De Valerio Albo a Lucio Barbo. Salud.
Como dije, ha sucedido. Marco ha acudido hoy al senado para pronunciar su último
discurso. El más joven de los senadores ha sido detenido por fin. No puedes
imaginar lo feliz que soy.
Según dice Fabio mi esclavo, dos manipulos pretorianos aguardaban su salida por
orden del César. Lo dejaron dar unos pasos sin que en su ánimo se levantara
temor alguno cuando, frente a la Basílica Emilia han caído sobre él, lo han
maniatado como al vulgar conspirador que es, y se lo han llevado al castro
pretorio de donde, según he sabido, saldrá en breve hacia un destierro de por
vida. Con él, Roma pierde al más bello de los patricios pero, su pérdida redunda
en la tranquilidad que todos necesitamos para que nuestro oro se amontone en las
arcas. ¿No es así, amigo mío?...
Marco siempre soñó con la restauración de la república; siempre con la sencillez
que le daba a su carácter la seguridad de ser un patricio ni siquiera comprendió
que el mundo ha cambiado. El Imperio es Roma, y Roma somos nosotros, los
caballeros, los que la llenamos de oro, no él y sus patricios rancios -pero
sumisos-, cuya única virtud es el prestigio de sus viejos nombres. ¿De qué te
servirá tu rango ahora, Marco?. Todo lo tuyo será confiscado y mañana yo u otro
como yo poseerá tu casa, tus tierras, tus esclavos y en especial, aquel
mozalbete de cabellos de oro con el que te acuestas cada noche, la fuente de tu
placer y el objeto de tu amor. Si el César lo subasta, por Júpiter que será mío
y que yo le enseñaré lo que es un hombre.
En fin, querido Lucio. Que nuestro odio por Marco no nos robe la alegría de su
caída. Mientras escribo sonrío pensando en cómo nos amamos los tres, ¿recuerdas,
de jóvenes, el día en que vestimos la toga viril por primera vez?. A partir de
ese momento todo fue mal, pero ese día fue especial, sobre todo para Marco que
custodiaba su virginidad como si fuera una vestal. Cuando la ceremonia teminó
comenzó todo. Recuperamos nuestros jubones de muchacho, salimos a la calle
respirando el aire de la libertad de ser mayores de edad y nos metimos en todas
las tabernas que encontramos apurando los vasos de vino griego, o de hispania,
no lo recuerdo, hasta que al anochecer dimos con nuestros cuerpos mareados en
las termas. ¿Recuerdas el calidario, amigo?. El vapor humeando, nuestros cuerpos
desnudos a medio sumergir, tersos, elásticos, los pasos del esclavo descalzo
llevando consigo los paños de lino egipcio y, frente a nosotros los cuerpos
retorcidos de aquellos dos soldados, haciéndose el amor sin importarles nuestras
ávidas miradas.
Fue un atardecer maravilloso según recuerdo, libres nuestras mentes del vapor
del vino, nos deseamos como nunca lo habíamos hecho, en especial cuando aquel
chorro de esperma del soldado cayó repiqueteando al suelo por entre las nalgas
del compañero que, con tanto esfuerzo se lo había arrancado. Deseamos lanzarnos
el uno sobre el otro pero el momento no había llegado aún pese a las erecciones
que nos adornaban, en especial a Marco, siempre armado, con esa cabza roja que
tanto nos gustaba aprisionar entre los dientes hasta obligarle a vomitar el
tesoro que sus testículos custodiaban. Mientras contemplábamos el cuerpo rudo y
musculoso del soldadito caído tras la árdua conquista sobre el frío mármol, nos
recostamos en las mesas heladas.
El esclavo acudió y sus manos esparcieron el aceite sobre nuestros cuerpos:
primero la espalda, las piernas, las nalgas, luego nos volvimos y el tímido
muchacho, esquivando nuestros sexos en ebullición, nos resiguió cada centímetro
como nunca antes nadie lo había hecho. Primero te tocó a ti. lo recuerdo bien
porque estabas a mi derecha tendido como muerto, tratando de que la respiración
no delatase tu excitación, pero fue en vano porque cuando el esclavo comenzó
conmigo liberaste un latigazo blanco y líquido que te inundó por completo la
fina línea alba. Me dejé hacer y por fin fue el turno de Marco, de que su cuerpo
fino y largo como un junco, sintiese las caricias de las manos de aquél hombre
joven y moreno, tal vez un sirio, ¿no crees?. Pero tú te levantaste, te seguí y
rodeando la mesa de Marco, fueron nuestras manos las que resuiguieron las formas
de sus llanos pectorales, de sus bloques abdominales tensos como las tripas de
un arco y por fin comenzamos a remover las dos esferas apretujadas en la bolsa
de piel que apenas podía contenerlas mientras cada latido del corazón del chico
era visible en el pálpito que producía en ese pene largo, inacabable de cabeza
enrojecida y aleros abiertos.
Entonces cada uno de nosotros tomó una de sus piernas para abrirle de par en par
y el sirio se dio la vuelta para retirarse. Tú le hiciste quedar. Metiste la
mano en su entrepierna sacando por el borde del taparrabos un oscuro fruto
esférico con una larga vaina florida y algo curva en su parte superior,
sonreíste y esparciéndole los jirones blancos que caían por su glande tostado y
descubierto le escupiste en él para prepararlo. El esclavo comprendió, máxime
cuando mi diestra le arrancó el feldellín descubriendo aquellas nalgas duras y
perfectas y el vientre liso pero rígido como una piedra bajo el cual se
desarrollaba por momentos un sexo de hombre, no el de un muchacho.
Marco no dijo nada; sólo apartó la mirada del esclavo clavándola en los floridos
mosaicos del techo, mientras girábamos su cuerpo para que sus piernas colgaran
de un lado de la mesa y su cabeza de cabello ensortijado, del otro. Le sostuve
por la nuca, le sonreí y dije "hoy vas a saber cómo es una polla de verdad". Así
te llegó el turno, Lucio: tomaste el rabo del sirio, lo encaraste, él se alojó
entre los muslos de su objetivo y tras una palmada tuya en sus frías nalgas, se
clavó hasta el fondo, sin más preámbulos, hechando al aire su cabeza para
exhalar el mismo suspiro de dolor que el pecho de Marco impidió salir.
Aquél esclavo estaba bien acostumbrado al sexo rudo de los postíbulos, a los
otros esclavos con los que aliviaba sus necesidades por lo que para Marco
aquello debió ser una tortura que, sin embargo, soportó con docilidad pese a la
violencia de las montas del semental moreno. La angustia del sirio por vaciarse
en el vientre de un patricio por primera y tal vez por última vez en su vida le
llevó a una carrera frenética que hacía que sus testículos chocaran
violentamente con el cuerpo de Marco produciendo un extraño aplauso sin sentido.
Mientras el cuerpo moreno y rígido se curvaba cada vez más por efecto del
cansancio hasta que entre su pelvis huesuda y la de Marco sólo había el tronco
del pene y los dos testículos, dolorosamente aplastados por el vigoroso
semental.
En aquel momento cuando casi no podía resistir el deseo de echarme sobre tu sexo
o el de Marco, amigo, me di cuenta de que el soldadito, sentado en el borde
opuesto de la piscina contemplaba la escena aliviándose con su propia mano, por
lo que sin pensarlo me eché de cabeza al agua, buceé y saliendo por entre sus
piernas le besé sin más el finísimo escroto que traslucía dos formas grisaceas y
le dije "¿vienes?". Él se sonrió, "claro", resopondió, y ambos nos unimos al
grupo cuyo objetivo primordial era el cuerpo de Marco que se arqueaba por una
mezcla de dolor y placer que jamás había sospechado que existiera.
El soldadito resolló, en pie frente a la cabeza de Marco con su pene en mi mano.
Miré a los ojos lánguidos de Marco y le dije "ahora te vas a comer esta polla,
amiguito" y él, simplemente entreabrió los labios para que mi mano le clavase el
rosado ariete literalmente hasta la garganta. El resto sólo fue esperar viendo
cómo aquellos dos hombres tocaban y penetraban el talle perfecto de nuestro
amigo acariciando los testículos de los dos hombres, los de Marco y
masturbándonos en pie, con la mano que nos quedaba libre esperando a que ambos
estallaran en el cuerpo de ese joven que se les ofreció en todo momento sin la
menor resistencia. ¿Cómo puede ser alguien tan sumiso en la cama y tan agresivo
en el senado, Lucio?... no lo entenderé jamás.
Espontáneamente, como si sus genitales no pudieran alojarlo por más tiempo, el
semen de Marco se derramó en su propio flanco, emitido por un pene curvado por
una tensión que desconocía. El sirio no pudo soportar por más tiempo los
estertores del muchacho y simplemente eyaculó en sus intestinos curvando su
tronco hacia atrás para que su verga llegara hasta el fondo exprimiendo los
testículos que tú te empeñabas en exprimirle como si de limones se tratara.
Luego le llegó el turno al soldadito ¿recuerdas?, su vientre se dobló al mismo
tiempo que sus piernas para que el glande tocase fondo en cada embestida y Marco
nos aventajó al menos en saber a qué sabía el semen de un hombre desbocándose
hirviendo por toda la boca, acumulándose en los labios por efecto del bombeo del
enorme pene hasta que el miembro, al retirarse, expulsó en su cara el último
manguerazo.
Fue una noche gloriosa, ¿por qué no decirlo? aunque lo mejor para ti y para mí
llegó luego, en tu casa del celio. Siempre recordaré aquella cama y los tres en
ella, rodando, haciéndonos cuanto queríamos y el sublime momento en que tu
esperma me llenó por vez primera la boca mientras te regalaba el mío con un
placer que hacía que mi cuerpo volase, y recibía en mi vientre las descargas de
Marco que jadeando a mi espalda alcanzaba su primer éxtasis y con él, la
extenuación.
Sí amigo mío, así comenzamos y así acaba la cosa. Tú y yo felices, ricos, con
una vida llena de placeres gracias al oro, por supuesto, y ese pequeño bastardo
encerrado, a punto del destierro si es que esta noche no acaba sin que una
espada le traspase las costillas por orden del palatino... ya me comprendes.
Pero eso no haría sino incrementar mi satisfacción, ya ves!
Ahora concluyo esta carta. Un esclavo te la lleva personalmente en uno de mis
barcos que sale de Ostia al amanecer si todo va bien. No sé cuándo la recibirás
en Djemila pero respóndeme. Sabes que te añoro. Estoy esperando a que el esclavo
termine su cometido. Con él están el hermano menor de Juba y un joven gala que
compré hace meses para que los esclavos pasasen las noches más divertidas. El
chico, Diómedes, está de pie con las piernas bien separadas empalado por la
verga interminable del hermanito de Juba que se mueve a su espalda excitándole
la próstata con la enormidad de su falo. Arrodillada frente al chico, Helena lo
masturba con fiereza, lo chupa, se vale de dientes y de cualquier artimaña para
darle más y más placer pero el hermano de Juba cierra sus dedos en la raíz del
pene de Diómedes con tal fuerza que ni una gota de esperma puede escapar por su
glande.
Torturo así al muchacho durante horas cada día, Fausto. Sólo puede eyacular
cuando se lo permito, después de una agonía interminable, pero vale la pena, al
menos para mí.
Hago que se acerque a mi mesa, Helena le sujeta entonces el miembro libre, se lo
excita por última vez y hace que deposite su semilla en una copa de tierra
cocida como está haciendo ahora mismo. El semen se arremolina mientras el cuerpo
del chico hace esfuerzos por no desplomarse agotado. Helena sigue cargando con
su mano sobre el torturado glande arrancándole hasta la última gota,
exprimiéndole los testículos dolorosamente para liberarle de todo su contenido y
entonces sonriendo por su triunfo, me muestra la copa con el contenido de las
vísceras sexuales de Diómedes, empapado en sudor frío. Vierte el vino despacio
en la copa, muy despacio. el semen gira formando jirones que se van disolviendo
lentamente, sólo sobrevive la parte más espesa y agridulce y, querido Lucio, lo
tomo tranquilamente hasta apurar la última gota.
De Valerio a Lucio
s t v b e b v*
ps: cuando Diómedes llegue con la carta a Djemila, haz que muera, ya casi no me
sirve.
Valerio.
*si tu vales bene ego bene valeo.
Si tú estas bien, yo estoy bien.
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