El jueves lo recogí
en la entrada del colegio. Es una escuela privada con mucho niño
pijo. Carlos vestía vaqueros y un polo. Debo decir que estaba francamente
guapo, con esa sensualidad tan típica en un adolescente. En la primera
boutique no encontró nada que le gustara así que recorrimos
cuatro más. Le dije que si quería ir a tomar un refresco
porque así podríamos discutir sobre que quería comprar.
Mientras tomabamos algo, Carlos apenas habló, sólo sonreía.
Cuando terminamos, eran ya las 7,30 y yo estaba cansado de entrar y salir
de galerías comerciales. Le dije que conocía otra tienda
de moda en donde tal vez podría encontrar algo interesante. Llegamos
y la vendedora le mostró muchos modelos de pantalones, de camisas
y conjuntos hasta que uno encendió los ojos de Carlos. Era pantalón
ajustado con una camisa bastante amplia y una corbata llamativa pero no
estridente. La ventaja, nos dijo la vendedora, es que no se arruga fácilmente;
el único problema era que si llevaba calzoncillo largo se marcaría,
dado lo ajustado del pantalón. Mi ahijado dijo que no era de importancia
y que ya encontraría una solución. Pagué (para eso
estamos los padrinos, aunque el detalle de la corbata y el pantalón
ajustado no acababa de convencerme) y salimos de la tienda. Le dije:
- Compraste el conjunto sin probártelo, ¿crees que te quedará
bien?"
- Sí, debería
haberlo probado antes. ¿Y si me cambio en el baño del
café
en que estuvimos hace un rato?"
- Me parece que
no es un lugar muy apropiado.- le contesté.- y encima, falta
comprar una
ropa interior adecuada. Vamos a esos grandes almacenes y elige algo.
En realidad, fui yo quien le sugirió los calzoncillos, un tanga
blanco con dibujos en rojo de hipopótamos haciendo el amor. Carlos
se puso colorado y riéndome le dije:
- Si pillas algo, por lo menos que sepas lo que tienes que hacer mirando
los dibujos.
Pagué la prenda y le dije:
- Sólo faltan tus zapatos. - cosa que también le regalé.
Mientras nos dirigíamos a su casa le dije:
- Me pregunto cómo
te verás vestido con todo lo que compramos,
¿Qué
te parece si vamos a mi casa y te pruebas todo por si hay algo que cambiar?.
En diez minutos estuvimos
en mi casa.
- Me muero de ganas de probarme la ropa. Déjame cambiarme y dime
qué te parece.
Me dijo. Sin darme tiempo a responder se fue hacia mi habitación
y cerró la puerta.
Al cabo de un rato
me llamó. Cuando le vi de pie delante del espejo no podía
creer que
ese mocetón
que estaba delante mío era mi ahijado ¡estaba espectacular!
Me
acerque y le dije
que debería dejarse el pelo suelto. Le desaté la coleta y
arreglé
su melena.
Levanté su
cabeza para ver cómo le quedaba. Al levantarsela, me fijé
en el pésimo
nudo de la corbata.
Le hice girar y me puse detrás de él que estaba frente al
espejo. Mis brazos rodearon su pecho y comencé a hacerle el nudo
de la corbata. Muchas veces le había tocado y nunca sentí
nada en especial, pero esta vez al hacerlo, noté que sus pezones
se endurecían. Los rocé ligeramente mientras continuaba haciéndole
el nudo. Cuando terminé, estiré un poco la punta de la corbata
y, sin querer, levemente toqué su paquete. Baje las manos para comprobar
si los calzoncillos se notaban y palpé sus caderas, pero apenas
pude descubrir la marca del tanga. Cuando le pasé una mano por detrás,
dio un respingo y me dijo:
- Me voy a poner de espaldas al espejo, quiero que veas si se marca el
tanga.
Lo hizo y pude comprobar que nada se notaba, tan sólo un culito
bien formado y duro
y un respetable
paquete (cosas ambas que mis manos ya habían comprobado).
- La verdad es que estás de primera.
Fue lo único que atiné a decirle y me alejé para que
no se diera cuenta de que
estaba poniéndome
cachondo.
- El único
problema que tengo es que quiero depilarme un poco, es tan pequeño
el tanga
que los vellos se me salen por los costados".
- Pues depílatelos. - contesté.
Él continuaba de pie y yo me había acostado en mi cama con
los brazos cruzados
detrás de
la nuca y mi bulto era imposible de ocultar. Me miró y, acercándose,
me dijo sonriendo:
- ¿Y si me ayudas a depilarme?.
Yo no podía creer lo que me estaba diciendo. Muy azorado contesté:
- Bueno yo me lo recorto, así que no tendría inconveniente.
Fui al baño a buscar la maquinilla, unas toallas, una tijera, un
bolsa de agua y la espuma de afeitar. Cuando entré en la habitación,
estaba sentado en el borde de la
cama con el pantalón
bajado hasta sus tobillos. Y tenía razón, una cantidad enorme
de vello le salía
de los costados del tanga.
- Acuéstate y abre un poco las piernas, que voy a recortar los pelos
con la tijera
bordeando el tanga.
No es necesario que te lo quites
Le puse una toalla debajo de sus caderas y empecé a recortarle los
pelitos que sobresalían. Después de untarle un poco de espuma,
comencé a afeitarle la zona
del ombligo. Cuando
terminé, le dije:
- Anda a lavarte y dime qué tal te queda.
Se fue al baño mientras yo guardaba las cosas que había utilizado.
Salió y me
preguntó:
- ¿Qué te parece?.
Yo estaba de espaldas, metiendo las tijeras en un cajón, y, cuando
me di la vuelta,
estaba sin tanga
y con la camisa abierta.
- Me parece que deberías afeitarme también el pecho y los
huevos.
Yo ya no tenía capacidad de resistencia al ver su pene algo morcillón.
- De acuerdo. - le
dije con voz trémula.- acuéstate boca arriba.
Me acerqué y comencé a despojarle de los pelos del pecho,
pero mis ojos no
podían apartarse
de sus hermosos testículos, de un color rosado y algo brillantes.
Cuando terminé
con el pecho, pasé a sus huevos que procuraba no tocar más
de
lo necesario. Sin
querer, le rocé el capullo y saltó en la cama.
- Quédate quieto, te puedo cortar.- le dije.
Y dos o tres veces más mis dedos acariciaron con descuido su prepucio.
Me acerqué
para ver mi obra y ya no pude resistir la tentación de sacar mi
lengua y
deslizarla por esos
huevos lampiños. No dijo ni hizo nada, así que continué.
Poco
a poco su verga
se endureció y llegó pletórica a los 18 juveniles
centímetros. Mi lengua
empezó a
elevarse junto a ella y descubrí su glande que metí golosamente
en mi boca.
En ese momento me
olvidé de todo. Le levanté las piernas sobre mis hombros
y, de
rodillas al borde
de la cama, le empece a comer la polla como un desesperado.
Le fui acariciando
los huevos y, con la otra mano, me bajé el cierre y empecé
a masturbarme, alcanzando mi verga un tamaño increíble.
Las piernas de mi
ahijado me tenían atrapado como un cepo y me empujó hacia
arriba. Le separé
la camisa hacia los costados y le chupé los pezones rosados y
duros. Deslicé
la punta de la lengua por su pecho y acerqué mi nariz hasta sus
axilas
inhalando su olor.
Bajé luego pacientemente hasta su ombligo dibujando con mi lengua
el deseo en su piel.
Me quité la ropa y me quedé en slip con la verga colgando
de un costado. Él se sentó y me bajó los calzoncillos.
Mi pene apuntaba directamente a su
boca y se lo acerqué.
Abrió sus labios y, con la punta de la lengua, me acarició
el
capullo. De repente,
se lo metió todo hasta el fondo. Cerré los ojos y me empezó
a
mamar de una manera
exquisita. Nadie me lo había hecho nunca así. Le miré
y sus
ojos verdes se clavaron
en los míos mientras me seguía chupando, lamiendo y
explorando cada
pliegue de mi miembro.
Le quité la
camisa y ahí tenía a mi ahijado completamente desnudo, chupándome
la
verga como nadie
lo había hecho. Me volví a arrodillar y comencé a
lamerle el pene
deslizándome
después hacia su culo. Le calenté durante muchos minutos.
Hasta ese
momento había
estado silencioso, pero empezó a gemir y a decirme:
- !Chúpame todo! Eso!, así!, no pares!, méteme la
polla!
No me hice de rogar dos veces y empecé por levantar sus caderas
mientras dos
de mis dedos se
hundían en su ano virgen. Le hice subirse más en la cama
y empecé
a frotar la cabeza
de mi sexo en su culo. La cabeza de mi pene venció su primera
resistencia. Él
se mordía para no gritar. Al fin me atrajo hacia él cerrando
las piernas
en mi cintura y
le penetré centímetro a centímetro, sintiendo cómo
su esfínter apretaba
mi verga. Cuando
la tuvo toda dentro, se la saqué y se la metí de un golpe.
Sus ojos se
pusieron en blanco
y empezó a temblar. Se aferró a mí como si fuera un
náufrago.
Su orgasmo fue violento
y su leche salpicó mi cara y se desparramó abundantemente
por su pelvis y
sus testículos. Lloraba y reía al mismo tiempo. Yo seguía
bombeando
lentamente para
prolongar mis sensaciones. Al cabo de un rato él volvió a
empalmarse.
Encontramos rápidamente
el ritmo y al poco tiempo nos corrimos juntos.
Me dejé caer
de espaldas en la cama. Carlos me acarició los pezones, para hundir
seguídamente
su cara en mi pecho y repetir casi simétricamente mis caricias
anteriores en su
cuerpo. Me pidió arrullando en mi oido que me diera la vuelta.
Obedecí y
me coloqué boca abajo. Me besó en la nuca y sus manos siguieron
el
contorno de mi culo
con la punta de los dedos. Eso le hizo calentar otra vez. Se
arrodilló
detrás de mí y me hizo abrir las piernas deslizando una mano
entre ellas
y comenzó
a acariciarme el escroto. Sentí su aliento cerca de mi ano y, luego,
casi
imperceptiblemente,
sus labios alcanzaron mi esfínter. Su lengua me trabajaba
tórpemente
mientras se chupaba el dedo para llenarlo de saliva e introducírmelo
suavemente en el
culo. Pude sentir cómo mi esfínter se dilataba. Se incorporó
y se
puso encima de mí
levantándome las caderas. Empujó la polla en mi ano
delicadamente. Le
costó mucho trabajo, pero cuando la cabeza ya le había entrado,
empezó a
bombearla. Poco a poco le fue entrando la verga, mientras con la mano
me acariciaba mi
pene otra vez endurecido. Cuando mi esfínter empezaba a
acostumbrarse, la
sacó y hundió su pene hasta la base. Su falta de experiencia
la
suplía con
unas acometidas lentas pero enérgicas. Cuando su excitación
aumentó,
incrementó
en ritmo. No pude aguantar mucho y él tampoco. Ambos derramamos
hasta la última
gota de semen. Me tomó la cabeza entre las manos y me besó
mientras entrelazamos
nuestras lenguas. Luego de un rato, me dijo:
- Gracias, padrino, por el regalo.
Anónimo