El Palacio Aráoz

IV – Mi patrón.

Después de aquella experiencia tan intensa con mi compañero de cuarto, el día transcurrió normalmente. Continué mi trabajo en la casa, y Reinaldo pasó a última hora para inspeccionar los frutos de su "instrucción". No hizo ni la más mínima alusión a lo que había pasado esa mañana en las escaleras, sea como fuere, yo percibí que estaba un poco menos duro conmigo. Estuve toda la tarde pensando en Hipólito y nuestra paja compartida. En realidad habíamos compartido algo más que una simple masturbación, y todo me indicaba que con él empezaría una relación diferente desde ese día.

Después de la cena, me retiré a dormir temprano, pues estaba verdaderamente cansado no solo por la jornada de trabajo, sino por las emociones pasadas. Pero antes de apagar la luz, quise corroborar si el misterioso hombre del excusado, volvería esa noche a través del hueco de la mampara. Me escabullí rápidamente hacia el baño. Recuerdo que esperé largo tiempo, pero no tuve suerte. Nadie apareció. Un poco excitado por las fantasías que aún me rondaban en la mente, sobre todo con Paco, me fui a la cama.

Al día siguiente, comencé mis tareas más que puntual, por lo que el Sr. Gutiérrez, al pasar hacia las habitaciones del Doctor, me hizo un gesto de aprobación. Al poco tiempo, entró un hombre con saco blanco llevando una bandeja de plata con lo que deduje sería el desayuno del Doctor y que el hombre sería Germán, el camarero. Pasaron unos minutos cuando de pronto escuché un estrepitoso ruido. Como una ráfaga, Gutiérrez salió de las habitaciones del Doctor gesticulando como si se hubiera generado un incendio en la casa.

-¡Rápido, Gómez! ¡Germán se tropezó y tiró todo al piso, ya avisé a la cocina!. ¡Vaya ya mismo a buscar otra bandeja con el desayuno del Doctor que estamos poniendo orden este desastre...!

-¡Enseguida, señor! – contesté corriendo escaleras abajo en dirección a la cocina. Cuando llegué, Marion ya tenía la nueva bandeja preparada. Salí con prisa y con mucho cuidado, muerto de miedo por cometer otro desastre con la bandeja, hacia las habitaciones del Doctor. Gutiérrez me estaba esperando con la puerta abierta. Del interior del dormitorio del Doctor se escuchó nítidamente:

-¿Ya puedo desayunar, Gutiérrez?

-¡Sí, señor, acaba de llegar la nueva bandeja! – dijo el mayordomo, y cuando tomando la bandeja me estaba por despedir, el Doctor volvió a preguntar:

-¿Y quién la trajo?

-¡Gómez, Doctor, el nuevo empleado del campo!.

-¡Ah, qué bien. Decile que pase!.

Gutiérrez me miró con las cejas levantadas, como ordenándome sutilmente que estuviera a la altura de la situación con mi comportamiento. Yo entré temblando. ¡Iba a conocer a mi patrón!. En el piso estaba Germán, que con la ayuda de dos mucamas estaba limpiando la alfombra y levantando la porcelana rota del piso. Gutiérrez me condujo al dormitorio, pero el Doctor no estaba allí. Desde otra puerta, el Doctor llamó en voz alta:

-¡Adelante!

Gutiérrez entró con la bandeja y yo lo seguí. ¡Era el cuarto de baño del Doctor!. Cuando entramos, él estaba sumergido en la bañera y leyendo uno de sus periódicos matutinos. El mayordomo depositó la bandeja en un soporte especial que hacía las veces de mesa sobre la enorme bañera llena de agua espumosa.

-¿Es el nuevo chico?

-Sí, Doctor.

-Pasá, pasá, vení más cerca que te quiero ver – dijo volviéndose hacia mí. Yo avancé unos pasos con mucha timidez.

-Buenos días, señor.

-¿Cómo te llamás?

-Fermín Gómez, señor.

-"Doctor".

-Sí, perdone, se... digo Doctor.

-Vos sos el que trabajaba en nuestra estancia, ¿no?

-Sí, Doctor.

-Ajá, el administrador Tapia me dio muy buenas referencias tuyas. Gutiérrez, dejanos solos – dijo indicando al mayordomo que se retirara. Gutiérrez hizo un pequeño gesto reverencial y salió hacia el dormitorio, lanzándome una mirada que no supe interpretar muy bien.

Me había imaginado al Doctor Aráoz como un vejete calvo, panzón, arrugado y de entrecejo fruncido. Pero delante de mí tenía a un hombre de unos 45 años, esbelto, con una cabellera abundante de color claro y facciones amables. De cejas anchas pero muy espigadas, sus ojos verdes miraban con una profundidad inusual. Me escrutaba con ellos de la forma en que hubiera examinado a uno de sus animales de la hacienda. Al menos, eso creí en ese momento. Al dejar el periódico a un costado para tomar su café me ofreció la visión de su torso desnudo. No podía ver más de la línea de la superficie del agua, pero eso bastaba para saber que sus bien formados pectorales estaban sombreados de una mata de pelos que se acentuaban en el centro. Mientras desayunaba, me hacía varias preguntas. Sobre mi edad, mis estudios, mi familia en el campo, mis tareas en la casa, etc. Yo iba respondiendo casi intimidado por su mirada y algo avergonzado por estar en esa situación de forzada intimidad, después de todo, estaba teniendo el primer contacto con el famoso Doctor Aráoz, en su baño y como Dios lo trajo al mundo.

Al terminar su desayuno, el Doctor me hizo un gesto para que yo retirase la bandeja. Obedecí y se la llevé a Gutiérrez, cuando regresé, me dijo:

-Cerrá la puerta, por favor.

Hice lo que me pedía. Al hacerlo vi nuevamente a Gutiérrez en el dormitorio del Doctor que me observaba con una expresión como de odio, diría yo. O tal vez era envidia.

-Alcanzame esa toalla, Gómez – me dijo

Cuando le acerqué la toalla, el Doctor se puso de pié en la bañera y en ese momento me quedé petrificado. Su mojado cuerpo se mostró a mí en toda su descarada desnudez sin ningún tipo de pudor. Salió de la bañera cuan largo era, pues mediría como un metro noventa, y yo me acerqué a él, con la toalla extendida. Giró dándome la espalda, dándome a entender que lo envolviera con ella.

-Secame, por favor – me ordenó con toda naturalidad.

-Sí, Doctor – balbucée, mientras torpemente frotaba su cuerpo con la toalla.

-¿Estás contento con tu nuevo trabajo?

-Claro, Doctor. Espero ser merecedor de él.

-Un poco rudo, sí, sí, pero con el tiempo aprenderás... – dijo para sí, refiriéndose a mi modo de secarlo – ¡ya está bien! – me dijo, y se quedó con la toalla a los hombros. Se dio la vuelta, secándose la cabeza, y se puso frente a mí. Lo miré de la manera más disimulada posible. Su cuerpo, seguramente mantenido en buena forma por el constante deporte, tenía proporciones muy armoniosas. Bajé la vista hasta su verga, que emergía de una gran cantidad de vello. Su prepucio estaba totalmente descorrido y el tamaño de su cabeza, rosada y tersa, asomaba intimidante. Era un miembro de buen tamaño, aunque no demasiado grande. Con lo enérgico de sus sacudidas al secarse la cabeza, la pija se le movía de un lado a otro, golpeando cada uno de sus muslos con deliciosos ruidos. ¡Sus piernas eran formidables! Musculosas, voluminosas, fuertes. Eran como dos robustas columnas que sostenían ese cuerpo tan bien formado.

-Si estás contento con tu trabajo, tal vez sería conveniente que trabajaras como mi sirviente personal.

-Me gustaría mucho, Doctor. Pero no sé si tengo la idoneidad requerida.

-Eso no cuenta demasiado. Solo hacen falta otro tipo de condiciones. Si te gusta, podría considerarlo.

-¿Si me gusta, Doctor?

-Claro, y también si me gusta a mí, por supuesto – dijo dejando la toalla cubriéndole los hombros. Luego se dirigió al lavabo donde se empezó a ponerse lociones y desodorantes.

-Perdón, Doctor. No entiendo...

Entonces se me acercó, siempre paseándose con toda su imponente desnudez, y me tomó el cuello del uniforme:

-Está un poco holgado. Le diré a Gutiérrez que te lo haga arreglar. Los uniformes para mí son importantes.

Y empezó a observarme detenidamente. Tomaba las hombreras de mi casaca y las volvía a dejar caer para observar su caída natural. Hizo lo mismo con la parte delantera, tocándome reiteradas veces el pecho para hacerlo.

-Sí, definitivamente necesitás un arreglo con este uniforme – me dijo, y tomándome de la barbilla se acercó aún más para mirarme – Y también necesitás afeitarte mejor. Un valet personal debe tener siempre una intachable presencia.

-Perdón, Doctor, pero hoy me afeité y lo hago todos los días.

-Si, claro, pero creo que no lo hacés muy bien. Vení – y me condujo frente al espejo. Ahí me indicó que tomara la espuma de afeitar y él sacó una máquina nueva con el filo reluciente. Se situó detrás de mí con la toalla a los hombros aún, sin preocupación alguna por cubrirse, y yo me quedé mirándome en el espejo. Entonces él empezó a desabrocharme la casaca.

-Si me permitís, vamos a quitarte esto.

Yo lo miraba atónito por el espejo. Sus manos, lentamente, desabrocharon botón por botón y lo hacía de una manera muy sensual. ¿Qué estaba tramando el Doctor Aráoz?

-Mientras preparo el jabón, quitate también la camisa, por favor.

Obedecí muy perplejo. Aunque sentía el comienzo de una excitación que me cosquilleó en todo el cuerpo. El Doctor me miraba mientras se frotaba las manos con el jabón de afeitar. Yo desnudé mi torso y me quedé quieto y avergonzado frente al espejo.

-Tus músculos dan cuenta de lo mucho que trabajaste en el campo – me dijo devorándome con la vista.

Miré mi propio torso, como corroborando lo que él me acababa de decir, y dejé que él admirara mis prominentes pectorales. La fina capa de vellos que los recubría no se comparaba con la pelambrera del Doctor. Mi patrón se me acercó lentamente, y me indicó que me pusiera frente a él. Extendió sus manos untadas de jabón exquisitamente perfumado y él mismo las pasó por mi cara. Una ráfaga de placer me estremeció y sentí la carne erizarse y mis pezones endurecerse con el contacto frío y acariciante de sus manos enjabonadas. Fue una de las sensaciones más eróticas que había experimentado. Instintivamente bajé la mirada para no chocarme con la suya, pero mis ojos fueron a dar sobre su verga. Y para mi sorpresa noté que se había agrandado y endurecido notablemente. Seguía bamboleándose, pero con mucho menos blandura que antes. Sobre todo, su glande había cobrado mucho más volumen y color.

-Ya está. Ahora, tomá... – me dijo, dándome la hoja de afeitar.

-Nunca me afeité con una hoja así, Doctor.

-Si te gusta, te la regalo.

-¿En serio?

-Sí, claro. Veamos como la usás.

Y él se situó nuevamente detrás de mí, y posó sus manos sobre mis hombros. Estaban frías, pero muy suaves. Yo ensayé un movimiento con la hoja sobre mi piel, y era tan suave que no sentía nada. Seguí haciéndolo hasta que el Doctor me dijo:

-No. Esperá. Así no – y entonces tomó la hoja, y empezó a afeitarme él. Me tomó por el mentón y me llevó la cara hacia atrás, y como él me llevaba como una cabeza de altura, la mía se recostó casi sobre su propio cuello. Mi espalda sentía el roce delicioso de su pecho y su vellosidad. Él hacía todo muy lenta y suavemente, maniobrando la hoja de afeitar hasta en los sitios más difíciles, y acercando vertiginosamente su boca hasta la mía.

-Así, así... y vas a ver como queda tu cara después de esta afeitada. Ahora seguí vos.

Obedecí, mientras él volvía a poner sus manos sobre mis hombros. Yo estaba muy concentrado en hacer bien la tarea. A medida que lo hacía, también aprendía y tomaba más confianza. Él me aprobaba o me guiaba según lo que hiciera falta. Y todo lo hacía con la voz más sensual del mundo. Cada tanto, tomaba un poco de agua y me la pasaba por el mentón. El agua caía por mi pecho, con un sonido que no había escuchado nunca. Mojaba mi torso una y otra vez, deslizándose entre mis enhiestos pezones. Entonces mi patrón tomaba su toalla y me enjuagaba secándome las gotas que se escurrían por el cuello, pectorales y abdomen.

Yo no quería terminar nunca. Hacía todo cada vez más lento. Tenía que prolongar lo más posible ese momento mágico. El Doctor volvía a poner la toalla en su cuello, y como si quisiera sostenerme desde atrás, me había tomado por los costados de mi torso. Sentí sus manos aún frías y una descarga recorrió todo mi cuerpo. Mi sexo despertó, abultando evidentemente el pantalón. Y mientras seguía afeitándome, las manos del Doctor se posaron en mi cintura.

-Así, Gómez. Creo que sos muy hábil para aprender las cosas. Las aprendés bastante rápido – me dijo con su acariciante voz.

-Reinaldo, mi instructor, me dijo lo mismo, Doctor.

-¿Ah, sí?, ¿Él es el que te está enseñando el trabajo?

-Sí, Doctor.

-Entonces, vas a aprender muy bien. De eso podés estar seguro. Reinaldo es muy buen empleado y siempre instruye muy bien a los novatos. Doy fe.

-Espero aprender pronto, Doctor.

-Lo sé – me dijo mirándome por el espejo. Entonces volví a quedarme inmóvil cuando sentí que sus manos jugaban con el contorno de mi pantalón... y avanzando hacia adelante, desabrocharon el cinturón. Me quedé mudo, y sin respirar. Él me miró de reojo, como buscando una señal de desaprobación. Pero él sabía que yo no me iba a oponer a que siguiera.

-Tu pantalón se está mojando – me dijo. Y su voz ya era un tenue susurro.

Yo seguía mojando la hoja en el agua y recorriendo mi mejilla, dejando que las gotas cayeran aún más sobre la tela de mi pantalón abierto, aunque sabía que ya no había nada más que rasurar. El doctor desabrochó los primeros botones de mi bragueta, tan lentamente que me dio vértigo imaginar lo que pasaría después. Tomó el pantalón por la cintura y comenzó a deslizarlo hacia abajo arrastrando también mi ropa interior. Yo escrutaba atentamente cada detalle por el espejo. Él siguió bajando el pantalón despaciosamente y no podía dejar de mirar mi trasero desnudo que iba apareciendo ante sus ávidos ojos. Cuando quedé completamente desnudo, dejé de afeitarme y apoyé mis manos en el borde del lavatorio. Mi pija se levantaba dura hacia el techo. El Doctor se agachó frente a mi culo descubierto y lo miró atentamente:

-¡Qué culo tan peludo! Tal vez sería conveniente que lo afeitáramos también. Vamos a ver. – me dijo, y arrodillándose en el piso, me abrió desmesuradamente las nalgas. Lanzó una ahogada exclamación de aprobación y acercó su nariz a mi peluda hendidura.

-¡Mmmmmmm...! Huele a limpio... eso está muy bien. Me gusta mucho eso. No hará falta rasurarlo. Y acercó nuevamente la cara. Esta vez lo hizo de manera tal que su nariz se metió entre los pelos de mi raja. Yo me arqueé de placer al sentir ese nuevo contacto. Sentí su exagerada aspiración, mientras me volvía a abrir el culo con sus manos grandes y frías. Instintivamente me incliné sobre el lavabo y abrí las piernas lo más que pude. El Doctor Aráoz, después de olerme el ojete, metió su lengua cuan larga era, recorriendo y lamiendo toda la zona. A mí. A Fermín Gómez, su nuevo empleado proveniente del campo.

¡Qué sensación maravillosa!. Su lengua acariciaba el contorno de mi agujero, bañaba mis pelos llenándolos de saliva caliente y besaba con grandes ruidos mis nalgas que no dejaba de amasar con sus manos. Nunca había sentido nada parecido. El contacto de su recio mentón contrastaba con ese sector tan delicado y suave de los hombres, haciéndome sentir la rudeza de su dura barba rasurada. Me volvía loco y mis movimientos acompasados con sus embates, pedían más y más. Sus labios se pegaban a mi culo, subiendo o descendiendo también hasta mis pelotas que colgaban contraídas.

Miré por debajo de mis piernas y me encontré con las piernas abiertas y arrodilladas del Doctor. Entre medio de ellas aparecía su pene erecto y chorreante de líquido preseminal. Su glande había adquirido una dimensión notable. De tan dura que estaba, la verga apenas se movía, apuntando recta y gorda hacia adelante.

Entonces el Doctor se puso de pié rápidamente y me metió su pija entre las piernas. Yo aprisioné su miembro entre ellas, sintiendo como se frotaba contra mis pelotas. Él aulló de placer y sujetándome por detrás, me masajeaba los pectorales como si fueran tetas. Nuestros movimientos se aceleraron, y todo el contacto entre mi culo y su verga, parecía anatómicamente diseñado para el placer. No me estaba penetrando, pero la sensación era de una intensidad increíble, porque toda su dureza masajeaba la zona más sensible de mi cuerpo. Cuando creí desmayarme, en realidad estaba teniendo un orgasmo alucinante, ya que mi pija, se agitaba sin contacto alguno en el aire. La verga del Doctor se frotaba casi violentamente por todo mi perineo, bolas y el umbral de mi ojete, pero dejaba libre mi pija, que para mi asombro comenzó a largar todo su semen en contracciones muy fuertes. Entonces el Doctor me giró poniéndome de frente a él, y ayudó a que evacuara todo mi líquido tomando mi pija entre sus manos y exprimiéndola como si ordeñara una vaca.

El Doctor Aráoz se detuvo. Me sorprendió que no eyaculara. Cuando todo terminó, me sonrió levemente, me dijo que me vistiera y que le avisara a Gutiérrez que estaba listo. Pensé: "¿Para qué cosa estará listo?". Pero estaba demasiado confundido como para haberme detenido en eso, que, en definitiva, no me importaba demasiado. Él se echó una toalla a la cintura, cubriendo su erección que no daba muestras de ceder, y me dijo:

-Podés estar seguro, Gómez, de que consideraré muy en serio que seas mi valet personal.

-Le agradezco mucho, Doctor.

Y haciendo una pequeña reverencia con la cabeza, me retiré.

Continuará...