Mi Iniciación (Segunda
Parte)
Te conté
que me había separado
del pelirrojo con
la esperanza de tener
vacaciones juntos. No sabía como,
pero a esa edad
todo es posible y uno no lo piensa. Pero
cuando llegué a
mi casa, bastante tarde,
tuve que aguantarme
una bronca de
mi padre de
la puta madre. La
cosa pasó y
durante las dos
siguientes semanas no hubo novedades ya que nadie
me molestaba y
el pelirrojo, salvo alguna mirada cómplice y cariñosa,
no daba señales
de conocerme demasiado en
el colegio. Pero todo
lo bueno dura
poco y el lunes mi
protector me avisó que
se avecinaba otro
juicio. Yo me
preocupé un poco
pero también me excitó
la cosa. No
sabía qué estarían
planeando para mí y
podía ser desagradable o agradable,
según como viniera. Pasaron los días sin
que supiera nada
y mi aprensión fue
creciendo. Lo malo es temer
algo y que no se
concrete porque uno siempre
tiende a pensar
lo peor, a
magnificar las cosas. Hasta que, al otro
lunes, el flaco
se me acercó para decirme
que me harían otro
juicio durante unas
horas libres que
tendríamos por unos cursos
docentes. Bueno, ahora ya
sabía el cuando,
pero no sabía
el donde ni
el cómo, de modo
que mi aprensión seguía subiendo. Cuando el lunes señalado
llegaron las horas
libres, quedamos todos los
alumnos solos con
los preceptores y
mi aprensión subió
más aún ya que el flaco no
me había dado ninguna
instrucción. Pasaron los minutos,
no sabía qué
hacer y temía
desobedecerlo y, de repente,
se me iluminó la mente.
Quizás quería que
yo pidiera permiso para
ir al baño como la
vez anterior. Lo
hice y el preceptor me dejó
marchar y yo
tomé rumbo para
los fondos de colegio. Al llegar al claro
escuché voces y
entonces me entró
un ataque de timidez.
No sabía si
presentarme o retirarme.
Me quedé escuchando para
tratar de decidir
pero las voces eran
muy confusas. Tuve miedo
y entonces decidí
volver. Cuando me
estaba acercando al edificio
salió a mi
encuentro el pelirrojo
y me dijo “si no te
presentas va a ser peor”
Le pregunté “¿qué van
a hacerme?” y me
contestó: “no se.... depende
de si el flaco
está más o
menos torcido.... pero es mejor
que vayas, si
no vas .... se
van a poner jodidos”.
Le pregunté: “¿no
vas a estar?” con la
esperanza secreta de
que estuviera para protegerme y, aún, de
que compartiera mi
sufrimiento pero él
me contestó que se
había peleado con
el flaco y
que no lo habían invitado.
Mirando para todos lados me
acarició la nuca
como sólo él
sabía hacerlo y me
dijo: “anda... se
valiente...”.
Caminé, entonces,
de vuelta para
el claro del
bosque y llegué haciendo ruido para que
me escucharan. Cuando estuve
en el claro vi que estaban, no sólo los habituales
alumnos de cuarto, sino que
también había algunos
de los más grandes de tercero.
A estos “juicios” sólo faltaba que los pasaran
por televisión. Cuando llegué
y me quedé en el
medio del claro el
flaco me dijo “¿que
esperas?....”. Supuse que
quería que me desnudara y comencé el
“strip- tease” que tanto les gustaba. Los nuevos se
miraron y se
rieron con algo
de nerviosismo. Una vez desnudo
me ataron con
el pecho contra
el árbol pero lo hicieron
con maldad ya
que cuando notaron
que estaba con una
semierección se preocuparon
de que mi pene quedara hacia abajo. Cuando notaron
que estaba retirando
la cola para acomodar el pene otra vez,
entonces me ataron
una soga a la
cintura. La intención era obvia.
Que yo mismo me hiciera
sufrir ya que mi
erección daría contra
la corteza y me lastimaría.
No se equivocaron ya
que el pito,
casi siempre independiente, estaba obstinado en pararse
y hacía fuerza (inútilmente) para
perforar la corteza. Luego llegaron
los azotes con
sogas que fueron
dados con saña. Me
castigaron por turnos.
Cuidaban únicamente de
no dejarme marcas visibles pero dejaron mi
cuerpo lleno de
verdugones y, en
algunos lugares donde se
repitieron los azotes,
llegué a sangrar. Esta vez la cosa
no tenía ninguna
connotación sexual. El pene
me dolía y comencé
a llorar primero
y luego a
sollozar. Cuando fue muy
doloroso se me escapó
un grito y
entonces me amordazaron. Se burlaban de la
nenita que lloraba
y el pobre pito fue perdiendo toda belicosidad y no
dio más trabajo. Cuando el flaco consideró
que ya estaba “ablandado”
entonces ordenó suspender
el castigo y
comenzar la segunda
etapa. Entonces me desataron
y me dieron vuelta. Estaba
lastimado y debilitado. La
cara surcada de
lágrimas. Me arrodillaron y me colocaron de espaldas
contra el árbol
y allí me ataron las
muñecas rodeando el tronco
del árbol y
las estiraron bien.
Me dolía por la
tensión pero, sobre
todo, por los
verdugones en la
espalda que, apoyados contra
la áspera corteza
me hacían sufrir.
Luego me ataron los
tobillos también hacia
atrás y me
abrieron las rodillas y
quedé en una
posición incómoda. Cuando estuve
listo entonces todos fueron
pelando la pija
y comenzaron a cogerme
por la boca. Pero ahora
el objetivo de
esto era ganar la apuesta de “¿quien
acaba más rápido
en la boca del
pendejo?.” Entonces, un
alumno, cronómetro en
la mano fue controlando
el tiempo. Y
cada uno me
fue tomando por el cabello o por las orejas y
me fueron enterrando la pija hasta el fondo
de la garganta en
una carrera para
deslecharse cuanto antes. Fue doloroso.
No fue nada placentero ya
que la espalda y las nalgas
me dolían, las
muñecas atadas y
estiradas con violencia también y las rodillas
abiertas en una
posición forzada completaban el martirio. Estaba entregado,
relajado por agotamiento, los golpes de la
pija contra la
garganta me empujaban
la cabeza hacia atrás
y me la sacudían contra
el árbol. Para no
ahogarme comencé a
tragar la leche
rápidamente, antes de que
entrara en mi
boca la siguiente
pija. Algunos de
los que ya habían
acabado y que
habían tardado demasiado
consideraron que era mi
culpa y comenzaron
a pellizcarme las
tetillas y los costados. También alguno
me apretó los
huevos con la
obvia intención de que
por el dolor mordiera la
pija que tenía
en la boca. Lo consiguieron y entonces recibí
bofetadas del que
me estaba cogiendo en
la boca. Al
final, ya estaba
al borde del desmayo. No era consciente
de cuando comenzaban
ni cuando terminaban. Solo
sé que, después
de un tiempo largo, cuando recobré la conciencia comprendí
que estaba solo,
que se habían ido todos y
que estaba desnudo,
atado a un
árbol y con
mis partes expuestas a
que cualquier perro
suelto viniera a
hacerse una fiesta con
ellas. Lloraba de angustia
y no me animaba a
gritar pidiendo auxilio aunque no sabía si
alguien me escucharía.
El agotamiento
pudo más y,
pese a la incómoda posición,
me fui adormeciendo. Me
desperté al sentir
una erección y
al abrir los ojos
vi la cara del pelirrojo
que, arrodillando frente
a mi, me estaba masturbando. El
pito volvió a
tener carácter y
se puso al palo
enseguida. La mano
suave del pelirrojo
me acariciaba despacio y
subía y bajaba
lentamente hasta que
toda la violencia sufrida y la excitación
contenida me salieron
en una incontrolable explosión
de leche. Cuando
terminé el pelirrojo
fue por atrás, me
desató las manos
y caí de bruces. Luego
desató los pies y me ayudó a
ponerme de pie
y me fue vistiendo. Lo hizo
con cierta brusquedad
mientras renegaba, en
voz baja, contra la
brutalidad de sus compañeros de cuarto año. Cuando estuve vestido me tomó
del brazo y
me fue llevando hacia un costado.
No quería sacarme
por la puerta del colegio
estando yo en tan
lamentables condiciones. Cuando salimos
a la calle tomó un
taxi y me llevó a
su casa. Era ya
la media tarde
y sólo estaba la mucama en la casa. Haciéndome pasar, me llevó
a su cuarto. Allí me
acostó en la cama
y me dejó descansar (no
se qué
explicación le habrá
dado a la señora
por este comportamiento inusitado). Yo me
desplomé en un sueño
profundo del que
me despertó a
las dos horas
y llevándome a la
cocina me hizo
servir por la
mucama un chocolate con leche y unas
rebanadas de pan
con manteca. Él,
mientras yo comía, iba
y venía como
si no le importara demasiado
y cuando terminé me
dijo que ya
era hora de
irme. El sueño
y la comida, además de mi
vitalidad de chiquilín
habían obrado milagros
y estaba como nuevo.
En el recibidor, cuando él
me despedía, le acaricié la bragueta con
cariño y noté
que se le ponía al
palo rápidamente. Entonces lo
empujé hacia un salón lateral
que resultó ser una
biblioteca y allí
me arrodille y
comencé otra mamada rápida mientras él me
acariciaba la nuca.
Cuando comenzó a acabar
me tragué hasta
la última gota
de leche y
levantándome le sonreí. Él
me dio un beso afectuoso
en la mejilla, la acarició
y llevándome a la
puerta me dejó
ir. Pero le recordé
que me había salvado de los
animales salvajes y de
la vergüenza y
que la próxima vez yo
le iba a dar placer
a Él. Me sonrió y
nos separamos con la
promesa mía de
darle una satisfacción inolvidable.
Te conté
en mi anterior relato que
le había prometido
al pelirrojo (ahora que
lo pienso, aún
después de tantos
años lo sigo llamando “el
pelirrojo” aunque tenía
nombre - Eduardo- y yo
lo usaba con
él) que le
daría placer. No sabía
cómo hacerlo ni
organizarlo. Recuerda que
era muy chico y
que estaba acostumbrado a que mi
vida estuviera organizada
por mis padres por
lo que casi carecía de
iniciativa. Pero la solución
vino de un
feriado largo que
mis padres pasarían en
una playa de
la costa atlántica.
Cuando lo supe
se lo comenté a
mi protector y
él me dijo que tenía
unos amigos con una
gran casa de
verano en esa
playa y que
trataría de pedirla prestada. Yo estaba deseoso de
que así fuera
y cuando me
confirmó que iba a
poder concurrir a
esa casa, mi
corazón se llenó
de alegría. Él me
dio la dirección y el
teléfono de la
casa y convinimos en llamarnos.
Mis padres me llevaron, como estaba previsto, y,
en ese lugar de veraneo, me
aflojaron los controles
pensando que allí
no había peligro de
inmoralidad para mi
almita. Nada más llegar,
llamé por teléfono
y escuché el
sonido del discado durante
un largo rato
sin que tuviera
respuesta. Así pasé toda
la tarde llamando en
forma intermitente y
con mis padres sorprendidos de
que no quisiera salir. De
pronto se me
ocurrió que podían estar
rotas las líneas
y le avisé a
mis padres que saldría. De una carrera
ansiosa llegué hasta
las verjas de
una imponente pero desierta
mansión y, aunque
toqué el timbre,
nadie salió. Desalentado,
volví a mi casa
y esa noche seguí intentado
llamar. Ante la extrañeza
de mis padres les expliqué
que estaba llamando a la
capital para ubicar
a un compañero para que
me informara de unas
tareas escolares pendientes. Pasé una muy mala
noche y, al día
siguiente bien temprano,
me levanté. Antes de
desayunar ya estaba
en el teléfono y,
al quinto timbrazo, escuché la
voz somnolienta de
Eduardo quien, reconociéndome, me
saludó cariñosamente. Le
pregunté si podía
ir y él me
dijo que sí,
pero que acababa
de llegar y
quería dormir. Que dejaría
la verja del
jardín sin llave
y la puerta de la casa
bajo una maceta
y que, cuando llegara, lo
despertara. Mi corazón rebosaba
de alegría y de expectativa
y quise salir
de inmediato pero mi madre, que se
había levantado, me
ordenó desayunar primero. Obedecí
y tomé rápidamente un vaso
de leche y unas
medialunas y salí
a escape luego
de haber pasado
por mi dormitorio y
de haberme puesto
un poco de
colonia en el cabello,
para oler bien.
Cuando llegué a
la verja la
puerta estaba sin
llave y pude entrar. Luego busqué la
maceta y la
llave debajo de
ella y, cuando la encontré,
abrí la puerta
silenciosamente. Eduardo no
me había dicho en
cuál dormitorio de
esa mansión se
encontraría y fui recorriendo
las silenciosas habitaciones con excitación. Al final,
llegué a una
espaciosa estancia con
una gran cama matrimonial y allí, acostado
y apenas tapado
con la sábana estaba el cuerpo
desnudo de Eduardo.
Dormía profundamente, relajado,
y no soñaba conmigo
ya que su pija estaba
completamente relajada.
Mirándolo con cariño decidí sorprenderlo y me fui
sacando la ropa
en silencio. Una
vez desnudo, con
infinito cuidado, me
acosté a su
lado en la
cama y corriendo la sábana
me cubrí con
ella (es curioso
pero me daba
algo de vergüenza
que despertara y
me viera desnudo
sin que él
me lo hubiera pedido). Una
vez acostado, me
corrí lentamente y
apoyé mi cabeza
con mucha suavidad
en su pecho y me
quedé quieto durante
un rato. Sentía
su corazón latir
lentamente y su respirar
acompasado. Entonces, lentamente,
mi mano fue
acercándose a su
verga que estaba
“dormida” y la
acaricié con especial
suavidad. Repetí la
caricia por segunda
vez y comenzó una leve
erección y Eduardo se
removió un poquito
inquieto. Cuando él
se movió levanté
la cabeza para
que no pesara y cuando
se calmó volví
a apoyarla. Cuando
volvió a la
absoluta inmovilidad, entonces,
tomé su pija
y lentamente le
fui retirando el
prepucio. Cuando tuve
la cabeza descubierta, ensalivé el dedo y
se lo pasé por el
frenillo ya que sabía, por experiencia propia, que ésa era la zona más sensible. Su erección subió de nivel y yo lo llevaba muy despacio para no despertarlo. Pero fue inútil. Pronto sentí que se movía y que una mano de Eduardo me tomaba de la nuca y me empujaba despacio la cabeza hacia su pubis. Me dejé llevar y cuando mi boca llegó a la verga, la abrí y comencé a chuparla. Mientras lo hacía sentía que sus manos acariciaban y exploraban mi cola y mis huevitos. Un dedo travieso comenzó a explorar mi anito. Ante esta rapidez le dije: “”espera...” y levantándome me arrodillé entre sus piernas y, luego, me agaché hasta que mi boca entró en contacto con su pija. Entonces con la lengua, suavemente, comencé a lamerle el frenillo y la parte exterior del glande. No lo chupaba como un caramelo sino que le daba largas lengüeteadas. Comenzó a retorcerse y yo me detuve. Quería hacerlo durar y para ello me levanté y me acosté sobre su pecho con mi pito, ya duro, contra su vientre. Comencé a besarlo en la boca, en las mejillas, luego fui bajando y le chupé las tetillas, después siguió mi lengua recorriendo su pecho, su vientre y, al llegar al pubis, me hice a un lado y abriéndole las piernas comencé a acariciarle los muslos. El los abrió más para que me pudiera colocar cómodo entre sus rodillas y yo entonces le acaricié la raya del ano. Él se removió y le pregunté si le disgustaba. Me dijo que no y mis dedos, con más confianza, le acariciaron el aro del culo. Él abrió bien las piernas y entonces decidí arriesgar una travesura y comencé a intentar una penetración del culo de mi protector. No sabía por qué lo hacía. Eduardo se cerró y yo ante la evidencia del rechazo no insistí. Entonces seguí acariciando y luego volví a su verga. Me volví a colocar entre sus piernas y comencé a besar y dar pequeños mordiscos en sus muslos interiores, fui subiendo hasta llegar a los huevos a los que acaricié y luego chupé tratando de meterlos en mi boca sin lograrlo por su tamaño. Luego tomé los huevos y los estrangulé un poco en la base del pene. Sabía que, cuando lo hacía con mis huevitos, podía retardar la deslechada y, por ello, lo intenté con Eduardo. Una vez estrangulados comencé a chuparle el pene y pude hacerlo durante un largo rato ya que la eyaculación se retardaba efectivamente. Al final, comenzaron los espasmos y la leche me llegó a la boca en borbotones que yo tragué y, cuando ya no salió más, seguí lamiendo hasta que su verga se puso flácida.
Cuando levanté
la cabeza Eduardo
me estaba mirando
y me dijo: “venga mi
pollito, yo lo
voy a aliviar...” pero negué con
la cabeza. Quería
que se durmiera y
luego volver a darle
placer. Es increíble
pero, conociendo la realidad
de las relaciones humanas, hoy
me resulta difícil
aceptar el grado
de madurez que
tenía pese mis
escasos trece años.
Contentarse con el placer del
otro no es
algo frecuente, ni
siquiera entre adultos
que se aman en serio.
Cuando comprendió mi
actitud sonrió y
me hizo acostar
a su lado. Se dio
vuelta para mi lado
y me colocó contra su
cuerpo, en la “posición de la cucharita”. Nos
cubrió con la sábana y poniendo su
mano sobre mis
caderas se durmió
acariciando mi pijita
que estaba un poco
dura pero que,
en un extraño acto de solidaridad conmigo,
no quería entrar
en guerra. Me
costó dormirme ya
que su manaza pesaba y
el esfuerzo de quedarme inmóvil
me mantenía en
vela pero finalmente
la mala noche
pasada pudo más
y me dormí en los
brazos de mi
protector. A media
mañana desperté y,
saliendo de su
abrazo, me levanté
en silencio, me
vestí y salí
corriendo para mi
casa para que
mis padres no
me retaran. Comí con
ellos sin novedad y al terminar
les avisé que
saldría a dar
un largo paseo
y que volvería cerca del
anochecer. Me recomendaron prudencia y me
fui a la casa de Eduardo. Cuando
llegué abrí la
puerta con cuidado
para no despertarlo
pero fue inútil
porque el ya
estaba levantado y
había preparado un almuerzo para
los dos por
si yo volvía. No me
animé a despreciarlo y volví a
comer otra vez,
ya sin ganas. Él se
dio cuenta y
me preguntó “¿ almorzaste en tu casa?”. Cuando
le dije que
sí y que no
quería desairarlo se
rió, me dijo
que no se ofendía y
que dejara de
comer que me haría daño.
Acepté y me
puse a mirarlo mientras comía.
Él terminó de
comer y me
dijo: “Vamos a
ver televisión” y
fuimos al living y
pusimos un canal
con una película
de guerra. Nos acomodamos en
un sofá y
yo me acurruqué contra él
y él comenzó a acariciarme
la nuca y
la piel se
me puso “de
gallina”. Me estremecí
y él siguió acariciándome sin
ninguna intención sexual.
Simplemente me transmitía
cariño y protección.
Pasaron un par
de horas en
que solo éramos
dos personas tranquilas
y satisfechas hasta
que la película terminó y
él, entonces, me
miró con ojos
de pícaro. Le
sonreí y le
dije “¿te gusto más
que la tele?” y comencé
a desnudarme frente
a él, haciendo el “strip-tease” que ya conocía.
Él me alentó sonriendo y ,
de pronto me
dijo “¿te molesta
si te hago unas fotos?”.
No pensé en nada
malo (aunque después
me arrepentiría de
mi ingenuidad) y le dije
que me gustaría. Él entonces
fue a su habitación y trayendo una
cámara complicada y un flash
me fue sacando fotos mientras
me desnudaba. Cuando
estuve desnudo me
sugirió posar desnudo
para él y
acepté. Entonces me
llevó al fondo
de la casa, a un jardín
boscoso, y allí
me hizo posar
de diversas maneras.
Me dijo que
quería que se
notara el contraste
entre mi piel lisa
y joven y
la corteza de
los árboles, vieja
y llena de arrugas. Lo
más lindo de
todo es que
cada vez que
quería una pose,
se acercaba y
me la indicaba con detalle
tocando mi vientre
para que lo
hundiera, palmeando la
cola para que
la sacara afuera.
Tomando mis piernas
con delicadeza para
colocarlas en el ángulo que
deseaba. Cada contacto
de sus manos con mi
piel me estremecía. Yo quería seguir así
por horas pero,
de pronto, sentí
frío y me estremecí. Él
se dio cuenta y me
llevó adentro de
la casa. Una
vez adentro comimos
algo liviano y
me recomendó que me
fuera con mis
padres y que
volviera a la
mañana siguiente.
Al día
siguiente me levanté temprano
para volver con
Eduardo y, para
disimular, le pedí
a mi madre que
me preparara un sandwich
ya que no volvería al
mediodía. Mamá lo hizo
sin pensar nada
malo y cuando me
lo entregó lo
guardé en una
mochila y salí
a la calle. La puerta
de la verja de la
casa de Eduardo
estaba sin llave
y la de la casa escondida bajo la maceta.
Entré y, conociendo
bien la casa,
me dirigí a la habitación
donde dormía mi
protector. Quise sorprenderlo y darle placer
pero estaba despierto
y me sonrió cuando entré.
Me quedé frustrado pero él me
dijo “Ven aquí,
métete en la cama.” Entonces
volví a desnudarme
para él, con el strip-tease que
iba perfeccionando poco
a poco. Cuando estuve
desnudo me metí en
la cama y
me acurruqué contra
su cuerpo. Él me
fue acariciando lentamente
y su mano recorría mi piel en
forma muy suave.
Así estuvo durante
mucho tiempo. Cuando
yo quise tomar
su verga para
chuparla me preguntó:
“¿quieres darme placer,
mucho placer, no
es cierto?”. Levanté
la cabeza y
asentí con timidez.
Entonces me dijo:
“ven conmigo...” y levantándose salió afuera de
la habitación. Me
llevó a un
salón grande donde ya
ardía un fuego
y me sentó en un
sillón. Era un poco
cómico vernos a
los dos desnudos
y sentados en
importantes sillones, él con su “pedazo” colgando
y yo con mi “maní” arrugado, porque el tono
de su voz me había
hecho perder toda
excitación. Entonces me
dijo que él
creía que yo
tenía una vena
masoquista, ya que
me prestaba gustoso a
todo lo que
me hacían sus
compañeros aunque me
hiciera sufrir. Que
si realmente me
hubiera disgustado ya
habría denunciado la
situación o me
habría escapado del colegio. Comencé
a llorar. Sabía
que tenía algo
de razón, pero
no es agradable enterarse de
que uno es
un degenerado y
menos, por la boca de
una persona a la que
queremos mucho. Eduardo,
entonces, se quedó
durante un largo
rato mirándome llorar.
Cada tanto, yo levantaba
la cabeza buscando
comprensión en su
mirada pero ésta
era neutra. Cuando
al final dejé
de llorar, él
me dijo que,
si era cierto que yo
era masoquista, no
debía preocuparme. Cada
cual expresaba su
sexualidad como podía
y me dijo también que
eso debía tenerlo
desde muy chico. Entonces me vino a
la cabeza un
recuerdo que tenía
muy escondido. A
los ocho años,
había ido a
la casa de
unos primos en
otra ciudad y
estábamos jugando a los
vaqueros o algo
parecido. Entonces, el
primo más grande (sólo un par de
años más pero
mucho más vivo
que yo) había propuesto
que a los derrotados había
que castigarlos. En
su torpeza y
brutalidad de pibe,
sólo se le ocurría “cagarlos
a piñas a
los que se
rindieran”. Entonces yo
propuse que los
atáramos a un
árbol y le
hiciéramos cosquillas con
la secreta intención
de que yo fuera uno
de los derrotados. Mi primo
me miró extrañado
pero lo aceptó.
Yo no sabía en ese
momento que los genitales
era una zona
donde las cosquillas
eran terribles. Cuando,
luego de la
lucha, conseguí estar
en el bando de los
derrotados me llevaron
a un árbol y allí
me ataron. Yo
pregunté, en mi
inocencia, por qué me
ataban las manos
abajo cuando las
cosquillas en las axilas estarían
mejor hechas si me
ataban las manos
por arriba del
cabeza. Entonces mi primo, siempre
brutal, les comentó
a los otros “éste,
además de
puto, es un
boludo...” pero me
hicieron caso y me ataron
a mí y a otro
primito derrotado las manos
por arriba de
la cabeza y
los pies por
los tobillos a
dos árboles. Una
vez que estuvimos
atados comenzaron las
cosquillas y el
primo mayor, de
entrada no más,
comenzó a atacarme
los genitales. Me sorprendí y
protesté. Esa parte
no se tocaba ni jugando
( eso decían mis
padres) pero ellos
siguieron y nos
hicieron cosquillas en
las axilas y
en los genitales durante un
largo rato. Yo
me retorcía pero
sentía un extraño
placer en mi
pito infantil. Aunque
no llegué a
tener una erección
porque eran brutales
en sus manoseos y me
hacían doler, disfruté
de ese castigo. Lamentablemente, por
la educación que
había recibido, no comprendía
todo lo que
me podían deparar
el pene y
el sexo. Como
no volví a juntarme
con mis primos
en mucho tiempo,
me perdí la posibilidad de
aprender muchas cosas.
Además, mi memoria,
condicionada porque “eso”
no se hablaba y “a
eso” no se lo tocaba, le
hizo un “delete”
urgente y borró
todo hasta ese
momento en que
estaba charlando con
mi protector. Cuando
recordé ese suceso
lo miré a
Eduardo y le
pregunté si podía
contarle un secreto.
No se qué habrá pensado,
pero asintió y,
entonces, le conté
la experiencia infantil que
había borrado de mi
memoria. Mientras le
contaba, él me
pedía detalles y
entonces me confirmó
que yo tenía una vena
masoca y que
debía aceptarla sin
hacerme dramas. Eso
no fue fácil
ya que, a
los trece, ya
había leído algo
y los sadomasoquistas
eran, para mi,
unos enfermos. Me
puse a llorar nuevamente. Me llevaría un tiempo
aceptar esa parte
de mi personalidad sin poder
decir que la
culpa era de
los de cuarto, sin poder
decir que ellos
me violentaban. Pero
Eduardo lo aceleró
cuando me dijo
“vamos a hacer
una prueba.... yo
te voy a atar.... te voy
a torturar suavemente..... cuando quieras me lo
dices y paramos....”. Me dio mucha
vergüenza porque, al
escuchar sus palabras,
mi pito se
puso en guerra
en forma inmediata.
La erección fue
tan evidente e
inmediata que Eduardo
se rió y palmeándome la
pierna me dijo:
“¿ comprendes que tengo
razón ? .... esto te gusta....”. Sonreí
avergonzado. Era evidente que la idea me excitaba. Entonces
Eduardo añadió: “pero,
para que la
decisión de detenerse
no sea producto de un arrebato,
te voy a vendar los ojos y
te voy a amordazar.... ....cada
tanto detendré la
tortura y te
preguntaré si quieres
que me detenga.... de tal
manera, la decisión
la tomarás sin
estar sometido al
sufrimiento, aunque te
recuerdo que esta
primera vez será suave...”
Yo estaba excitado
y temblaba. Mi
pito estaba al “repalo”
y
ya estaba goteando
solo. Nunca había
estado tan excitado.
Lo miré gravemente.
No había, en
mi actitud, cariño
ni sensualidad. Eduardo estaba hurgando en las
capas más profundas
de mi personalidad y eso
no era un juego amoroso
de adolescentes. Yo
intuía que esa
experiencia definiría mi
personalidad y sabía
que Eduardo podía
ayudarme. También intuía
que me metía en
un camino sin
retorno, en el
que podía terminar
muy mal y
que Eduardo sería, también,
responsable de ello.
El corazón me latía
en forma desbocada.
El pito estaba
erguido. Yo tenía
ganas de definir
las cosas. Hice
los temores a un lado
y asentí con
la cabeza, sin palabras.
Ni siquiera sonreí.
La situación era
de extrema importancia
y me daba cuenta de
ello. Entonces Eduardo,
quien también tenía
una actitud seria,
se levantó y
tomándome de la mano
me hizo ponerme
de pie. Creo
que él comprendía mi preocupación, mi susto y mi excitación porque puso su mano en
mi nuca y
mientras me hacía
caminar me fue acariciando. Sentí
el afecto pero
no sentí la protección.
Eduardo no podía
protegerme de mí mismo. Estaba
solo, a los
trece años, internándome en un camino
desconocido y peligroso.
Supongo que, en Eduardo, se
mezclaban sentimientos de
afecto con poderosos
impulsos sexuales ya
que estaba mostrando
una vena sádica.
Pero él quería
que yo me sintiera acompañado
hasta algo que
bien podría haber
llamado “el cadalso”.
Hoy pienso que
yo me sentía como
los cristianos que
eran llevados al
patíbulo para ser
torturados hasta la
muerte y que
hubieran podido salvarse
por el simple recurso de
abjurar de su
fe. Esos cristianos
tenían un pavor
atroz pero no
querían perder la
fe. Yo también estaba asustado,
pero no quería perder
esa oportunidad de
saber. Caminamos los
dos, desnudos, por
un largo corredor.
Él sin erección y yo
“al repalo”. Sus
dedos acariciando mi nuca y
dando algún consuelo
a mi extrema soledad. Ni
siquiera Eduardo podría
acompañarme en ese
camino que iniciaba,
pese a que lo emprendía
de su mano. Cuando llegamos
a un salón vi que,
allí también, había
un fuego encendido
y comprendí que
Eduardo me conocía
demasiado bien y
que había supuesto,
acertadamente, que yo
entraría en su
juego. El salón
estaba lóbregamente iluminado y
contribuía a provocar
aprensión. Además de
la enorme chimenea
con su fuego, colgaban cadenas
y sogas del
techo, había mesas
con esposas y
unos caballetes acolchados
cuya función no
comprendía. Sobre las paredes,
como decoración, estaban
fijadas hachas, espadas,
mazas y había
una amplia variedad
de látigos. Sobre
una mesa había
pinzas de largos
mangos y, en
un brasero al
lado de la
mesa, estaban algunas
de esas pinzas
calentándose. Más tarde
sabría que esa
habitación era lo
que los aficionados
llaman “una mazmorra”
y que esos instrumentos son,
en la mayoría de
los casos, sólo
una puesta en
escena. También, más
tarde, comprendí que
Eduardo era un
aficionado al sadomasoquismo y que tenía amistades
de mucho dinero
a las que él proveía
de víctimas adolescentes como yo. A cambio
de esa provisión de
esclavos, le permitían
usar esas instalaciones y compartir orgías
de dolor. Eduardo
notó, en mi
nuca, la rigidez
de mi cuerpo. Dejó que observara bien
todo mientras sus
dedos seguían trasmitiéndome cosas a través
de la piel de mi
cuello. Estuve a
punto de dar
marcha atrás y
era evidente que
la mano de
Eduardo no quería
empujarme. Hasta se
había retirado un poco,
como dándome la
opción de huir.
Pero, como los
cristianos, aunque ahora
tenía pavor a
la vista de
los instrumentos de
tortura, di un
paso adelante. Creo
también que si
me hubiera empujado,
aunque sea levemente,
hubiera retrocedido para
siempre y hoy
no estaría contando
esto. En cambio,
el simple hecho
de darme libertad
decidió mi camino
y mi vida actual. Sentí
su alivio, pero
me dijo: “estás
a tiempo de volverte atrás.... nada cambiará entre nosotros
si no seguimos”. Pero yo,
sin saberlo claramente,
entendía que Eduardo era un sádico
y yo un masoquista. Éramos
uno para el
otro. Si yo
retrocedía, lo perdería
porque él buscaría
otro chico a
quien hacerle lo
que me estaba ofreciendo. Tenía
una soledad tan
grande que estaba
dispuesto a todo
para no perderlo
y hundirme en
el vacío. Además,
estaba mi sexualidad
(hoy reconozco que enfermiza) que
me pedía, a
gritos, ser sometido.
Di entonces otro
paso adelante y,
entonces, Eduardo me
ordenó caminar unos pasos
hacia el fuego
y esperar sin
darme vuelta ni mirarlo. Lo
hice y al acercarme al
fuego me detuve
por el calor intenso pero
él me ordenó alcanzar un
paso más. Al
avanzar sentí que
el calor enrojecía
y secaba mi
piel y que mi pito
parado sufría un
poco por el
calor excesivo. Esto
me asustó pero
me excitó más aún
y me quedé quieto mientras
sentía ruidos de
roces a mi espalda. Cuando
Eduardo me lo ordenó
me di vuelta. Eran ahora
las nalgas las
que recibían el
calor intenso. También
me sorprendí al
verlo a Eduardo que
estaba semivestido con
ropa de cuero y
una capucha de
verdugo. Me estremecí
pero me quedé
quieto cuando él,
con un látigo en la mano, se
fue acercando a
mi cuerpo desnudo
e inerme. Cuando
llegó cerca, me acarició
el pito erecto
con el látigo y luego dando
la vuelta me
empujó con el
látigo apoyado en
la espalda para
alejarme del fuego,
llevándome al centro
de la habitación, mientras me
explicaba que, sobre
mi cabeza, colgaban
unas sogas con
esposas acolchadas; que
en el suelo había otras
sogas con esposas
para los tobillos
y que en una mesa cercana había otros instrumentos para mi iniciación
como esclavo voluntario. Yo temblaba de
excitación y de
temor. El corazón
me latía y
estaba impaciente por
empezar. Entonces me
ordenó tomar una
venda especial elastizada
con forma de
anteojos que había
sobre la mesa
y colocármela bien
ajustada. Cuando lo
hice y quedé ciego me
dijo: “palpa sobre
la mesa y
encontrarás una pelota
de goma con
unas abrazaderas..... Póntela en
la boca...”. A tientas,
localicé la venda bucal
y aunque me costó la
introduje en mi
boca y luego la até
detrás de la nuca. Luego,
me ordenó agacharme
y buscar , también a
tientas, las esposas
para los tobillos
y ajustarlas a
mis pies cosa
que hice. Una
vez que tuve
los pies atados
sentí que las
sogas se estiraban
y me arrastraban los pies
hacia los costados, dejándome con
las piernas bien
abiertas. Después escuché
su voz, ordenándome
que tanteara el
aire para localizar
las esposas para
las muñecas y
que me las colocara bien
ajustadas. Cuando lo
hice, esperé y
noté que muy
lentamente las sogas
se iban poniendo
tensas levantando y
abriendo mis brazos.
Pronto quedé con
mis pies apenas
apoyados, con las
extremidades bien abiertas
formando una X. Luego
se hizo un silencio y
sentí que Eduardo
caminaba alrededor de mí. Yo
estaba atado, desnudo,
ciego, amordazado e
indefenso. Sentía la
excitación en la
cabeza del pene.
En eso sentí que algo
tocaba mi nuca
y mi piel se erizó.
Luego, ese algo
fue bajando despacio
por la espalda hasta llegar
a mis nalgas e introducirse entre
mis piernas y me acarició
el ano. Yo
estaba expectante. No
sabía qué era
lo que me esperaba
pero lo aguardaba
con ansia y
con temor. Luego
sentí pasos que
se alejaban y
quedé solo cuando se
cerró una puerta.
Ahora
, pese
a mi juventud, soy un
experto en masoquismo
y me doy cuenta de
que Eduardo era
un psicólogo nato,
pese a tener menor edad
que la que yo tengo ahora. Me
manejó a su
voluntad sabiendo que
su presión obtendría
resultados negativos y
me hizo elegir
libremente, sabiendo que
mi libertad no
era tal ya
que estaba condicionada por mi historia
previa. Cuando se
fue, cerrando la
puerta, jugó con
mi fantasía y
mis temores ya
que , al tiempo de
sentirme solo, comencé
a preocuparme. El
estar ciego y
amordazado me privaba
de toda idea
de tiempo. Para
aumentar mi aprensión comencé
a escuchar, tenuemente primero y luego con
mayor fuerza quejidos
de dolor y
voces de chicos
pidiendo perdón. En
ese momento no lo sabía,
pero eran cintas
grabadas con anterioridad en sesiones de
sadomasoquismo. Cuando mi
aprensión llegó al
máximo escuché que
se abría la puerta y
que se volvía a cerrar.
El ruido de los
quejidos y las voces me impedían
distinguir pasos y
por ello me
puse tenso. De pronto sentí
que algo se
apoyaba en mi
mejilla y me
hacía una cosquilla
suave. Esa cosa
siguió bajando y
luego se entretuvo con mis axilas
y, lo que comenzó como
algo agradable, fue
haciéndose paulatinamente molesto
y luego enloquecedor. Yo me retorcía
pero ese algo
(luego sabría que
era una pluma)
pasó a la espalda y
comenzó a torturarme
bajando despacio hasta
llegar a mis
nalgas. Luego la
pluma buscó mi
ano y comenzó a hacerme
cosquillas alrededor del
ano y comencé a tener
espasmos. Mi torturador
detuvo el suplicio
y, cuando me
hube calmado, me preguntó si
quería que nos
detuviéramos (esa frase “nos detuviéramos”, me hizo definitivamente cómplice de
mi sufrimiento ya
que lo transformaba en un
trabajo de “a dos”.
Lo pensé y,
amordazado, negué con
la cabeza. Entonces
la pluma volvió
a mi ano y otra vez
me llevó a
niveles insoportables de sufrimiento y
placer conjunto. Después
de esto, Eduardo
volvió a detenerse
y me preguntó si quería
que “nos detuviéramos”. Aunque
estaba agotado, volví
a negar con
la cabeza. Entonces
sentí que se
alejaba y de pronto cayeron
sobre mi cuerpo
latigazos dados sin
mucha fuerza. No
lastimaban pero sí
ponían los nervios
de la piel en un
estado extraño de excitación. Mi espalda, mi
pecho, las nalgas,
los muslos , el
vientre, el pubis,
todo menos el
pito recibió un prolijo aunque
suave castigo hasta que
de pronto sentí
que los azotes
dejaban de caer.
Después de unos
instantes de silencio,
las sogas de los
tobillos se fueron
tensando y me
levantaron por los
pies con lo
que quedé colgando
de manos y
pies. A continuación, sentí
que Eduardo colocaba
bajo mis caderas
algo acolchado (después
supe que era
uno de esos caballetes misteriosos) y que su
cuerpo se introducía
entre mis piernas.
Primero recibí una
caricia fuerte, violenta,
que casi no
era caricia, en
los muslos y en las
nalgas. Luego, un
dedo encremado primero
y, después, dos
dedos juntos se introdujeron en mi ano
y comenzaron a
dilatarlo. Cuando estuve
listo me penetró
con alguna violencia
y comenzó a
serrucharme sin asco.
Yo esperaba que
me masturbara pero
no lo hacía y no
podía decir nada porque
estaba amordazado. Sentí
su violenta deslechada
en mi culo y cuando
terminó se salió
de adentro y
sentí que se iba. El
golpe de la puerta
me dijo que
estaba solo otra vez.
Yo estaba caliente
por la cogida y no
me habían aliviado
con una paja o
una mamada. Pasó el
tiempo y no
sabía qué pasaría.
Los quejidos habían
cesado y la
casa estaba en
silencio. Luego de
un tiempo largo,
que no puedo precisar, me
adormecí y estaba
relajado cuando, de pronto
sentí que algo
estaba a mi
lado. Traté de
preguntar “¿Eduardo?” pero, por
la mordaza, solo
me salieron gruñidos.
Nadie contestó, pero,
pese a ello, tenía la
seguridad de que
alguien estaba a mi
lado mirándome. No
sabía qué parte
de mi cuerpo era observada
ni qué planes tenía. Solo
sabía que era
detenidamente
inspeccionado. Volví a gruñir
pero solo el
silencio me respondió. Así pasó el tiempo
(era increíble la
paciencia de Eduardo
para hacerme esperar
lo peor). Pronto
volví a escuchar
quejidos, gritos e
insultos. Me atemoricé
y comencé a
retorcerme. De pronto
volví a sentir una presencia muy cerca mío (era Eduardo
quien, en realidad,
no me
había abandonado
en ningún momento
y había estado
en la habitación calibrando mis
respuestas, como me
lo confesaría mucho después)
y volví a
gruñir. Entonces, por
respuesta, sentí que
un dedo encremado
me acariciaba el
culo y me iba penetrando
despacio, muy despacio. Me volví a excitar y
comencé a empujar con
el culo para
apurar la penetración. Pero Eduardo retiraba
su mano cada
vez que yo
empujaba e iba
penetrando milímetro a
milímetro. Me desesperé
y gruñí pero
no hubo respuesta.
Una vez adentro
el dedo comenzó
salir muy despacio.
Yo quería que me
cogieran con violencia
pero esa negativa
era parte del
refinado sadismo de
Eduardo. Así pasó
un tiempo largo que
no puedo precisar.
El dedo entraba
despacio y luego
salía despacio. Cada
vez que entraba
me acariciaba la próstata y
yo llegaba al
borde de la
deslechada pero, al retirarse me
dejaba con las
ganas. Finalmente Eduardo
se decidió y
comenzó a serrucharme
con el dedo y esta
vez me alivió por el
ano, ya que
al masajear la próstata, consiguió
que me deslechara. Volví a
sentir que se
iba. Ya hacían
tres o cuatro horas que estaba sometido.
Me sentía cansado
y me adormecí de nuevo
pese a la posición incómoda
ya que sentía que me
faltaba circulación de sangre en
las muñecas y en los
tobillos. De pronto
volví a despertarme
y sentí que
me estaban penetrando
con algo que
no era una verga. Era,
lo supe después,
un consolador bastante
grande porque me
produjo mucho dolor
su introducción. Quise
gritar pero no pude,
me retorcí pero
la mano de
Eduardo, implacable, lo
fue enterrando despacio
hasta que ya
no pudo más.
El ano me latía por
el dolor, la
cosa no era
agradable y me quejaba con
gruñidos. Entonces sentí
las manos de
Eduardo acariciándome y
su boca besándome.
Me acarició todo
el cuerpo pero
no llegó a
tocarme el pene
y lentamente me
fui relajando y
acostumbrándome al consolador dentro mío. Su
caricias siguieron y
luego se transformaron en cosquillas. No
podía evitarlas y,
ahora que tenía
mis pies levantados,
se entretuvo en
las plantas de
mis pies. Me
volví loco, me
sacudía tratando de
evitar las cosquillas
y retorcía los
dedos de los
pies como garras,
pero él continuaba
impasible. Cuando se
detuvo, dejó que
me calmara y
volvió a preguntarme
si quería que “nos
detuviéramos”. Esta vez
demoré más la respuesta
pero finalmente sacudí
la cabeza negando.
Entonces sentí que
se alejaba y
luego de hacer
algunos ruidos volvió a
acercarse a mi
cuerpo. Esperé con
aprensión pero sólo
escuchaba sus movimientos
y como tardaba mucho comencé
a excitarme y a
sentir temor. Eduardo esperó a
que mi pito se pusiera
nuevamente al palo
y, en forma sorpresiva
me tocó el
glande y sentí
que mi cuerpo se contraía.
Me sacudí brutalmente
y luego él siguió
tocando mi cuerpo.
Ese algo que
me obligaba a
tener contracciones feroces
me tocó las
tetillas, las
orejas, los labios,
luego volvió al
pene y a los huevos
y después se entretuvo en el ano
hinchado por el consolador. Cada
vez que me
tocaba era como
si un ave de rapiña me
diera un picotazo.
Llegó un momento
en que estaba enloquecido por
los “picotazos” y Eduardo
refinó su tortura
porque comenzó a alternar
los toques acariciantes de su lengua con
los “picotazos” brutales
de ese algo (después
me contaría que
era una picana
eléctrica en 12
volts). Entonces, eso
me enloqueció ya
que la primera vez que
me acarició el
glande con la lengua
yo temí un
picotazo y contraje
aterrado el pubis pero
la lengua acariciante
lo siguió y
me dio un gran
placer. Luego me
chupó una tetilla
y cuando sentí
que me tocaba la otra
tetilla pensé que
sería la lengua
pero era la
picana y me
volví a retorcer.
Así pasó un
largo rato donde
se alternó el
placer y el
sufrimiento. Finalmente Eduardo conectó el consolador que
empezó a vibrar y comenzó
a aplicarle electricidad al consolador que
estaba modificado y
que tenía electrodos
en la punta. Estos me
tocaban la próstata
mientras el aparato
vibraba y pronto
sentí que la
leche me venía
y acabé en
medio de gruñidos
y espasmos. Cuando
hube terminado de
largar toda la
leche, Eduardo me
retiró el consolador,
me desató los pies
y sacándome el
caballete que tenía
bajo la espalda
me ayudó a
incorporarme. Luego me
sacó la mordaza
de la boca y, entonces,
aún atado de las
manos me acarició
y me apretó contra su
cuerpo. Yo estaba
agotado y dolorido
pero satisfecho y
empujé mi pubis
para que diera
contra sus piernas.
Él, entonces, aflojó
las sogas del techo, sin
desatar mis manos
y me ayudó a arrodillarme. Yo entendí y abrí
la boca. El
peló la verga
y me la metió hasta
la garganta y,
sin miramientos y
con violencia, me
cogió por la
boca hasta acabar
llenándome de leche
que pude tragar
sin problemas. Luego
me sacó la
venda de los
ojos, me desató
y me llevó por largos
pasillos hasta una
cocina donde me
hizo sentar en
una silla y
me dio unos sandwichs con
leche. Pregunté la
hora y me dijo que
ya eran las
tres de la
tarde. Habían pasado ya siete
horas desde que
había salido de
mi casa y
calculaba que Eduardo me había sometido
durante unas cinco o
seis horas. Con
razón estaba agotado. Mientras
comía (me sentía
incómodo de estar
desnudo mientras Eduardo
estaba vestido con
ropa de cuero)
Eduardo me contó
lo que me había hecho
con lujo de
detalles y me
dijo que, si yo quería, podía
encontrar en la
Capital placeres semejantes
o mayores aún.
Me explicó que
él tenía amigos
mayores que gustaban
de “pendejitos como
yo”. Me aseguró
que, si yo
aceptaba, me llevaría
a algunas mazmorras
de la capital donde “me harían volar”
y me aseguró que él
siempre se encontraría
presente para que
no me hicieran daño. Le pregunté
qué tendría que
hacer y me
dijo que debería
desnudarme frente a
varios hombres o
dejarme desnudar por
ellos si eso
les gustaba más
y luego dejar
que me hicieran cosas. Cuando
lo dijo, sentí
que me excitaba y mi pito,
pese al agotamiento, volvió a ponerse
en pie de guerra. Eduardo
se rió al verlo y, estirando una
mano, comenzó una
paja lenta y
placentera mientras yo
comía el sandwich.
Yo lo dejé y él
siguió hasta hacerme
acabar con lo se me
atragantó el bocado que
estaba comiendo. Entonces
me limpió con
un repasador y
me ayudó a
llegar hasta la
habitación del principio
donde estaba mi
ropa en el
suelo. Allí, Eduardo
me fue vistiendo con mucho
cariño y cuando
terminó me dijo
que debía volver
a la capital. Luego me acompañó
hasta la puerta y
me recomendó que
pensara su propuesta
y que se la diera
en el colegio, la próxima
vez que nos
viéramos. Las cosas
que me pasaron en esas
“mazmorras” de la capital
son poco creíbles.
Cuando, para calentarme, me mostraban fotos
de torturas a “pendejitos” yo
pensé que eran
fotos tomadas en
los países subdesarrollados donde los pibes,
muertos de hambre,
se entregaban por
unas monedas. Pero
luego aprendí, cuando vi más chicos participando
conmigo en esas
orgías de dolor,
que el masoquismo está mucho
más extendido de
lo que se cree...
En el colegio
pasó una semana
sin novedades de
importancia. Los de cuarto
y los de tercero que
habían participado en mis “juicios” me hacían bromas
y me tocaban el culo
o me acariciaban la bragueta
cuando pasaba junto
a ellos. No me
respetaban pero tampoco
me trataban mal
y me protegían de mis compañeros. Un
día Eduardo me
dijo que lo
acompañara y lo
seguí hasta un rincón del
patio que estaba
desierto. Allí, sacando
unas fotos del bolsillo me
las mostró. Cuando
las vi el corazón me
dio un vuelco y me
puse colorado aunque
al mismo tiempo
sentí una gran
excitación. Eran las
fotos que Eduardo
me había tomado
desnudándome y en
el jardín boscoso.
Eran lindas fotos
en blanco y
negro. No eran
fotos pornográficas, de
aquellas donde se
ve todo. Eran
fotos sugerentes, con
muchas sombras velando
mis genitales que
apenas se insinuaban.
Era cierto además
que el contraste entre mi
piel y la corteza de
los árboles producía
un resultado muy
erotizante ya que
resaltaba la suavidad
de mi piel. Le pedí
a Eduardo que
me las prestara para verlas
con calma en casa pero
me dijo que
era mucho riesgo
ya que si mi padre
las descubría me
obligaría a confesar
su origen y
todo quedaría descubierto . Por ello, las guardó
nuevamente. Yo me
apené pero comprendí
el argumento. De
todas formas, durante
muchos días, cuando
volvía a mi
casa me hacia
unas terribles pajas
recordando esas fotos
y las electrizantes manos de
Eduardo cuando tocaba
mi cuerpo para
ponerlo en posición.
Lo que no sabía es
que Eduardo había
sacado esas fotos
para venderlas más adelante
y que, años después, las
vería publicadas en
alguna revista de
pornografía infantil. Esto
me significó una
gran desilusión ya
que, al verme
expuesto de tal
manera, me sentí
usado y estafado
por Eduardo. Pero,
en ese momento, verme en
esas fotos acrecentó
mi sometimiento a
Eduardo y luego
le pedí que
me sacara fotos
la próxima vez
que tuviéramos una
sesión de sadomasoquismo ya que quería
verme cuando era
torturado. La respuesta
de Eduardo a
ese pedido fue,
una vez más,
displicente, y con
ello, obtuvo que
yo me calentará más y
más, esperando el
momento de ser
fotografiado mientras me
sometían. Pero pronto
volví a tener
otro juicio. Esta
vez el procedimiento fue por
sorpresa ya que
nadie me avisó.
Era un día normal de clases y,
de pronto, por
problemas en la
dirección llamaron a
los profesores de
cuarto y quinto
a una reunión y tuvieron
todo el día
libre. Entonces, en
el recreo, el
Flaco me dijo
que en la hora siguiente
pidiera permiso y
me fuera para
el fondo. La sorpresa me paralizó. Pero
a los diez minutos ya
había cumplido el
trámite y estaba
caminando para el
fondo del colegio.
Al aproximarme me
extrañó la falta
de voces y
cuando llegué al claro vi
que estaba sólo
el flaco. Lo
miré, me miró
y me quedé de pie,
a una distancia
prudencial, esperando que
llegaran los demás
pero el flaco
se aproximó sonriendo torcidamente y me dijo:
“en bolas, pendejito”. Comprendí que estaba a
solas con ese
sucio y asqueroso
y quise retroceder
pero tomándome del
brazo me lo
retorció y el
dolor me hizo
arrodillar. Se rió
y me fue sacando la
ropa con brusquedad,
casi rompiéndola. Cuando
quedé desnudo entonces
me ató las manos a la espalda,
me forzó a
ponerme de rodillas
y con el resto de
la soga me
ató por el cuello a
un arbol, y luego
se sentó a mirarme. Yo
ya estaba asustado
y no tenía ninguna excitación.
No sabía qué
me esperaba pero
estaba seguro de que
no sería agradable.
De pronto sacó
un cigarrillo y
se puso a
fumar. Eso me
tranquilizó un tanto
pero pronto me
di cuenta de mi
error. Se acercó
y dando una
pitada al “pucho”
tocó apenas mi axila. Fue
tan sorpresivo que
no atiné ni
a moverme y
sentí un gran
dolor por la
quemadura y grité
con angustia. Entonces,
puteando, sacó un
pañuelo sucio del
bolsillo y me
lo metió en la boca
con lo que me silenció. Luego
siguió acercando la
brasa a los
muslos, a las
axilas, a las tetillas.
Apenas me quemaba,
pero el terror
hacía que me
retorciera. Cuando terminó
de “ablandarme” me miró,
se rió y “pelando” su “mansito”
lo
puso frente a
mi boca mientras
me sacaba el
pañuelo sucio. Yo
comprendí pero el
olor de su
miembro era demasiado
repugnante y torcí
la cara. Entonces,
frustrado y en
un ataque de rabia, me
apagó la brasa
del pucho en
el pubis produciéndome una lesión cuya
cicatriz la deberé
tener para siempre
como recuerdo de
ese sicópata. El
dolor fue tanto
que me descompuse y vomité
allí mismo. El
flaco me abofeteó
y volvió a ponerme su
pija frente a mi boca
y allí claudiqué. Abrí la
boca y él me puso
su “pedacito” adentro.
Con asco, pero
con terror, lamí el
glande sucio tratando
de abreviar el
trámite. Al principio sentía que
me venían arcadas como para vomitar pero, por miedo, me controlé
y comprobé, una vez más, que casi no tenía gusto y que lo verdaderamente repugnante era el olor a bolas
sucias del flaco. Acostumbrado rápidamente a ese olor le chupé
la pijita con eficacia y lo hice
acabar. Creo que era la primera vez que
alguien le chupaba la pija a ese asqueroso y cuando acabó lo hizo con
violencia agarrandome de las orejas y enterrándome los pelos del pubis en mi cara. Yo estaba entregado y no sentía el dolor de la quemadura en mi
pubis y tampoco sentía asco. Solo quería que terminara por lo que no me hice drama y me tragué la leche. Cuando terminó el flaco se dejó caer hacia
atrás mientras me miraba satisfecho. Cuando se arregló la ropa y me
aflojó la atadura en el cuello pensé que me soltaría pero
estaba muy equivocado ya que
era un enfermo completo que disfrutaba del sufrimiento ajeno. Me
liberó el cuello pero no soltó mis manos y me volvió a poner el pañuelo
en la boca. No sabía qué planeaba pero
volví a asustarme. Él entonces me
arrastró hasta un tronco caído
y mostrándome una rama del tronco
que sobresalía me dijo que debía sentarme sobre esa rama y hacerme coger por ella. Lo miré aterrado. La rama
no tenía astillas
pero era bastante gruesa y me
iba a destrozar. Cuando vio
mis temores sacó otro cigarrillo y lo encendió en forma
deliberadamente lenta.
Luego le dio una pitada profunda
que avivó la brasa
y se acercó sonriendo lobunamente. Entendí el mensaje........ estaba
clarito......
Incorporándome dificultosamente por mis
manos atadas me
acerqué al tronco
y cuidadosamente me
puse a horcajadas sobre la
rama y fui descendiendo lentamente
para sentarme sobre
la rama. No
acerté de entrada
y la rama se hincó
en los músculos que rodean
el ano provocándome un gran
dolor. Cuando me
levanté el Flaco acercó
el cigarrillo a
la cabeza de
mi pene y
yo con gruñidos volví a
sentarme. Esta vez,
por suerte la
emboqué bien y
la rama fue
entrando en mi
ano. Era muy doloroso porque,
aunque no tenía
la corteza seca, era
áspera y gruesa
y no tenía ninguna lubricación
pero finalmente entró
hasta el fondo
y me dejé caer, agotado
por el esfuerzo, sobre el tronco. El
flaco entonces me ordenó
que debía subir
y bajar para
que la rama me cogiera.
Inicié entonces un
agotador trabajo flexionando
las piernas para
que la rama me entrara
y saliera del culo y,
oh sorpresa, mi
pito quiso guerra
y se fue parando lentamente.
El flaco se
reía y me amenazaba con
el cigarrillo y al ver
que era lento comenzó a aplicarme la
brasa en las
nalgas, cada vez
que subía para
que me apurara. El pito
estaba al repalo
y comenzó a
salir un poco
de leche por
la punta y
de pronto sentí
que me deslechaba. Así, entre
retorcimientos y espasmos
largué toda la
leche concentrada en
tanto sufrimiento previo.
El flaco se
reía y cuando quedé sentado,
agotado, sobre el
tronco me desató
y se fue. Esperé un
poco y saliéndome de la
rama tomé mi
ropa, me interné
entre los árboles,
me vestí y
volví al colegio
aunque esta vez rengueaba
inevitablemente por el dolor
que tenía en
el culo.