Haces que me sienta tuyo aunque ni siquiera me sonríes cuando
pasas, haces que mis manos se me empapen sin poder secarlas en tu espalda,
haces que me vuelva otro cada vez que tu presencia cruza por mi mente y
a pesar de tu indiferencia mis deseos se yerguen entre mis ropas al mirar
tu ritmo insinuante, eres música caliente que despierta mis escondidas
ganas de bailar, desnudo, cubierto por tu piel, eres algo más que
una fantasía, pero algo menos, mucho menos, que mi realidad; por
eso te amo, porque elevas mi sexo sin tocarlo, porque tus pasos firmes,
fuertes, resuenan en mi alma y detienen los latidos de mi ser, porque la
estela de tu olor a sudor, a hombre, dibuja ante mí, imágenes
que me llevan a saberte mío, a saborearte como mío, porque
tu machismo irremediable me habla de un oculto temor, de un furtivo miedo
a ser maravillado por las delicias que yo te puedo dar, te amo, cabroncito
de mi alma, porque escucho, en tus ojos fríos, tu desesperado grito
con el que clamas ser tocado por otro hombre como tú, como yo, por
otro de semejanzas anatómicas y de labios que al besar los tuyos
no sean leves mariposas sino almibaradas cáscaras de naranja que
aprisionen tus sentidos y se hundan en tus entrañas para al fin
saber cómo se ama a otro como tú..., te miro, y aunque no
me correspondas, a pesar de tu supuesta indiferencia, entiendo lo que piensas
y es por eso que te amo.
DENTRO DEL APARADOR
Tallaba con fuerza
por dentro del aparador el cristal, sus ojos seguían la jerga húmeda
y con jabón que despejaba, ante los míos, la figura perfecta,
los contornos idóneos para nutrir mi sedienta imaginación,
arriba y abajo, hacia todos lados, aquellos movimientos dejaban atrás
la diacronía infausta que durante la mañana me estuvo persiguiendo,
con ellos cambiaban mis paisajes sin la luz del mediodía que, alumbrando
las sombras, arrebata el misterio de la oscuridad; fueron unos instantes
los que duró el tren deteniendo el tránsito de la avenida
por la que yo pasaba, de ahí la urgencia de mi mente en inventar
una historia en la que ambos cobráramos vida, ¿quién
podría ser ese joven de cabellera rubia?, una persona cualquiera,
quizás, o quizás no, me respondí y me propuse que
se trataba de uno cuyos deseos quedarían cumplidos al verme llegar
tal y como soy, como me gustaría ser, que soltaría su trapo
mojado cuando yo entrara en la tienda y con su voz, amable en mi imaginación,
me diría ¿qué se le ofrece?, como poniendo entre mis
manos sus hermosas figuras, y entonces yo, en mis adentros, le respondería
que sus ojos, tus ojos son los que se me han ofrecido, como cascada de
agua en medio de un desierto, pero arrepentido de mis gastadas frases,
las corregiría en voz alta diciéndole: un póster,
el más grande que tenga, lo necesito para un salón de lectura,
quiero una vista que rompa con la monotonía de la solemnidad, y
él me contestaría ¿lo desea con colores vivos?, no,
le diría, quiero que en él domine el azul de tus ojos, o
mejor aún, le seguiría la plática diciéndole
que no, lo quiero en blanco y negro, pues los muebles del salón
no son uniformes, quiero que sea una fotografía, ¿le gusta
la imagen de Chaplin?, no, prefiero algo menos académico, es que
la mayoría de los que tengo son a colores, pero... y al ir a buscar
otro, daría la media vuelta dejándome ver sus espaldas, tal
vez inclinaría su torso para tomar uno de los carteles que estarían
al ras del suelo y podría mirar un ángulo nuevo de su figura,
aquí está, me diría ya de frente, es la tierra vista
desde el espacio, me gusta, lo quiero, me lo llevo, lo pensaría
por él y se lo diría a él, como insinuándole
todas mis ganas, como queriendo tocar su cuerpo, como buscando la manera
de que mis manos caminaran sobre la tersura de su piel, libres y curiosas
por descubrir sus llanuras, sus montes y sus cuevas, pero también
quiero otro, que sea terrestre, mundano, como las pasiones que despiertas
en mí y que me mueven a desgarrarte la ropa, a cubrirte con mi cuerpo,
a pedirte que traspases mi alma tantas veces como tú lo quieras,
como hiciera falta para que de nosotros nada más quedara uno sólo,
¿le gusta este, señor?, son dos bocas que se besan, dos que
arden en deseos y que pueden ser la suya y la mía, me diría
hundiendo su mirada azul en mis labios lívidos de la impresión,
de la emoción de ver hechos realidad mis sueños, dejaríamos,
entonces, caer el cartel que entre ambos sostendríamos y, abrazándome
con fuerza, haría que mi pecho sintiera el palpitar de sus entrañas,
mis oídos su aliento y mi cuello la tibieza de su boca; terminó
de pasar el tren, avanzó el camión donde viajaba yo, y él,
mi enamorado de un instante, siguió tallando con fuerza por dentro
del aparador el cristal.
EL DESTINO DE MIS CLASES
Con aire intelectual, pero
aburrido en el fondo, cierro la carpeta que leía antes de abordar
la enorme y veloz maquinaria subterránea que me llevará,
como siempre, al destino de mis clases: ninguno en particular; se
abren las puertas y me dejo absorber por ellas, busco, para no caer, un
lugarcito donde sostenerme, pero lo que encuentro de inmediato es tu poderosa
mano que, entre uno y otro cuerpos, se ha dado paso para evitar mi caída,
¿me detienes porque sí o buscas otra cosa?, me pregunto y
al correr, el vagón se aprieta más, tanto como tu mano se
estrecha a mi cintura, intento encontrar tu cara pero la brevedad de la
luz y la penuria del espacio solapan tu anonimato; de una cosa estoy seguro,
mi perverso y repentino amigo, no eres pequeño, pues las dimensiones
que tu mano dibuja en mi cuerpo, me permiten opinar que tus tallas deben
ser ideales para estar perdido entre ellas, mi mano se acerca a la tuya
y sus deslices hacen, de una vez, que la bragueta se me abulte y mi pene
se humedezca; llegamos a la siguiente estación, y al volver a andar
el tren, opto por quedarme quieto, retirar mi mano y dejar que sólo
tú me lleves, con tu tacto, a imaginar un rostro tan efímero
que no lo necesito, pues la incertidumbre, estoy seguro, es fascinante
a la hora de coger; así, aprovechas el tumulto y acaricias mi costado,
mis espaldas y, con tiento, subes sigilosos tus dedos hasta mi pecho para
sujetar con ellos mi tetilla y hacer, entonces, que gima desde adentro
por el placer de mi dolor, no resisto más, quiero voltear mis ojos
hacia ti pero otros tantos que abordan el convoy me impiden verte; prosiguen,
el tren y tú, su marcha por los túneles oscuros de mis ropas,
¡cabrón!, estás hundiendo tu dedo en mi ombligo, cruzas
la frontera de mi cinto y te deslizas para oprimir, vigorosamente, las
partes bajas de mi vientre estremecido ante tal hazaña, tallas mi
entrepierna y con mis vellos lijas tu palma que, a estas alturas, confunde
su sudor con las húmedas sales de mis adentros; un trayecto más
y conoceré tu cara, mientras, das los últimos empujones para
no quitar tu mano de mi piel, ahora te vuelves hacia atrás de mí,
llegas a mis nalgas y tomas, con seguridad, el camino que conduce hacia
el centro de los placeres que hicieron llover fuego entre los hijos de
Sodoma, ¡hijo de toda tu madre!, entras en mi cuerpo y de tan caliente
que me pones, hasta siento que me vengo, pero no, porque al fin llegamos
al lugar donde todos nos habremos de bajar, aunque no a mi manera; pronto
salen los demás y yo junto con ellos girando en mi propio eje, más
rápido, el timbre, los que salen, doy vueltas, un mareo, pienso
que me caigo, te busco entre ellos, no adivino quién de todos eres,
miro hacia sus manos, advierto portafolios, libros, bolsas, y tú
te me has perdido y yo, sediento y embrollado, no tengo otro remedio que
seguir andando hacia el impreciso, aunque acostumbrado, destino de mis
clases.
Solitarias
Las pinches solitarias me están
abriendo las puertas que me llevarán a los placeres más extraños
y a los lugares menos concurridos, allá donde sólo van los
hombres que poseen algo más que imaginación, y si a esto
le añaden las bendiciones del más caliente blues, mis manos
se transforman, entonces, en la mejor de todas las guaridas que mi verga
haya tenido; es cierto cabrón, me haces falta, y aunque ni siquiera
tenga la certeza de saber quién seas, te insulto y blasfemo en contra
del maldito nombre que has de llevar, ¡hijo de tu puta madre!, ¿por
qué nunca te me has aparecido en el camino, en los andenes, en la
cama ofreciéndome todo tu cuerpo, sudoroso y cachondo, preñado
de olores que me exciten y me hagan fornicar contigo hasta quedarme seco
por dentro y por fuera?, pero ni falta que me haces, no necesito tenerte,
mejor te pienso, y te recreo mucho mejor de lo que has de estar, porque
mi falo se erecta nomás de imaginarte sin rostro, sin palabras estúpidas
que me comprometan y me hagan jurarte que sólo seré tuyo;
yo soy mi única pertenencia y mi único poseedor, no necesito
de otro que me persiga y me fastidie con su constante e inútil decir
'te quiero', ¿te das cuenta, chingador de putos de esquina?, te
poseo sin darte la mínima oportunidad de hacerme tuyo, a la hora
que se me antoja me vengo, una y mil veces, en ti, mi lengua recorre, ocurrente
y jugosa, los vellos de tus axilas, los cauces de tus espaldas, todas las
protuberancias que acaso no tienes pero que, por la fuerza de mis deseos,
yo te pongo; en mi cuarto vacío sólo estamos mis manos,
mi pene y yo, haciendo menage ou trois, entre nosotros te metemos los dedos
por todos lados y saboreamos tus glúteos hasta dejarlos rojos de
ardor y de placer; ¡pendejo, de lo que te estás perdiendo
por no estar aquí, y todo lo que me estás ahorrando!, se
me hace que ni has de existir, de lo contrario estarías aquí,
conmigo, dentro y fuera de mí, vaciándome tus entrañas
y deleitándote con las mías, yaciendo a mi lado tal y como
yo te imagino, pero nomás por eso, porque es mi mente la que te
imagina, entiéndelo ya, ¡carajo!, sólo por eso te amo.