Cuando vi a Jorge entrar por el portalón de popa el hálito del ocaso hizo temblar cada músculo de mi cuerpo. En los tres años que llevaba como camarero del comandante en la fragata "Murcia" jamás había visto entrar a un ángel en el vientre del buque. Desde aquel día hice lo posible por acercarme a él. Estaba en el comedor a la misma hora en la que él almorzaba, iba a la camareta cuando no estaba de guardia y salía a cubierta de vuelo cuando él paseaba.
Una tarde, el levante de abril refrescaba la caída del sol. Yo descansaba sentado en la proa, escuchando una cinta de Mike Oldfield, cuando mi ángel se acercó. - ¿Qué escuchas chiquillo? Me preguntó mostrando una amplia sonrisa. Joder, tío, me encanta Mike Olfield, ¿por qué no me dejas la cinta y te la devuelvo mañana... ?
Me pareció un poco descarado, pues no conocía a Jorge de nada, pero no me hubiera negado a nada que hubiera salido por sus labios color de fresa. Jorge se alejó con la cinta, andando con aire chulesco, de vez en cuando miraba atrás. Seguía sonriendo, con esos albinos dientes que adornaban su rostro color de bronce. Su cabello era como los trigales en agosto, dorado y fuerte. Sus ojos como la miel dorada que liban las abejas y su cuerpo parecía haber salido del friso de cualquier templo griego. Era lo más parecido a una estatua de Praxíteles. Era un ángel, un regalo de los dioses.
Al día siguiente Jorge no faltó a su cita. Entró en la despensa de la cubierta de hangar, vestido con su jersey azul marino y un nudo marinero colgando del bolsillo. Toma Paco, la cinta está de puta madre.- Dijo con su inconfundible acento gaditano. Por cierto, termino mi guardia a las dos, si quieres podemos comer juntos... - Era una sugerencia que no podía ser negada Claro que sí, a las dos y diez en el comedor de cabos.
La espera hasta medio día me causó una enorme impaciencia, pero a las dos y diez, Jorge apareció tan hermoso como siempre entre la multitud que esperaba en la cola para comer. Sus ojos enormes y rasgados parecían disparar estrellas. Pronto descubrí un chico inquieto, bromista y risueño. No pasaba un minuto sin que hiciese un chascarrillo o una broma. Durante el postre, de repente me miró fijamente Oye Paco, si tuvieras que definirme con un adjetivo ¿con cuál lo harías?
- Pillín respondí.
- Que casualidad mi novia también dice que soy un pillo.
Aquella frase cayó como una losa sobre mí. ¡Su novia! Todas mis esperanzas se desvanecieron como la estela del buque cuando hay marejada.
De todas maneras de aquella comida surgió una gran amistad. Durante varios meses Jorge y yo nos hicimos inseparables. Salíamos de marcha por Ferrol y mientras yo fingía ligar con alguna muchacha, él con su labia increíble no tardaba nada en llevárselas a cualquier oscura esquina.
En septiembre la fragata "Murcia" partió en misión de paz al mar Adriático. El azul rabioso del mar nos descubrió a los cinco días las costas hermosas de Duvrobnik. Por la tarde Jorge y yo salimos a hacer un poco de ejercicio por la cubierta. Aún el verano caldeaba el ambiente y después de unas carreras alrededor del barco y varios ejercicios físicos bajamos a las duchas.
Cuando cerré el grifo una vez aseado, salí y me sequé con la toalla. Jorge salió en ese mismo momento de su ducha. Totalmente desnudo, hermoso, fuerte. De reojo miraba sus brazos fibrosos, no musculosos pero perfectamente marcados. Luego, bostezó, se estiró y vi sus hermosas axilas doradas. Su cuerpo se relajó y de repente me di cuenta de que me estaba empalmando. Jorge miró fijamente mi polla mientras ésta se estiraba, sonrió y agarró la suya que también se había levantado hacia el cielo, se retiró varias veces el prepucio y mostró su glande escarlata y brillante. Tuve una horrible sensación de impotencia así que me puse los calzoncillos y me vestí rápidamente. Jorge hizo lo mismo.
Un rato más tarde comenzó el arriaje de la bandera; y allí estábamos Jorge y yo, en lo más alto del puente contando gaviotas y mirando como la bandera roja y amarilla descendía del mástil al mismo tiempo que el sol descendía de las nubes. El barco fondeó cerca de la bocana del puerto y muchos mandos salieron a pasar la noche en la ciudad Croata.
Durante toda la guardia estuve pensando en lo sucedido en los vestuarios. Jorge se había excitado mirándome y él también sabía que yo estaba alucinando con su cuerpo de atleta olímpico, Pero a él le gustaban las chicas.
Las luces rojas de emergencia se habían encendido hacía horas. Cada noche iluminaban la penumbra de cada pasillo del barco. No podía dormir pensando en aquel maravilloso amigo que había encontrado, estaba explotando pero no quería acariciarme a mí mismo, tan sólo anhelaba al ángel de mis sueños.
De repente sonó la puerta. Me asusté. Me levanté de la cama y vi una sombra por el pasillo. ¡Qué alivio! Era mi querido Jorge con una botella de Ballantines en una mano y unas llaves en la otra.
Mientras bebía el líquido, éste recorría su garganta y cuando llegaba al estómago tensaba su liso vientre surcado por las prominentes dunas de sus abdominales. Jorge puso la mano sobre mi muslo. Un escalofrío recorrió mi espalda. Me dio la botella para beber y comenzó a acariciar mi pelo desde la nuca hasta la frente. Yo bebí pero me costaba tragar. Un hilillo de licor cayó de mi boca y resbaló por el lateral de mi cuello. Jorge al verlo, lo miró mientras descendía y lo absorbió con sus labios. No pude por más que rozar con mis dedos su tórax desnudo. Sus dientes parecían más blancos que nunca y nuestra respiración cada vez más cercana. Sentí inquieto el roce de los labios de Jorge en los míos, luego su presión y los pequeños mordisquitos que me daba. Mis brazos ya querían abarcar toda su espalda, y él me agarraba por la cabeza. Decidí rozar con mi lengua las suaves paredes de su boca y tuve la sensación de degustar un dulce recién hecho, todavía humeante. Era como el olor de las panaderías, los días de invierno por la mañana. Tras una ligera lucha en el umbral de sus dientes, Jorge se metió entre mis labios, rodeó lentamente el espacio entre las encías, su lengua jugaba por todos sitios y al llegar al paladar se agitó como las alas de una mariposa haciéndome enloquecer. Luego juntamos los dos nuestros músculos bucales mientras nos apretábamos más y más. Parecía que me iba a correr, así que decidí salir de los besos y comenzar a mordisquear su cuello. Jorge me levantó la cabeza y me quitó mi camiseta. También nos desprendimos de los zapatos y los pantalones. Los dos allí tendidos sobre la cama. Tan solo decidimos quedarnos con los calzoncillos para prolongar la excitación, aunque el continuo roce de nuestros vientres adivinaban que tras esa prenda había dos músculos ansiando encontrarse piel con piel.
Del cuello de Jorge comencé a bajar hacia sus pechos, eran lisos, sin pelos, separados por un surco y coronados por una cumbre color cobre y pezón pequeño y puntiagudo. Rodeé con mi lengua cada una de sus vaguadas, luego me adentré por sus axilas que aún olían al desodorante tan fino que usaba (Jorge era un poco pijo y se cuidaba con productos de marcas caras). Eso consiguió excitarle aún más y me sugirió seguir bajando. Su línea alba, los vaivenes de sus abdominales y el perfecto ombligo que besé con ternura. Justo ahí comenzaban a nacer finísimos vellos dorados que a medida que avanzaba hacia abajo se iban oscureciendo y formando un perfecto entresijo selvático que culminaba en la más bella y perfecta columna de carne que jamás había visto. No era demasiado grande pero era sana, lisa y color de oro. Ansiaba tenerla en mí. La cogí con mi mano. Jorge levantó la cabeza y sonrió. La estiré hacia atrás y descubrí un capullo violáceo, brillante por los jugos lubrificantes que ya habían brotado. Notaba el pulso de su sangre alimentando tan magnífico rabo y pensé que se cumplía el más ardiente de mis deseos. Besé con cuidado la punta del glande, luego lo chupé suavemente y por fin lo introduje completamente en mi boca. Quería tenerlo para siempre allí. Notaba como en mi interior aún crecía más y más. Lo acariciaba contra mi paladar, lo abandonaba a mi lengua que lo surcaba en toda su longitud y luego rodeando el surco entre la polla y el capullo sentí el hinchazón de su bellota escarlata. Jorge comenzó a gemir suavemente mientras me acariciaba la cabeza. Sentí como su estómago se contraía con fuerza y con la otra mano acaricié sus testículos fuertes y poderosos. Las contracciones eran más fuertes y sus gemidos también, así que mordió una sábana. Noté como llegaba a un punto sin vuelta. Como su jugo recorría cada centímetro de su verga desde la raíz hasta la cabeza del miembro y luego tras un arqueo de su cuerpo conmovido por tal placer, lanzó dentro de mi boca un caldo tibio y dulce.
Las sacudidas de Jorge fueron calmándose poco a poco mientras tragaba su jugo lentamente. Luego suspiró y me levantó la cara para mirarme. Los dos nos sonreímos tiernamente pero como un rayo Jorge se dio la vuelta, me tumbó sobre las sábanas y se puso sobre mí con la boca sobre mi sexo. Para entonces creía que ya iba a eyacular pero mi amigo apartó la vara de mi amor, y comenzó a lamerme los muslos y el perineo mientras introducía la yema de su dedo suavemente por mi gruta más secreta. Jorge se metió dentro mi capullo y comenzó a absorberlo con energía. No pude esperar más y una inmensa ola de calor se irradió de la raíz de mi rabo hacia la última célula de mi cuerpo. Sentí fluir mi semen hasta su boca mientras él siguió aspirando mientras su cara resplandecía del goce. Mi respiración entrecortada se interrumpió y tras la última oleada de placer los dos caímos rendidos en la cama, abrazados nuestros cuerpos. Allí permanecimos engarzados, desnudos hasta que llegó la hora de incorporarnos al trabajo.
Jorge vive ahora en Barcelona, junto a su adorable familia, aunque todos los años nos las arreglamos para pasar un fin de semana juntos y repetir hasta la extenuación nuestro secreto entretenimiento. La verdad es que nunca me supo tan bien como aquella primera vez y cada vez que lo recuerdo termino meneándomela. Así que disculpen si no me extiendo más en el desenlace pero creo que mi ángel dorado me pide que lo atienda desde algún lugar recóndito de mi cerebro. Dejaré que sus alas vuelen de nuevo.
Ricardo Acebal Tineo.