El
Palacio Aráoz
VII
– Los amigos del Doctor
Esa
noche, el Doctor recibiría invitados. Se trataba de dos de sus más cercanos
amigos: el canciller Ordóñez y el sacerdote Rafael Vanossi,
dos personalidades que siempre salían en los diarios por sus actuaciones en
diversos ámbitos nacionales. Para esa ocasión, había un servicio especial, que
comandaba Germán, el camarero. El mayordomo recibiría en recepción, y servirían
las mucamas, junto a Reinaldo y Germán. Se daba una cena en el salón comedor
más pequeño y después los cafés, licores y chocolates en la biblioteca, donde
los hombres, inmersos en mullidos sillones, intercambiaban charlas hasta la
madrugada.
Después
de la cena, me encontré con Ramón en el baño, y me preguntó si no tenía que
servir en la cena del Doctor. Yo no había sido requerido por cierto, por lo que
le dije que por suerte estaba libre.
Ramón
me caía muy bien. Era un chico casi de mi edad, con una expresión seria y algo
melancólica. Hacía dos años que había venido del campo, como yo, y el único
amigo que se le conocía era Germán. Pero esa noche, se había animado a hablar
conmigo.
-¿Entonces
vienen el canciller y el cura Vanossi? – le pregunté.
-Sí.
¿Los conocés?
-Bueno,
de leer sus nombres en las noticias.
-Vienen
seguido por aquí. A veces concurren a reuniones donde hay más gente. Pero
parece que hoy es más íntimo – dijo con una expresión significativa.
Ramón
se quedó pensativo. No sé porqué de alguna manera me hice cargo de su
introspectivo carácter al darle charla, o si movido por una atracción
subyacente, tal vez, se me ocurrió estar con él.
-¿Querés salir a caminar un poco? – le dije seductoramente.
-Pero
por aquí nomás, ¿está bien?
-Sí.
La noche está fresca, oscura, y nadie nos verá en los parques. Gutiérrez está
en la casa con los invitados.
-No,
a esta hora, ya los deben haber dejado solos.
-¿Los
dejan solos?
-Claro.
Después de la cena, los amigos del Doctor pasan a la biblioteca. Y ahí...
-Ahí
¿qué? – pregunté excitado por mi curiosidad, mientras salíamos al parque.
-Bueno,
ahí, no quieren ser molestados por nadie.
-Supongo
que hablan y hablan hasta muy tarde.
-Entre
otras cosas – me decía Ramón con un tono irónico.
-¿Pero... "qué" cosas?
-¿Querés ver?
-¿Si
quiero ver?, no pensarás que nos metamos en la casa...
-No
hace falta. Podemos espiar por las ventanas desde el jardín.
-¿Estás
loco? ¿Y si nos descubren?
-Nunca
nos descubrirían, Fermín. Son aquellas ventanas ¿ves?.
Está todo cercado por arbustos que te hacen invisible desde afuera, y el lugar
es tan oscuro que no se puede ver nada desde adentro.
Cuando
estuvimos cerca de las ventanas iluminadas de la biblioteca, me lancé a correr
diciéndole en voz baja a Ramón:
-¡Vamos!
¿qué estamos esperando? – Por primera vez, Ramón se
rió con ganas y me siguió a paso veloz.
Nos
pusimos en un sitio, ocultos por arbustos frondosos, desde donde podíamos ver y
escuchar todo, dado que la ventana estaba abierta. La majestuosidad de la
biblioteca era el lujoso escenario de una conversación pausada entre los tres
amigos. Ramón tenía razón, nadie nos podía ver.
El
Doctor Aráoz vestía informalmente. Llevaba una camisa
de seda blanca abierta hasta la mitad del pecho y un pantalón negro de
exquisita elegancia. Recordé una vez más esos pectorales que tanto me habían
gustado aquel día en que lo había conocido. Servía vino a sus invitados, que
estaban sentados en un gran sofá. Era un anfitrión perfecto,
amable y de soltura admirables. Tanto el canciller como el sacerdote
charlaban animadamente riendo y gesticulando a cada frase.
El
canciller Ordóñez parecía mucho mayor que el Doctor. Vestía traje gris oscuro,
camisa celeste y corbata color salmón. Era alto y elegante, bastante canoso, en
lo que le quedaba de cabello. Personalmente me parecía más joven que lo que
aparentaba en los medios. Su manos velludas se movían
con cuidados ademanes, y sus ojos grises observaban todo con una vivacidad
siempre alerta. Había prendido un habano que paladeaba con deleite, y nunca
dejaba de mirar al Doctor. Era un hombre mayor muy atractivo, de buen cuerpo y
muy interesante.
El
padre Vanossi bebía de vez en cuando su vino,
saboreándolo con fruición. No llevaba sotana, sino un traje común y corriente
de color negro, solo alterado por el tramo blanco de su cuello. Era joven,
entre 35 y 40 años de edad. Su cabello castaño claro estaba prolijamente
peinado hacia atrás, y me llamó la atención lo largo de sus brazos y sus
piernas.
Ramón
se asomaba como yo, lleno de curiosidad, aunque no era esta la primera vez que
espiaba por la ventana. Seguía la escena como si conociera lo que iba a venir.
Y lo miré sintiendo una extraña complicidad por que nadie nos viera. Estaba con
la camisa abierta, me encantó espiar también su pecho lampiño y juvenil muy
cerca de mí. El resplandor de las luces de la biblioteca daba de lleno en sus
pequeñas tetillas rosadas, tersas y lampiñas.
El
Doctor dejó el vino sobre el bar, y al volverse
exclamó con una sonrisa:
-Bueno,
caballeros, ya es hora de que nos pongamos cómodos – dijo desabotonándose la
sedosa camisa. Se la quitó deslizándola por su hermoso torso hasta dejarla caer
en la alfombra.
Yo
abrí los ojos, totalmente incrédulo de lo que estaba viendo. Ramón me miró
fugazmente, como diciendo "te lo dije".
-¿Ya
despediste a los sirvientes? – preguntó el cura.
-Claro
que sí. Además mi mayordomo ya sabe perfectamente que cuando pasamos a la
biblioteca queremos estar solos.
-Un
tipo muy interesante tu mayordomo – dijo el canciller, entrecerrando un poco
los ojos y llenándolos de una expresión libidinosa – no estaría mal que un día
lo invitaras a pasarla con nosotros... supongo que él entenderá el sentido de
nuestras reuniones...
-Descartado,
querido, algo me dice que me debo cuidar de Gutiérrez. Me parece mal bicho.
-Si
es así... – murmuró el canciller algo frustrado. Se puso de pié y sosteniendo
el habano con sus dientes, se aflojó la corbata y se quitó el saco.
-Ha
pasado tiempo desde la última vez, ¿no? - dijo el religioso. El Doctor, se
situó detrás del respaldo del sofá, justo donde estaba sentado el cura, y tomó
la copa vacía de su mano. Mirándolo desde lo alto de su metro noventa, dejó la
copa sobre la chimenea, y con una sonrisa seductora se llevó las manos a la
cintura desabrochando el primer botón de su pantalón negro.
-Muchas
ocupaciones y obligaciones, todas juntas, Rafael, pero hoy es nuevamente una
noche para relajarse y olvidarse de todo eso. De todo. – susurró el Doctor Aráoz, mientras llevaba sus manos a la solapa del cura,
quien había cerrado los ojos escuchando la acariciante voz. Lentamente abrió el
saco de Rafael y se lo quitó suavemente. El canciller, desde unos metros, los
miraba pitando su oloroso habano, se había quitado la corbata y desabrochaba
los primeros botones de su impecable camisa celeste. Fue hasta donde estaba el
Doctor y se situó a su lado. Aráoz lo miró a los
ojos, sin dejar de sonreír complacientemente. Detrás de las espaldas del Doctor
el canciller llevó sus manos al pantalón desabrochado. Siguió desabotonando la
bragueta hasta el final, y abrió un poco más el pantalón, dejando ver la blanca
ropa interior del Doctor. Ordóñez metió una mano por debajo del calzoncillo del
Doctor y con un ágil movimiento sacó afuera su miembro endurecido, que quedó
bamboleándose a pocos centímetros de la mejilla de Vanossi.
Aráoz acariciaba la sedosa cabeza del cura, y
tenuemente lo invitó a que buscara la punta de su pene. El cura volteó la cara
y se topó con la grandeza creciente de la verga del Doctor. Abrió la boca y se
la tragó hasta los huevos. Ordóñez, acariciaba los pezones de su anfitrión, que
se retorcía de placer mirando como el sacerdote le mamaba la polla.
-¡Ramón!
– dije sin poder dejar de mirar con los ojos como platos - ¿Y vos ya habías
visto esto?
-Muchas
veces – respondió Ramón con la mirada perdida en los tres hombres y sonriéndome
inocentemente – Yo sabía lo del Doctor – me dijo con los ojos abiertos y
expresivos - Cuando yo empecé a trabajar aquí, el me llevó a su baño.
-¿A
vos también?
-Sí
– dijo Ramón bajando la cabeza.
-No
te avergüences. Vos no tenés la culpa.
-Algo
sí – confesó Ramón – porque...
-¿Te
gustó?
-Sí
– dijo, volviendo a mirar al trío, con un dejo de tristeza en su mirada.
-Mirá, tal vez te sientas mejor con lo que te voy a decir,
pero, a mí también el Doctor me llevó al baño, y... no solo me gustó, sino que
lo disfruté mucho.
Ramón
me miró asombrado, y sonrió como quien se saca un peso de encima, contento de
que alguien lo estaba comprendiendo. En la complicidad de nuestro escondite, él
estiró tímidamente una mano, y tomó la mía. Yo la apreté enseguida,
aferrándosela con fuerza. Le pasé una mano por el hombro, y así, continuamos
viendo por la ventana.
Después
de chupar ávidamente la verga del Doctor por un largo rato, Vanossi
se incorporó buscando el pecho de Aráoz con la boca.
Ordóñez le indicó el camino con su mano, ofreciéndole un pezón, que fue
aceptado gustosamente entre lamidas y besos. El canciller se dedicó entonces a
despojar de su hábito al sacerdote. Rápidamente, Vanossi
quedó con el torso desnudo, así que el canciller siguió con los zapatos y el
pantalón. Ahora teníamos al cura totalmente desnudo dándonos la espalda. Sus
hombros eran anchos y su figura se afinaba en la cintura, donde continuaba un
trasero muy bello, cubierto de un tenue y fino vello. Sus muslos abiertos se
apoyaban sobre los almohadones mullidos del sofá, y por debajo de ellos,
colgaban sus grandes testículos rojizos.
Ordóñez
sostuvo por un momento el puro entre sus manos, y con la otra atrajo el mentón
de Aráoz hacia sus labios. Unieron sus bocas con un
largo beso. Esos dos hombres besándose, hicieron que mi pija
quisiera salir de mi apretado bulto. Instintivamente miré hacia la entrepierna
de Ramón, y a él le pasaba exactamente lo mismo.
El
Doctor tomó a Ordóñez por el cuello de su camisa y en un minuto le desabrochó
todos los botones. La abrió violentamente, sin dejar de lamer y chupar su cara.
El abultado pecho del canciller, un poco entrado en carnes, salió a la luz e
inmediatamente fue amasado y sobado por dos manos ávidas que se hundían en una
mata hirsuta de pelos grises y blancos. Las tetas del
canciller Ordóñez salían hacia fuera, redondas y grandes. Eran macizas, pero
una cierta laxitud acompañaba los movimientos producidos por las caricias del
Doctor. Los durísimos pezones de un color rojo oscuro fueron engullidos uno a
uno, y se ve que el Doctor también los mordía fuertemente a juzgar por los
quejidos del canciller que había vuelto a meter su habano en la boca.
El
cura se puso de pie y pudimos admirar su larga pija,
bien parada, recta y desafiante en ángulo recto con su abdomen firme. Rafael Vanossi no era muy velludo, solo algunos pelos aislados.
Tal vez por eso, su pubis, profusamente poblado, contrastaba tanto con el resto
de su cuerpo. Fue hacia Ordóñez, y en pocos movimientos le bajó el pantalón y
el slip. La pija del canciller estaba algo flácida,
descansaba pesadamente sobre sus pelotas. ¡No obstante, era una verga inmensa!. Carnosa y con un prepucio que se extendía más allá de su
glande, tenía venas abultadas que la recorrían totalmente. Pendulaba
sobre sí, enmarcada en largos pelos oscuros.
Vanossi
se agachó entre sus dos compañeros y tomando la descomunal verga del canciller
pudo introducirla toda en su boca, no sin cierto trabajo. El Doctor seguía
trabajando con sus dientes los irritados pezones del canciller, jugando también
con los pelos circundantes y acariciando la cabeza del sacerdote, que alternaba
sus masajes bucales entre las dos vergas.
Ramón
seguía la escena atentamente, mordiéndose los labios. Mi mano sobre su hombro
hizo involuntariamente algo más de presión y él se me acercó un poco más,
estirando el cuello para no perderse ningún detalle. Nuestros bultos ya eran
como dos tiendas de campaña. Instintivamente, llevé mi mano libre hacia mis
pezones por debajo de la camisa. Los acaricié excitándolos uno por uno. Con mi
otra mano, pasé del hombro de Ramón a su cuello, sintiendo el contacto con su
piel. Mis dedos se movieron casi imperceptiblemente, rozando tenuemente la zona
a modo de leves caricias.
Ahora
los tres hombres habían cambiado de posición y el canciller y el Doctor habían
invadido el culo de Vanossi con sus bocas. Estuvieron
allí por largos minutos, devorando, lamiendo, succionando todo lo que sus
lenguas encontradas tenían a su alcance. Cada tanto se juntaban en un choque
frontal de bocas, gimiendo y respirando entrecortadamente. El cura se retorcía
de placer, implorando por más y abriendo los gajos blancos de su culo con sus
dos manos. El doctor fue el primero en penetrarlo, mientras que el canciller,
sin abandonar el puro que humeaba en su boca, puso su voluminoso aparato en los
labios de Vanossi. Su verga había cobrado algo de
rigidez, aunque no había crecido demasiado. Así y todo, se trataba de una cosa
enorme, gorda y pesada. Los huevos colgaban por debajo, chocando contra el
mentón del religioso cada vez que éste avanzaba con una nueva bocanada.
Mi
compañero Ramón se mostraba muy excitado. Las manos se le fueron hasta los
botones de su camisa y comenzó a desabrocharlos lentamente. Entonces yo tomé su
prenda y le ayudé a deslizarla hasta el suelo. Inmediatamente, sin dejar de
mirar hacia el interior de la biblioteca, Ramón estiró sus manos hasta los
botones de mi camisa e hizo lo mismo que había hecho con la suya. Yo terminé de
quitármela y los dos quedamos con el torso desnudo.
-¿Estás
más cómodo? – me preguntó sin mirarme.
-Sí.
Creo que estamos mucho mejor así.
Ahora
el Doctor se deslizó debajo del cuerpo del cura, y los dos quedaron
entrelazados en un magnífico 69. La verga del canciller ya estaba levantándose.
Se puso sobre el culo de Vanossi, y restregó
repetidamente su brutal artefacto contra la raja abierta y húmeda.
Ramón
y yo estábamos expectantes en nuestro escondite sin poder acreditar que ese carajo pudiera entrar con todo su tamaño en algún recinto
humano. Mientras observábamos la atrapante situación,
yo retrocedí unos pasos y me puse detrás de Ramón, tomándolo de los hombros y
comenzando a acariciar una piel increíblemente suave. Recorrí su cuerpo
lampiño, era como el de un niño grande. Me gustaba estar a sus espaldas y
abrazarlo desde ahí. Llegaba hasta sus pezones jóvenes y me detenía en ellos, haciendo
toda clase de variantes con mis caricias. Cada tanto, y para acrecentar su
excitación, le daba tenues besitos en el cuello, apoyando sutilmente mi lengua
en todo el sector. Metí una mano por el pantalón, y la punta de mis dedos llegaron a una zona muy cálida, topándose con el comienzo de
una suave vellosidad. Entonces me animé a desabrochar el cinturón de su
pantalón, abrir los primeros botones, y deslizar su prenda muy lentamente hacia
abajo. En el poco resplandor que nos envolvía, vi
aparecer el culito de Ramón ante mis ojos. Él estaba absorto mirando hacia la
ventana y suspirando con la boca entreabierta.
-¡Mirá eso! – me dijo a media voz.
El
pene del canciller había cobrado su mayor rigidez. No se había alargado, pero
estaba aún más ancho que antes. El canciller, que no dejaba de bombearlo
lentamente con su mano, descorría rítmicamente su prepucio una y otra vez sobre
su lustroso glande, apuntando esa tranca directamente al culo abierto de Vanossi. La boca del Doctor, que estaba justo debajo de las
bolas del cura, alcanzó también las del canciller, buscando una alternancia de
sabores, tamaños y texturas. Por fin, el falo
inquietante del canciller, se introdujo completamente y de un solo envión, en
las profundidades del culo de Vanossi.
-¡Impresionante!
– dije al oído de Ramón contemplando la casi animal penetración.
-Nunca
vi una pija tan grande,
Fermín – balbuceó Ramón.
-Y mirá como se la mete... – seguía murmurándole al oído.
-Cómo
están gozando...
Ramón
llevó sus manos tras de sí, buscando torpemente los botones de mi pantalón. Por
un momento dejé su deliciosa piel y lo ayudé a abrir la prenda. Incorporándome
un poco, me bajé los pantalones y el calzoncillo hasta los muslos y dejé
liberada por completo toda la erección de mi pija. Mi
mano se estiró por delante de él, intentando atrapar la suya. No tardé en dar
con ella. No era muy grande, pero estaba tan dura que me enloqueció. Dura y
mojada por completo de líquido pre seminal. Él se
acarició su verga y tomó entre sus dedos gran parte de ese líquido resbaloso.
Después se lo llevó a su propio ojete y lo lubricó
cuidadosamente. Me tomó con firmeza con un movimiento que era toda una
invitación a que lo penetrara. Él no dejaba de observar la escena de los tres
hombres cogiendo en el interior de la casa. Y yo, mojando con abundante saliva
toda la longitud de mi miembro, apoyé primero la punta sobre su caliente
agujero, para ir deslizándolo lentamente y verlo desaparecer dentro de su
apretado culo.
Los
tres amigos cambiaron nuevamente de postura. Ahora la verga del canciller,
levantada solo unos centímetros, pero totalmente rígida, se metió no sin
trabajo en el ano de nuestro patrón, mientras su pija
permanecía en la boca del cura.
Yo
aceleré los movimientos mientras cogía deliciosamente con Ramón. Mi mano lo
masturbaba y mis labios besaban su nuca, ahora con lengüetazos más intensos. Él
se arqueaba y acompañaba los movimientos cada vez más violentos. No aguantaba
más. Entre ahogados gemidos y una respiración sofocada, los primeros chorros de
mi orgasmo, salieron incontrolablemente, para dejar paso a un espasmo
generalizado de todo mi cuerpo. Casi enseguida, la pija
de Ramón, que se agitaba entre mis manos, hizo erupción en un temblor
sorprendente y el semen caliente empezó a salir de su glande bañándome la mano
por completo.
En
la biblioteca, los tres hombres seguían muy ensimismados en su ardiente labor.
Aún unidos por nuestros jugos espesos, con Ramón vimos como la posición había
cambiado nuevamente, y ahora, mientras el canciller penetraba al Doctor, éste
ensartaba al cura, formando una especie de tren humano que vibraba en un solo
movimiento.
Cuando
volvimos a la calma después de tanta agitación, tuvimos un miedo lógico a ser
descubiertos en nuestro escondite, aunque eso hubiera sido imposible. Sin embargo
decidimos poner nuestras ropas en orden. Habíamos visto suficiente, por lo que
sigilosamente, y protegidos por la oscuridad de la noche sin luna, dejamos
nuestro palco de honor, abandonando la escena tan excitante que se había
representado ante nuestras desapercibidas miradas. Los tres hombres seguían
cogiendo muy entusiasmados y seguramente continuarían con ese entusiasmo
durante toda la noche.
Continuará...