Bakalas
Todo esto sucedió en el verano. Tengo 17 años y tengo bastante buena planta,
soy guapete y estoy fibrado. Me gusta tener apariencia de bakala. Cada
vez que salía a dar una vuelta solía fijarme en los grupos de tíos que se
juntaban en distintas zonas de la calle, como en todas las grandes ciudades.
Concretamente en un grupo de bakalas que se juntaban en un parque junto a la
playa. Eran de mi edad o quizá tendrían un par de años más, unos 19, y era
el típico grupo de nenes bakalas y vacilones. El que más me llamaba la atención
era un tal Alex: era alto, 1'80, era muy guapo, tenía los ojos azules, el pelo
negro y engominado de punta, tan típicamente bakala. Tenía un aro plateado en
cada oreja e iba siempre con unas gafas de sol arnette blancas. Tenía un cuerpo
bastante bien trabajado a base de gimnasio. Siempre lo veía sentado en su moto
de carretera, pintada de colores llamativos, como el resto de sus colegas.
Con la llegada del verano empezaban a descubrirse, y podías ver a aquellos
bakalas sin camiseta. No podía evitar quedarme mirándolos cada vez que pasaba
cerca de ellos. Un día, ya en Agosto, bajé a dar una vuelta por la playa cerca
de donde se juntaban. Allí estaban todos. Aunque tenían un aspecto parecido,
no podía evitar centrarme en ese Alex; era muy conocido por haber ido con una
lista de tías interminable. Me quedé observándolo detenidamente, vestía un
pantalón largo blanco de nike y no llevaba camiseta. Su piel ya estaba bastante
dorada por el sol del verano y hacía un contraste notable con el color de su
pantalón y sus gafas. Tenía unos brazos musculados y fuertes pero no demasiado
gruesos, una espalda ancha y firme, y unos abdominales más que trabajados.
Sonreía chulescamente con sus colegas. Tenía ese aspecto de chulo, vacilón y
perdonavidas que sólo los bakalas tienen. En uno de sus brazos llevaba tatuados
unos tribales, lo que le daba aún más aspecto de vacilón. Lucía su cuerpo
con descaro, y yo mirándolo, me estaba excitando tanto que no me di cuenta del
largo rato que llevaba allí mirando y de lo cerca que estaba de ellos. Me di
cuenta cuando Alex bajó de su moto y me dijo:
- ¡Eh! ¿qué coño miras? - se acercó hacia mí cuando volvió a decir:
- Que qué miras! maricón! ¿es que te la pongo dura?
En ese momento me largué de allí, y él ya no me siguió.
No volví a verlos hasta el fin del verano. Una noche, volviendo a casa pase por
la puerta de un local donde se reunían. Creí que no estaban, pero justo al
pasar por la puerta, alguien la abrió. Cuál fue mi sorpresa cuando vi allí a
Alex. Me dijo:
- ¡Hombre! si es el nene que me estaba mirando el otro día!.
Yo con disimulo le decía:
- No, tío, creo que te equivocas, yo no te estaba mirando.
Pero mientras le decía eso, no podía evitar comérmelo con los ojos, iba otra
vez con ese pantalón blanco, y nunca lo había tenido a un palmo de distancia,
me quedé mirando sus abdominales y sus brazos ahora con todo detalle, también
su cara. Sentí unas ganas terribles de palparle todos sus músculos, y de
sobarle el paquete. Sentía ganas de calentarlo. Por lo visto me empalmé
considerablemente, y él que se dio cuenta dijo:
- ¡Eh! vamos a invitar a este maricón, que le voy a enseñar lo que es bueno.
Me metieron a aquel local por la fuerza y cerraron la puerta. Estaban todos
sentados por sofás, bebiendo y tomando drogas. Alex se preparó una raya, y a
continuación se la metió. Preparó otra y me dio a mí un canuto que él se
había metido en la nariz.
- ¡Eh! nena, ¿no te la metes? - me dijo.
- No, esto no me va.
Me cogió por el cuello y me dijo en voz baja:
- ¡Eh! te he dicho que te la metas!
Asustado accedí, puse el canuto en mi nariz y me metí la raya. En el momento
noté los efectos, me cogió bruscamente y me llevó a una habitación con una
cama y me tiró sobre el colchón.
- Ahora verás, cabrón, te vas a enterar, por mirón!
Me arrancó la ropa, me dejó desnudo en la cama. Seguidamente se quitó él su
pantalón y dejó al aire una polla muy gruesa, yo estaba inmerso en el miedo y
la excitación que me producía aquel bello y trabajado cuerpo, y sabiendo qué
es lo que iba a sucederme. Me cogió, escupió en mi culo y lo restregó. Escupió
en su polla y la frotó con la mano hasta que quedó toda bien resbaladiza.
Entonces puso mis piernas sobre sus hombros, puso su capullo en mi culo y sin
mediar palabra con un fuerte y doloroso empuje, me la metió hasta el fondo. Yo,
por miedo, no grité, pero me hacía daño. Pero poco a poco el dolor bajó en
intensidad, y sólo notaba el cálido roce que todo el perímetro de su polla
hacía dentro de mí, que era muy placentero. Me follaba con fuerza, con decisión,
y al mismo tiempo me sujetaba fuertemente con sus brazos. Estaba excitadísimo.
De vez en cuando conseguía tocar alguno de sus músculos, eran fuertes y
estaban tensos. Me había hecho muchas pajas pensando en ese tío y me empalmaba
mirándolo a él y sus colegas, pero ninguna de mis fantasías podía acercarse
a lo que aquello estaba siendo en realidad, no podría describir exactamente cómo
de bueno estaba aquel tío, ni podría explicar lo dominado y poseído que me
sentía por él. Era algo genial, llevaba más de media hora enculándome, y en
ningún momento había ido más lento o había bajado el ritmo. Actuaba con una
extraña fuerza, durante todo el tiempo usaba su máxima potencia. A mí ya me
ardía el culo, y el sudor comenzaba a resbalar por su cuerpo; apretaba los
dientes, y su gesto era de malo, de enfadado, y a su vez como de estar
realizando un esfuerzo sobrehumano. Empezó a respirar más rápidamente y apretó
mis caderas con sus manos, no sólo apretaba, me clavaba sus dedos, y empezó a
correrse y a gemir, aún me daba más fuerte, como si la vida le fuera en ello,
hasta que me inundó por dentro. Cuando terminó, sacó su polla, me miró
mientras recuperaba la respiración y me dijo:
- ¡Qué!, ¿te ha gustado, maricón?
Yo lo contemplaba ahí de pie, y no pude ni contestar.
-Ah, que aún no has tenido bastante, ¿hijo de puta?
Llamó a unos colegas que estaban en el sofá, y mientras se ponía el pantalón
les dio órdenes:
- Atadle las manos a la cama y os lo folláis, vosotros tres. Voy a tardar un
par de horas. No quiero que dejéis de encularle hasta que no llegue, ¿entendido?
Dicho esto se fue, y entraron tres colegas suyos. Vestían a lo skin, unos
pantalones ceñidos, botas militares y una cazadora alpha bomber. Me quedé
sorprendido, no les importaba que aún fuese verano, preferían llevar ese
aspecto de matones. Me cogieron, me ataron los brazos a la cama como les habían
indicado, y luego uno de ellos se desabrochó el pantalón, se sacó la polla y
me la metió. Empezó a follarme, y aunque su ritmo no se podía ni comparar con
el de Alex, también me estaba dando buena caña. Siguió dándome sin pausa
hasta que se corrió monumentalmente. La sacó y se puso otro a darme. El culo
me ardía una barbaridad, pero tantas corridas me habían lubricado bastante
bien y las embestidas eran muy placenteras.
Las casi dos horas se hicieron muy largas. Cuando Alex entró, aún me estaba
follando el tercero. Le dijo:
- Dani, córrete ya.
Apretó un poco el ritmo y se corrió, mientras tanto él se volvía a quitar el
pantalón. Qué cuerpo que tenía, era inigualable, bello, proporcionado,
fuerte, fibrado, trabajado, tenso, y sumado a su apariencia de bakala y la forma
de la que se comportaba... me habían estado follando durante tres horas, él y
sus tres colegas, que ya se habían ido y me habían llenado por dentro de
leche, la notaba caliente por todo mi interior. Alex me dijo:
- ¡Qué!, ¿te ha gustado ahora?
Me la volvió a meter, y deleitándose con esa lubricación natural, estuvo unos
10 minutos dándome, como él dijo, para que recordara quién follaba mejor. Me
la sacó, me puso un cojín bajo la cabeza para que la tuviera inclinada. A
continuación se sentó sobre mi pecho y me la metió en la boca.
- Venga, mama, cabrón!
Sabía a macho, sabía a cabrón, sabía a follador, en definitiva, sabía a
bakala. A los pocos minutos, mientras me sostenía la cabeza con sus manos,
descargó una abundante corrida en mi boca, que me hizo tragar. Se puso de pie y
me dijo:
- Oye perra, ¿sabes qué hacen los animales para marcar propiedad?
Se puso de pie, cogió su polla y empezó a mearme en la cara, y no me dio asco,
me excitó aún más. Cuando acabó dijo:
- Ahora eres mío.
Viendo cómo se vestía otra vez, sin poder tocarme, me corrí como nunca antes
me había corrido, hasta me dolieron los cojones. Él me miró, sonrió
chulescamente y se fue.
***