Aquella vez, con mi hermano
Hay cosas en la vida que llevan a hacerte miles de preguntas, el cómo y el por
qué ocurren es algo que no sé, pero sí sé que se debe sacar provecho de ellas
dado que el sexo es algo muy básico en la existencia de todo ser humano.
Yo siempre he tenido una gran confianza con mi hermano. Siempre, ya desde niños;
y aunque nos llevábamos diez años, lo que pasó entre nosotros creo que afianzó
aún más la confianza del uno hacia el otro y abrió una nueva manera de pensar en
nuestras mentes. Por suerte yo aún era joven, y vivía solo, pero si lo que pasó
hubiera ocurrido en la actualidad, creo que no lo hubiera encajado bien. Me
había independizado de mis padres cuando acabé la carrera de magisterio y me
había podido colocar como maestro en una escuela rural cercana a nuestra
población. Tenía 26 años, una novia con la que no veía nunca el día de casarme
con ella, y muchos amigos. Entre ellos también estaba mi único hermano, Alberto,
que tenía 16 años de edad. Alberto estudiaba, y decía que quería ser futbolista.
Tenía a todas las chavalas de la escuela a sus pies, o eso decía. La verdad es
que era bien parecido, alto, de tez morena y tenía una gran dote de simpatía y
cordialidad que bien le valdría para sus conquistas. Lo peor era el acné, el
maldito acné juvenil que a todos alguna vez nos ha agobiado en nuestra
adolescencia.
Él me lo contaba todo. Desde lo que había desayunado, hasta las cosas que
hablaba con sus amigos. A pesar de ya no vivir bajo el mismo techo, pasaba
muchas horas en mi casa; a veces comía allí, hacía los deberes, chateaba en mi
ordenador o simplemente venía a esperarme para verme y contarme sus cosas.
Recuerdo que una vez le pillé in-fraganti viendo páginas web porno. Ese día no
se molestó, ni se sintió aturdido ni avergonzado, simplemente me invitó a ver lo
que él veía y acabamos hablando de tetas, de culos y de tías buenas. Todo
fenomenal. Recuerdo que me pregunté qué efecto causarían en él esas imágenes de
mujeres desnudas, y si se masturbaba pensando en ellas. Resultó que sí, puesto
que a partir de ese incidente me lo comentaba todo, y una vez llegó a decirme
cuántas pajas se había hecho ese día. Era lógico, me tenía mucha confianza, y yo
a él, de modo que en lo concerniente a temas de sexo nos lo contábamos todo. Yo
le hablaba a él de los polvos que me pegaba con mi novia, y él a mí de sus
pajotes y de sus primeros escarceos con las chicas. Hasta ahí bien, pero...
Cierta noche en que se quedó a dormir en mi casa, saltando entre canales de la
televisión dio con el canal porno. Estábamos sentados frente al televisor
aburridos de tanta tele. La idea de ver una porno debió de parecerle algo más
divertido que la vida privada de los famosos y pseudo famosos que pueblan
nuestras pantallas. A mí el porno me aburre, pero consentí en que viera la
película a cambio de que se fuera a dormir y me dejara corregir unos exámenes
con tranquilidad. La escena de la película no era nada especial. Sexo oral y
folladas a lo loco. Sin embargo, y pese a que no era el primer porno que Alberto
veía, parecía gustarle la película.
- ¡Qué “pedazo” de polvo están dándose esos dos! -exclamó divertido- ¡Cómo me
gustaría hacerlo así con alguien! ¿Oye, tú follas así?
Yo me reí, y le conté que en la vida se debe de follar mejor que en esas
películas, porque en ellas todo es falso.
- ¡Pues a mí me está poniendo caliente! –dijo tras considerar mis palabras- La
tengo dura –añadió.
Efectivamente. Un bulto delator había aparecido en su bragueta. No me sorprendió
en absoluto. La sorpresa fue que se estaba acariciando la entrepierna de sus
jeans mientras miraba la película. En ella, la escena mostraba cómo una mujer
masturbaba a un hombre, mientras éste lamía los pezones de la mujer. Pese a que
ya habíamos visto correr leche a raudales y oír los gemidos doblados de los
actores de la película, yo intuí que esa sería la escena final. Mejor, así
Alberto se iría a dormir y yo podría corregir mis exámenes.
- ¡Joder macho -exclamó mi hermano excitado- qué paja le está haciendo!
Y de pronto se desabrochó los botones de la bragueta de sus pantalones y se sacó
la pinga.
- No te importa, ¿verdad? –preguntó cuando empezó a masturbarse.
- ¡Alberto, haz eso en el lavabo! –exclamé medio en broma, medio en serio.
Lo cierto es que la calentura también estaba afectándome de tanto culo y tanta
teta.
- ¡Cómo me gustaría que fuera otra mano la que me pajeara! –exclamó- ¡Y que
fuera la de esa rubia de la tele!
Yo me reí esta vez por su ocurrencia.
- ¿Tu novia te la ha “pelao” alguna vez? –me preguntó
- Claro, ella y otras –contesté divertido.
- Debe de ser la hostia –aseveró él agarrando su pene entre las manos.
Y mirándome a los ojos dijo:
- Oye, ¿tú no me harías una paja ahora mismo? ¡Estoy tan caliente que ya me da
igual todo! ¡Hazme una paja!
Su voz sonaba divertida, y no podía saber si hablaba en broma o en serio.
Después retiró las manos de su verga, pero siguió mirándome. Yo bajé la vista
hacia su herramienta. La verdad es que el chaval tenía una buena acreditación
para circular por la vida. Un pene largo, de unos 18 centímetros, grueso. Las
venillas destacaban sobre ese pedazo de carne como reclamos en los escaparates y
algunos pelillos púbicos asomaban aquí y allá para completar ese alucinante
cuadro. Me atrajo lo que vi. Quise sentir lo que era agarrar una buena verga y
sentirla entre mis manos. Nunca estuve con hombre, pero lo que mi hermano tenía
entre las piernas me puso a cien por hora. Mi cuerpo se tambaleaba. Su pene era
hermoso. Así que se la agarré y apreté. Empecé a masturbarle lentamente, como
cuando me masturbaba yo en momentos íntimos. Él gimió. No esperaba que yo ni
siquiera le rozase el miembro. Pero yo iba despacio, saboreando su placer como
si fuera el mío... Tanto que fui animándome hasta el punto de chuparle el nabo.
Ya no sentía ni repulsión ni miedo, ya que si agarrar su pene entre mis manos me
había encendido, ahora lo que me pedía el cuerpo era comérmelo. Y eso hice. Mi
hermano casi se desmaya.
- ¡Dios mío! –casi gritó- ¡Es la primera vez que me la comen! ¡Oh, qué placer!
Recuerdo cómo arqueó su espalda y dobló su cuello, mirando al techo. Y sus
jadeos. A veces yo lo miraba a la cara y me fascinaba ver su rostro desencajado,
su mandíbula entre abierta, sus ojos entornados y sus jadeos. Aún los oigo en mi
cabeza... Su glande jugoso, como una fresa, era sorbido por mi lengua casi al
mismo ritmo de sus gemidos...
- ¡Hermano, Diosssssss qué placer... no te detengas que me voy a correr! –gritó
bien fuerte...
Instintivamente dejé de lamerle el nabo. Dos chorros de leche salieron
disparados de su pene, y fueron a estrellarse contra mi cara, mientras él ya
gritaba de placer. El resto de su corrida fue a parar al sofá. Me incorporé, me
bajé los pantalones y le ofrecí mi miembro erecto, duro como el acero, para que
hiciera con él lo que se le antojase. Me ardían las pelotas, me parecía que me
iban a reventar. Nunca en mi vida me había sentido tan caliente, nunca y el
hecho de que fuera mi propio hermano quien me había provocado tal calentura ya
no me importaba. Sentado, y desde el sofá, me lamió primero el capullo y luego
se la tragó de golpe. Mis 15 cm. fueron literalmente engullidos por su boca.
Pese a que ya había practicado el sexo oral con anterioridad, y con mujeres,
aquella vez sentí que me iba a estallar la verga en su boca. Era tanto el placer
que estaba experimentando con mi hermano, y tan incontrolable, que creía que iba
a perder la razón... Me puse en pie y él se agachó, y desde el suelo, continuó
su trabajo.
Yo cerré los ojos. Mi hermano siguió comiéndome el nabo durante un rato, y yo
perdido en el placer que eso suponía para mí, casi ni me di cuenta cómo él
estaba jugando con la entrada de mi ano. Me metió un dedo al tiempo que me lamía
la polla. Esa vez aullé de placer. Después mi hermano se las apañó para meterme
dos dedos. Creo que estaba explorando mi culo virgen, mi culo que nunca había
sido perforado por nadie. Consciente de que si le dejaba hacer iba a perder mi
hombría, no pude controlar ni el placer que experimentaba al sentir cómo me
comía el nabo y me metía sus dedos por el culo.
Estuvo un rato así, oyendo mis gemidos y dándome placer hasta ahora desconocido
para mí. Y cuando se incorporó vi que su polla estaba dura otra vez. Se bajó los
pantalones hasta los tobillos, tal y como los tenía yo ahora, y me masturbó...
Después se colocó detrás de mí, sin dejar de masturbarme. Me empujó hacia
delante, lo cual hizo que doblara la espalda y que me sujetara a la pared,
frente al sofá, ofreciéndole lo último que me quedaba: mi virginidad. Nada ya
pudo detenerle. Me la introdujo fuertemente, sin ningún tacto ni mimo, y a causa
de su inexperiencia, su pene se salía y volvía a entrar. A cada acometida yo
gritaba como un loco. Me estaba empalando. Me estaba reventando por dentro,
usando su fuerza y su brutalidad hasta ahora insospechadas. Le oía jadear a mis
espaldas, mientras yo sentía mi culo como si me fuese a estallar... Siguió
pajeándome mientras empujaba su barra de carne en mis entrañas. Unas cuantas
acometidas más y me corrí... Toda mi leche cayó sobre el sofá, y pese a que me
dolía tenerle dentro, fue el orgasmo más intenso que nunca tuve.
Me quedé temblando y pronto los jadeos de mi hermano se intensificaron y noté
una tibieza en mi culo. El muy cabrón descargó dentro de mí. Cuando terminó
dijo:
- Acabo de follarme a mi hermano mayor... ¡qué pasada!
Luego se salió y fue a limpiarse. A continuación se tomó un plátano. Y no es que
desde entonces lo hagamos cada día... no, yo creo que para él fue un hecho
aislado. Alberto siguió con sus novias y sus amigas, hasta que se echó novia
formal cuando cumplió veinte años, se casaron y tuvieron hijos. Por mi parte yo
dejé a mi novia, porque decididamente no me apetecía casarme con ella... Ahora
voy con chicos... Y soy feliz así.
@LECKS2005
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