Conocí el sexo, por primera vez, a los trece años cuando fui víctima del sadismo sexual de los alumnos de los años superiores de mi colegio. Sin embargo, ahora creo que todo comenzó mucho antes de esa fecha. La primera erección de la que me acuerdo fue un domingo, en la misa de la iglesia a la que concurría con mis padres. Allí oficiaban de monaguillos dos hermanos, rubios los dos. Uno de ellos de unos 17 años y el más chico, como de mi edad, de unos 8 o nueve años. Yo los miraba y me gustaba ir a esa misa porque me imaginaba que ocupaba el lugar del hermano menor y que era protegido, cuidado y acariciado por el mayor. Estaba con esos pensamientos cuando, de pronto, sentí que mi calzoncillo me molestaba y, mirando hacia abajo con disimulo, descubrí que tenía una carpa en el pantalón y que mi pito, aunque oculto, estaba haciendo una exhibición indecente. La sorpresa, la vergüenza, el temor a un castigo de mis estrictos padres, para los que todo lo que fuera sexo era sucio e indecente, hicieron que me olvidara del hermano mayor y que, afortunadamente, mi pito volviera a su recatada posición de descanso. En ese momento no lo supe, pero me había excitado pensando en las caricias del más grande. Debo aquí aclarar que no sabía nada de sexo, ya que en mi casa no se hablaba de este tema. En mi pueblo eran muy conservadores y este tipo de cosas no se comentaban ni en público ni en privado. Como mis padres me traían y llevaban de la escuela no tuve oportunidad de hacer amigos en la primaria y, por ello, entré en el mundo de la sexualidad muy tarde. Además, el temor a la “indecencia del pito” reprimió alguna posible intención de explorarlo manualmente y por ello, aunque mis erecciones eran cada vez más frecuentes y menos controladas, no tenían alivio. Por otra parte, ir a misa los domingos era una tortura y un placer al mismo tiempo. Me había dado cuenta de que mirar y fantasear con los hermanos monaguillos me proporcionaba una gran satisfacción pero, al mismo tiempo, me producía erecciones incontrolables. Así, debía preocuparme para que, en el trayecto a la iglesia, mi pito no se desacomodara dentro del calzoncillo ya que, si estaba caído, me producía una intensa molestia al entrar en erección y tenía prohibido “tocarme ahí”, aunque fuera para acomodar el bultito.
Ya
en el colegio secundario me
aficioné a mirar
a los alumnos de
los años superiores,
imaginando que eran
mis protectores. No comprendía
que, para muchos,
eso era una
perversión y una degeneración. Por ello, no
me di cuenta de que
debía ocultarlo y así
mis compañeros de
curso lo advirtieron
y comenzaron las bromas.
Al principio eran
suaves pero, gradualmente se fueron poniendo
pesadas. Las agresiones
se hicieron constantes
y mi vida en el
colegio se fue poniendo
cada vez más
difícil. Comencé a escuchar
la palabra “puto”
cada vez más
seguido y, en
defensa propia, comencé
a alejarme de
mis compañeros, buscando,
con mayor frecuencia aún, a los de
los años mayores. Había uno, de cuarto
año, que me
trataba con una
mezcla de afecto
y burla y
que, en broma
me decía: “venga... putito...” y
me revolvía el
pelo o me acariciaba la
mejilla. Era pelirrojo y
muy alto. Sus
compañeros no me
hacían caso y, cuando
mucho, me despreciaban. Cuando pasaba
al lado de ellos
me tocaban el
culo y me decían indecencias. Así siguió el tiempo
hasta que un
día, a instancias del que
me acariciaba la mejilla
(eso lo supe
mucho después) los
de cuarto decidieron enjuiciarme
y castigarme porque
yo era una vergüenza para
ese colegio de
varones. La cosa comenzó
un día en el que,
por una huelga
de docentes, estaba
previsto que tendríamos
algunas horas libres. Uno
flaco, de los
de cuarto, me dijo
en un recreo que, cuando entráramos al aula, pidiera
permiso para ir
al baño y
que, en lugar de
hacerlo, fuera para
los fondos del
colegio, que daban
a un campo vecino. Allí
había un claro
entre los árboles
y debía esperarlo.
Lo miré interrogante y
quise protestar pero
me amenazó con
castigarme a la
salida del colegio
si no cumplía sus órdenes. Cumplí entonces sus instrucciones y, a los
diez minutos de
comenzada la clase,
ya estaba marchando hacia
el campo. Tenía curiosidad y necesitaba desesperadamente que los mayores
me trataran bien
y quería agradarles.
Esos escasos ciento
cincuenta metros se
fueron haciendo cada
vez más difíciles
de transitar a
medida que dejaba la
seguridad del edificio
y de sus preceptores. Cuando
me interné entre los
matorrales buscando al
alumno de cuarto comencé
a sentir temor pero
seguí avanzando hasta
llegar al claro. Cuando llegué no
había nadie y
me quedé nervioso,
esperando. Luego llegó el
flaco. Le sonreí
amistosamente pero no
me contestó y luego
comenzaron a llegar
algunos compañeros de
él. El pelirrojo que me
demostraba afecto también
venía. Sentí temor
y vergüenza, pero
no sabía qué
hacer. Me rodearon
y el flaco, que llevaba
la voz cantante, me
anunció que iban
a juzgarme por
puto y que me castigarían
porque mi presencia
en el colegio era un
deshonor. Me puse a
llorar, pero me
dieron una cachetada
para que me callara
y comenzaron a
enumerar mis actitudes
reprobables. Todos decían
cosas y me
hacían preguntas y
me acosaban. El único
que permanecía callado
era el pelirrojo y no
participaba del acoso.
De pronto uno,
desde atrás, me dio
un empujón y
me tiró al
suelo. Caí de
rodillas, con las manos
en el suelo y comenzaron a azotarme con ramas
de los arbustos que había
por allí. Sentía los
golpes en mi
espalda, en mis
nalgas y lloraba.
Cuando me castigaron
la cara, la
quise proteger con
las manos y
rodé hecho un
ovillo. Entonces los
golpes arreciaron. Me
cerré para protegerme
y, ante ello,
el flaco dijo
que debían atarme
para que no
pudiera evitar el
castigo. Entonces suspendieron el castigo y
entre varios me levantaron, me
ataron las muñecas
con una soga
que habían traído
y me colgaron de una
rama de un
árbol. Cuando estuve
colgado descubrieron que
tenía una tremenda
erección y uno
de ellos me
abrió el cinturón y me bajó
los pantalones y los
calzoncillos. Eran brutales
y toda esa maniobra me
lastimó. Cuando comenzaron
a caerme los azotes
el pelirrojo los
paró y les dijo que
si me lastimaban el pito
mis padres me
mandarían al hospital
y que la policía intervendría y que se
sabría todo. Propuso entonces desnudarme por completo
y azotarme todo
el cuerpo pero
sin lesionarme y
sin marcarme la cara
o los brazos, así mis
padres no descubrirían el castigo. Su reflexión
los calmó y él, personalmente, me desató y,
poniéndose delante mío,
me sacó la
camisa y la
camiseta y me
terminó de sacar
los pantalones y
calzoncillos. Sus manos
eran fuertes y
sus gestos duros
pero me desnudó
con gentileza y no
me hizo sufrir. Cuando estuve
desnudo por completo
volvieron a atarme
pero, ahora, con
las muñecas separadas. Además con otras sogas
me ataron los
tobillos bien separados a
los troncos de
unos arbustos. Así
quedé todo expuesto
y recomenzaron los
azotes. El castigo
duró bastante. Se
ensañaron en mis
nalgas, en mi espalda,
en la cara interna de
los muslos y
quedé con el
cuerpo lleno de
verdugones.
Para mi
terror, el castigo
me excitaba y
noté que volvía
la erección. Tenía
pánico de que
alguno decidiera castigar
mi pito, por la
exhibición desvergonzada que
estaba haciendo, pero
el pelirrojo les
dijo que no
lo tocaran y
nadie me castigó
en esa parte tan sensible. Cuando se cansaron de
castigarme y de
insultarme el pelirrojo,
que no había participado del
castigo, les dijo
que la leche que yo
tenía no servía para nada y que no merecía
guardarla. Les dijo
que a gente como yo
había que castrarla
pero, ya que
no podían hacerlo
por temor a las
consecuencias, les propuso
pajearme. Estuvieron todos de
acuerdo y él,
entonces, se acercó
y poniéndose detrás
de mí comenzó a acariciarme. Él se burlaba y
hacía comentarios hirientes
pero sus manos
eran dulces y acariciantes. Recorrían
mi vientre y mi pecho,
me pellizcaban las tetillas
y aunque les
decía a sus compañeros
que me estaba haciendo sufrir era, en realidad, muy considerado. Pronto, mientras con
la izquierda recorría
mi cuerpo, con
la derecha comenzó
una paja lenta,
muy lenta y
deliciosa, la primera
paja de mi
vida ya que
yo jamás me
había animado a
tocarme. Me retorcía
de placer y
los muy tontos
creían que era
de dolor. La
paja siguió, interminable, hasta que acabé
como un caballito.
Todos se burlaron
y se fueron yendo. Quedaron
conmigo, únicamente, el
pelirrojo y el
flaco. Cuando todos
se fueron, el
flaco se acercó
a mi cuerpo indefenso y
agotado y, mientras
me manoseaba el
pito chorreante, le
dijo el pelirrojo
que no era boludo y
que sabía que
él estaba muy
caliente conmigo. Le aclaró
que no tenía problemas y
que “este pendejito”
estaba “muy bueno” y
que, si eran
discretos, podían compartirme
hasta que se
cansaran. El pelirrojo
se rió entre dientes mientras
me desataba y
los dos se
fueron dejándome en
el suelo, buscando
a gatas mis ropas,
atemorizado, dolorido, pero,
por sobre todo,
con la inexplicable sensación
de placer a
raíz de la
primer paja de
mi vida.
Luego vinieron
otras experiencias que,
si quieres, te
las contaré más
adelante. El flaco
y el pelirrojo hicieron de
mí su esclavo pero,
para guardar las
apariencias con sus
compañeros, cada tanto
volvían a hacerme
un juicio y un castigo
público. En esos juicios fueron
invitando a cada
vez más alumnos
hasta que las autoridades del
colegio me descubrieron colgando desnudo, lleno
de cardenales y
con el culo roto. Mi
padre, ¡¡¡¡para curarme!!!!
me puso en
un colegio militar donde
mi masoquismo halló
su más acabada expresión.
Después de
mi primer castigo
por “puto”, los que
estaban “en el
ruido” dejaron de molestarme
abiertamente, pero me
hacían burlas en
privado y se
acostumbraron a manosearme.
Me tocaban el
culo o me
acariciaban la bragueta en los recreos, todo ello con una
mezcla de brutalidad
y sexualidad adolescente. Ellos querían
hacerme sufrir o, quizás, se
sacaban la calentura
normal de la
edad de algún
modo. Lo único
sexual que tenían
a mano era mi cuerpo
ya que las chicas del
pueblo estaban muy controladas
por sus padres
y, por otra parte, ir
a un prostíbulo, era para
muy pocos y
más grandes. En
cambio, me habían
visto desnudo, me
habían tocado y
me habían visto
cuando el pelirrojo
me pajeaba. Mi
cuerpo de chiquilín,
por otra parte,
no estaba bien
formado y era
asexuado. Digamos que,
sin ser afeminado,
tenía un cierto
aspecto blando, casi
femenino, propio de muchos
cuerpos adolescentes en
formación. Pero, de esta manera, logré que me
consideraran como una
cosa de su
propiedad y que
comenzaran a castigar a
mis compañeros de curso
cuando ellos se
ensañaban conmigo. Se habían
transformado en mis
amos y mis protectores. Yo
estaba contento con esa
situación y la
disfrutaba.
La segunda
vez que tuve
sexo fue con
el pelirrojo. Creo que
él ya había aceptado, para
sí mismo, que
estaba caliente conmigo.
Así un día me dijo
que podía ayudarme
a hacer los
deberes y me
ofreció ir a
su casa. Para
mi, fue tocar
el cielo con las
manos. Quedamos en
que el sábado, cuando sus
padres se fueran
al campo, iría
a su casa y él
me pondría al
día con la
tarea. Yo andaba bien
y mis notas eran buenas,
pero fingí necesitarlo. Los dos estábamos actuando
ya que él sólo quería
mi cuerpo y yo
sólo quería su protección. La
excusa para ambos
era el estudio. Pasó la semana.
Yo, cada vez que
pensaba en el
pelirrojo me ponía
al palo. Fantaseaba
con estar en
su casa, sentados
lado a lado, haciendo
los deberes y
que él me pusiera la mano
en mi hombro y su
mejilla al lado
de la mía para leer
juntos el texto.
No me daba cuenta aún
de que el interés de
él era puramente sexual. Cuando llegó
el sábado me
desperté sólo muy
temprano. El pelirrojo,
sin saberlo, me
había enseñado a
pajearme y, ahora, lo
hacía a cada
rato, recordando sus
manos fuertes pero
gentiles, cuando recorrían
mi vientre y
acariciaban mi pito. Me había bañado con esmero
y me había puesto una
colonia para “oler
bien”. Esperé con
impaciencia la hora
convenida y salí para su casa
con los libros
del colegio. Cuando
llegué y toqué el
timbre, el corazón
me latía con
fuerza y me
dio un vuelco cuando él se
asomó. Allí estaba
mi protector. Estábamos
formalizando una relación
con la que
había soñado desde
chico cuando, en la
misa, fantaseaba con
el monaguillo mayor. Me
hizo pasar y
me llevó a
su pieza. Fue
muy vivo ya
que, para no
asustarme, se sentó
frente al escritorio
y me hizo sentarme a
su lado para
mostrarle la tarea.
Lo hice, rogando
a Dios para que no
se diera cuenta de
que no necesitaba
ayuda . Su cercanía
me tenía nervioso
y cuando, como yo
soñaba, me puso
la mano en
el hombro para
acercarse, ahí, en
ese momento mágico
y romántico, mi
pito se despertó
y comenzó a
pedir a gritos que
lo dejara salir
de su encierro. Primero quise
no pensar en
ello, pero cuanto
más esfuerzo hacía
para olvidar a
mi pito, el
pobre y sufrido
“pitito” más bulla metía
y más me dolía, apretado
por el calzoncillo.
Al
final no pude más y, disimuladamente, traté de acomodarme el
bulto. El pelirrojo,
que debería tener
experiencia, en cuanto vio
bajar mi mano a
la bragueta me
dijo: “....¿qué te
pasa?...”. Me puse rojo
de vergüenza. No
sabía qué decir y
él, paternal y
tranquilizador, me preguntó:
“....¿te molesta el
pito? ¿ se ha parado?....
no te hagas problema, es
común que eso
suceda cuando dos
muchachos se estiman.
Párate y acomódalo.....” Se corrió y
me ayudó a ponerme
de pie. Cuando quise
acomodarlo, entonces, el muy
zorro dijo : “....¡ que bulto admirable tienes,
déjame palparlo....”; y
retirando mi mano
puso la suya
sobre mi bragueta
y acarició suavemente.
Me retorcí de
placer y él me
preguntó si me
había hecho daño.
No sabía cómo
decirle que no era
doloroso sino muy
placentero, porque todo
eso me daba mucha vergüenza.
Además sentía que,
si me seguía tocando, iba
a acabar mojando
el calzoncillo y
el pantalón y
no quería que
eso ocurriera. El
pelirrojo era muy
maduro para su edad
y no apuró las cosas.
Cuando me acomodé,
se sentó de
nuevo y seguimos
estudiando y él me explicaba como debía hacer
mi tarea. Yo
ni lo escuchaba. Sólo sentía
su cuerpo protector
junto al mío.
Sus manos sobre
mi hombro que,
a veces, acariciaban
distraídamente mi cuello. Cada vez que sus dedos
recorrían mi cuello con
lentitud y suavidad explorando
mi nuca yo
me estremecía y
él, notándolo, no
seguía. Así siguió durante
un tiempo interminable hasta que me
dijo que, por ese día, era
bastante y me
invitó a pasar
a la cocina a tomar una
Coca-Cola. Yo sentí decepción.
Quería estar con
él para siempre,
protegido, querido, cuidado
y considerado. Se
había roto la
magia y el
notó mi pena. Fuimos
caminando hasta al
cocina. Su mano en
el trayecto se
mantuvo sobre mis
hombros, acariciando mi
cuello y cuando
dejó de hacerlo para
abrir al heladera
sentí otra decepción.
Él no apuraba el
trámite. Él quería
que yo lo necesitara y que
yo lo buscara y así
estuvimos bebiendo la
gaseosa y charlando
de mis estudios. De lo sucedido,
días antes en
el colegio, yo
no decía nada
hasta que, de
pronto me preguntó.
“......¿qué te pareció
el juicio que
te hicieron los
de cuarto el otro
día?....”. Me puse rojo
de vergüenza. Estaba
muy confundido y
no sabía cómo
decirle que me
había dolido y
que lo había disfrutado. Me quedé
callado mirando al
suelo y, de
pronto, comencé a
sollozar. Tenía una gran
angustia por mi
profunda soledad ya que
no tenía amigos, por
una necesidad de
protección y de
afecto y por
un sexo que no podía
expresarse. El esperó un
rato largo y,
luego, se levantó
de la silla y, atrayéndome
hacia él, me
acarició la nuca.
Esos dedos en
mi cuello fueron mágicos.
Yo me aflojé y entre
los sollozos me
pegué a su
cuerpo buscando refugio,
protección, afecto y,
sin darme cuenta, sexo.
Porque cuando él,
disimuladamente, abrió mis piernas
con la suya y
presionó con su
muslo mi pubis,
descubrimos los dos
que yo estaba, una vez
más, al palo.
Era evidente que
mi pito era
un indiscreto y quería mostrar
lo que yo necesitaba aunque
la educación me
reprimiera. Nos quedamos un
rato apretados el
uno contra el
otro. Él acariciando mi nuca y mis
hombros. Yo, con mi cara
llena de lágrimas,
pegada a su
pecho. Su muslo se
balanceaba suavemente contra mi
pubis y, ahora
sí, yo también sentía como
su erección empujaba
mi vientre. Luego de
un rato él
me dijo, suavemente:
“.....ven, sígueme.....” Él iba
adelante. Yo detrás,
sumiso, esperanzado, encariñado
como un perrito
con su amo. Hubiera hecho
cualquier cosa por
él. Llegamos al dormitorio. Él se sentó
en la cama y
me dijo: “..... ven,
párate aquí....”; y señaló
el espacio entre
sus piernas abiertas.
Yo lo hice. Él entonces
me acarició la
mejilla y comenzó
a desabotonarme la
camisa. Sus ojos estaban
fijos en los
míos. Fue lento, botón
por botón y
el mensaje era
claramente sexual. Él me
estaba desnudando y yo aceptaba
libremente y gozosamente
el hecho. Cuando
la camisa estuvo
abierta con una mano
comenzó a acariciar
la camiseta a la
altura del pecho y a pellizcarme las tetillas suavemente
mientras que con
la otra me aflojaba
el cinturón. Luego
me abrió la bragueta
del pantalón y
metiendo la mano
debajo de la
tela del calzoncillo me acarició el vientre.
Luego tiró la
camisa hacia atrás
y la dejó caer. Después
abrió bien el
pantalón y también
lo dejó caer.
A continuación, tomó mi
calzoncillo y abriéndolo,
para no forzar
a mi pito erecto, lo
fue bajando despacio
hasta las rodillas
y luego dejó
que cayera solo.
Mi pito estaba
a la vista, durito. Él,
en broma y
para aliviar la
tensión, le dio
un besito en
la punta del
glande y me
sonrió. Yo estaba
expectante y le
sonreí tímidamente. Ante
esa sonrisa, él, sin
moverse ni moverme,
se agachó y
me ayudó a
sacarme las zapatillas
que llevaba sin
medias. Luego echó
a un lado toda la ropa
y volvió a
abrazarme con fuerza. Mis
rodillas entre sus
piernas; mi pito contra
su pecho; su
cara contra mi
pecho. Después de unos
minutos, sus manos pasaron debajo de
la camiseta y
me acariciaron la
espalda y luego,
lentamente, fueron bajando
hasta llegar a
mis nalgas. Allí
cada mano tomó una nalga
y las abrió con fuerza
y un poco de violencia.
Me asustó, no sabía qué quería hacer.
Cuando un dedo me
buscó el agujerito,
me cerré con
susto (todavía no
sabía qué hacían
los putos, ni
por dónde) Cuando
él notó mi
cerrazón, retiró el
dedo y me soltó de
pronto. Temí que
dejara de quererme
y me abandonara. Temí que
se rompiera la magia
delicada de ese
momento y me
pegué a él. Sus
brazos estaban caídos
a los costados de su
cuerpo. Comprendí su
mensaje silencioso y
tomando sus manos
las llevé a
mis nalgas y
las apoyé con
fuerza. Él entonces volvió
a acariciarme la
espalda dándome placer
y luego volvió
a bajar hasta
mis nalgas. Cuando me
buscó con el
dedo me pegué
con fuerza a
su pecho echando
la cola para
atrás y abrí
ligeramente las piernas
para indicarle que
estaba dispuesto a todo. Su
dedo entonces me
recorrió el aro
del culo y
lo masajeó. Supongo
que no quería penetrarme en
seco, sin ningún
lubricante en el dedo, para
no lastimarme. Así estuvimos
un rato largo. Mi
pene duro contra
su pecho, sus
manos en mi
culo, yo relajado,
gozando de esa
caricia localizada. Luego se
levantó, me sacó
la camiseta, me
acostó en su
cama y tomando
unas sogas que
tenía debajo de
una cómoda me dijo: “....te voy a atar,
no te voy a hacer
daño...”. Sentí un
poco de miedo,
recordando el “juicio”
pero le sonreí.
Me pidió que estirara
los pies bien
abiertos. Estaba dispuesto a
todo por complacerlo
y lo hice. Entonces me
ató los pies
por los tobillos
a los travesaños altos de
la cama. Luego
me pidió que
pusiera las manos
hacia la cabecera
de la cama. Era evidente que no quería
forzarme sino que
buscaba mi complicidad. Aún no sé
cómo hacía para
controlar su calentura
y llevarme, voluntariamente, a hacer todo
lo que él quisiera. Decidí mostrarle
confianza y, sonriéndole, tiré las manos hacia atrás
resueltamente. Él entonces las
ató con firmeza
y luego las
estiró. Luego, comenzó a
sacarse la camisa
y la camiseta. Lo hizo
sin desabotonar la
camisa, por la
cabeza. Todo era
lento y era
evidente que estaba
calentándome. No lo sabía
aún, pero si
hubiera tenido música
eso hubiera sido
un “strep-tease”. Cuando
su torso estuvo
desnudo tiró la
ropa y se acercó a
mí. Me besó dulcemente en las
mejillas mientras sus
manos recorrían mi
pecho. Se lamentó
de los verdugones que mostraba
mi piel y los
acarició suavemente. Luego
se levantó y
buscó algo en
el cajón de
una cómoda. Volvió
con una pluma
y comenzó a
hacerme cosquillas. Al
principio fueron agradables.
Nos reíamos los
dos. Luego, cuando
siguieron, comencé a inquietarme
y a retorcerme. Él seguía
implacable. No me
animaba a pedirle que
parara, pero ya
era insoportable. Me
retorcía, me estremecía.
Luego se fue
a los pies de la
cama y me hizo cosquillas
en la planta de los
pies y yo me volví
loco. Entonces mientras
lo hacía, un
dedo con alguna
crema me fue
masajeando el aro
del ano y,
lentamente, el dedo
fue penetrando. Me
quería cerrar, pero
las cosquillas me
hacían dirigir la
energía a los
pies que, por
las cosquillas estaban
retorcidos, cerrando los
dedos como garras.
Su ojos me
miraban sufrir impasibles.
El dedo comenzó
a entrar y
salir, cada vez, con más energía y comencé
a retorcerme de
placer y de
cosquillas. Luego fueron
dos dedos que,
al principio, dolieron
un poco. Esos
dedos entraban con
fuerza, un poco
a lo bruto. Cuando creyó
tenerme preparado, se
trepó a la
cama entre mis
piernas, y abriendo
la bragueta sacó
el pene erecto
y apoyándolo en
mi culito empezó
a buscar la
penetración. Me cerré
asustado pero él volvió
a las cosquillas y se
relajó el agujero
del culo. Entonces
me entró despacito. Era
muy doloroso y
comencé a llorar.
Él me hablaba. Me decía
que ya me acostumbraría. Por
suerte su pene, aunque
largo (eso lo sabría
después) no era
muy gordo y,
al ratito, yo
ya estaba relajado,
con todo adentro.
Entonces comenzó a
hamacarse dentro mío
mientras me masturbaba.
Lo hacía de una
manera curiosa. Tomaba
con una mano
mi pito, con
fuerza, y con
la palma de la
otra, llena de
crema, frotaba el
agujero por donde sale
el pis. Comencé
a retorcerme de
placer. Sentía que
acababa pero, al
tenerme apretado el
conducto por donde
sale la leche
lo demoraba. Yo
ya estaba loco.
Quería acabar pero
él no me dejaba
y seguía serruchando
dentro mío. Cuando
notó que estaba
por enlecharme, entonces,
aflojó el puño
en el tronco de mi
pene y, apurando
la masturbación, mi
leche saltó hacia
arriba y la
suya me llenó
el culo. Cuando me tranquilicé se estiró sobre mí,
me dio un beso
en la boca, me abrió
los dientes con
su lengua y
buscó la mía.
Yo se la ofrecí
y él la succionó goloso
con los labios.
Parecía que quería arrancármela. Luego se salió de
adentro mío. Buscó
una toalla y sin
desatarme me fue
limpiando. Con una
toalla con agua
fría me apretó
el culo que sangraba
un poco y
me puso una
pomada que, me explicó, era cicatrizante y anestésica. Luego me desató los
pies y, buscando
mi ropa, comenzó
a vestirme. El estar
atado por las
muñecas, mientras él
me ponía los
calzoncillos, pantalones y
zapatillas fue tan
erotizante como el desnudamiento anterior. Me volví
a poner al
palo. Al advertirlo,
me bajó nuevamente el
pantalón y el
calzoncillo, me hizo
una mamada rápida
y volví a
acabar. Me chupó
toda la leche
que tragó. Era
increíble. La sensación
de estar siendo
vestido, como cuando
mi mamá me
vestía de chiquito,
era placentera, erotizante.
Luego me desató las
manos, me ayudó
a levantarme y terminó
de vestirme. Después
me llevó al baño
y me peinó y acompañándome a la puerta de calle me
hizo salir. Todo esto lo
hizo sin decir
palabra alguna. Yo quise
decirle algo, no sé...
agradecerle, explicarle, quizás
pedirle disculpas por
si lo había hecho enojar. Me
dijo “...SHHHHH, vete....”. Me fui
y volví a mi casa donde
me pajeé otra
vez recordando todo lo
sucedido. Al día
siguiente, en el
colegio, me trató
como si no
hubiera pasado nada. Así
pasaron los días
hasta que el
flaco que me
consideraba “pendejito fuerte” me
ordenó seguirlo hasta
el fondo del
colegio. Pero eso
te lo contaré otra vez.
Un abrazo.
Cuando “el
flaco” me ordenó seguirlo hasta el fondo del colegio, aunque
me faltaba la
malicia que tengo
ahora, ya suponía
que lo que quería era
sexo. Sobre todo, porque
en ningún momento
había disfrazado de
afecto su actitud.
Él iba derecho al grano.
Tomaba lo que
quería y punto. Fuimos los dos, yo
adelante y el
atrás. Los pocos
alumnos que nos
vieron no se
dieron cuenta o
se hicieron los
tontos. Yo, esta
vez, tenía más
aprensión, porque el
flaco tenía un “no
sé
qué” de violencia
que me asustaba. Yo sentía su mirada
en la espalda, o más
exactamente en mi
culo. Las piernas
me temblaban un
poco y me costaba caminar. Cuando los árboles nos
taparon la vista
del colegio, el
flaco tomó, al
pasar, una rama caída y
me dio un par de azotes
en las piernas para que
me apurara. Corrí,
tropecé y caí.
Él, detrás de mí,
se acercó y
me dio azotes para que
levantara. Lo hice
con torpeza y
seguí trotando. Escuchaba
sus risas y
sus indecencias y la cabeza
me latía. Pese a
todo, sentía curiosidad
y sobre todo,
excitación. Al llegar al
claro me detuve
y el me miró. Yo
bajé la cabeza
y él me dijo: “......¿qué esperas?, sácate la
ropa!!!....” Era demasiado
directo. Me ofendía
con su rudeza y quise
protestar pero de
un golpe en
el estómago me
tiró al suelo y
me dijo “.....en bolas,
pendejo, rápido, rápido!!!...” En el
suelo, sentado, como
pude me saqué zapatos y medias. ero, ya
en ese momento y sin
darme cuenta, busqué
seducir. En vez
de sacarme la
camisa y la
camiseta primero y luego
los pantalones, como
hacía en casa
para bañarme, me
puse de pie,
me abrí el
cinturón, la bragueta,
dejé caer los
pantalones y los calzoncillos y
luego, despacio me
saqué la camisa,
sin desabotonarla, como
había hecho el
pelirrojo. Cuando lo
hice, miré al
flaco con disimulo
y noté que el espectáculo
le gustaba. Luego me saqué la
camiseta también lentamente.
Había aprendido rápidamente
la lección del “strep-tease”,
aunque lo hacía inconscientemente. Cuando quedé
desnudo, el flaco
me dio algunos sopapos. Supongo que le molestaba darse cuenta
de que yo le gustaba
demasiado. Supongo, también,
que no quería enredarse en
una dependencia de
mí y me quería demostrar
quién era el
amo. Pero los
sopapos eran flojos,
sin convencimiento. Yo,
en esa época, era un
pendejito lindo ( o fuerte, como
decía el flaco);
no era gordo pero tampoco
se me veían las costillas.
Tenía una cola
linda sin llegar
a tener un culo
de nena. Cuando el
flaco terminó de
demostrar quien mandaba,
peló la pija y ,
sin miramientos, me dijo:
“....chúpala!!!.....”. Ahí se me vino
el alma a
los pies. Me
había encantado la
mamada del pelirrojo,
pero me daba
asco meter esa
cosa en mi boca. Sobre
todo porque el
flaco tenía fama
de sucio. Mudo
de sorpresa, de asco y
sorprendido por la
violencia que se
me hacía, me
negué con la
cabeza sin decir
palabra. Ahí el flaco
soltó toda la
violencia que siempre
tenía a flor
de piel y
comenzó a darme
golpes con mucha
bronca. Cuidaba de lastimarme la
cara pero me daba
trompadas en el
pecho y en
el estómago, me
pateaba las canillas.
Estaba loco de
ira. Yo me cubrí
como
pude y traté de escapar
pero me alcanzó
fácilmente, ya que
estaba descalzo y
las ramas y
piedras del suelo
me impedían correr
bien. Me tomó
del pelo, me
tiró al suelo
y allí siguió golpeándome. Luego
tomó una rama
y con ella comenzó a azotarme con violencia.
Yo estaba asustado.
Lloraba, me quejaba
en voz baja por miedo
a llamar la
atención y escuchaba
su jadeo de perro
enfurecido. Me cubría
como podía y él me
seguía azotando hasta
que de pronto se calmó.
De pronto sentí
que volvía a
levantarme por los
cabellos. Con mucha
violencia me arrastró
hasta un árbol
caído y me
echó sobre el árbol,
boca abajo, las
piernas colgando. Yo
estaba aterrado ante
tanta violencia y
casi no me
movía y, sentí
que me abrían las nalgas
y que algo trataba de
entrar en mi
culo. Todavía me
dolía de mi primera penetración y
me cerré instintivamente pero la violencia
del pene del
flaco era imparable
y.... oh, sorpresa.... Me penetró limpiamente
y empezó a
serrucharme sin darme
tiempo a acomodarme.
La corteza del
árbol me lastimaba
la piel y mi pito se
había puesto duro
otra vez (ese
pito tenía vida
propia). Su pubis
embestía con furia contra mis nalgas y
me decía “¿te
duele, puto de
mierda? dime que
te duele!!!” A mí
me dolía mi
pito que, por
sus empujones, se
forzaba contra el
tronco. El culo
casi no me
molestaba y a
veces al flaco
se le escapaba la pija
y tenía que
volver a ensartarme,
pero, para tranquilizarlo, le decía que
sí, que me
dolía y me
quejaba. Después, mucho después,
comprendí que el
flaco tenía un
tremendo complejo con
su pene chiquito,
casi un maní.... ja...ja... ja...
La verdad
es que ese polvo casi
lo disfruté porque
no me dolía nada y
los azotes ya habían
pasado. Después, con
el tiempo, los maníes ya no me gustaron y
fui buscando pijas
más grandes. Aunque
debo reconocer que,
más que el
tamaño, importa la
habilidad. Hay algunos, con
una pija enorme, que
no saben usarla
mientras otros, con
una pija discreta
o casi chica, hacen una
obra de arte
dentro de mi
culo. Cuando el flaco
acabó dentro mío,
se salió rápidamente
y se cerró la bragueta.
Me miró con
bronca y me
dijo unas cuantas
amenazas. Yo ya no
sentía miedo. Sabía
que su pene no me
iba a destrozar. Pero tenía que evitar
que me hiciera chupar su
pija, porque me daba,
en esa
época, mucho asco. El
flaco se fue,
yo me hice una paja
rápida, me vestí
y me fui para el
lado del colegio. Cuando estaba llegando, el
pelirrojo apareció detrás
de un árbol y me
detuvo. Lo miré,
me miró. Se
sonrió y me
preguntó: “¿Ya probaste
el fierrito del
flaco?” Sonreí, asentí
con la cabeza. Él lanzó
una carcajada y
tomándome del cuello,
de esa manera que me
ponía la carne
de gallina, me
hizo avanzar. Sus
dedos acariciaban mi
nuca y el pito se
me paró nuevamente.
Entonces, cuando pasamos
por un pasillo desierto y nadie nos
podía ver, como
al descuido, con
mi mano izquierda
le acaricié la
bragueta, suavemente pero
con firmeza. Él se rió
y me dijo: “sos rápido... pendejito” y
empujo su pubis
adelante como diciendo:
“me gusta”. Entonces
hice algo que
no esperaba hacer.
Que jamás me
hubiera imaginado, porque
pensaba que eso
era definitivamente asqueroso. Lo empujé hacia un
cuarto que tenía
elementos de limpieza
y cerré la puerta,
trabándola con un
escobillón de esos
super-anchos que se
usaban para el
patio interior. Luego me di
vuelta. El pelirrojo me
miraba curioso y
divertido y yo,
febril, caliente, agradecido
por su afecto y su
protección, ansioso de
que no me dejara, le
abrí la bragueta
con torpeza, busqué
su pene que estaba medio fláccido, me arrodillé y
me lo puse rápidamente en la boca.
No sabía chupar
y con los dientes lo
molesté un poco. El me
dijo. “despacio, nene,
me vas a capar”. Entonces
con la lengua lo lamí,
lo puse al
palo y seguí lamiendo. Cuando
largó la leche
no la quise tragar
como había hecho
él. Todavía me
daba asco y
separé la cara
y su leche me mojó
el pelo y
las mejillas. Él
acabó, se rió,
me limpió con
su pañuelo y
me empujo afuera
con una palmada
en las nalgas. Yo salí feliz.
Había hecho feliz
a mi protector. Había
chupado mi primera
pija aunque todavía no
me tragaba el
semen. Ese día, las
miradas burlonas de
mis compañeros de
aula no me llegaron. Además
estaba descubriendo que tenía
un poder sobre
los demás. Algunos
estaban calientes conmigo
y eso me daba una superioridad. La
usaría con todos
menos con el
pelirrojo. A él, lo quería
con todo mi corazón.
A los
pocos días, el
pelirrojo me paró
en un recreo y
me dijo: “te van
a hacer otro juicio
pronto. Yo no
los puedo parar.... Voy a tratar de
que no te lastimen....
pero, por nada del mundo
digas lo que
haces conmigo y
con el flaco” Yo me asusté
y se me aflojaron las
piernas. Él se
dio cuenta y me tomó de
un brazo con firmeza
para que no
me cayera. Me dijo:
“tranquilo, yo te
voy a proteger.... pero no puedo
evitar que te den otra
zurra....” Y para
tranquilizarme me acarició
la nuca. Él
ya sabía que
eso era lo
que más me gustaba porque
era puro afecto,
sin sexo, sin
usar al otro. Era
lo que haría un padre
afectuoso con un
hijo. Y a los
pocos días vino
el flaco y me
dijo: “mañana, en
la hora de
educación física no
va a haber clases y
hemos pedido permiso
para irnos al
campo del fondo. Vos te vas a venir
con nosotros. Los
de cuarto sabemos que
te hace falta
otra clase de
buena educación”. Esa tarde
anduve medio descompuesto por la aprensión.
A la noche casi no
dormí y cuando
fui al colegio las ojeras
me delataban. Cuando
llegó la hora
fatídica pedí permiso
para ir al
baño y me fui caminando
para el fondo, pero
eso será tema
de otro relato.
Cuando llegué
al claro en
el bosque estaban
el flaco, el pelirrojo y
otros alumnos de
cuarto. Hablaban en
voz baja y cuando me
vieron llegar se
callaron. Yo llegué,
mansito como un cordero. Tenía
temor, pero ya
me estaba acostumbrando y la situación
me excitaba. Me
quise acercar, pero
el flaco me
dijo que no
me podía juntar
con hombres. Que
mi lugar era
con las hembras.
Los otros se
rieron. Me quedé
callado y me
senté en el árbol caído, donde
el flaco me
había “pasado por
el fierrito”. Siguieron llegando
más alumnos hasta
completar el curso. Cuando estuvieron todos, entonces,
el flaco, que
era el líder, les dijo
hacia donde iban a ir y
les contó el
plan en voz
baja. Yo no
alcanzaba a escuchar y
sólo sentía las
risas de los
otros que, cada
tanto, me miraban. Luego el flaco se
dio vuelta y
me dijo “en
bolas!!! Pendejo!!!”.
Todos se rieron
y yo lo miré al pelirrojo, pidiendo
ayuda, pero él,
supongo que para
no perder imagen
y, quizás, para
evitarme una paliza,
me gritó “dale
boludo, no tenemos
todo el día...” Entonces comencé a sacarme
la ropa una vez
más, y sin ser totalmente consciente
de ello, repetí
el “strip-tease”. Me saqué
los zapatos y
medias, luego me
abrí el cinturón
y la bragueta y deje
caer los pantalones
y los pateé con los
pies. Me bajé los calzoncillos y
los dejé caer
y luego, me
saqué la corbata
y la camisa. Al final,
me saqué la
camiseta. Mientras lo hacía, notaba
como todos ellos miraban mi cuerpito de
preadolescente con algo
muy parecido al hambre. (hambre
de sexo se
entiende), a medida
que iba subiendo,
lentamente, la camiseta
sobre mi torso,
hacia la cabeza.
Cuando la tuve
en la cabeza me demoré,
como si se
hubiera enredado y,
espiando por el agujero del cuello, vi
que todos estaban muy
excitados. Eso, me
dio una perversa
satisfacción. Cuando estuve desnudo,
entonces bajé la
cabeza y esperé,
sin saber qué
habían planeado. El silencio
del grupo duró un
tiempo que, para
mí, fue eterno.
De pronto el
flaco dijo “vamos”.
Lo miré..... Él pretendía
que los siguiera.
Entonces me agaché
a recoger la
ropa pero él
la alejó a
patadas y me
dio un azote con una
rama. “nada de
ropa.... los esclavos
van desnudos” y
me empujó. Caminamos
hasta el cerco
que separaba el
fondo del colegio
del campo vecino
y allí todos saltaron. Yo
los imité y
luego seguimos caminando.
Me dolían los
pies por las
piedras y por
las ramas ( por
suerte no había
árboles con espinas)
pero no me dejaban detenerme.
Estaba rodeado de
todos los alumnos
y el flaco y el
pelirrojo iban detrás
de mí. A lo
lejos, vimos una
choza de jornaleros
y noté que nos dirigíamos
hacia ella lo
que me preocupó. Cuando ya
estábamos cerca, escuché
ladridos y, al
llegar, vi que
había unos perros
atados. El flaco se
adelantó y se
puso a conversar con un
muchacho con el
que, evidentemente, tenía
alguna familiaridad y
luego nos hizo señas de que
nos acercáramos. Cuando
el campesino me
vio, desnudo entre
todos, se rió.
Los perros ladraban
enfurecidos y el flaco, que
era muy retorcido,
le dijo algo
al muchacho. Este
lo miró, se
rió y asintió vigorosamente con
la cabeza. Entonces
trajeron unas sogas
y el muchacho ató a
un perro con
una soga larga
y la fijó a un
poste. Luego me
ataron las muñecas
con una soga
a una rama de un
árbol frente al
perro. Cuando estuve
colgado, el flaco
fue soltando, de
a poco, la
soga que tenía
atado al perro.
El perro, que
me estaba ladrando,
se me abalanzó pero la
soga era, aún,
corta. Entonces, fueron
soltando la soga
y el perro, enfurecido me
mostraba los dientes
y me ladraba. Cuando los dientes
del perro se
me acercaron yo
me tiré para
atrás todo lo
que pude y allí,
en esa posición, con los dientes del
perro a unos
centímetros de mis
genitales, ataron la soga
del perro. Ya estaba preparado el suplicio y
comenzaron a azotarme, con ramas y
con sogas, la
espalda, las piernas.
Debía permanecer inmóvil
y no retorcerme. Con el
bullicio y por
algunos latigazos que había
recibido en el hocico, el
perro estaba enloquecido y
quería devorarme. Y, por desgracia,
lo que tenía más a
mano para morder
era mi
pobre pito y
mis inocentes bolitas
de 13 años. Y, esta
vez, el pito
también tenía vida
propia y debería
estar tan asustado
como yo, porque no
se levantó ni
un milímetro. Al contrario,
estaba chiquito y
arrugado buscando esconderse. El castigo duró un
largo rato. Los
gritos y ladridos
me agotaron y
pronto se hizo
evidente que me
estaban fallando las fuerzas y
que, en cualquier
momento mi pubis
iría a parar ante las
fauces del perro. Allí
intervino el pelirrojo
que estaba atento
y pidió que
pararan de castigarme
y volvió a
advertir por las
consecuencias de una lesión grave. El
flaco dijo entonces que
ya que los había calentado,
ahora debía darles
placer y debía
chuparles la pija
a todos. Sus
compañeros asintieron calurosamente y, alejando al
perro, me desataron.
Luego me ataron
las manos a
la espalda y
me hicieron arrodillar
y, por turno, fueron pelando
la pija y
me la pusieron frente a
la boca. Estaba
dolorido, muy dolorido
y agotado por
la tensión de
esquivar los dientes
del perro. Fue
un alivio y, aunque no
me gustaba la
idea, me costó
menos de lo que
pensé cuando empezaba. Supongo que se debía
a que ya se
lo había hecho, por cariño, al pelirrojo. Chupé pijas de piel
oscura y pijas
casi lechosas, algunas
rodeadas de abundante
vello y otras
lampiñas. A alguna
me costó meterla
en la boca pero la
mayoría eran de
tamaño normal. A la primera,
traté de lamerla
con la lengua pero la
calentura de esos bestias era demasiada
y, una vez en la
boca, me agarraban
de los cabellos con ambas
manos y me “cogían la
boca” si vale
la expresión, con
un entusiasmo verdaderamente juvenil. No
me dejaron apartar
la cara cuando
terminaban y me
llenaron de leche.
Al principio hice
arcadas intentando vomitar pero
cuando comprendí que,
si me resistía, iba a
terminar asfixiándome, comencé a tragar el
semen voluntariamente. La
única pija que
me dio verdadero asco, por
lo mal oliente y llena
de un “queso” blancuzco,
fue la del campesino pero,
como era un
inferior lo habían
dejado para el
final. También descubrí
que el semen no es
asqueroso ni tiene
el mismo gusto.
En algunos es más
dulce, en otros
más salado, pero
tiene poco sabor. En
realidad, ahora no
me muero por
tragar semen, pero
si me lo piden lo
hago sin problema
ya que el “asco” es, más que todo,
algo psicológico. También noté
que el olor de cada
pubis era diferente,
aún en los más limpios. Fue un alivio que
ni el pelirrojo ni el
flaco me hicieran
chupar su pija.
El pelirrojo por
cariño, para no
alargar mi sufrimiento
y el flaco, supongo, para
no avergonzarse de
su “manicito”. Todos comentaban
lo que pasaba y hacían
apuestas para ver
quién acababa más
rápido (esta idea
les sirvió para
inventar otra tortura
en otro “juicio”).
Yo solo quería
terminar y al final
se alejaron y
me dejaron arrodillado, agotado. El campesino quedó conmigo y
tuve suerte porque
no quiso violarme.
Supongo que pensaba
que yo, pese
a la situación, era socialmente
superior a él
y, sin la ayuda de los
de cuarto, no
se animaba. Pero
hizo algo que
me asustó ya
que me ató los pies
y me empujó dejándome acostado.
Luego soltó al
perro que, cuando
se vio libre y sin
los gritos de
los demás, perdió
su agresividad y
se acercó a
husmearme. Cuando me
holisqueó el pene,
el pito, perra suerte, decidió cobrar
vida y comenzó una erección
tímida al principio
pero luego decidida.
El perro entonces
le dio unas lengueteadas y
el decidido pito
se puso belicoso.
Yo estaba asustado
y quería que
me bajara la
erección pero el
pito, siempre independiente, estaba en guerra.
El perro entonces
me lengüeteó con energía y yo comencé
a retorcerme de
placer y de temor. Entonces
el perro me
puso una pata
encima, me gruñó
y siguió pasándome
la lengua. Eso
ya era una paja hecha
y derecha y así acabé,
mamado por un
perro feroz. El
campesino me miraba,
se reía y
se meneaba su
pija y cuando el perro
terminó miró para
todos lados, se
bajó los pantalones
y el perro, evidentemente acostumbrado, se lo montó.
Con su mano entre las piernas, el
muchacho guió la
pija del perro
y se hizo penetrar y
cuando el perro
empezó a serrucharlo
el muchacho lanzaba
quejidos de placer.
Después de un
tiempo, cuando me
hice amigo de
este campesino, descubrí
que muchos campesinos, cuando no tienen mujer
a mano, se cogen
a las ovejas (dicen que la
concha de oveja
se parece mucho
a la de una mujer) y que,
los que son homosexuales pasivos,
se hacen coger
por perros para
no descubrir su
condición ya que,
para ellos, es
mucho mas deshonroso
que para nosotros
el ser “puto”. Cuando el perro
terminó de cogerlo
tuve otra sorpresa
y aprendí lo
que ellos llaman
“estar abotonados”. El
pene del perro, cuando coge, se infla
en la cabeza y tarda
en desinflarse y
no puede retirarse
de adentro de
la perra. Con
los humanos ocurre
algo parecido, salvo
que tengan el
culo muy agrandado. El perro se quería
retirar del muchacho
pero “estaba abotonado” y los esfuerzos le
hacían daño en
el culo por
lo que el muchacho lo
tenía agarrado con
las manos hacia
la espalda para
que no dejara de montarlo. Cuando al final se
separaron el muchacho
vino a mi lado, me desató
y dándome una camisa suya
me llevó a
su choza y
me hizo sentar
en su cama, bastante sucia,
para esperar la vuelta
de los de
cuarto. Pasó casi toda
la tarde, yo
tenía hambre y
frío y el campesino, apiadándose
de mí, me dio de
comer un poco
de pan y una especie
de salame medio
rancio. Al caer la
tarde escuché voces.
Venían todos y
me hicieron salir
afuera y así
caminamos de vuelta,
yo entre todos
ellos que me hacían bromas
y que, cada tanto, más
por deporte que
por maldad, me
daban algún latigazo
con una rama.
Cuando llegamos al
claro allí estaba
mi ropa. Yo
temía que la hubieran robado.
Ellos siguieron y yo quedé
para vestirme. Cuando
llegue al colegio
no había nadie.
Hasta el portero
se había retirado
y me fui a mi
casa. Tuve una
desilusión porque tenía
la secreta esperanza
de que me estuviera esperando
el pelirrojo para consolarme. Pero esa desilusión
pronto se transformó
en agradable sorpresa
y te lo contaré
en la próxima.
Ya te conté, en el
anterior relato, que
después del segundo
juicio en el
que me habían obligado a mamar
a cuarto año
completo y en
el que un perro feroz
me había mamado
hasta deslecharme tuve
que volver caminando
desnudo, rodeado de
todos los alumnos
que me decían insultos y me azotaban
en forma “deportiva”. Creo que ya no
me tenían tanta
bronca porque, aunque mi
actitud les rompía
los esquemas, les
servía también para
obtener un gran
placer. Es decir,
me despreciaban por puto pero me
apreciaban como objeto
de placer y
una cosa compensaba
la otra. Había vuelto
al colegio y me había desilusionado. Creía
que el pelirrojo iba estar
esperándome para consolarme,
pero no fue
así y me tuve ir
para mi casa,
solo y apenado. En el
camino a casa
debía pasar por la
calle principal del
pueblo y allí
había un bar
al que, a veces,
iba con mi
padre. Tenía
mesas en la
vereda porque era
verano y, cuando
me acerqué, mi corazón dio
un salto de
alegría. En una
mesa, contra la pared, estaba
sentado el pelirrojo
que me venía observando desde
hacía rato en
mi caminata. Yo me
acerqué, tímidamente, porque
no sabía si
me iba a
aceptar pero, cuando
estuve cerca, me
hizo señas con
una mano para
que me sentara. El cielo
se abrió, todo
era maravilloso. Mi
protector no se
avergonzaba de mí y
me invitaba a
compartir su mesa. Me
dijo que suponía
que tendría hambre,
lo que era cierto, y
me invitó con
una Coca-Cola y un sandwich.
Acepté y llamó
al mozo. Mientras
esperábamos el pedido
no hablamos casi nada.
Yo estaba feliz.
Quería que ese
momento se prolongara.
El pelirrojo entretanto
fumaba en silencio y
me miraba de
reojo, con un
brillo en los
ojos y una sonrisa muy
tenue, cómplice. Cuando
llegó el sandwich
lo comí lentamente, pese a que
tenía mucha hambre.
Quería demorar el momento
de la despedida. El pelirrojo cuando se dio cuenta
de mi lentitud me dijo:
“apúrate, termina pronto”.
Otra vez me
apené pero cumplí
su orden. Quería
agradarlo y
en tres bocados
terminé de comer.
El pagó, se levantó de
la silla y me dijo “vamos...”. Lo miré, interrogador pero comenzó a
caminar y yo,
de un trotecito, lo alcancé.
Él, entonces, me
puso la mano
en la nuca y comenzó
a acariciarme. Otra
vez salió el
sol para mí ( aunque ya era tarde) y la piel
se me puso de gallina.
Al llegar a
la esquina donde debía doblar para
mi casa quise
hacerlo, pero él
me tomó del cuello como
se toma a un conejillo
y me obligó a seguir
derecho. Yo obedecí,
sumiso e intrigado.
Pronto descubrí que
íbamos hacia su
casa. Lo miré
y le pregunté por sus padres y me dijo:
“esta noche vendrán
tarde, tienen una
cena en la
cámara de comercio...”. Me alegré sin saber
qué esperar. Sólo
sabía que se
prolongaba mi permanencia
con mi protector y ello
sólo bastaba para
darme alegría. Él abrió
la puerta y
entramos. Luego me
hizo esperar en
el recibidor diciéndome : “voy a controlar que
estemos solos” y revisó
la casa. Cuando
volvió, puso la
llave trabada en
la puerta para
impedir que los
padres entraran y
con una amplia
sonrisa me dijo “ven ...”. Lo seguí escaleras
arriba y me
llevó al gran
baño de sus
padres. Allí había
una bañera extraña
que - él me explicó-
era un hidromasaje. Él abrió
los grifos y
comenzó a llenarla
con agua tibia.
Entonces se sentó
en un taburete y me
dijo “desnúdate... para mí...”. Comprendí
el mensaje y
entonces me saqué
primero zapatos y
medias, luego dejé
caer el pantalón
y me demoré de espaldas
a él. Agachándome para que
me viera la
cola, bajé mis calzoncillos
hasta los pies. Allí me
los saqué despacio
mientras maniobraba de
espaldas y, al
estar agachado, lo
miré por entre
mis piernas y
le sonreí. Pese
a que me era difícil,
por la posición,
interpretar su gesto
era evidente que
estaba muy interesado
en el espectáculo.
Después, me incorporé y, aún de espaldas,
me saqué la
camisa con lentitud
dejándola caer y, finalmente, me
di vuelta y
con ambas manos,
tomé la camiseta
por los costados
y me la fui sacando
despacio por la
cabeza. Mientras lo
hacía, lo miraba
a los ojos, entre provocador
y sumiso. Cuando terminé
de desnudarme, él
se levantó y
comenzó a sacarse
la ropa. No
hizo un strep-tease sino
que lo hizo
rápido y cuando quedó
en bolas se
acercó a mí, me acarició la
nuca y me empujó hacia
la bañera. Nos
metimos casi al
mismo tiempo y
él, sentándose primero,
me colocó entre
sus piernas y me dijo:
“te voy a
lavar todo, como
lo hacía tu
mamá cuando eras
chiquito.....” y comenzó
por enjabonarme la
cabeza. Una vez
lavada la cabeza
-él me lavó también las
orejas y allí
descubrí que son
zonas erógenas- tomó
jabón y comenzó
a enjabonarme la
espalda. Mientras lo hacía, cada tanto iba a
mis axilas y
me hacía cosquillas
lo que me hacía dar
un respingo. Me
lavó a conciencia
y su mano bajaba hasta
la cola, en
el agua. Luego
me dijo, “acuéstate
sobre mi pecho....”
y, entonces, me enjabonó
los brazos y
las manos con
esmero. Después, comenzó con el pecho
y me fue acariciando con las manos
enjabonadas, lentamente. Me
pellizcó las tetillas
y, acomodándose para
llegar mejor, su mano derecha
fue bajando lentamente
hasta mi pubis.
Me lavó los incipientes pelillos
del pubis y,
bajándome el prepucio
me enjabonó el
pene y lo acarició. El
pito se puso
al repalo en
el acto y él,
al darse cuenta,
lo abandonó y comenzó
a enjabonarme los muslos. Luego
me pidió una pierna
y yo, tirándome bien hacia
un costado levanté
la derecha y el la
lavó concienzudamente y, tomándome el
pie, me hizo
cosquillas lo que
me hizo retorcerme.
Luego me lavó
la otra pierna
de modo parecido. Cuando estuve todo limpio,
entonces, me acomodó
un poco mejor
y comenzó a
acariciarme los muslos
interiores y, luego,
su mano fue hacia mi
culito. Lo acarició y
recorrió el aro
suavemente, en forma
circular, durante un
rato largo, cada
vez con más
fuerza hasta que,
de pronto, dejo
de dar círculos y entró
un poquito. Yo
me cerré instintivamente, pero, inmediatamente, me
aflojé e hice fuerza hacia afuera.
El culito se
abrió y el
dedo enjabonado comenzó
a entrar y
salir. Allí descubrí
que el jabón es irritante
y que, por ello, excita
el culo más
que cualquier crema.
Lo malo es
que, después, es
un poco molesto
pero, en el momento de
coger, lo hace
más interesante. Imagíname... Yo
estaba acostado boca
arriba, sobre el cuerpo
del pelirrojo quien,
a esta hora, ya estaba
con su pija al palo
y la sentía latiendo en
mi costado. El
pelirrojo estaba agachado
sobre mi cuerpo,
su axila velluda
tapando un poco
mi cara. Sus dos
manos abriendo mis
nalgas y un
dedo, irritantemente enjabonado, entrando y saliendo
de mi culito. Comencé a
retorcerme de placer cuando ese largo
dedo llegaba a
mi próstata y
la excitaba y él,
notándolo entonces, volvió
a bajarme el
prepucio con la
otra mano y
comenzó a pajearme
lentamente. Yo estaba
relajado, abandonado, excitado,
feliz y, para
colaborar en algo
comencé a darle
besitos en la
axila y a
lamer lo que
podía. El acentuó
la entrada y salida
del dedo y
su masturbación y
yo acabé, entre
su cuerpo, retorciéndome con tal violencia
que casi me
ahogo porque hundí
la cabeza en
el agua. La
saqué afuera y
terminé de deslecharme
pero él siguió acariciando
mi pene fláccido
durante un rato
y siguió masajeándome la próstata hasta
que, al perder
la excitación, me
molestó el jabón
y cerré el culito.
Notándolo, sacó el
dedo y durante un rato
me acarició el
cuerpo, ya sin
intención sexual, solo
para darme placer,
para mimarme. Cuando hube
descansado un rato
y volví a
la consciencia, llevé
una mano a
mi espalda y
traté de acariciar
su pedazo pero
él retiró mi
mano y me hizo levantar. Yo obedecí y me
puse de pie con
ambas piernas a
sus costados. Él se
sentó erguido en la bañera
y tomando una
crema cicatrizante me
metió una mano
entre las piernas.
Yo entendí y
ayudé flexionando las
rodillas y él
me encremó bien
el ano y el recto
y, tomándome de
las manos me ayudo a
sentarme. Descendí lentamente
sobre su pija
que estaba completamente al palo. Él,
con una mano
tomo las dos
mías y con la otra
orientó su pija
a mi agujero y así
me fue penetrando despacio. Aunque
me irritaban los
restos de jabón,
la crema lo hacia tolerable
y comenzó a
hacerme subir y
bajar sobre su pedazo. Yo
quise ayudar flexionando
mis rodillas pero
él me dijo : “espera,
sigue mi ritmo,
si no acabaré muy
pronto y tu quieres
darme placer por un rato, ¿ verdad?” En realidad ya estaba
cansado y deslechado;
tenía ganas de terminar pero
comprendí que debía
darle gusto y
así, él me
tuvo un rato
largo subiendo y
bajando sobre su
pija. El culo
ya me ardía pero lo
dejé hacer hasta
que él comenzó a acelerar
y, allí, yo
ayudé con mis
piernas y así
acabó con grandes
espasmos. Me quise
salir pero él
me tomó de
los hombros y
me enterró su pija hasta
el fondo. Cuando
hubo acabado, sin
dejarme levantar, me acostó sobre su
pecho y me
acarició durante un
tiempo largo. Yo estaba
incómodo, por la
posición de mis
piernas, pero me
abandoné y lo
dejé hacer y él
me premió acariciando mi nuca
lo que me llenó de
felicidad. Cuando todo pasó,
me ayudó a
levantarme. Me hizo
vestir y me llevó a
la puerta porque
ya era muy tarde
y me ligaría una bronca
de mis viejos. Ya afuera, me
dijo que hiciéramos
planes para las
próximas vacaciones. Esa
sola idea me
llenó de esperanza
y me fui.