Bizcochuelos para la suerte

 

            Disparó. A las 20.30 tenía su primera cita programada desde que había empezado con esto. En el ascensor terminó de calzarse la bombacha cuidando de ocultar entre las piernas ese enorme pedazo vergonzante. La pollerita era mínima y, por más que tratara, no podía dejar de notar esa elevación, ese himen lechoso que hervía de calentura.
 

Juan Andrés, que así se llamaba, tenía quince años y era salteña. Juan Andrés prefería llamarse Andrea y jugar a ese manojo de ambigüedades obvias que empezaba por sus tetitas de pastillas y que terminaba ahí, donde no podía ocultarse.
 

            Desde cualquier punto en el que lo pensara, desde la perspectiva de su compañera, era un éxito que debía aprovechar. El taxista que le tocó el timbre y que la esperaba se enfureció cuando la vio bajar. Entre el niño, el hombre y la dama no había terminado de elaborarse una figura orgánica. El taxista estaba acostumbrado a esperar. Le molestaba, sí, pero no escapaba de lo molesto de cualquier trabajo de todos los que había tenido. Lo malo de este, pensaba, era la acidez que día tras día lo sacudía al ritmo del motor, destrozando, en un eructo incendiario, sobre las calles empedradas. Cuando vio a la pasajera, aprovechó para tirar la bronca de la demora para aplacar la bronca de su vientre. Total, calculó, tan mal la pasan que un poco más no hace diferencia. Andrea le pidió perdón con la sutil estudiada simpatía de una modelo tonta y se subió al automóvil. El taxista, atónito, se limitó a encender el reloj, el cigarrillo y aceleró. Andrea entregó la dirección y pidió la luz para retocarse el rouge que se le había corrido en la apurona.
 

            En el primer semáforo, mientras miraba un quiosco, reconoció un paquete de pastillas La Yapa y el sabor le volvió a la boca y se juró comprarse un paquete cuando volviera. Recordó La Yapa y recordó Salta. Salta, sin embargo, no era Salta, sino su rancho en la villa de afuera de Salta y su madre, pobre, y sus tres hermanos mayores y sus ocho hermanos menores y recordaba también las otras figuras, esas que se acumulaban sobre su madre, en la pieza del fondo. Esas que irremediablemente variaban con la llegada de cada nuevo crío. Recordó lo inocente que era. Los hombres llegaban y se mostraban amables, luego poco a poco iban atornillándose a la silla y empezaban a comerse lo de la parroquia y a beberse lo de los políticos, siempre era igual, y los golpes violentos terminaban cuando su madre empezaba a comérselos y a engordarse hasta que los volvía a traer, chiquititos y dominables.
 

            Él, cuando era él, siempre había admirado ese poder en ella. Ese hacer a los hombres chiquititos. Tantos niños había por todos lados que nadie se ocupaba de ordenar aquellos sueños. Ahora ya era tarde, ahora que entendía todo, ahora que la estrategia que había tejido para devorar y dominar hombres había derivado en esto, ahora se reía, con esa ricita de modelito supertop de Givenchy, se reía. Porque se reía o aceptaba el ridículo. Entonces se reía.

           

            Su hermano mayor jugueteaba con él cuando era niño. Como los otros hombres que veía rondando por su casa, su hermano bebía las damajuanas que se iban amontonando en el fondo del patio y después, cuando la boca se le secaba, lo llamaba a Andresito y lo obligaba a chuparle la pija. Andrés no se molestaba, incluso le producía un escalofrío extraño recordarlo.
 

            A los doce años, Andrés se dedicaba más a cuidar a sus hermanos que ocuparse de los deberes de su escuela, a la que iba, sí, pero sólo por el desayuno. Cada vez se sentía más incomodo entre sus pares. En el barrio le hacían burlas, los compañeros solían golpearlo para zarandearle sus pinguitos en la cara y amenazarlo luego con cortarle el suyo para que fuera nenita. Sin embargo, Andrés no se desalentaba, más aun incurría en los lugares de su comportamiento que despertaban la furia de sus pares. Su único refugio era su hermano mayor. Tratando de agradarle, ya no esperaba que su hermano lo solicitara sino que se adelantaba a esas situaciones con algún anhelo. Un día, luego de haber experimentado una sensación inexplicable al ver como un hombre montaba a su madre por la espalda quiso sentir exactamente lo mismo y, una noche, se metió en la cama de su hermano cubierto solo por una bombacha de su hermana, tan sucia que apestaba todo su cuerpo de olor femenino. Su hermano, sin embargo, con una sensación que oscilaba entre la culpa y el desagrado, se levantó y golpeó a su hermano. Aquel rechazo lo devastó. Empezó a pasar sus días en silencio, tratando de copiar los modos de otros varones, tratando de calcar algún modelo. Pero le sucedía que terminaba enamorándose de su modelo a seguir y volvía a refugiarse en la oscuridad de su casa, en donde, cubierto por las obligaciones cotidianas, no se veía obligado a pensar.
 

            Pero a los catorce no aguantó más, sin ningún otro detonante que la información televisiva, armó su bolso y se mandó mudar para Buenos Aires. Se fue vestido con unas ropitas viejas de su hermana, definitivamente libre. Su juventud, y la dulzura de sus gestos, lo protegían de las miradas demasiado inquisidoras. Llegó a Buenos Aires con el amanecer y respirando ese aire pútrido de Retiro, entró a caminar para donde estaban los edificios más bonitos. A esa hora nadie la miraba, disimulada entre los trajes rectos acelerados. Unos pibitos la amenazaban con quitarle sus cosas porque esa esquina era de ellos. Mientras tanto, ella seguía caminando por esos edificios altos y plateados, esquivando maletines en un trajín nunca antes imaginado. Su mente se deleitaba en aquellos jóvenes apuestos que manejaban sus carros por la avenida. Ya los tendría, todo en su momento, pensaba, todo a su tiempo.
 

            Sabía que tenía que buscar la calle Godoy Cruz, allí encontraría alguna chica que la ayudara a conseguir a su príncipe apuesto en su cuatro por cuatro.
 

            Hasta medio día estuvo vagando por la ciudad sin atreverse a preguntarle nada a nadie. La pobre no encontraba una sola cara que le inspirara confianza. Ella, ya de por si porfiada, se ponía porfiada y media con los porteños.
 

Cuando el sol le calentaba la cabeza, le empezó a picar el bagre y ella se puso como dolorida del estomago, agonizada, pero, en el refugio de la soñada delgadez de los ángeles rubios que inundaban los carteles de esta ciudad, se aguantaba. Por un mísero momento se olvidaba su cara de negra ajada, sus marcas de nieta de indias montadas por gallardos caballeros españoles.

 

Estaba esquivando la mirada de un policía cuando se lo encontró. La venía pispeando desde hacía una cuadra. A él, a él que no se le escapaba absolutamente nada de lo que pasaba frente a su mirada, le pareció extraña la forma de caminar de aquella niña, sus marcas extrañas en la mirada, todo en esa muchacha, que le pareció preciosa, le resaltaban su atención. Corrió a encararla con la seguridad de quien tienta a la fortuna. Lo terminó de convencer esa ropa antológica, toda roída sobre su hombro. A ella, él le encantó. Le respondió el saludo y le aceptó una cerveza en la plaza. Él le soltaba una tras otra frases de selecciones cursis que creía poesía y que ella incorporaba como flores frescas y rojizas.
 

¡Ah! Pobre pastorcita que juegas con los lobos, ¿no te enteras que estás soñando alto? Los dientes están entre la pelvis y el pantalón. Negros, metálicos y fríos. Crees poder engañarlo, crees poder seguir ese juego, ¿no sabes acaso que terminaras muerta?
 

Andrea se dejaba llevar por la comedia que representaba, sintiéndose por primera vez enamorada y galanteada. El pibe, un ladri di ocasione ricargato avec une 38, no podía entender como esa muchacha era de extraña y de atrayente. No recordaba haber visto a otra como ella en todo el mundo. Quería llevarla para su casilla y hacerle unos guachines y ponerle unos morlacos para unas pilchitas y tenerla como una reina y comer la comida que ella cocinaría. Y le tiró la boca antes de que ella pudiera decir algo, apenas llegó a esquivarlo. Él se quedó, no entendía que pasaba con ella, que se reía y disfrutaba y ahora esquivaba.
 

Ella al fin le contó como venía la mano, esperando otra vez esa trompada guacha que la tenía acostumbrada a llamarse a silencio, pero no llegó. El estupor, el asco y el escándalo que el pibe chorro solo percibió como una puntada, lo impulsó a tomar su mortal vara. Allí, en ese momento, notó que no esa sino la otra se mantenía firme. Se levantó y se volvió a sentar perturbado, sintiéndose observado por la caníbal autómata de la buenos aires work machine.
 

Andrea no podía ni mirarlo a la cara. El flaco al fin se paró acomodándosela y se mandó a mundar, rodando por las calles aledañas, puteando a esa puta, a ese, ¡que digo!, puto guacho que le enderezó la vaina para su vergüenza. Varias vueltas dio sobre sus pasos, en un baile afiebrado entre el voy y le pongo y el voy y lo pongo para que se le sequen las ganas de tanta gilada y al fin el me voy y lo olvido, ¡que tanto!, cada uno la rema como le sale.
 

Andrea no terminó de entender las mieles de la este asunto en el que se quedaba sin el beso y sin el sopapo y sin nada. Con gusto apenas a cerveza en la boca y la preocupación por un baño para echar el líquido.
 

Pateando y ya repateando esta pampa humedisima y con los restos del maquillaje chorreandole por los poros, se entró en confianza con la ciudad y pareció tomarle el pulso a los movimientos atolondrados. Donde antes veía asesinos ahora veía pobres tipos acelerados como locomotora chueca que sigue las vías que irremediablemente trata de esquivar. Así se le fue arrimando a esa gente y preguntando preguntando, fue poniéndole ritmo hasta la mentada calle de Palermo. Le dijeron que tomara el subte pero le entró desconfianza quedarse mucho en lugar en el que lo pudieran mirar tanto y en detalle: las mascaras sutiles se despedazan en las miradas atentas. El subte entonces no, ni el colectivo. Solo sus dos bastoncitos tilingos pateando por Córdoba derecho. Y le parecía eso que en Buenos Aires siempre pasa, que la ciudad nunca termina y que después se engancha con otra y con otra y con otra ciudad y nunca se sabe donde está uno.
 

Así vio pasar los autos, los trenes, las avenidas, los negocios y las plazas. Nada tan monótono le parecía tan encantador. La bestia ordinaria de medicina, ese cuchillo monstruoso, le pareció fantástico, así como el Cervantes, digno monumento de alabanzas y el edificio de aguas, que creyó la residencia del presidente, al que imaginaba harto poderoso (conocía el peso de su virrey provincial), se conmovió un poco, todavía, con las flores rosas que bañaban las puertas del normal primo. Luego la ciudad se ponía repetitiva. Se arrojó a los pies de unos perros en una plaza y creyó ver a una mujer que, en su ventana, dibujaba vestidos sobre mujeres en un como pizarrón sofisticado. Soñó que esos vestidos la acompañaban en la gala de algún baile marcando el paso moderno sobre unas chacareras rayadas, cumbeando como una reina entre zapateos afeitados de botas trabajadas y cuajadas. Y nadie, ni las bocinas nilos llantos reprimidos de mocosos plazurientos la quitaban de sus encanto. Mirando con las manos, siguiendo las líneas de aquellos dibujos, casi como que bailaba. Quizá pudiera aprender y ser costurera. Y en ese mambo, observaba la impúdica teta de la perra de metal y calculaba lo hermosa que le quedaría un corpiñito de encaje rojo apagado. Como caía la noche y el bagre ya le gemía auxilio, apuró el paso para encontrarse con alguna de sus hermanas. No fueron pocos los muchachos de gorrita que le robaron un suspiro. Llantas y gorrita, todos alineados que fueran pasando como aquel de la placita.

 

Al final las vio. Tres tetonas infernales que caminaban glámuro y taconeando frente a una estación de servicios, puntiaguda, como una lanza. Caminaban todas amontonadas, riendo y jugando. Corrió hasta ellas y las saludo. Ellas la vieron llegar, examinándola de pies a cabeza, con esa miradita sobradora-medio-repelente. Ella sonreía, petaquera como era y con esas patas que desbordarían cualquier taco punta de aguja. Era menudita. No por las facciones, más bien ordinarias y aindiadas, sino que era por el hambre. Otra negra muerta de hambre provianchera. ¿De donde sos, linda? ¡Ay! Hay un montón de chicas que somos salteñas, las infernales de Güemes somos. ¿Tenés hambre? Mirá que acá no vale irla de correcta... ¿Querés comer algo? Venite a casa, sos nueva acá, ¿no? ¿Cuantos años tenés? ¡Ay! Los mismos que yo cuando me vine.
 

Córdoba, al final, cuando se pone indecisa y no se decide entre ser ella misma, y seguir derechito hasta donde se esfuma la espuma de su coletazo artérico, o ser la otra, la extremista, que pega la curva cerrada hacia las luces correntinas y se olvida de ser lo que es y mantenerse firme. Entonces, Córdoba, al final, es natural que sea el avispero que al golpearlo saca a pulular su costillar elevado y los litros de avión encapsulados sobre la carne pintarrajeada. Porque hay que ser, hay que ponerse a ser, hay que inyectarse doscientos litros para poder ser lo que uno quiere ser. Llevar a la física lo que sostiene la filosofía no es tarea de trasnochados.
 

En Córdoba, al final,  antes de pasar por el puente, que es como el arco que anuncia la espuma de la ola, apenas doblando, antes de llegar a ese bar de la locura ilustre y el cumpleaños aquel, antes de poder tomar el puente que lleva al departamento en le que la conocí por primera vez, hay una casita larga, choricera y amplia, en la que se acumulan las muchachas.
 

A Andrea, que no por nueva era mal tratada, la recibieron con ese afecto de las reducciones en el que cada una de las recién llegadas es consolada como si hubiera atravesado el periplo tortuoso para estar en la propia casa. Andrea estaba deslumbrada. Esa casa desvencijada, con sus ropitas fluorescentes colgando alocadas a lo largo y a lo ancho en cordeles decorados, con esos trapos buscando atenuar las sombras, con esos trapitos coloridos y desquiciados brillando por todos lados, la enloquecía.
 

            Le dieron una cama que era de una a la que la había llevado la peste, comió del cajón de frutas del que comieron todas y pudo utilizar las cremitas y pinturitas de la que quiso y nadie jamás le dijo nada. La cuidaron. Ella se puso a limpiar y a ordenar lo que pudo para pagar de alguna manera las gentilezas. Por las noches, cuando ellas salían, ella se quedaba sola, en la casa, tratando de acomodar alguna cosita, viendo algo que se imaginaba en esa tele desvencijada, preparándose unos mates para cuando las chicas volvieran del trabajo.
 

            Inmaculada, la más grande de todas ellas, la había adoptado. No grande, perdón, quise decir grandiosa. Se llamaba Inmaculada aquella travesti que era una señora hecha y derecha aunque soltera y prostituta. Un metro noventa y dos, dos tetas gigantes como paragolpes de camión de 600 caballos y un culo tan arremetidamente salvaje, redondo y precioso que los seiscientos caballos hubieran hecho cola para montarlo. Y ella, que era una regia señora de La Horqueta, cuando no era señora, cuando no era más que un niño del Newman, Newworld and Oldaristocracywhatever, ella hubiera atendido a los seiscientos caballos sin decir ni mu, apenas clavando unos polvos y ajustando el rouge entre montada y montada. Hubiera guardado el dinero del ganadero, haciendole un pete gratuito como promo del combo y vuelto a su casa, estaqueada, con provisiones para todas. Pero, ¡que le va a hacer! Los ganaderos no tratan bien a sus bestias y menos a sus acólitos, devenidos en otros géneros poco parroquiales.
 

            “Vamos a ver si podemos con vos hacer otra cosa, vos limpiá, vos barré y nosotras te vamos dando unos pesitos para que vayas estudiando, así no tenés que llevar esta vida nuestra” le decía a Andrea. Y ella no entendía del todo el porque de su suerte y protección. E Inmaculada miraba el horizonte y se reconfortaba en su generosidad.
 

            Así fueron tirando hasta el viernes, todos en armonía. “Hoy festejamos tu llegada, Princesita virgen” le decía la Inmaculada mientras la vestía. “Vamos a ir a Afrika, que es un boliche re-top, el más top de acá. Allá está todo bien, lleno de todo lo que te puedas imaginar y más”. Le decían la virgencita por razones obvias de ese culo jamás empalmado. En la semana Inmaculada le fue dando como lecciones, no empomandosela, claro está, sino enseñándole un poco sobre dilatación y ejercicios de respiración varios para que ella disfrutar la encornada. Andrea, como disciplinada alumna se metía primero un dedo, después otro y otro más, hasta tener así todo su culito dilatado. Había aprendido sobre lubricación y sobre respiración y se penetraba frente al espejo con su mano, mientras se masturbaba.
 

            Ese día, mientras Inmaculada la peinaba con prolijidad, mientras pintaba sus ojos y le ponía un rojo liviano sobre los labios, ella se untaba medio pote de lubricante en el ano y se estiraba la piel. “Acordate mi vidita de usar preservativo.”, “vos buscate un chico lindo, así, medio pintón y delicado, alguien que vos veas que te vaya a respetar y a tener en cuidado.”, “¡Qué emoción, va a ser tu primera vez!, nunca te vas a olvidar de hoy, eso sí, no te enamores, no seas tonta, que no hay hombre que le dure a una. Goza, mi vida, goza.”, “si te quiere ofrecer plata aceptá, mirá que hasta las casadas cobran en chucherías, y una no es ni más ni memos ladina, por tomar un regalito del que satisfecho la desmonta.” Así, aconsejando, la Inmaculada se sentía una madre, una madraza moderna, muy liberal pero muy muy madre. Ese día, si algún niño le llegara a pedir leche, ella hubiera podido darla. El milagro de Dios y de su voluntad femenina transformarían, como rayo que mal te parte, ese pezón seco en una silicona brotante y llena de vida. Alimentaría a la humanidad con su lluvia de leche imperecedera y regaría los desiertos, hordas de hombres sedientos treparían por su cuerpo hasta morder aquella fuente de vida eterna y sería adorada y venerada y su historia sería contada en un musical de la calle Corrientes, protagonizada por Nacha Guevara, si todavía vivía, o por Nicole, si tovía cantaba.

           

            Llegaron a Afrika como a las tres de la mañana. Las ocho travestis de la casa, todas decoradas, junto a la pequeña nueva, que esperaba su noche de debut muy emocionada. Los cantitos alegóricos sonaban por Córdoba a todo volumen. Saludaron al monigote inflado de la entrada y tras la cortina de paño se dispersaron, como queriendo abarcar con sus aletas todo el cardumen tecno-americano. Bajo la  regadera, saltaban enloquecidos unos de musculosa y jean ajustado, con sus cabellos cortos y sus músculos latentes. A Andrea se le hacía agua la boca, esos culos fornidos que forzaban la tela, esos bultos apiñados dentro de lo que calculaba sería una zunga fucsia. Se encaminó decidida hacia la imagen que la impactaba de tan alto, bestial y con esas gafas de sol super modernas, de vanguardia, marcando incansable tendencia. Hacia allí se estiraba con todo el largo de las tetas que le hicieron a fuerza de relleno de lana y, como cobertor, una media de pantis que apretaba y separaba de su culo y su entrepierna. “De paso refuerza la cinta scotch que te puse para esconderla” le había dicho Inmaculada en tono de españolencia. Andrea se sentía tremendamente incómoda trataba de caminar con feminidad, enrollada en ese saco. “Como una sirena, niña, como una sirena. Ser femenina es muy fácil. Ahora, ser femenina con este tórax, mi amor, no es para cualquiera.” Y giraba como una bailadora la Inmaculada, aplaudiendo y zapateando.
 

            Ahora, en el baile, la Inmaculada no bailaba, posaba, configuraba un personaje de la comedia del arte y casi parecía un mimo, un icono, casi una marioneta. Y así, casi jugando, la cazó de la pollerita a la Andrea. “El día que uno de esos te monte, yo me hago policía, te juro. Si parece muy preocupado por su masculinidad, pero estéticamente, bueno, olvídate. O es más niña que tú o es un toro muy elevado para tu faena. Vos esperá un rato y después concentrate en los más tomaditos, que si al sacarte el corpiño, encima caen en la planicie, te pueden llegar a romper la cara.”
 

            Inmaculada, en su papel de celestina, fue sacrificando su noche libre en encontrar un muñeco para su Andreita, que echaba fuegos de calentura y pavor, buscando unas manos frágiles para que el sopapo inicial, casi confirmatorio, le doliera menos. La arrastraba por el nivel superior, como a una hoja, ofreciéndola a quienes ella consideraba dignos exponentes de vigor, solidez y embriaguez masculina.
 

            En el rondín, Andrea lo vio, con una camisa rayada, discreto, algo atractivo, descalzo para la hora, con el equilibrio justo, algo pasado realmente, entre la embriaguez y la completa embriaguez. Él la vio, sobria, descabelladamente masculina, imperceptiblemente joven y perdida. Andrea tironeó del brazo de Inmaculada con la fuerza que había reservado de tanta pasividad. Inmaculada lo vio siguiendo la línea de visión de su acolita. Enseguido pensó que era presa grande para su Andreita y quiso disuadirla. Pero ni lenta ni perezosa, también quiso procurarse a aquel muchacho de sonrisa amigable y ojos traslucidos para si misma. Pretendió enredar a Andrea en una ilustración de cómo se debía proceder y además, se justificaba, ya era hora de soltarle un poco la mano.
 

            Lentamente fue acercándose al muchacho, provocándolo con una danza exótica y escotada, mostrando sus firmísimos y exuberantes pechos, moviéndose como una serpiente en torno a un tronco. Andrea la veía como seria alumna, quejándose de su suerte de primeriza y de su pobre inexperiencia para ser abordada. Inmaculada se acercó demasiado. El muchacho hubiera podido apoyar su mentón sobre esas tetas de bandeja. Pero él solo atinó a preguntar por la otra. Inmaculada le dijo que era nuevita, que no estaba lista, pero que ella podía hacerle lo que quisiera. El muchacho torció su rostro en un gesto que fue todo indiferente y se acercó elevando una gran sonrisa hasta la pequeña. La beso directamente, con firmeza, con rudeza, como tratando de disimular toda su putosidad en un gesto, trtando de que ese muchachito que la iba de niña sintiera que frente a ella había un machaso, un guacho pingón. Sería el recio de las novelas, un chongo brutal.
 

            Inmaculada le aprobó con la mirada el levante, aunque por dentro estuviera muriéndose de celos. Esta hija de puta con dos tetas y unos tacos, pensaba, me va a robar a todos los clientes. Con un gesto le pidió a un patova que conocía que les habilitara a los tortolitos el pase al fondo del baño femenino. La amargura a Inmaculada casi se le volvió un llanto, que pudo sostener como sonrisa bajo la forma de un alegre petete al patova aburrido. Bueno, pensaba, después de todo he realizado una buena obra.
 

            Andrea desvestía a su partener a los besos, lamiendo todo su pecho antes de seguir desabrochándolo. Impulsivamente acariciaba su pene rectísimo y descomunal. Llegó a la hebilla, lamió la T y lamió las cobrizas A y B que la acompañaban. Desabrocho el pantalón y lamió la pija por encima de la trusa, sintió en su lengua el fuego de ese hirviente pedazo y recordó a hermano. Agarró con vigor ese pene desde el mango y se lo tragó. Él muchacho vibraba como en un nirvana placentero, del bolsillo de su camisa sacó la tuca que le quedaba y se la fumó mientras veía como se deslizaban por su palo gotas calientes de rouge y saliva. Andrea quería volver a sentir, desesperadamente, el derramarse de semen en su boca pero se aguantó. Se enderezó con cara juguetona y rotó, como pudo, hasta quedar de espaldas,  mirando hacia la puerta de ese ínfimo baño mugriento. El tipo se levantó de su letargo, caliente como un revolver reglamentario y le arrancó las pantis y la mini. El pene de Andrea salió a la luz y fue él quien empezó a acariciarlo. Ya desnuda, ya con el maquillaje corrido, Andrea lo excitaba aun más, con esa pinta de muchachito pelilargo y ecuestre.
 

            La besó en los labios y quiso bajar a mamar ese pene bonísimo pero ella lo contuvo. Lo sentó sobre el inodoro y se arrojó encima, mirándolo. Lentamente, fue introduciéndose la barra lubricada, sintiéndose levemente mareada y poseída, le dolió un poco, bastante menos de lo que esperaba y cuando lo tuvo todo dentro, sintió que ese movimiento era único y que debía disfrutarlo. Lo cabalgo con firmeza, luego, cuando sintió que el muchacho se vendría, se apoderó de ella la desesperación de sentir ese rico jugo entre las tripas y aceleró el ritmo hasta el frenetismo, gimiendo y chillando, entre el dolor y la gloria. Cuando el muchacho acabó, ella empezó a cascarse la vergonzosa pija que portaba hasta acabar ella misma sobre el pubis de su angelical compañero. Se quitó ese pene, ya todo flacido, del culo. Besó al muchacho y se retiró, unos segundos antes de estar ridículamente enamorada.
 

            Caminó hasta la casa de Córdoba en soledad, sonriendo, imaginando que el sol había salido solo para ella y su feliz actual circunstancia. Su imagen era la de un borracho paupérrimo, escapado de alguna fiesta de disfraces descontrolada. Su pensamiento era la de alguien alegre, estátoco, que no imaginaba que todavía le faltaba una vuelta de tuerca para que cambiara definitamente su suerte.

 

            Esa semana fue de pura ansiedad, todas la felicitaban por su debut y ella apenas podía esperar a que se hiciera fin de semana nuevamente. Esa semana estuvo de lo más solícita con todos en la casa, planchó, lavó, remendó incluso algunas prendas, que las compañeras luego le regalarían, porque “ropa remendada es de negra tilinga”.Se atrevió un par de veces a preparar la cena, pero como la cocina no era su fuerte, lo terminó dejando de lado.
 

Sentía esa felicidad ingenua que no recordaba haber sentido desde hacía bastante tiempo. Solo la sombra de su cuerpo la apesadumbraba, un reflejo deforme intransformable que por momentos se quería arrancar. Creía que, entonces, desde dentro de su mente, ya nunca más prisionera, se transformaría en la hermosa mujer que ella realmente era.
 

“Toda una crisálida” le cantaba la Inmaculada y ella se sentía de los más contenta, como si su sonrisa pudiera remontarse devorando coloridos barriletes.
 

El problema, el real problema, no era ni estar encerrada ni tener que ser una cenicienta con cuarenta de calzado. Total ella, todos los sábados, se componía religiosamente un conjunto atrevido y salía al boliche. Como las chicas eran conocidas en el boliche y le agregaban folclore, nadie les cobraba nada y podía entrar, tomar, bailar y gozar gratuitamente. Pero cobrar no, cobrar no quería. Creía que la prostitución no era una forma, la respetaba, sí, pero no le parecía noble y, además, lo decía. Inmaculada la entendía y, además, compartía sus creencias, le dolía, únicamente, recordarlo. Las otras chicas, además de escucharla y reconocer lo trágico de su condición, se enojaban. “Claro, ella total vive de arriba, ella de lo más pancha tirada culo para arriba, viviendo de nosotras, rascándose, dedicándose a ser noble, ideal y libre, mientras nosotras las mortales, dale que dale chupando pijas. Así cualquiera habla. Claro, yo también, si viviera disfrutando de la vida, todo el día masturbándome como una marranita, viviendo de prestado, me pondría a criticar a todo el mundo con el mate en la mano”· le decían. Les dolía decírselo, les dolía, en su gran mayoría, atacar aquello que les producía placer. Porque todas, sin falta, reconocían que la casa estaba más bonita y arreglada, y que cebaba ricos mates y que era educadita y que era un encanto y un montón de y-es que transformaban a la pobre cenicienta en una dulce princesita.
 

Pero la cabrona del pecho les salía con facilidad. Y muy maliciosamente contaban operaciones y enmiendas y retoques y se los recomendaban. “Te tenés que levantar la cola”, le decían. Después detallaban costos y tiempos que ella sentía imposibles a su economía. La frase favorita para destrozarle la sonrisa, que cada vez le costaba más a Inmaculada poner en esa boca, era decirle “Cuando puedas, te tenés que poner labios, te quedarían gloriosos, son caros pero valen la pena”. A Andrea, que apenas comía para tratar de gastar lo menos posible, y que fregaba y fregaba para justificar esos bocados, esas frases le partían el alma y tenía que retirarse a otro lugar para llorar tranquila. Lo meditó, y de a poquito fue calculando la posibilidad en su mente.
 

Un día le pidió a Inmaculada que la acompaña a dar una vuelta, que quería hablar con ella. Inmaculada se dio cuenta enseguida, por el tono de la voz, sobre como venía la mano. Trató en vano de evitar aquella vuelta pero al final accedió. Caminaban del brazo. Andrea no podía para de hacer chistes acerca de ellas dos, viejitas, caminando de la mano por la calle, viviendo de la jubilación, yendo a protestar a la plaza por los 450, haciendo la cola del banco. Ellas serían las primeras travestis completamente jubiladas. Ancianas, pero espléndidas, todas cirugeadas. “Para eso necesito empezar a ganar plata y ponerla en la cuenta para la jubilación” le decía Andrea, especulando. La otra la mandaba callar “shh, ¡buchona!”, temiendo que alguna de las de la casa se enterara de que estaba quitando plata para pagarse la jubilación. Eso era, solamente, entre ellas dos. Al final, en la puerta de la casa, cuando ya se estaba arrepintiendo, Inmaculada fue quien se lo dijo. Andrea sonrió apenas, confirmándole sus pocas ganas, su miedo y su necesidad de ponerse a trabajar. Inmaculada movió apenas su cabeza, abatida, tratando de aguantarse el llanto. “no es necesario, mi hijita, algo vamos a hacer”. Pero el seguro rostro de Andrea hacía vanas aquellas palabras. “Ya estoy decidida, mírame, tengo que hacer algo con esto” y le mostraba su cuerpo de varón, tan de varón que incluso lo deseaba.
 

Así fue que Andrea había empezado a trabajar. Con dolor al principio, pero sacando fuerzas para seguir de todos lados, creciendo a garrotazos. En un año había acumulado tantas cirugías, tantas pilchitas y cosméticos como la mejor. Para apurar la noche, para aguantar las palizas que a veces le tocaban, para dejarse, para poder seguir gozando, había empezado a bailar entre un coctel de mercachifle y vino barato. Lo único que mantenía de su viejo ideal de mujer hecha y derecha era el apurado pago de su jubilación, el mismo pago que se comía la guachísima maquinita y que ella sospechaba, nunca podría llegar a gozar. Ahora vivía en un departamentito con Inmaculada. Su juventud, ímpetu y servicial destreza le habían agenciado una nueva fama, decididamente importante entre los clientes. Estas preferencias, esta competencia bestial, insuperable para las más viejas, terminó por rozarla con casi todas. Inmaculada, que ya había pasado por eso y que ya quería a Andrea como a una hija, hizo unos lindos paquetines y se la llevó arrastrando, en medio de un escándalo brutal.
 

Ahora, solo estaban ellas dos en el departamentito. Inmaculada terminó de desmoldar preparar un dulce biscochuelo marmolado, para más tarde, para la noche, tenía comprada una enorme torta con merengue y chocolate. Una torta tremenda que jamás hubiera podido cocinar sola y que admiró tanto y que esperó tanto por una ocasión para comprarla. El biscochuelo era para desayunar, para empezar el día con todo. Adentro le había escondido un anillito hermoso que había encontrado en una joyería cerca del banco. Cuando el agua estuvo lista, le preparó la mesa con la mayor delicadeza que pudo y la llamó. Andrea no entendía porque el biscochuelo estaba todo achurado pero Inmaculada no le quería explicar. Lo que había sucedido era que no podía recordar si había puesto el anillo dentro del biscochuelo o no. Y no podía encontrarlo por ningún lado. Con un cuchillito comenzó a pinchar la torta, de a poquito, tratando de marcarla lo menos posible, pero la desesperación pudo más y termino acuchillando y destripando medio biscochuelo hasta que rozó el metal. Después, mientras su victima se desangraba en la mesa, trató de cubrirla con una capita del dulce de frutillas que encontró en la heladera, pero fue para peor. Marcó la porción señalada y la llamó. Andrea exigió una explicación sobre el estado del biscochuelo, temiendo que hubiera ido a parar al piso. A Inmaculada, victima de la vergüenza, no se le ocurrió una mejor idea que señalar: “Es una receta de mi abuela, es para que el dulce de frutilla se mezcle mejor”. Andrea no creía una sola palabra de lo que le decía, pero se reía mientras buscaba la marca de la torta en el piso. “no te rías, se llama biscochuelo de la suerte, es una receta muy antigua”. Andrea ignoró la caja del royal sobre la mesada y abrazó a su amiga agradecida. “bueno – le dijo refregándose las manos – servime un pedazo de ese biscochuelo para la suerte”. Inmaculada cortó el trozo señalado y se lo dio. Andrea mordió y descubrió el anillo. El resto fue una larga fiesta que duró toda la tarde.
 

A las ocho Andrea se acordó de su cita. Inmaculada fue en realidad la que se lo recordó. Era la primer cita programa desde la pagina web en la que se ofrecían. Se cambió, se arregló y pidió un taxi.

 

En la esquina de Sarmiento y Paseo Colón lo vio, limpiaba vidrios. Se acercó al taxi pero el taxista lo sacó carpiendo. Ella lo llamó y le acercó una monedita, no pensaba decir nada, pero lo veía tan igual de hermoso, tan inocente y agotado que no pudo con su genio y lo llamó, le ofreció una moneda y él le retrucó un “te pago yo por comerte la caquita, mamasa”. Ella lo miró fijo, “te acordás de la placita, hace un año y pico, que vos pensaste que yo llegaba recién de Salta y me invitaste una cerveza.” El pibe enmudeció. Sí, claro que se acordaba. Abrió la puerta y la apuntó con un 38. El taxista casi la empujó para poder escaparse de un afano seguro. Andrea iba tironeada del brazo por el pibe mientras subían por Sarmiento. En un recoveco del edificio de la Bolsa de Valores, la empujó contra la pared y le dio ahí nomás, ahí por culo, así sin más, ahí nomás. Andrea fingía el dolor que siempre debe fingir la travesti violada para no desalentar a su violador. Ella no podía creer que ese deseo, que esa cara gravada en su mente, que le representaba a Buenos Aires, estuviera ahora en donde había empezado. Cuando el otro acabó y la arrojó al piso, con la violencia que le imprimió la villa en su carácter, ella se levantó y se acomodó la ropa destrozada. El otro se cayó al piso. Por su mente pasaron las noches en el Instituto de Mercedes y la enseñanzas de su padre sobre el trato a las mujeres y el trato de su padrastro a su madre y no pudo ni mirarlo. Como un ente repetía la misma frase: “loco, me voltié un trava. Loco, me voltié un trava.” Andrea lo ayudó a levantarse y lo invitó una cerveza.
 

En el bar le contó todo, el guachin estaba derrotado, Andrea, tantas veces violada, había derrotado al violador, indignado de si mismo. Después se fueron caminando. Él le contó su vida con todos sus detalles. Ella lo escuchó comprensiva.
 

En la puerta del edificio de departamentos, el volvió a pelar el fierro y lo apuntó en la cabeza de la piba. Pero no pudo hacer nada, no podía matarla, no podía atreverse a hacerle daño devuelta. Adentro de los sesos tampoco podía soportar la presión que significaba aceptar que el travesti lo volvía loco. Andrea lo miraba, no era la primera vez que tenía un fierro en la cabeza, la muerte era una posibilidad tan latente, que apenas la incomodaba. Ya hasta casi la deseaba. Él bajó el fierro y ella se dio la vuelta. “No”, le dijo, “dame antes el anillo”. Ella se lo dio sin dudarlo, para que él tuviera algo de ella. Se volvió a dar la vuelta, caminó hasta la puerta de su casa y buscó las llaves en su bolso. Se acordó del biscochuelo y pensó en lo amargo que podía resultarles a los otros su deseo. Se sintió con culpa, podría haberse callado la boca y ahorrarle a ese pibe toda la angustia y la confusión con la que ahora lo dejaba. Podría haberlo evitado. Odiaba haberlo hecho sufrir. Biscochuelo del orto, pensó, se chupa la felicidad de los de alrededor. Demoró la salida de la llave de su cartera todo lo que pudo, lo sentía en su espalda. Al final las extrajo y las colocó en la ranura. “Pará – le dijo afónico– quedate un ratito más.” La carita del pibe, la carita golpeada por los reveses de la calle y sus códigos tiranos, la carita que ahora se le animaba, aterrada, a animarse, que dudaba pero quería, la atrapó. “Voy a buscar algo para comer y bajo, ¿te gusta el biscochuelo?”

 

 

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