de la camisa, le senté junto al fregadero, encima de la pila, y le besé. Luego fui hasta la nevera. Allí había un bote de nata montada en espuma, que mi madre compró para hacerse ese café irlandés que tanto le gusta. Lo cogí, me acerqué a Ángel, le desabroché el botón del pantalón y, después de bajarle la cremallera le metí por los calzoncillos la boca del bote y pulse sobre el botón, haciendo salir una gran cantidad de nata que se le coló por los lugares más insospechados. Me miró asombrado, pero no hizo nada por evitar mi ataque. Terminé de bajarle el pantalón y, como el buen chico que soy, procedí a "limpiar lo que había manchado", suavemente, paseando mi lengua por toda su entrepierna. Pude oír sus gemidos mientras hundía mi boca en su zona más íntima. De pronto, me cogió y me hizo a un lado. Fue hasta la nevera, echó un vistazo ante mi perpleja mirada y, después de rebuscar un poco cogió un bote de crema de chocolate. Yo intenté escapar al adivinar sus intenciones, pero él me cogió al vuelo. Forcejeamos entre risas y metidas de mano y acabamos en el suelo. Yo, boca abajo y arrastrándome, y él encima, agarrándome por las piernas con una mano y con la otra intentando pringarme hasta las cejas de chocolate. Al final consiguió quitarme los pantalones y dejarme la ropa interior por las rodillas, tras lo cual derramó todo el chocolate por mis nalgas. Fue alucinante. Sentí el contraste del fuego que ardía en mí con el frescor de aquella crema, que me resbalaba por entre las nalgas hacia los testículos, perdón, COJONES, y los muslos. Luego empezó a morderme el trasero con una mezcla de dulzura y morbosa violencia. Su lengua lo recorrió todo, incluso se metió por ciertos profundos recovecos, arrancándome gemidos y haciendo que cada vez me resistiera menos. Y para rematarme me dio la vuelta y se metió mi miembro en la boca, moviendo la cabeza salvajemente. Yo no sabía dónde agarrarme; el placer me poseía ya por completo. Y allí, en el suelo, sin esperar a llegar a la cama, su nata y mi chocolate hicieron un batido, muy bien agitado y aderezado con "leche condensada", que tardó muy poco en llegar. Nunca olvidaré aquella mañana.

Después de ducharnos y de limpiar nuestra ropa y el suelo, nos sentamos en el sofá del salón y puse uno de los discos que había preparado. Era de música étnica, de ritmos suaves y relajantes, con pasajes de rápidas y apasionadas notas de guitarra eléctrica y sintetizador.

-¿Qué tal? -preguntó.

-¿Cómo que qué tal? Eso pregúntaselo a los vecinos, que me habrán oído gemir hasta en la finca de enfrente -contesté, sonriéndole.

-Creía que estas cosas sólo pasaban en las películas -dijo.

-Bueno, alguien escribe esas películas, y si alguien lo escribe es porque se le ha ocurrido alguna vez, ¿no?

-Ya. Pues tendrías que escribir sobre esto, te forrarías -contestó. (NOTA DEL AUTOR: Esta obra es pura ficción. Cualquier similitud con la realidad es simple coincidencia. ¡Esto NO ha pasado!) (Aún)

-¡Oh!, puede ser, lo tendré en cuenta.

-Está bien, iremos al cincuenta por ciento, ¡ja, ja, ja! -dijo riéndose. Le miré. Ahora me parecía verle distinto. Le veía más guapo, su voz me sonaba a canto de ángeles, su piel me era suave como el tacto de los pétalos de una rosa... Y mirarle me hacía sentirme bien. Le abracé y me refugié en su cuello, en sus hombros. Decididamente me estaba enamorando, si es que no lo estaba ya. Lo único malo es que me estaba volviendo cursi. "Pétalos de rosa"... lo que hay que leer...

Estuvimos hablando mucho rato, no recuerdo cuánto. El tiempo se pasa volando, cuando estás a gusto con una persona. Cuando nos entró hambre, decidimos empezar a hacer la comida juntos, como si fuéramos un matrimonio. Yo no sé mucho de cocina; si me sacan del microondas, la pasta y las frituras, me pierdo. Así que saqué comida precocinada y al microondas. Y él hizo unas patatas fritas y cosas para picar. Entre los dos hicimos la ensalada, lavando la verdura en un bol en el que no cabían nuestras 4 manos, que más que limpiar jugaban a buscarse. Manitas entre la lechuga, de lo más romántico. Una vez hecho todo, pusimos la mesa entre jugueteos y besos sorpresa.

-¿Qué vas a hacer mañana? -preguntó una vez sentados.

-Pues no lo sé -contesté, creyendo que se refería a mi cita con Daniel.

-¿No lo sabes? -insistió. Me dio la impresión de que no recordaba mi cita, o de que daba por hecho que yo no fuera a presentarme. Pero tenía que hacerlo para evitar que Daniel hablara con su hermana de mí y las cosas se liaran.

-Podemos vernos cuando vuelva de tomar un café con Dani... -dije, disimulando mi inseguridad. Él iba a meterse algo en la boca cuando yo hablé, y de repente se quedó quieto. Me miró y dejó en la mesa lo que iba a comerse. Se puso de un serio muy preocupante.

-¿Qué te pasa? -pregunté nervioso.

-Creía que tú y yo habíamos empezado algo -dijo muy seco.

-Oye, no voy a hacer nada con él, sólo le explicaré que su hermana conoce a la mía y que... -no me dio tiempo a terminar. Se levantó, se disculpó de lo más serio y se fue al lavabo. Si eso de irse cada vez que se enfadaba se iba a convertir en una costumbre, tendría que ir pensando en ponerme en forma para perseguirle. Tardó un rato, pero cuando volvió se comportaba como si no hubiera pasado nada. Cambió de tema y no volvió a mencionar nada. Me pareció increíble su forma de hacer un punto y aparte y seguir con otra cosa. Sin embargo, en el fondo yo sabía que en absoluto había olvidado el asunto. Tenía que dejarle claro a Daniel que no podía llegar a nada con él, y que no podría decirle a su hermana que me había conocido.

La comida terminó y Ángel me dijo que tenía que irse. Tuve el presentimiento de que lo hizo porque estaba enfadado. Porque cuando le dije de venir a casa él me dijo que no tenía nada que hacer en todo el día. No quise forzarle y le dejé marchar. Antes de irse, me dio un beso muy rápido y me dijo que le llamara cuando quisiera. Lo dijo con segundas, pero conservando la apariencia de no tener ningún problema conmigo.

Pasé toda la tarde pensando. Sólo el técnico que vino aquella tarde me sacó de mi reflexión. ¿Por qué tenía que ver a Dani, si Ángel ya sabía que nos habíamos conocido? ¿Realmente lo hacía para asegurarme de que Raquel no se enterara de nada o porque en el fondo quería estar con aquel chico? No lo sabía, y eso me hacía sentirme mal. Porque Ángel me gustaba muchísimo. Hay que ver cuánto puede complicarse uno la vida en dos días (o en veintipico páginas).


A las cuatro treinta en punto del sábado llegué al lugar donde había quedado con Daniel. Había dormido mal, me había salido un grano horroroso en la frente y además no me gustaba la ropa que me había puesto. Me senté a esperar en un banco. Pensé en Ángel. Le había llamado antes de salir para decirle que tardaría poco. Y él me dijo que hiciera lo que quisiera, que le llamara cuando acabara. O sea, que tenía prisa por acabar con todo aquel lío estúpido, que ni sé por qué empezó ni cómo había llegado a complicarse tanto.

Daniel no tardó en llegar. Apareció subido en una moto y me hizo un gesto para que subiera con él. Lo hice y salimos hacia algún sitio que sólo él sabía. Ese lugar era su casa. No estaba muy lejos de allí. Aquello se estaba poniendo cada vez más oscuro. Si me llevaba a su casa, que por cierto estaba vacía, seguro que no era para enseñarme su colección de mariposas disecadas. Aquel quería sacarle partido a la tarde de una forma más primitiva, seguro.

-Pasa, estás en tu casa -dijo. "Ojalá", pensé yo. Entré y pude escuchar la puerta y la cerradura girando a mi espalda. Había cerrado con llave. Pero, aunque sabía lo que podría pasar, no hice nada por evitarlo. Porque aunque no quisiera me gustaba lo que estaba viviendo.

Me enseñó la casa. Vi fotos de su hermana colgando de alguna pared, y también fotos suyas. Estaba muy guapo. En una salía sin camisa, porque estaba tomada en una piscina o algo parecido. Me preguntó si quería tomar algo y antes de servirmelo ya me estaba besando y perdiendo sus manos dentro por de mi ropa. Me separé suavemente, y él se fue a la cocina a por algo de beber. Me senté en el sofá e intenté disimular mi erección.

Al poco llegó y se sentó a mi lado, muy cerca. Había traído una bandeja con dos cervezas. No me pareció el momento de decirle que no bebo, así que sin más cogí mi vaso y bebí un poco. Él me miraba ardiente. Y yo estaba cachondo pero tenía remordimientos. Es curioso, pero se me fueron a medida que él se me acercaba y paseaba las yemas de sus dedos por mis labios y mi cuello. Si hay algo que odie de ser hombre es que a veces mi entrepierna tome el relevo a mi cerebro a la hora de actuar. Porque de sentirme mal por Ángel acabé pensando que, total, a los dos les conocía de hacía un par de días o tres, y que tampoco estaba tan comprometido.

Fueron dos horas y cuarto de pasión. Lo hicimos dos veces, y luego nos besamos largo y tendido. Hasta que la testosterona volvió a su cauce y su niebla se esfumó de mi mente, momento en el cual me acordé de que Ángel me estaba esperando. Entonces me vestí, y como pude inventé una excusa para salir volando. Me dijo que me llamaría y entonces vi que no habían empezado mis problemas hasta aquel momento. Porque Daniel parecía querer repetir la experiencia algún día, y yo admito que también.

Salí de su casa dulcemente frenado por besos y caricias que me invitaban a pasar la noche allí, pero a la vez violentamente empujado por la difuminada imagen de Ángel. Daniel me dijo que si tanta prisa tenía podía llevarme con la moto, pero preferí no complicarme más la vida y coger un taxi. Y eso hice. Fui directo a casa, para llamar a Ángel.

-¿Desde cuándo estás ahí? -preguntó.

-Acabo de llegar -contesté, porque mentir era lo peor que podía hacer.

-Ya. ¿Y qué tal con Dani?

-¿Dani? ¡Ah, bien! -no pude disimular mi nerviosismo.

-Bueno... ¿qué vamos a hacer? Se ha hecho un poco tarde, ya son las ocho menos veinte.

-Si quieres podemos ir al cine... -sugerí. Me sentí un cerdo, la verdad.

-Como quieras. Voy a recogerte -dijo, muy seco.

-Está bien, no tardes -contesté yo, intentado controlar mi tono.

-Y dúchate -dijo, antes de colgarme, sin darme oportunidad de contestar. Realmente me hacía falta una ducha. Aún tenía el semen de Daniel, seguramente reseco, en mi abdomen, mi pubis y mi trasero. Así que corrí a la ducha, a hacerme un raspado intensivo con el estropajo que tenemos por esponja. Me puse colonia por todas partes, y me vestí con ropa recién sacada de la secadora. Ventilé la casa abriendo las ventanas y la esencia de Dani desapareció. Me sentí como una puta, pero resultaba una situación graciosa, desde ciertos puntos de vista.

Ángel tardó mucho en llegar, al menos una hora y media. Llegó casi a las nueve de la noche. Yo estaba temiendo que mis padres llegaran antes que él y empezaran con sus preguntas, pero afortunadamente se retrasaron y nos fuimos antes de que ellos llegaran. Ángel me pidió que durmiera en su casa, porque su familia se iba a un chalet que tienen en un pueblo de montaña, así que dejé una nota a mi hermana para que me encubriera, como yo había hecho por ella tantas veces.

Me dijo de ir a cenar a un chino antes del cine, y acepté. Por el camino estuvimos callados, ya que todos mis intentos de abrir conversación se toparon con una monosilábica respuesta. No renegué de que estuviera antipático porque me lo merecía. En realidad no tenía derecho ni a que cenara conmigo ni a dormir con él aquella noche. O al menos así me sentía. Al final, él decidió intentar acabar con la tensión.

-¿Ha pasado algo? -preguntó. Nos miramos. Y no pude evitar mentir.

-No, Ángel. Ya te dije que tomaríamos un café y ya está -respondí.

-Verás, José, yo conozco bien a Daniel -dijo. Parecía haberme creído, pero también intentaba advertirme de algo-. Él es de los tipos a los que les gusta tener varios amiguitos con los que divertirse, pero sin llegar a comprometerse. Yo lo sé bien porque me lo confesó. Por eso no me abrí a él y me dejó por estrecho. -explicó.

-¿Por qué me dices eso? -pregunté.

-Pues porque no me creo que no haya intentado nada contigo. Él es muy directo.

-Vaya, entonces yo no debo haberle gustado -respondí, intentando cambiar de tema.

-No habrá tenido oportunidad. De todas formas, si no ha intentado nada ahora, puedes estar seguro de que lo hará si os volvéis a ver. ¿Dónde os habéis visto?

-En una cafetería -dije.

-¡Qué raro! ¿Te ha llevado a una cafetería teniendo la casa vacía? -preguntó.

-Hemos quedado en el centro, Ángel -contesté-, y yo no sé si su casa estaba vacía.

-Pues yo sí -cortó-, recuerda que su hermana es mi mejor amiga. Y me ha dicho que su hermano le había pedido las llaves de la moto para recoger a una amiga esta tarde. O sea, que ha ido a buscarte, porque a no ser que se haya presentado con una tía, la amiga... eres tú -dijo. Después cogió la carta y me preguntó que quería cenar. A mí se me había ido el hambre. No podía más.

-Está bien. Hemos follado en su casa. -dije de un tirón.

-Ya lo sé -contestó muy tranquilo. Quería hacerme ver que dominaba la situación-. Y lo sé porque ese chupetón que llevas no te lo he hecho yo -añadió señalándome el brazo. Yo me lo miré y vi que no había tal chupetón. Lo que sí veía era que había caído en la trampa mirándome el brazo. Me quedé en silencio, avergonzado. No me atreví a decir nada. Él me torturó con una mirada penetrante que, lejos de ser sexy como el día en que le conocí, me resultaba muy molesta.

-Ángel, yo... quise decir, pero no pude. No pude contener las lágrimas; me puse a llorar en medio de un restaurante chino, bastante concurrido, además. Él no se inmutó. Continuó mirándome de forma fija e impasible. Con frialdad e indiferencia.

-Así he pasado yo la tarde, llorando -dijo-. Porque sabía que caerías, que no ibas a resistir la tentación. Pero no te preocupes, José, no te culpo. Un día yo también me encontré entre sus brazos sin saber qué hacer, y solo Dios sabe cómo conseguí salir, corriendo, dejándole atrás a él y a todos mis deseos. Porque yo le quería, pero no quise estar enamorado de alguien que iba a jugar conmigo, alguien que sólo me quería para compartir cama. No voy a echarte nada en cara, porque tú y yo no nos conocemos. Sólo te diré que no podré quererte hasta que no me demuestres que no eres como él. Que no tendré que volver a huir para que no me hagas daño.

Me tranquilizó habérselo contado y su respuesta. Sequé mis sinceras lágrimas y pedí algo de beber. No cené, no hablé sino para contestarle, y por la noche dormimos en habitaciones separadas. Ni siquiera me dio un beso de buenas noches. Me dejó un pijama, me arregló la cama del cuarto de invitados y, después de enseñarme algunos objetos a los que tiene especial apego, se fue y me dejó solo. Me pareció oírle llorar, pero no estoy muy seguro. Quise creer que sí, porque eso significaría que él me quería aún. Con sólo tres días de historia juntos...

Empezar otra vez.

Al día siguiente los dos estábamos más despejados. Nos levantamos temprano. Las nubes parecían haberse alejado de entre nosotros, y su sonrisa se me presentó como el Arco Iris después de la lluvia. Sin embargo, noté que seguía distante.

-¿Qué tal has dormido? -preguntó.

-Muy bien, gracias -mentí. Hubiera dormido mejor sin escuchar la voz de mi conciencia, sin recordar lo que había hecho el día anterior, sin escuchar lo que parecía ser el llanto de Ángel.

Ángel se fue a la cocina y me preguntó lo que quería desayunar. Le dije que cualquier cosa y me senté en la mesa del comedor. Puse la tele; estaban haciendo repeticiones de programas basura. Ángel llegó al poco con una bandeja en la que había café, pastas y croissants.

-Hoy domingo no harán nada en la tele -dijo.

-A no ser que te guste Surprise Surprise... -contesté sonriente. Nos miramos, hicimos una muesca de asco y nos reímos.

-No soporto ese programa.

-Hombre, no está mal, a veces sale gente interesante -dije.

-¿Qué vamos a hacer hoy? -preguntó, cambiando de cara y de tema de un sablazo.

-No lo sé, ¿qué quieres hacer? -contesté.

-A mí me da igual. Tú sabrás... -dijo. Noté cierto rin tintín en su expresión. No quise darle una mala respuesta.

-A mí también -decidí contestar, conservando el mismo tono que había estado utilizando.

No hubo respuesta. Nos quedamos viendo la tele. Le miré de reojo. Estaba guapo, despeinado y con cara de sueño. Daban ganas de abrazarle y darle un beso, y de sentir su piel aún cálida por haber estado en la cama, tapadito y calentito. Su pelo, castaño y corto, normalmente brillante por el fijador, ahora descansaba lacio y revuelto, no mucho porque la longitud no daba para demasiados enredos. Pero podrías pasarle la mano por la cabeza y sentir sus cabellos acariciándote entre los dedos. Sus oscuros ojos miraban fijos hacia la televisión, con un par de legañas repartidas por el contorno. Sus hombros, sus brazos se marcaban bien en la camiseta de algodón que llevaba. Su perfil, su nariz, sus labios... aquellas formas me habían llamado la atención ya el primer día. Pero recién levantado tenían un encanto muy especial. Sentí deseos de acariciar sus mejillas, siempre tan bien afeitadas y suaves. Pero no lo hice. Tenía miedo a que me rechazara.

Cuando terminó su desayuno me miró, y tras comprobar que yo había terminado también, recogió la mesa, poniéndolo todo en la bandeja, y se fue de nuevo a la cocina. Desde allí me dijo que me fuera vistiendo, y así lo hice. Me levanté y fui a la habitación donde había dormido. Recogí la ropa del suelo, y cuando me levanté noté a Ángel abrazándome por detrás. Me quedé inmóvil. En aquel momento sí tuve la seguridad de que Ángel lloraba. No quise hacer nada. Dejé que me abrazara sin dar ningún paso, sin decir nada. Me apretó fuerte contra él. Oírle llorar me destrozaba. Porque era por mi causa, y no podía o no sabía que hacer para consolarle. Finalmente, me dio la vuelta, me dio un beso y volvió a abrazarme. Apoyó su cabeza en mi hombro, y sentí su aliento en mi cuello, y la humedad de sus lágrimas en mi camisa. Le rodeé con mis brazos y apoyé me cabeza en la suya. "Lo siento", susurré. Él me apretó más contra su cuerpo, y besó mi cuello con una dulzura y una suavidad que nunca antes había sentido. Y al fin me miró a la cara. Yo, al ver las lágrimas salir de sus preciosos ojos y resbalar por sus mejillas, sentí una punzada en el corazón. Su expresión era de dolor, de desconsuelo. Me dolió tanto que las lágrimas me saltaron a mí también. Le abracé de nuevo y permanecimos allí, de pie, sin movernos, sólo refugiándonos el uno en el otro; él, sintiendo quién sabe qué, y yo, sintiéndome culpable. Me dijo que me quería, muy suavemente, sin dejar de abrazarme, con la voz tomada por el llanto, que ya había cesado. Yo froté mi cara contra la suya, haciendo que sus lágrimas y las mías se mezclasen, besándole las mejillas, llevado de una necesidad visceral de darle cariño, de tenerle muy cerca. De quererle. Mis entrañas se revolvían de arrepentimientos en mi interior. Me llevó hasta la cama en dónde él había dormido, me metió en ella y luego se puso a mi lado. Nos tapó y me abrazó, y pasó su pierna por encima de las mías. Vi que aquello era un gesto de cariño, me había llevado allí para abrazarme, no para hacer el amor. Y tuve que luchar para no excitarme, porque él notaría mi erección estando tan cerca. Sentí los latidos de su corazón; tenía el pulso tranquilo. Acabamos durmiéndonos. Fue muy bonito dormir junto a él, me hubiera gustado pasar la noche así, teniéndole tan cerca, sintiendo aquella suave y agradable calidez que su cuerpo emanaba. No recuerdo cuánto tiempo pasó, pero fue un sueño muy reparador, en todos los sentidos. Volvía a tenerle de mi lado.

Me desperté y vi, en el reloj de su mesita de noche, que ya era muy tarde. Al mirar de nuevo a Ángel, que me había parecido dormido, vi que tenía los ojos abiertos. Le besé y me incorporé. Él se levantó también. Nos miramos. Sentí que no le conocía. Porque no sabía qué hacer ni qué decir en aquel momento. Tres días no dan para mucho, aunque a nosotros nos hubiera bastado ese tiempo para formar unos lazos que parecían más fuertes que los de parejas que llevaran años juntas. Y ya tan temprano habían sufrido la agresión de una infidelidad. Era de locos. Pero es que el amor es así, es una locura.

-José, quiero que me digas si vamos a seguir adelante o no dijo.

-¿A qué te refieres? -pregunté, no estaba muy seguro del significado de sus dudas.

-Me refiero a si vamos a ser una pareja; novios, ya sabes... -contestó, sonriente. Su expresión de vergüenza me pareció encantadora. Me miró y creo que se puso rojo y todo. ¿Me estaba pidiendo salir?

-¿Tú quieres? -pregunté. Él me miró.

-Yo lo he preguntado antes -dijo, mirando hacia abajo. Me alivió mucho que su estado de ánimo volviera a emerger, y que aún pensara en mí como en su pareja. Y era gracioso que después de haber hecho las guarradas que habíamos hecho, fuera tan tímido para proponerme aquello.

-Ya -dije, para picarle-, pero yo tengo que saber si tú quieres salir conmigo para decirte lo que podemos hacer, ¿no crees? -proseguí, dándole la vuelta a la tortilla. Ahora la respuesta estaba en él. Me abrazó, abalanzándose sobre mí, con la expresión que tiene un niño al que ya no le duele la herida por la que ha estado llorando.

-Claro que quiero -dijo, en mi pecho.

-Yo también -contesté. Me miró y nos besamos. Nos revolcamos por la cama, caímos al suelo, y seguimos rodando y rodando, juntos, fuertemente abrazados. Nuestros caminos se habían juntado.

Volando del nido.

Y por ese camino llevábamos caminando juntos ya tres meses cuando mi chico sacó por primera vez el tema de irnos a vivir juntos. Curiosamente, yo no le había mencionado que en el banco me quieren mucho, por mi abultada cuenta. Decidí comentárselo. Porque yo podía perfectamente comprar una casa en cualquier sitio y podríamos mudarnos a ella. Él sabía que a mí el dinero no me faltaba, porque siempre invitaba yo (cuando se dejaba invitar), y por otras cosas evidentes. Pero creo que si no le decía que tenía más mil millones, sería difícil que lo averiguara él solito.

Una tarde pasamos por delante de un escaparate de una tienda de electrodomésticos. Ángel se quedó mirando un equipo de música. Yo me di cuenta de que le gustaba, pero la verdad es que era caro y probablemente la idea de comprarselo pasaba por su cabeza de forma fugaz. Y como a mí no me gustaba que mi chiquitín se quedara con ganas de algo que yo podía ayudarle a conseguir, pensé que era el momento de contarle que si salía conmigo, el lote incluía (aparte de mi cuerpo Danone), una pasta gansa.

-Qué pasada de equipo -dijo, confirmando que le gustaba.

-¿Por qué no te lo compras? -pregunté.

-Porque tengo demasiados gastos. Tengo que pagar el alquiler de la tienda, estoy ahorrando para un coche, me tengo que sacar el carnet de conducir... quizás más adelante.

-Tengo que contarte una cosilla que, si no te he contado antes, ha sido porque no ha salido el tema del dinero... -dije.

-¿Qué pasa? ¿Estás mal de pasta? -me preguntó. Vi en sus ojos que si me faltara dinero, sin duda me lo daría. Eso hizo que fuera más difícil decirle que era millonario, que podía haberle quitado muchos pesos de encima, pero que no se lo había dicho. Se me ocurrió que sería más fácil enseñárselo que decírselo, así que le llevé a un cajero automático, saqué mi tarjeta de crédito para grandes clientes y, tras introducirla, visualicé mi saldo disponible. Ángel se quedó congelado. Me miró, me señaló, murmurando no sé qué cosa y volvió a mirar la pantalla del cajero, acercándose para contar mejor los 11 dígitos que conformaban mi fortuna. Volvió a mirarme, ávido de explicaciones.

-Me tocó la lotería... -dije, muy bajito y mirando al suelo, dándome cuenta de que no haberlo contado antes había sido un fallo más bien grave.

-¡Estás forrado! -exclamó, después de dar vueltas, de volver a consultar el saldo, de poner caras raras y de resoplar.

-¿Estás enfadado? -pregunté, sin dejar de mirar al suelo, avergonzado.

-No, José. Te admiro -contestó para mi sorpresa. Yo levanté la vista y le vi sonriendo.- No conozco a nadie que tenga pasta y que no pierda ocasión de recordármelo y restregármelo por la cara.

Nos reímos, sacamos pasta y le compré el equipo de música. Me alegró que no fuera de esos que tienen un orgullo tan grande que, aunque lo hagas porque de verdad quieras, no dejan que les pagues o les compres nada. Aceptó con una sonrisa muy tímida y humilde aquel presente, aunque he de admitir que por la noche me lo pagó en carne... En fin, a lo que iba. Le dije que si quería que viviéramos juntos, a mí no me importaba comprar la casa. De todas formas, algún día iba a comprármela, y el hecho de que él se viniera conmigo era una razón más que poderosa para que adelantara mi emancipación. Sólo había un pequeño e insignificante problema a resolver: nuestras familias. ¿Qué dirían de un hijo que de repente se va de casa para vivir con alguien de quién no han oído hablar, y que encima es de su mismo sexo? Mis padres sabían muy poco de Ángel. Y los suyos, me habían visto un par de veces, cuando traían a mi hermana a casa junto con su hermana, o cuando se la llevaban de campo, etc... Las sospechas y los rumores aparecerían enseguida. Por mí, no había problema, porque sinceramente me importa bien poco lo que piensen mis padres. Pero a él sí parecía afectarle.

De todas formas, por mucho que la familia se meta en los asuntos personales de un hijo, largarse de casa suele solucionarlo todo (en algunos casos, claro). Así les dejas tiempo para que se traguen sus rabietas, sus prejuicios, sus opiniones retrógradas y se metan su estúpido, exagerado y caducado proteccionismo por donde les quepa. Si te quieren, tendrán que aceptar tres cosas: que eres así, que no pueden hacer nada y que, aunque pudieran cambiarte, es tu vida y no tienen derecho a hacer que la lleves como ellos quieran. Mis padres, por ejemplo, son de los que se meten en jurisdicciones ajenas. Antes salía con chicas, como ya he dicho. No tenía demasiados amigos varones, por aquella época. Me escudaba en mi novia, que era mi mejor amiga y mi única compañera en la vida. Todo mi mundo dependía de ella, y yo la quise mucho. Estaba todo el día con ella. De hecho, me la he encontrado un par de veces desde que rompimos, y he sentido ganas de abrazarla. Después de ella, regresé a la vida real, a la soledad, a los problemas de mi casa. Y conocí el mundo homosexual de cerca, gracias a un amigo al que conocí por casualidad. No era la primera vez que me asomaba a ese mundo, por mi vecino, el militar. Pero es que con este nuevo amigo entré para quedarme. Al menos hasta ahora no he vuelto a salir, y estoy muy bien. Y mis padres, que me ven salir, sin hablar de chicas, con tanto chico diferente que ha aparecido de la noche a la mañana, me tachan de maricón. Vale, han acertado, pero, ¿y si no fuera así? ¿No puedo tener amigos, salir, vivir mi vida social a mi manera? ¿Son homosexuales todos los que se van de marcha con sus amigos? Y, por otra parte, ¿qué pasa si soy maricón? ¿Por qué se lo he de contar, si en vez de ofrecerme su confianza me acosan? Además, una vez les oí hablar, y decían cosas como "Qué lástima de chico, pero qué le vamos a hacer", o "tendría que decírnoslo para que podamos ayudarle"... ¿ayudarme en qué? Si se lo contara, lo único que harían sería mirar a cada uno de mis amigos como a un marica más que va a darme por el culo. Y no quiero eso. Tengo un amigo hetero, y mucho, del que sospechan que es gay también. O sea, que, aún no lo saben seguro de mí y ya están sospechando de todas mis amistades. En fin, que negaré siempre mi homosexualidad ante mis padres, aunque sea evidente. Sólo cuando trasladen su mente a esta época, no sean tan cerrados y vean mi sexualidad como una opción, no como un defecto, quizás reconsidere mi postura y decida contárselo. Pero hasta entonces, este gay tan machote (un gay no deja de ser un pedazo de machote), para ellos, será un hetero completo, aunque viva con un tío y se lo folle cada noche, como pienso hacer. Al carajo lo que piense el mundo.

Pero, ¿y mi chico? A él sí le importaba lo que sus padres le dijeran. Sobre todo porque la tienda de deportes que llevaba la mantenía con ayuda de su padre, un hombre que, según lo que había contado Ángel, era otro hueso de cuidado. Ángel le respetaba mucho, y estaba muy pegado a él aunque fuera algo seco. Cuando Ángel hablaba de su padre, siempre lo hacía con buenas palabras, con admiración y, como he dicho, con mucho respeto. De su madre no sabía demasiado, pero si se había casado con El Padrino, pues debería ser de la misma calaña. Digo yo, vamos.

Pasamos la tarde discutiendo sobre el asunto, haciendo planes, e imaginando cómo sería tener nuestra propia casa. La palabra dinero apareció unas cuantas veces. Supongo que él no se sentiría cómodo si yo lo pagaba todo.

Después de ir a su casa para dejar el equipo de música fuimos a la playa. El cielo estaba despejado, y al atardecer el mar estaba muy bonito. Había poca gente, así que nos acercamos a la orilla y nos sentamos allí.

-Me gustaría vivir por aquí -dijo-, tiene que ser bonito salir de casa y poder pasear por la playa todos los días -. Me miró y me dio un pico. No me importó que hubiera gente allí. Ángel tenía razón; vivir allí tenía que ser muy bonito. Despertaría al amanecer con mi chico a un lado, y el sol y el mar en el otro. Podría salir al balcón por la mañana, sentir la brisa marina, y al volverme encontrarme con el cuerpo desnudo de mi pareja, mi amor.

Observé a Ángel, que estaba mirando hacia el mar pensativo. Seguramente pensando en lo mismo que yo, en un futuro juntos. Me gustaba la idea de estar en su cabeza, paseando por sus pensamientos. Allí, sentados en la arena, juntos, me dí cuenta de que el amor sí existe, porque nosotros lo sentíamos. Y el ver a Ángel así, tan sonriente, mirando hacia el mar, iluminado por el ocaso del sol y acariciado por el aire del mar me hacía quererle aún más. Saber que tenía a alguien en quien apoyarme, alguien en quien pensar, me llenaba de vida. Y saber que alguien estaría penando en mí en cada momento, que me echaría de menos cuando no estuviese me convertía en alguien importante. Mi meta era hacer que aquel ser que se había entregado a mí fuera feliz. No importaba a qué precio. Le quería, y eso era, realmente, lo único para mí. Sólo llevábamos tres meses, pero, cuando quieres a alguien, lo sabes. Yo estaba seguro de quererle y además me sentía correspondido. Sus besos, sus abrazos podían transmitirme tantas cosas... No sólo en los momentos de pasión, sino cuando en cualquier momento me demostraba su cariño y su afecto, cogiéndome, perdiendo su mirada en lo más profundo de mis ojos, hablándome, y poniendo lo mejor de él en cada gesto. Vivir sin él se me haría difícil, estaba seguro.

Aquella noche soñé con él. Me dormí con el recuerdo de aquella tarde, abrazado a la almohada. Quizás el amor homosexual existiera, después de todo.

Al día siguiente me dispuse a introducir el tema en mi casa. Primero se lo diría a mi hermana, para que me aconsejara la forma de plantearlo a mis padres. ¿Cómo iba a decirles que me iba, así de repente? Me levanté y, con el desayuno en mano, me senté en mi comedor. Allí estaba Mónica, hablando por teléfono. Parecía que hablaba con Raquel, la hermana de Dani. Por cierto, hablando de Dani, de él no sabía nada desde lo que pasó en mis comienzos con Ángel. A lo que iba... que mi hermana estaba hablando, así que la esperé desayunando y pensando cómo decírselo. Porque mi hermana siempre había sido muy protectora (a veces demasiado), y decirle que me iba con un tío al que aún no le había presentado (aunque le conociera de vista por Raquel) iba a ser complicado. Sin embargo, estaba seguro de que podía contar con su apoyo moral incluso aunque lo que le pidiera fuera algo imposible.

-¡Hola, José! -exclamó, efusiva.

-Hola, Moni. ¿Con quién hablabas?

-Era Raquel. Se viene a comer.

-Ah... ¿Podemos hablar?

-¡Claro! ¿Qué pasa? -preguntó.

-Es algo fuerte -dije-, quería pedirte consejo sobre un asuntillo...

-¿Te has metido en follones otra vez?

-No, tía, no es eso. Es sobre Ángel y yo -contesté.

-Vaya. Es que ahora mismo tengo que ir a por Raquel. ¿Te importa si hablamos después con más tiempo?

-No, no pasa nada -dije, y mi hermana me puso cara de pena. Y de repente, cambiando la expresión a una sonrisa de oreja a oreja, añadió:

-¿Por qué no te lo traes?

-¿A Ángel? -pregunté. No era mala idea. Así me sería más fácil contarle la noticia. Le dije que quizás le llamara, pero en cuanto salió por la puerta de casa cogí el teléfono y llamé a Ángel para convencerle de que viniera. No me costó demasiado, porque le dije que Raquel y mi hermana se iban a pasar la tarde por ahí, y mi madre no iba a estar. La casa para nosotros solos. Raquel, su supuesta mejor amiga (digo supuesta porque estando yo con Ángel no les había visto juntos ni una vez) aún no sabía que estábamos juntos. Creo que, por no saber, no sabía ni que Ángel era gay. De mí tampoco lo sabía, claro. Pero ese día lo iba a saber.

Entretanto, y para pasar el rato, me vestí y bajé a visitar a mi amiguita Sandra. Aún estaba enfadada conmigo por haberla dejado plantada aquella vez que quedé con ella para ir al cine, y en lugar de acudir me fui con Dani. Y eso que había pasado ya algún tiempo. Y como estaba de malas pulgas, pues no iba mucho a verla, lo cual hacía que ella se enfadara más. De todas formas, no me afectaba, porque si no nos veíamos no era culpa mía exclusivamente. Ella vivía tan cerca de mí como yo de ella. Así que si quería verme, que hubiera movido el culo, coño. A ella también tendría que contarle que me mudaba de casa, aunque aún no supiera dónde.

Bajé a la calle y al cruzar la carretera para ir hacia su casa, vi que ella venía en su moto. Me saludó y pasó de largo, haciéndome gestos para que la esperara. Se metió en el garaje de su edificio. Yo me quedé por allí, dando vueltas. Recordé cuando tiempo atrás la esperaba allí, en aquel mismo lugar. Hacía mucho que la conocía, pero habíamos vivido etapas muy diferentes. En aquel momento estábamos en la etapa de separación. Porque aunque seguíamos siendo amigos, cada uno se había ido por un camino muy distinto al que una vez compartimos. La vi salir de su patio, junto a su pequeño y peludín perrito. Vino hasta mí mirando hacia los lados. Ya ni nos mirábamos a la cara para hablar.

-¿Qué pasa? -preguntó. Comprobé que seguía enfadada.

-Vengo a despedirme -dije, radical, para que me prestara atención y para obligarme a mí mismo a no andar con segundas.

-¿Despedirte? -preguntó extrañada. Seguramente creyó que se trataba de algún mosqueo. Como los que habíamos tenido en el pasado, que acababan en despedidas supuestamente eternas y que no superaban ni el mes de separación.

-Me voy -dije.

-¿Os mudáis?

-No, me voy yo sólo. Con un chico -No me contestó. Miró hacia delante. Seguimos andando. La miré y ella miró al suelo. Noté que no se esperaba la noticia, y que quizás se lo había dicho muy fríamente.

-¿Estás seguro? -preguntó, después de un largo e incómodo silencio.

-Claro, ya lo hemos hablado y....

-No es eso -interrumpió.

-¿A qué te refieres?

-A que si estás seguro de querer vivir con un tío -contestó, esta vez mirándome demasiado directamente a los ojos.

-Sí, estoy muy seguro.

-José -dijo, parándose, sin apartar su mirada de la mía-, te conozco bien, como ya sabes. Y sé que nunca te paras a pensar las cosas demasiado, antes de hacerlas.

-Oye -interrumpí-, esto es muy importante para mí, y lo he pensado muy bien, quizás hasta demasiado.

-No te creo.

-No sé por qué me sales con esto -contesté seriamente, y seguí andando dejándola atrás.

-Ven aquí -ordenó, y me cogió de la mano, atrayéndome hacia ella-. ¿Hace falta que te recuerde cuántas veces cortaste y volviste con tu novia? ¿No era eso importante para ti? ¿No la cagaste una y otra vez? ¿No me jodiste a mí por no pensar bien qué era lo mejor? -su tono aumentaba con cada pregunta, y la gente que pasaba por alrededor se nos quedó mirando. No entendía a qué venía todo aquel numerito.

-Eso no es justo, Sandra. Yo no quise hacerte daño, y cuando pasó todo aquello tú tampoco estuviste muy acertada en tu posición.

-Pero lo empezaste tú todo, y mira cómo acabó.

-¡Escúchame! -grité-, ¿a qué coño viene todo esto? ¿Qué tiene que ver con lo que te he dicho? -Sandra se me quedó mirando. Luego dijo que sólo quería que tuviese las cosas claras. Y cambió de tema, como siempre hizo, siempre hace y siempre hará. Porque en el fondo no sabe enfrentarse a los problemas. Prefiere pasar la página y olvidar. Y luego vienen los recuerdos, los remordimientos y las nostalgias. Con increíble maestría sacó temas completamente ajenos a la discusión, y al despedirme, harto de tanto teatro, me dijo "Que tengas suerte". La odié por hacerme aquello.

Subí a mi casa, triste por ver que estaba perdiendo a una amiga, y me preparé para recibir a Ángel. Me puse música alegre para olvidar lo que había pasado y al rato llegó mi hermana, acompañada de Raquel.

-¿Qué pasa, guapo? -dijo mi hermana. Las saludé desde el sofá, vestido, perfumado y sonriente.

-¿Qué haces tan arreglado? -preguntó Raquel.

-Mira, aquí, esperando a mi amorcito -contesté, guiñándole un ojo a mi hermana, que se metió por el pasillo entre risas.

-No sabía que tuvieras novia, chaval -dijo, acércandose a mí con cara de reportera de programa de cotilleos-, ¡cuenta, cuenta!

-Bueno -murmuré, alargando las silabas-, no es que tenga novia... exactamente.

-¿Entonces? -preguntó, ávida de sabiduría. Mi hermana salió y se apoyó en el respaldo del sofá, esperando a ver cómo salía del paso. Entonces me dije "¡Qué coño, algún día tendrá que saberlo!", y, sin tartamudear, le dije:

-Pues es que es un tío, ¿sabes?, entonces... pues no es mi novia, como te podrás imaginar. -Raquel se quedó mirándome, y, tras unos instantes, empezó a reírse, y, mirando a mi hermana, que se reía aún más, exclamó:

-¡Qué hermano más cachondo tienes! -y luego, volvió a mirarme a la jeta-. Va, tío, en serio. ¿Tienes novia? -entonces me puse serio, y mi hermana también. Raquel nos miró a ambos y comprendió que no era una broma. Sentí su incomodidad y la comprendí, por lo violento de la situación.

-No digas nada -dije-, supongo que no te lo esperabas.

-Pues, no. La verdad es que no -contestó. Nos miramos los tres y empezamos a reírnos, tanto que acabaron doliéndonos el estómago y las mandíbulas. Después bromeamos y empezó a preguntarme lo que se sentía, si estaba seguro, si me gustaría ser mujer, desde cuando era gay y no sé qué cosas más. Le contesté a todo, porque se lo tomó muy bien, con excepción de su cara de espasmo inicial. Fue muy simpática e hizo ningún comentario de mal gusto a pesar de su ignorancia acerca del tema. Pensé que quizás todo aquello no le haría tanta gracia cuando viera quién era mi pareja. Su mejor amigo, y el chico que le gustaba, al menos cuando la conocí.

Ángel llegó un poco tarde. Cuando subió a casa, Raquel estaba preparando la comida con mi hermana. Anuncié que mi chico había llegado, y hecho un flan, por los nervios, le esperé junto a la puerta. Cuando escuché el ascensor cerrarse en el rellano, abrí y le hice un gesto a Ángel para que entrara en silencio. En voz baja, le expliqué la situación. A Ángel parecía hacerle gracia, y le noté muy envalentonado con todo aquello. Me cogió de la mano y me llevó a la cocina. Decididamente aquel día mi chico estaba muy chulo. Entramos por la puerta, y al vernos Raquel, que en aquel momento se estaba secando las manos, se hizo el silencio. Mi hermana saludó a Ángel, acercándose para darle dos besos.

-Así que tú eres el que lleva a mi hermano de culo -dijo, muy poco sutilmente considerando el contexto de la situación...

-Sí, aunque lo de llevarnos de culo es mutuo -dijo, cachondo y con segundas. Besó a mi hermana y luego saludó a Raquel, que se estaba mordiendo las uñas-. ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo! -exclamó. Decidí dejarle hacer, ya que ella era jurisdicción suya. Raquel le dio dos besos, pero mientras me miraba a mí. No muy bien, por cierto. Ángel vino de nuevo hasta mí y me cogió de la cintura. Luego se puso a contarme lo que le había pasado por el camino, como si tal cosa. Con una naturalidad que me contagió, y que me hizo ver que a su lado las cosas eran más fáciles, nos retiramos al comedor. Pude oír a Raquel murmurándole algo a mi hermana, que se reía graciosamente.

-Eres la leche -dije, besándole.

-¡Lo sé! -contestó abrazándome y tirándose al sofá, arrastrándome con él-. ¿Le has avanzado algo a tu hermana? -preguntó.

-No, qué va. Para eso quería que vinieras, mamonazo -contesté, quitándomelo de encima, jugueteando con él. Sus brazos me tenían cogido, como si fueran las garras de un pulpo.

-Va, déjame, que como salgan se van a quedar pilladas.

-Que miren y aprendan -dijo Ángel, metiéndome mano. Nos reímos. Me lo hubiera quitado de encima si no fuera porque me estaba poniendo cachondo.

-¡Que vamos! -dijo mi hermana desde la cocina, y Ángel y yo nos incorporamos y pusimos cara de buenos chicos. Aunque el empalme que teníamos se resistía a remitir. Las chicas salieron y nos dijeron que pusiéramos la mesa. Calladitos y con cara de santos, nos levantamos fuimos a por las cosas. Era divertida la situación, y la cara de Raquel la hacía aún más graciosa.

Se acercaba el momento de dar la noticia, y me parecía que todas mis comeduras de cabeza habían sido innecesarias. Creía que Ángel iba a poner alguna pega, que no se atrevería a decirle al mundo cómo era él. Pero no. Con la moral bien alta y una dignidad blindada, como tiene que ser porque ser gay tampoco es cosa del otro mundo, mi chico se lo estaba tomando con la naturalidad con la que se lleva el querer estar con la persona a la que quieres.

Nos sentamos a la mesa. Yo tenía a Ángel a mi derecha, y frente a mí, a Raquel. Mi hermana estaba frente a Ángel. Noté como esta jugueteaba con mi novio por debajo de la mesa, con los pies. Cómplice y a la vez ilusa, porque creía que sabía lo que íbamos a decir, cuando en realidad la sorpresa iba a ser para ella también.

-¿Y bien? -preguntó muy directa.

-¿Qué? -pregunté yo.

-Raquel -dijo mi hermana-, mi hermano y Ángel van a ser pareja -explicó. Yo me quedé de piedra. Creí haberle dicho que ya salíamos desde hacía tiempo, pero al parecer ella creyó que sólo éramos "amigos fuertes".

-Me lo he imaginado -contestó Raquel.

-Chicas, chicas -infirió Ángel-, ya somos pareja desde hace unos meses. En realidad prácticamente desde el día en que nos conocimos -añadió.

-¿Entonces...? -preguntó mi hermana, mirándome con cara de duda.

-Pues que nos vamos a vivir juntos -dije de un tirón.

-Qué brusco eres, cariño -murmuró Ángel. Las caras de ambas chicas quedaron inmóviles, mirándose entre ellas. No dijeron nada, pero no hizo ninguna falta. A Raquel, al fin y al cabo, le importaba un carajo que nos fuéramos a vivir juntos. Porque si el chico que le gustaba era mariquita, le daba igual tenerlo a un paso que al otro lado del planeta. Pero a mi hermana sí le afectó. Porque si me iba, ella se quedaría sola con mis padres, y no tendría a nadie con quién hablar en casa, ni nadie a quien pedir consejo en cualquier momento.

-¿Dónde vais a vivir? -preguntó Raquel, con tono de querer alegrar el ambiente, pero fallidamente.

-Al mar -dijo Ángel-, junto a la playa.

-¿Cómo vais a pagar el piso? -preguntó Mónica, con cierta mala baba.

-Eso no es problema -contesté teatralmente sonriente-, nos compraremos una casita unifamiliar, con garaje y todo.

-Vaya, eso es una pasta, tío -dijo Raquel-, ¿en qué trabajas? -preguntó después.

-Tenemos una tienda de deportes -respondió Ángel, antes de que yo pudiera decir nada-. Somos socios -añadió. Yo le miré y él me sonrió.

-¿Y eso da para tanto? -continuó Raquel.

-Haremos lo que podamos -dije.

-¿Se lo has dicho a los papás? -preguntó mi hermana.

-No, por eso quería hablarlo -contesté-.

-No les va a hacer gracia -dijo.

-Ya, ¿cómo podemos hacerlo? -pregunté.

-Yo lo voy a decir muy claro en mi casa -dijo Ángel-, no creo que me digan nada porque ya hace tiempo que pensaba en emanciparme -explicó, sonriente.

-A Ángel sí le van a preguntar más de una cosa cuando diga que se va de casa -comentó mi hermana.

-Ya tengo mis añitos y mis recursos, así que no pueden impedírmelo -contesté.

-Nenas, nenas -cortó Ángel, bromeando, al notar el ambiente tenso-, tengamos la comida en paz. Nos vamos y punto. Que lloren si quieren -añadió. Mi hermana parecía estar sorprendida, más que molesta. La miré y le guiñe un ojo. Me sonrió y me puso morritos de pena. Sin duda la iba a echar de menos. Pero mi vida estaba en otra parte.

El resto de la comida fue tranquila, incluso divertida. Ángel contaba chistes y hacia gracias. Pensé que era un poco payaso, pero me encantaba. Mejor eso que un muermo. Además, cuando yo me suelto la melena soy peor que él...

Ahora que mi hermana ya lo sabía, faltaba decírselo a mis padres. Decidí que lo diría aquella misma noche, así que le dije a Ángel que no iba a salir. Pasamos la tarde juntos, a solas y... tumbados. Interesante tarde.

Mi madre llegó al anochecer. Ángel ya se había marchado cuando ella apareció. Fumando, como siempre, se puso la bata y se fue a hacer la cena. Mi padre estaría a punto de llegar, así que esperé a que estuvieran los dos para darles el notición. Mónica llegó también, pero dijo que estaba cansada y se fue a la cama.

Media hora más tarde me encontraba cenando, a solas con mis padres. No supe cómo sacar el tema. Porque de entrada, yo nunca hablaba con ellos a no ser que me preguntaran, así que empezar a decir algo por mi cuenta me costaba. Pero tenía que hacerlo, así que probé a decir algo para abrir conversación.

-¿Qué tal el día? -pregunté.

-Bien -contestó mi padre, sin apartar la vista de la tele. Me cortó mucho, ya que ahí se quedó el intento. Me resigné, y esperé a que hablaran ellos. Pasaba el tiempo y no hablaban. En la tele empezó una serie de estas para jóvenes, española y de poco presupuesto. Y se presentó mi salvación, porque precisamente cuando me levantaba para irme vi el título del capítulo: "Volando del nido". Me volví a sentar, y mis padres me miraron extrañados.

Aquel episodio trataba de que una pareja de novios (heterosexuales, nadie es perfecto), querían irse de casa, pero sus padres se oponían porque decían que aún eran muy jóvenes, que no estaban preparados, que estaba mal visto, etc... Mis padres no hicieron ningún comentario, así que lo hice yo. Cuando, en la serie, los padres de la pareja les decían que no podían irse, yo solté: "Qué padres más cerrados". Y pasó lo que esperaba que pasara, que el rebotado de mi padre saltó.

-¿Cerrados? -preguntó-, si tu hermana me dice que se va a vivir con un tío, se iban a enterar ella y el novio -dijo.

-¿Y si me fuera yo? -pregunté, mirándole.

-Primero tienes que tener novia para decirnos que te vas con ella, ¿no? -dijo mi madre.

-¿Y si me voy yo sólo? -insistí.

-Pues ya veríamos -contestó mi padre, volviendo de nuevo la vista a la tele.

-Me voy -dije, con bastante tranquilidad, aunque sólo por fuera.

-¿Que te vas? -dijo mi madre. Mi padre me miró.

-Si, me voy a vivir a la playa.

-¿Es una broma, José? -preguntó mi padre.

-No. Ya lo he decidido.

-¿Y cuándo tenías pensado decírnoslo? -preguntó mi madre.

-Lo estoy haciendo ahora -respondí. Se hizo el silencio. Mi madre se levantó y se fue hacia su habitación. Mi padre, al verla, me miró y fue tras ella. Pero antes de desaparecer de la escena, me miró y dijo: "Tú no te vas". Yo me levanté también, recogí mi plato y mis cubiertos y me fuí a la cama. Escuché cómo mis padres hablaban, y de lo poco que pude escuchar, deduje que estaban convencidos de poder retenerme en casa para siempre.

Lo primero que hice al día siguiente fue pasar por casa de Ángel. Le dije que teníamos que comprar la casa y los muebles enseguida, que no quería estar con mis padres. Como me vio tan ansioso, no se negó. Fuimos a la playa y buscamos la oficina de venta al público. Nos atendió una chica joven que parecía trabajar a comisión. Nos enseñó una de las casas unifamiliares y le dijimos que volveríamos después de haberlo pensado. No pasó mucho tiempo hasta que volvimos a ver a la vendedora, porque en lo que tardamos en tomarnos un café ya habíamos imaginado mil y una cosas que podríamos hacer en aquella casa. Y nos la quedamos. La chica nos explicó que nos darían las llaves al pagar la entrada de la casa.

-La pagaré al contado -dije-, y la chica me miró como si le estuviera gastando una broma pesada.

-Señor, disponemos de métodos de financiación para que...

-Al contado -repetí, interrumpiendo su discurso-, ¿dónde tenemos que firmar? -pregunté.

-Un momento, por favor -contestó la chica, sacando un teléfono móvil de un cajón y alejándose de nosotros.

-La has dejado pasmada -dijo Ángel, riéndose.

-Lo sé... -contesté, sacándole brillo a mis uñas.

-El gestor viene hacia aquí, y con él vendrán un notario y el responsable de ventas. Pueden ustedes efectuar el pago cuando lo hablen con ellos.

-No nos cree -murmuré a Ángel. La chica nos dejó solos en el despacho.

-¿Cómo vas a demostrarle que tienes la pasta? -preguntó Ángel.

-Soy cliente preferente del Banco de España. Además, las empresas más importantes del país me mandan cartas con ofertas para que invierta en ellas. Me conocen -expliqué.

-Vaya, eres un pez gordo -dijo entre risas.

Llegaron los señores que nos había anunciado la chica, y al entrar al despacho Ángel y yo nos pusimos en pie para tenderles la mano. Los hombres nos miraron con cara de incredulidad.

3 -Me ha comentado mi empleada que piensa pagar la vivienda al contado -dijo el que parecía más importante, después de presentarse los tres.

-Así es -contesté, muy serio.

-¿Qué avales tiene usted? -preguntó el mismo hombre, mirando de reojo a los demás. Parecía querer demostrar que yo era un bromista.

-¿Me deja hacer una llamada, señor? -dije, cogiéndole el móvil que le sobresalía de la americana. El hombre se quedó muy parado, pero no hizo nada por evitar que se lo tomara prestado. Se cruzó de brazos y me miró con aires de superioridad. Los hombres que estaban tras él se sentaron y se sonrieron. Les divertía la escena, pero más me iba a divertir yo. Ángel me observaba con orgullo, como pensando "Cuidado con mi chico".

-Buenos días -dije a la voz que me contestó-. Si, soy yo. Tengo a alguien que quiere comprobar mis "avales". Se escuchó una carcajada al otro lado del teléfono, tan fuerte que el dueño del móvil pudo oírla. Yo me reí también, me despedí cordial y le ofrecí el teléfono a su propietario para que hablara con la persona que aún se estaba riendo. -Tengo línea directa -comenté mientras el señor me cogía el teléfono de la mano.

-Buenos días -dijo al ponérselo en la oreja-. Soy el responsable de ventas de la Urbanización Marítima, ¿con quién hablo? -preguntó. Después de eso, todo lo que salió de su boca fueron monosílabos. Se le esfumaron los aires de grandeza con los que había aparecido. Cuando colgó el teléfono, sacó unos impresos de un cajón y firmamos todos los que estábamos allí. Ángel, yo, el responsable, el notario y por último, el gestor.

-La transferencia se efectuará a nombre de nuestra inmobiliaria. Se le enviará un justificante de la transacción -dijo el responsable de ventas.

-Muy bien, dije. ¿Cuándo tendré las llaves? -pregunté. Los hombres se miraron entre ellos.

-¿A qué número corresponde su vivienda?

-No sé... -contesté, jugueteando-, ¿qué número era, Ángel?

-¿La veinte? -contestó Ángel, sonriente.

-Sí, creo que era la número veinte -En realidad estaba seguro de que era esa, pero disfrutaba viendo caer las gotas de sudor por la despejada frente del responsable.

-Pase a recogerlas mañana a primera hora, señor -dijo.

Nos despedimos, con cordiales apretones de manos, y salimos de allí. Lo primero que pensamos es que necesitábamos llenar la casa. Ese día nos gastamos seis millones de pesetas, sin contar con los veinticuatro de la casa. Pero no me importó en absoluto. Compramos muebles, electrodomésticos, ropa, y hasta un par de motos. Y todo en el mismo establecimiento. Cuando salimos por la puerta del comercio, sólo faltaba que nos tiraran globitos y confeti. Nos atendieron como a monarcas, y el mismísimo director general del local nos regaló una cubertería de plata por nuestra compra.

Volando libres.

En apenas una semana, ya teníamos la casa acondicionada. En mi casa nadie sabía nada de esto. Ni mi hermana. No se lo conté por seguridad. Además, no sé si he mencionado que es una chica muy poco discreta, y seguro que me llamaría todo el rato para hablar "a escuchitas", y mis padres sospecharían.

A mi amiga Sandra si se lo conté, aunque no hablamos mucho sobre ello porque cambiaba de tema cada vez que yo lo sacaba. Acabé por pensar que quizá lo mejor sería no hablarle de mi vida sentimental. En cambio ella no hacía más que hablar de que estaba harta de su novio por unas cosas u otras. Cortó con él el mismo día en que yo me mudé. Aquel día me levanté de mi cama, recogí mis cosas, y me fui sin decir más que "Ya nos veremos". Mi hermana me dio un abrazo y me regaló una cinta de música que yo siempre le pedía. Me fuí en taxi a mi nuevo hogar. Ángel no estaba allí aún.

La casa tenía un pequeño jardín delimitado por un muro no muy alto, pero que tapaba lo suficiente. El garaje quedaba en la parte derecha. La fachada, color canela, era acogedora. Había una chimenea en el tejado, de tejas color rojo mate. Las ventanas, de aluminio blanco, dejaban entrever las persianas, medio subidas, y al fondo las cortinas que habíamos comprado apenas hacía unos días. Saqué mi copia de la llave de la casa, con mi nombre grabado (Ángel encargó unas llaves con nuestros nombres), y entré. La vista no era muy acogedora entonces, pero era porque faltaban los pequeños detalles que se aportan viviendo allí. Le faltaba la vida que dan los habitantes de un hogar. Y yo estaba seguro de que con Ángel allí habría mucha vida que dar. Las paredes pronto absorberían la esencia de nuestro amor, cuando, entre ellas, nos besáramos o hiciéramos el amor cada noche. Los muebles, que olían a nuevos, esperaban a que los usáramos, a que nuestra humanidad dejara su huella en ellos. Fui a la cocina, a los baños, a los 3 dormitorios, al comedor, al salón, a la terraza... Y por último me asomé al balcón de nuestro dormitorio. Blancas y suaves cortinas ondeaban al abrir la puerta corrediza. Rojizos ladrillos, brillantes y entrecruzados formaban el suelo. La barandilla del balcón, de blanco cemento, pero pintado de forma que parecía escayola, daba un brillo especial al lugar. La vista era preciosa. Precisamente nos habíamos quedado con el número 20 precisamente porque daba al mar. A esa hora, el Sol estaba ya en lo alto. El aire del mar acariciaba mi rostro. Miré hacia el interior del dormitorio, e imaginé, tal y como había soñado, a mi chico desnudo en la cama, mirándome. Aquel lugar invitaba al amor. Deseé que llegara mi primer amanecer en aquella casa, junto a Ángel.

Y, pensando en él, apareció con su moto nueva. Él se la compró negra; la mía era roja. Hizo sonar el claxon, y, después de dejar la moto en el garaje, me saludó desde el jardín, y yo a él desde el balcón. Me faltó dejarle caer "mis trenzas" para que subiera por ellas. Entró en la casa, y bajé a recibirle.

-¿Dónde te has metido? -pregunté, porque no le encontraba por ninguna parte. No me contestó. El chico quería jugar un poco. -Está bien -dije-, tendré que buscarte, pero será mejor que estés bien escondido porque cuando te encuentre, ¡te vas a enterar!

Busqué por todas partes, incluso en el garaje. Miré debajo de los sofás, detrás de cada cortina, dentro de las bañeras, en la terraza, etc... Subí al piso de arriba y busqué. Cuando iba a entrar en el dormitorio, saltó de detrás de una puerta y, levantándome, me llevó hasta la cama, en donde me tiró en plan troglodita.

-¿Cómo has subido? -pregunté, ya que yo había bajado cuando él entró en casa y no le había visto subir.

-Cariño -dijo-, tendremos que dejar el balcón cerrado cuando nos vayamos de vacaciones, porque en cuanto te has metido al dormitorio he subido por una tubería y he entrado por él... -explicó, metiéndome mano. Nos besamos, nos revolcamos y nos reímos.

La cama era muy grande, la habíamos encargado de 2x2 metros. Las sábanas, de seda, descansaban sobre un duro y cómodo colchón. En ella había espacio para hacer cualquier cosa, y era lo primero que habíamos comprado pensando en lo que en ella podríamos hacer.

De repente Ángel me miró a los ojos, muy serio, poniéndose encima de mí, haciéndome sentir el peso de su cálido cuerpo sobre el mío. Me beso la frente, la nariz, los labios, el cuello... y fue bajando y bajando. Me desnudó lentamente, y continuó besándome por todas partes, centímetro a centímetro. Luego tomó mi mano y, clavándome una mirada muy sensual, la guió por su cuerpo. Quise abrazarle, pero no me dejó. Me obligó a contener mi deseo; quería quemarme a fuego lento. Quería alargar la pasión hasta que no aguantara más y tuviera que suplicarle que saciara mi hambre, que calmara mi ansiedad por poseerle. Mi mano, cogida por la suya, pasaba flotando suavemente por su ardiente piel. Se desnudó lentamente, frente a mí, sin dejar de mirarme, y continuó con aquella dulce tortura. Me cogió ambas manos y se puso de rodillas encima de mí. Me guió por su cuello, su pecho, su abdomen, para acabar frotando sus zonas más intimas. Luego me cubrió con su cuerpo, tumbándose sobre mí, y besándome con una profundidad que nunca había sentido. Lentamente, recorrió con su lengua la mía, para luego seguir por mis labios. Le apreté contra mí para sentirle más. Le tenía encima, rodeado por mis brazos, que le deseaban, y por mis piernas, que le querían dentro de mí. Le pedí que me penetrara, entre susurros y suspiros en su oreja. Me puso boca abajo, y, después de besar mi espalda, acarició mis nalgas con creciente pasión. Se tumbó sobre mi cuerpo, y se frotó sobre él, gimiendo en mi oído, haciéndome creer que aquello no podía ser real, que tenía que tratarse de un sueño. Finalmente sentí como ponía su miembro en posición, para entrar en mí, para hacerme más suyo de lo que ya era. Me penetró despacio, saboreando cada sensación. Me dejé llevar por él, porque me sentía tan bien que sólo quería sentir, dejarme hacer cualquier cosa que él quisiera. Ángel empezó a moverse, haciéndome notar su miembro palpitante y duro en lo más profundo de mis entrañas. Me cogió una mano, y con la otra me acarició el pelo, mientras me mordía el cuello y gemía. Cerré mis ojos y me sentí en éxtasis.

Me desperté a la hora de comer. Ángel estaba dormido, agotado por la mañana tan agitada que habíamos tenido. Bajé a la cocina, desnudo aún, y, cuando estaba preparando la comida, alguien llamó a la puerta. Corrí al baño, cogí un albornoz azul de algodón, tan nuevo que aún llevaba la etiqueta, y fui a ver quién podría ser mi primera visita.

-¡Hola, vecino! -dijo una chica desde fuera de la verja de mi pequeño jardín.

-¡Un momento! -exclamé. Corrí al dormitorio y me vestí volando. Ángel se despertó y le expliqué que teníamos visita mientras me deslizaba escaleras abajo.

-¡Pasa! -dije a la chica, pulsando un botón que abría la verja. Ella entró al jardín, y caminó hacia mí con parsimonia, mirandome a los ojos. Quizás pensando que ya tenía con quien coquetear.

-Hola -dijo de nuevo al llegar hasta la puerta de casa-, me llamo Sonia y vivo en la casita de al lado.

-Pues yo soy José -dije, tendiéndole la mano-, ¿qué tal? -añadí.

-Bien, gracias. ¿No me vas a dar dos besos? -preguntó. En esos momentos Ángel aparecía por detrás de mí. Le dí los dos besos y le presenté a mi chico.

-Este es mi compañero Ángel -comenté.

-¿Sois estudiantes? -preguntó la chica. Parecía muy cotilla. Ángel se metió en la cocina, abandonándome con aquella maruja, futura abuela con rizos en su cardado pelo y mascarilla verde en la cara. Cuando vio que yo no era demasiado lanzado (o no lo suficiente para lo que ella esperaba), dijo que tenía que irse y que la llamáramos si necesitábamos cualquier cosa. Casi le digo que los polvos los pegaba con mi novio, pero me contuve y me despedí con la misma indiferencia con que la saludé.

Fui a la cocina, y, después de echarle la bronca a Ángel por dejarme tirado, nos pusimos a hacer nuestra primera comidita en nuestra casa.

-Habrá que pensar en algo que decirles a los vecinos -dijo Ángel.

-¿A qué te refieres?

-Hombre, dos chicos jóvenes y guapos como nosotros que viven juntos y solos resultan sospechosos de ser de la cera de enfrente, ¿no?

-A mí me importa un carajo lo que piensen -contesté.

-Además, si nos oyen gemir en nuestras orgías... -comentó tocándome el trasero.

-Te pondré esparadrapo en la boca.

-¡Pero si el que más gime eres tú! -exclamó.

-¿Yo, mamonazo? ¡Pero si pareces una zorra en celo!

-Oye, tío, perdona... Tú pegas cada gemido que flipas, estoy por ponerme algodón en los oídos cuando te folle.

-Qué romántico... "cuando te folle" -parodié-, ¿de qué vas?

-Si, parece un matadero de cerdos, sueltas cada grito que si colgamos algún cuadro lo tendremos que pegar en lugar de clavar -dijo.

-La próxima vez lo grabamos en una cinta y luego lo escuchamos, so escandaloso, y verás quién es el que grita "¡más, más!".

-Bueno, pero cuando yo te la chupo te retuerces como un lagarto y das un do de pecho que me deja sordo.

Y en estas discusiones filosóficas estábamos cuando sonó el teléfono móvil de Ángel. Corrió a buscarlo y contestó.

-¿Si? -preguntó al ponerse. Al parecer no le contestaron, porque lo preguntó varias veces y luego le colgaron-. Me han colgado -dijo, confirmando lo que yo había pensado.

Terminamos de hacer la comida y nos sentamos a ver la tele. Volvieron a llamar y a colgar unas cuantas veces. No podíamos desconectar el teléfono porque esperábamos muchas llamadas de las tiendas en las que teníamos encargadas cosas. Ángel decía que el teléfono que le salía por pantalla le sonaba, pero no conseguía recordar dónde lo había visto antes.

Después de comer y hacer la siesta, salimos a dar un paseo por la playa. Ángel estaba descuidando mucho su tienda de deportes desde que salía conmigo. Se iba, dejando al ayudante con todo el trabajo. Yo le decía que fuera, porque si su padre se enteraba de que aparecía por allí cuando le apetecía (o sea, cuando no estaba conmigo) se iba a enfadar mucho, ya que él corría con parte de los gastos. Pero Ángel insistía en que no pasaba nada, y ahora que vivíamos juntos, tenía la excusa de que no quería dejarme solo en casa.

Paseando por allí vimos a mucha gente, joven la mayoría. Realmente habíamos elegido una zona muy buena. Además, teníamos a mano muchos bares, tiendas, supermercados, terrazas de verano, etc... Después de todo, para eso solté los veinticuatro kilos, para tener comodidades, ¿no?

Cogimos por costumbre salir a pasear después de las siestas sagradas que hacíamos cada tarde. Y una de esas tardes ocurrió algo. Aquella tarde no le di mucha importancia, pero me dejó con la mosca detrás de la oreja.

Íbamos Ángel y yo por la orilla de la arena, jugueteando, tirándonos conchas y criticando a las marujas que por allí habían cuando un chico de nuestra edad se acercó hasta nosotros, sonriente, como si nos conociera de siempre. Aunque era a Ángel a quien miraba, realmente, a mí me miraría por quedar bien.

-Hola, Ángel -dijo al llegar hasta él-, ¿te acuerdas de mí? -preguntó el chico.

-Lo siento, no me suenas de nada -contestó Ángel, extrañado.

-Vaya -murmuró el chico. Se dio media vuelta y se fue, mirando hacia atrás de vez en cuando.

-¿Quién era? -pregunté.

-Pues no lo sé. Debe de haberme confundido con alguien.

Volvimos a casa cuando nos cansamos de petardear. Como no nos apetecía hacer cena, decidimos llamar por teléfono a una casa de comida para llevar, para que nos trajeran algo de comida china.

-Va, hoy invito yo -dijo Ángel.

-¡Qué lujo! -contesté yo, de broma.

-Va, puta, no me seas... -dijo abrazándome por detrás y mordisqueándome el cuello-. Pero llama tú, que a mí eso de pedir cosas raras por teléfono me da palo.

-Muy bien -contesté, y pedí la comida. El chico que la trajo tardó muy poco, se notaba que nos tenían fichados como clientes preferentes, ¡ja, ja, ja!

-Tengo el dinero en la cartera -dijo Ángel desde el comedor, mientras yo estaba en la puerta recibiendo al chico-, está en mi cajón del dormitorio.

Subí a por la cartera de Ángel, pero no la encontré en su cajón, ni en ningún otro. Como el chico estaba esperando, pagué yo.

-¿Cómo que mi cartera no está? -preguntó Ángel cuando se lo dije-, siempre la dejo ahí antes de ir a la playa, para no perderla.

-Pues hoy no está, pero da igual, no pasa nada.

-Espera, voy a ver si está -insistió.

-Ángel, el tío ya se ha ido, ¿para qué quieres buscarla?

No me hizo caso y subió a buscar. Como no la encontró le ayudé a encontrarla. Parece ser que le tenía un especial afecto a la cartera, porque la buscaba como quien busca la salida de un edificio en llamas. Al final le dejé buscando y bajé a la cocina a calentar la cena, que ya se habría enfriado. Miré por la ventana, y caí en la cuenta de que me había dejado la luz del jardín encendida. Salí a apagarla y me encontré la cartera de Ángel tirada en el césped.

-¡Ángel, mira lo que tengo! -dije al entrar, mientras abría la cartera para ver qué podía tener que le hiciera buscarla tan ansiosamente. Y me encontré un trozo de papel con un nombre, Juan, y un número de teléfono. Era letra de chico, y no era la letra de Ángel. Además, yo no sabía que Ángel conociera a ningún Juan. Me lo guardé en el bolsillo y le di la cartera.

Durante la cena y el resto de la noche no pude evitar estar serio. Dije que me dolía la cabeza y me fui a la cama. Ángel vino conmigo e intentó provocarme jugando conmigo, haciendome carantoñas. Pero yo no estaba de humor. ¿Quién podría ser ese Juan? ¿Sería aquel chico de la playa que se nos acercó aquella tarde? ¿Buscaría la cartera Ángel porque quería el número de teléfono? ¿O quizá para que yo no lo viera? Pero, yo había cogido el papel, y él no había dicho nada. Todo me resultaba muy extraño. Ángel se cansó de intentar ponerme cachondo, y, después de llamarme antipático, me dio la espalda y se durmió. Yo en cambio no pegué ojo. Sólo hacía unas semanas que vivíamos juntos y ya tenía sospechas de mi novio.

A la mañana siguiente convencí a Ángel de que se fuera a la tienda, a ver que tal iba, que ya hacía mucho que no aparecía por allí. Le conté que yo iba a ver a mi hermana y a mi amiga Sandra, y al final aceptó.

En cuanto se fue, saqué el teléfono del tal Juan y llamé. Contestó una voz de mujer mayor, seguramente la madre. Colgué. No estaba seguro de lo que podría decir. Se me ocurrió que podría hacerme pasar por Ángel.

-¿Quién? -contestó la misma voz a la que había colgado momentos antes.

-¿Está Juan? -pregunté. La señora tardó un poco en contestar, y al final me dijo que esperara. El pulso se me aceleró, y no pude reprimir los nervios. Colgué de nuevo. Me levanté del sofá, di unas cuántas vueltas por el comedor y finalmente volví a llamar. Esta vez contestó un chico.

-¿Quién es? -contestó el chico.

-Hola, soy Ángel. ¿Está Juan? -pregunté con voz temblorosa.

-Soy yo, ¿has llamado antes?

-Si, pero se me ha cortado -contesté. Estaba muy nervioso y se me había quedado la mente en blanco. No supe qué decir.

-¿Cómo estás?

-Muy bien, gracias.

-¿Y tu novio? Porque el que iba contigo en la playa esta tarde era tu novio, ¿no? -preguntó. Es decir, que Juan era el chico de la playa.

-Ya sabes -contesté, para ver qué me decía.

-¿Por qué no me has dicho nada cuando te he parado en la playa?, ¿es que ya no te acuerdas de mí? -preguntó, haciéndome ver que realmente conocía a Ángel, pero yo a Juan no.

-Pues no, lo siento -dije, más seguro de mí mismo, ansioso de averiguar qué tenía que ver con Ángel.

-Si quieres podemos vernos y recordar los viejos tiempos -susurró. No me gustó nada el tono que utilizó. Me sonó a antiguo lío, incluso puede que noviazgo.

-No creo que a mi chico le hiciera gracia -contesté cortante.

-Bueno, pues llámame si cambias de idea, o pásate por la playa. Yo voy todas las tardes, como tú -explicó.

-Tengo que dejarte -dije, y colgué casi sin dejar que se despidiera. Estaba tan enfadado que cogí mi moto y fui directo a la tienda de Ángel. Aún no sabía si habían tenido algo en el pasado, pero si era así Ángel me lo había ocultado. Me dijo que yo era el primero, sin contar con Daniel, y ahora aparecía otro chico en escena, cuyo teléfono estaba en la cartera de mi novio.

Llegué a la tienda, y para mi sorpresa Ángel no estaba allí. El ayudante me dijo que ya se había ido, que sólo había estado unos minutos y luego se esfumó sin decir nada. La moto de Ángel no estaba por allí. Fui andando hasta la Plaza del Ayuntamiento, para ver si había ido a almorzar. Busqué en cada cafetería, en cada tienda, en cada banco. Y no encontré ni rastro de mi novio. Miles de ideas bombardeaban mi mente. Le imaginaba con otro, diciéndole las cosas que yo creía que sólo me decía a mí. Le imaginaba haciéndolo con ese Juan, besándole, acariciándole, y se me nubló la razón. Me senté en un banco y acabé llorando como un niño que se ha perdido y no puede encontrar el camino de vuelta. Porque hasta la fecha Ángel nunca me había dado razón alguna para sentirme celoso, más bien todo lo contrario. Me había sentido el único en su vida, creí que yo lo era todo para él, al igual que él lo era todo para mí. Y ahora todo eso me parecía una farsa. Todo mi mundo se apoyaba en una persona que quizá me estuviera engañando. Pensando en todo esto, de repente, noté como alguien puso su mano en mi hombro. Levanté la vista y vi a Daniel.

Pasado misterioso.

Sequé mis lágrimas y me levanté rápidamente. Daniel estaba sonriente. Parecía contento de haberme visto.

-Cuánto tiempo sin verte -dijo. Le miré y no supe que decir. Acababa de volver del mundo de mis sueños, y había salido de mi trance bruscamente. Estaba demasiado aturdido como para pensar en qué decir. Me puse nervioso, y entre la vergüenza de ver a Dani y el asunto de Ángel, las lágrimas volvieron a salir de mis ojos. Miré al suelo. Daniel me llevó del brazo hasta un banco más apartado y me sentó allí, sentándose él a mi lado. -¿Qué ha pasado para que estés así? -preguntó.

-No sé que decirte -contesté, tapándome la cara. Estaba realmente avergonzado por verme en aquella situación.

-Tranquilízate y cuéntame qué te pasa -dijo, con un tono entre cordial y cariñoso. Le miré de reojo, y luego giré la cabeza. Me había pillado por sorpresa y en un mal momento.

-Por favor, ahora no puedo hablar -dije, sollozando.

-Oye -interrumpió-, si estás preocupado porque crees que estoy enfadado contigo, que se te vaya la idea de la cabeza.

-No es eso, Dani -contesté.

-¡Te acuerdas de mi nombre! -exclamó, sonriente, cogiéndome las manos y apartándomelas de la cara, destapando la sonrisa que su broma había causado en mi rostro. Me sentí muy mal por estar con un chico que quería ayudarme después de que yo no le había vuelto a llamar.

-Dani, siento que -dije, pero él me tapó la boca.

-Si vas a explicarme porque no has llamado, déjalo. Supongo que tendrás tus razones. Y ahora, cuéntame que haces sólo y llorando aquí, en pleno centro.

Necesitaba hablar con alguien, así que le conté todo, desde que conocí a Ángel hasta lo que había pasado ese día. Me dijo que él conocía a Ángel de mucho tiempo atrás, y le extrañaba todo aquello. Me gustó que me escuchara sin reprocharme nada. Me aconsejó que hablara con mi novio y averiguara quién era ese tal Juan. Daniel tampoco le conocía, a pesar de haber compartido amistades con Ángel en el pasado. Le enseñé la nota con el nombre y el teléfono de Juan, pero no reconoció ni la letra ni el número.

-Puede que sea alguien de tienda de deportes -dijo Daniel.

-No. Allí sólo está su ayudante, y se llama Álex -contesté.

-¿Algún cliente, distribuidor, comercial...?

-No. ¿Si tuviera que ver con la tienda, por qué le preguntó a Ángel si se acordaba de él? ¿Y qué es eso de los viejos tiempos que me ha dicho por teléfono ese Juan de los cojones?

-Lo mejor que puedes hacer es hablar con Ángel -sugirió. No me pareció tan superficial como me lo pintó Ángel. Aunque mi única referencia personal sobre él era exclusivamente sexual.

-Lo haré -dije. Me dio su número de teléfono y me dijo que le llamara para ver qué tal había quedado. No me pareció buena idea tener su teléfono, arriesgándome a que Ángel pudiera verlo como yo vi el que él me escondía. Así que le dije que pasaría por el Ayuntamiento alguna mañana. Nos despedimos, y le agradecí que me escuchara. Volví a la tienda a por mi moto, y antes de irme volví a preguntar al ayudante si había pasado Ángel por allí mientras yo me había ido. Había pasado una hora y media aproximadamente, pero Álex me dijo que Ángel seguía sin aparecer.

Me fui a casa. Estaba muy alterado y conduje como un loco. Pasaba a toda velocidad entre coches, me salté varios semáforos y me crucé por delante de autobuses y camiones. Llegué a casa y no vi la moto de Ángel. Me dio por irme a la playa, ya que no quería estar allí solo y comiéndome la cabeza. Dejé la moto en el garaje para que Ángel la viera al llegar y me fui andando hasta la playa. Por el camino me encontré a Sonia, la vecina de al lado. Iba sola.

-¿Dónde vas? -preguntó.

-A la playa.

-Yo voy para allá también. ¿Y tu amigo?

-No lo sé -contesté, sin disimular que no me hacia gracia que lo preguntara-, desde esta mañana que no le veo.

-Esta mañana ha estado tocando un tío a vuestro timbre -dijo. Me paré en seco y la miré.

-¿Quién era? ¿Algún vecino? -pregunté nerviosamente.

-No, le he visto muchas veces en la playa, pero no le conozco. Ha insistido bastante, y ha vuelto a llamar un rato más tarde -explicó.

-Disculpa -dije dando media vuelta-, me voy a casa por si vuelve -añadí, alejándome de ella a toda prisa hacia mi casa. Quizás ese tío volviera. Estaba seguro de que era Juan el que había estado tocando. Me metí en casa, subí a mi dormitorio y me senté frente al balcón. Si alguien tocaba al timbre, le vería desde allí, pero quien tocara no me vería a mí.

No recuerdo cuánto rato pasó. Ya era bastante tarde y aún no había comido. Ángel seguía sin aparecer, y el chico tampoco. Empecé a pensar que podrían estar juntos en ese momento. Sonó el teléfono. Bajé sin ganas, y contesté poco amablemente. Era mi hermana. Me dijo que Ángel había estado esperándome allí toda la mañana y que había ido a buscarme a casa de Sandra, bastante enfadado.

-¿Dónde te has metido toda la mañana? -preguntó.

-Tenía cosas que hacer.

-Pero le has dicho a Ángel que ibas a venir aquí, ¿por qué le has mentido?

-Mónica, ya te lo contaré -dije, y en ese momento sonó el timbre de casa. Alguien tocaba desde la verja. Me despedí de mi hermana y fui hasta la cocina para ver quién era el que tocaba. Y le vi, era Juan. Miraba hacia los lados y tocaba constantemente, como con prisas. Parecía ansioso por algo. No pude aguantar más y al final le abrí, sin contestar. Simplemente pulsé el botón para abrir la verja y luego dejé la puerta de casa entreabierta. Me oculté tras ella y cuando Juan entró, cerré. Se dio la vuelta y me vio. Me miró desafiante y sonriente. Yo en cambio estaba muy serio. Allí estábamos los dos, de pie, mirándonos y en silencio. Finalmente le hice pasar.

-¿Quién eres? -pregunté, cuando ambos nos sentamos en el sofá del comedor.

-Soy un amigo de Ángel -contestó. Alargaba las palabras, parecía saber que me hacía sufrir el no saber a quién me enfrentaba.

-¿Cómo has encontrado nuestra casa?

-Un día pasaba por esta calle y vi a Ángel mirándome desde el balcón -explicó.

-¿A qué has venido?

-A hablar con Ángel.

-Deberías saber que somos pareja -dije, queriendo dejar claro que no permitiría que nadie se metiera entre mi novio y yo. Juan me miró y sonrió. Quise incluso pegarle, pero me contuve.

-Me extraña que Ángel haya sentado la cabeza -murmuró.

-¿De qué hablas?

-Oye, tío -contestó alterado y casi levantando la voz-, no se si sabes con quién estás, pero tu chico es un putón que va por ahí follándose a la gente.

-No te creo -respondí-, llevamos meses saliendo y él pasa la mayor parte del tiempo conmigo. Debes haberte equivocado -expliqué, y casi antes de que acabara de hablar, Juan se me puso encima, cogiéndome del cuello.

-¡No! -gritó. Yo estaba asustado-. ¡Díme!, ¿cómo te folla? -preguntó acercando demasiado su cara a la mía.

-¡Déjame! -grité yo.

-¿A que le encanta darte por culo? ¿A que tú no se la has metido nunca? ¿Verdad que te muerde la oreja mientras te la mete, y te gime en el oído? -con cada pregunta se acercaba más a mí. Le empujé y me levanté. Él se incorporó y se sacudió la poca ropa que llevaba.

-Perdona -dijo-. Me he pasado un poco -. En ese momento escuché la moto de Ángel llegar. Juan me miró-. ¿Qué piensas hacer? -preguntó.

-Lárgate mientras mete la moto en el garaje. Y no vuelvas por aquí -contesté. Él se fue sin decirme nada. Me quedé allí, esperando a que Ángel me lo explicara todo de una vez.

Cuando entró y cerró la puerta, se encontró con mi cara de enfado. Él tampoco venía muy contento. Le dije que se sentara.

-¿Dónde has estado? -preguntó.

-¿Quién es Juan? -pregunté yo.

-¿Qué Juan? -me miró con cara de no saber nada. Le di la nota que encontré en su cartera y pregunté de dónde la había sacado-. Pues no sé qué hacía en mi cartera porque yo no sé nada de esta nota, ni conozco a ese Juan del que hablas.

-Le he llamado y parece que sí os conocéis -dije.

-José, te juro que no sé lo que está pasando -contestó.

-Hazme un favor, desaparece de mi vista -dije, levantándome y subiendo al dormitorio. Me tumbé en la cama. Al rato escuché un portazo, seguido del sonido de la verja abriéndose. Ángel se había ido.

Pasé el resto del día tumbado, sintiéndome impotente ante la situación. No quería hablar con Ángel. No podía creerle porque habían demasiadas coincidencias. Ese Juan me había demostrado de demasiadas formas que conocía a Ángel, y no sólo por fuera. Pero a la vez quería que todo fuese una confusión, un mal sueño. Desgraciadamente aquello estaba pasando, y yo lo había terminado de estropear echando a Ángel de casa.

A la mañana siguiente me desperté tarde. Estaba vestido aún, ya que me había quedado dormido después de llorar y llorar durante gran parte de la noche. Decidí volver a llamar a Juan, y eso hice.

-Sabía que me llamarías -dijo, al oír mi voz-, ¿qué pasó ayer?

-Más te vale que me expliques todo lo que me contaste y, sobre todo, que puedas demostrarlo.

-Ves a la playa, te estaré esperando al final del paseo -dijo, y colgó.

Antes de salir, me duché y me vestí. Tenía un aspecto horrible. Cogí la moto y fui hacia la playa. Juan tardó un rato en llegar, pero cuando lo hizo me sorprendió. Porque apareció muy bien vestido y repeinado. Además, estaba perfumado y todo. Le dije que subiera a la moto; no quería estar en la playa.

Yendo en la moto, Juan me cogía por la cintura de una forma un tanto provocativa. Además, sentí como apretaba su pelvis contra mi trasero. Paramos en un gran jardín que yo solía visitar cuando estaba solo y necesitaba pensar. En el centro de aquel lugar había un pequeño bar, con mesas a la sombra de unos pinos enormes. Nos sentamos, pedimos algo e inmediatamente empecé a exigir respuestas.

-Eres un tipo extraño -dije-, apareces de la nada, me haces creer que eres un psicópata que persigue a mi novio y acabo llevándote en mi moto y tomando algo contigo.

-Yo soy así -contestó-, pero no te preocupes, en el fondo soy inofensivo.

-Eso espero. Ahora díme, ¿qué tienes que ver con Ángel?

-Puede que él no se acuerde de mí, pero yo sí de él.

-¿Qué quieres decir?

-Verás, tu novio podrá ser todo lo buenazo que quieras, pero tiene un pasado muy "macabro".

-¿En qué sentido? -pregunté.

-Digamos que le gustaba demasiado mojar...

-No puede ser. Me dijo que yo era el primero.

-También yo te lo diría si quisiera algo contigo -dijo-, ¿cómo le conociste?

-Por carta. Me contestó a un contacto -contesté. Me estaba haciendo dudar de Ángel.

-Ya. Pues déjame decirte que yo le conocí de la misma forma.

-¿Te escribió? -pregunté.

-No. Le escribí yo -contestó. Me sorprendí mucho, pero no podía creerle sin una prueba.

-¿Tienes su anuncio aún?

-Si, lo tengo en casa. Y también las dos cartas que me mandó antes de conocernos en persona.

-O sea, que os conocisteis.

-No exactamente -contestó-, quedamos en una discoteca y cuando llegué el iba algo bebido. Estaba con un grupo de tíos.

-Esto es increíble -dije, revolviéndome en mi silla-, por favor, entiéndeme, todo esto me suena a película de miedo.

-A mí más. Aquella noche creía que iba a tener la oportunidad de conocer a alguien con quien poder empezar algo. Y Ángel sólo me folló unas cuantas veces y desapareció. Nuestra relación consistía en vernos alguna noche en aquella discoteca. Bailábamos en la oscuridad y luego íbamos al cuarto oscuro. Nunca nos hemos visto a la luz del día.

-¿Por qué le buscas? -pregunté.

-No le busco. Le vi, y quería hablar con él. Simplemente.

-¿Pero por qué? Ahora tiene pareja.

-Yo también. Y quería decírselo. Después de dejarme me hizo sentirme una mierda, un don nadie. Quería que supiera que él no es más que yo.

-Sigo sin poder creer nada. Ángel me ha demostrado que me quiere innumerables veces, y se porta maravillosamente conmigo. Me hace sentirme especial. Y ahora viene un desconocido a decirme que esa persona a la que yo tengo en tan alta consideración es un putón sin sentimientos -respondí. No le creía del todo, pero había sembrado la duda en mí.

-Puede que él haya cambiado. Pero te aseguro que conozco a más gente que le odia. No soy el único al que ha usado y tirado.

-¿Cuándo le diste tu teléfono? -pregunté.

-Le dejé una carta en la tienda, en la que le recordaba quién soy.

-¿Por qué dijiste "recordar los viejos tiempos", cuando hablé contigo por teléfono?

-¿Eras tú? -preguntó extrañado.

-Si, me hice pasar por Ángel.

-Ya me extrañaba que no me preguntara quién soy. Lo de los viejos tiempos lo dije porque el chico habrá follado con tantos que ya no recordara ni a cuantos se ha tirado. No iba a hacer nada con él, sólo quería verle y hablar con él.

Se hizo el silencio. Ambos estábamos pensativos. Yo miraba hacia otra parte, porque al ver la imagen de Juan me lo imaginaba haciéndolo con Ángel y no me gustaba demasiado. Sin embargo, en el fondo aquel chico ya no me caía tan horriblemente mal como cuando hablé con él por primera vez. Si lo que me estaba contando era cierto, el chico tenía que haberlo pasado muy mal. Pero no quería que fuera cierto. Porque yo estaba totalmente enamorado de Ángel. Le conocía bien, y le había visto aprender lo que era este mundo mientras estaba conmigo. Recordé la primera vez que nos besamos en un pub. El temblaba como un niño, y realmente parecía estar haciendo aquello por primea vez. Miré a Juan, y vi que él me estaba observando.

-¿Nos vamos? -preguntó.

-Como quieras -contesté. Le llevé hasta el centro, nos despedimos y le di mi número de teléfono. Aún quedaban muchas cosas por aclarar. Pensé que tenía que hablar con Ángel, pero estaba tan confuso que preferí no hacerlo.

Aprovechando que estaba en el centro, pasé por el Ayuntamiento para ver a Daniel y contarle lo que Juan me había dicho. Evite pasar por los sitios que Ángel frecuentaba, y me senté en un banco a esperar a Daniel. Me encontraba mal. No había comido casi nada desde hacía mucho, y además había dormido mal. Y por dentro me sentía aún peor. Había pasado de la felicidad total con Ángel a estar sintiéndome engañado. Ángel no podía ser el monstruo que me describió Juan.

Daniel tardaba mucho en aparecer. Ya había pasado un rato desde la hora en que el solía salir del Ayuntamiento, así que pensé en ir a su casa. Pensé en pedirle el número de teléfono de Raquel a mi hermana, y la llamé por teléfono.

-Ya era hora de que dieras noticias -dijo mi hermana.

-Lo siento, es que estoy metido en un embrollo de tres pared de cojones.

-Ángel ha estado aquí, hemos hablado mucho rato de ti -dijo mi hermana. Me conmovió escuchar aquello.

-¿Qué te ha dicho?

-Pues ha venido, y en cuanto le he abierto la puerta se me ha puesto a llorar y a decir que le has tirado, que estás loco y no sé qué cosas más. ¿Qué ha pasado?

-Ángel me había mentido. Yo no era el primero. Al parecer ni siquiera estoy entre los cien primeros.

-¡¿Ángel!? -exclamó mi hermana, con expresión de incredulidad.

-Yo tampoco puedo creerlo, pero ha aparecido alguien al que Ángel dejó tirado en el pasado, y que conoce a más chicos que corrieron la misma suerte.

-Oye, Ángel está echo una mierda. Le he acompañado a casa porque se me caía al suelo el pobre. Más te vale que hables con él si no quieres que se tire por el primer puente que vea.

-Ahora no puedo hablar con él.

-Haz lo que quieras, pero yo te digo que ese chico es un cacho pan, y que no me creo que vaya por la vida de putón.

-Sólo necesito tiempo para pensar y asegurarme.

-¿Y cómo piensas hacerlo, si no hablas con él?

-Él mentiría.

-¿Crees a un desconocido antes que a tu novio? Pues si que eres un buen partido, tú.

-Tienes que comprender que...

-No hay nada que comprender -interrumpió-, nada excepto que estás siendo injusto. Él ni sabe de qué se le acusa. Al menos llámale para explicárselo.

-Te repito que ahora no podría hablar con él. Me siento confuso.

-Ah, ya. Confuso, claro. ¿Y el qué?

-Creía que estarías de mi parte, Mónica -dije.

-Sabes que lo estoy. Siempre lo he estado y no voy a cambiar ahora. Pero estás haciéndole daño a un chico que te quiere. Piénsalo bien.

Sus palabras no cambiaron mi decisión de no hablar con Ángel hasta no estar seguro de que Juan no mentía. Pero me hicieron pensar. Quizá Ángel fue realmente así en el pasado, pero podía haber cambiado y olvidado su pasado para empezar de nuevo. Si lo pensaba bien, a mí Ángel no me había hecho ningún daño, más bien todo lo contrario. Todo se había estropeado porque de repente el concepto que tenía de mi chico, la imagen que me había creado de él se había derrumbado con las palabras de Juan. Yo seguía queriendo a Ángel, pero me sentía como si estuviera saliendo con otra persona distinta a la que empezó a salir conmigo. Las razones por las que me enamoré de él, su inocencia, su bondad, sus buenos sentimientos... de pronto eran una mentira. Los cimientos sobre los que yacía mi amor por él se habían venido abajo.

Como mi hermana no me dio el teléfono (si le lo hubiera pedido no sé que hubiera pensado de mí), llamé a información para que me lo dieran ellos. Y llamé a Daniel.

Mi pasado, mi consuelo.

Daniel parecía contento por volver a verme. Me tendió la mano sonriente, mientras sus ojos me recorrían por completo. Nos sentamos en un parque del centro, y le conté lo que me había contado Juan. Daniel se extrañó mucho de lo que escuchó. Dijo que Ángel no era como me lo había pintado Juan.

-¿Qué paso entre tú y Ángel? -pregunté. Daniel miró al suelo.

-Nada. Nos conocimos, nos gustamos, y todo eso. Pero no llegamos a nada serio.

-¿Por qué?

-No lo sé. Creo que se debió a que ninguno de los dos había tenido ninguna experiencia con otro chico.

-Ángel me dijo que os liasteis, pero que como se negó a llegar a más tú le dejaste.

-Vaya... así que me ponen de putón a mí también -contestó.

-¿Qué quieres decir? ¿No fue así?

-No. Una tarde me decidí a hablarle, después de intensas miradas, preguntarnos la hora, y todas esas tonterías que se hacen para llamar la atención de quién te gusta -explicó-. Me acerqué a él, y cuando le tenía delante no supe qué decir. Las palabras no me salían. Pero le miré a los ojos, y creo que eso le bastó para saber que me gustaba.

-¿Qué te dijo?

-Nada especial. -Empezamos a hablar, sonriéndonos. Quedamos para ir a algún sitio, y decidimos ir al cine.

-Pero, ¿sabíais en qué plan, o fuisteis como amigos?

-No, claro que sabíamos de qué iba la cosa. Sobre todo porque ambos llevábamos un empalme muy "explicativo" -contestó riéndose.

-¿Qué hicisteis en el cine? -pregunté. Tenía mucha curiosidad.

-Poca cosa, pero ya era algo. Cuando las luces se apagaron, fuimos a apoyar el brazo en el mismo sitio, y, por casualidad, nuestras manos se chocaron.

-Si, casualidad... -murmuré.

-Lo fue. Nos miramos, y nos cogimos de la mano. Así pasamos toda la película, mirándonos y cogidos de la mano. Después del cine fuimos a mi casa.

-¿A qué?

-Estaba cerca, y queríamos estar a solas. Nos sentamos en el sofá, y casi sin decir palabra, empezamos a besarnos.

-¿Sólo besos?

-Chico, déjame hablar -dijo entre risas. Es que Ángel no me había contado nada de aquello. Y si me ocultó lo que pasó con Daniel, me podría haber ocultado perfectamente su pasado -. Los dos estábamos nerviosos -prosiguió Daniel-, y lo único a lo que nos atrevimos fue a tocarnos por encima de la ropa.

-¿Llegasteis a ser pareja?

-No. Nos vimos un par de veces más. La última vez que estuvimos juntos fue en mi cama.

-¿Lo hicisteis? -pregunté sorprendido.

-Si. Después de eso no volví a verle, excepto cuando me lo he encontrado por la calle o en algún local.

-¿Por qué no le llamaste?

-Tenía miedo. Yo soy muy enamoradizo, pero lo que pasó entre nosotros no fue por amor. Fue deseo.

-¿No hablasteis de ser pareja?

-¡Qué va! Sólo nos mirábamos, hablábamos de cualquier cosa, y en cuanto estábamos solos nos sobábamos y nos enrollábamos. Y la última tarde que quedamos, fue para acostarnos directamente.

-¿Quedasteis para follar?

-Bueno -dijo-, estábamos hablando por teléfono de un lugar al que ir, pero salió el tema del sexo y le dije que mi casa iba a estar vacía toda la tarde. No me hizo falta decir más. Vino, nos besamos y acabamos en la cama, dando rienda suelta a nuestro deseo acumulado y reprimido.

-Esto es increíble. De verdad que cada vez estoy menos seguro de conocer a Ángel.

-Seguro que te ha dicho más cosas de mí -murmuró.

-Pues...

-¿Qué? -preguntó-, cuéntamelo, por favor.

-Verás, le conté lo que pasó entre nosotros.

-¿Ya salías con él cuando nos acostamos? -preguntó. Y luego se puso rojo y miró hacia un lado, dándose cuenta de la brusquedad con la que había hecho esa pregunta tan comprometida. Me di cuenta de que Daniel no era como Ángel me lo había descrito.

-No. Sólo le había visto un par de veces cuando pasó... -dije, cuidando el tono de mi respuesta-. Pero ya teníamos cierto compromiso. Al salir de tu casa aquella tarde le vi. Me dijo que estaba seguro de que habíamos hecho algo porque tú "no desaprovechas ninguna oportunidad" -expliqué.

-Vaya con el Angelito, que mala propaganda hace de mí. ¿Le creíste? -preguntó.

-No supe qué pensar. Cuando fui a tu casa, sabía a lo que iba. En todo caso, ninguno de los dos desaprovechamos la oportunidad -dije.

-No lo hice porque sí, y ya está. Me gustabas.

-Y tú a mí. No soy una puta -contesté.

-De hecho, me sigues gustando -dijo, mirando al cielo. No supe qué decir. En aquel momento estaba confuso por lo de Ángel; no debía dejarme llevar por algo de lo que podría arrepentirme.

Tras su repentina declaración, no dijo nada más. Parecía esperar a que yo dijera algo, pero no sabía cómo salir de aquella situación tan embarazosa. De vez en cuando le miraba, para que dijera algo. Pero el chico lo había montado muy bien para que fuera yo el que diera una salida a la conversación. Opté por cambiar de tema, tal y como hacía mi amiguita Sandra.

-Mi hermana está enfadada conmigo -dije.

-¿Por qué?

-Porque Ángel ha estado con ella, y al parecer han estado hablando.

-¿Sabe que sois pareja? -preguntó, extrañado.

-¡Claro! Ella sabe lo mío, y lo de Ángel se lo conté nada más conocerle.

-Vaya, tienes mucha suerte de tener a alguien con quien hablar del tema -contestó.

-¿Que quieres decir? ¿No tienes a nadie? -pregunté. Dani negó con la cabeza. Parecía sincero, pero en esos momentos la sinceridad me resultaba algo irreal-. Creía que tenías montones de amigos.

-Los tengo, pero son muy superficiales. No se puede hablar con ellos a no ser que sea de la última persona a la que te has tirado -dijo. Le miré perplejo-. No te preocupes, no conté nada de ti.

-Tampoco fue como para ir por ahí contándolo -dije, sonriéndole.

-A mí me gustó mucho -contestó. Ya estábamos otra vez en la misma situación. Y de nuevo me tocaba a mí hablar. Aunque esta vez fui yo el que propicié que saliera el tema de nuestro único encuentro.

-A mí también. Pero pasó en mal momento -respondí.

-Qué lastima -dijo, mirándome a los ojos. Estaba claro que quería algo. Me sorprendí encontrándome a mí mismo dudando sobre lo que hacer, si aceptar o pasar. Estando hablando con él, me sentía bien. La sensación de inseguridad que me había invadido por el asunto de Ángel desapareció al lado de Dani. Y no me sentía mal por estar allí, con él. Puede que mi vida no dependiera de Ángel tanto como creía.

Nos fuimos a comer a la playa. Él con su moto, y yo con la mía, íbamos uno al lado del otro, haciendo esas capulladas que tanto critico cuando veo por la calle. Nos adelantábamos, nos cruzábamos, hacíamos "eses", y él hasta me dedicó un caballito. Por unas horas, olvidé a Ángel.

Es extraño que cuando estás enamorado de alguien y no ves a nadie más, de repente alguien te hace ver que sí hay otras personas a las que descubrir, y que pueden hacer que olvides los problemas. Y no es que ya me hubiera olvidado de Ángel.

Después de comer decidí dar un paseo por la playa. Daniel aceptó encantado y nos fuimos hasta la orilla del mar a andar por allí. Estuvimos hablando de muchas cosas, dejando aparcado el tema que nos había hecho estar juntos ese día... hasta que vi a Juan cerca de allí. Estaba sentado en la terraza de uno de los restaurantes de la playa.

-Mira, Dani; allí está Juan -dije, señalándole.

-¿Quién es?

-El que está sentado solo en aquella terraza. -contesté. Daniel le miró extrañado.

-Debes de haberte equivocado. A ese le conozco y no se llama Juan -dijo. Nos acercamos más. Era Juan, seguro. Tenía su cara grabada en mi mente, no podía equivocarme.

-Es él, Dani. Estoy seguro.

-Te digo que le conozco. Se llama David -replicó Daniel.

-Dani -dije, muy serio y casi hasta enfadado-, ese es el tipo que vino a mi casa. Le tuve muy cerca, no estoy equivocado -expliqué. Daniel me pidió que esperara y se fue hacia Juan, o David, o quién quiera que fuese aquel tío. Llegó hasta él y se saludaron dándose la mano. Después de hablar un poco, Daniel se despidió y volvió a donde yo estaba.

-Era David.

-Pues entonces me mintió cuando dijo su nombre -contesté.

-¿Estás seguro de que ese es el que fue a tu casa? Porque desde aquí no se le ve muy bien... -dijo. Entonces le dije que esperara, que iría yo. Y así lo hice. Me acerqué al supuesto David.

-Eh, Juan, ¿qué tal? -saludé.

-Muy bien. ¿Qué tal con Ángel? -preguntó.

-Aún no hemos hablado, David -dije, mirándole seriamente. Él también me miró, sobresaltado-. ¿A qué juegas? -pregunté después.

-Está bien, me llamo David. Pero es lo único en lo que te he mentido.

-Adiós -dije, dándome la vuelta y alejándome de él, en dirección a Daniel.

-Tenías razón. Se llama David, pero a mí se me presentó como Juan -dije al llegar hasta él.

-¿Por qué lo habrá hecho?

-No lo sé. ¿De qué le conoces? -pregunté.

-Es uno que ha ido detrás de mí mucho tiempo.

-¿Te ha pedido salir?

-Si. Pero siempre le he dicho que no podía -dijo.

-¿Por qué? Parece un tío majo.

-Ya. Pero me gustas tú, y se lo dije -contestó. Me dio palo que dijera aquello-. Me extraña que haya hablado contigo, porque te tiene tanta manía que creo que si pudiera joderte, te jodería bien.

-Daniel -dije-, ¿te das cuenta de lo que has dicho?

-¿Qué pasa? -preguntó, sin saber a qué venía.

-Lo de Ángel. David se puede haber inventado lo que me contó para hacerme romper con él -dije. Nos miramos, y casi a la vez fuimos de nuevo a la terraza del restaurante. Pero la silla que hacía un momento había ocupado David ahora estaba vacía. Fui corriendo hacia una cabina para llamar a Ángel. Era el momento de aclararlo todo. Daniel me seguía sin decir nada.

Llamé a casa de Ángel y me contestó su madre. Me dijo que no sabía dónde estaba su hijo, que no le había visto en toda la mañana. Llamé a mi hermana, y tampoco sabía dónde podría estar.

-Quizá esté con Raquel -dijo Mónica-, ¿por qué le buscas ahora?

-Ese Juan ya no es tan de fiar como antes.

-Un desconocido nunca es de fiar. No tenías que haberle creído -contestó-. De todas formas, si veo a Ángel le contaré lo que ha pasado y le diré que le estás buscando.

-Gracias -dije, y colgué.

-Dani, ¿dónde va tu hermana cuando sale? -pregunté.

-A ella le encanta una cafetería que hay al lado de un cine, en el centro. No sé como se llama...

-Vamos -dije, andando rápidamente hacia la moto.

Apenas tardamos un cuarto de hora en llegar desde la playa hasta el centro de la ciudad. Si todo aquel lío había empezado por los celos de un amigo de Daniel, a Ángel no le iba a sentar muy bien. No sabía qué pensar sobre ese chico que se me había presentado con otro nombre. Porque aunque me mintió en eso, por lo demás parecía hablar en serio. Me describió la forma de hacer el amor de Ángel, y se acercó mucho. ¿cómo podía saberlo, si en teoría ni le conocía? Y, ¿cómo llegó el teléfono de David a la cartera de Ángel, si nunca se habían visto? Y lo más extraño: si David quería hacerme daño a mí, ¿por qué intentó contactar con Ángel? ¿Querría quitarme el novio? ¿Habrían hecho algo? Todos estos interrogantes me impedían poder creer a uno u otro. Lo que si era cierto es que había hecho mal en no hablar con Ángel, creyendo a un desconocido antes de asegurarme de que no era una farsa.

¿Dónde estás, Ángel?

Aquella tarde no le encontré allí. De hecho, no le encontré en ninguna parte durante el resto de la semana, lo cual me preocupó bastante. Sus padres me decían que no sabían nada; en la tienda no le echaban de menos y su hermana estaba muy ocupada como para hablar conmigo. Era como si sólo hubiera desaparecido de mi vida, pero no de la de los demás.

Deseaba verle, para hablar con él y aclarar las cosas. De todos modos, me extrañó que él no me hubiera buscado para saber de qué se le acusaba... Pero por más que esperaba y esperaba él no dio señales de vida, y nadie parecía estar por la labor de ayudarme. El pasotismo descarado de su familia me hizo sospechar que posiblemente ellos sí sabían dónde estaba Ángel, pero por alguna razón no querían decírmelo. Mi hermana, era, que yo supiera, la última que había hablado con Ángel. Aunque ella sabía lo mismo que yo, y le resultaba igualmente extraño que Ángel se hubiera marchado así, sin decir nada ni intentar arreglar la situación.

Dani estuvo a mi lado en todo momento, apoyándome y dándome ánimos; a pesar de que yo le gustaba, me estaba ayudando a recuperar a mi novio. La casa de la playa se me hacía enorme estando yo sólo. Además, la soledad me hacía obsesionarme con la desaparición de Ángel, así que volví al piso de mis padres. Me acogieron contentos, aunque con cierto recelo, sobre todo mi madre.

Los días pasaban, y Ángel seguía sin aparecer. Al principio me encontraba muy mal, pero mi estado de ánimo fue mejorando gracias a mis amigos, que se empeñaron en llevarme de fiesta para hacerme olvidar. Aunque eso era algo difícil, ya que tenía la imagen de Ángel grabada en la mente. Pero, de pensar que todo volvería a la normalidad, pasé a pensar que quizá él ya no me quería, y que tendría que empezar de nuevo y olvidar. Idea absurda, porque, si lo pensaba, ¿qué es lo que había pasado como para que él se lo tomara tan mal y decidiera desaparecer? Un episodio de celos y malentendidos lo pasan todas las parejas, pero mi primer incidente de ese tipo fue también el último. Aún así, ilógica como era la situación, comencé a asimilarla, a verla normal... y a aceptarla.

En una de mis noches de fiesta, después de un mes y pico sin saber nada de Ángel, mis amigos y yo fuimos a la inauguración de un nuevo local de ambiente homosexual, situado en el centro del barrio gay. Cuando entramos al lugar, aún estaba vacío. Uno de mis amigos, Javi, conocía a los dueños del nuevo local, así que nos acercamos los cinco que íbamos, y Javi nos los presentó. Se llamaban Alberto y Raúl, y tenían nuestra edad aproximadamente.

-Bienvenidos -dijo Alberto, que parecía el más abierto de los dos. El otro, Raúl, se limitó a saludar sin moverse de su sitio. Ambos parecían nerviosos. -Sois nuestros primeros clientes.

-Seríamos clientes si fuéramos a pagar -bromeó Javi-, pero, ¡no vamos a hacerlo!

-Bueno, bueno, ¿qué me contáis? -dijo Alberto, encendiéndose un cigarrillo.

Mis amigos empezaron a hablar con los dos chicos, mientras yo me limitaba a contestar si me preguntaban. Raúl se dio cuenta de mis pocas ganas de hablar, y se las apañó para forzarme, metiéndose conmigo.

-Eh, Javi, a tu amigo se le ha comido la lengua el gato -dijo, señalándome.

-Es que es muy tímido -dijo Álex, otro de mis amigos: es el graciosillo del grupo.

-Necesitamos un guardia jurado -comentó Alberto-, y tú pareces servirnos.

-Si yo fuera el guardia jurado, aquí los colegas estarían en la calle -dije, provocando la risa de Alberto y Raúl.

El ver que se reían conmigo me animó y me solté la melena. Me metí en la conversación y me animé bastante. Raúl se me apegó bastante y me invitó a unas copas. No bebo, pero me provocó su invitación, y pensé que unos chupitos no me harían daño. Comenzó a entrar gente.

-Javi no me había dicho que tiene amigos tan majos -dijo Raúl, mientras nos sentamos a unos metros del grupo.

-Será para que no le cambiéis por nosotros -contesté, moviendo el chupito por la mesa, con la mirada baja.

-¿Siempre usas esas respuestas tan irónicas? -preguntó.

-No siempre. Sólo cuando no se me ocurre una respuesta normal.

-Así que llevas el sarcasmo en el instinto. Deberías hacerte escritor. El sarcasmo triunfa.

-Es mi recurso favorito -dije.

-Hazme una demostración, si no es mucha molestia.

-¿Cómo quieres que te lo demuestre? -pregunté-, eso es algo que sale de forma espontánea.

-Háblame de ti -contestó, contundente y directo.

-Cuando te he visto me has parecido ser más tímido de lo que en realidad eres...

-Es sólo que no me gustan los tumultos... se me da mejor el tú a tú.

-¿Por qué yo? -pregunté, provocando-, has podido hablar de tú a tú con cualquiera de los cinco que hemos venido.

-Y tú podrías haberte quedado ahí hablando de lo buenos que están los tíos que van llegando, y, mírate: estas aquí conmigo.

Ese tipo de conversaciones no salen siempre, y si salen es porque algo va a pasar. Al menos en mi caso ocurre así. Me recordaba a mis tiempos de pendón, cuando sin ningún miramiento me ponía a charrar con el guaperas de turno que me daba palique. Raúl no estaba mal, y los ingredientes para que algo pasara estaban perfectamente mezclados: mis ganas de olvidar, una noche de fiesta por delante y un chico guapo que parecía interesado por mí.

-¿Cómo se os ocurrió abrir un local de ambiente? -pregunté, cambiando de tercio (pero no de objetivo).

-Bueno, yo tenía un bar en una acera, y él otro justo enfrente del mío. Nos hacíamos la competencia, poniendo carteles, ofreciendo precios bajísimos, dando cada uno cosas cada vez mejores que las del otro...

-¿Y qué pasó?

-Pues que de tanto buen servicio a precios tan bajos empezamos a perder más que a ganar, así que un día nos vimos las caras.

-¿Os pegasteis?

-¡Qué va! Fui a su bar, y nos reconocimos de habernos visto por el barrio gay. En lugar de pelearnos, nos pusimos a hablar de los locales a los que iba cada uno. Y hablando, decidimos vender nuestros respectivos negocios y abrir conjuntamente uno aquí, que es lo nuestro.

-Qué romántico... -bromeé.

-No, es sólo mi socio. Apenas nos conocemos, pero al parecer no nos interesamos...

-Si, así somos los gays -dije-: o caes el primer día, o posiblemente no caerás.

-¿De verdad crees que es así? -preguntó.

-No. Es sólo que estoy un poco desengañado de todo.

-Yo también lo estaba. Pero me di cuenta de que soy muy joven, y que aún tengo mucho tiempo para que algo bueno me pase. Yo ya no sufro por un tío. Si no me quiere, él se lo pierde.

-Claro. Lo malo es cuando tú si le quieres y él pasa de ti.

-Me suenas a recién separado, ¿me equivoco?

-No, no te equivocas. Aunque aún no sé ni cómo ha pasado.

-Cuando cortas con alguien te deja hecho una mierda, por muy duro que seas.

-Es que yo no he cortado. Hubo un follón y él desapareció antes de que se aclarara. No le he vuelto a ver.

-Bueno, bueno... te preguntaría por los detalles, pero me temo que esta noche hay una fiesta para todos, incluido tú. Y una fiesta es para pasarlo de puta madre, tío -dijo.

Se levantó y fue hacia el grupo. Yo me terminé el chupito y fui hacia ellos también. Estaban decidiendo qué discos poner. Tenían un buen equipo de música, con un cargador de discos compactos en el que iban metiendo lo que iban escogiendo. Raúl me dejó elegir un disco. Señalé un disco de remezclas de canciones conocidas. El capullo de Álex nos vio y empezó con sus bromitas. Parecía un niño: "José y Raúl se gustan, José y Raúl se gustan", canturreo. Javi, que estaba con Vicente y Óscar, los otros dos que completaban mi peña (y que eran pareja), me sonrió y le dijo algo a Vicente dándome la espalda. Imaginé lo que había dicho por la cara que pusieron él y Óscar. Preferí no decir nada, porque Raúl no se había enterado de la mofa y era mejor así.

Llegó la hora de la fiesta; aquello estaba a parir. La música sonaba a toda hostia, y la multitud de tíos no paraba de bailar. Se lo habían montado bien. Álex, Javi, Vicente, Óscar y yo nos quedamos cerca de la barra, con los anfitriones de aquella juerga. Raúl seguía prestándome atención, y también invitándome a chupitos. Mis amigos me miraban, ya que sabían perfectamente que no bebo. Pero aquella noche nada me importaba. Mandé a la mierda a mi conciencia por una vez, y me dejé llevar. Raúl me sacó a la pista de baile, y bailé. Yo, que en las discotecas siempre parezco un pilar más, esa noche me moví como no creía que pudiera hacerlo. Los chicos me miraban, mientras mi cuerpo se contorsionaba al ritmo de la música, acercándose cada vez más al de Raúl. Me gustó sentirme observado. Si no fuera por el alcohol, me hubiera muerto de vergüenza. Pero el pudor me había abandonado, y yo estaba poseído por la fuerza de un espíritu que había estado demasiado tiempo encerrado. Mi explosión de energía dejó boquiabiertos a mis amigos. Vicente, que fue el que me introdujo en el grupo, parecía preocupado.

Seguí bebiendo y bailando, y acabé abalanzándome sobre Raúl, que estaba más acostumbrado a beber que yo. Sin embargo, no se negó y nos enrollamos salvajemente, ante una multitud de cuerpos agitándose, iluminados por los focos que nos proyectaban luces de colores. La música, cada vez más potente, se metía en mi cabeza, drenando mis preocupaciones, nublando mi juicio, haciéndome desear más. Llegó un momento en el que yo no era yo. Abandoné el mundo real, ayudado por todos las copas que conseguí beber sin derrumbarme, y por Raúl, que me llevó a un cuarto oscuro. No recuerdo que hice ni a que hora. Sólo recuerdo que me desperté sólo en una habitación pequeña, en la que sólo había una cama. Lo primero que hice, incluso antes de abrir los ojos, fue vomitar. Creí distinguir uno de mis chupetes de cuando era pequeño, entre todo lo que salió por mi boca.

Sintiendo martillazos de dolor en mi cabeza, me levanté y salí. Vi a Raúl dormido sobre unas butacas. Salí a la calle; estaba amaneciendo. Apenas podía andar, mi cuerpo no respondía. Todavía estaba borracho, pero recuerdo que, tras caerme varias veces en charcos que habían por la calle, conseguí llamar a Dani desde una cabina. Me contestó con voz de dormido, pero al oír mi voz destrozada me preguntó dónde estaba. No sé cómo, pero pude decirle el nombre de la calle. Lo siguiente que recuerdo es la figura de Ángel en la puerta de mi casa de la playa, hablando con lo que parecía ser un policía, y, a un lado, mi hermana.


-¿Estás bien? -escuché preguntar. Abrí los ojos: era mi hermana, acariciándome el pelo. Yo estaba en mi cama de matrimonio. Daniel estaba en el balcón, mirando al mar.

-Qué... ¿Qué ha pasado? -pregunté.

-¿No recuerdas nada? Es imposible -contestó.

-¿Qué ha pasado? -repetí.

-Estabas borracho -explicó, de forma dramática, frotándose los ojos-. Dani y yo hemos tenido que cogerte para que no te tiraras por el balcón. Una vecina ha llamado a la policía al oírte gritar. Parecías un loco, José. -dijo, y se puso a llorar, abrazándome. Dani me miró desde el balcón. También lloraba.

-Lo siento... -dije.

-No te preocupes -respondió mi hermana, secándose los ojos-. Tienes que llamar a tus amigos. Nos han dicho que ayer por la noche te perdieron la pista y están preocupados por lo mal que ibas.

-¿Se ha enterado la mamá? -pregunté.

-No. Dani me ha llamado por teléfono para que cogiera las llaves de tu casa y viniera volando. Cuando te he visto... -dijo, sin terminar la frase, volviendo a abrazarme, llorando más aún.

-¿Qué he hecho?

-José, duerme un poco -dijo Dani, dándose la vuelta después de secarse discretamente los ojos-, ahora has de estar tranquilo.

Cogió suavemente a mi hermana y salieron de la habitación, cerrando la puerta. El balcón quedó abierto. Las suaves cortinas blancas se agitaban. Me quedé contemplándolas, como la primera vez que desperté en aquella cama. El cielo estaba azul. Giré la cabeza y por un momento vi a Ángel a mi lado, desnudo, acariciándome. Su figura se desvaneció y yo me aferré a la almohada; solo, en una cama para dos.

No desperté hasta media tarde. Bajé por la escalera despacio, con la cabeza doliéndome de mala manera. Vi a Dani, tirado en el sofá. Mi hermana no estaba. Me acerqué sin hacer ruido. Se había quitado las zapatillas de deporte y se había tumbado allí, solo. Me sentí culpable al verle allí, dormido, con una expresión de pena que se me clavó en la cabeza. Le besé la mejilla y le acaricié el pelo. Él se movió ligeramente. Le tapé con una sábana y fui a darme una ducha.

Cuando salí él ya estaba despierto; se estaba calzando. Me senté a su lado. Él me miró seriamente, y me saludó levantando las cejas.

-¿Dónde está mi hermana? -pregunté.

-Se ha ido a casa para que tus padres no sospecharan nada. Te esperaban para comer.

-¿Y tú, has comido?

-No -contestó. Bajé la vista ante su seca y rápida respuesta.

-Si quieres podemos ir a algún sitio -sugerí, pero él hizo como que no me escuchaba.

-Recuerda llamar a tus amigos -dijo, levantándose-, yo me voy a casa.

-¿Te vas? -pregunté, pero tampoco hubo respuesta. Simplemente me miró de una forma que me asustó. Parecía odiarme en aquellos momentos-. Por favor, no me dejes solo -dije.

-Tengo que irme -dijo, andando hacia la puerta.

-¡Por favor! -exclamé, al tiempo que fui tras él y le abracé por la espalda-. Te lo suplico... -insistí. Él se paró en seco, se dio la vuelta y me abrazó. Lloré en su hombro, y creo que él lloraba también.

Cuando me calmé, nos sentamos de nuevo. Le pedí que me contara lo que había pasado. Al parecer yo había salido al balcón pegando gritos, llamando a Ángel, pegando golpes e intentando tirarme ventana abajo. No me lo contó muy alegre. Más bien me miraba como si yo fuera su hijo, al que estuviera castigando por haber hecho algo malo. Yo me sentí avergonzado, e intenté imaginarme haciendo todo aquello ante los ojos de aquel chico, que me había recogido del suelo después de buscarme por las calles a las seis de la mañana.

-Gracias -dije, mirándole a los ojos.

-Júrame por tu vida que no volverás a hacer lo que has hecho -contestó.

-No te preocupes, ya he tenido escarmiento.

-¿Cómo se te ocurrió beber tanto?

-No lo sé. Supongo que ya me da todo igual.

-A mí no me da igual, me importas mucho -dijo, y volvió a abrazarme. No supe qué hacer. Me gustó tenerle así, y le acaricié la espalda. Noté su respiración en mi cuello, cada vez más cerca. Sentí su corazón acelerarse, mientras me abrazaba con creciente presión. Levanté su cara y nos miramos. Él no era el único cuya temperatura sufría una notable ascenso. Sin decir nada, me dio un largo y profundo beso a la vez que apretaba más su cuerpo contra mí. Sentí su erección en mi abdomen, y respondí a su abrazo dejándome caer hacia atrás llevándole conmigo, quedando él encima de mí, besándome, acariciándome. Vi su sonrisa y sus ojos, brillando, mirándome con amor, con deseo, y me dejé llevar. Su boca se pegó a la mía, y sus manos recorrían cada milímetro de mi cuerpo. Me gustó que no llegáramos más lejos de besos y caricias, porque eso quería decir que aquella escena no era sólo un calentón (o eso me gustaba pensar). Me descubrí sintiéndome vivo de nuevo ante él, y me pareció que mi sufrimiento podría encontrar alivio algún día. Quizá mi dolor no fuera a ser eterno...

Alguien que cure mis heridas...

A partir de aquel día, Dani se convirtió en un compañero de fiestas inseparable. Y digo de fiestas porque con él no había un segundo de descanso. No le creía tan activo hasta no estar a su lado. Salíamos casi todos los días, y me llevaba a sitios que ni sabía que existían (en mi propia ciudad). El tema de Ángel no surgió, pero no hizo falta, porque en nuestros momentos íntimos, había cierto reparo por apasionarse demasiado. Yo sabía que él se preguntaba si yo pensaría en Ángel. Y yo no quería que se me notara que sí lo hacía. Pero, estaba tan bien con Dani, que el recuerdo de Ángel no era algo que me afectara demasiado.

Sugerí ir a la casa de la playa los dos juntos, pero él se negó, poniéndome mil excusas. No quise insistir, porque en el fondo estaba muy bien como estaba. Nos veíamos mucho para salir, pero sólo alguna noche dormíamos juntos. Eso nos hacía guardar las distancias, ante una relación tan poco definida como la que estábamos llevando. Muchas veces me planteé qué haría si Ángel volviera, pero... no creí que aquello fuera a pasar.


-¿Qué has pensado hacer con tu futuro? -preguntó Dani, una tarde en la que habíamos salido a pasear por una gran jardín de las afueras.

-No lo sé. Económicamente, ya lo tengo todo resuelto.

-Pero, ¿no piensas hacer nada? ¿No te gustaría llegar a ser algo?

-¿Algo? -pregunté.

-Bueno, yo trabajo en el Ayuntamiento, y no cobro demasiado, que digamos -dijo, soltando media sonrisilla resignada-, pero me gusta poder ayudar a la gente en lo que pueda. Y soy feliz allí.

-Ya. Sé a qué te refieres. A mí también me gustaría ser muchas cosas. El caso es que no me decido por nada en concreto.

-¿Qué tienes en mente?

-Bueno... Cuando era pequeño, mi madre se hartaba de oírme decir que yo iba a ser un gran inventor.

-No está mal -contestó, sonriéndome-, ¿y qué fue de esa vocación?

-Un día mi padre nos compró un ordenador. Y, mientras mis amigos venían y jugaban con él, yo me preguntaba cómo estaban hechos aquellos juegos. Y me decidí por ser informático.

-¿Y qué te freno con eso?

-Oh, nada. Aún me gustaría. Pero es que...

-Apareció otra cosa -dijo Dani.

-Si. En el cole, nos mandaban escribir historias. Y descubrí lo mucho que me gustaba escribir, y lo que los demás flipaban con mis cuentos. Por lo que pensé que quizás mi futuro era ser un gran escritor.

-¿Pero...?

-Pero me gustaba tanto soñar mientras escuchaba música, imaginándome a mí mismo en un gran escenario ante miles de personas, cantando y bailando... que me dio por ser una gran estrella de la música.

-Eres un soñador, José.

-Lo sé -contesté, mirándole. Nos sentamos a tomar algo en una terraza. Hacia sol, y se estaba bien.

-Así que no eres constante. ¿Te cansas de todo con la misma facilidad?

-Depende.

-¿Te cansarás algún día de estar así conmigo? -preguntó, sorprendiéndome. Le miré seriamente. Parecía no haber sido una pregunta espontánea.

-Todavía quiero inventar. Aún soy bueno con el ordenador. Mis pensamientos siguen acabando en un papel. Y nunca he dejado de soñar con la música. Esas aspiraciones no pasaron de largo por mi vida. Todas se quedaron, y, a mi manera, las estoy haciendo realidad. Otro de mis sueños, descubierto en mi pubertad, era poder tener a mi lado a un hombre que me quisiera. Dime tú si vas a pasar de largo por mi lado o si te quedarás conmigo, y entonces te diré si algún día voy a dejarte atrás.

-No voy a alejarme de ti. Sólo lo haría si tuviera que hacerlo -dijo, instantes después de mi breve pero inspirado discurso.


-José, te llaman por teléfono.

-¿Quién es? -pregunté a Dani, mientras él subía la persiana del balcón, dejando que el cielo azul y el aire del mar me espabilasen.

-Tu amigo Vicente. Levanta, que parece tener prisa -dijo.

Bajé por las ya no tan nuevas escaleras de mi casa de la playa, y fui hasta el teléfono, entre bostezos y estiramientos exagerados. La noche anterior nos habíamos acostado tarde, después de una juerga.

-¿Sí? -pregunté.

-Hay que ver qué voz de sueño. Soy yo, José -dijo Vicente.

-¡Hola! ¿Cómo estás?

-Dímelo tú, ¡perdido! -exclamó-, ¿no pensabas llamarme nunca o qué?

-Va tío, no exageres. Te vi el sábado.

-¿Y qué día es hoy? -preguntó, fingiendo mosqueo.

-¿Sábado, otra vez?

-Bingo, chico. Una semana sin saber un carajo de ti. Y se supone que soy tu mejor amigo.

-Vaaaale, me he despistado un poco...

-Da igual. Tú te lo has perdido.

-¿Qué me he perdido? -pregunté.

-El miércoles, yendo por el barrio gay, conocimos a unos chicos que estaban organizando una excursión de cinco días a la montaña, de acampada. Sólo para mariquitas locas.

-¿Cuándo es eso?

-¡Vaya! ¡Ahora ya no estás tan ocupado!

-Va, puta. Díme de qué va eso. Si mola, me apunto.

-Ese es el problema, nene. Que si ese tío no te conoce, no creo que le haga gracia que te acoples. -dijo.

-¿Y tú no me puedes...?

-¿...presentar? -interrumpió-, ¡pues claro! Para que veas lo que es un amigo, ¡mamón!

-Ay, gracias, tiene que ser cojonuda una fiesta así.

-Óscar no puede ir, así que le diré al tío ese que te vienes tú. Pero aparece, hijoputa.

-No te preocupes, chaval. Ya sabes, si hay fiesta, me lanzo con ballesta.

-A ver si es verdad. Ven esta tarde; hemos quedado todos los que vamos a ir para comprar provisiones.

-¿Se lo digo a Dani? -pregunté, justo cuando el tío entraba al salón. Vicente estuvo unos momentos en silencio, o más bien, carraspeando pero sin decir nada-. Está bien -dije-, déjalo.

Nos despedimos y colgué. Me dijo que la excursión iba a ser desde el lunes siguiente hasta el viernes. Y Daniel trabajaba, así que pensé que aunque se lo dijera no iba a venirse.

-¿Qué tal? -preguntó Dani.

-Oh, nada, que hay un camping de una semana y me ha preguntado si iba a ir.

-¿Y?

-¿Qué?

-Que si vas a ir...

-¡Oh!, ya... si. Le he dicho que iría -contesté, andando hacia la cocina y dejando a Dani a mis espaldas.

Me preparé el desayuno y me senté en la mesa de la cocina. Dani llegó y se sentó también. Cogió una manzana y se puso a mordisquearla. Él ya había desayunado; no importaba a la hora que se hubiera acostado el día anterior, siempre se levantaba temprano. La costumbre del trabajo. Me miraba en silencio, rotando la manzana con los dedos, y mordiéndola suavemente. Tenía un aire muy de chulo, haciendo eso. Parecía querer intimidarme. Yo en cambio ni me inmutaba. De vez en cuando le miraba, metiéndome suavemente una galleta en la boca, con gesto desafiante.

-¿Tienes equipo de acampada? -preguntó, súbitamente-, podría dejarte el mío...

-Hombre, me harías un favor.

-Ya. ¿Cuánto tiempo estarás fuera?

-Son cinco días; nos vamos este lunes.

-¿Pasado mañana? -preguntó, volviendo a su manzana.

-Sí -dije, y él mordió la manzana tan velozmente que, aparte de darme un buen susto, la dejó por la mitad. Masticó con una half-smile muy chulita.

-Esta tarde conoceré al resto de excursionistas.

-Ah, pero... ¿que no vas con tus amigos? -preguntó, cuando se tragó el peazo cacho de manzana que circulaba por su boca.

-Si, con ellos y algún que otro tío más.

-¿Entienden?

-Eso me ha dicho -contesté.

-¿Puedo ir contigo a conocerles? -preguntó, después de un rato.

-Claro que puedes. Y si no supiera que trabajas, te pediría que vinieras al camping conmigo.

-Si no, te mato -dijo, sonriéndome, y tirándose encima de mí-. Y hablando de matar, te voy a matar a polvos para que no te apetezca más en toda la semana -añadió.

Y lo cumplió. No recuerdo haberme corrido tantas veces seguidas en toda mi vida. Cuando me dejó en paz, ya ni me notaba el pito.


-Vamos, es la hora.

-Ya voy... dijo Dani, levantándose sin ganas de la cama. Yo acababa de ducharme, y ya me estaba vistiendo para salir a conocer a los que iban a ser mis compañeros de camping.

Un rato después, el necesario para que el perro de mi acompañante se vistiera, salimos en dirección a la casa de Vicente en mi moto. Me gusta ir en la moto, sobre todo si voy con alguien. Siempre me miro reflejado en los cristales de los coches cuando paro en algún semáforo, y veo la imagen de mi acompañante solapado a mi cuerpo por mi espalda. Sus piernas, abiertas, dejando el espacio justo para que mi trasero se incruste en ese pequeño ángulo tan íntimo... Sus muslos, pegados a los míos, y sus rodillas, siguiendo mis movimientos, son sensaciones que hacen que conducir se convierta en algo realmente excitante.

Vicente me estaba esperando apoyado en el capó de su coche. Sin esperar a que yo aparcara, se metió en su buga y me indicó que le siguiera. Le vi con prisas, así que no me paré a saludar (ni a explicar que Dani venía sólo de visita, no al camping).

Fui tras su vehículo, tal y como me indicó. Llegamos al barrio gay en un momento. Me gustó aparecer por allí con un tío pegado al culo. Esas cosas te dan categoría en un lugar como aquel. El reino del cotilleo.

Dejamos nuestras respectivas máquinas a la sombra y sin mediar palabra, Vicente, Dani y yo caminamos hacia donde sólo el primero sabía. Lugar que resultó ser una planta baja ocupada por nada que no fueran trastos.

-Hola -dijo Vicente a los dos tíos que allí habían. Luego me miró y me regaló la estela del saludo que aún le salía por la boca. Le noté algo seco al chico. Pensé que podría ser por Dani, pero consideré la posibilidad de que me veía como un amigo de conveniencia. Tendría que haberle llamado más a menudo, pero es que... estaba ocupado. Uno tiene sus cosillas por ahí, ¡qué carajo! En fin, que los dos chicos se levantaron, sin quitarme la vista de encima. Yo, perplejo, miré detrás de mí, para comprobar que efectivamente no había un gorila detrás, y que era a mí a quién miraban. Dani estaba a mi lado, mirando al techo. Me decepcionó que un tío tan lanzado no hiciera nada por romper el hielo, aunque el sentimiento de acoplamiento que seguramente tendría no ayudaba.

-¿Quién de esos es tu amigo? -preguntó uno de los dos chicos, dirigiéndose a Vicente. Éste me señaló, muy poco sutilmente, dejando a mi compañero un poco bastante al margen del cuadro. Pero lo arregló comentando que Dani era mi pareja (explicación no del todo exacta, por cierto). Yo preferí no decir nada; simplemente levanté la mano en señal de salutación a lo reina de Inglaterra.

-Bueno, estos son Roberto y David -dijo Vicente. Los dos se me acercaron para darme la mano.

-Yo soy José -dije, e inmediatamente me giré hacia Dani y lo presenté. Le dieron la mano a él también. Me pareció que Vicente estaba siendo un poco capullo aquella tarde. Aún estaba a tiempo de mandarle a la mierda y pasar la semana en compañía de gente menos borde.

Según pude observar, aquellos chicos eran pareja, y eran amigos del que había planeado el camping. Vicente les había conocido aquella mañana. Pronto llegaron dos chicos más, Sergio y Luis, muy guapos ellos. En realidad, todos estaban potables. En ese aspecto iba a pasarlo bien... . Dani estuvo pegado a mí todo el rato, aunque su espíritu lanzado le ayudó a entablar conversación con aquellos chicos. Yo en cambio permanecía a la escucha, sin decir apenas nada. Miraba a los tíos, que examinaban folletos, mapas, catálogos de camping, etc.

Finalmente llegó el cabecilla de la operación, un tal Iván. Si los tíos que habían ido llegando eran monos, este ya era una pasada. Tenía un cuerpo tentador, el nene. Alto, proporcionado, moreno y de ojos profundos. Sus hombros, sus brazos, su espalda... marcados con perfecta armonía, resultaban imponentes a pesar de que no fueran enormes, sino bien definidos. Además, su camisa de tirantes blanca y ceñida contribuía a que resaltasen tales formas. Su cuello, fuerte y sensual, era la unión ideal para un cuerpo tan masculino con una cara tan sensual. Su blanca sonrisa brillaba en el interior de unos carnosos labios, rodeados a su vez de piel tersa y morena que cubría su pequeña nariz y que daba paso a dos grandes ojos verdes. Su pelo, corto y moreno, que apuntaba hacia arriba en miles de direcciones, le daba un aire juguetón al conjunto. Y, lo que más me llamó la atención: que a pesar de estar tan bueno, tenía un aire de despreocupación por su físico sorprendente. Se ve cuando alguien se lo tiene creído, y aquel chico no era el caso.

-¡Hola! -dijo, tan graciosamente que pude entender por qué había sido él el que organizó la fiesta. Tenía un poco de pluma, el chico, aunque eso ayudaba a restarle apariencia de machirulo. Los demás le saludaron, parecían ser todos amigos desde mucho tiempo atrás. Era evidente, pues mientras ellos estaban juntos, Vicente, Dani y yo parecíamos extraños en aquel lugar. Iván vino hacia nosotros directamente, con la misma sonrisa con la que había entrado. Parecía llevarla puesta todo el día.

-Soy Iván -me dijo, tendiéndome la mano. No pude evitar mostrar que me hacia gracia su desparpajo, y a él pareció gustarle que le sonriera como lo hice. Luego saludó a Dani exactamente igual que a mí -Vais a venir, ¿no? -preguntó.

-Si, voy a ir -dije.

-¿Y tú? -preguntó a Dani.

-No, yo no puedo. Tengo que ir a trabajar.

-¿Qué me dices? Pues no sabes lo que te pierdes; vamos a un sitio en el que hay un río, un bosque y mucha montaña pa patear -dijo Iván. A él parecía no molestarle que se apuntara gente, tal y como me había dicho Vicente que pasaría. Más bien creo que le gustaría que hubieran ido más chicos.

Nos gastó un par de bromas, y comenzó a revolotear por allí, diciendo que había que ir aquí y allá, a comprar esto y lo otro. Estaba ilusionado con la excursión, y estaba claro que pensaba pasarlo de puta madre allí.

Tras hacer una lista de las cosas que había que comprar y calcular el precio aproximado, salimos del lugar y nos dirigimos hacia el establecimiento más cercano. Compramos provisiones para toda la semana. Repartimos los gastos y, tras empaquetarlo todo, cada uno se fue a comprar lo que le fuera a hacer falta. Yo me compré un Walkman, pilas, una linterna, loción para picaduras de mosquito, condones (si, ¡qué pasa!, nunca se sabe...), champú, gel, un gorro y un botiquín.

Como todos estaban ansiosos por salir, quedamos en salir al día siguiente, domingo, en lugar del lunes, como estaba previsto en un principio. Nos despedimos y me fui con Dani, dejando allí a los chicos y a Vicente, que parecía muy entretenido con el bombón de Iván. Me pregunté como su novio no le había puesto ninguna pega a irse de excursión a un monte perdido con aquel peazo tío. Pero supongo que tantos años juntos dan confianza. En cambio, Dani no parecía muy contento con la idea de que yo me fuera toda una semana con unos chicos tan "simpáticos". Sobre todo porque yo no fui el único que compró condones...


Ya en casa, preparé la ropa que iba a llevarme. Dani me ofreció su equipo de acampada, tal y como había dicho. Lo recogimos la mañana del domingo. Luego fuimos a comer un bocadillo a la playa.

-¿Qué vas a hacer esta semana? -pregunté a Dani, tumbado sobre la arena y mirando hacia el cielo. Él estaba a mi lado.

-Trabajar, supongo. Y aprovecharé para visitar a mis amigos.

-Haré muchas fotos.

-¿Al paisaje, o a los paisajes? -preguntó, con sorna, refiriéndose a los tíos con aquella metáfora tan sutil.

-A todo, claro.

-Ya me las enseñarás.

-Claro - dije. Se hizo el silencio. Le acaricié el pelo, y el me miró indiferente -¿Te molesta que me vaya? -pregunté al fin.

-No, claro que no. No eres nada mío.

-Vaya. Yo creía que sí.

-Nunca me lo has dicho.

-Entonces, ¿qué ha sido para ti todo esto? -pregunté.

-No lo sé.

-Entonces, ¿cuál es tu idea de nosotros?

-Mi idea es que tú estás arriba, y yo abajo, colgando de ti con un fino hilo.

-¿Por qué dices eso? -pregunté yo.

-¿Por qué estás conmigo? -preguntó él. No supe qué decir. Era cierto que yo le consideraba alguien importante, pero... no le quería. Simplemente estaba a gusto con él.

-Porque me haces sentirme bien. Eso es lo que cuenta, ¿no?

-Esperaba un te quiero. Porque cualquiera puede hacer que te sientas bien.

-Pero tú me salvaste cuando me estaba hundiendo. Tú estuviste a mi lado cuando necesité ayuda. Tú me devolviste la vida.

-Tu vida no la tengo yo. La tiene alguien que...

-No sigas -interrumpí. Sabía lo que iba a decir. Sabía que Ángel iba a aparecer en la conversación. Me sentó muy mal, y noté como un sentimiento de rabia crecía en mi estómago. Me dio hasta angustia. Me levanté, para no soltarle una bestialidad, y fui detrás de unas dunas con la excusa de mear. Conforme me alejaba de Dani me sentía más y más mal. Las lágrimas me saltaban, y finalmente vomité todo lo que había comido y me puse a llorar, dándome cuenta de que lo de Ángel no había desaparecido, sino que sólo se había mantenido oculto en mí. Y al pensar de nuevo en él todo salió al exterior y me sacudió. Daniel tenía razón. No estaba con él por otra cosa que no fuera olvidar a Ángel. Pero no había querido reconocerlo, no podía. Y antes de volver a donde Dani estaba, di media vuelta y me alejé corriendo de allí.

La excursión.

En el autobús había mucha gente. Habíamos dejado las mochilas y el equipo en el maletero y nos sentamos todos juntos, en parejas, excepto yo (éramos 7: impar) . Vicente se sentó con Iván a mi derecha, la parejita junta tras de mí , y los otros dos, Sergio y Luis, delante. Yo estaba sólo con un asiento libre a mi derecha, en el que tenía una bolsa con cintas de música y bebida. Me puse el walkman y pasé de todos. Quizá no era bueno automarginarme, pero no me apetecían las relaciones sociales después de haber estado llorando toda la tarde. Me puse música salvaje a toda hostia e intenté dormir. Iba a ser un viaje largo.

Al rato, sentí que alguien me quitaba un auricular del oído. Olía a colonia de tío. Abrí los ojos, lentamente, y vi a Iván arrodillado a mi lado, poniéndose la música en la oreja, con cara de concentración.

-Mola. ¿Quiénes son? -preguntó.

-Garbage.

-¡Eh! ¿Te gustan? -exclamó-, ¿es el último disco?

-Si, actualmente es mi grupo favorito -contesté.

-¿Puedo sentarme contigo? -preguntó. Como Vicente se había dormido, al parecer el nene se aburría.

-Claro -dije, y aparté los trastos del asiento de al lado. Iván se acomodó, sonriente como siempre, y se acopló el auricular en la oreja. La música continuó sonando para los dos.

-Me encanta el grupo.

-Si, a mí también. Aunque una de sus canciones, Queer, según como se interprete, resulta un tanto ofensiva para nosotros.

-Bueno, tú lo has dicho. Según como la interpretes. Todo depende de cómo se mire.

-Feliz manera de pensar -dije.

-Ya. Aunque no te creas, no siempre es fácil filtrarlo todo por tu propia visión del mundo.

-Oye, no te ofendas, pero, la última vez que tuve una conversación de este tipo fue con un tío que me emborrachó y me llevó a un cuarto oscuro -expliqué. Él puso cara de sorpresa, sin perder su característica sonrisa.

-Vaya... -susurró-, pues no temas. Si llego a querer algo de ti, te lo diré de otra forma.

-Perdona... -dije-, no he querido decir que fueras a intentar nada.

-Oh, no, es mejor que lo hayas dicho. Las cosas claras desde un principio.

Y con esto, empezamos a hablar y el viaje se amenizó muchísimo. Tenía una labia impresionante el tío, y además, se podía hablar de cualquier cosa con él. A todo le sacaba jugo. Acabamos hablando de cómo empezó cada uno en el tema.

-Tú primero -dijo él.

-Pues mira, tío. Yo lo he sabido siempre, de hecho empecé a practicar muy joven. Pero no lo he aceptado plenamente hasta hace nada. Salía con chicas, iba con machitos, ya sabes. Hasta que un día, por casualidad, conocí a Vicente, y todo cambió. Me presentó a su pareja, Óscar, que no está aquí, y luego a unos amigos suyos. El siguiente paso fue andar por el ambiente. Y empezar a conocer a tíos.

-¿Ibas de ligón? -preguntó.

-¡No, qué va! Todo lo contrario.... vale, admito que a veces miraba a alguien más de la cuenta. Pero como yo no bailo, en las discotecas me limitaba a estar al lado de mis amigos en plan pasmarote. Donde ligué fue por la calle, o en alguna cafetería de por allí. Sin embargo, cuando realmente empecé a vivir las relaciones gays fue cuando Vicente me sugirió que escribiera a los contactos de las revistas.

-¿Los contactos? Yo también he escrito mucho.

-Yo no demasiado. Puse un anuncio, y, el primer chico que me escribió fue con el que me quedé.

-¿Qué ha sido de él? -preguntó. Bajé la vista y no supe que contestar. Ni yo mismo lo sabía-. Está bien está bien... olvida la pregunta -dijo.

-No pasa nada. Es sólo que le he perdido por una tontería.

-¿Y no escribió nadie más?

-Si, unos diez más. Pero aún no he abierto ninguna de esas cartas.

-Imagina que una de ellas es mía -dijo.

-Puede ser.

-¿Qué decías en tu anuncio?

-Nada, lo típico: "Chico de 20 años, alto, deportista, sano y sin pluma busca chico similar para bla, bla bla...."

-¡No jodas! -exclamó.

-¿Qué pasa, te suena?

-Pues la verdad es que sí -dijo, rascándose la barbilla-. ¿En qué revista fue?

-Una cartelera pequeña, se llama "TV y Cine".

-¿No recordarás qué dibujo sale en la portada, verdad? -preguntó.

-Creo que el cartel de una película de dinosaurios.

-Ya sé cuál. Dibujo rojo sobre fondo negro.

-¡Si! -exclamé.

-Ese es el único número de "TV y Cine" que he comprado. Definitivamente, creo que fue a ti a quién escribí -dijo. Miró hacia la ventana, y yo hacia el techo. ¿Me estaría camelando? Aunque de todas formas, me daba igual que hubiera escrito.

Apoyé mi cabeza en el asiento y cerré los ojos. La última canción de la cinta empezó a sonar. Era una canción lenta (en comparación al resto), y por el título parecía ser una balada. Iván me cogió la mano y dijo: "Me encanta esta canción". Le miré, y, cuando me sonrió, volví a cerrar los ojos lentamente, devolviéndole discretamente la sonrisa.


Eran las tres de la madrugada cuando el autobús paró a hacer un descanso. Me desperté por el frenazo del vehículo. Mi mano aún estaba dentro de la de Iván. Él estaba despierto, mirando por la ventana. Había otra cinta sonando en el Walkman.

-Tienes buen gusto -dijo, al darse cuenta de que me había despertado-, me gustan todas tus cintas.

-Gracias -dije, y miré a Vicente. Éste me sonrió y señaló mi mano, cogida por Iván. Le saqué la lengua y me levanté. Iván se quitó el auricular de la oreja y me lo puso, suavemente.

-¿Vas a tomar algo? -preguntó después.

-No tengo hambre, pero un café no estaría mal.

-Te acompaño -dijo.

-¿Vienes, Vicente? -pregunté.

-Si, ahora voy.

-Te espero en la cafetería.

Salimos del autobús. Hacía fresco, pero era una bonita noche. Ya estábamos muy alejados de cualquier ciudad, y el cielo estaba despejado. Las estrellas, incluso la vía láctea, podían verse con claridad. Iván bajó del autobús bostezando poco disimuladamente.

-¿A dónde? -preguntó.

-A la cafetería -dije-, Vicente irá ahora.

-¿Entonces, es amigo tuyo desde hace mucho?

-Si, hace bastante -dije, andando hacia la cafetería.

-Por cierto, me da la impresión de que tener pareja no es un impedimento para él...

-¿Ha intentado ligar contigo? -pregunté, riéndome. Este Vicente...

-Pues sí.

-Me lo imagino.

-¿Lo ha intentado alguna vez contigo? -preguntó.

-Cotilla.

-Va, dímelo -dijo, poniendo cara de cordero degollao.

-Si se lo preguntas a él, te dirá que no. Sólo te digo eso.

-O sea, que le diste calabazas -contestó, pero Vicente apareció por detrás y la conversación se quedó ahí.

-¿Qué tal el viaje? -preguntó el recién llegado.

-De momento, va bien. Pero aún queda un rato -dijo Iván, sonriéndome.

-Yo tengo un sueño que me caigo -comentó Vicente.

Nos sentamos en una mesa para cuatro. Vicente e Iván se sentaron uno al lado del otro, frente a mí. No porque ellos se hubieran dispuesto así, sino porque yo esperé a que se colocaran para sentarme. No tenía ganas de estar sentado, así que me tomé rápidamente el café que pedí y me levanté.

-Ya he estado sentado mucho rato, y aún queda. Voy a estirar las piernas. Ninguno de los dos dijo de acompañarme, porque, si uno lo decía, el otro o se sentía un acoplado o se quedaba allí sólo. Salí de la cafetería, y di una vuelta por allí.

Anduve hasta un pequeño jardín que había detrás de la cafetería. Eché un vistazo por la zona. Habían otros autobuses allí aparcados. Chicos y chicas de mi edad revoloteaban felices por allí. Algunas parejitas se desmarcaban del grupo y se besaban apasionadamente. Me pregunté qué hubiera sido de mí si hubiera salido con una chica. Podría haber sido feliz por fuera. Quiero decir, de cara a todos. La familia me daría la enhorabuena, los machirulos me chocarían sus cinco, mis amigos me envidiarían... Y podría meterle la mano a mi novia por el bolsillo trasero del pantalón mientras fuéramos por la calle, podría darle un beso en cada portal, cada esquina... Y todo el mundo me diría "eres un tío con suerte". Me aconsejarían sobre lo que podría o no hacer si discutiera con mi chica, no entrarían en una habitación en la que estuviéramos ella y yo a solas, no se metería nadie en nuestras discusiones... Pero al ser chico y chico todos estos privilegios no existen. Nada de besos en público, nada de mimos, y, por supuesto, falta total de intimidad. Nadie sabría nada, y de saberlo, los comentarios pasarían de ser "felicidades, tío" a "no pasa nada, cada uno hace lo que quiere con su vida" (en el mejor de los casos). La pena frente a la alegría. Lo oculto en desventaja. Amor entre cuatro paredes. Levanta la vista mientras besas a tu novio, chico. No vayan a verte. Asómate de vez en cuando por la puerta. No vaya a venir alguien por el pasillo, y no te des cuenta a tiempo de empujar a tu chico para empezar a disimular que hablabais de cualquier cosa. Sécate esa saliva que te queda alrededor de los labios. No mires a tu pareja asustado, ni siquiera cómplice. No te arregles el pelo. Y, sobre todo... sé fuerte. Porque esto es lo que hay. No quiero tolerancia, porque no hay nada que tolerar: el amor es un derecho para todos. Y el amor, que yo sepa, no es sinónimo de heterosexualidad. No quiero comprensión, porque lo único que hay que hacer para entender el amor es estar vivo.

Después de tener pensamientos tan filosóficos, volví al café. Vicente e Iván estaban pagando la cuenta. Los otros chicos estaban por allí; ya se estaban preparando para volver al bus. Vicente se me acercó, y me dijo que Iván le había estado preguntando cosas sobre mí. Me sorprendió, pero pensé que quizá estaba exagerando. Tal y como se me había presentado Iván, me pareció la clase de chico que pregunta las cosas a la cara.

-¿Qué te ha preguntado?

-Me ha preguntado qué paso con tu novio -contestó Vicente.

-Si, es que me lo ha preguntado y no he podido contestarle -dije.

-Calla, aquí viene -murmuró.

-¡Hola! -exclamó Iván como si no me hubiera visto en un mes.

-¿Que tal el café? -pregunté.

-Interesante -respondió Iván.

-El autobús va a salir -dijo uno de los amigos de Iván.

Fuimos al bus y nos sentamos. Iván volvió a sentarse a mi lado. Vicente se quedó un poco cortado, porque creía que iría a sentarse con él. Yo le miré con cara de fingida sorpresa, y luego giré la cabeza hacia Iván, que se estaba poniendo otra vez el auricular en la oreja. Se puso a rebuscar entre mis cintas.

-Antes he visto una que buscaba desde hacía mucho... Me gusta tu estilo.

-Mi estilo musical, claro.

-Se puede saber cómo es alguien por la música que escucha.

-¡Hombre!, eso me interesa -exclamé sonriente (e incrédulo).

-Es verdad. Alguien que escucha pop no es igual que una persona a la que le va el country, tío. De igual forma que un bacalaero nunca se parecerá a un forofo de las baladas o la música clásica -explicó.

-Eso no es verdad, chaval -repliqué-, a mí me gusta un poco de todo. Me pongo bakalao para hacer gimnasia, escribo con baladas de fondo, estudio con música clásica y mi estilo favorito es el pop-rock.

-Eso es que vives la música. Pocas personas lo hacen; tú eres una excepción. Tengo un perfil de ti por lo que me acabas de decir.

-Sorpréndeme. Ni yo mismo sé como soy, así que me gustaría que me lo dijeras tú... -dije, provocando. El autobús arrancó. Iván me miró unos instantes. Eché en falta una sonrisa en su cara.

-Eres... como yo -respondió, finalmente. Le sonreí, y el hizo lo propio. Cerré los ojos y recliné la cabeza sobre el asiento. Noté la mano de Iván llevando mi cabeza hasta su hombro. No me resistí, y acomodé mi cabeza en su cuello. Él me pasó el brazo por encima de la espalda, rodeándome. Me pregunté qué cara estarían poniendo sus amigos, el resto de viajeros y, sobre todo, Vicente. Como estaba oscuro, no me preocupó que nos dijeran nada. Además, al que no le gustara, que no mirara. A la mierda la condena a las tinieblas.

Me dormí allí, entre los brazos de aquel chico que decía ser como yo. Estaba demasiado confuso como para pensar si aquello estaba bien o mal, así que simplemente me dejé llevar. Mi amor estaba con un desaparecido, mi cariño se había quedado con alguien de quien no me había despedido... así que lo único que podría sentir era deseo. Y en el deseo no hay nada prohibido, por lo tanto... no me hice ninguna clase de pregunta acerca de lo que pudiera pasar.


El lugar de acampada estaba algo alejado de donde el bus nos dejó. Cargados con los equipos y las mochilas, anduvimos casi veinte minutos antes de llegar al perímetro del camping.

-Aquí es donde quedamos en acampar. Estamos lo suficientemente cerca del camping central como para usar sus servicios, pero lo prudencialmente alejados como para hacer lo que queramos sin que nos molesten -dijo Iván.

Era una zona verde. Montamos las tiendas bajo un frondoso cúmulo de árboles. Habían senderos por todas partes, muchas variedades de plantas, vistas a grandes montañas... incluso había un río por allí cerca. Un lugar bonito y romántico, sin duda.



La tienda que Dani me había dejado era de dos plazas, así que podía ponerme cómodo yo solito allí dentro. Instalé mis cosas, y ayudé a montar los trastos comunes: el hornillo, las pequeñas bombonas de gas, etc...

Luego hicimos una expedición por los alrededores, para conocer la situación exacta de nuestro campamento respecto al camping principal y a los lugares de interés, como el río. Iván parecía un pastor de ovejas, con un peazo de palo en la mano. Claro que los pastores no llevan gorras Adidas ni zapatillas Nike. En fin, los 7 magníficos de excursión por el monte: Roberto, Sergio, Luis, David, Iván, Vicente y yo en plan cabra de la pradera. Fue divertido. Descubrí que los otros chicos también eran muy simpáticos, y me divertí mucho con sus bromas. Me reí tanto que hasta me dolía el estómago. Al volver de la excursión, ya tenía cuatro amiguitos más.

Me hubiera gustado no tener ninguna preocupación encima; hubiera disfrutado mucho más. Pero sobre mí pesaban los recuerdos de Dani. Y también de Ángel. Ver a la parejita (Roberto y David) me hacia sentir cierta envidia. Quise poder volver a vivir una relación normal, y sabía que antes tendría que ahuyentar a mis fantasmas personales, esos que se acostaban a mi lado cada noche y me despertaban cada mañana. Divertirme sólo era girarle la cara a los recuerdos, a la nostalgia. Pero siempre volvería a encontrarme mal cuando las risas se acababan. Me propuse no parar de reír, de soñar despierto, para no sentir.

-¿Qué vamos a hacer ahora? -pregunté en voz alta.

-Yo me he quedado con las ganas de darme un bañito -dijo Vicente- ¿A alguien le apetece? -preguntó mirándome.

-Bueno... -contesté, y al momento Iván se apuntó saltando por delante de mí, haciendo tonterías. Parecía un niño pequeño, con su gran sonrisa tatuada y sus gestos rápidos y alocados. Pero era gracioso y encantador, todo hay que decirlo. Si a mí me hubiera dado por imitarle, seguro que habrían pensado que estoy mal del cholo- ¿Nadie más viene? -pregunté. Los chicos dijeron que irían luego, así que, después de cambiarnos cada uno en nuestra tienda, salimos hacia el río.

Eso de ir precisamente los tres que fuimos fue emocionante. Por un lado Vicente, el chico con novio; por el otro Iván, el loco de la pradera. Y en medio, yo, el nene confundido. ¿Quién empezaría a tirar los trastos a alguien? Desde luego... yo no. O eso pretendía.

-Vamos a buscar un sitio elevado para tirarnos, ¿vale? -sugirió Iván, siempre tan re-que-te-feliz de la vida.

-Pos vale -contestamos, y bordeando el río encontramos el lugar perfecto. Consistía en un pasaje estrecho pero profundo del río sobre el cual yacía, a cierta altura, un enorme tronco que parecía haber sido puesto a posta allí como puente. Iván lo vio y corrió hacia él. Me pregunté si a ese loco le conocerían en los hospitales. Desde la mitad del tronco se puso a decir no sé qué cosas, pero por los saltos imaginé que pensaba usar el lugar para hacer más aún el cabra. Con una sonrisa en la boca por las monerías del chico, me acerqué, seguido de Vicente.

-Veo que te gusta -dije.

-Va, tírate -contestó.

-O sea, que quieres que pruebe yo si va a haber sangre, ¿es eso?

-Va, no seas mariquita -dijo, imitando a algún machirulo famoso.

-¿Lo tiramos? -preguntó Vicente. Yo me giré sonriéndole, pero vi que me estaba señalando a mí y que la pregunta iba dirigida a Iván. Entonces salí corriendo, pero Iván me agarró por detrás y Vicente pronto me tuvo cogido por los brazos también. Pataleé y supliqué, pero no me hacían caso.

-¡Venga, Vicente, quítale la ropa, que se moje todito! -exclamó Iván. Noté su empalme en mi culo, mientras me retorcía.

-¡No serás capaz! -grité, viendo que Vicente me desataba el cordón del bañador. Consiguió bajarme un poco la ropa, pero me retorcí tan fieramente que me los llevé a los dos conmigo al agua.

Caímos unos encima de otros, y conseguí soltarme de ellos buceando hacia abajo. Era un tramo realmente profundo. Las aguas estaban algo turbias, y conforme bajaba iba perdiendo visibilidad. Quise impulsarme en el fondo cuando lo encontré, pero, al propulsarme, me di cuenta de que el suelo no era muy sólido... Hundí los pies con el empujón y allí se quedaron. Me quedaba poco aire, y mientras luchaba por impulsarme, más enterraba los pies. No aguantaba más, y el aire se me escapaba. El miedo crecía en mí. Me revolví, empujé con las manos sobre el suelo, desesperado por liberarme, pero eso no hizo más que complicar las cosas, ya que mis manos quedaron bloqueadas. Empecé a tragar agua, y tras luchar y sufrir como nunca lo había hecho, sentí un brazo rodeándome la cintura y liberándome del fangoso fondo. Me subió hasta la superficie y cargó conmigo hasta la orilla. Antes de que se me cerraran los ojos vi la cara de Iván muy de cerca. Luego perdí el conocimiento.


-Ya despierta.

-¿Estás bien?

-Ha tragado mucha agua...

Abrí los ojos. Estaba en el campamento, cubierto por yo diría que cientos de cazadoras y mantas. Iván estaba arrodillado a mi lado, presionando ligeramente mi cuello; supongo que para comprobar mi pulso. Me incorporé. Vicente estaba de pie, tras de mí. El resto estaban sentados a mi alrededor, mirándome seriamente.

-Nos has dado un buen susto, cabroncete -dijo Iván, esta vez sin su sonrisa.

-Lo siento... -murmuré. Nadie hablaba. Parecía que en vez de haber despertado me hubieran visto morir, a juzgar de sus secas y severas jetas-. ¿Qué ha pasado? -pregunté luego, como si no recordara que casi me quedo en el río.

-Pues que si no llego a ver tu difusa figura peleándose con el fondo del río, allí te hubieras quedado... -dijo Iván, todavía serio.

-Parecías un muerto cuando te ha sacado, José -dijo Vicente, aparentemente afectado por el incidente.

-Tienes suerte de que te hemos sacado el océano que te has tragado, y no sabemos ni cómo lo hemos hecho -añadió Roberto-, lo que me recuerda que nadie de aquí tiene ni zorra sobre primeros auxilios. Si vuelve a pasar algo, sólo la suerte podrá ayudarnos.

Me levanté, apartando todo lo que me habían puesto encima. Tenía un amargo sabor de boca. Vi, cerca de mí, un vómito. Supuse que era mío. El grupo se disolvió. Vicente se acercó y me abrazó.

-Como me vuelvas a asustar así, tendrás que morirte, porque si no te mataré yo mismo, ¿me oyes? -dijo, apretándome contra él. Iván estaba entrando en su tienda de campaña, y, antes de cerrar la cremallera, nos miró unos instantes.


La cena estuvo a cargo de David, que se descubrió como un as de las artes culinarias. Era un chico discreto (al menos si lo comparamos con Iván), y sólo en sus esporádicas sonrisas asomaba lo que parecía ser su auténtica personalidad. Sus ojos oscuros, pelo rapado y constitución fuerte entonaban perfectamente con su vestuario. Ropa sencilla, como los vaqueros que llevaba puestos, o sus camisas a cuadros, desabrochadas, dejando entrever alguna camisa de algodón en colores oscuros. Su novio Roberto, por el contrario, era más sofisticado en ese aspecto. Ropa de marca, camisas de tirantes, prendas ceñidas, botas de montaña... Aunque la expresión de sus caras era muy parecida. Hacían buena pareja. Era bonito verlos cogidos de la mano o besándose. Lo cual me hacía desear con más fuerza el poder volver a lo que fue mi vida en pareja.

La cena consistía en unos pinchos morunos ligeramente picantes, tortilla de patata y ensalada de zanahorias. Decidimos que David se libraba de hacer otras faenas si él se ocupaba de cocinar, cosa que él aceptó rápidamente. "Es más divertido ensuciar que fregar", dijo. Roberto le cogió cariñosamente del pelo y le acercó hasta él para besarle. Me quedé mirándoles, y entonces me di cuenta de que Iván me estaba observando a la vez a mí.

Después de recoger la cena y lavar los trastos, Iván me dijo que quería hablar conmigo a solas. Y no lo anunció muy disimuladamente, sino todo lo contrario. Lo dijo bien alto, lo que provocó que nos silbaran todos. Vicente no silbó, pero me miró con media sonrisa.

-¡¿Qué passa?! -exclamó, sonriente. Entre bromas y propaganda de condones, nos alejamos del campamento con sendas linternas.

-¿Qué quieres? -pregunté después de andar un buen rato.

-Eso digo yo, ¿qué quieres?

-¿A qué te refieres?

-No paras de mirar a David -dijo-, Roberto me lo ha dicho antes. No le he hecho caso, pero te he pillado in fraganti varias veces en la cena.

-Vaya... se habrá mosqueado. No me he dado cuenta de que le miraba tan atentamente.

-¿Te pasa algo, José?

-No. Es sólo que verles tan enamorados me hace recordar.

-A eso me refería. No sé qué ha sido de tu vida sentimental, pero no has de torturarte recordando.

-¿A, no? ¿Que me sugieres? -pregunté. Él se interpuso en mi camino, me abrazó y me besó en los labios. La linterna cayó de mis manos. Nos apartamos, y sentí que alejarme de él era como correr desde un oasis hacia el desierto. Me agaché a recoger mi linterna, que estaba encendida sobre la hierba. Le apunté a la cara con ella cuando la tuve en la mano-. Me gustas más cuando sonríes -dije. Él sonrió-. Oye, no estamos aquí para hablar de si yo miraba a David o no, ¿verdad? -añadí.

-No -contestó él, acercándose a mí.

-Pues creo que entonces deberíamos hablar del tiempo -dije yo, dando un paso atrás. Él se paró en seco. La luna llena empezaba a asomar desde detrás de las montañas. Seguí caminando, pasando por su lado y poniéndome delante de él, que comenzó a andar cuando quedó atrás. No quise que mi negativa resultara violenta, ni que su actitud de simpatía hacia mí cambiara. Pero la situación era de lo más embarazosa. Andamos sin decirnos nada. Yo guiaba. No sabía dónde iba, aunque eso ya era algo frecuente en mí. Desde lo de Ángel, siempre perdido. En todos los aspectos.

Caminamos y caminamos... y al llegar al río, de pronto, vimos una silueta moverse rápidamente. Él me cogió y me tiró al suelo junto con él.

-No hagas ruido. Puede ser un animal peligroso.

-No digas tonterías... ¿Qué hace un animal ahí agitándose de esa forma?

-Quizá se esté comiendo a otro animal -dijo, asustado.

-Vamos a ver qué es -dije-, si es un animal, habrá que avisar a los chicos.

-¿Y qué se te ocurre para verlo? ¿Le apuntas con la linterna y gritas "arriba las zarpas"?

-No, hombre... no seas burro. Vamos por detrás de los arbustos y lo vemos.

-Oye, tío, déjalo. Ni loco me acerco.

-Pues quédate aquí en silencio -dije-, y sin darle tiempo a detenerme corrí hacia un lugar desde el que pudiera ver bien qué era aquello. Yo también tenía miedo, pero algo me hacía querer correr aquel peligro. Me oculté entre las hierbas y los arbustos, y, cuando los ojos se me acostumbraron a la poca luz que ofrecía media luna, pude distinguir un brazo agitándose en el aire. Además, escuché sonidos que parecían humanos. Me acerqué a toda prisa, y cuando apunté con la linterna vi que eran Roberto y David, desnudos, haciendo el amor. Gritaron asustados al verme; yo al verle de pronto y encima gritando, solté un alarido de acojonamiento, y, para rematar apareció Iván, convertido de repente en super-héroe, vociferando "¡Ya vooooy!". En resumen, que se abalanzó sobre mí para protegerme, y ambos caímos encima de la parejita. Y los cuatro rodamos juntitos por la ladera del río, cayendo finalmente al congelado caudal del río.


En el campamento se partían de risa. Vicente no paraba de correr por todos lados gritando "¡Un león, un león!". Pues él parecía una jodía hiena, el cabrón. Luis y Sergio se tiraban por los suelos riéndose. Roberto y David acabaron riendo también, aunque le pegaron unos cuántos capones a Iván por contar con tanto detalle lo que había pasado. Al menos quedó claro que nos los encontramos por casualidad. "Un animal comiéndose a otro", bromeaban, ya que en cierto modo si era así. Por cierto, los dos tenían un bonito culo y una considerable dotación...

Volví a cambiarme, y con la risa me sentí de pronto preparado para lo que había rechazado de Iván un rato antes. Le miré fijamente, y cuando pareció comprender lo que pasaba por mi mente, me metí en mi tienda de campaña, sin cerrar la cremallera. Al parecer, no sólo él se dio cuenta, porque de pronto cesaron las risas, comenzaron de nuevo los silbidos y se escucharon comentarios tipo "más animales hambrientos hay por aquí"...

Mi corazón latía con fuerza cuando él entró en la tienda, cerrando la cremallera cuando estuvo dentro. Luego me miró y puso su mano en mi pierna, mirándome directamente a los ojos. Sonreía, sí, pero de forma distinta a como lo hacía habitualmente. De pronto parecía haber crecido. Tenía a un hombre deslizándome su mano pierna arriba. A cuatro patas, avanzó lentamente hacia mí. Sin abandonar su escalada por mis piernas, exploró con su otra mano lo que escondía mi camisa. Yo respondí acariciándole el pelo, y atraje su cabeza hacia mi ombligo. Él lo rodeó lentamente con la lengua, antes de seguir subiéndome la camisa, besándome el pecho, los pezones. Le apreté contra mí y su cuerpo se posó sobre mí, dando paso a un profundo abrazo y a un beso que bien parecía el primero que había dado en mi vida. Quise que fuera una experiencia dulce, suave, lenta..., pero no podía evitar dejarme llevar por el fuerte deseo que crecía en mí. Nos quitamos la ropa y volvimos a abrazarnos. Hundí mi cabeza en su cuello, y le volteé para tenerle debajo de mí. Le deseaba, y, a juzgar por su perdida mirada, que me atravesaba de parte a parte cuando sus ojos me enfocaban, el sentimiento era mutuo. Le mordí el cuello, los labios, mientras él apretaba mis nalgas contra su miembro. Nos besamos de nuevo, cada vez con más fuerza, con más pasión. Nuestras lenguas penetraban hasta lo más profundo de la boca del otro, chocándose, entrelazándose. La saliva mojaba nuestros labios y cuellos. Él me cogió y me sentó. Luego se sentó encima de mí, haciendo que mi miembro entrara en él. Me rodeó con sus piernas y me abrazó fuertemente. Comenzó a moverse salvajemente, mientras nuestras lenguas luchaban por encontrarse en el aire, confundidas por las violentas sacudidas. Mientras yo le penetraba él se frotaba contra mi abdomen, y di gracias por tenerlo liso y suave.... Sentí el calor del orgasmo, y le abracé más y más fuerte, ayudándole en sus movimientos. Algo húmedo y caliente se esparció por mi ombligo al ritmo de sus jadeos, justo un instante antes de que yo le llenara con mi reservado elemento. No quise dejar de abrazarle, deseaba tener aquel calor toda la noche. Nos abrazamos, y, desnudos, nos metimos en el saco de dormir. Nos besamos durante horas, hasta que, agotados, nos dormimos.

Por la mañana hubo de todo. Bromas, susurros, indirectas, miradas... sobre por parte del buen Vicente. Me daba igual, no iba a sentirme culpable. Desayunamos todos juntos, y planeamos lo que íbamos a hacer. Habíamos visto ya los alrededores, y la duda estaba entre ir a subir por alguna montaña o visitar el camping central. Ni a Vicente ni a Iván les hacía excesiva ilusión ir de escalada por la mañana. A mí me daba completamente igual mañana o tarde, así que dejamos la escalada para después de la siesta.

-Ayer ya dejamos esto sin vigilancia al irnos de excursión -dijo David-. Podríamos ir por turnos para evitar sorpresas.

-Es una buena idea -contestó Vicente- Yo me quedo aquí, iros los demás.

-¿Estás seguro? -pregunté. No lo decía muy contento.

-Si. Tranquilo, José.

-Está bien, vayámonos...

Sorpresa.

El aire era cálido, pero no excesivamente. El verano estaba siendo suave, y era de agradecer. Por el camino miré los árboles, los pajarillos y las ardillas que salían a nuestro paso. Iván me seguía por detrás sin decir nada. Porque, realmente, tampoco había nada que decir. El follaje desde lo alto debía verse como una camisa estampada; por unas partes espeso, y por otras apenas habían cuatro hojas. Hubo una discusión sobre un ave lejana era un halcón, un águila u otra cosa parecida.

Llegamos al camping vallado. La puerta de entrada tenía una barrera para coches, que parecía no haberse abierto en mucho tiempo a juzgar por lo vieja que era. Además, debajo de ella habían crecido plantas de poca altura. Se oía una multitud lejana, que se confundía con los sonidos que emitían las diversas especies de pájaros de la zona. Nadie salió a recibirnos. El día antes no habíamos llegado a entrar; nos limitamos a ver dónde estaba y marcarlo en nuestro mapa de "zonas de interés".

-Parece que la atención al cliente es algo pobre... -comentó Iván.

-Si, ahora ya casi sólo te atienden por le teléfono. Se lleva eso de no dar la cara -contesté.

-Da igual -dijo Roberto-, no hemos venido a apuntarnos, así que no tenemos que pagar nada a nadie. Por tanto, no hace falta que nos atiendan. Preguntaremos a los campistas dónde están las cosas que buscamos.

-¿Y qué buscamos? -pregunté.

-Hombre, habrá piscina, bares y esas cosas...

-Suena bien.

Andamos hacia el lugar de dónde provenían las voces humanas, hasta llegar a un lugar en el que cientos de tiendas de campaña se apiñaban formando lo que parecían ser intentos de líneas rectas paralelas. Interesante. Más hacia el fondo podían verse caravanas con coches.

-Debe haber otra puerta por otra parte -pensé en voz alta.

-Si, la verdad es que la entrada que hemos pasado estaba hecha una mierda -dijo Iván.

Sergio y Luis estaban mirando hacia un grupo de chicos que jugaban al fútbol sin camiseta, mostrando sus atléticos cuerpos (en algunos casos).

-¿Les pedimos si nos dejan jugar? -escuché preguntar a Sergio.

-¿Estás loco? -pregunté, riéndome.

-Oye -dijo Luis sin dejar de mirar a los chicos-, Sergio y yo nos conocimos jugando al fútbol. No veo por qué te parece tan mala idea.

-Míralos -contesté-, parecen todos muy machitos...

-Tú también -dijo Luis, esta vez mirándome demasiado directamente.

-Bueno, pues tú mismo. Si haces amiguitos, diles dónde estamos y que se pasen a visitarnos -respondí, algo seco.

-O.k. Vamos para allá -dijo él, pasando de mi tono-, si encontráis algo más interesante nos lo decís.

-Son unos guarros -dijo Iván, acercándose a mí con ganas de hablar. Nos miramos unos instantes. No sé por qué me miraba él, pero yo lo hacía porque me preguntaba lo que estaría pensando. Su sonrisa me era familiar, pero noté cierto énfasis en su mirada. ¿No querría algo serio conmigo? Porque, desgraciadamente, no podría dárselo.

-Vamos, tortolitos -bromeó Roberto, dirigiéndose a nosotros.

-Oye, culito blanco, no te pases -contesté. Él se acercó para darme un capón y yo salí pitando, perseguido por él.

-Son como niños... -dijo David cuando al fin Roberto me pilló y me revolcó por los suelos.

Iván no había dejado de mirarme con aquella mirada fija y a la vez perdida. Parecía sumido en profundos pensamientos cada vez que los iris de sus ojos me se contraían, enfocándome. Preferí no decirle nada en aquel momento; me limité a sonreírle abiertamente y a atusarle el poco pelo que tenía. Su morena cara se estiró en una sonrisota enorme; de verdad, creo que fue la sonrisa más expresiva que había visto nunca.

Estuvimos en el bar un rato. Pasamos por la piscina y vimos algunos cuerpazos que, si los hubieran visto nuestros futbolistas, se habrían arrepentido de quedarse pateando una pelota. Volvimos a por ellos y, tras dar un par de vueltas, volvimos. Había que hacer la comida, y además Vicente estaba solo. Seguramente estaría leyendo un libro, o escuchando algo en su walkman.

-No está mal, el camping -dije.

-Podríamos venir a comer algún día -contestó Luis.

-Si, lo malo es que tendríamos que traer todo el equipo o dejar a alguien vigilando.

-No necesariamente. Tenemos a Vicente el poli -bromeó Iván.

-Pobre, me sabe mal por él -dije.

-¿Cómo le conociste? ¿Fue novio tuyo, o algo así? -preguntó Luis.

-No, que va -Iván escuchaba atento-, no hemos sido novios. Él ya salía con el que está ahora cuando le vi por primera vez.

-Ah, pero... ¿que tiene pareja? -preguntó.

-Si, ¿también ha coqueteado contigo?

-No exactamente.

-Es un poco pendón, el pendejo de los cojones. Pero es buena gente.

-Si, eso sí se le ve. Ha sido muy sacrificado al quedarse de vigilante, to solito.

-¿Y tú, tienes novio? -preguntó David.

-Pues mira, esa es una pregunta más complicada de lo que crees... -contesté.

-Vaya. Lo típico es contestar : "es una larga historia".

-Ya, pero tú me dirías: "tengo tiempo de escucharla", y no me apetece.

-Bueno, bueno... entendido. Ya nos explicarás -dijo, con una medio indirecta algo molesta, sobre todo porque de pronto las miradas apuntaron a Iván.

De camino a nuestro centro de operaciones parecían querer dejarnos atrás a Iván y a mí, porque, o iban muy deprisa o se entretenían con cualquier cosa y se paraban, dejándonos alejarnos juntos. Yo no quería esquivar al chico, pero no quería hablar por hablar. Habíamos follado, muy bien. ¿Y qué? ¿No se hace a menudo con gente que, como mucho, luego será un amigo más? Yo no prometí nada. Por no decir, ni siquiera le propuse con palabras que se acostara conmigo. Fue un acto puramente sexual. Sin palabras, sin planteamientos. El deseo nos unió unas horas. Pero mi corazón estaba en el limbo, perdido en el espacio. ¿Quién le había dicho a Iván que aquello era el principio de nada? Nadie. Así que no había nada que decir, puesto que estaba todo muy claro. Si hubiera una segunda unión carnal (qué pijada de expresión), habría que empezar a pensar en otras posibilidades.

-¿Dónde se han metido estos? -pregunté, al darme cuenta de que de repente no se les veía por ninguna parte.

-Se habrán quedado atrás -contestó Iván. Al final se habían salido con la suya: estábamos a solas.

-Oye, respecto a lo de anoche, ¿tienes algo que decir? -pregunté.

-Si. Que fue un polvazo increíble. Tendremos que quedar para repetirlo -dijo, después de un silencio embarazoso. Me alivió el tono que utilizó, ya que me demostró que él pensaba lo mismo que yo acerca de lo que había pasado.

-Ya veremos -contesté, sonriéndole. Cambiamos de tema, ya más tranquilos. Seguramente los dos habíamos estados preocupados por si el otro quería algo más que sólo sexo. Pero todo se aclaró con un par de frases. Si lo llego a saber, se lo pregunto antes y me quito un peso de encima.

Llegamos al camping un rato después. Vicente, al verme, vino hacia mí con cara de gran preocupación. Creí que iba a decirme que alguien había estado molestando mientras estaba solo. Pero me sorprendió con otra cosa.

-Dani está aquí -dijo. Mi corazón empezó a dar brincos, y en mi estómago creció una presión bastante desagradable.

-¿Dónde? -pregunté, buscando con la mirada.

-No, ahora no está en el campamento; ha salido a buscarte.

-Pero, ¿por qué? ¿Qué le pasa? -pregunté. Quizá el irme sin decir nada le había molestado más de lo que yo pensaba.

-Es Ángel -explicó, y la presión en mí aumento, extendiéndose por todo mi cuerpo, angustiándome.

-Por favor, tío, explícame que pasa...

Vicente me contó lo que Dani le había dicho, y yo no sabía si había despertado de una pesadilla o si acababa de entrar en ella. Ahora resultaba que Ángel no me había dejado tirado. Había estado ingresado en un hospital de mala muerte, en un pueblo a tomar por culo de casa. Había estado en coma, y, ahora que había despertado, fue a buscarme a casa, encontrándose con nadie... pero no con nada: ropa y muchas cosas de Dani. Sus prendas íntimas, seguramente tiradas por el suelo, su cepillo de dientes, y otras cosas que seguro Ángel sabría que no me pertenecían.

-¿Y nadie sabía nada? -pregunté alarmado-, ¿ni la familia?

-No. Por lo que sé, parece que alguien casi le mata y le robaron la cartera con su documentación.

-¿Le pegaron?

-¡No lo sé! -exclamó Vicente, nervioso por mi histerismo. Me cortó que me gritará, y tras sentir que mi cuerpo temblaba como un flan, las lágrimas asomaron por mis ojos, resbalando por mis mejillas e introduciéndose por mi boca, apretada por no gritar. Vicente me abrazó. Iván se mantenía al margen. No le vi la cara, pero su silencio era solidario con mi sufrimiento.

Me senté, sin saber qué sentir. ¿Alegría? ¿Pena? Pero no, era un problema más grave. ¿Podría volver con él? ¿Podría olvidar todo lo que pasó desde que él desapareció? ¿Tenía sentido? Ya me había hecho a la idea de empezar de nuevo, de que él no era tan imprescindible para mí. Y ahora él me vería y vendría a darme un abrazo y un beso de amor. Yo, con Dani e Iván en mi currículum, ¿qué debería hacer, contárselo? Habían pasado muchas cosas, pero no sólo con otros chicos, sino conmigo mismo. Había luchado por dejarle atrás, y ahora le tenía justo ante mí . Y lo peor es que mientras yo le odiaba por desaparecer, él había estado batiéndose entre la vida y la muerte. Vicente entendía la causa de mi dolor, porque me conocía bien, y porque había seguido mi historia. Y sabía que iba a tener que pasar por momentos muy duros, como elegir entre quedarme como estaba o volver a lo que un día fue; contarle a Ángel lo que había pasado u ocultárselo; arreglar las cosas con Dani para que fuera mi amigo o simplemente dejarle de lado... Eran tantas y tantas cosas las que cambiaban... Y además aún no estaba claro lo del testimonio del misterioso Juan, o David, ¡o quién coño fuera!

Dani apareció entre la maleza acompañado de Sergio, Luis, Roberto y David. No venía muy sonriente, pero al verme comprendió que yo ya estaba al tanto de su visita y del motivo de ella. Se acercó a mí, se arrodilló y me frotó la cabeza. Vicente se apartó y Dani me abrazó. El grupo se mantuvo alejado de la escena.

-Va, tranquilízate -susurró Dani en mi oído.

-No puedo. ¿Sabes lo que significa que Ángel vuelva a aparecer? ¿Y encima así?

-Lo sé.

-Y tú... -dije.

-No, José. Por mi no te preocupes. Siempre he tenido muy claro a quién quieres tú. Y no es a mí -contestó. Le miré, agradecido. Realmente habría podido ser feliz con aquel chico.

-¿Te ha dicho algo? -pregunté.

-No. Le he explicado lo que pasó. Que creías que te había abandonado. No está enfadado contigo por nada. Ni siquiera porque te hayas refugiado en otra persona -dijo esto hablando en tercera persona, como si no fuera con él la cosa.

-¿Dónde está?

-En su casa. Aún está muy débil, y le han dicho que procure descansar.

-¿Sus padres no sabían nada?

-No. Se enteraron ayer noche. Llamaron a mis padres para contárselo, por eso de que mi hermana y él siempre iban juntos -explicó. Es decir, que si Dani se enteró por la noche, había tenido que salir enseguida para poder estar en el campamento aquella mañana. Sin contar el tiempo que hubiera tardado en encontrar la localización del camping principal... y luego la nuestra.

-¿Cuándo le viste? -pregunté, extrañado.

-Bueno, al darnos el aviso, fuimos enseguida a verle. José, lo primero que hizo fue preguntar por ti. Incluso con nuestras familias delante, no le importó. Te quiere.

El escuchar esas palabras me pusieron más mal aún. ¿Y qué es lo que sentía yo? Tenía que verle. Estar frente a él, y notar el calor de su mirada y la suavidad de su tacto. Escuchar su voz, que tantas veces había escuchado en sueños desde que un día desapareció por lo que yo creía un error mío. Sin pensármelo demasiado, me levanté y le pedí a Dani que me ayudara a recoger mis cosas. Nos íbamos.


¿?

El viaje de vuelta fue silencioso. Yo pensaba en Ángel, y Dani no sé en qué. Pero si no hablábamos era porque en la cabeza de ambos rulaba la misma pregunta: "¿y ahora, qué?". Quise ver aquello menos crudo, es decir, tomármelo con filosofía. Veamos, ¿qué es lo que me había estado atormentando? La idea de que Ángel hubiera desaparecido sin explicación alguna. Bien, pues la razón acababa de llegar. ¿Qué había iniciado todo aquello? El testimonio de un desconocido, que había mentido hasta al dar el nombre. Por lo tanto, ¿qué razones tenía yo para no estar alegre por la aparición de mi novio? Porque seguía siendo mi novio, claro. Las razones se podían resumir en estas: Raúl, Dani, Iván, y un montón de comeduras de cabeza, preguntándome si Ángel era tan imprescindible en mi vida, cuando sólo estaba con él unos meses. Tiempo insuficiente como para saber eso. Y ya está.

Pero no soy una máquina. No podía ver las cosas así. Todo el tiempo que él faltó, descubrí cosas. Puede que las descubriera en momentos de poca lucidez, pero es que de otro modo ni me las hubiera planteado. Había conocido a un chico. Me encariñé de él y acabamos juntos en una casa. Mi mundo empezó a girar en torno suyo, hasta que un día pasó algo que separó nuestras órbitas. Y entonces me vi girando solo, sin sol y sin luna en mitad de un universo demasiado grande. Y de pronto un día, después de fallidos intentos de olvidar y empezar de nuevo, él volvió. Y lo peor es que volvió sin culpa, limpio. Mientras él estaba en la cama de un hospital, yo estaba en la cama con otro. ¿Quién era el cerdo? Yo, pero, ¿por qué? ¿Es que no le busqué lo suficiente? ¿Qué tenía que haber hecho, cargar con mis trastos y rastrearle la pista? Creo que no. Me pregunto si me echó de menos tanto como yo a él.

Miré a Dani. No me negaba la mirada, ni me giraba la cara, ni se hacía la víctima. Tampoco quería explicaciones, ni que le dijera unas palabras para quedar como amigos. Le admiraba por eso. No sé si Ángel se comportaría así el día que, por alguna razón, tuviera que admitir que me ha perdido frente a otra persona. Pero a pesar de aquel buen rollo, yo no podía dejar de sentirme mal, culpable. Había intentado quererle, pero no había resultado. Le tenía cariño, me lo pasaba bien con él en la cama (todo hay que decirlo), y su presencia me animaba. Pero cuando le miraba, no sentía esa sensación que me inundaba al mirar a Ángel. Ese calor que te entra de repente, y te atrae hacia esa persona a la que quieres, y hace que ni puedas ni quieras despegarte nunca de ella. No sentía amor. Pero siempre tendría mi amistad, mi cariño y afecto, y sobre todo, mi apoyo total cuando quiera que lo necesitara. Me consolé pensando en que quizá Dani tenía más suerte que Ángel, ya que la amistad verdadera no muere nunca, y el amor es algo muy frágil y complicado.

Mantener una amistad no es algo difícil. Sólo tienes que ser tú mismo frente a tus amigos. No tienes que hacer nada especial, simplemente tenerles en cuenta en tu vida, y tratarles como a lo que son: las personas que siempre estarán ahí cuando las necesites, y que a veces te necesitarán a ti. Y si cuando sabes que les haces falta lo dejas todo para hacer lo que esté en tu mano por ayudarles, entonces entenderás lo que es. Son gente que impedirá que creas que eres prescindible en este mundo.


Mi casa estaba fría, sin vida. Recordé el primer día que entré en ella, pensando que cada día sería más acogedora. Le faltaba el calor de la vida, cosa que Ángel y yo nos encargamos de imprimir en cada pared con nuestro amor, y que ahora se había desvanecido entre la niebla de la indecisión. Dani me ayudó a descargar los trastos del taxi que nos llevó a casa desde la estación. Luego recogió su equipo de acampada y sus efectos personales. Yo estaba sentado en el sofá cuando él terminó de hacer inventario.

-Te echaré de menos -dijo.

-Por favor, no digas eso.

-Necesitáis tiempo, los dos. Será mejor que no nos veamos durante un tiempo.

-Pero volverás, ¿no?

-Claro que sí... -dijo, acercándose a mí y cogiéndome ambas manos. Los ojos se me nublaron, y supe que las lágrimas no iban a faltar a la fiesta de despedida.

-No sabes cuánto me alegro de haberte conocido -murmuré, abrazándole.

-Lo mismo digo. Pero eso dímelo cuando seamos viejecitos, y recordemos nuestra juventud. Porque tú y yo no hemos acabado aquí. ¿Sabes?, creo que esto es bueno, sí. Serás mi amigo, mi hermano, mi compañero...

-Es curioso que digas eso. Precisamente he estado pensando en eso antes. Yo también te echaré de menos.

Nos abrazamos de nuevo y él se fue. Cerró la puerta y yo corrí a mi dormitorio. Le vi cruzar el jardín, cabizbajo, frotándose los ojos. Abrió la verja, y, antes de salir, se paró un instante, mirando hacia la casa. Por un momento pensé que me estaba mirando a mí. Y su figura desapareció. Sonreí, y pensé "hasta pronto". Y las lágrimas fueron las últimas en llegar, impidiéndome ver con claridad las teclas de mi teléfono mientras llamaba a Ángel.

Fin.

Y mi historia acaba aquí. Supongo que querréis saber qué pasó con Ángel. Bueno, esta historia la he escrito en mi escritorio, mirando al mar por la ventana de la salita de mi casa de la playa. Viviendo con Ángel. Con la ayuda de mi gran amigo Daniel, cada tarde, mientras Ángel está en la tienda, escribo un poco más. Él me animó a cumplir mis sueños, y le pareció muy buena idea que, como primer libro, escribiese mi historia. De todo lo que he contado ya hace lo menos un año, y estoy a punto de abrir mi propia empresa, dedicada a la música y a la literatura, con vistas a producir cine y teatro. Mi primer crítico será Ángel, que se muere de curiosidad por leer todo esto. Creo que hoy mismo podré dárselo, a ver si me deja en paz de una vez.

Él ya sabe lo que va a leer, porque cuando aquella tarde le llamé por teléfono, fue como si no nos hubiéramos separado nunca. Nos vimos, y al día siguiente ya estábamos viviendo juntos otra vez. Se lo conté todo, y no me lo tuvo en cuenta. Lo del tal Juan-David ese, resultó ser un cabronazo del ambiente, que se dedicaba a joder a los demás. Ahora está en la cárcel, porque la paliza que le dieron a Ángel era cosa suya y de sus esbirros. Y al parecer Ángel no había sido el primero.

También quiero enviarle una copia de esta historia a Sandra, mi amiga. No le guardo ningún rencor porque no haya vuelto a saber de ella desde que se fue con su novio hace ya unos ocho meses. Le mandaré la copia a sus padres.

Mi hermana tiene novio, un chico majo. Raquel, la hermana de Dani, también ha encontrado a alguien. Vicente cortó con su novio, por razones que no ha detallado, y ahora está de rollete con un chico bastante interesante. Y de Iván no sé mucho. Se fue a vivir a otra provincia, y de vez en cuando me envía alguna carta.

Soy feliz por haber acabado el libro. Ahora podré compartir mis recuerdos con todos los que quieran leerlos. Le estoy muy agradecido a Dani esta obra. Sin él creo que no hubiera sido posible, ya que fue su constancia la que me empujó a dejar de soñar y empezar a actuar. Mi dinero me ayuda a sacar adelante mi proyecto, y aunque sea un riesgo, voy a empezar a ganarme las cosas que tengo haciendo algo. Y no será ningún esfuerzo, porque tengo a maravillosas personas que me quieren y apoyan. Desde aquí, gracias a todos. A Dani, por darme fuerza para abandonar una vida en la que lo tenía todo hecho. A Ángel, por ser mi ángel de la guarda, por darme la vida, por ser mi refugio y mi protección. Y a todos los que lean esta obra, porque sin ellos, esto no dejaría de ser sólo un sueño.

Hasta otra (o hasta otro libro)...




















Anexo





Anexo I Carta escrita días antes de conocer a Ángel.

Querida Sandra:

Estoy en casa, solo. No he llamado a nadie para salir, y me he quedado aquí, viendo cualquier cosa en la tele. Ahora es de noche. Una noche diferente a lo que hubiera sido si fuera cualquier noche de hace un año. O quizá no tanto.

Te hubiera llamado. Te hubiera convencido para que te bajaras a tomar un café. Hubiéramos jugado al "Tres en raya". Hubiéramos mirado la luna sin saber por dónde empezar, cómo sacar el tema que nos rondaba las mentes. Antes. Ahora. Qué más da. Dicen que el que tuvo, retuvo. Que siempre queda algo. Dime, si es así, ¿por qué esta noche estoy yo aquí solo, y tú con otra persona? ¿Por qué cuando miro hacia tu ventana desde la mía, tu luz no está encendida como antes? ¿Dónde estás? ¿Qué estás haciendo? ¿De verdad le quieres? Algún día harás con él lo que un día querías hacer conmigo. Quizás lo hayas hecho ya. No quiero saberlo, Sandra. Sólo quiero cerrar los ojos y no ver tu cara. No ver cómo sales de tu portal en chandal, medio despeinada, y me dedicas una sonrisa. Ya no quiero ver más el aura que un día me hizo enamorarme completamente de ti. Desearía olvidar que me propuse entregarte mi vida, mi futuro. Que soñé que viviríamos en la misma casa, en donde mi sitio estaría al otro lado de tu cama. Mi cepillo de dientes se apoyaría en el tuyo. Mi ropa se mezclaría con la tuya por el suelo. Veríamos juntos la tele, comeríamos del mismo pan, beberíamos de la misma botella. Viviríamos una misma vida.

Ahora no puedo querer. Malgasté mis energías contigo, y ya no he vuelto a ser el mismo. Aquel chico tímido, que bajaba la voz para decir una mentira, y apartaba la mirada de los ojos que querían descubrir mis secretos. Diría que he madurado, pero sería una imprecisión. En realidad, lo que he hecho ha sido protegerme, endurecerme. Si el que soy ahora retrocediera un par de años, me encontrarías en tu portal y tus dudas sobre tu amor por mí volarían, llevadas por el empuje de mi alma. Sabría qué darte y cómo. Pero, sobre todo, me atrevería a dártelo. Sé que en parte te he perdido por no mover mis piezas a tiempo. Otro se me adelantó, y me puso en jaque mate sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Dejé un hueco en tu corazón, que otro llenó mientras yo permitía que sufrieras en silencio. Quizá sea lo justo. Ahora eres feliz, sin mí, y aunque no quiera admitirlo, tendré que acostumbrarme a la idea de que ya no me necesitas.

A veces me consuelo pensando que nunca me quisiste, que nunca te he importado. Para mí eso es más fácil que asimilar que la idea de que me quisieras sin que yo supiera verlo. Y pensar que no me querías no es difícil. Porque siempre has sido tan reservada... Sólo una vez me dijiste que podía haber algo. Y vomitaste los calamares que habías cenado a toda prisa para no llegar tarde a la... ¿cita? ¿Te acuerdas? Tú y yo, en aquel banco. Tú, encogida, asustada. Yo, ansioso, insistente. Al final te hice confesar, y nunca lo olvidaré. Aunque no lo creas, me pareció estar viviendo un sueño cuando, aunque temblorosas, tus palabras salieron al fin al exterior, confirmándome que no estaba solo en aquella lucha por un amor tan extraño y tan difícil. Nunca había visto escena tal, sino en películas sobre amores idílicos e idealizados, eternos. Si te hubiera cogido aquella noche como quise cogerte, no te me hubieras escapado. Hoy estaríamos a punto de hacer un año de novios. Un maravilloso año. Espero que lo cumplas con él. Y que seas feliz.

Te quiere, alguien que fue...













Anexo II

Carta escrita al primer chico homosexual que conocí, tiempo antes de conocer a Vicente, Ángel, etc...

Querido Juan:

¿Qué tal estás? Yo aquí, escribiendo, como siempre. Mi vida está en las letras, como tú dices. Pero no, en realidad no son las letras. Más bien mi vida está en la comunicación, en el poder de trasladar tus pensamientos a las cabezas de los demás. Ojalá supiera hablar igual que escribo, llegaría lejos con una labia de tal calibre.

Aunque últimamente si estoy desarrollando labia, porque estoy ampliando mi radio social, conociendo a gente nueva y sorprendente. Así que inevitablemente mi conversación está adquiriendo matices que antes simplemente usaba en papel. Hay que renovarse de vez en cuando, ¿no?

Pero, en fin, no estoy aquí para hablarte de mi vocabulario, sino de nosotros. De nuestra amistad, de nuestro futuro juntos. Hace poco que nos conocemos, pero veo un gran porvenir en el que caminamos uno al lado del otro.

Estoy contento de haber conocido a alguien como tú nada más empezar en esto, quiero decir, en lo de vivir mi homosexualidad de una vez. Otros se abren en soledad, y acaban resignándose a vivir en esa soledad. Pero yo me he abierto y me he encontrado con gente nueva, gente que me hace sentirme especial. Entre todos ellos destacas tú, porque tienes algo que, no sé... Quiero que sepas que puedes contar conmigo para lo que quieras. Yo no sé, todavía, lo que se siente al tener "novio", pero, si se parece a lo que tengo contigo, no me arrepentiré de haber cruzado a la cera de enfrente.

Espero no haberte causado problemas con mis llamadas telefónicas, ni con mis cartas. Ya estoy deseando volver a pasear a tu lado, o ir a la playa y juguetear contigo. Llámame, ¿vale? Si no lo haces, lo haré yo, estate seguro.

Un beso.

José.

















Anexo III

Estimado Ángel:

A ti, que empezaste mi historia y continúas en ella a pesar de todo lo pasado, quisiera poder demostrarte la gratitud que siento hacia ti. Por esa parte de tu vida que has invertido en conocerme, en hacerme crecer por dentro y por fuera, en obligarme a darme cuenta de que la vida tiene también sus cosas buenas... . Por todo ello, te has ganado el puesto en el que estás: el centro de mi vida. Porque eres lo mejor que he tenido, que tengo y tendré. Separarme de ti es algo que no tengo pensado hacer, ni en esta vida ni en el otro mundo, cuando flotemos juntos como flotamos ahora.

Tu juventud, tu vitalidad, tu fuerza... todo, me lo has dado todo. Quisiera que entraras en mi cuerpo por un momento y sintieras lo que yo siento cuando me miras, cuando me tocas, cuando me haces el amor. Y que supieras que tiemblo cuando me rozas, y que mis sentidos se desbordan cuando me dices que me quieres. Tendrías que ver por mis ojos tu sonrisa, tus gestos al hablar con los demás, y te darías cuenta de que mi vista no puede apartarse de tu ser ni un sólo momento. No hay nada más que ver, nadie más a quién mirar. Solo estás tú, y con eso me basta para ser yo. Tus brazos son mi hogar; no saldría de ellos excepto para rodearte yo con los míos.

Otras veces he creído estar enamorado, pero al final todo resultó ser un desengaño, incluso una traición, en algún caso... Pero tú te saltas las reglas. A tu lado no hay rutinas, no hay dudas, no hay mentiras. Cómo mentir a unos ojos que te miran inundados de deseo y de cariño, cómo mentirle a la persona que me hace sentir tan grande, tan lleno... es mentira que pueda mentirte.

Estoy deseando que llegues a casa, con tu eterna sonrisa iluminándolo todo, y de que me abraces y me beses. Cuídame así siempre, Ángel, mi ángel... y mi corazón seguirá rebotando en mi pecho con cada caricia tuya. Y yo te mimaré, para que tu resplandor no se apague nunca. Los años pasaran erosionando nuestros cuerpos, pero nunca podrán llevarse esta energía que nos abrasa por dentro. Al final sólo estarán nuestras almas, y cuando te abrace tan fuerte como tantas veces he hecho, al fin conseguiré lo que pretendía con ello: mezclarme contigo.

Te amo.















Anexo IV

Querido Dani:

¿Qué tal? Esto lo escribo cuando sólo voy por la mitad de mi libro. Estaba pensando en que en esta historia, tú eres un personaje muy, muy importante. Porque yo tengo bastantes cosas que agradecer a mucha gente, pero a ti en especial te debo gratitud por tu sobrehumana comprensión, tu gran corazón y tu eterna lealtad. Quiero que sepas que te admiro; si alguien me hiciera a mí la mitad de daño del que yo te he hecho a ti, no volvería a hablarle jamás en la vida. En cambio tú me ofreciste tu amistad después de mi gran error. Nunca podré perdonarme el haberte herido, y te aseguro que aunque ahora esté con Ángel, en mi corazón siempre habrá un lugar para el chico con el que pasé momentos tan felices: tú. Ojalá hubiera sabido canalizar mi cariño por ti de otra forma desde un principio, para que no hubiera acabado en el desengaño. Creí quererte como se quiere a una pareja, cuando en realidad, aunque mi amor por ti existe, no es otro amor que el de un gran amigo.

Espero que encuentres a alguien que te quiera como tú te mereces. Sólo así volveré a ser completamente feliz, porque aún tengo el pesar en mi corazón por haberte hecho llorar. Gracias otra vez, por estar a mi lado. Sigue siendo así.

Hasta pronto, amigo del alma.

Jose.


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