Biblioteca Pública
Primera Parte

 

Cuando era pequeño (tendría unos quince años), solía ir todos los viernes por la tarde a la biblioteca de mi pueblo. Me pasaba las horas muertas entre aquellas paredes cubiertas de libros y libros. Cuando por fin cogía uno que me resultaba interesante, me sentaba a una mesa y me sumergía de lleno en el mundo de aventuras, alegrías, miserias y multitud de situaciones que pasaban por las vidas de los protagonistas del libro.

         Una tarde de verano, me encontraba en la mesa del rincón con el libro abierto delante de mí. Al alzar la vista, vi a un chico jovencito (tendría 1 ó 2 años menos que yo) que se acercaba a la misma mesa donde estaba yo pero sentándose unas 2 sillas más a mi izquierda.

         Me quedé mirándole. Era rubio, de complexión atlética, con gafas, pelo corto. Y me fijé en que tenía unas piernas muy bien formadas llenas de vello rubio (como era verano, iba con pantalón corto).

         Mi polla empezó a ponerse dura. Yo cada vez estaba más caliente, así que retiré un poco la silla hacia atrás y me metí la mano en el pantalón. El chico me miró de reojo y siguió con su libro.

         Yo me estaba poniendo muy cachondo. Miré a mi alrededor y vi que no había nadie cerca. El bibliotecario estaba ocupado ordenando unos libros así que no me preocupé. Saqué mi polla tal cual estaba: gorda y dura. El chico dejó por completo su libro y me miraba fíjamente mientras se relamía los labios. Yo le dije en un susurro:

- ¿Te gusta mi polla?

Él se relamió más y, moviendo los labios, formó la palabra:

- Sí.

         Le hice una seña con la cabeza mientras le decía:

- Vamos!

Él se levantó y avanzamos hasta el WC de la biblioteca. Hicimos como que nos colocábamos en los urinarios sin hablar ni nada. Él me dijo:

- Tienes una polla muy grande.

Yo le dije:

- Enséñame la tuya, peque.

Él pareció un poco turbado pero accedió. Vi que la tenía un poquito más pequeña que la mía pero aun así era una polla preciosa. Acerqué la mano y él retiró la polla. Sonreí y le dije:

- No tengas miedo, mi vida, no te voy a hacer daño.

Le acaricié la polla y él gimió de gusto. Eso me puso más cachondo todavía. Le susurré al oído:

- Vamos a ese reservado.

Entramos y cerramos la puerta del baño. Me senté en la taza y le comencé a lamer el tronco de su polla. Él me decía:

- Esto es el paraíso, tío!.

Yo sólo gemía de placer al tener dentro de mi boca un trozo de carne como aquél.

         Sus huevos golpeaban mi boca mientras su nabo entraba y salía de mi boca. El jovencito me abrazaba la cabeza y empujaba con todas sus ganas para follarme la garganta.

         Mientras se la chupaba, me meneaba mi propia polla, que iba goteando líquido preseminal. La sentía tan gorda que no podía dejar de gemir del placer que me estaba proporcionando ese tío.

Cambiamos de postura. Esta vez, él se sentó en la taza y yo le metí mi nabo en su boquita roja. ¡Cómo le gustaba al muy cabrón mi polla dura y caliente!

Estábamos tan a gusto, que no oímos que se abría la puerta del WC y una voz masculina gritaba:

- Os la habéis cargado, chicos!

¡¡¡ERA EL BIBLIOTECARIO!!!

 

Continuará...

 

 

Si te ha gustado mi relato, no puedes perderte la segunda parte, que aparecerá en breve...

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