EN BOLONIA

En el sur de España hay una playa que es casi virgen. Tiene una gran duna de arena que llega de África, y también muchos pinos. Hace tres años fui con mi pareja y su familia. Todo fue estupendo, comimos en un chiringuito, tomamos el sol, jugamos con las raquetas y nos bañamos. Cuando estaba la tarde cayendo, dijeron de subir a la duna, cosa que hay que tomarse con calma ya que es muy alta, y la verdad es que a mí no me apetecía nada, pero por no estropear el día, me armé de valor y nos pusimos en camino.

Conforme íbamos subiendo me fijé en que había un muchacho muy joven que también estaba subiendo solo, de unos 18 años, rubio, de complexión fuerte pero delgado. El típico surfista de esas playas. A mi edad eso quería decir que era bocado prohibido, y para colmo, con toda la familia política al lado. Con la disculpa de que el ascenso era muy cansado, iba parándome cada vez que veía que el muchacho se paraba y así por lo menos, me daba una ración de vista. Cuerpo perfecto, marcado pero sin exageraciones, culo voluminoso, muy apetecible, pero volviendo siempre a la realidad, yo mismo me recriminaba y volvía a subir esa dichosa duna.

Cuando llegamos arriba, a mi cuñada y a sus hijos se les ocurrió, tirarse por el otro lado de la duna y jugar a ver quién bajaba y subía más rápido. Con mis 45 años no estoy para tanta tontería así que me dediqué a ver el paisaje, y desde esa atalaya divisar lo que podía de la costa de África. Pero el rabillo del ojo buscaba al muchacho surfista. Por fin conseguí localizarlo, y parecía que estaba buscando algo. No dejaba de salir de los pinares que hay arriba y al poco tiempo volvía a entrar. Me pareció extraño y con disimulo me dediqué a observarlo durante cierto tiempo. '¡Ese tío está buscando rollo!' me dije, y entonces se me ocurrió decirle a mi pareja que tenía cierta indisposición y que iba a buscar un sitio recogido. Ya os imagináis...

Me fui a los pinos, por donde lo veía entrar y salir y justo en el momento en que yo entraba, él volvía a salir. Cruzamos las miradas y por Dios, ¡qué ojos más bonitos! La boca muy roja y de labios carnosos. Demasiado regalo a mi edad. Bajé la cabeza. En el fondo soy muy tímido, y me alejé haciendo como que buscaba un sitio para orinar. Él se quedó en el mismo sitio y mientras hacía como que orinaba, veía que no dejaba de mirarme, por supuesto que no pude hacer nada, primero por que no tenía ninguna gana, pero por otra parte, es que se me había puesto más dura que una piedra.

La guardo, cierro la bragueta y vuelvo por el camino andado, y en ese momento me ocurrió algo que a mí mismo me parece increíble. Al cruzarme con él, me pregunta:

- Perdona, estoy muy caliente y quiero chupar una buena polla.

Así, como os lo cuento. Yo me quedé de piedra, no sabía si disimular y decirle que estaba confundido, si tirarme a su boca y comérmela, desmayarme, o salir corriendo por si mi pareja venía a buscarme. Solución... se me ocurrió, decirle:

- Vale, pero un poco solamente.

Qué gilipollasssssssssssss!!! ¿Cómo se pueden decir tales tonterías en un momento así? El caso es que nos volvimos a alejar de los primeros árboles, buscamos un rincón más escondido, y allí se puso de rodillas, me bajó el pantalón corto y después de observar mi glande y echarme el pellejo hacia atrás, se metió todo en la boca. Disfrutaba plenamente y ver su cara llena de placer y cómo abría los ojos y me miraba, mientras paladeaba mi pene, me daba un morbo impresionante. A veces, se la sacaba de la boca, se la restregaba por la cara y de golpe volvía a introducírsela de golpe. Con eso sólo hubiese sido bastante para hacerme correr, pero de golpe me dice que quiere ser mi puta y que le pegue y lo domine. Palabras mágicas a mis oídos. No tuvo que repetirlo dos veces. Lo cogí por los pelos y de esa forma mis manos ordenaban el ritmo de la penetración. Sus ojos con algunas lágrimas, me pedían más y yo estaba a punto de reventar.

Un poco más tarde lo levanté, lo giré y le puse saliva en el ano. Creía que no iba a ser capaz de penetrarlo, ya que me estaban temblado las piernas, pero estaba visto que esa tarde no acabaría de sorprenderme. Nada más intentarlo, entró toda y de golpe. Ya no me temblaban las piernas, iba a caerme al suelo del tirón. Le agarraba las tetas y tiraba de él hacia atrás con fuerza, por lo que mi polla se incrustaba dentro, hasta sus entrañas. Le pegaba golpes en las nalgas, le mordía el cuello, le tiraba de los pelos y le volvía la cara para comerle la boca. Todo eso junto y al mismo tiempo. Por lo menos a mí me parecía de esa forma. La diosa Cali tiene menos brazos de los que yo tenía ese día. A lo que no llegué a hacer fue a tocarle la suya, era algo que pensaba hacer más tarde, cuando de pronto me dijo que iba a correrse y que quería mi leche en su boca. Se la saqué del culo, me la limpió con su boca y empezó a hacerme un trabajito especial para conseguir extraerme toda la leche. Poco tuvo que trabajar, porque unos segundos después mi polla fue un torrente sobre su cara y su boca. Nunca he echado tanta. Eso era un manantial. Tenía en toda la cara, en la frente, en la boca no cabía ni una gota, y entonces volvió a chupármela, con glotonería, parecía hambriento.


Yo pensé que no se había corrido y por eso estaba así, pero cuando me fijé vi que en el suelo estaban las agujas de los pinos llenas de su semen, sin haberse tocado. Después de dejarme la polla más limpia que los chorros, se puso de pie, se limpió con unos pañuelos de papel, y en eso llegó lo máximo. Se sacó su cartera del bolsillo, me dio dinero y me dio las gracias. Yo me quedé de piedra y no supe reaccionar. Dio media vuelta y se marchó.

Y allí me quedé yo, sin saber qué había pasado, me senté en una piedra y estuve intentando recapitular todo lo ocurrido. Poco después llegó mi pareja buscándome. Por los pelos no nos pilló. Me preguntó por el billete que tenía en la mano, y yo le contesté que me lo había encontrado. Después volvimos con la familia.

Después de tres años, aún me sigo preguntando cómo pudo ocurrirme eso. Pero de verdad, que si por casualidad lee esto y le apetece repetir, soy capaz no sólo de subir la duna de Bolonia, soy capaz de atravesar el Sahara, descalzo y comiendo polvorones.



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