7 amigos (3)

Aunque en realidad no tiene, o no debería tener importancia, me parece curioso dejar constancia de que Luis, cuya historia de iniciación sexual vais a leer a continuación, es un bisexual felizmente casado que tiene dos preciosos hijos varones ya adolescentes. Espero que disfrutéis leyendo su "aventura".


Relato de Luis

Ocurrió en el verano del año en que cumplí los 16. A finales de junio, cuando acabó el curso, me fui con la familia de mi amigo Sergio a Fuenterrabía, en la desembocadura del río Bidasoa que marca la frontera entre España y Francia en el extremo oeste de los Pirineos. Sergio y yo éramos compañeros de curso y del equipo de natación y, además, amigos inseparables. Su familia tenía una casa en ese pueblo y pasaban casi todo el verano allí. Cuando Sergio me propuso ir con ellos, me puse contentísimo pues en mi familia, mucho más modesta económicamente, eso de tener una casa para el verano ni siquiera se soñaba.

Bueno, el caso es que pasé con ellos las dos semanas más divertidas de mi adolescencia. Sergio tenía un grupo de amigos, chicos y chicas, con los que nos reuníamos por las mañanas en la playa, por las tardes para dar paseos en bicicleta y por las noches, después de cenar, para ir a oír música y a bailar. Excepto en lo que se refiere a las horas de las comidas, que eran sagradas en la familia de Sergio, contábamos con casi total libertad para ir donde quisiéramos. Y hacíamos uso de esa libertad.

Sergio y yo compartíamos una habitación y, cuando regresábamos a la casa para dormir, hablábamos de lo que habíamos hecho durante el día y de lo que haríamos al día siguiente. En la segunda o tercera noche, me di cuenta de que mientras charlábamos, Sergio se estaba masturbando bajo la sábana. A la luz de la luna que se filtraba por la ventana, vi como la blanca tela subía y bajaba impulsada por el rítmico movimiento arriba y abajo con el que su mano acariciaba su verga. Desde mi cama. A dos metros escasos, lo miré como hipnotizado. Me excité inmediatamente pero no me atreví a hacer lo mismo. Yo hacía ya unos tres años que me masturbaba pero lo hacía con sentimiento de culpa y me daba vergüenza hacerlo con Sergio tan cerca. Recuerdo que aquella noche me costó conciliar el sueño.

La siguiente noche, la escena se repitió pero con la diferencia de que mientras se masturbaba me hablaba de una de sus amigas, de lo atractiva que estaba en traje de baño, de lo grandes que tenía las tetas, de cómo movía el culo al andar... Yo me movía inquieto en la cama, luchando contra el deseo de masturbarme pues tenía una erección tremenda, y él se dio cuenta.

- ¿Tú no te la meneas o qué? -me espetó de repente.

Creo que murmuré algo en tono de disculpa, como si me hubiera pillado en falta. Yo era tan idiota que me sentía mal si me masturbaba pero me sentía avergonzado de reconocer que no lo hacía. La naturalidad de Sergio resolvió la situación.

- ¡Venga! No seas tonto. Vamos a hacerlo los dos a la vez... Piensa en las tetas de Amaya y dale a la zambomba. Ya verás qué bien duermes después.

Sin más, apartó la sábana y dejó a la vista su cuerpo desnudo, incluyendo su pene erecto. Con la mano derecha, cerrada en torno al miembro, se masturbaba agitadamente mientras que con la izquierda se acariciaba y apretaba los testículos. Yo me decidí y también aparté la sábana, me sujeté la base del pene con la mano izquierda y con los dedos de la derecha me puse a mover el prepucio sobre el glande (esa era la forma en que me masturbaba en aquella época).

No sé si él me miraba y, tal vez, al estar mi cama más alejada de la ventana y recibir menos luz, no podía distinguir lo que estaba haciendo, pero yo sí lo miraba a él y distinguía perfectamente su cuerpo de nadador: sus marcados pectorales en los que resaltaban las aureolas oscuras de sus tetillas, los músculos de su vientre tan perfectamente definidos tras cientos de horas de ejercicio, el abundante y negrísimo vello púbico, el brillo intermitente de su húmedo glande que quedaba alternativamente oculto y al descubierto al ritmo de su masturbación, los musculosos muslos tensos en anticipación del orgasmo, sus piernas abiertas como un compás...

Él seguía hablando de la chica que tanto le atraía pero yo apenas le oía. Toda mi atención estaba centrada en el cuerpo de Sergio. Creo que de tanto en tanto respondía con un susurrado "Sí... sí..." a sus procaces comentarios pero lo que me excitaba era lo que veía, no lo que oía. Todavía recuerdo el brillo que iba adquiriendo su cuerpo a medida que el ejercicio masturbatorio y la temperatura veraniega iban haciendo aparecer diminutas gotitas de sudor en toda su piel.

Cuando sus palabras se entrecortaron y su respiración se hizo más profunda y sonora, levanté la cabeza de la almohada para ver mejor lo que iba a ocurrir. Finalmente, se quedó completamente inmóvil, con todos los músculos en tensión, la mano derecha apretando firmemente la mitad inferior de su miembro y el glande, hinchado y húmedo, brillando a la luz de la luna. Su semen saltó en el aire una y otra vez y cayó sobre su pecho y su vientre; al final, chorreó por la verga hasta sus dedos y su vello púbico. Casi inmediatamente, me corrí yo también.

Sergio se restregó el semen por el cuerpo, volvió a cubrirse con la sábana, me dio las buenas noches y se giró de espaldas a mí dispuesto a dormir. Yo le imité y dos minutos más tarde ya estaba profundamente dormido.

La misma situación, con muy ligeras variaciones, se repitió cada noche a partir de entonces. Creo que aquello curó mi sentimiento de culpa respecto a la masturbación. Pasó de ser algo terrible que me costaba trabajo evitar a una rutina nocturna anticipatoria del sueño. Modifiqué incluso mi manera de hacerlo e, imitando a Sergio, comencé a acariciarme el escroto y los testículos con la mano izquierda mientras movía arriba y abajo la derecha, cerrada en torno a la verga. Por la mañana, al despertarnos, corríamos a la ducha para limpiarnos de la piel el semen reseco.

Nunca, ni en aquellos días ni en ninguna otra ocasión, hicimos otra cosa que masturbarnos simultáneamente. Sergio era y, que yo sepa, sigue siendo exclusivamente heterosexual por lo que la posibilidad de acariciarnos o masturbarnos mutuamente ni siquiera se presentó. ¿Dónde está, entonces; mi iniciación homosexual, que es de lo que se trata?

Llegó el final de mis dos semanas con la familia de Sergio. Con el fin de aprovechar al máximo hasta el último día, decidí regresar a Barcelona en el tren nocturno que salía de Irún, a unos pocos kilómetros de Fuenterrabía. Todo el grupo de amigos vino a despedirme. Las chicas me abrazaron y me besaron, los chicos me abrazaron y me palmearon la espalda Sergio, al abrazarme susurró: "Esta noche voy a tener que hacerme dos, pues tú no vas a poder" y se apartó sonriendo con malicia. Subí al tren, que, al contrario de lo que yo había esperado, estaba medio vacío, y coloqué la maleta en el departamento que tenía asignado. Mis compañeros de viaje eran una señora mayor y una niña de unos 10 años. Las saludé y me puse a leer la revista que llevaba para ayudarme a pasar el rato.

Unas dos horas más tarde, en un pueblo cuyo nombre no recuerdo, mis compañeras de departamento abandonaron el tren y me quedé sólo. La parada se prolongó unos 15 minutos y yo salí al pasillo. Encendí un cigarrillo. Hacía unos meses que fumaba a escondidas y durante mi estancia en Fuenterrabía lo había hecho con mayor frecuencia. Llevaba en el bolsillo un paquete casi entero del que me tendría que deshacer antes de llegar a casa de mis padres así que aquella iba a ser mi última noche con libertad para fumar.

Unos metros más allá, en el pasillo del vagón, había un hombre joven, de unos 25 ó 30 años que, al verme encender el pitillo se acercó y me pidió fuego. Era francés y, como más tarde me dijo, también se dirigía a Barcelona. Tras encender su cigarrillo, miró hacia el interior de mi departamento y al verlo vacío me preguntó si tenía inconveniente en que se trasladase allí conmigo pues en el suyo viajaban otras cuatro personas. Naturalmente le dije que no tenía inconveniente y un minuto después su bolsa de viaje estaba en mi departamento.

El tren se puso en marcha y el francés y yo entramos en el departamento y nos pusimos a charlar. Mezclando el español con el francés, pues ninguno de los dos dominábamos suficientemente el idioma del otro como para usar un solo idioma, conseguimos mantener una animada conversación. Sentados uno frente al otro, tuve tiempo de observarlo detenidamente. Era un hombre muy guapo, la verdad, con abundante pelo negro que llevaba un poco largo, piel muy blanca como si le hubiera dado muy poco el sol, ojos negros con largas pestañas, el mentón cuadrado, los labios carnosos y la nariz recta y más bien pequeña. Vestía una camisa blanca abierta sobre un pecho lampiño y unos vaqueros bastante ajustados que, sobre todo sentado, marcaban un considerable bulto en la zona de los genitales. Llevaba unos mocasines negros sin calcetines. Era delgado y un poco más alto que yo. Hablaba con suavidad y sonreía continuamente. Al hablar movía las manos de un lado a otro, quizá excesivamente, lo que resultaba un poco amanerado.

Charlamos de muchas cosas. Me preguntaba cosas sobre España y sobre mí y me contaba cosas de Francia, (vivía en París), y sobre él. Por lo que me dijo, trabajaba como camarero en un club exclusivo para hombres. Yo, que por aquellos días era un inocentón, pensé que se trataba de un club al estilo tradicional inglés con elegantes señores sentados en poltronas, leyendo el periódico en absoluto silencio pero, claro está, él se refería a que trabajaba en un club gay.

Cuando más tarde me dijo que al club donde trabajaba solían acudir muchos hombres casados "por la boca y por la parte de atrás", yo interpreté que el club en cuestión tenía un restaurante en el que servían muy buena comida (iban allí "por la boca") y que no deseaban que les vieran (por eso entraban "por la parte de atrás"). Por extraño que parezca, no deduje que me estaba hablando de sexo. El francés me estaba enviando mensajes que yo no comprendía y a los que, por lo tanto, no respondía.

Pasada la media noche, comentó que deberíamos intentar dormir, se levantó y bajó las cortinillas a un lado y al otro del departamento, aislándonos visualmente del pasillo y del exterior. Luego apagó la luz y se tumbó a lo largo de su asiento. Yo hice lo mismo. No estábamos totalmente a oscuras; se filtraba suficiente cantidad de luz como para que, una vez acostumbrados los ojos a la penumbra, se pudiera distinguir perfectamente todo lo que había en el departamento. Por eso pude ver perfectamente que se abría la camisa, dejando todo el pecho al descubierto, y que se desabrochaba el cinturón y se desabotonaba la bragueta. Todo esto sin dejar de hablarme.

Las experiencias en la habitación de Sergio de las dos últimas semanas me vinieron inmediatamente a la mente. Pensé que aquel hombre iba a masturbarse allí, tumbado a un metro escaso de mí, y noté que esa idea me excitaba. Se me ocurrió que tal vez eso era lo que hacían todos los hombres, masturbarse antes de dormir, y que yo era un tonto que no lo sabía.

Vi asomar su slip blanco en la abertura del pantalón y que acercaba la mano derecha y la colocaba sobre los genitales. Ansioso por lo que estaba seguro iba a ocurrir a continuación, se me ocurrió encender otro cigarrillo (durante todo el rato que habíamos estado charlando habíamos fumado varios). Entonces él se levantó y se acercó para que le encendiera el suyo. Yo seguí tumbado y él se quedó sentado junto a mis piernas, con la camisa abierta mostrándome todo el pecho. En el vientre, por debajo del ombligo, observé que tenía una hilera de pelillos que bajaba hasta esconderse bajo la tela del slip.

Mientras fumaba y me hablaba, puso la mano en mi muslo izquierdo. Noté el calor de su mano a través de la tela del pantalón y sentí que ese calor invadía poco a poco mi cuerpo, como dicen que se siente el veneno de una picadura de serpiente. Como gesticulaba mucho al hablar, su mano abandonaba el contacto con mi muslo, describía un giro en el aire y volvía a posarse en él. Me di cuenta de que cada vez la mano se posaba un poco más arriba, de forma que al cabo de un minuto ya casi me rozaba la entrepierna.

No sé cómo describir lo nervioso que yo estaba. Presentía que en cualquier momento me iba a rozar el pene y que se daría cuenta de que lo tenía erecto. En mi mente se mezclaban el deseo de que me acariciase y el temor a que se diese cuenta de que yo lo deseaba. Mi falta de experiencia no me permitía comprender que él me estaba seduciendo, que deseaba tocarme tanto o más de lo que yo deseaba que lo hiciera.

Terminamos los cigarrillos. Él apagó el suyo en el suelo, con el pie, yo me tuve que girar un poco para apagar el mío en el cenicero. Al girarme, ocurrió. El dorso de sus dedos me rozó el escroto a través del pantalón. Fue un roce muy ligero y breve pero bastó para duplicar la excitación que estaba sintiendo. Comprendí que mi resistencia había sido vencida, si su mano seguía subiendo, le iba a dejar hacerlo.

Sin embargo, el francés apartó la mano e hizo ademán de levantarse para volver a su sitio. Yo me quedé mirándolo y seguro que en mi rostro se adivinaba el deseo que sentía. Detuvo su movimiento, me miró sonriendo y, ¡por fin!, colocó su mano abierta sobre mi entrepierna cubriéndome los testículos y parte del pene. La mantuvo allí, quieta, como esperando mi respuesta. Yo ni dije ni hice nada, estaba demasiado excitado y aturdido como para saber cómo reaccionar. Me gustaba aquel contacto, deseaba que continuase pero no acertaba a imaginar cuál debiera ser mi reacción. Era algo así como si le estuviera ofreciendo mi cuerpo, poniéndolo a su disposición, para que lo acariciase sin trabas. Y eso exactamente es lo que yo deseaba.

Me sorprendió que se limitase a presionar mis genitales con un suave movimiento circular, yo suponía que me sacaría el pene y me masturbaría, pero el francés sabía bien lo que hacía. Aquel leve movimiento y el calor que emanaba su mano me excitaba más y más hasta que me resultó imposible mantenerme pasivo. Mi pelvis, como si tuviera vida propia, comenzó a elevarse para incrementar la presión contra su mano. Inmediatamente él la retiraba unos milímetros frustrando mi intento. Jugaba conmigo y con mi deseo. Sabía que yo estaba excitado y que ansiaba un orgasmo rápido, pero él no estaba dispuesto a cometer el error de llevarme al clímax en unos pocos minutos. Sin duda se dio cuenta de mi inexperiencia y decidió hacerme pasar una noche inolvidable. Aunque en aquel momento su lentitud me pareció frustrante, cada vez que el recuerdo de aquel viaje vuelve a mi memoria siento agradecimiento hacia él cómo se comportó conmigo!

Por fin su mano comenzó a deslizarse hacia arriba siguiendo el contorno de mi erección. Cuando sus dedos me acariciaron el glande, a pesar de la tela del pantalón y la del calzoncillo que separaba su piel de la mía, creí que iba a explotar. Jamás hubiera imaginado que una caricia tan suave pudiera proporcionar tanto placer. Con el ansia de mis casi 16 años, ansiaba correrme pues creía que de eso se trataba. Para eso me venía yo masturbando desde hacía varios años. En mi ignorancia, estaba convencido de que el placer sexual consistía en estimularse hasta eyacular y en aquel momento yo estaba dispuesto a correrme en los calzoncillos. No comprendía por qué aquel hombre no apretaba un poco más o frotaba su mano un poco más rápido, pues sólo eso me faltaba.

En lugar de lo que yo creía necesitar, el francés apartó la mano de mi sexo y con parsimonia me fue desabrochando la camisa. La apartó a los lados y, con tanta suavidad como había actuado antes, se dedicó a acariciarme de costado a costado y desde el cuello al ombligo. Una y otra vez sus dedos se deslizaban por mi piel como si fuesen mariposas. Luego posó ambas manos en mi cintura, ejerciendo una ligera presión, y las fue subiendo lentamente hasta llegar a los hombros. Durante un buen rato alternó las rápidas y suaves caricias de las yemas de sus dedos con el lento recorrido de las palmas Yo estaba asombrado porque me sentía tan a gusto que me había olvidado del orgasmo que tanto ansiaba unos minutos antes.

Entonces, inclinó la cabeza sobre mi pecho y lo besó a la altura del esternón. Y tras ese beso siguieron muchos otros hasta cubrir toda la piel que él mismo se había encargado de dejar al descubierto. Me rozaba con los labios, ejercía una leve presión, depositaba el beso y se apartaba unos centímetros para repetir el mismo rito un poco más allá. Estoy seguro de que fueron más de cien los besos que me dio y cada uno me producía un placer nuevo e intenso. Creo que fue entonces cuando yo empecé a suspirar.

Pero todavía me esperaban más sorpresas. Tras cubrirme el torso de besos, comenzó a lamérmelo. Se detuvo especialmente en las tetillas, que lamió y succionó repetidamente, pero no se limitó a ellas. Subió hasta el cuello y allí su lengua me hizo estremecer, bajó al ombligo y despertó un placer distinto que me recorría el cuerpo en ondas, como cuando se arroja una piedra a un estanque. Me recorrió un costado de abajo a arriba y me hizo gemir, descendió por el otro costado y moduló mi gemido hasta convertirlo en un apagado ronroneo. Entonces me di cuenta de que aquello no era sexo, aquello era "hacer el amor" y ese descubrimiento me causó un impacto emocional tan grande que mis ojos se humedecieron y sentí lágrimas deslizándose desde las comisuras de mis ojos.

- ¿Eres feliz?" -me preguntó.

Quiero hacer hincapié en la pregunta. No fue un "¿Te gusta?" o un "¿Estás bien?", lo que me preguntó es si era feliz. Y yo, atónito, embobado, sorprendido,... estiré los brazos, le rodeé con ellos el cuello, lo atraje hacia mí y lo besé en los labios. Fue un movimiento espontáneo que pretendía dar respuesta a su pregunta. Fue mi primer beso y sólo pretendía presionar sus labios con los míos. Ya he dicho que yo era un inocentón, ¿no?

Él mantuvo el beso, pero cuando mi presión disminuyó, en lugar de apartar los labios, los entreabrió dejando asomar la lengua. Me acarició con ella de lado a lado, primero el labio superior, luego el inferior y tan pronto como el placer que aquello me produjo me hizo separarlos, me introdujo su lengua en la boca buscando la mía. Aunque el tren hubiera descarrilado en aquel momento, no me habría dado cuenta. De repente fue como si no tuviera cuerpo, sólo labios y lengua. Contuve la respiración todo lo que pude (no tenía ni idea de que se puede besar y respirar al mismo tiempo) para no perder ese contacto íntimo. Cuando me separé, jadeando, él me tomó la cara entra las manos y me la cubrió de besos. En los siguientes minutos, aprendí que se pueden besar y lamer los ojos, que la frente es una zona erógena al igual que la nariz y que una lengua en la oreja puede volverte loco.

Recobró el francés su posición de sentado y fue bajando las manos por mi pecho hasta llegar al pantalón. Me desabrochó el cinturón, me abrió la bragueta y me bajó los pantalones hasta las rodillas. Me di cuenta entonces de que tenía los calzoncillos completamente mojados. Por un momento creí que me había corrido sin darme cuenta, pero inmediatamente comprendí que no era semen sino líquido preseminal, que había estado manando abundantemente, lo que empapaba la tela. Se inclinó, olió y lamió la tela mojada, luego me bajó los calzoncillos dejando al descubierto la más tremenda erección que yo había tenido hasta entonces.

Creí que iba a masturbarme, pues me acarició un momento la verga con los dedos, pero lo que hizo fue apartarme un poco los muslos y hundir la cabeza entre ellos. Si los besos y lametones que me había prodigado en el pecho y en el rostro me habían inundado de placer, los que durante los siguientes minutos me fue dando en la parte interior de los muslos, en las ingles y en el escroto me transportaron a otro mundo. Recuerdo que me cubrí la cara con las manos para ahogar los gemidos de placer que brotaban solos de mi garganta. Se me agitó la respiración y me comenzó a temblar el cuerpo. De haber continuado mucho rato aquellas caricias, creo que me habría dado un ataque.

Entonces, sin previo aviso, de un golpe, se metió mi pene en la boca. No me lamió la verga ni se entretuvo jugueteando con el glande. En contraste con la parsimonia de la que había hecho gala hasta entonces, se lanzó con avidez sobre mi sexo y se lo tragó entero. Por aquel entonces yo ya tenía un buen instrumento de casi 17 centímetros y todo él desapareció en su boca. Sentí perfectamente el paso del glande por su garganta como una presión cálida y suave. Sus manos me agarraron los glúteos y los apretaron con fuerza. Sentí como un rayo que desde las entrañas me subía hasta el pene y luego se dispersaba por todo el cuerpo. Alargué los brazos hacia él y le apreté (creo que le arañé) los hombros. Y como una explosión, como la erupción de un volcán, eyaculé una y otra vez dentro de él. Fue un orgasmo interminable que siguió y siguió produciéndome espasmos mucho después de que las últimas gotas de semen hubiesen abandonado mi cuerpo para entrar en su tubo digestivo. Cuando la presión de sus manos disminuyó y liberó mi todavía erecto pene de su boca, me quedé quieto, desfallecido, y me sentí el hombre más feliz del mundo.

El francés sacó un pañuelo del bolsillo y, separando el calzoncillo que seguía llevando puesto, se limpió sus partes. Entonces no lo comprendí pero más tarde me dijo que se había corrido mientras yo eyaculaba en su boca. No sé cómo pudo ocurrir porque creo que ni siquiera se tocó con la mano y en ninguna otra ocasión he visto ni he oído de nadie que se corriera de esa manera, pero eso fue lo que me dijo y yo le creí.

Después de aquello, dormimos un par de horas o así. Me desperté porque de nuevo aquel hombre tenía mi pene en su boca. Estaba arrodillado en el suelo y me lo lamía y chupaba mientras con la mano me acariciaba los testículos... pero esa ya no fue mi primera experiencia, sino la segunda. Y aún hubo una tercera antes de llegar a la estación de Barcelona.

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Quiero dar las gracias de nuevo a todos los que me habéis enviado vuestros comentarios a los dos relatos anteriores. Un abrazo a todos. Ya sabéis donde me tenéis: sethorus@ziplip.com
  

 

 



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