EL APRENDIZ DE PISTOLERO



Capítulo 1: El ladrón de Caballos


Hacía una calor de mil demonios y mirando al cielo daba la sensación que la situación no iba a cambiar mucho. Aquella mañana de Julio la temperatura en las calles de Old Elm Town debía rondar los 45º a pleno sol. No era de extrañar que todo el personal de esta piojosa y polvorienta ciudad estuviera haciendo un trago en el único Saloon de la zona... El local de Edward.

Creo que antes de empezar con mi historia debería presentarme. Me llamo Billy, no pregunten mi apellido porque no lo sé. Mis padres me abandonaron siendo un recién nacido y por aquí todo el mundo me conoce como "El aprendiz de pistolero", supongo que querrán saber por qué. La persona que me recogió mientras lloraba como un descosido en un rincón de la calle Lincoln fue el Sheriff Morgan, representante de la ley en Old Elm, si es que existe en este rincón del mundo algo que se pueda llamar "ley".

El Sr. Morgan es una buena persona y una de las pocas que quedan por aquí que no tiene el corazón agrietado y corrupto por el alcohol, las putas, el dinero y el oro. Me escuchó llorar a primera hora de la mañana mientras se dirigía a casa del viejo John Martin que estaba dándole una paliza a su mujer. En paz descanse el viejo John... le pegaron dos tiros mientras intentaba abusar de la hija de un chicano. Me descubrió entre un montón de cajas de Whiskey y basura y en vez de realizar lo que todo "buen vecino" de la zona hubiera hecho al encontrarme (dejarme allí hasta que las ratas y los coyotes acabaran conmigo) me llevó a su casa. Supongo que la circunstancia de que la familia Morgan no pueda tener hijos (la señora Morgan, Anaise; es un encanto) ayudó a que viera en mí el pequeño que nunca alegró las pocas horas libres que podían compartir juntos.

Así que caí en adopción de una de las pocas familias decentes de este maldito pueblo, lo cual agradezco a Dios todas las noches antes de dormir, y poco a poco fui creciendo en un hogar acogedor, tierno y adecuado para un mozo como era yo. Pude ir a la escuela, alimentarme adecuadamente y disfrutar de una infancia razonable en una época como esta, tan complicada y caótica.

Hoy ya he cumplido los dieciséis años y he conseguido hacer realidad mi sueño... ser el aprendiz de Sheriff de mi padre, que aunque no acató de muy buen grado mi decisión le agradezco de corazón que la respetara. Él quería que fuese abogado o comerciante en la ciudad, siempre me dice que este trabajo es peligroso.

- Hijo, aquí nunca sabes cuándo van a volarte la cabezota de un balazo o cuándo algún tipejo al que algún día pusiste entre rejas te vendrá por la espalda y te rajará de lado a lado.

A mí me daba igual, yo quería ser como él, le admiraba, le adoraba. Estaba dispuesto a hacer lo posible por llegar a ser, algún día, el sucesor de mi padre (así me gusta llamarlo).

Old Elm Town era un pueblo complicado. No era lo suficientemente grande para ser considerado importante pero iba creciendo poco a poco. A pocos kilómetros de aquí había una zona que era considerada una "fuente de encontrar Oro", y eso atraía al pueblo a personajes de toda calaña: matones, ladrones, forajidos, merchantes, vividores, soñadores y con suerte algún honrado trabajador. A pocas millas de aquí estaba el pueblo de Pondegar City, y allí pasaba el Expreso de Ohio que recorría toda la zona Oeste del condado. Por lo demás el pueblo no era gran cosa. Aparte del Local de Edward estaba la barbería del Sr. Piterman, la posada de la familia Storrow (Malcom y Sandra) un par de tiendas variadas y el local donde se generaban más problemas y peleas en todo el condado: Brendan's House.

Brendan's House era un prostíbulo sucio y mal oliente donde uno podía conseguir una cama con compañía por poco más de un par de dólares. La mayoría de noches sólo se llenaba de borrachos y pendencieros (mención especial para los hermanos Oswald, Martin y Pete) y eso generaba continuas trifulcas, broncas y diferentes peleas de manera bastante continua.

Así era Old Elm Town, el último water del mundo donde ni Dios cagaría en caso de necesidad.

Aquella mañana entré en la oficina del sheriff como de costumbre a las 8.30h de la mañana, hora adecuada para un jovencito como yo. Jack Prudence, uno de los agentes de la oficina me había prometido que hoy haríamos prácticas de tiro para mejorar mi instrucción al respecto. Por la tarde me tocaba clase de leyes civiles y penales del condado y no me apetecía lo más mínimo estar sentado en el aula de la comisaría aguantando al bueno del Sr. Straw darme clases aburridas y soporíferas. Amigos, en la carrera de un buen Sheriff no todo son aventuras, no señor.

Mi padre estaba sentado en su sillón habitual, con los pies encima de la mesa mientras se fumaba uno de esos apestosos cigarrillos que se liaba (los detesto) con el rostro pensativo y perdido en alguna pesquisa que le traía de cabeza. Y creo que sé por dónde iban los tiros: los ladrones de caballos. Desde hacía unas semanas una banda de forajidos se estaba dedicando a robar caballos por la zona y ya eran tres las personas que habían sufrido la desaparición de un ejemplar o varios incluso (al pobre Bob le vaciaron la cuadra y le quitaron cuatro caballos). Habíamos hecho batidas y rastreado la zona en busca de pistas que nos pudieran llevar a la captura o al menos a la más mínima idea de quién se estaba llevando los caballos. Nada de nada.

La puerta del local se abrió como si un huracán hubiera nacido de golpe enfrente de la puerta. Era Mike, el hijo del Sr. Haskoct, que tenían una granja en las afueras, hacia el Este. Estaba sofocado y parecía que iba a desmayarse del esfuerzo. Había venido corriendo desde la granja, apenas a un kilómetro, pero con ese calor lo normal era que se le hubieran secado las venas del cerebro. Había venido sólo con unos roídos pantalones cortos, sucios y algo grandes (de su hermano suponía) y la verdad, aquel mozuelo de unos 14 años, sin camiseta y sudando como estaba, era un bombón.

Esto era lo que este joven aprendiz de sheriff, pistolero o como quieran llamarme tenía en secreto. ¡Me gustaban los hombres! Era algo complicado llevar una situación como esta pues aquí cuando se pilla a dos hombres juntos en la cama (¡Dios no lo quiera!) se les ahorca directamente, sin preguntar ni nada, así que podéis imaginar cómo llevaba en el más absoluto secreto mi tendencia sexual, tendencia que descubrí hace apenas un año cuando conocí al hijo de los Sudance. Yo ya había hecho mis pinitos con una amiga de la escuela, pero me di cuenta que aquello no acababa de gustarme, y sí me gustaba el culo de mi amigo Leonard cuando nos bañábamos desnudos en la poza. Pero sigamos con la historia.

El muchacho nos explicó que alguien les había robado los caballos pero que parece ser que Tigre, uno de los perros de la familia descubrió al ladrón e hizo que se marcharan con la faena a medio terminar, pues se habían dejado una hermosa yegua; Niebla. Nos dirigimos lo más rápido que pudimos a la granja de los Haskoct; yo ya sabía montar, así que dejaron que llevara al niño en mi grupa. No podéis imaginar la sensación de su cuerpo casi desnudo contra el mío. Creo que tuve un sueño erótico en ese momento, pero os lo contaré otro día. El Sr. y la Sra. Haskoct nos esperaban en la entrada de la cuadra, y allí dejamos nuestros caballos.

- Se los han llevado sheriff, esta noche, mis caballos... todo lo que tenía!

La voz del pobre Sr. Haskoct me puso la piel de gallina (y también el continuo roce de los pantalones de su hijo contra mi entrepierna). Aquella era una familia humilde y la pérdida de los caballos era un auténtico problema. La Sr. Haskoct se secaba las lágrimas en su delantal.

Entramos en la cuadra, que estaba abierta de par en par (así la habían dejado los ladrones) y vimos que efectivamente, sólo la puerta de Niebla seguía cerrada. Los demás habían desaparecido. No era la primera vez que los ladrones dejaban caballos en sus fechorías, como seleccionando los ejemplares que se llevaban. Lo curioso es que esta yegua era un buen caballo, mucho mejor que la mayoría de los que se habían llevado. Era extraño sin duda.

Después de las preguntas de rigor y de examinar la zona para no volver a encontrar nada que no fueran las pisadas de los caballos (pero ninguna humana) volvimos a nuestra oficina.

- Papá.
- Dime Billy -mi padre me miró con aire de indiferencia.
- El ladrón volverá a buscar a Niebla.

Mi padre arqueó las cejas, levantó su vista hacia mi cara juvenil y ensanchó una inmensa sonrisa de "qué bobo eres y cuánto te queda por aprender".

- No hijo, no lo creo, sería arriesgar por su parte demasiado.

No dije nada más, pero estaba seguro que el ladrón volvería a buscarla. Si en otras veces se habían dejado caballos, esta vez estaba convencido que el ladrón había sido interrumpido y que volvería por su trofeo. Era una corazonada, y cuando tenía una no acostumbraba a fallar.

Así que me quedé despierto hasta altas horas de la mañana, cosa que conseguí haciéndome una buena paja pensando en cómo sería follarse al niño de los Haskoct, que había venido conmigo en el caballo. En mi sueño lo veía desnudo, con su polla juvenil tiesa como un palo ardiendo y me decía que viniera a su lado. Imaginé cómo me desnudaba, cómo me comía sus lindos labios mientras acariciaba su polla dura y su blanquito culo de adolescente con mis manos. Soñaba con chupar su polla, mientras él gemía de gusto y me decía palabras obscenas y guarras, y cómo se corría en mi boca y en mi cara con tal violencia que manchaba mi pelo de semen. Luego lo veía a cuatro patas, enseñándome su agujerito tierno y dulce, aún virgen (eso creo yo al menos) y cómo me suplicaba que me lo follara. Me vi metiéndole mi polla poco a poco en su hermoso culo, cómo gemía de gusto, y cómo le agarraba por sus caderas para, de un fuerte empujón, acabar de metérsela enterita. Aquel polvo soñado estaba siendo lo más. Me corrí sobre mi torso desnudo con tal violencia que tuve que morderme los labios para no soltar un grito de placer.

Después de relajarme y tranquilizarme tras mi corrida monumental, me aseé lo conveniente, me puse mis pantalones, mi camisa de cuadros, mi chaleco y el destartalado y viejo revólver que me habían dado en la oficina del sheriff para las prácticas, y decidí ir a la granja de los Haskoct a ver si nuestro ladrón de caballos decidía ir a buscar a la Yegua. Salí como de costumbre por la ventana de mi habitación y dejé el almohadón bajo mis colchas por si alguien decidía echar un vistazo para ver si seguía durmiendo; algún día me pillarían y no me libraría de unos buenos azotes. Bajé a la calle por las ramas del olmo del patio trasero y una vez allí me decidí a correr lo más rápido posible camino de una nueva aventura. No quería utilizar el caballo por si el ruido despertaba a algún curioso. Debían ser al menos las 2h de la madrugada.

Acalorado y más bien ahogado llegué a la cerca de la familia Haskoct y tras descansar sobre sus maderas unos minutos me decidía a saltar hacia el interior; debía buscar un sitio cerca de los establos para poder ver llegar a mi visitante nocturno. Estaba aterrorizado, todo hay que decirlo. Sabía que si me descubrían podrían matarme de un balazo, aunque era bastante diestro en el manejo del revólver, no me fiaba un pelo de ese maldito y cochambroso trasto viejo.

Tras situarme en un lugar oculto y con una visión más que aceptable de la puerta del establo, no me quedaba más remedio que esperar que mi corazonada tuviera efecto. Y efectivamente, así fué. Pasó poco más de media hora cuando creí ver una sombra que apenas como un fantasma en la noche estaba cruzando el descampado de la propiedad camino a la puerta de los establos.

- ¡Pardiez! -Pensé para mis adentros, era como una sombra y no hacía el más mínimo ruido.

En medio de la agobiante oscuridad nuestro misterioso visitante abrió el establo y cruzó sus puertas. Amartillé mi revólver he hice lo mismo a sus espaldas. Iba a pillarlo con las manos en la masa.

Lo que vi me dejó perplejo. Pero sobre todo lo que estaba escuchando. Una voz extraña y salvaje estaba "hablándole" a Niebla. Y por lo que su entonación y melodía dejaban escuchar parecían palabras de cariño y tranquilidad. ¿Qué estaba pasando? Me decidí a averiguarlo.

Tras acercarme lo más sigilosamente posible me puse tras unas maderas que había bastante cerca y contemplé atónito la escena que mis ojos enviaban a un sorprendido y alucinado cerebro. Ante mí tenía a un joven indio, no sabría decir de qué tribu pero creo que los más cercanos por aquí eran los Cheyenne según decían por el pueblo, que arrodillado acariciaba a Niebla con un cariño y una ternura que me hizo un nudo en la garganta. Le susurraba unas palabras extrañas en algún idioma desconocido, supuestamente indio, aunque bien podía ser italiano o francés, de los que he oído que más allá de los mares se habla en ciertos parajes. El indio parecía joven, aunque de buen cuerpo y se notaba que era un guerrero, pues su torso pintado y su musculatura perfecta así lo delataban (también la lanza puntiaguda y el arco que colgaban de su espalda) pero parecía bastante joven; debía rondar los dieciocho abriles.

En aquel momento, mis neuronas y mis células sanguíneas me traicionaron, pues en vez de pensar exclusivamente en detener a ese bribón y llevarlo al pueblo para que fuera colgado en la plaza, pensé que aquel joven indio a la luz de la luna era la cosa más bonita y erótica que había visto en mi vida. Mi polla también debió pensar lo mismo, pues enseguida alcanzó un grado de excitación más que aceptable.

Desenfundé mi revólver y tras ponerme en pie apunté directamente a la cabeza de aquel muchacho.

- ¡No te muevas, quien seas, o tendré que matarte!

Creo que mi voz sonó bastante convincente, porque aunque me temblaban las piernas como a un flan de huevo, el indio se asustó, se puso con la espalda pegada a la pared y en un aceptable inglés dijo:

- ¡No disparar, señor! Yo no hacer daño.

Me dejé ver. Había escogido antes de salir de casa uno de los roídos y gastados sombreros que había en la alcoba y al ocultar mi cara bajo sus sombras pude esconder por un rato mi auténtica edad.

- Así que eres tú quien se está robando nuestros caballos... 

Alcé un poco más el revólver como apuntando directamente a su hermosa y negra cabellera larga.

El indio abrió sus ojos de manera desorbitada en un gesto que indicaba la más absoluta indignación y sorpresa. Ahora podía ver perfectamente su rostro. Era un bombón. Aquel indio me estaba poniendo.

- Señor, yo no robar caballos. Yo devolver caballos a la tierra de mis antepasados donde fueron robados también.

- ¿Cómo?

Ahora era yo quien estaba allí de pié como un auténtico papanatas entre aturdido y sorprendido. Yo esperaba que aquel tipo me insultara, intentara matarme y me dijera que lo hacía por dinero, pero aquello me pilló por sorpresa. Sin darme cuenta de lo que hacía y debido a mi inexperiencia en estos casos bajé mi arma durante unos segundos, y tras darme cuenta la volví a subir apuntado otra vez directamente a los ojos de aquel muchacho.

- Tú baja pistola. Yo no ser asesino, yo no ser Chijuek, yo no ladrón, tú tranquilo.

Ante mi sorpresa me dejé llevar por la situación y porque aquel indio estaba más bueno que los bollos que hacía la Sra. Rippletmary. Durante un rato aquel joven me explicó que él no robaba los caballos sino que los caballos en sí ya habían sido robados y que pertenecían a su pueblo. Hace tiempo el hombre blanco (nosotros) vinimos a sus tierras y a base de amenazas y armas se llevaron muchos caballos que luego fueron vendidos de manera ilegal. Algunos de ellos fueron a parar a Old Elm City. Durante estas semanas él había venido siguiendo su rastro, y una vez los había encontrado los había liberado y como en su pueblo era aprendiz de los Hai-Hai, que según me contaba eran una especie de domadores de caballos que también guardaban su espíritu, les hablaba a los caballos para que sin ruido alguno le siguieran hasta las tierras de su pueblo. Pero anoche no pudo llevarse a Niebla, que me contó era la yegua de su hermana Niruha y por eso no podía dejarla aquí, y decidió regresar, pese a saber que se exponía a ser capturado. Pero era peor destino para un Hai-Hai el perder a un espíritu de un caballo de su protección que la muerte o el dolor de las torturas. Su nombre era Ulamaku, canto del caballo en su lengua.

Aquella historia me conmovió el corazón, y no podéis imaginar cuánto, pues en ese momento dejé de ver a nuestro amigo como un ladrón que merecía morir, sino como un guerrero que merecía vivir. Ahora lo veía allí, sentado a mi lado, cada uno con nuestras armas en un rincón, frente a frente, sin miedos, con la cabeza erguida, orgulloso de lo que era, y con miedo, podía oler el miedo en su rostro, pues sabía que si no volvía con la yegua sería deshonrado por su pueblo. Era tan hermoso que sólo tenía ganas de abrazarlo, besarlo, y decirle que podía irse, llevarse a la yegua, y que no volviera nunca más, pues lo atraparían.

Creo que llevado por la situación del momento lo besé rápidamente, tan rápidamente que lo pillé de sorpresa. Me avergoncé al momento, y también me asusté al momento, pues no sabía cómo iba a reaccionar aquel joven. Igual decidía matarme allí mismo. Sin duda podía hacerlo, ahora estaba indefenso.

- Ser joven y guapo. ¿Tú por qué besar a mí? 

Había visto mi cara en ese momento y ya no pude ocultar por más tiempo mi auténtica edad. Había cometido un error imperdonable, ¿o no?

Nos quedamos mirando fijamente, fueron unos momentos eternos, casi siglos me parecieron, vi sus ojos oscuros, negros como el carbón, grandes y hermosos, su rostro juvenil, pero orgulloso y curtido, su rasgos marcados y poderosos de muchas noches a la luz de las estrellas. En ese momento sus labios se juntaron con los míos, me besó, y me dejé llevar. Abrí mi boca para juntarme con su lengua, y recorrimos juntos cada rincón de nuestro paladar. Mis manos se pusieron en sus piernas y las acariciaron; las suyas sobre mi pecho y se movieron tanteando lo que se imaginaba bajo la camisa.

Me abalancé sobre él y nos tiramos sobre la mullida paja mientras Niebla, a nuestro lado parecía indiferente ante la orgía de sexo, pasión y desenfreno que se avecinaba. Con unas manos ágiles me desnudó, dejándome sólo con mis calzones blancos casi hasta las rodillas. Mi polla tiesa ya se marcaba y un circulito de presemen había dejado una aureola de lujuria que invitaba a algo más. Mientras no paraba de comerme su lengua pasé una de mis manos bajo su taparrabos (era lo único que llevaba puesto) para descubrir una inmensa polla dura como el acero y ardiente como las brasas de una hoguera en la noche helada. Se lo quité casi violentamente. Por fortuna él hizo lo mismo con mis calzones. Allí estábamos desnudos los dos, descubriendo con nuestras manos y nuestra lengua cada rincón de nuestros cuerpos.

Para mi edad tenía una hermosa polla gruesa de unos 17 cm, pero el rabo de aquel indio era impresionante. A primer ojo supuse que debía medir unos 21cm, y era morena cobriza, como su piel. No lo dudé un instante, bajé con mi lengua por su cuello para pararme sobre sus pezones erectos. Los lamí, mordí y chupé con ganas, haciéndole gemir. Aquel indio estaba como un tren. Una vez acabados los pezones seguí bajando por su vientre duro y músculos para detenerme ante su polla. Olía a sudor, semen y bosque. No me digan por qué, pero se me vino a la cabeza inmensos bosques de abetos con ríos de agua cristalina y pura y cientos de caballos libres correteando y pastando en sus orillas.

Me la comí. Me la metí en la boca después de pasarle mi lengua por cada rincón para mojarla lo suficiente. Comencé un vaivén rítmico mientras tenía agarrada su base con una mano que a razón de los gemidos que lanzaba el chico le estaba gustando bastante. Su sabor era estupendo, mejor que las pocas pollas que me he comido hasta hoy. No quería parar, pero tuve que hacerlo pues Ulamaku me sacó la polla de mi boca suplicante de que no lo hiciera, pero parecía que se iba a correr y no quería tampoco que lo hiciera, así que acepté de buen grado.

Entonces de un ligero empujón, me tumbó sobre la paja y se abalanzó sobre mí. Me lamió el vientre con una maestría que me estremecí de gusto, y cuando su lengua se paró sobre mi prepucio pensé que iba a correrme del placer que sentía. Se la metió en la boca, y empezó una mamada que me hizo ver las estrellas. Desde luego si seguía iba a correrme, así que le pedí que no siguiera. Estaba a punto de reventar... así que paró. Yo me iba a incorporar para besarle los labios, pero no me dejó. Me agarró por la cintura y me volteo, poniéndome a cuatro patas, con mi culo apuntado hacia su cara. Gemí pues intuía lo que iba a pasar. Sólo me la han metido una vez, como os dije anteriormente, y fue el joven Sudance, pero desde luego no tenía una polla como aquella.

Noté cómo un dedo impregnado de saliva empezó a introducirse en mi culo ya de por sí bastante dilatado por la excitación de imaginar que aquel indio me iba a follar, y el gustazo fué tremendo. Cuando empezó a meterlo y sacarlo cada vez más rápido creí volverme loco. Tenía la polla como un clavo ardiendo. Yo tenía un bonito culo respingón, blanquito y muy mono (eso me decían) y ahora aquel dedo lo estaba derritiendo como si fuera un trozo ridículo de manteca dentro de un fuego. Cuando Ulamaku creyó, por mis gemidos, que estaba preparado, sacó el dedo. Sabía lo que iba a pasar así que me agarré con fuerza al heno que había y esperé con impaciencia y obsesión que me metiera su trozo de carne ardiendo.

Vaya si lo hizo. Clavó su punta sobre mi ano muy poco a poco y el dolor fue desgarrador, pero aguanté, pues la quería toda dentro de mí, y mientras gemía como un poseso, Ulamaku fue introduciendo sus 21cm de carne en mi culo como si de una lanza se tratara, rompiéndome las entrañas, llenando mi cuerpo de un calor asfixiante y una quemazón que me hizo temblar por los cuatro costados. Me estaba destrozando. Pero era maravilloso.

Ulamaku comenzó un meneo de pelvis muy suave, y aunque el dolor aún era terrible fue disminuyendo hasta convertirse en un placer apocalíptico que hizo que pegara un pequeño grito. Si despertábamos a los Haskoct éramos hombres muertos. Empezó a moverse más rápidamente mientras sus manos agarraron mi cintura y mis labios, casi en susurros gemían unos "sigue", "más rápido", "fóllame" casi imperceptibles que me hubiera gustado gritar a los cuatro vientos mientras aquel indio me follaba como un león. 

Noté cómo su cuerpo se movía hacia atrás, metiéndomela más adentro haciendo que gimiera de gusto. No podéis imaginar lo que era tener la polla de aquel muchacho incrustada en el culo y moviéndose sin freno. No quería que parara. Pero paró, pues un chorro de líquido caliente inundó mis entrañas haciendo que gimiera del contraste de ese calor demoníaco que estaba quemándome por dentro, derritiendo mis intestinos. Se había corrido con un grito de placer que temí despertara a todo el pueblo.

Sacó su polla de mi culo chorreante de semen, aún tiesa como una lanza. Yo seguía allí, a cuatro patas respirando a gran velocidad y deseando que la volviera a meter y continuara follándome como si fuera su esclavo. Tenía el culo húmedo, caliente y algo dolorido pero creo que nunca nadie me lo follará como Ulamaku. En vistas que mi semental no quería seguir degustando de mi culo sonrojado y blanquito, me di la vuelta y lo que contemplé casi me hace perder la conciencia.

Ulamaku estaba a cuatro patas, con su hermoso culo duro y esbelto preparado para que mi polla lo embistiera. Casi me corro de la impresión. Me acerqué a él, y tras meterme un dedo en mi boca se lo introduje siguiendo las mismas pautas que él había hecho conmigo. Tras estar allí unos minutos jugueteando con su culito morenito y suave, lo cogí por la cintura.

Introducir mi polla no fué difícil, lo complicado fué poder aguantar sin correrme en ese momento, pues era como un sueño estar follándome a aquel indio tan rico. Le metí toda mi polla de un sólo golpe, haciendo que se quejará no sé si de placer o de dolor. Creía que iba a explotar en ese momento. Comencé a follármelo como un desesperado, agarrándolo por sus hombros, metiendo y sacando mi polla de su culo, ahora abierto y húmedo, mientras no parábamos de gemir. Ya no me importaba que abriera la puerta el Sr. Haskoct y descargara su escopeta, me daba lo mismo, sólo quería follarme a aquel chico, romperle el culo, sentir sus entrañas contra mi rabo. Me lo estaba follando como si fuera la primera vez que lo hacía, y sentía tal desenfreno y lujuria que no podía parar.

Me corrí en varios estallidos que debieron llegarle casi hasta lo más profundo de su culo, mientras apoyaba mi cara sobre su espalda y escupía mis chorros de leche caliente en su interior. Me quedé allí, con mi polla dentro de su ano, respirando, notando como él también respiraba profundamente. Al final saqué mi polla y me quedé tumbado en la paja.


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Dos semanas después estaba como cada mañana en la oficina del sheriff, donde mi padre seguía sentado en su silla. Estaba siendo una semana muy tranquila, y el famoso ladrón de caballos no había vuelto a aparecer. Seguía haciendo un calor de mil demonios. La última victima del ladrón de caballos fué, sin duda alguna, la yegua Niebla, y desde aquella noche, había desaparecido del mapa.

Debo decir que me llevé un par de felicitaciones por parte de mi padre cuando a la mañana siguiente el Sr. Haskoct se presentó histérico porque su último caballo había desaparecido. Como siempre se hicieron las investigaciones de rigor, pero no se encontró nada, y ahora, como por arte del mismísimo Satanás, como decía el reverendo McDouglas, el ladrón se había esfumado para no volver a aparecer.

"Tenías razón, hijo, con lo de aquella maldita yegua" me había dicho mi padre, y me revolvió el pelo de manera cariñosa. Aparte de eso, y una felicitación por mi intuición del agente Jack nadie me dijo gran cosa, aunque por la noche en casa conseguí que mi madre me hiciera mi comida favorita y una ración doble de pastel.

Me acosté un poco más tarde de lo habitual, como premio, y tras rezar los pertinentes padres nuestros y ave marías de rigor, me preparé para mi rezo particular. Aquella noche, Ulamaku, me dijo que si alguien salva la vida de un Hai-Hai, éste debe honrar a su salvador concediendo, aunque le venga la muerte en ello, el deseo que éste le solicite. Así lo decía el Dios Hailúoa, el Dios de los caballos. Y yo no había necesitado decírselo, él lo había visto en mis ojos suplicantes, lascivos y deseosos de su cuerpo. Ahora era libre, pues yo lo dejé marchar, y le juré que nunca diría una palabra de él, que antes preferiría morir. Evidentemente, dejé que se llevara a Niebla con la promesa que dejara de venir a llevarse los caballos pues no quería que lo descubrieran y lo ahorcaran. Mi alivio fue saber que ya no quedaban más caballos que liberar.

Ahora, si me permiten, como cada noche desde que conocí a Ulamaku en el establo de los Haskoct, daré las gracias al dios Hailúoa por haberme concedido mi deseo.

Buenas noches






*** Espero que os haya gustado, y que alguien me dé su opinión del relato.


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