Mi Aventura en la Hacienda

Cumplí 20 años, vivo en Caracas y mis padres me mandaron a conocer la fuente de nuestra fortuna, la hacienda de cacao en Barlovento donde mano esclava cultiva los preciados frutos que enviamos a España. Yo pase varios días solo, pues había pocos blancos de mi clase social a quienes tratar en la zona, además estaban ocupados pendientes de sus negocios, yo también revisaba las cuentas de la producción, aprendí a ponerle el ojo a todo el negocio y después me iba a caminar, a observar a los esclavos en el campo trabajando duro.

Me encantó uno bien negro y desarrollado el condenado, que trabajaba con los caballos, me gustó desde el primer día que lo vi., con un esplendido cuerpo increíblemente musculoso y muy bien tallado. En su entrepierna se notaba un bulto muy apetecible que me provocaba conocer. No se me quitaba su imagen de la mente. Soñaba despierto y dormido, recordaba su esplendido cuerpo y la innegable excitación que me había provocado. Los deberes de los caballos consumían todo el tiempo del esclavo, me gustó como los domaba, los manejaba y deseaba ansiosamente en mis fantasías sentirme domado y sometido por él. Por supuesto tuve poca oportunidad de platicar con él, apenas pude preguntarle tonterías sobre los caballos, pero me encantó su sonrisa expectante cuando me contestaba con voz suave pero firme. Yo salía a vagar por la hacienda con el único fin de encontrármelo trabajando, sudando, semidesnudo, a ese chico negro muy deseable de unos 25 años del que me había prendado.

Por dos días no lo encontré. Me sentía desesperado, abatido. No quería preguntar abiertamente por él y me limitaba a recorrer a caballo la hacienda y los sembradíos, pero era tan extensa la hacienda que el día se me iba volando sin haber dado con el paradero de Daniel. Finalmente, al cuarto día, mientras una manada de caballos abrevaba en el río lo volví a ver, e inmediatamente sentí la misma excitación de la primera vez que tanto me gustó. Lo vi caminar solo por la ribera, apartándose de los caballos moviendo su cuerpo sugestivamente como solo uno de ellos se sabe mover y excitar. Lo seguí desde la orilla opuesta, siempre ocultándome en los matorrales, hasta que Daniel, ya bastante lejos se tumbó a descansar bajo la sombra de una palmera.

A diferencia de la primera vez que lo vi, ahora llevaba puestos unos pantalones blancos ligeros, igual que el resto de los esclavos de la hacienda. Su torso desnudo, ancho y fuerte relumbraba al sol cubierto de sudor, por lo que poco después, Daniel se acercó al río y probando el agua fresca y limpia se despojó de los pantalones y desnudo, se metió a bañar. Yo sentí nuevamente la excitación correr por mis venas. Lo poco que alcancé a vislumbrar del oscuro cuerpo del muchacho antes de lanzarse al agua me hizo desear verlo más y más de cerca. Regresé por mi caballo y montándolo busqué un vado no muy hondo para cruzar el río. Me acerqué entonces al sitio donde se bañaba Daniel, el cual al darse cuenta de mi presencia, humildemente bajó la mirada y permaneció quieto donde estaba, esperando ser mandado por mi, como esclavo que era de nosotros.

Le pedí que saliera del agua y él me obedeció. Él sabía que yo era hijo de su patrón, que podría ordenarle cualquier cosa y consciente de esto salió del agua revelándome poco a poco esa desnudez negra que yo tanto anhelaba conocer. Yo admiraba excitándome, su hermoso cuerpo pulido, mojado y brillante bajo la luz del sol. Era todavía más impresionantemente bello que como lo recordaba. En su entrepierna colgaba una verga negra larga gruesa como de caballo con dos pelotas enormes seguramente llenas de semen. Sus piernas y nalgas de acero completaban el cuadro de un semental negro perfecto. Mis manos temblaron de emoción cuando toqué su satinada y húmeda piel. El chico de pie, no se atrevía ni a moverse y permanecía con la cabeza baja en señal de total sumisión a mi revisión de su cuerpo. Seguramente axial fue revisado al ser comprado en el mercado de Higuerote donde se venden los esclavos jóvenes recién traídos de África para trabajar en las haciendas.

Yo me fui animando, atreviéndome a tocar con más familiaridad aquel cuerpo de ébano magnífico. Recorrí con mis manos las anchas espaldas, los bíceps marcados, el pecho firme y fuerte, el abdomen plano y más abajo, mi anhelado sueño, su enorme y negra verga. Me extasié ante aquel enorme mástil de carne morena. El glande asomado al prepucio era del color del chocolate con leche, más claro que el tronco, que era tan oscuro como la noche. Me hinqué para mirar esta vez de cerca aquel prodigioso apéndice. Lo tomé entre mis manos. Era tan largo y grueso como una serpiente. Suave y limpio. Caliente y vibrante. Lo manipulé un poco, observando su grosor y flexibilidad, pero sobre todo, deseoso de provocar alguna reacción en el hermoso miembro de Daniel. Pronto mis manipuleos dieron resultado, y la verga comenzó a hincharse, y bajo mis caricias persistentes empezó a crecer y crecer, el maravilloso glande en forma de hongo se asomo de su cubierta, a engrosarse y ponerse duro como la roca, hasta alcanzar una considerable longitud y una verticalidad asombrosa demostrándome la intensa virilidad del macho negro.

Maravillado, yo sobaba aquella verga que parecía de caballo por lo grande y negra, y las enormes bolas negras empezaron a hincharse de excitación. Las acaricié también y entonces sin poder controlarme ya, se las chupé y mamé con ansias, mientras Daniel trataba de permanecer quieto a pesar del intenso placer que yo le estaba provocando. Cuando me cansé de sobar y manipular el enorme miembro, lo tomé con ambas manos y con inmenso deleite comencé a lamerlo con mi lengua ensalivada de emoción. Empecé por la base, bajé al pubis de apretados rizos negros y continué hacia arriba, recorriendo las pronunciadas venas que se marcaban y que me llevaron finalmente a su cabeza gruesa e hinchada. El glande de chocolate de leche estaba cubierto de una leche pegajosa producto de su excitación y me llenó de placer lamérselo y dejárselo brillante. Después, mamé la cabeza, tratando de meterla toda en mi boca, mientras mis manos apretaban sus huevos duros y suaves al mismo tiempo. Daniel, no hablaba y nada me decía, pero él no se resistía, me lo permitía todo, yo no sabia si le gustaba pero lo iba a descubrir. Yo seguía mamando sin saber que pasaría cuando su placer llegara a tal extremo que tuviera que venirse en mi boca.

Yo ansiaba ese momento de descarga, y no descansé hasta lograr que la verga se hinchara hasta tal punto que un torrente de leche, cálida y espesa me inundó la boca. Le saqué hasta la última gota, sin dejar de chupar y de mamar, y me aferraba a la enorme manguera hasta que la dejé seca y limpia, casi me ahogaba con la boca llena de leche, fueron enormes cantidades, que disfruté tragándomela toda, dejándome muy satisfecho por lo que había logrado con aquel portento de hombre en mi primera oportunidad. Daniel eyaculó sin decir nada, pero la cara de evidente placer que puso al disfrutar su apoteósica venida en mi boca me lo dijo todo, no hizo nada para impedirlo al contrario mantuvo su verga en mi boca hasta que me di por satisfecho. Ya podía yo contar con su complicidad para mas sesiones con él.

Después de aquella maravillosa sesión, le pedí a Daniel visitar diariamente aquel paraje en su tiempo de descanso y Daniel, por supuesto, me obedeció. Cada día yo aprovechaba para escaparme al río y disfrutar del negrote. Las mamadas durante tres días terminaron gustándole mucho al enorme negro, que siempre me esperaba ya con una enorme erección. Yo desmontaba del caballo en cuanto llegaba, y como si fuera una droga, me empinaba sobre aquel cuerpo de dios, y me tragaba la soberbia herramienta de Daniel hasta donde me fuera posible. El miembro era tan grande que mi boca no alcanzaba a darle cabida y aquellos centímetros desperdiciados me molestaba no podérmelos engullir, tal era mi locura por él.

En ninguna de esas ocasiones, Daniel se atrevió a tocarme, cuando yo besaba su cuerpo, sus orejas, sus labios gruesos y calientes que me encantaba besar, siempre correspondía con entrega y obediencia total a mis deseos. Yo lo abrazaba y besaba con mucha pasión, yo mordía sus ricos labios y jugaba con su lengua, tan caliente y tan sabrosa. Tenía unos dientes blanquísimos y sus portentosas nalgas que me encantaba tocar y acariciar. Descubrí el placer de mamarle también sus oscuros y grandes pezones que se hinchaban cuando se los chupaba. El no decía nada pero se dejaba a todo lo que se me antojara, hasta le acariciaba la raja de su hermoso culo.

Permanecía quieto y mudo a mis deseos, siempre dejándome a mi cualquier iniciativa como le correspondía y como esclavo que era. Por fin llegó el momento en que naturalmente Daniel quería más que permitirme darle placer y disfrutarlo, y yo se lo provoqué. Ese día me desnudé sensualmente frente a él, porque sentía que ese día él reaccionaria así. Le di la espalda y lo dejé admirar mis blancas nalgas lampiñas que yo meneaba y acariciaba sugestivamente, preguntándole si no le gustaban y provocaban. El por supuesto no me respondió. Pero noté su cambio de actitud hacia mi. Después me puse en cuatro patas, dándole la espalda, abrí mis piernas para mostrarle mi rosado y virginal culo invitándolo a conocerlo.

Él miró mi pálida desnudez, y creo la encontró deseable, yo lo observaba porque su verga se puso más dura que nunca cuando yo le ordené que me montara como si yo fuera una de esas yeguas en celo. Daniel obedeció y me montó. Doblo su cuerpo sobre el mío y se recostó sobre mi, sintió mis blancas nalgas rozando su verga y ésta latió ansiosa por entrar en aquel rosado agujerito. Yo me moví hacia adelante y atrás invitándolo a penetrarme, a desvirgarme, a hacerme suyo y el aceptó. Cómplices por fin en disfrutar ambos del placer sexual que deseábamos, nos preguntamos en silencio si aquel reducido espacio de mi esfínter podría darle cabida a semejante monstruo de verga, y nos lanzamos a averiguarlo.

No fue fácil penetrarme. Su gruesa cabeza bien lubricada de su precum presionaba sobre mi apretado esfínter..., pero no lograba traspasar su entrada. Daniel entonces se ensalivaba el pene y mi esfínter una y otra vez, decidido a complacerme, y obediente me lo empujaba hacia adentro como yo le pedía. Después de varios intentos, su glande de chocolate bien lubricado por fin venció la resistencia natural, me reventó la entrada y conquistó gloriosamente mi interior. Una vez desvirgado, aquel monstruo negro se fue introduciendo suavemente en un mete y saca delicioso. Mis dolores se perdieron en el torbellino de sensaciones pasionales y lentamente el resto de la deseada verga comenzó a introducirse en mi cuerpo, haciéndome gemir de pasión y deseo.

Se necesitaron dos penetradas profundas para que mi culito aprendiera a darle cabida al enorme mástil negro en su totalidad, porque la verdad que si me dolía, era demasiado larga y muy gruesa, me estiraba mi esfínter en su totalidad y sentía ardor a la hora en que me la metía, tardaba un poco mi agujero en adaptarse a tenerla a dentro y los movimientos se daban poco a poco, para no lastimarme, pero finalmente lo logré.

Ninguno de los dos sabía explicarse cómo era posible que en aquel angosto pasaje cupiera la enorme verga oscura e hinchada, pero así era. El me daba hasta saciarnos los dos y yo sentía feliz como me sembraba su semen en mi dejándome lleno. El tenia un aguante fabuloso y permitía que yo eyaculara de tanto él darme y luego aceleraba y acababa él. Yo llegaba a la casa exhausto, adolorido, maltratado y feliz, pero mi hambriento culito siempre volvía al día siguiente por más.

Después de hacerlo en el pasto boca abajo, le pedí que me la metiera de frente, colgando mis piernas de sus anchos hombros morenos y sin perder de vista las cinceladas facciones de Daniel que apretando los blancos dientes me penetraba despacio para no causarme mayores estragos. A veces lo quería a mis espaldas, mientras aferrado a una palmera le ofrecía mis nalgas y sostenía los embates decididos del negro, agarrándome fuertemente del tronco de la palmera.

O le pedía que se acostara boca arriba, y mientras Daniel veía el cielo azul cubrirse de nubes, yo me sentaba lentamente sobre su verga firme, clavándomela con deleite, sentándome sobre aquél grueso pivote de carne dura hasta que lo sentía latir en mis entrañas y entonces comenzaba a deslizarme sobre aquel largo apéndice, llenándome de verga hasta el cansancio y logrando que vaciase mi juvenil semen sobre su abdomen y él me apagara el fuego en mi culo con su semen abundante.

Las cosas parecían mejorar con cada día que pasaba, pero yo tenía que regresar, mis padres me esperaban en Caracas, llevaba más de diez días de la semana que me había propuesto pasar en la hacienda y al estar tan embebido con el placer que el negro me proporcionaba, podía ser peligroso, porque ya empezaban a preguntar mi ausencia prolongada y corrí el rumor, que yo enamoraba a una hembrita negra del lugar, y en esa posición los mantuve, pero sabía que me podían descubrir, hasta que un día mi primo Joel, vino a buscarme.

No le costó nada averiguar mi rumbo, pues le dijeron que diario pasaba rumbo al río y eso fue suficiente. Siguió la serpenteante orilla hasta escuchar el relincho del caballo que yo traía. Mi caballo había detectado su presencia. Desmontó y sigilosamente se acercó al claro, tratando de descubrir en qué lío yo andaba metido. La escena lo dejó mudo de sorpresa primero, y rabia después.

El esclavo Daniel estaba desnudo, de pie en medio del claro con su enorme miembro erecto, y entre sus poderosas y fuertes piernas, yo también desnudo, se lo chupaba desaforadamente. Después me saqué de la boca la verga del negro, y girándome me acomodé a gatas y el negro sin más demora me enterró aquel gigantesco pito entre mis blancas y calientes nalgas y comenzó a follarme con lujuria.

El asombro de Joel fue mayúsculo, al comprobar como desaparecía la gruesa cachiporra del negro en mi rosado culo. Aquello era inaudito, inaceptable para él que un esclavo aprovechase el culito de su primo para desahogar sus pasiones y su primo lo consentía, pero de algún modo, también era sumamente excitante. La forma en que la poderosa verga de Daniel entraba y salía de mi pequeño trasero era increíble y extrañamente sensual, y la atropellada mente de Joel no daba crédito a lo que veía.

Finalmente le ganó el orgullo de hombre herido y furioso y salió de su escondite. Nos quedamos Daniel y yo, petrificados, me quiso agarrar a golpes maldiciéndome y diciendo mil sandeces y logró que Daniel retirara el hinchado miembro de su apretado escondite y hecho un ovillo se protegió la cabeza, en señal de vergüenza mientras los insultos continuaban. Yo por mi parte comencé a vestirme, no sin antes recibir un tremendo golpe que me cruzó las nalgas y dejó en mi blanca piel un trazo rojo y violento. Mis primo era muy agresivo, Daniel aprovecho el momento y salió huyendo.

Después me fui a la casa, no sabía lo que pasaría, pero no me importaba. Esa noche, Joel entró a mi habitación y se me quedó viendo sin decirme nada. Allí tendido, él me bajó los pantalones de dormir de un manotazo y poniéndome boca abajo me revisó el trasero. La marca del golpe estaba muy marcada y atravesaba ambas nalgas y los dedos de Joel siguieron su recto camino sobre la piel. Después de eso, Joel me separó las nalgas, dejando al descubierto el agujero de mi culo.

Mi pequeño y rosado agujerito se veía tan normal como el de cualquiera y Joel, estoy seguro que volvió a sentir un ramalazo de excitación al acercar un dedo y probar la resistencia de mi esfínter para aceptarlo. El dedo fue engullido sin mayores problemas y entonces probó con dos dedos y también entraron sin ningún esfuerzo. Para entonces ya me había excitado también y goloso abrí las nalgas para permitir que mi primo me metiera todo lo que quisiera.

Joel se sintió tentado a sacar su miembro y meterlo en aquel dulce agujero, pero la idea parecía que le resultaba espantosa y antes de sucumbir ante ella le propinó una tremenda nalgada a aquel culo pernicioso y salió furioso de la habitación antes que reconocer ante mí lo excitado que se sentía. En su despacho, la erección no cedió, y caliente como un animal en celo mandó ensillar el caballo y salió a la fresca noche buscando un alivio a su tormento.

Sin proponérselo conscientemente enfiló a las casuchas donde dormían los esclavos, tal vez para buscar a Daniel. Después de aquella noche, Joel sintió la tentación de regresar de nuevo con Daniel y tratar de partirle tal vez la madre, pues se sentía rebajado por lo que tuvo que descubrir y más con alguien de su familia, lo mataba el coraje o los celos, ellos también eran familia de dinero y toda la vida han tenido gente a su disposición y a nuestra familia la quiere mucho, pero de pronto descubrir que su primo, educado e inteligente lo encuentra mamándole la verga a uno de sus esclavos y luego bien negro además, para él era como haberme encontrado ponchando con un perro…

No pude dormir hasta que vi que regresó ya entrada la noche, lo estuve espiando por la ventana, iba subiendo una de las escaleras de madera, frente al cuarto donde yo dormía, jamás me había fijado en él como hombre, pude apreciar su esbelto cuerpo, es un hombre de 30 años, alto, de ojos claros, lo podía ver sensual y atractivo, nalgón el cabrón, me había descubierto ya, sabía lo que yo era y le dolía porque crecimos como hermanos, yo era un hombrecito para él, salíamos a vacilar con las muchachas, me contaba sus cosas y luego enterarse de repente de esto, pues a lo mejor era una desilusión, ver que su primo estaba mamándole la verga a un negro, a lo mejor sintió pena y repugnancia, tu y yo lo vemos normal hoy día, pero hay que entender que ellos no.

Pero yo no me podía imaginar ponchando con él, nacía en mí el descaro y el cinismo, ya no me importaba que lo supieran en toda esa casa y toda la familia, pero hasta ese momento el no había dicho nada. Nuestros padres son hermanos y creo que era el momento de regresar, seguí viéndolo por la ventana, eran bonitas sus nalgas y caminaba erguido y muy varonil. No pude evitar pensar en él como hombre, deseando tenerlo, y además por la forma en que metió sus dedos en mi culo.

En el día siguiente ya no pude salir a ver a Daniel, me la pasé en la casa arreglando papeles, esa noche durante la cena Joel me saludó, pero no me dijo nada. Cuando todos se acostaron a dormir, entró al cuarto y me dijo que mi conducta era inexcusable.

Yo no había entendido qué falta había cometido contra él, pero temeroso de que pudiera delatarme mejor me quedé callado. Se me acercó y me bajó otra vez los pantalones de dormir, para ver como iba el daño causado, y comprobó que mi blanca piel ya casi se había recuperado del golpe que me había dado, acarició con la mano la pálida superficie, sintiendo entre las piernas crecer su ya incontenible excitación. De nueva cuenta probó la elasticidad de mi culito, y éste aceptó de muy buen grado el sondeo de mi primo. Mis nalgas se abrieron para él, y Joel se demoró en la silenciosa habitación, metiéndome uno, luego dos y hasta tres dedos en mi caliente agujero.

Cuando se puso de pie, en la cama yo lo miraba aceptando cualquier cosa que él quisiera hacer. La mano temblorosa de Joel liberó su miembro, que grueso y excitado emergió entre sus ropas. Con un poco de temor, yo me acerqué a aquel bello órgano, y mi primo dejó que me acercara y cuando mi boca hizo contacto, dejó que se lo lamiera y lo chupara. Por fin encontraba alivio a su excitación, y mi lengua cálida lo llenó de un placer indescriptible. Yo, ya con más confianza, me metí toda la gruesa verga en mi boca, algo que difícilmente habría podido hacer con mi añorado Daniel, y me deleité de placer al sentir los vellos del pubis de mi primo rozándome la nariz.

Entonces bajé lamiendo hasta sus huevos, y a diferencia de los del negro, encontré que éstos estaban cubiertos de suave vello, y los lamí complacido también. Las gordas bolas terminaron húmedas de mi saliva y Joel sintió su deseo sexual llegar a cimas desconocidas para él.

Ya fuera de control, me empezó a agasajar, besando todo mi cuello, dando mordidas en mis orejas, era una enorme excitación la que sentía, nuestras bocas se unieron en forma desenfrenada, mordiendo mis labios, en besos apasionados, era un agasajo fenomenal, nuestras lenguas se juntaron y nuestros besos se volvieron frenéticos en fuertes chupadas de boca, yo estaba al borde de la locura, acariciaba todo su cuerpo, sus duras nalgas, me volteó y me besó toda la espalda, mordió mis nalgas y besó mi culo, lo ensalivó todo de arriba a abajo, metió no se cuantas veces sus lengua, taladrando mi agujerito, todo era brutal y con su verga bien parada, después me arrancó las ropas, y una vez que estuve desnudo me ordenó que me pusiera a gatas sobre la cama.

A la memoria le vino entonces la imagen de cuando me encontró en esa misma posición, esperando que el enorme miembro de Daniel me sodomizara, y ciego de furia y deseo me arrimó la verga al trasero deseando que me la comiera igual como me había comido la del negro. Yo por supuesto cooperé, jamás en la vida pude haberme imaginado en esa posición con mi primo, era algo increíble y delicioso para mí.

Abrí las piernas y las nalgas, permitiendo que la cabeza del pito de mi primo tocara la íntima calidez de mi pequeño ano. Mi culo estaba muy lubricado por la dura mamada recibida, así que su verga fácilmente entró, y a pesar de ser muy grande y gruesa, me penetró totalmente.

Yo, con todo y el entrenamiento que había tenido con Daniel sentí que me partían el culo en dos. La verga de Joel era extremadamente gruesa también, y me dilató el ano hasta un límite indecible de soportar. Pero ambos estábamos ya demasiado calientes para detenernos. Joel tomó el control de la situación, e inmovilizándome por la cintura, me obligó a aceptar la totalidad de su congestionado miembro por el culo.

Me sentí llenó hasta el tope, empalado y vigorosamente zarandeado por mi primo, disfruté de cada una de sus embestidas, y me sentí feliz cuando los sedosos pelos de su pubis tocaron mis nalgas, señal de que toda la verga de mi primo estaba dentro de mí. Minutos después Joel explotaba con firmes y furiosas embestidas y descargas de semen que yo aguanté sin rechistar y ya vaciado, rápidamente se marchó cerrando la puerta silenciosamente.

Sudoroso y satisfecho me acaricié la verga hasta obtener mi orgasmo necesario para calmar mi excitación, saboreé y tragué mi leche y después me dormí plácidamente. Los tormentos de esa noche fueron tal vez para Joel, que arrepentido por lo que había hecho daba vueltas y vueltas en su cama sin poder conciliar el sueño.

Por dos días se mantuvo alejado de mí, sin siquiera dirigirme la palabra durante la comida. Sin embargo yo sabía que le había gustado y que él seguía deseándome. Al ver que ya nada pasaba, yo provoqué su enojo hablando en la cena de lo trabajador y amable que era el negro Daniel a propósito, y esa misma noche entró en mi habitación para administrarme el castigo. Esta vez yo estaba preparado.

Estaba en el baño cuando Joel llegó, así que me encontró ya desnudo y después de regañarme me llevó hasta la cama y me atravesó sobre sus piernas para darme una sacudida. Mis blancas nalgas pronto se pusieron rojas con los manotazos y cuando Joel consideró que ya tenía suficiente, sin que él me lo pidiera me puse a gatas y buscando entre sus ropas extraje su verga, dura y turgente. Se la chupé hasta casi hacerlo venirse en mi boca, y lo empujé suavemente sobre la cama, me monté sobre su gruesa reata y lentamente me senté en su verga, haciéndola desaparecer en mis entrañas.

Joel maravillado con aquella técnica, observó como mi cuerpo consumía su verga hasta tenerla profundamente enterrada en mi pequeño culo, que como un forro justo y exacto abrazaba toda su hombría hasta hacerlo enloquecer y descargase en mi. Después de esa noche, hubo varias más. Siempre sintiéndose culpable, pero siempre volviendo para buscar más de lo que yo le brindaba feliz.

Joel gozó de mí totalmente y hasta se acostumbro a dormir conmigo, usándome por la noche y después al amanecer, hasta que tuve que retirarme a Caracas, llevaba más de 20 días fuera y ya reconciliados y aceptándonos tal como éramos, me preguntó que, qué quería de regalo antes de irme, Yo después de mil vueltas y rodeos, le dije que quería estar una vez más con Daniel. Joel montó en cólera, lleno de celos y de recuerdos amargos, pero su propia naturaleza libidinosa terminó convenciéndole, y cediendo. Me autorizó para que por única vez estuviera con Daniel, pero con la condición de que él estuviera presente. Yo acepté, para no provocarlo más y excitado ya por la perspectiva, me ofrecí a él con una de las mejores sesiones de sexo que hubiera tenido jamás. Lo volví loco y lo dejé increíblemente prendado de mi.

Al día siguiente, Joel me mandó a una casita alejada que él tenía en las montañas a la cual le gustaba retirarse de vez en cuando, con instrucciones de esperar allí a que llegara él con su regalo. Esa vez me fui en un coche. Más tarde, Joel pasó por Daniel a los sembradíos y él lleno de miedo obedeció al instante, siguiendo el trote del caballo de Joel hasta la ribera del río. Allí, Joel le ordenó que se bañara, y Daniel rápidamente se desnudó y se metió al agua. Cuando estuvo bañado le arrojó unos pantalones blancos que se usaban en la hacienda, y una vez que se los puso echó a andar, indicándole que lo siguiera. Me cansé de esperar y salí a buscar a Daniel, los encontré sudorosos nuevamente. Joel me pidió que subiera con él al caballo. Daniel, extrañado se quedó parado, pero Joel lo mando a la casita a esperarnos, y yo me fui con él hacia el monte que daba a la playa, lo sujeté por la cintura mientras el caballo reanudaba la marcha.

Minutos después, el roce de la montura y el calor de Joel me excitaron. Las fuertes nalgas de Joel rozando mi entrepierna me habían provocado una buena erección. Sin decirle una sola palabra, mi mano con la que me sostenía de él subió por el torso desnudo para acariciarle los fenomenales pechos. Las oscuras y anchas tetillas recibieron mis toscas caricias, mientras más abajo, la cabezota de mi verga ya intentaba encontrar un camino hasta el agujero de Joel. Él solo se cubría con una toalla, yo sabía que él me deseaba y quería que lo penetrara, era el momento, la toalla era un estorbo, y en aquellas soledades no pensaba encontrarse con nadie, así que decidido se la jalé de un tirón, dejando a Joel completamente desnudo sobre el caballo. Sus piernas separadas sobre la montura dejaban su ano expuesto y abierto. Yo solo necesité empujarlo hacia delante y abrirme los pantalones, para entonces enterrarle mi miembro erecto casi hasta la mitad.

Joel no pudo impedir que un gemido de dolor se le escapara, y me fue recibiendo a medida que cabalgábamos juntos, sus nalgas eran muy suaves y de piel fina, él había aceptado mi osadía y yo sabía que empezaba a quererme y se preocupaba por mí. El trote sereno del caballo hizo que el resto de mi verga le entrara hasta el fondo, sin necesidad de que Joel hiciera el menor movimiento. Yo no podía bombear en aquella posición, así que me contenté con viajar con el pito profundamente enterrado en el apretadísimo culo de Joel, disfrutando de su apretado contacto y por varios kilómetros me soportó en aquella situación. Lo fruncido de su agujero me provocaba fuertes sensaciones, que sentía fuertes convulsiones en mis bolas y también en mi culo, era un placer enorme, que los dos estábamos disfrutando al máximo, por tan rica experiencia, para mi inolvidable. Finalmente hice un alto bajo un enorme árbol, y allí, sin desmontar siquiera goce de él apoyando mi peso en su espalda, nos vimos de frente y nos empezamos a agasajar con mucha vehemencia y desesperación, en besos calientes, cargados de pasión y deseo, hasta conseguir en breves embestidas el tan postergado alivio del orgasmo.


Siempre pensé que el también estaba reprimido en su sexualidad, que bueno que me tocó a mí despertarla, y enseñarlo a gozar mucho. De allí en adelante, adolorido y bien cogido, Joel viajó a pie hasta que la cabaña apareció y ahí estaba Daniel esperándonos ansiosamente, él nos miró y una notoria erección ensanchó su corto short provocando en mi una sonrisa y una erección también. Joel que también se notaba excitado, nos ordenó a ambos entrar y al cerrar la puerta decidió dejar afuera cualquier sentimiento de culpa por lo que iba a suceder. En medio de la habitación, después de haber descansado y cenado, los tres nos miramos sin decir palabra. Joel se sentó a observarnos en silencio. Yo me puse delante del negro fornido y lentamente lo desnudé. El magnífico gigante negro relucía bajo la luz de una vela y yo me extasié ante la vista de la enorme verga erecta apuntando directamente hacia mí. Como en trance, me desnudé, le ofrecí mi cuerpo, especialmente mis nalgas hambrientas de su sexo, y me hinqué después frente a la verga de Daniel, metiéndola en mi boca frente a la atenta mirada de mi primo, yo sentía hervir mi sangre de lujuria por todo aquello.

Mi cabello acariciaba el vientre de Daniel mientras le chupaba con ímpetu su enorme miembro. Joel observó maravillado mi afanoso trabajo hasta que yo loco de deseo me di la vuelta ofreciéndole mis rosadas nalgas al negro. Daniel miró a su patrón, y con imperceptible movimiento éste le hizo una señal para que continuara, mientras Joel se acercaba para ver bien todo lo que iba a ocurrir. Como en un sueño, Daniel tomó su enorme verga oscura, se la acarició y la acercó a mi culo. Joel estaba a escasos centímetros, su cara casi descansaba sobre mi espalda tensa y cuando la punta lustrosa empujó para entrar, Joel pudo observar cómo mi esfínter se abría lentamente, dilatándose hasta darle cabida al grueso miembro y la temible espada negra babeante de precum de su excitación, entraba casi en su totalidad en mi bien usado y gozado culo.

Como si eso fuera poco, el miembro se puso en movimiento, y con lentas y controladas embestidas, comenzó a cogerme en una forma tan rica y suave. Para Joel eso fue demasiado. Se quitó las ropas también y se unió a nosotros, buscando dónde acomodar su miembro, tan hinchado y duro como nunca antes. Mi boca lo recibió contento, lamiendo la gorda punta, saboreando la excitada cabeza mientras de vez en cuando lengüeteaba también sus pesados testículos. Daniel incrementó la fuerza de sus embestidas, impulsándome hacia el frente, obligándome a acoger en la boca la totalidad del hinchado miembro de mi primo. Necesitado de más acción, Joel me sacó el pito de la boca y le buscó acomodo entre las suculentas y prietas nalgas de Daniel, que por primera vez se dejó montar sin mayor inconveniente, perdido en las sensaciones que mi culito le estaba proporcionando.

El culo del negro le ajustaba en la verga de Joel de una forma deliciosa, pero con cada vez mayor ansiedad empezó a desear mi culo, que justo en esos momentos llevaba a Daniel al clímax, exprimiéndole la verga hasta dejarlo seco. Entonces el negro Daniel se retiró, y mi primo Joel se agachó entre mis nalgas y me las abrió de par en par. Colocó su robusta verga en mi perforado túnel trasero, y preso de una salvaje excitación, Joel selló con su verga embravecida la salida, proyectándose dentro de mí con un violento empujón hasta la empuñadura, ya que el negro me había dejado muy bien lubricado con abundante semen. Así, mi culo se vio lleno de nuevo, sin haber tenido el menor respiro, y el cuerpo saturado ya de sensaciones, explotó con aquella nueva intromisión, obligándome con sus estertores a que la verga de mi primo también escupiera su carga de leche al mismo tiempo. Jadeantes y sudorosos, los tres hombres dormimos esa noche juntos en la misma cama, y por primera vez en su vida, Joel hizo a un lado sus costumbres para permitir que un negro durmiera en el mismo sitio que él.

En la madrugada, el calor de nuestros cuerpos encontró nuevas oportunidades de dar rienda suelta a las oscuras y lujuriosas fantasías que nos alimentaba. Los tres nos entregamos a los tres totalmente. Daniel se cogió a Joel mientras yo alternaba entre cogerme a Daniel y dejarme coger por Joel. Fue alucinarte el placer que nos dimos. Joel y yo ambos cabalgamos uno después del otro la verga increíblemente erecta y resistente de Daniel haciéndolo preñarnos con su semen. Después Joel y yo juntos le chupamos y lamimos su pito cubierto de semen, compitiendo abiertamente por sus favores. Daniel intuyo que esta era una despedida y nos uso al máximo, permitiéndonos como recompensa usar su culo cuantas veces quisimos hasta quedar saciados, vaciados y contentos los tres, ahora totalmente en compinchados y compenetrados.

Dos días después salí para Caracas. Fue algo tan bonito mi experiencia en la hacienda, me encantó vivirla y deseo que se reviva todo eso. Quiero ir de nuevo a esa hacienda y estar con ese guapo negro Daniel y con mi lujurioso primo Joel, que terminó gustándome mucho el cabrón. Me ha mandado a llamar y dice que me espera la semana entrante y que me tiene una sorpresota especial para mi, no se que será, pero se que será sensacional volver, Además me quedó el orgullo de haberle roto el culito a mi primo, eso me hace adorarlo. Deseo revivir, lo que experimentamos, espero que pronto se me cumpla... Quiero gozar nuevamente al negro Daniel tan ardiente y fenomenal, pero juntos los dos con mi adorado primo Joel.