13

Tengo 25 años, pero lo que voy a contar ocurrió hace mucho tiempo, cuando tenía 13. Fue mi primera experiencia homosexual, y no la última, a pesar de que no me considero homosexual. Soy ante todo un hedonista. Me gusta buscar el placer y excitar mis sentidos, por lo que estoy tan dispuesto ante una mujer como ante un hombre. Lo importante es disfrutar, y eso es lo que yo
busco: disfrutar. No creo que por acostarte con un hombre tengas que ser un "maricón". Es tan sólo una opción sexual más, pero nuestra sociedad es todavía muy hipócrita para entenderlo. Tengo que decir que soy muy masculino, y que me gustan también los hombres masculinos. No me gustan
los hombres afeminados ni los que se visten de mujer (aunque respeto la libertad de cada uno). Cada sexo tiene sus cosas y pienso que no son intercambiables.

Cuando yo tendría unos 13 años ya era un chaval que empezaba a preocuparse de las cuestiones sexuales. Empezaba a sufrir en mí los cambios físicos que indicaban que ya no era un niño y que me iba convirtiendo poco a poco en un adulto. La voz me había empezado a cambiar, mi instrumento había crecido como también los huevos, y tenía ya muchos pelillos alrededor de mi aparato. Lo cierto es que yo era el más desarrollado de mi grupo (algunos parecían todavía niños de 9 años). Comenzaba en ese tiempo mi interés por el sexo, y por las niñas que ya marcaban sus tetitas bajo la camiseta. A veces estaba en clase y se me ponía dura viendo y pensando en ellas, lo cual era un
problema, pues me daba miedo de que la profesora me hiciera salir a la pizarra y todos me vieran el bulto, tanto más porque casi siempre llevaba pantalón de chandal, y ahí si que no había excusa.

Era yo un chaval guapetón (todavía lo soy); era más alto y parecía un poco mayor que el resto, y además me gustaba mucho hacer deporte, por lo que tenía un aspecto bastante fuerte. Las niñas se interesaban más en mí que en mis amigos, y a mis amigos yo les imponía. En las duchas notaba cómo miraban mi cuerpo y mi entrepierna con envidia. Algunas veces quedábamos para ir a ver películas porno en casa de un amigo y nos hacíamos pajas (cada uno la suya). Éramos tres o cuatro. Nos sentábamos en el sofá y nos bajábamos un poco los pantalones. Me excitaba terriblemente viendo aquellas imágenes en las que salían tías desnudas y unos tíos con grandes pollones follándolas, o bien ellas haciéndoles mamadas. Mi polla se ponía muy tiesa, y eso despertaba gran interés entre mis amigos, y más aún cuando eyaculaba. Ellos tenían unas pollitas muy pequeñas, y apenas conseguían eyacular (alguno ni eso), por eso estaban espectantes viendo cómo yo sacaba mi leche y manchaba mi mano. Eso me divertía y me excitaba al mismo tiempo, correrme ante ellos y ver sus caras. Me hacía sentir superior a ellos, y físicamente lo era.

Lo cierto es que eran unos críos, y yo ya no era tan crío (en todos los aspectos). Eran mis amigos, pero yo ya estaba mucho más espabilado, y todas aquellas chiquilladas me parecían ya una tontería, así es que cuando salíamos del colegio prefería irme a hacer deporte con otros  muchachos más mayores, de 16 a 18 años, con los que jugaba al fútbol y a otros deportes. Me hice muy amigo de un chico de 18 años que se llamaba Carlos. Era un tío muy guapo con aspecto de chulito, moreno y muy popular entre las chicas. Los dos íbamos al polideportivo a jugar partidos, y casi siempre había chicas que iban a verlo jugar. Tenía unas piernas muy potentes de tanto hacer deporte que despertaban mucho interés entre las chicas, más aún cuando se ponía los pantalones cortos para jugar al futbol. Me llamaba mucho la atención la cantidad de vello que tenía en las piernas y el tamaño del paquete que se adivinaba debajo de los shorts. No sabía por qué pero a veces me sentía muy excitado cuando pensaba en él, hasta el punto de llegar una vez a masturbarme mientras me imaginaba aquel cuerpo sudado y masculino.

Una de tantas tardes que quedamos para jugar, llegamos allí y estaba la pista ocupada porque estaban haciendo un entrenamiento, así es que no podíamos jugar. Nos quedamos allí charlando hasta que Carlos me dijo que si quería que fuésemos a su casa a jugar a la videoconsola para pasar la tarde. Como yo no tenía nada mejor que hacer y no me apetecía irme a casa acepté y nos fuimos. Llegamos a su casa y sus padres no estaban. Me comentó que trabajaban los dos y que no volvían hasta la noche.

- Ven, te quiero enseñar algo. - y me llevó a su habitación. De debajo de la cama sacó dos revistas guarras.

- ¿Has visto alguna vez una revista de éstas?

Le dije que a veces íbamos a casa de un amigo a ver películas porno.

- Estas son distintas...

Abrió una y vi que eran revistas gay. Eran todo tíos, había muchas fotos de tíos solos y otras de tíos
haciendo mamadas o dándose por el culo. Me asusté un poco, pero la visión de aquellas trancas hizo que comenzara a sentirme excitado.

- No te preocupes, no pasa nada. ¿No te la ha chupado nunca un tío? ¡Es la leche! Da más gusto que cuando te lo hace una tía.

Le respondí que nunca me la habían mamado, que en realidad no había tenido ninguna experiencia sexual, salvo las frecuentes pajas que me hacía. He de decir que la cosa iba subiendo de tono, y yo en vez de querer marcharme deseaba quedarme. Me estaba excitando.

- Veo que algo está despertando en tu pantalón...

El bulto que comenzaba a marcarse en mi pantalón de chándal comenzaba a ser demasiado evidente, como también lo era el que se le marcaba a él.

- Yo también me estoy poniendo cachondo, mira...

Se levantó y me enseñó sin ningún pudor la prominencia de su entrepierna, que era realmente enorme.

- ¿Quieres que nos hagamos una paja para bajárnosla?

Yo tenía una mezcla de miedo y excitación, estaba como atontado. Sin decir nada más comenzó a bajarse los pantalones y los calzoncillos, quedando su gran polla tiesa y apuntando hacia arriba, con el capullo hinchado y las venas marcándose, y unos huevos enormes colgando. Tenía una buena pelambrera, muy negra y espesa. Pude comprobar que también tenía bastante pelo en el pecho, pues también se quitó la camiseta. ¡Vaya pedazo de cuerpo tenía aquel chaval, con todos los músculos bien marcados!. Ahora comprendía por qué las chicas se volvían locas por él. Era muy viril. Estaba sentado a mi lado en la cama.

- Anda, no seas cortado. ¿Te da vergüenza que otro tío te vea desnudo?

La verdad es que sí me daba un poco de cosa (por la situación), pero estaba muy empalmado y mi polla ya no cabía dentro de mis calzoncillos, así es que me la saqué.

- ¡Chaval, vaya pedazo de tranca tienes para tu edad!

No era tan grande como la suya, pero sí que era bastante grande comparada con la de mis amigos. Allí estábamos los dos sentados en su cama con los rabos más tiesos que un garrote.

- ¿Nos pajeamos uno al otro? Así da más gusto...

Alargó una mano, me cogió la polla y comenzó a meneármela suavemente. Aquello era maravilloso y muy morboso. Yo hice lo mismo con la suya (jamás había tocado una polla que no fuese la mía). Apenas si podía rodearla con mi mano, pues era de un grosor extraordinario. Notaba como se hinchaba cada vez más. Estábamos muy pegados el uno del otro y notaba el contacto de su piel
caliente en mi brazo y en mi mano. Estaba tan cachondo que no pude contenerme y eyaculé, pero él no paró, sino que continuó masturbándome, hasta que noté cómo su polla se tensaba y sus huevos se encogían. De repente empezó a disparar latigazos de leche como jamás yo había pensado que un
hombre pudiera hacer. La leche chorreaba por su tronco hasta la base y hasta sus huevos. Mi mano estaba completamente cubierta. Cogió un pañuelo de clínex de la mesilla de noche y sacó dos o tres para limpiarse. Me pasó el paquete para que me limpiara, aunque yo no necesitaba tanto papel, pues las cantidades eyaculadas habían sido bien distintas.

- Voy a hacerte una cosa que no vas a olvidar, pues veo que te has quedado con ganas.

 Alargó la mano y comenzó a meneármela de nuevo. La tenía un poco flácida, pero enseguida se me puso dura. Entonces se arrodilló frente a mí y se puso mi polla en la boca. Empezó a chupármela tragándosela casi toda. De vez en cuando se la sacaba y pasaba la lengua por el tallo y por mis huevos. Con una mano iba sobándome las bolas, los pelitos, las piernas... mientras que la otra acariciaba mi pecho. ¡Jamás en mi vida había sentido tanto placer! ¡Vaya pedazo de fulano estaba hecho Carlos! Me corrí de una forma brutal, mucho más que la vez anterior y como nunca hasta
ese momento. Pero en vez de quitar la boca, se la metió más aún y sorbió todo el líquido que tenía como si fuera un selecto manjar. Cuando se quitó todavía tenía restos en los labios que se encargó de quitar con la lengua.

- ¿Te ha gustado?

No es que me hubiese gustado, es que me había enloquecido. ¿Quién iba a decirme a mí que dos tíos pudieran disfrutar tanto?.

- Ahora te toca a ti. A mí también me gusta que me la chupen...

Se puso de pié delante mí, con la polla completamente erecta y descapullada justamente a la altura de mi boca. La visión de aquel cuerpo era impresionante. Sus testículos velludos y redondos parecían aún más grandes a esa distancia. Me la metí en la boca y pude comprobar su grosor y tamaño, pues me cabía poco más que la punta. Él se la sujetaba con una mano, mientras con la otra controlaba los movimientos de mi cabeza. De vez en cuando yo acariciaba su cuerpo con una mano y notaba su excitación. Cuando me di cuenta de que se iba a correr intenté apartarme, pero él me sujetó la cabeza y derramó toda su leche en mi boca. Al principio me dio un poco de asco, pero pronto me gustó la sensación de tener aquella crema caliente en mi boca. Me agradaba aquel sabor.

Después nos vestimos. Me explicó que él era bisexual, que no le importaba hacérselo con un tío de vez en cuando, ya que no tenía prejuicios.

- De todas formas, este será nuestro secreto; la gente no lo entendería.

Lo más curioso de todo es que yo había hecho una cosa que hasta ese momento me había parecido repugnante, propio solamente de pervertidos y maricas, y sin embargo no tenía ningún remordimiento y me sentía muy bien. Estuvimos charlando mucho rato y me contó sus experiencias. A partir de ese día nos hicimos mucho más amigos, pero amigos de verdad. Tuvimos otras sesiones de sexo, y seguimos haciendo deporte y otras actividades juntos. Después él se echó novia y yo también, por lo que ya no nos veíamos tanto, aunque siempre encontrábamos algún momento. Ahora vive en Londres con su mujer y su hija, pero todavía seguimos siendo muy buenos amigos, aunque nuestras sesiones de sexo se hayan acabado. Él fue mi mentor y me enseñó que no había nada malo en buscar el placer con alguien de tu mismo sexo. Le estoy muy agradecido por haberme ayudado a superar prejuicios.



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