DE COMPRAS CON MI AHIJADO

Carlos, mi ahijado, estaba a punto de terminar el bachillerato y se encontraba excitadísimo por la fiesta que preparaban con todos sus compañeros del colegio;
fiesta que tendría lugar en una discoteca muy de moda. Una tarde vino a mi casa
para consultarme qué ropa debería llevar esa noche porque quería ir lo más atractivo posible. Me pedía consejo porque su padre le sugirió que fuera con un traje clásico. Obviamente no aprobé la elección porque le haría parecer un cursi y le dije que había una boutique en el centro que tenía una ropa bastante juvenil y que debería ir a verla. Con sus 17 años, Carlos es de estatura mediana, cuerpo delgado, pero musculado, ojos verdes y cabellos negros, algo largos, que solía llevar en una coleta. Me dijo que iría y me preguntó si quería acompañarlo. Quedamos de acuerdo en encontrarnos a la salida de su colegio el jueves a las 6 de la tarde.

El jueves lo recogí en la entrada del colegio. Es una escuela privada con mucho niño pijo. Carlos vestía vaqueros y un polo. Debo decir que estaba francamente guapo, con esa sensualidad tan típica en un adolescente. En la primera boutique no encontró nada que le gustara así que recorrimos cuatro más. Le dije que si quería ir a tomar un refresco porque así podríamos discutir sobre que quería comprar. Mientras tomabamos algo, Carlos apenas habló, sólo sonreía. Cuando terminamos, eran ya las 7,30 y yo estaba cansado de entrar y salir de galerías comerciales. Le dije que conocía otra tienda de moda en donde tal vez podría encontrar algo interesante. Llegamos y la vendedora le mostró muchos modelos de pantalones, de camisas y conjuntos hasta que uno encendió los ojos de Carlos. Era pantalón ajustado con una camisa bastante amplia y una corbata llamativa pero no estridente. La ventaja, nos dijo la vendedora, es que no se arruga fácilmente; el único problema era que si llevaba calzoncillo largo se marcaría, dado lo ajustado del pantalón. Mi ahijado dijo que no era de importancia y que ya encontraría una solución. Pagué (para eso estamos los padrinos, aunque el detalle de la corbata y el pantalón ajustado no acababa de convencerme) y salimos de la tienda. Le dije: 

- Compraste el conjunto sin probártelo, ¿crees que te quedará bien?"

- Sí, debería haberlo probado antes. ¿Y si me cambio en el baño del
  café en que estuvimos hace un rato?"
- Me parece que no es un lugar muy apropiado.- le contesté.- y encima, falta
  comprar una ropa interior adecuada. Vamos a esos grandes almacenes y elige algo.

En realidad, fui yo quien le sugirió los calzoncillos, un tanga blanco con dibujos en rojo de hipopótamos haciendo el amor. Carlos se puso colorado y riéndome le dije: 

- Si pillas algo, por lo menos que sepas lo que tienes que hacer mirando los dibujos. 

Pagué la prenda y le dije: 

- Sólo faltan tus zapatos. - cosa que también le regalé. 

Mientras nos dirigíamos a su casa le dije: 



- Me pregunto cómo te verás vestido con todo lo que compramos,
  ¿Qué te parece si vamos a mi casa y te pruebas todo por si hay algo que cambiar?.

En diez minutos estuvimos en mi casa. 

- Me muero de ganas de probarme la ropa. Déjame cambiarme y dime qué te parece.

Me dijo. Sin darme tiempo a responder se fue hacia mi habitación y cerró la puerta.

Al cabo de un rato me llamó. Cuando le vi de pie delante del espejo no podía creer que
ese mocetón que estaba delante mío era mi ahijado ¡estaba espectacular! Me
acerque y le dije que debería dejarse el pelo suelto. Le desaté la coleta y arreglé
su melena.
Levanté su cabeza para ver cómo le quedaba. Al levantarsela, me fijé en el pésimo
nudo de la corbata. Le hice girar y me puse detrás de él que estaba frente al espejo. Mis brazos rodearon su pecho y comencé a hacerle el nudo de la corbata. Muchas veces le había tocado y nunca sentí nada en especial, pero esta vez al hacerlo, noté que sus pezones se endurecían. Los rocé ligeramente mientras continuaba haciéndole el nudo. Cuando terminé, estiré un poco la punta de la corbata y, sin querer, levemente toqué su paquete. Baje las manos para comprobar si los calzoncillos se notaban y palpé sus caderas, pero apenas pude descubrir la marca del tanga. Cuando le pasé una mano por detrás, dio un respingo y me dijo: 

- Me voy a poner de espaldas al espejo, quiero que veas si se marca el tanga. 

Lo hizo y pude comprobar que nada se notaba, tan sólo un culito bien formado y duro

y un respetable paquete (cosas ambas que mis manos ya habían comprobado). 

- La verdad es que estás de primera.

Fue lo único que atiné a decirle y me alejé para que no se diera cuenta de que

estaba poniéndome cachondo.

- El único problema que tengo es que quiero depilarme un poco, es tan pequeño
  el tanga que los vellos se me salen por los costados". 

- Pues depílatelos. - contesté. 

Él continuaba de pie y yo me había acostado en mi cama con los brazos cruzados

detrás de la nuca y mi bulto era imposible de ocultar. Me miró y, acercándose,
me dijo sonriendo: 

- ¿Y si me ayudas a depilarme?. 

Yo no podía creer lo que me estaba diciendo. Muy azorado contesté: 

- Bueno yo me lo recorto, así que no tendría inconveniente. 

Fui al baño a buscar la maquinilla, unas toallas, una tijera, un bolsa de agua y la espuma de afeitar. Cuando entré en la habitación, estaba sentado en el borde de la

cama con el pantalón bajado hasta sus tobillos. Y tenía razón, una cantidad enorme
de vello le salía de los costados del tanga. 

- Acuéstate y abre un poco las piernas, que voy a recortar los pelos con la tijera

bordeando el tanga. No es necesario que te lo quites

Le puse una toalla debajo de sus caderas y empecé a recortarle los pelitos que sobresalían. Después de untarle un poco de espuma, comencé a afeitarle la zona

del ombligo. Cuando terminé, le dije: 

- Anda a lavarte y dime qué tal te queda. 

Se fue al baño mientras yo guardaba las cosas que había utilizado.

Salió y me preguntó:

- ¿Qué te parece?. 

Yo estaba de espaldas, metiendo las tijeras en un cajón, y, cuando me di la vuelta,

estaba sin tanga y con la camisa abierta. 

- Me parece que deberías afeitarme también el pecho y los huevos. 

Yo ya no tenía capacidad de resistencia al ver su pene algo morcillón.

- De acuerdo. - le dije con voz trémula.- acuéstate boca arriba. 

Me acerqué y comencé a despojarle de los pelos del pecho, pero mis ojos no

podían apartarse de sus hermosos testículos, de un color rosado y algo brillantes.
Cuando terminé con el pecho, pasé a sus huevos que procuraba no tocar más de
lo necesario. Sin querer, le rocé el capullo y saltó en la cama. 

- Quédate quieto, te puedo cortar.- le dije. 

Y dos o tres veces más mis dedos acariciaron con descuido su prepucio.

Me acerqué para ver mi obra y ya no pude resistir la tentación de sacar mi lengua y
deslizarla por esos huevos lampiños. No dijo ni hizo nada, así que continué. Poco
a poco su verga se endureció y llegó pletórica a los 18 juveniles centímetros. Mi lengua
empezó a elevarse junto a ella y descubrí su glande que metí golosamente en mi boca.
En ese momento me olvidé de todo. Le levanté las piernas sobre mis hombros y, de
rodillas al borde de la cama, le empece a comer la polla como un desesperado.
Le fui acariciando los huevos y, con la otra mano, me bajé el cierre y empecé a masturbarme, alcanzando mi verga un tamaño increíble. 


Las piernas de mi ahijado me tenían atrapado como un cepo y me empujó hacia
arriba. Le separé la camisa hacia los costados y le chupé los pezones rosados y
duros. Deslicé la punta de la lengua por su pecho y acerqué mi nariz hasta sus axilas
inhalando su olor. Bajé luego pacientemente hasta su ombligo dibujando con mi lengua
el deseo en su piel. Me quité la ropa y me quedé en slip con la verga colgando de un costado. Él se sentó y me bajó los calzoncillos. Mi pene apuntaba directamente a su
boca y se lo acerqué. Abrió sus labios y, con la punta de la lengua, me acarició el
capullo. De repente, se lo metió todo hasta el fondo. Cerré los ojos y me empezó a
mamar de una manera exquisita. Nadie me lo había hecho nunca así. Le miré y sus
ojos verdes se clavaron en los míos mientras me seguía chupando, lamiendo y
explorando cada pliegue de mi miembro.
 

Le quité la camisa y ahí tenía a mi ahijado completamente desnudo, chupándome la
verga como nadie lo había hecho. Me volví a arrodillar y comencé a lamerle el pene
deslizándome después hacia su culo. Le calenté durante muchos minutos. Hasta ese
momento había estado silencioso, pero empezó a gemir y a decirme:

- !Chúpame todo! Eso!, así!, no pares!, méteme la polla!

No me hice de rogar dos veces y empecé por levantar sus caderas mientras dos

de mis dedos se hundían en su ano virgen. Le hice subirse más en la cama y empecé
a frotar la cabeza de mi sexo en su culo. La cabeza de mi pene venció su primera
resistencia. Él se mordía para no gritar. Al fin me atrajo hacia él cerrando las piernas
en mi cintura y le penetré centímetro a centímetro, sintiendo cómo su esfínter apretaba
mi verga. Cuando la tuvo toda dentro, se la saqué y se la metí de un golpe. Sus ojos se
pusieron en blanco y empezó a temblar. Se aferró a mí como si fuera un náufrago.
Su orgasmo fue violento y su leche salpicó mi cara y se desparramó abundantemente
por su pelvis y sus testículos. Lloraba y reía al mismo tiempo. Yo seguía bombeando
lentamente para prolongar mis sensaciones. Al cabo de un rato él volvió a empalmarse.
Encontramos rápidamente el ritmo y al poco tiempo nos corrimos juntos.
 

Me dejé caer de espaldas en la cama. Carlos me acarició los pezones, para hundir
seguídamente su cara en mi pecho y repetir casi simétricamente mis caricias
anteriores en su cuerpo. Me pidió arrullando en mi oido que me diera la vuelta.
Obedecí y me coloqué boca abajo. Me besó en la nuca y sus manos siguieron el
contorno de mi culo con la punta de los dedos. Eso le hizo calentar otra vez. Se
arrodilló detrás de mí y me hizo abrir las piernas deslizando una mano entre ellas
y comenzó a acariciarme el escroto. Sentí su aliento cerca de mi ano y, luego, casi
imperceptiblemente, sus labios alcanzaron mi esfínter. Su lengua me trabajaba
tórpemente mientras se chupaba el dedo para llenarlo de saliva e introducírmelo
suavemente en el culo. Pude sentir cómo mi esfínter se dilataba. Se incorporó y se
puso encima de mí levantándome las caderas. Empujó la polla en mi ano
delicadamente. Le costó mucho trabajo, pero cuando la cabeza ya le había entrado,
empezó a bombearla. Poco a poco le fue entrando la verga, mientras con la mano
me acariciaba mi pene otra vez endurecido. Cuando mi esfínter empezaba a
acostumbrarse, la sacó y hundió su pene hasta la base. Su falta de experiencia la
suplía con unas acometidas lentas pero enérgicas. Cuando su excitación aumentó,
incrementó en ritmo. No pude aguantar mucho y él tampoco. Ambos derramamos
hasta la última gota de semen. Me tomó la cabeza entre las manos y me besó
mientras entrelazamos nuestras lenguas. Luego de un rato, me dijo: 

- Gracias, padrino, por el regalo.
 




Anónimo