Como
todos los días, eran las tres de la tarde y emprendí camino de la biblioteca pública
de mi localidad, con el encargado éramos amigos desde hacía mucho tiempo, los
dos sabíamos sobre nuestros gustos personales y en algún momento tuvimos
experiencias muy especiales, pero eso es parte de otra historia.
Al
llegar, como siempre, estaba atendiendo a los colegiales que iban a realizar sus
tareas y trabajos, me gustaba ayudarle, dado que me sentía bien con ello,
especialmente ahora que me encontraba sin trabajo. En un momento que nos encontrábamos
sentados frente al computador, le vi entrar, desde el primer momento me impactó
su presencia, no puedo decir que era bello, sólo que sentí en mi interior que
era alguien especial, sentí erizarse el vello de mis brazos y de mis piernas,
no pude dejar de mirarle, iba vestido con el uniforme de su escuela, zapatos
negros, pantalón gris, camisa blanca, jersey azul marino. En su pantalón se
destacaba, a la altura de sus caderas, un pequeño descosido que mostraba su
piel, de la cual no pude apartar mi vista.
Sé
que soy gay y desde pequeño, ya a mis 25 años lo tenía asumido y vivido
totalmente, pero nunca me había sentido atraído por alguien menor, al
contrario, siempre eran mayores que yo. Este chico era especial
para su edad, la que supe después, era de piel morena, ojos café, pelo
negro revuelto, y para mí, desde su piel exudaba una sensualidad de la cual no
me podía sentir indiferente. Le dije a mi amigo que yo le atendería, él se
sorprendió, dado que yo siempre me dedicaba más al computador e internet que a
ayudar directamente a un chico, él era el que más estaba en contacto directo
con ellos. Bien, le pregunté qué era lo que buscaba, me dijo que necesitaba
información sobre variados países, le pasé un almanaque, para que sacara la
información, pero me di cuenta que no entendía mucho cómo hacerlo, así que
le dije que yo le ayudaría.
De
la rotura de su pantalón no podía apartar mi vista. Su piel tersa y juvenil,
su pequeño bozo, lo tenso de su ropa, todo me atraía de él. Empezó a
realizar su tarea, le fui ayudando en cada parte, más bien dicho, él escribía
y yo le dictaba. Mis manos parecieron que tomaron vida propia y lentamente se
fueron a ubicar en la rodilla del efebo que se encontraba a mi lado. Él no se
inmutó para nada con mi osada acción, sentía que su cuerpo era un imán y mi
cuerpo un metal frágil que no se podía controlar a sí mismo.
En
mi interior me sorprendía completamente, era la primera vez que me encontraba
en esa situación, sabía que me gustaba el peligro y la osadía, pero esta
situación ya se encontraba en su límite, dado que simplemente no estaba solo
en esa inmensa sala, estaban otros estudiantes haciendo sus labores. Yo, en mi
interior, no podía dejar de hacer lo
que estaba haciendo, sino al contrario, que debía ir más allá. Lentamente fui
presionando, para ver la reacción de este muchacho, con cada presión, con cada
movimiento, él no presentaba ningún tipo de reacción, lo que me hizo que el
calor voluptuoso de la sexualidad subiera por mis venas y en mi interior
estuviera propuesto llegar hasta donde se me permitiera.
A
todo esto, supe que este muchachito, se llamaba Pedro y estudiaba en un colegio
particular de una comuna vecina. Me sorprendió el físico que tenía, para su
edad, dado que tenia una estatura de 1.71. Seguí con mi aventura, fui subiendo
mi mano por su pierna, por su muslo, él seguía escribiendo lo que yo le
indicaba. Y tomé el libro para llamar su atención. Decidí jugármela por
entero para ver su reacción, bajé mi mano nuevamente y la volví a poner en su
rodilla, la tomé y la forcé a que se pusiera entremedio de mis piernas, creí
que eso le molestaría y me diría algo, pero mi morbo pudo más que mi razón.
Para sorpresa mía, él simplemente se acomodó en la silla y dejó su pierna en
medio de las mías, yo ya me sentía en el cielo. Mi entrepierna ya había
reaccionado para ese momento y se notaba a través de la tela de mi pantalón la
fuerte erección de mi pene. Él me miraba pero no hacía ningún tipo de alusión
a lo que estaba pasando. Ya para esos momentos, nada me detendría, a no ser que
él me lo impidiera, pues no podría forzarlo a nada. Mientras una de mis manos
estaba en su pierna y volvía al juego de las presiones y avanzar hacia su
entrepierna, la otra se fue acercando lentamente a su mano, hasta que mi dedo meñique
quedó a un costado del suyo y empecé a acariciar su mano, él tampoco reaccionó;
seguí con el juego hasta que mi mano cubrió totalmente la suya, Pedro
simplemente me miró y sonrió. Era la locura total para mí, su pierna la había
acomodado de tal forma que su rodilla rozaba mi erupción voluptuosa, que estaba
a punto de estallar.
Al
tener tomada su mano con la mía le miré, él se dio cuenta y me sonrió,
levanté su mano y la puse en su rodilla, con lo cual tocaba con sus nudillos mi
cremallera, mi abultada cremallera. Él dejó su mano ahí, tocándome, sin
siquiera mover su mano, era sólo el roce de esos cálidos dedos. Seguimos en
esa posición un rato, mientras yo le seguía dictando su tarea. En un momento,
levantó su mano para tomar un corrector, al desocuparse la dejó al lado de su
cuaderno, yo deseaba seguir sintiendo esa grata sensación, razón por la cual,
volví a tomar su mano, pero no necesité moverla, de inmediato al tocarla, la
puso directamente sobre mi paquete, no podía creer la osadía de este pequeñuelo.
Reconozco que estuve a punto de acabar, pero me concentré, pues deseaba otro
tipo de cosas. Cuando Pedro tuvo su mano en mi bulto, no me pude quedar quieto y
llevé mi mano a su entrepierna, lo que toqué me dejó impresionado, tenía
algo que debía conocer en forma más directa y piel a piel. Estabamos
terminando su tarea, cuando le miré a los ojos, presioné su pene por encima
del pantalón y le dije:
-
¿Podemos seguir?.- a lo que él me contestó, presionado mi paquete y mirándome
a los ojos:
-
Sí, pero no aquí.
Ya
era hora que cerraran, le dije que preparara sus cosas, y me esperara afuera un
momento, para ir a casa. Me levanté, fui donde mi amigo y le inventé algo y
después de un momento me fui,
estaba nervioso. Salí y un poco más allá se encontraba él esperándome, le
sonreí y se acercó, caminamos, tomamos el bus y nos fuimos a casa. Al cerrar
la puerta a nuestras espaldas, él tiro su mochila en un sillón, le tomé por
los hombros y nuestros labios se unieron en un beso que manifestaba todo el
deseo acumulado de los momentos vividos anteriormente. Le llevé al sofá sin
dejar de besarlo, quería disfrutar totalmente el elixir de sus labios, el
jugueteo con su lengua, la sensación cálida de su piel. Él tomó la
iniciativa y llevo sus manos a mi ziper, y desabrochando mi correa, lo bajó
totalmente, dejando caer al suelo mis pantalones, introdujo sus dedos en el elástico
de mi boxer y liberó mi pene, que desde hacía rato luchaba por tener su propio
espacio y disfrutar de la libertad y de los favores de un ser tan hermoso y
excitante como era el que se encontraba frente a mí.
En
ese mismo momento sentí en mi glande la agradable humedad y masaje de una
lengua, que estaba probando la fuerte lubricación natural. Era un profesional,
era tanto el tiempo que no sentía la fuerza y delicadeza de una boca tan
especial como esta. No me pude quedar tranquilo y de inmediato mis manos
procedieron a despojarlo de todo aquello que nos impedía disfrutar totalmente
de toda nuestra piel, de tal forma que le desnudé, y nos ubicamos en posición
de 69. Su pene era delicioso, con el prepucio cubriéndole todo el glande, de
buenas dimensiones. Ese sabor nunca lo había sentido en mis labios, era puro,
virginal, agridulce. Posteriormente lo llevé a mi dormitorio, ahí me dijo que
deseaba experimentar por primera vez lo que era una penetración, así que empecé
a besar sus nalgas, y lentamente a lamer su ano, con el fin de dilatarlo, creo
que estuve más de 15 minutos, cuando introducía mi lengua, mi niño ronroneaba
como un gatito.
Cuando
lo tuve lo suficientemente dilatado, acerqué mi miembro y lentamente forcé la
entrada, a pesar de haberlo dilatado, se encontraba algo cerrada, forcé un poco
más y escuché su quejido, me detuve, le pregunté si le dolía, a lo cual me
dijo:
-
Sí.
Le
pregunté si quería que no siguiera, pero me dijo:
-
Por favor, sigue, que lo deseo.
Y
nuevamente le fui presionando, él lo gozaba, era la típica interacción de
dolor con placer, lo recordaba de mis 15 años, cuando me desfloraron. Fui metiéndolo
poco a poco, introducía y me quedaba un momento quieto, hasta que sentí que
mis testículos golpeaban esas lampiñas y tersas nalgas de mi amante. Estuve
unos minutos quieto para que se acostumbrara y luego me retiré completamente
para volver a entrar, ahora no tan lento, empecé así el mete y saca, pareció
una eternidad, él apretaba el tracto final de su ano y me hacía sentir en la
gloria. Yo gemía de placer, seguía con un ritmo fascinante hasta que, antes de
explotar, le pregunté dónde quería que acabara, y me dijo que dentro de é,
lo hice bestialmente, él también eyaculó, sin tocarse siquiera.
Volvimos
a la posición 69 hasta dejarnos completamente limpios, su sabor era más
sabroso ahora, quedamos tirados uno al lado del otro.
Se
hacía tarde, nos fuimos a bañar, le enjaboné todo su cuerpo, lo lavé, lo
sequé, lo vestí y le fui a dejar cerca de su casa. Desde ese momento nos
encontramos diariamente para “hacer las tareas”...
Espero
que les haya gustado mi historia y me escriban a: escritorgay@hotmail.com