7 amigos (1)



La pasada Semana Santa, como las anteriores durante los últimos 5 años, siete amigos, todos adultos, todos teen lovers, nos reunimos en la masía que uno de nosotros tiene en la provincia de Girona. La excusa, sobre todo para los tres que están casados, es una importante reunión de trabajo; la causa real es que no lejos de allí hay un campamento juvenil internacional que en esas fechas suele acoger a un par de centenares de muchachos de entre 12 y 16 años. El director del campamento y un par de los monitores fijos son también amigos nuestros y eso facilita que, cada año, algunos de los chicos obtengan de su estancia en el campamento algo más que una experiencia de vida al aire libre... pero eso es otra historia que quizá cuente otro día.

El caso es que el tiempo fue particularmente malo este año, sobre todo durante los primeros días. El domingo por la tarde, cuando nos reunimos los siete, llovía a cántaros por lo que, en lugar del previsto paseo hasta el campamento, nos quedamos en la masía, sentados en torno a la chimenea, charlando. Tras lamentarnos de nuestra mala suerte durante algo más de una hora, alguien propuso que matásemos el tiempo recordando y contando a los demás los pormenores de la primera experiencia sexual que cada quien hubiera tenido. Experiencia homosexual, se entiende. A pesar de alguna reticencia inicial, a falta de otra sugerencia mejor, y puesto que nos conocemos lo suficiente como para no preocuparnos por la reacción que nuestras respectivas historias pudieran causar en los demás, iniciamos uno a uno los relatos.

Lo que se inició como una manera de matar el tiempo acabó siendo interesante y he pensado que transcribir nuestras historias y darlas a conocer puede resultar excitante. Si a quienes podáis leer esto os parece aburrido, hacédmelo saber e interrumpiré la serie (pues serán 7 relatos); si os gusta, decídmelo también. Agradeceré cualquier comentario.


Relato de Ricardo

Yo acababa de cumplir 15 años y mis padres me enviaron 6 semanas a Gran Bretaña para que mejorara mi inglés. Nunca antes había estado solo fuera de casa y me encontré en una ciudad industrial del norte de Inglaterra, viviendo con un matrimonio mayor y aburrido como una ostra. Cada mañana asistía a clases. Luego, en la casa, hacía los ejercicios e inmediatamente cenaba (¡a las 6 de la tarde!). Durante los primeros días, después de cenar salí a dar un paseo para conocer un poco la ciudad, pero, con excepción de las calles más céntricas, la ciudad estaba casi desierta. Al cuarto día, me resigné a pasar el verano más aburrido de mi vida.

No lejos de la casa en la que me habían alojado, había un parque bastante grande que cada día cruzaba para ir al centro, tanto por la mañana al ir a clase como en mis paseos vespertinos. En mi quinto día allí, recuerdo que era jueves, a eso de las siete y media estaba yo sentado en un banco intentando comprender un artículo del periódico local cuando sentí la urgencia de desocupar el vientre. Pensé en volver a la casa, pero la cosa era realmente urgente y, recordando haber visto una señal indicadora de la existencia de unos servicios públicos en el parque, me puse a buscarlos y a los pocos minutos encontré, en uno de los caminos laterales, semi oculto tras árboles y altos arbustos, el pequeño edificio de los "toilets". 

Tras franquear la puerta, había un pasillo estrecho que giraba dos veces hacia la derecha antes de abrirse en una estancia bastante amplia. A la izquierda había dos lavabos con sus correspondientes espejos y, a continuación, cuatro blancos mingitorios de los que llegan hasta el suelo, separados por altas divisiones pensadas, supongo, para evitar miradas indiscretas entre vecinos de meada; a la derecha, otro grupo de cuatro meaderos y, al fondo, dos cubículos para quienes, como yo en aquel momento, necesitaban hacer "aguas mayores".

Aunque el olor era el típico de este tipo de lugares, la verdad es que estaba bastante limpio y los azulejos blancos que cubrían las paredes ayudaban a transmitir esa impresión. Cuando entré no había nadie y me dirigí directamente a una de las letrinas. Era de las de "cagar a pulso" y también estaba limpia. Rápidamente me bajé los pantalones y los calzoncillos y me agaché para resolver lo antes posible el problema que me había llevado hasta allí. Una vez resuelto, me limpié con el periódico que llevaba conmigo pues, como casi siempre ocurre en estos lugares, no había papel.

Al levantarme para volver a vestirme, reparé en los graffitti que llenaban las paredes y la puerta. A diferencia del resto del lugar, las paredes del interior de los cubículos estaban simplemente enyesadas y sobre el blanco grisáceo destacaban los típicos dibujos de erectas pollas de todos los tamaños, la mayoría con exagerados glandes en plena erupción de chorros de semen. Algunos dibujos mostraban con notable realismo, mamadas y enculadas. En varios lugares, la huella de corridas que tras estrellarse contra la pared habían chorreado hasta el suelo dejaban bien claro que allí se solían satisfacer otras urgencias además de las del vientre.

A los 15 años, no me hacía falta mucha estimulación para que se me empinara la polla y, la observación de aquellos dibujos fue más que suficiente, así que allí estaba yo, con los pantalones en los tobillos, mirando los graffitti y acariciándome la erección con la mano derecha y los huevos con la izquierda con la idea de unir la huella de mi leche de adolescente española la de todos los ingleses que se habían masturbado antes que yo en aquel lugar.

Como es de rigor, además de los dibujos había textos y me dediqué a descifrarlos. Había citas, algunas recientes, números de teléfono a los que llamar para conseguir una mamada e incluso breves relatos de aventuras sexuales. Me llamó la atención uno en especial, escrito en la puerta, que contaba como dos amigos habían recogido en su coche a un joven autoestopista una noche al volver de la disco y el muchacho, que al parecer tenía el miembro grande como el de un burro, les había agradecido el favor follándose a los dos amigos uno detrás de otro, dejándolos satisfechos y contentos.

Yo ya me la estaba meneando frenéticamente y me faltaba muy poco para correrme cuando oí pasos. Alguien había entrado en los urinarios. Por temor a ser oído, interrumpí inmediatamente la masturbación. Los pasos se detuvieron, unos segundos después oí el inconfundible sonido de una meada contra la loza. Entonces, de cara a la puerta, descubrí que había un pequeño agujero que alguien había hecho en la madera; me incliné, miré por el agujero y vi el perfil completo del hombre que meaba. La situación era tan excitante que el corazón me golpeaba el pecho.

Era un hombre joven, de unos 30 años, vestido con un traje gris claro y corbata. Llevaba el pelo rubio oscuro, cuidadosamente peinado. Terminó de mear y se frotó varias veces la polla para expulsar las últimas gotas... y luego, siguió frotándosela. Observé fascinado cómo le crecía el miembro hasta alcanzar la erección. Entonces se sacó los huevos por la bragueta y se giró un poco como para que yo viera lo que tenía. ¡Y vaya si lo vi! Era una polla grande, de unos 18 cm, más bien gruesa, de color claro y el glande, rojo oscuro, le brillaba como si estuviera mojado. Los huevos eran francamente grandes. En comparación con mis genitales quinceañeros, lo que aquel hombre me mostraba me pareció enorme. Mi polla se puso a brincar de excitación, mi corazón latió aún más rápidamente y creo que hasta mi respiración se aceleró.

No tuve dudas respecto a las intenciones de aquel hombre pues su mirada se dirigía hacia la puerta que nos separaba y sonreía. Durante un par de minutos se acarició la polla sabiendo que yo lo estaba mirando... y yo hice lo mismo, aunque él no podía verme. Al cabo de ese tiempo, me corrí. Seguro que hice ruido porque las piernas me temblaban y tuve que apoyarme contra la pared para no caer al suelo.

Me subí los pantalones, tiré de la cadena para hacerle creer que acababa de terminar de cagar, abrí la puerta y salí. Pasé rápidamente por detrás de él y, aunque no lo miré, sentí que él sí me miraba. Me detuve a limpiarme las manos, sintiendo su mirada fija en mí, y luego salí apresuradamente de allí.

Durante unos veinte minutos caminé por el parque tratando de calmarme, pero la imagen de aquel hombre masturbándose a unos dos metros de mí seguía en mi mente y me sentía muy excitado a pesar del orgasmo que acababa de experimentar. Deambulando por las veredas del parque, sin darme cuenta, me encontré otra vez en la zona de los urinarios y, con el corazón golpeándome el pecho, volví a entrar. No estoy seguro de si mi intención era simplemente masturbarme otra vez o si esperaba tener la oportunidad de observar desde el cubículo otra escena similar, pero entré temblando de excitación.

Las puertas de las dos letrinas estaban cerradas y por un momento me quedé quieto sin saber qué hacer. Luego, me acerqué al mingitorio y me saqué la polla, que ya estaba tiesa y dura como un palo. No podía mear, así que me quedé de pie con la polla en la mano. Miré hacia la puerta del cubículo que yo había ocupado un rato antes imaginando que alguien podía estar mirándome a mí como yo había estado mirando al hombre rubio y de nuevo sentí que las piernas me temblaban.

La puerta del otro cubículo se abrió y salió un chico más o menos de mi edad aunque algo más alto que yo y más delgado. Llevaba el pelo muy corto, era muy blanco de piel y llevaba unos vaqueros y una camisa de cuadros que le colgaba por fuera del pantalón. Se paró frente al espejo como ajustándose la ropa. Yo me quedé mirándolo y el me miró. Tenía unos preciosos ojos azules. Me sonrió y se acercó hasta donde yo estaba con la polla en la mano. Se colocó junto a mí, se desabrochó la bragueta y se bajó el slip azul oscuro que llevaba. Su polla, larga y delgada, saltó erecta golpeándole el vientre. Por unos segundos, nos miramos a los ojos y a las pollas. Luego, él, más atrevido o con más experiencia, alargó el brazo y me agarró la polla. Fue la primera vez que otra mano distinta a la mía me tocaba la polla y sentí como una descarga eléctrica por todo el cuerpo. Me la acarició suavemente, moviéndome el prepucio adelante y atrás varias veces. Sin pensarlo, yo hice lo mismo. Su polla, durísima y caliente, tenía un tacto suave que me excitó más todavía.

No sé qué habría ocurrido si alguien hubiera entrado en aquel momento. Nos habría pillado a los dos masturbándonos mutuamente, pero me sentía tan a gusto que no lo pensé. Lo que ocurrió fue que se abrió la puerta del otro cubículo y el hombre rubio al que yo había estado espiando antes apareció allí de pie, con las piernas algo separadas y los pantalones por las rodillas, masturbándose frente a nosotros. Nos sonreía y en su mirada había un deseo lujurioso que nunca antes había visto.

Con la mano libre y con la mirada nos invitó a acercarnos. Yo me quedé inmóvil, pero el otro chico, sin soltar mi polla, comenzó a moverse hacia el cubículo. Arrastrado así por la polla, aunque debo decir que no me resistí lo más mínimo, entré tras el muchacho inglés en la letrina. El hombre volvió a cerrar la puerta y, colocándose frente a nosotros, nos empezó a magrear los huevos a los dos. Su mano acariciaba mis huevos y mi entrepierna mientras la del chico me seguía masturbando. Durante un minuto o dos me quedé quieto disfrutando de aquellas caricias que recibía por primera vez. De no haberme corrido media hora antes seguro que no habría podido resistir tanto placer sin eyacular. 

El hombre se arrodilló y se metió la polla entera del inglesito en la boca de un golpe. Yo lo miraba extasiado sin poder creer que aquello fuera posible. El muchacho suspiró de placer, acercó su cara a la mía y comenzó a darme besos en la mejilla, en el cuello y finalmente en los labios. Cuando su lengua entró en mi boca noté un sabor dulce y participé activamente del beso. El primero que daba en mi vida.

Noté un calor húmedo y suave en la polla, un placer enorme que me recorría el cuerpo. Despegué los labios de los del chico inglés y miré hacia abajo. El hombre aquel se había metido mi polla en la boca y la estaba chupando con ansia. Yo notaba cómo su lengua se movía acariciando mi glande. Se puso a bombear en mi polla y con cada vaivén yo sentía que mi capullo rozaba su garganta y que luego me succionaba como si quisiera extraerme la leche. Nunca antes había experimentado tanto placer.

Las manos del hombre acariciaban mi trasero y el del otro chico. También aquella caricia era nueva para mí y me gustó. Noté que uno de sus dedos acariciaba mi esfínter y que entraba en mi culito virgen. Creo que hubiera hecho cualquier cosa de tan excitado como estaba, pero no llegó la cosa mucho más lejos.

El hombre se puso de pie. Sacó un condón del bolsillo y se lo colocó con tanta rapidez que ni siquiera pude darme cuenta de cómo lo hacía (yo ni siquiera había visto un condón antes) El chico inglés le presentó el culo y el hombre, sujetándolo por los glúteos, le separó los blancos carrillos, apuntó su enfundado miembro al orificio y con suavidad pero sin detenerse le fue insertando centímetro a centímetro su gruesa polla. Sin duda el inglesito ya había sido follado antes y estaba bien relajado y dispuesto pues recibió el empalamiento sin pestañear.

Yo, apartado momentáneamente de la acción, los miraba excitado. Quizás con un poco de envidia por no participar. Pero el muchacho no se había olvidado de mí. Mientras recibía las enculadas del hombre, se agarró con las dos manos a mis caderas y se metió mi polla en la boca. A cada golpe que recibía en el trasero, su boca se tragaba toda mi polla, luego, cuando la polla del hombre salía de su culo, también lo hacía mi polla de su boca.

La escena era para haberla dibujado en la pared. Los tres teníamos los pantalones por los tobillos. El hombre sujetaba al chico por las caderas y lo follaba con un ritmo constante. El sonido de su polla al entrar y salir era como el de un émbolo y al llegar al fondo y golpear sus huevos contra el trasero del chico producía un "plas, plas, plas..." continuo y monótono. El cuerpo del muchacho estaba horizontal desde el trasero a la cabeza y yo, imitando lo que veía, se la sujeté con las manos y con movimientos adelante y atrás de la pelvis completaba el impulso que le transmitía el hombre de forma que mi glande le llegaba hasta la garganta. Para no caer, el muchacho se agarraba con fuerza a mis caderas.

Aunque fue maravilloso, no duró mucho. El ritmo se aceleró y sentí que el orgasmo empezaba a crecer dentro de mí. Tuve la idea de aguantar follándole la boca hasta que sólo faltase un segundo para la eyaculación y sacarla entonces para estrellar mi semen contra la pared. Comencé a jadear. Entonces, el hombre empujó su pollón con más fuerza dentro del culo del muchacho, empujándole contra mí y a mí contra la pared, se quedó mirando al techo y dejó escapar un sonido gutural. Se estaba corriendo. El chico se tragó toda mi polla, su nariz presionaba en mi vientre y sus labios me besaban los pelillos del pubis. Eyaculé en su garganta. Me corrí chorro tras chorro en aquella ávida boca y me quedé apoyado contra la pared, sin fuerzas, mirando cómo el hombre seguía dándole los últimos empujones al trasero del chico. Creo que la preferencia que aún hoy tengo por las bocas adolescentes tiene mucho que ver con aquella primera vez que un muchacho me besó y se tragó mi semen.

Durante el resto de mi estancia en aquella ciudad, a la que no he vuelto después, no me aburrí. Pero el resto ya no fue la primera vez sino la segunda, la tercera, la cuarta... 




Si alguien quiere hacerme algún comentario, puede dirigirlo a: sethorus@ziplip.com 


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