El
Palacio Aráoz
X –
Hombres muy calientes.
Repentinamente,
me había transformado en un empleado que junto con Reinaldo, era respetado por
haber provocado un cambio inesperado en la calidad de trabajo de todo el
personal. Finalmente Gutiérrez había sido puesto de patitas en la calle, y
Reinaldo, era el nuevo mayordomo. Todos respiraban una calma esperada por años,
y una nueva alegría invadió a los que trabajaban en el Palacio Aráoz.
Había
llegado el día Sábado, y al día siguiente tendríamos día franco. Me dirigía a
mis tareas cuando Reinaldo, me llamó desde la escalera principal cuando entraba
a la biblioteca.
-Buen
día, Fermín.
-Buen
día, Reinaldo... ¿o debo decirte "señor"?
-Nada
de eso, campesinito, todo eso cambió aquí, llamame
como siempre. – me contestó sonriendo.
De
pronto recordé cuando me había dicho aquellos ofensivos
"campesinitos", y ¡qué diferencia ahora!. El
tono se había vuelto tan cariñoso que no pude menos que sonreírme.
-Quería
darte una noticia – continuó – y es que el Doctor acaba de decirme que vas a
ser su valet personal.
-¿En
serio? – grité lleno de alegría
-Sí,
Fermín. Empezás el lunes. Te felicito.
-¡Gracias!
– dije sin poder dejar de reírme nerviosamente.
-¿Fermín?
-¿Qué?
-Bueno...
yo quería decirte algo más...
-Sí,
decime.
-Nunca
quise lastimarte. Cuando fui tu instructor... ¿te acordás?,
me refiero a ese día en las escaleras de arriba... cuando fui tan duro con
vos... y cuando ...
-Lo
recuerdo perfectamente. Si fuiste rudo, no te preocupes. Porque lo que hiciste
por mí después, compensó todo lo que me molestaron tus malos tratos del
principio...
-Sí,
pero quería disculparme... aquel día, lo que pasó entre nosotros...
-Me
enseñaste a pulir el león de bronce, Reinaldo. Sí, sí.... admito que fue de una
manera muy especial, ¿pero te puedo decir algo?
-Claro.
-Te
confieso que lo disfruté mucho. Muchísimo.
Reinaldo
me sonrió con una infinita ternura en sus ojos celestes y me abrazó conmovido.
Luego me dijo mirándome profundamente y mucho más serio:
-Si
lo disfrutaste, prometo hacerlo mejor un día de estos. En un lugar más privado,
y sin que nos moleste tanta ropa – me dijo en voz baja y acariciante, y al ver
mi sonrisa continuó – aunque... bueno, yo sé que a vos te gusta Paco. No te
asombres de que lo sepa. Vi muchas veces como se te
van los ojos detrás de él. Está bien, muy bien. Pero, Fermín, no sé... te diría
que no pongas tus esperanzas ahí, a Paco no le interesa la onda con los
hombres.
Lo
miré poniéndome más serio y le agradecí su sinceridad. Me daba una noticia no
muy buena, pero me gustaba que me dijera todo eso. Lo sentí más cerca y más
amigo.
-¿Qué
hacés hoy? ¿Salís?
-No.
Hipólito tampoco, creo que Marcelo y su papá iban a venir a jugar a las cartas
a nuestro cuarto. ¿Querés venir? También estará Paco,
que prometió las cervezas.
-¡Hecho!
¡Ahí estaré!. Nos vemos.
Después
de la cena, con Hipólito recibimos a Paco, que entró muy sonriente trayendo
varias cervezas y algún vino tomado "prestado" de la alacena de la
cocina. Con Hipólito ya habíamos dispuesto varios vasos y acondicionado una
alfombra en desuso para jugar en el piso. Paco acomodó las bebidas y se puso a
fumar un cigarro despreocupadamente. Entonces desabrochándose la camisa y
quitándose los zapatos exclamó:
-Supongo
que nos pondremos bien cómodos ¿no? – dijo mientras se quitaba la camisa y me
dejaba otra vez mudo con su torso desnudo e inquietante.
-Claro
que sí, Paco, eso sí, no me van a dejar el cuarto lleno de olor a bolas, joder
– contestó Hipólito a tiempo que se descalzaba.
-Pues
a no ser que nos pongas perfumitos, no te veo bien, amigo – dijo Paco
quitándose los pantalones y quedando solo vestido con unos blancos bóxers – ¿no tenés calor, Fermín?
-Sí,
claro – contesté un poco embarazado ante su mirada tan embriagante para mí. Y
me quedé como él, en slip. Hipólito ya se había quitado la ropa y solo quedó
escasamente cubierto con un pequeño calzoncillo.
-¿Se
puede? ¿No interrumpo nada? – dijo Reinaldo asomando su rubia cabeza por la
puerta.
-¡Adelante,
mayordomo! – gritó Hipólito levantando una cerveza que estaba a punto de
destapar.
-Veo
que se han puesto muy cómodos.
-Estamos
entre hombres – le dije a Reinaldo con un guiño.
-Ah,
perdón, no sabía. Aunque... el olor a bolas los delata – sonrió Reinaldo.
-¿Ya?
– dijo Hipólito con cara de preocupación.
-Y
eso que faltan Marcelo y Vicente... – dijo Paco rascándose justamente las bolas
por sobre el bóxer.
-¡Aquí
estamos, aquí estamos! – dijo Marcelo entrando sin golpear.
-¡Ah!,
hijo, ¿adónde me trajiste?, esto está lleno de hombres desnudos... –bromeó
Vicente, que estaba siempre alegre. Reinaldo empezó a bajarse los pantalones,
vociferando contra el calor que agobiaba aún a esas horas de la noche. Pronto
quedó en ropa interior, que era demasiado escasa para cubrirlo, ya que cada
tanto se le salía parte de algún testículo y los comienzos de sus rubios vellos
púbicos. Alcancé a ver a Marcelo que lo miraba como
deslumbrado.
Su
padre, Vicente, era el mayor del grupo. ¡Qué hombre!, sus 55 años habían
esculpido un cuerpo grande, bien formado y atractivo. Fue el único que no se
desvistió, porque ya llevaba un par de pantaloncitos muy cortos y una camiseta
blanca sin mangas. Todo dejaba ver un cuerpo firme y abundante a la vez. Todo
el vello de su cuerpo era de color blanco. Eran pelos larguísimos
y muy lacios. Las matas poblaban sus pectorales y axilas desbordando los
límites de la camiseta. Ojos grises, cejas pobladas, cabello despeinado y algo
largo cayendo sobre su frente, un mentón fuerte y oyuelos
alargados a los costados de su boca enmarcada en un grueso bigote blanco,
completaban esa apariencia tan viril. Se apoyó en mí con una de sus grandes
manos para sentarse en la alfombra a mi lado. Yo ya estaba sentado, y cuando él
a horcajadas dio una zancada por encima mío, abrió las
piernas justo frente a mi vista. Pude notar que no llevaba ropa interior porque
vi unas pelotas velludas y enormes asomar apenas por
la abertura de los pantaloncitos.
Todos
nos sentamos en círculo y Paco, con su cigarro en la boca, empezó a organizar
el juego. Marcelo todavía estaba de pie, y desabrochando su camisa nos exhibió
su torso desnudo. Tiró el resto de su ropa en el montículo que habíamos dejado
todos arriba de la cama y conservó solo el holgado slip azul. Se parecía a su
papá en los rasgos, tenía sus mismos ojos grises. Tenía pelo negro y lacio, como
su padre, aunque no era tan velludo. Su contextura física no era tan generosa.
De miembros fuertes, ostentaba un bulto prometedor, rodeado de vellosidad en la
entrepierna, abdomen y ombligo. Sería una cosa de familia, pues al sentarse
también me regaló la visión de sus bolas asomando entre la tela de su slip.
Me
sentí muy cómodo en ese grupo de amigos. Todo el clima era cordial, abundaban
las bromas, las risas, la bebida y los cigarrillos.
-Propongo
un brindis por el nuevo mayordomo – dijo Vicente, elevando su vaso de cerveza.
-Y
también por Fermín, nuevo valet del Doctor – agregó Hipólito guiñándome un ojo.
-¿Vaya,
hay motivos de sobra para celebrar hoy, verdad? – dijo Vicente, con una luz
cautivante desde sus hermosos ojos grises.
-¡Ya
lo creo! – dijo Paco – entre otras cosas, ¡porque me caso dentro de seis meses!.
Miré
a Paco con la boca abierta. En realidad todos nos asombramos, pero los demás
reaccionaron con gritos y bromas. Yo sentía esfumarse cada vez más mi sueño de
estar con ese hombre. Por un momento, los ojos profundos de Paco me miraron tan
intensamente desde su cara tan seria, zarandeado por las palmadas de
felicitación de sus compañeros, que tuve que bajar la mirada avergonzado.
-¡Te
lo tenías bien calladito, Paco! – dijo sonriendo Reinaldo prendiendo un
cigarrillo.
-¿Cómo
es eso? – preguntó Hipólito – ¡no sabía que estabas de
novio!. Nunca me contaste nada, boludo...
-Desde
hace poco, a ella no la conocen, pero todo va muy rápido, y bueno, creo que nos
casamos en agosto o setiembre – contó Paco.
-Felicidades,
Paco. A tu salud – brindó Vicente, sonriendo de una manera encantadora.
Todos
levantamos los vasos y gritamos y gastamos bromas a su salud. Y a la de todos,
porque el clima que vivíamos era de total algarabía entre amigos. Yo seguía
cada comentario y cada risotada un poco perplejo y sin poder dejar de mirar a
Paco. Creo que él advertía esta mirada como algo ajeno a todo ese barullo, y me
la devolvía con su fijeza y profundidad de siempre.
Como
si nada, el juego comenzó. Apostábamos por minucias, pues la cosa era
divertirse y pasar el rato riendo y bebiendo. Sobre todo bebiendo, porque la
cerveza y el vino en otros casos, hizo que todos nos pusiéramos muy alegres y
subidos de tono. Las bromas eran acompañadas de manotazos, palmadas en los hombros,
toqueteos de esos tan típicos en las reuniones entre hombres. Pero a veces, las
manos iban un poco más allá de los límites tradicionales. Vicente, que era uno
de los más zafados y siempre estaba riendo, largó el comentario a Hipólito como
hecho al pasar:
-Y contanos ¿Cómo vas con Cecilia? Supongo que no te estarás
por casar vos también...
-¡Ah!,
con Cecilia.... esa mujer me va a matar un día...
-Sí,
te vas a morir de asfixia entre sus tetas – bromeó
Marcelo.
-Vos
no tenés idea de lo que le provoca Cecilia a todo el
personal – continuó Vicente.
-En
este momento, debés ser el tipo más envidiado de la
casa – dijo Marcelo.
-Ah,
si yo tuviera tu edad... – dijo Vicente tomando otro trago de vino.
-Vamos,
Vicente – dijo Paco – por lo que se dice de vos, debés
haber tenido todo un harén a tus pies.
Hipólito
rió, en complicidad con Reinaldo, que mirando a Vicente le preguntó:
-¿Es
cierto entonces lo que todo el mundo dice?
-Sí,
es cierto – dijo muy resueltamente Marcelo – y lo del harén... bueno, no es tan
así, pero me parece que no hay que hablar en pasado de eso, porque el viejito
tiene varias minitas que morirían por estar con él – concluyó con cierto
orgullo de hijo.
-Vamos,
hijo, no es para tanto...
-¿Ah
no? ... ¿y
-¡Bueno,
bueno!, estamos en presencia de un Don Juan – afirmó Paco con el cigarro en la
boca. La reunión se había relajado completamente. Habíamos dejado las cartas
ya, y estábamos todos tirados en el piso, fumando y bebiendo. El espectáculo no
podía ser más excitante. Todos los hombres estábamos en prendas interiores,
salvo Vicente que no obstante tenía unos pantaloncitos muy interesantes. Los
bultos, apenas cubiertos por telas y aberturas dudosas, dejaban escapar
vellosidades, secciones de piel, algún que otro testículo
o una ingle insinuante. También abundaban los manoseos que cada uno usaba para
acomodar sus propios paquetes. Marcelo en especial tenía una forma de tocarse
muy insinuante, Reinaldo, el primero al que el bulto más agrandado se le notaba
con toda evidencia, no dejaba de mirarlo y acariciarse el pecho, deteniéndose
en los pezones, bajando por el abdomen y volviendo a su cigarrillo.
Entonces,
saliendo un poco de mi modorra producida por el humo y el alcohol, me incorporé
un poco, y pregunté inocentemente:
-Pero
¡Joder!, ¿Qué es lo que se dice de Vicente? – imaginando la respuesta, pero
jugando un poco con la situación. Todo el mundo se desternilló de risa. Después
de risas y gestos más bien obscenos Paco me miró fijamente e intentando
contener las carcajadas, y me dijo:
-Yo
te lo explico, Fermín. Parece ser que Vicente lleva entre las piernas un carajo de tamaño impresionante...
-Un
aparato que hasta el más macho se relamería al verlo. Eso es lo que siempre
dicen. – continuó Hipólito
-Un
pedazo de verga como la de un caballo – aportó Reinaldo.
-Como
la de un burro – agregó Paco, que se atragantó con la cerveza por la risa.
-La
verdad es que todo lo que dicen.... – empezó a decir muy divertido Marcelo –
es.... ¡cierto...!
-Ah...
no lo puedo creer. ¿En serio? – dije exagerando mi incredulidad.
-Papá,
al final, vas a tener que mostrarles....
-Alto,
alto, un momento... esto ya no me está gustando nada – dijo a carcajadas
Vicente, que se puso de pie en el medio de todos, con el vaso de vino en la
mano y tambaleándose por el alcohol – esto viene de gaste, y me han elegido a
mí para pasarla bien a costa mía, ¿no?. ¡Se pueden ir
todos a la mierda, cabrones!
-Vamos,
Vicentito, ¿qué vas a hacer? ¿Ofenderte e irte?
Además... ¿qué te molesta?, si hasta Marcelo dice que todo es verdad... ninguna
de las cosas que se dice de tu verga es un rumor inventado. – rió Hipólito.
-¡Se
van todos al carajo! – dijo apuntando con el índice
de la mano con la que sostenía su tambaleante vaso, y en medio de un
estrepitoso eructo– ustedes no saben lo que es que
todo el mundo te joda toda la vida con el tamaño de tu pene...
-Bueno,
algunos lo sufren, pero exactamente al revés, ¿no? – dijo
Reinaldo – por tener una pijita minúscula...
A
esta altura, todos estábamos mirando el bulto que escondía Vicente en su
pantaloncito. Era considerable, claro, pero no prometía la visión de lo que se
rumoreaba de él.
-Les
voy a contar a todos algo muy íntimo - dijo Vicente, mirando cómplice a su hijo
- ¿Saben cual era mi sobrenombre en la secundaria?
-Ay,
papá ¡Otra vez con eso!
Vicente
se puso serio, pero con esa cara de circunstancia muy cómica y típica de los
tipos con unas cuantas copas de más. Todos seguíamos la escena muy divertidos,
haciendo bromas, y comentarios que acompañaban la escena principal.
-No,
hijo, es que estos cabrones no tienen idea de lo que es llevar esta carga
durante toda tu existencia...
-¡Ah!,
nos hemos puesto metafísicos – rió Paco.
-Yo
lo entiendo – dijo Reinaldo – lo de la carga. ¡Le debe pesar una tonelada! –
Todos rieron por el piso.
-No,
no, esto es muy serio, manga de boludos... nunca
sabrán el karma que uno vive con esto...
-Vamos,
papá, que no es tan terrible...
-No
me digas que vos también... – preguntó Reinaldo asombrado, y a la vez con una
mirada hacia Marcelo más que significativa.
-Él
ha salido a su padre, Reinaldo...
-Pero,
habíamos quedado en tu sobrenombre, Vicente – retomó Paco que se reía de ver
tan solo la escena: Vicente dando cátedra desde el centro del círculo, de pie
aunque apenas se podía sostener derecho.
-Pues
como todos saben, mi nombre completo es Vicente Gardiazón.
Pero todo el mundo...me decía.... ¡Vicente Garañón!
Las
carcajadas se multiplicaron hasta quedar todos por el suelo. Marcelo, seguía
insistiendo:
-Vamos
papá, no es para ponerse así, vamos, porqué no le muestras a todos, ¿quién
sabe? A lo mejor te quedas más tranquilo contigo mismo.
-¡Una
experiencia terapéutica! – agregó Reinaldo
-¡Un
desahogo vivencial! – bromeó Hipólito.
-¡Al
carajo todos! – vociferó Vicente, que ya también
estaba en tren de joda total – ¡si quieren ver una pija,
maricones, van a tener que quedarse con las ganas... manga de putos!
-Es
que lo que tienes ahí no debe ser una pija –
interrumpió Reinaldo – ¡todos dicen que se trata de un fenómeno de la
naturaleza!.
-Así
es, así es... efectivamente... – dijo Vicente, imitando el tono de un
catedrático – pero desgraciadamente, mi verga no es una cosa de exhibición
pública. A fin de cuentas, uno tiene su orgullo.
-Vamos,
papá... no seas así...
-Vamos,
Vicente... que no vayamos a pensar que todo no es más que un rumor...- continuó
Hipólito, que ya evidenciaba una avidez inocultable por ver ese tremendo
aparato...
Los
únicos que nos quedamos algo callados, fuimos Paco y yo. Él se mostraba un poco
incómodo, porque veía que la reunión se encaminaba para un lado que a él mucho
no le gustaba. Yo, aún golpeado por la noticia del casamiento, estaba más bien
ensimismado en mis pensamientos.
Por
fin, en medio del clima de tiras y aflojes, de risas, bromas y cargadas
generales, Reinaldo, que estaba justo detrás de Vicente, se animó diciendo:
-Basta
todos, es hora de que se descorra el telón – y con un solo movimiento que a
Vicente lo tomó de sorpresa, tomó su pantaloncito por el elástico y se lo bajó
hasta los tobillos. Vicente descargó una puteada hacia todos al quedar en
pelotas, sin parar de reírse y entregado ya a la chacota de todos los reunidos.
Marcelo con su gesto nos dijo a todos "¿que les dije?".
El
aparato de Vicente en completo reposo, ¡era descomunal!.
Se podía leer en la mente de todos los estupefactos espectadores solo una cosa
"¿cómo sería ese miembro en su máxima erección?". Todos nos asomamos
a ver ese fenómeno. Emergiendo de largos pelos entrecanos, la verga caía
libremente en toda su extensión apoyándose en sus grandes pelotas. Lo que más
impresionaba era su grosor. Su glande estaba totalmente cubierto por un
abundante prepucio. Una vena muy desarrollada lo surcaba en forma vertical.
Tendría alrededor de unos
-¡Mierda!,
¡esto sí que es una señora verga! – exclamó Reinaldo, con la respiración
alterada.
-¿Cuánto
mide? – preguntó Hipólito.
-Como
unos
-¿Y
cuando se le para? – dijo Reinaldo más serio.
-Un
poco más, pero no mucho – afirmó Marcelo, quien, por lo visto, conocía mucho
acerca de las intimidades de su papá.
-¿Así
que eran "rumores"? – dijo divertido Vicente, finalmente orgulloso de
exponer así sus atributos.
-Joder,
que nada de lo que se dice hace honor a la realidad. Esto supera a todos los
rumores. – dijo Hipólito que devoraba con los ojos el pene de Vicente.
-Vamos,
hijo, mostrales la tuya, ya van a ver que la cosa
viene de familia – dijo animado Vicente.
-Dejate de joder, viejito... – respondió Marcelo sorbiendo
su cerveza.
-Vamos,
Marcelo, no nos vas a dejar con la intriga ahora – dijo Reinaldo con el deseo
en sus ojos – si el rumor se extiende también hacia vos, podríamos llamarlo
"la leyenda continúa" – todos rieron. Pero Paco solo se limitaba a
pitar su cigarro muy reconcentrado y algo intranquilo. Miré su rostro, y algo
lo turbaba. Estaba recostado sobre su flanco derecho con las piernas extendidas
y apoyándose en un brazo replegado. El boxer blanco,
con una insinuante abertura por la que se perdía mi mirada en vano, estaba un
poco bajo por lo que descubría parte de sus vellos más ocultos. Él lo percibió
y se acomodó la prenda, solo que al hacerlo quedó involuntariamente ante mi
vista, por un segundo, todo su peludo pubis.
-A
ver, Marcelito, parate y mostranos si es verdad eso de que "de tal
palo..." – dijo riendo Hipólito.
Entonces
Marcelo no se hizo rogar, se puso de pié y cuando se iba a quitar el slip azul,
Vicente lo tomó desprevenido y se lo bajó hasta el piso.
El
enorme trozo de Marcelo, quedó balanceándose a la luz, rodeado de una estela
rara de humo de cigarrillo. Era casi tan grande como la del padre. Una pija increíble. Los dos machos, padre e hijo, estaban allí
muy orgullosos mostrando sus miembros como si estuvieran compitiendo con ellos
mismos. A diferencia del de Vicente, el falo de
Marcelo ya había comenzado a ponerse un poco duro. Estaba hinchado y se
separaba de las bolas avanzando hacia delante.
-¡Ese
es mi muchachito! – dijo Vicente abrazándolo con mucha ternura. Al hacerlo, los
dos aparatos se chocaron en una colisión muy erótica, juntándose y frotándose
entre sí. Miré entonces las caras de Hipólito y Reinaldo, y estaban atónitos.
Los dos tenían los ojos como platos, y no podían cerrar sus bocas. Todo en
ellos era de una expresión que oscilaba entre el asombro y lo morboso. Después
descendí un poco la vista, y sus bultos ya no estaban muy normales. Paco
observaba la escena pero ya sin festejarla, pues aparentemente no le gustaba
demasiado. Vicente, siempre sonriendo y sin soltar de los hombros a su hijo, se
dirigió a nosotros entonces:
-Les
diré que este hijo que tengo, siempre ha tenido entre sus piernas un pedazo
formidable, sí, desde su más tierna edad. Miren qué belleza – dijo, y estirando
su mano hasta la pija de Marcelo, se la agarró,
sacudiéndola en el aire, para mostrar a todos el tamaño envidiable de ese carajo. Hipólito y Reinlado no
daban crédito a lo que veían. Miraban todo en silencio, con la boca
entreabierta y con fuego en sus ojos.
-Esto
es una pija, señores, y aprendan, para cuando hagan
hijos, que tienen que salirles así. Marcelo se va a cansar de follar mujeres...
-Papá,
que ya soy un hombre, no tenés que tratarme como a un
chico...
-No
decís esto cuando jugamos solos en la ducha, Marcelito
– le contestó Vicente. La cosa estaba yendo para un lado extraño.
-Vení – le dijo Vicente – dale un beso a tu padre – y
rodeándolo con sus brazos, le estampó un beso en la mejilla a Marcelo, que se
bamboleaba medio borracho. Tal vez por esa causa, no paraba de reír, y todos,
salvo Paco, tomaban la cosa con total naturalidad. Lo cierto es que Vicente
sostenía aún la pija de su hijo entre las manos, y
cuando la dejó libre todos vimos que había crecido, y ya se quedaba bien parada
entre sus pelotas – Mmm... te
quiero mucho, hijo...
-Yo
también papá - contestó Marcelo, y los dos hombres se abrazaron de nuevo,
juntando sus pijas. Reinaldo estaba atento a esos dos
miembros que se estaban inflamando con las caricias mutuas. Casi al mismo
tiempo que Hipólito, se llevó una mano lentamente hacia su bulto, en el que ya
se notaba perfectamente el tronco de su pija erecta.
No dejaban de beber unos y otros, y yo, al lado de Paco, miraba la escena, pero
también estaba muy alerta.
Por
fin, Hipólito se puso de pie y se colocó muy cerca de la pareja de padre e
hijo.
-Parece
que ustedes dos se quieren mucho, ¿verdad?. Te
envidio, Marcelo, siempre quise tener un papá así de cariñoso - Había apoyado
sus manos en los hombros de los dos hombres y al quedar frente a mí,
inmediatamente quedó expuesto su paquete enorme y la dureza de su pene debajo
del pequeño calzoncillo. Reinaldo se acercó mirando todo sentado en el piso. Su
cara estaba muy cerca de los sexos de esos tres hombres.
-Mi
viejo siempre me inculcó la importancia del afecto, ¿no es cierto, papá? Tal
vez por eso salí tan cariñoso.
-Claro
– dijo Vicente – por más que este muchachote ya es un hombre, seguimos
demostrándonos el afecto que nos tenemos con besos y caricias.
-Pero
no se darán besos en la boca... – dijo Hipólito con una sonrisa muy libidinosa
-Pues,
desde que era un niño, Marcelo siempre besó a su papá en la boca... ¿qué tiene
de malo eso? – le contestó Vicente – ¿Le mostramos,
Marcelo?
-Claro,
papá – y los dos hombres se abrazaron desnudos ante los ojos de todos, y
unieron sus labios en un beso muy cariñoso. Duró solo unos segundos y quedaron
mirándose muy serios. Reinaldo miraba sus dos vergas
sobándose entre sí, y advirtió como la de Vicente estaba cada vez más rígida.
-Otra
vez, que no ví bien – murmuró Hipólito, ya más serio.
Entonces Marcelo miró profundamente a su papá y ambos volvieron a besarse, esta
vez un poco más prolongadamente. Hipólito que había pasado sus manos de los
hombros a las cabezas de los dos hombres, volvió a decirles:
-Qué
hermoso, ¿me muestran otra vez? – y entonces Vicente se acercó suavemente a
Marcelo, abrió la boca y por debajo de sus bigotes asomó un poco la lengua.
Esta vez el beso duró lo suficiente como para que todos veamos como sus lenguas
se penetraban mutuamente y sus manos se recorrieran las espaldas hasta llegar
más abajo de la cintura.
-¿Así
está bien, Hipólito? – preguntó Vicente.
-Perfecto.
Los veo disfrutar tanto, que me gustaría probar que se siente – dijo Hipólito.
Entonces Marcelo le tomó la cara muy tiernamente y la guió hacia la de su
padre. Vicente abrió los labios y estampó su boca en la de Hipólito que sintió
el espeso bigote sobre su cara y la lengua entrar en él. Sus bocas libraron una
dulce batalla, prolongando el beso interminablemente.
-Ya
que estamos entre hombres, no hace falta esto – dijo Reinaldo, y tomando el
calzoncillo de Hipólito, lo deslizó hacia el piso. La verga erecta de Hipólito
describió un veloz arco ascendente hasta quedar levantada y rebotando en el
aire, muy cerca de su propio ombligo.
-Tampoco
esto – dijo Marcelo, quitando la camiseta de su padre por encima de su cabeza.
Los amplios pectorales de Vicente, arrancó suspiros de todos.
Padre
e hijo seguían abrazados, aunque Vicente había estirado un brazo para atraer
contra su pecho a Hipólito, que seguía unido a su boca. En ese movimiento, su
aparato enorme quedó rígido en 90º grados a su incipiente panza y chocando
intermitentemente con las pijas de su hijo y de
Hipólito. Los tres hombres desnudos se abrazaron sintiendo su piel erizarse al
contacto. Las manos se recorrían lentamente, explorando sus sinuosidades y
accidentes. Reinaldo, que todavía estaba sentado, se puso de también de pie
para unirse a ellos. El nuevo mayordomo tenía una tienda de campaña en su
entrepierna. Las aberturas de su ropa íntima se habían abierto lo suficiente
como para dejar al aire todo: su erección palpitante, las bolas colgando
debajo, sus entrepiernas velludas y el comienzo de sus poderosas nalgas. Al
sentir que su escasa ropa lo molestaba, se desprendió de ella rápidamente,
arrojándola sobre el montículo de la cama.
Yo
miraba la escena junto a Paco, esperando de él tan solo una señal para
abalanzarme sobre su boca. Pero no había tal señal. Él permanecía absorto ante
la escena, bebiendo sus tragos. Yo también bebía, y él cada tanto cruzaba una
mirada conmigo. En esa mirada había tantas cosas que, sin poder descifrar el
mensaje, yo, pudoroso, solo podía bajar los ojos. Miré su bulto. Era la
fabulosa continuación de su cuerpo semidesnudo. Sus piernas extendidas,
cruzadas por los tobillos, su pecho sereno y peludo, las proporciones estéticas
de sus brazos, fuertes, anchos, perfectos... hacían que me volviera loco tan
solo de mirarlo.
En
el centro de la habitación, iluminados por el haz de luz que descendía justo
sobre ellos, los cuatro hombres se unían en un solo beso. Bocas desesperadas, vergas palpitantes y enhiestas, las manos ávidas y las
caderas ansiosas, se buscaban entre sí con acelerada pasión. Reinaldo se agachó
y tomó las vergas de Marcelo y Vicente. Quería probar
esas lanzas en su boca. Las engulló con mucho trabajo, alternándolas en su
boca. Mientras chupaba, loco de placer, le dijo a Hipólito.
-Vení, Hipólito, no te pierdas esto. ¡Pocas veces vas a
tener semejantes vergas en tu boca! – dijo jadeando y
relamiéndose, dejando hilos de su saliva entre su boca y las pijas erectas. Hipólito se agachó y se puso frente a los
dos miembros, junto a Reinaldo que lo tomó dulcemente y le acariciaba el culo.
Hipólito, con un temor tembloroso ante la visión de esos carajos,
dudó un poco.
-Es
la primera vez que voy a comer una pija.
-No
te vas a arrepentir, lindo. Abrí tu boquita – Dijo Vicente, mientras miraba
como Marcelo le pellizcaba y frotaba las tetillas. Hipólito cerró los ojos, y
abriendo tímidamente la boca aceptó la oferta de Vicente, metiéndose toda la pija en la boca. Al rato estaba tan apasionado y chupaba
con tanto gusto, que era como si hubiera hecho eso toda su vida.
-Marcelo,
hijo... tenés que probar esta boca... – dijo Vicente,
y se apartó para tomar la pija de su hijo y dirigirla
hasta los labios de Hipólito. Reinaldo también acercó su boca y entre ambos
fueron acariciando, lamiendo y succionando juntos, por turnos, arriba, abajo...
cada uno de esos palos fenomenales. Vicente y Marcelo se miraron, se sonrieron
dulcemente y volvieron a unirse en un beso.
-Siempre
habías querido una fiestita, viejo – le dijo Marcelo - ¿te gusta?
-Claro
– contestó el padre – siempre te dije que quería gozarte junto a un grupo de
machos. Claro que me gusta mucho, y más me gustaría ahora que...
-Lo
que quieras, papá...
-Cogeme, Marcelo. Metele la pija al culo de papá. Como cuando estamos solos.
Vicente,
ayudado por Hipólito y Reinaldo, se apoyó en el borde de la cama, dejando bien
abierto su culo ante ellos, que se prendaron de sus nalgas y siguieron haciendo
tu trabajo bucal lubricando ahora el dilatado ojete
con su saliva. Cuando Vicente pedía a gritos que lo penetraran, Marcelo se puso
entre sus glúteos y entró en su padre de un solo movimiento. Era increíble ver
la facilidad con que ese vergajo desaparecía en el rojo ano de Vicente. Empezó
así un meta y saca primero lento, pero luego cada vez más lento y desaforado.
Las pesadas bolas de Marcelo golpeaban las no menos enormes de Vicente,
provocando un "chas-chas"
sorprendente. Marcelo miró a Reinaldo que se relamía acariciándole el hermoso
culo.
-Mayordomo
– gritó Marcelo cabalgando sobre su padre – necesito tu verga en mi culo. ¡Penetrame! – y ante esa orden, Reinaldo se le puso a
horcajadas y fue cumpliendo el deseo muy cuidadosamente, ante la mirada atenta
de Hipólito que se pajeaba ebrio de deseo. Debajo de ellos, Vicente bufaba,
resoplaba y gemía de placer, bombeando su propio miembro y abriéndose cada vez
más de piernas. Ahora Reinaldo estaba cogiéndose a Marcelo, y sus propios enviones contribuían a que la verga del hijo, ese
inmenso pistón, entrara aún más en el hueco peludo del padre. El flamante
mayordomo se volvió hacia el atónito Hipólito que se acercó y puso sus redondos
y enormes pezones a la altura de la boca gimiente del rubio macho. Reinaldo
chupó, lamió y mordió hambriento esas enloquecedoras tetillas, endurecidas por
las sensuales caricias. Después, en una mirada llena de lujuria, le dijo:
-Hipólito,
subite a mi culo – aulló Reinaldo entrecortadamente
mientras penetraba rítmicamente a Marcelo – vení, vení... meteme tu verga dura...
Hipólito
se sumó a esa hilera de hombres frenéticos y salivando con la mano toda la
superficie del agujero lampiño de Reinaldo, terminó penetrándolo casi
salvajemente.
La
visión de los cuatro hombres gozando y unidos por sus propias pijas, en medio de quejidos, gemidos y sonidos guturales,
era de un atractivo increíble. Paco no dejaba de observar. Y yo alternaba mi
mirada entre los agitados movimientos de aquellos machos calientes, y esa cara
tan cautivante. Paco empezó a respirar más agitadamente.
Entonces,
por primera vez cambió de posición y se sentó apoyando su espalda contra la
pared. Había dejado de fumar y beber. Yo me acerqué y me senté a su lado. En
ese momento, Vicente comenzó a largar sus intermitentes y violentos chorros de
semen, gritando de placer, y un poco después, le siguieron Reinaldo, Hipólito y
Marcelo, que le besaba el cuello con un amor desbordante. Paco miró todo muy
atento, pero sin perturbarse en lo más mínimo. Lo miré, con infinita ternura y
le dije:
-Parece
que estos cuatro la están pasando muy bien ¿no?
Él
me miró, muy serio, muy calmo. Se hizo un silencio que se instaló entre
nosotros como una corriente que nos conectaba inevitablemente. Por un momento
sentí que todo nuestro entorno se había disuelto. Sólo estábamos él y yo.
Entonces, lenta, íntimamente, subió una mano hasta mi mejilla y la rozó
dulcemente:
-¡Salgamos
de aquí! – me dijo con voz muy baja. Se levantó y desapareció tras la puerta.
Reinaldo,
que había captado toda la escena, estaba aún agitado y con la verga dentro de
Marcelo cuando me miró con una conmovedora sonrisa y me dijo:
-¿Qué
esperás, Fermín? ¡Seguilo!
¡Es una orden de tu nuevo mayordomo!
Le
pude sonreír en medio de mi arrobamiento y salí de la habitación en busca de
Paco, dejando a los sudorosos hombres que se recobraban exhaustos y felices.
Paco estaba en el pasillo, esperándome apoyado en la puerta. Fui hacia él y
entonces me tomó de la mano y me condujo hacia su habitación en un movimiento
casi violento que me hizo trastabillar y caer en su cama. De pié, frente a mí,
quedó Paco, hermoso, serio, y con un brillo impactante en su mirada. La
abertura del boxer se le había abierto un poco, y
entre una oscuridad de pelos negros podía ver apenas la blanca carne de su
trémulo pene. Esto dio un sacudón a mi pija, que
terminó de agrandarse bajo su escondite de tela.
-Nunca
me interesaron los hombres. – empezó a decirme Paco, que hablaba como sacando
todo de un lugar muy interno - Si me quedé en el cuarto era para saber que me
pasaba con todo eso. ¿y sabés
porqué?
-No
– dije un poco asustado.
-Porque
desde que vos llegaste a la casa, hiciste que se moviera todo el interior de mi
vida. Me pregunté mil veces qué me estaba pasando, porqué no podía sacarte de
mi cabeza. Te miraba siempre ¿no te diste cuenta?, y no sabía siquiera si vos
te habías fijado en mí. Siempre bajabas los ojos, o escapabas si te hablaba...
hasta pensé que me odiabas...
-Paco...
yo...
-Me
enamoré de vos. Estoy enamorado de un hombre... y se supone que me voy a casar
dentro de poco...
no
me interesa estar con Hipólito, Vicente, Reinaldo y Marcelo, y menos
compartirte con ellos. Te traje hasta mi cuarto porque aunque sea por un
momento, quiero descubrir que me pasa, que siento, y saber si querés estar conmigo.
Yo
no podía hablar de la emoción. Lo único que sabía es que quería tener a ese
hombre en mis brazos. Pero no solo un momento, sino toda la vida. Mi mirada fue
tan clara, que no hizo falta que le dijera palabra alguna. Entonces él tomó su
blanco boxer y se lo quitó, y vi
por primera vez a Paco en su completa desnudez. Su pene en media erección, se
movía imperceptiblemente, latiendo entre sus oscuros y profusos vellos. Vino
hacia mí, y se inclinó sobre la cama, tomando la tela de mi prenda interior y
deslizándola hasta mis pies. Me desnudó comiéndome con la mirada. Mi pija salió disparada hacia mi ombligo, dura y mojada a más
no poder. Paco se me quedó mirando otra vez, inmóvil desde el extremo de la
cama. Miré su pija: latía más aún. Fue cobrando
tamaño y se fue levantando hasta arquearse deliciosamente sobre sí misma,
apuntando a las luces del techo que daban de lleno sobre ella. Tenía la cabeza
roja, tensa, brillante. Iba apareciendo tras su prepucio que se descorría en
cada latido. Tenía una forma perfecta, los testículos, muy peludos, colgantes y
rosados, completaban la armoniosa composición. Yo abrí mis piernas, como
invitándolo al abrazo. Finalmente avanzó unos pasos, y se abandonó sobre mí,
cubriéndome con su cuerpo.
Inmediatamente
sentí una vibración muy intensa al contacto con su piel. Nuestros sexos se
juntaron y se aprisionaron entre sí. Me acarició el pelo con sus manos,
devorándome con sus ojos siempre profundos. Yo llevé mis manos a su cabeza
cuidadosamente rapada, lo sujeté mientras acercaba mi boca al encuentro de la
suya.
-Jamás
besé a un hombre – me dijo – tengo miedo.
-Tranquilo.
Te amo.
Miré
su boca entreabierta en el medio de su barbita tan prolija, vi
su lengua asomar, ansiosa, temblorosa, chorreante, sentí su respiración agitada
y lo abracé uniendo nuestros labios. Me besó, y yo me entregué a una sensación
totalmente nueva. Viajé hasta lugares nunca visitados, y toda sensación de
tiempo y espacio se esfumó en aquel beso. Parecía la primera vez también para
mí. Y en realidad lo era. Amaba ese hombre y nunca me había pasado eso con
nadie.
Entonces
él deslizó su boca hacia mi mentón, ya no pudo separar sus labios de mí. Me
besó el cuello, pasándole la lengua repetidas veces. Bajó hasta mi pecho y
mientras lo amasaba entre sus manos, chupó mis tetillas apenas rodeadas de mi
todavía fino vello. Me hizo vibrar en cada lamida. Sentía su pija, que se tensaba en cada movimiento. La tenía entre mis
pelotas y se había situado de tal manera que acariciaba de arriba a abajo mi
perineo. Paco descendió aún más, besando todo mi torso, abdomen y ombligo...
hasta llegar a mi peludo pubis. Hundió ahí su cara y absorbió todo su aroma.
-¡Me
encanta tu perfume!
-No
me puse perfume...
-No,
ya lo sé. Es tu perfume de hombre.
Mi
verga estaba rozándole una mejilla. Sin dejar de mirarme a los ojos, Paco la
tomó con las manos, y sin dudarlo, aunque temblando con un extraño temor, abrió
la boca y comenzó a saborearla muy tenuemente rozando el glande con la punta de
su lengua. Después se fue animando más, hasta introducirla por completo en su
boca. Y yo sentí que llegaba hasta su caliente garganta. Me abrió bien las
piernas, me alzó un poco entre sus fuertes manos, y siguió explorando todo con
su boca hasta chupar bien mi culo, que se abrió a él como ofrendando toda su
vulnerabilidad. Su lengua lubricó cada pliegue, cada pelo, cada tramo de
sensible piel rojiza. Me sentó sobre sus muslos, y allí, acomodándome entre sus
piernas, me penetró tan dulcemente, que mi ano se abrió por completo al recibir
su dura punta. Con un temblor emocionante, mi culo atrapó hasta el fondo su pija dura como hierro, hasta sentir en su umbral los
acariciantes pelos de su pubis. La unión fue perfecta, apasionada y vibrante.
Frenéticamente nos dirigimos los dos hacia la culminación de nuestro placer, y
creí estallar de gozo y de emociones cuando, sin contacto alguno, mi verga se
derramó en fuertes chorros de esperma. Paco aceleró más aún sus movimientos
pélvicos y se inclinó para besarme frenéticamente. Gritó mi nombre dentro de mi
boca, y descargó todo su semen dentro de mi culo.
Epílogo:
Pasaron
muchos años, y hoy, en una visión llena de cariño por esa etapa de mi vida que
marcó el final definitivo de mi primera juventud, puedo escribir sobre esta
historia, no sin una emoción agradecida y plena. Del Palacio Aráoz, son felices todos mis recuerdos.
Ramón
se hizo un hombrote muy atractivo, dejando a su paso un tendal de mucamas
enamoradas. Nunca logró su sueño dorado: enamorar a Germán, quien se casó y
tuvo tres hijos y nunca se le conoció aventura con hombre alguno.
El
Sr. Gutiérrez, a los tres años, fue detenido por la autoridad como principal
sospechoso en un secuestro del que fuera víctima, en situaciones muy confusas,
el Canciller Ordóñez. Gutiérrez fue procesado y sentenciado a quince años de
prisión por extorsión y privación ilegítima de la libertad en una causa que aún
hoy es recordada en los medios.
Al
padre Vanossi, lo encontraron un día en una situación
"non sancta": felando a un joven
seminarista en la sacristía de
Los
cinco empleados de los garajes nunca mencionaron palabra sobre aquel día de los
juegos con la manguera. Basilio y Rolo se casaron años después, pero todos
fueron dejando la casa y sólo quedó trabajando Leandro junto al Doctor.
Cecilia
fue despedida por conducta escandalosa después de haber sido sorprendida en la
cama con uno de los importantes invitados del Doctor mientras éste daba un
banquete. Al enterarse Hipólito, se le partió el corazón. Él no tuvo otra novia
hasta años después, convencido que lo suyo eran los hombres. Siguió trabajando
en la casa, y finalmente renunció cuando al casarse obtuvo un mejor puesto en
una empresa.
Vicente
se jubiló y quedó su hijo Marcelo trabajando en el jardín, que se casó, tuvo
familia, pero también fue muy feliz (inmensamente feliz) con el nuevo y experto
jardinero veinte años mayor que él, que tomaron cuando su padre dejó el
servicio.
Reinaldo
siguió trabajando como mayordomo hasta que se enamoró perdidamente del Doctor Aráoz, y lleno de tristeza al no ser correspondido, pidió
ser trasladado al campo. Allí fue muy feliz, porque pasados algunos años,
entabló una muy apasionada relación con el administrador Tapia.
Yo
sucedí a Reinaldo como mayordomo y viví varios años sirviendo en el Palacio Aráoz. Me enamoré de Paco y junto a él pasé los años más
importantes de mi vida.
Paco...
nunca se casó.
FIN