7 amigos (2)
El relato de Ricardo nos puso calientes a todos. Pasamos un rato haciendo comentarios y pidiéndole detalles sobre los protagonistas de su historia y sobre el resto de sus experiencias de aquel verano, retrasando el momento de pasar a otro relato sobre la primera experiencia homosexual. En el fondo, había puesto el listón muy alto y ninguno nos animábamos a contar nuestra historia después de haber oído la suya. Tuvimos que echar a suertes el siguiente turno... y ésta es la historia que escuchamos a continuación.
Relato de Jordi
Mi "iniciación" no fue tan impresionante como la de Ricardo. Casi diría que fue más íntima. De hecho es la historia de mi primer amor y, ¿sabéis?, a pesar del tiempo transcurrido y de las experiencias que he vivido desde entonces, aún lo recuerdo con ternura y lo echo de menos.
Dejé la casa de mis padres y el pueblo para ir a la capital a estudiar. Fui el primero de la familia en ir a la universidad y, aunque sólo íbamos a estar separados por dos horas de autocar, la despedida que me hicieron fue como si me marchara para siempre. Lo curioso es que en la práctica eso fue lo que ocurrió pues desde entonces sólo he vuelto al pueblo de visita y por pocos días.
En la ciudad me alojé en casa de unos conocidos de mis padres que alquilaban habitaciones a estudiantes. Era un cuarto piso de una casa antigua, sin ascensor. Además del matrimonio dueño de la casa, de su hijo Pere y de la empleada doméstica (una chica andaluza bastante atractiva que se lo montaba a escondidas con el dueño de la casa), habían otros cuatro muchachos que ya estaban a la mitad de sus estudios y que me acogieron rápidamente como un compañero más. A lo largo de un interminable pasillo en forma de L que iba desde la puerta de la entrada hasta la cocina se encontraban las 8 habitaciones (5 dormitorios, el comedor, el salón con el televisor donde también nos reuníamos para charlar o jugar a las cartas y una sala para las visitas) los 2 cuartos de baño y la despensa. Era una casa enorme de habitaciones amplias y techos muy altos.
La habitación que me asignaron era, junto con la del matrimonio, la más grande de la casa y lindaba con el comedor y la sala de las visitas, es decir que estaba separada del resto de los dormitorios, lo cual, como veréis más adelante fue muy oportuno. Tenía dos camas grandes, situadas juntas en el centro de la habitación, con sus respectivas mesillas, un enorme armario, un tocador lleno de cajones y, junto al balcón, una mesa para estudiar y dos sillas. Acostumbrado a tener mi propia habitación, hubiera preferido una habitación individual, pero en aquella casa todo el mundo compartía habitación excepto la chica andaluza que dormía en el cuarto más pequeño. A mí me tocó compartir la habitación con Pere.
Tengo que decir que, a mis 18 años, yo no había tenido ningún tipo de relación sexual con nadie. De niño había tenido las típicas experiencias de enseñarnos los pitos tiesos y toquetearnos entre amigos pero aquello había sido más curiosidad que sexo. No es que fuese un puritano o que no sintiese urgencias sexuales, simplemente no se me había presentado la ocasión o yo no había sabido buscarla. Eso sí, desde que a los 7 u 8 años descubrí, jugando con uno de mis primos, que si me frotaba el pito tieso me daba gusto, lo hacía con regularidad y desde los 11 años venía masturbándome 2 ó 3 veces diarias. Me la meneaba en la ducha mientras el agua caliente me caía sobre el cuerpo, sentado en el inodoro después de cagar, a veces en el colegio, durante el recreo, me metía en el retrete para hacerme una paja, pero sobre todo, me masturbaba por la noche en la cama antes de dormirme. Esa era la mejor paja del día: me acariciaba el cuerpo, sobre todo la entrepierna y me frotaba la polla alternando la mano izquierda con la derecha y sintiendo cómo el orgasmo se iba formando poco a poco hasta que estallaba, mi cuerpo se tensaba y la lefa salía a chorros contra el pañuelo que siempre tenía dispuesto para recoger el resultado de mi onanismo.
Por eso, al instalarme en aquella casa, ya la primera noche me di cuenta del sacrificio que compartir la habitación me iba a suponer: ¿Cómo iba a hacerme mi acostumbrada paja nocturna con aquel chaval en la cama de al lado?
Pere era un crío de 13 años con unos ojos negros muy grandes y, aunque guapote, mantenía una expresión de bobalicón que se fijaba en todo pero parecía no entender nada. Era muy deportista y tenía un cuerpo recio e incluso musculoso para su edad. No era muy alto, yo le sacaba casi la cabeza, y tenía el pelo muy negro y ensortijado.
Recuerdo que la primera noche nos desnudamos casi sin mirarnos, pero me di cuenta de que se ponía el pijama encima de los calzoncillos. Me pareció una costumbre un poco rara, pero no le di importancia. Una vez en la cama, nos dimos las buenas noches y nos dispusimos a dormir. Yo no podía conciliar el sueño. Mi polla me pedía su ración de manoseo y, tras esperar un rato, empecé a acariciármela muy suavemente con la palma de la mano. Tumbado boca arriba en la cama, con la mano dentro del pantalón del pijama, me frotaba desde los huevos hacia arriba los 17 cm que por entonces medía mi polla erecta.
Aquello me sirvió durante un rato pero necesitaba más, así que, con mucho cuidado para que Pere no se diera cuenta, me bajé los pantalones y me subí la chaqueta del pijama para acariciarme el vientre, el pecho y los muslos además de la polla y los huevos. Pere, en la cama de al lado, dormía ya y poco a poco fui sintiéndome más tranquilo, lo suficiente como para cumplir mi rito nocturno como si él no estuviera.
Abrí las piernas, levantándolas un poco, y comencé a acariciarme los huevos con la mano izquierda mientras que con los cinco dedos de la derecha rodeaba el prepucio y lo subía y bajaba de forma que el glande iba rozando los dedos hasta empujar contra la palma de la mano. Con ese sistema, en unos pocos minutos la excitación aumentó, el glande se me hinchó y el hueco de la mano se me llenó de la caliente lefa que eyaculé a chorros. No había tenido la precaución de preparar un pañuelo y me encontré con la mano rebosante del pegajoso líquido. No podía dejar que chorrease sobre la sábana o el pijama así que, sin pensarlo dos veces, me llevé la mano a los labios y lamí la todavía caliente lefa hasta dejar la mano totalmente libre de semen. Lo hice por limpieza pero el sabor me resultó agradable y excitante. Luego, me dormí.
Durante las siguientes semanas fui acomodándome a la vida de la gran ciudad. Comencé a salir con algunos compañeros de la facultad y de vez en cuando íbamos a alguna discoteca y regresaba bien entrada la noche a la casa. Aunque existían bares gay, yo no los conocía y llevaba mi vida completamente al margen de la comunidad homosexual.
En la casa, Pere acudía a mí cada vez que tenía problemas con sus estudios y yo hacía de improvisado profesor particular para él. Nuestra relación fue haciéndose más y más cordial y con frecuencia me contaba cosas sobre sus amigos del cole y sobre sus preocupaciones personales. Sin proponérmelo me convertí en una especie de hermano mayor para él. Cada noche, cuando se dormía, yo me masturbaba y las más de las veces lamía la lefa de mi mano antes de dormirme.
Un viernes por la noche, tras pasar unas horas en una disco, regresé tarde y algo bebido a la casa. Con cuidado para no despertar a Pere, que dormía profundamente, me desnudé, me puse el pijama y me metí en la cama sin apagar la luz. Como de costumbre, me bajé los pantalones y me subí la chaqueta para masturbarme a gusto. Ya estaba a mitad de la paja cuando se me ocurrió pensar en cómo sería la polla de Pere. Pronto cumpliría los 14 años y aunque su aspecto seguía siendo infantil pensé que ya debería tener unos genitales apetecibles. Inmediatamente sentí deseos de tocarle la polla.
La curiosidad por saber cómo la tenía se apoderó de mí y ni corto ni perezoso metí el brazo entre las sábanas de su cama y acerqué la mano muy lentamente hacia su cuerpo. Cuando sentí el calor que irradiaba, me excité aún más. Siguiendo el contorno de su cadera llevé la mano hasta la parte frontal de su pijama e introduje los dedos de la mano derecha por la abertura. En lugar de la piel suave que esperaba encontrar, mis dedos rozaron el algodón de sus calzoncillos.
Durante un par de minutos me conformé con rozarle muy suavemente con las yemas de los dedos la tela y acariciarle así el pito y los huevos, pero luego me atreví a más. Hurgué con los dedos hasta encontrar la abertura de los calzoncillos y muy lentamente fui introduciendo por ella primero el dedo índice y luego también el corazón y el pulgar. Por fin sentí su piel en mis dedos. Si se hubiera despertado en aquel momento me habría sido imposible sacar la mano de allí con la rapidez suficiente y me habría encontrado en una situación muy difícil de explicar, pero el chiquillo seguía durmiendo plácidamente ajeno a mis tocamientos.
Me sorprendió sentir en mis dedos el tacto de su vello púbico. Bien pensado, era lógico que a los 13 años ya tuviera unos cuantos pelillos, pero como su aspecto era tan infantil, me había imaginado que tendría el pubis lampiño. Con el índice y el pulgar le acaricié la base del pito: era suave, firme y gruesa. Recorrí después con ambos dedos la escasa longitud del flácido pene hasta llegar al prepucio que era abundante. Después, siempre con extremada lentitud, le acaricié suavemente las ingles y le rocé la piel del escroto. Era la primera vez que acariciaba íntimamente a alguien... y era casi un niño y estaba dormido. Mis caricias tuvieron efecto en el durmiente muchacho y sentí cómo su pito crecía entre mis dedos, engordaba y se ponía más caliente. En unos cuantos segundos su tamaño aumentó hasta llenar el hueco que yo formaba con mis dedos.
Mientras mantenía su pito entre mis dedos de la mano derecha, con la izquierda me masturbaba y mi excitación fue tanta que apenas tardé un par de minutos en correrme. La lefa me saltó a borbotones sobre el pecho y el vientre. Probablemente, como consecuencia del orgasmo, debí apretarle el pito a Pere porque murmuró algo y se movió. De repente me entró miedo y vergüenza. Había estado a punto de que el inocente chiquillo me pillase tocándole sus partes íntimas. Saqué la mano, me restregué el semen por el cuerpo, me subí los pantalones, me di media vuelta en la cama y me quedé quieto, asustado, hasta que me dormí.
A la mañana siguiente me prometí a mí mismo que aquello no volvería a repetirse y me esforcé por ser especialmente amable. Con todo, el recuerdo de la sensación de su piel en mis dedos y de su polla creciendo en mi mano volvía una y otra vez a mi cabeza y tenía continuas erecciones cuando estábamos solos. Durante los días siguientes pasamos mucho tiempo juntos y, aprovechando un comentario que hizo sobre mis "piernas peludas", le pregunté si él tenía muchos pelos en el púbis (¡como si yo no lo supiese!). Pere se sonrojó un poco al decirme que sí tenía pelillos pero que no tantos como algunos de sus compañeros del equipo de fútbol a quienes veía desnudos en los vestuarios y en las duchas tras cada partido y cada entrenamiento. Le pedí que me lo enseñara y él dudó. Para animarlo, yo me bajé los pantalones hasta dejar al descubierto mi vello púbico y el comienzo de mi polla. Sólo el comienzo porque la tenía casi totalmente dura.
- ¿Ves? no tiene por qué darte vergüenza. Todos tenemos lo mismo. Es como cuando te desnudas delante de tus compañeros del equipo.
Pere se quedó mirando la parte de mi cuerpo que le mostraba. Quizá se dio cuenta de que, bajo el pantalón, mi polla estaba algo más grande y tiesa que las de sus compañeros en las duchas, pero no dijo nada y se bajó los pantalones para mostrarme sus pelillos. Tenía un matojo pequeño pero espeso de vello muy rizado justo encima del pito. No me conformé con mirarlo. Acerqué la mano y pasé los dedos por aquellos pelillos, tirando suavemente de ellos. Arriesgándome un poco más, acaricié con la yema de los dedos la zona lampiña a los lados del vello. Para entonces, mi polla ya estaba totalmente dura en mis pantalones.
- Te está creciendo muy bien y muy espeso -le dije con la mayor naturalidad que pude, retirando la mano- dentro de poco tendrás tanto o más que yo.
Sonrió y se subió los pantalones. Luego se pasó la palma de la mano sobre la entrepierna un par de veces como ajustándose los genitales. No me atreví a ir más lejos en aquella ocasión pero en mi cabeza empezó a bullir la idea de repetir aquella exploración llegando un poco más abajo. Tenía que acomodar mi deseo a su ritmo, sin forzarle a ir ni un centímetro más allá de lo que él estuviese dispuesto. Todo era cuestión de paciencia.
Cada noche, cuando le veía el cuerpo semidesnudo al prepararnos para meternos en la cama, pensaba en el suave tacto de su piel en mis dedos y la polla se me empinaba inmediatamente. Creo que él nunca se dio cuenta pero no estoy seguro, yo me las arreglaba para esperar a que se durmiera y me masturbaba. Aunque tuve tentaciones de hacerlo, no volví a meterle mano como la primera noche. Seguramente el hábito me hizo confiarme demasiado porque unas noches más tarde, cuando estaba haciéndome mi paja de antes de dormir, Pere susurró:
- ¿Te la estás meneando?
Aunque estaba ya cerca de correrme, se me cortó la excitación de golpe. Me había pillado "con las manos en la masa".
- Creía que estabas dormido -le contesté.
- No tengo sueño. ¿Te la estás meneando? -repitió.
No tenía sentido negarlo pues se había dado cuenta. Además, por la forma en que lo preguntaba sabía de sobra de lo que estaba hablando, así que reconocí que lo estaba haciendo.
- Pues sí, es que estoy muy caliente y no podía dormir.
Nos quedamos callados los dos. No sabía si Pere simplemente me lo había preguntado por curiosidad o si me lo había echado en cara. Al cabo de un par de minutos, poco a poco, reanudé mi paja intentando no moverme demasiado. Pere volvió a hablar susurrando.
- ¿Quieres que te la haga yo?
Me quedé de piedra. No podía creer lo que acababa de oír. Yo estaba preocupado por lo que el chaval pudiera pensar de mí y resulta que él estaba dispuesto a hacerlo por mí. Mi excitación se disparó inmediatamente. Que otra mano, y en particular la de Pere, me hiciera una paja era algo que ni siquiera se me había pasado por la imaginación. Aparté las manos de mis genitales, dejándole el campo libre.
- Si quieres... me limité a decir.
Entonces Pere se acercó más a mí y su mano se dirigió directamente a mi polla, la sujetó con dos dedos y comenzó a frotarla lentamente arriba y abajo.
- La tienes más grande que yo.
- Es natural, soy mayor que tú... ya te irá creciendo. ¿Cómo la tienes? ¿la tienes tiesa ahora?
- Sí.
Sin pedirle permiso, llevé mi mano hasta su entrepierna y la froté sobre su entrepierna por encima del pijama. Efectivamente, la tenía dura como si fuese de hierro. A continuación metí la mano por debajo del pantalón acariciándole el vientre, el vello púbico y finalmente la polla y los huevos. Nos mantuvimos así un rato, en silencio, frotándonos lentamente la polla el uno al otro. Luego me volví hacia él y agarrandole el pantalón del pijama con las dos manos se lo bajé para dejar al descubierto sus genitales.
La polla de Pere era más gruesa en la base que en la punta, al contrario de la mía que se hincha más en el glande, medía unos 14 o 15 centímetros y no descapullaba del todo. Surgiendo de sus lampiñas ingles y con el adorno del ensortijado vello negro en la base era sencillamente preciosa. Mientras con la mano izquierda le acariciaba los huevos con la derecha le frotaba el vientre y la polla subiéndole y bajándole la piel hasta que se le tensaba sin acabar de dejar el glande al descubierto.
- ¿Te duele al estirar la piel hacia abajo? -le pregunté.
- Un poco.
- ¿Quieres que te haga algo para suavizar la piel?
- ¿Qué?
Sin contestarle, me incliné sobre su bajo vientre y comencé a pasarle la lengua por la punta de la polla. La suavidad de su piel, especialmente de la parte del glande que sobresalía, me excitó y me animó a seguir. Acerqué los labios, le besé el capullo y me lo fui metiendo en la boca poco a poco. Con la lengua seguía untándole saliva sin parar. Al mismo tiempo, con la mano le seguía subiendo y bajando la piel, estirando cada vez un poco más.
Yo había oído muchas veces expresiones relativas a chupar la polla y había sentido envidia cuando algunos de mis compañeros comentaba lo mucho que había gozado cuando su ligue de turno le había hecho una mamada, pero nada de aquello me había preparado para el enorme placer que proporcionaba hacer una mamada. En la boca sentía la polla de Pere dura como el acero y al mismo tiempo suave como la seda. La notaba caliente y viva, pulsando a cada caricia de mi lengua, y yo sabía que de aquella forma estaba haciendole. Me sentía invadido de pasión y me introducía más y más de aquella polla adolescente en la boca, la apretaba con la lengua contra el paladar, la succionaba, le pasaba la lengua alrededor del glande, la dejaba salir un poco y volvía a empezar.
Pere estaba tendido boca arriba en la cama, inmóvil, dejando que mis manos acariciasen su cuerpo y que mi boca descubriese nuevos e intensos placeres en su sexo. No tengo ni la menor idea de cuánto duró aquello. Tal vez media hora, tal vez cinco minutos. Sentí que los testículos del muchacho se apretaban hasta desaparecer en su entrepierna. Sentí sus manos sobre mis hombros, apretándomelos. Sentí que su cuerpo se ponía tenso y se arqueaba presionando contra mi cara. Yo continué frenético moviendo mi cabeza arriba y abajo sobre su polla. Con los dedos le mantenía la piel de la polla tirante de forma que la mayor parte posible de su glande recibiera las caricias calientes y húmedas de mi lengua. De repente, su cuerpo se tensó aún más, como un arco, y sentí el caliente néctar golpeando mi paladar. La boca se me llenó de su lefa. Noté el aroma intenso y el sabor entre dulzón y picante. Lo mantuve en la boca por un minuto, disfrutándolo, y finalmente me lo tragué.
Dejé salir la exausta polla de mi boca y me tendí en la cama. Pere se quedó quieto mirando al techo con una expresión de placer y de sorpresa en la cara. Yo no sabía qué decir y él, obviamente, tampoco. Al cabo de un rato y ya que yo tenía una erección casi dolorosa, comencé a acariciármela suavemente. Pere giró la cabeza hacia mí y se me quedó mirando con aquellos hermosos ojos que no puedo olvidar.
- ¿Te ha gustado?" -le pregunté por fin.
No me respondió. Se limitó a sonreir mirándome muy fijo a los ojos. Luego se inclinó sobre mí y me besó en los labios. Lo abracé contra mi cuerpo y nos dimos los primeros besos con lengua de nuestras vidas. Un rato después se incorporó y sin dejar de clavar sus ojos en los míos me dijo muy serio:
- Jordi, te quiero mucho.
Volví a abrazarlo y a besarlo con pasión.
- Y yo a ti, Pere. Te quiero muchísimo.
Seguimos abrazados, su cuerpo sobre el mío, y besándonos largo rato. Mis manos acariciaban su espalda desde la cabeza hasta los glúteos y él respondía a mis caricias con más besos y con frotamientos de su cuerpo contra el mío. Fueron unos minutos maravillosos. Finalmente se apartó. Yo intenté retenerlo pero me detuvo con una sonrisa pícara y una frase:
- Ahora te lo voy a hacer yo a ti.
¡Y vaya si me lo hizo! Fue la primera mamada que recibía en mi vida y no fue técnicamente muy buena, me raspó el glande con los dientes y en varias ocasiones se atragantó al intentar introducirse más y más de mi polla en la boca, pero disfruté inmensamente. Viéndole desnudo inclinado sobre mí, esforzándose por proporcionarme el mismo placer que yo le había hecho gozar un rato antes, me di cuenta de que me había enamorado de él.
Cuando noté que mi orgasmo estaba cerca, le avisé para que se retirara antes de que yo eyaculase, pero él aumentó el ritmo y recibió toda mi lefa en la boca. Se tragó toda la que pudo y con unos leves hilillos blanquecinos escurriendo por las comisuras de sus labios se abalanzó sobre mí para besarme de nuevo.
- Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero... -me repetía.
- Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero... -le repetía yo.
Dormimos muy poco aquella noche. Disfrutamos de cuatro o cinco orgasmos cada uno y amanecimos juntos en mi cama, abrazados. Durante las siguientes semanas descubrimos y aprendimos juntos muchas formas de gozar juntos. Fuimos amantes durante 8 años... hasta que ocurrió el accidente...
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Hasta aquí el relato de Jordi. He cortado el final porque es algo muy triste y no quisiera que quienes leais esto os quedaseis con mal sabor de boca.
A quienes me habéis escrito con comentarios sobre el primer relato, muchas gracias. Espero que éste no os defraude. Empiezo a preparar el tercero. Hasta entonces, ya sabéis que tenéis un amigo en
sethorus@ziplip.com