CAMPAMENTO E INSTRUCCIÓN (I)
“La infancia puede
producir una sensación torturante y es posible que los pequeños vivan con el
temor de ser atrapados por tíos y tías mayores que celebran ceremonias
espantosas en su honor. Pero cuando estos mismos niños llegan a la edad adulta,
pretenden que sus hermanos y hermanas ejecuten en honor de sus hijos las mismas
ceremonias que tanto los aterrorizaron o mortificaron (...) Como el preso que ha dormido durante muchos
años en un camastro duro sueña con una cama mullida pero descubre, al salir de
la cárcel, que sólo puede dormir sobre el primero.”
“Compromiso y cultura.”
Estudio sobre la ruptura generacional
Margaret Mead
“¡Lo
llevas claro chaval! No sabes la mili que te espera.”
De todo lo aprendido y de todo olvidado, este es el primer
recuerdo que viene a mí cuando vuelvo a aquellos años. Ha llovido desde
entonces, pero su recuerdo sigue sobresaltándome con el mismo poder del rayo.
Igual que éste, aquella recomendación venía vestida de amenaza, y era este
vestido el único que captaba tu atención y tu miedo.
De
la miseria y esperanza de aquellos años, aquel tiempo lo veo como un nuevo
parto, como un nacimiento tardío, pero igual de doloroso, y que llega cuando
uno cree que ya lo sabe todo. Pero para esa alba, tenía que llegar antes el
olvido de lo que uno había aprendido a lo largo de todos esos abriles; y tras
ese vacío la violenta luz se colaba a golpe de tambor arañando profundamente tu sentir, para hacer hueco a un universo
íntimo y profundamente detallado que abarcaba un campo enorme de ritos,
valores, códigos morales, que delimitaban cada paso, cada segundo de la vida
que allí perdías.
En
ese galimatías, donde los objetos sufrían las mismas condenas que las personas,
equiparándose el tratamiento y la consideración que a ambos se tenía entre esas
cuatro paredes que la gloria había dejado huérfanas, por mucho oropel de mierda
patriotera con que se vistieran, era una cárcel de doce meses; ni un día menos,
aunque puede que unos días más, pues los calabozos estaban a la orden del día.
Esa
gloria soberbia y hueca se expresaba en gritos terminantes dictados con un
nuevo lenguaje, venía empapado de una autoridad de siglos columpiándose al
abrigo dictatorial que profesaban. Aquellos gritos se sucedían a una velocidad
de vértigo, acelerando a su alrededor una vida hecha para el vacío, pues eso
era la mili: llenar el vacío. Sin embargo, pronto aprendías que éste no se daba
por vencido y poco a poco iba conquistando el espacio que le era propio dentro
de aquella paradójica organización. La mili era un motor a dos tiempos. El
primero determinado por la premura de un campamento donde el tiempo se sucedía
a golpe de metralleta, creando la vana ilusión de que se agotaría con la gran
cantidad de cosas que había que hacer; después llegaba el segundo, aquí la nada
lo llenaba todo y ni el toque de diana era capaz de desviarte un milímetro del
escaqueo en el que habías entrado para reinar. Para algo eras el veterano, para
algo tenías el mejor hachís, para algo pronto serías abuelo... y un montón de
memeces más, con las que comenzabas a escudarte de ese orden, del que contabas
los días que faltaban para huir y olvidar.
Leí
no hace mucho que las gallinas también gozan de cierta organización social.
Situadas en sus palos, el gallo caga por encima de todas ellas, y así en una
implacable y misteriosa disposición, cada una defeca sobre su inferior, hasta
que esa procesión continua termina encharcando
de mierda a las pobres parias que malviven al ras. Cuando lo leí, no
hallé metáfora más perfecta para describir la prepotente jerarquía que
holgazanea tras los sólidos muros cuartelarios, ajenas a cualquier control y
empapadas en una legitimidad que el paso de los años aún cuestiona.
Pero
sobre esta mancha negra y espesa, que el recuerdo evita remover, hay otros
colores que me reconcilian con aquellos años.
Estoy
en pelota, con mi cuerpo de diecinueve años. Estoy musculado, pues en mi
estupidez me he estado mamando un montón de gimnasio. Quiero ir cachas a la
mili y lo he conseguido. Mi polla esta dura y tengo que follar una peseta que
me espera seca sobre la litera. Intento seguir la coña y lo cierto es que estoy
erotizado. Algunos de mis compañeros de quinta están en cueros y verlos me la
pone dura. También me gusta que no dejen de mirarme, que miren como el gallego
se folla a ese hijo de puta ferrolano.
Entre embestida y embestida observo con detenimiento qué ojos arden al
verme de este modo. Tengo un rabo guapo, de la misma altura que mi edad y que
se yergue sobre unos cojones achicados y llenos de vello formando en su unidad
un mismo cuerpo. Mi pija comienza a babear dándole brillo a mi acampanado
capullo. Noto que en sus miradas no hay pasión, sólo miedo. Sigo follando a la
peseta, mientras escucho las burlas de esos veteranos de mierda; pero hay uno
que no sólo sonríe.
Él
no tiene miedo, en su rostro no hay venganza por toda la mierda que ha comido,
tampoco se distingue ningún asomo de burla o curiosidad: él tiene pasión; y su
único miedo es esconderla. Así que follo para él. Quiero que vea mi leche,
quiero que vea lo que gana el puto Franco, que me mira desde la moneda hacia la
derecha, para que sepa lo que ese cabo puede perder sino espabila. El miedo que
se alojaba en mis huevos ya no está. Me la pajeo frenéticamente. Los
comentarios jocosos enmudecen. Todo está en silencio. Todo ese corro de
maricones hijos de la gran puta mira para ver hasta dónde voy a llegar. Mi mano
se desliza por el tronco de mi pene a gatillazos rápidos, como los de una
metralleta. Me importa un nabo que me miren, quiero que ese cabo vea mi leche,
quiero que la envidie, quiero que me la pida. Distingo, a las puertas del
orgasmo, su paquete. Desde mi ceguera, brilla. Tiene cuerpo, color y calor.
Los
huevos se me achican y ese conocido cosquilleo comienza su danza. Me
convulsiono como una puta. No es la primera vez que me pajeo delante de
alguien; pero sí es la primera vez que ese alguien es desconocido y no
terminamos follando como locos. Esa circunstancia y el hecho de desear con
todas mis fuerzas al cabrón que no deja de mirarme con lascivia, hacen que
galope en uno de los orgasmos más bestias que me dio mi juventud. Los trallazos
de leche salpican a ese hijo de puta impasible que me mira desde su cárcel de
cobre. La carrera continúa y los siguientes siguientes, cuando ya domino mi
cuerpo, los dirijo a ese grupo de veteranos que protestan y esquivan mi
virilidad; sólo el cabo está hipnotizado.
Sé
que lo voy a follar. Es cuestión de tiempo; pero tengo claro que ese macho me
chupará la pinga, como que me llamo Matías Castro.
Han
pasado dos semanas. Ya no he follado más pesetas, aunque si me he pajeado
abundantemente pensando en ese macho. Ya sé un poco más. Es zamorano, de plena
capital. Tiene un nombre que en ese momento se me antoja precioso: Ángel
Salcedo; aunque todos lo conocen por “Chuski”, sin que sepa aún la razón. Dejó
de ir a putas por unas ladillas; pero se cuentan historias asombrosas de su
masculinidad. Eso me calienta más, pues sé que estoy tratando con una maricona
que es puto macho.
He
tratado de entrarle, pero el cabrón me evita. Con buenas maneras pero me evita.
Es una prueba que para mi lujuria no pasa desapercibida. Así que por la noche,
en la ruidosa litera acompaño ese coro que producen los muelles de todo el
pabellón. Aunque hablo de tal o cual tía; lo cierto es que me la sudan. Sólo
pienso en él.
Tiene
una cara esculpida como a hachazos, de una fortaleza que amilana. Sin embargo,
cuando sonríe esa dureza se suaviza hasta convertir en arrebatador su bello
rostro. Unos ojos oscuros y recónditos desnudan todo lo que miran hasta que
terminas hundido en la profundidad de su mirada. Todo acentúa su masculinidad.
Su metro ochenta reforzado con ese atajo de músculos que lo distingue; su porte
marcial que subraya toda la parafernalia de la que nos rodean en ese tiempo.
Todo en él huele a macho, a un macho bravío y agreste; seco como la piedra,
duro como el acero, pero tierno como el cielo, pues así lo ve mi corazón cuando
mi pinga no se mete por en medio a calibrar el espécimen que le espera. Toda
esta coraza es tan palmaria que pocos se atreven a hacerle sombra. No inspira
temor, inspira resolución. Uno sabe, pues así lo presiente, que él que se cruce
en su camino tendrá todas las posibilidades de no contarlo, pues es un hombre
que ataja en los desenlaces hasta lograr hacerlos suyos y moldearlos a su gusto
y forma.
Se
aproxima el primer permiso. Estamos como perros antes de salir de caza:
olisqueando ya la libertad del campo sin parar de mover el rabo. La
conversación ha variado; aunque seguimos hablando de lo hijos de la gran puta
que son, ahora intercalamos estas verdades con las infinitas juergas,
borracheras y polvos que nos vamos a largar una vez que crucemos la puerta. Yo
no digo ni que sí ni que no. No paro de comerme el tarro pensando en cómo
lograr que ese Ángel descanse en mi cielo. Fantaseo todo el rato. No para de
empitonarme salvajemente partiéndome el culo, de mamármela y mamársela, de
follarlo hasta que diga “basta”, de besarle esa cara y que su lengua se enrede
con la mía, de comerlo, de que me coma. Creo que me paso el día follando con
él, y así me paso el día con la bandera alzada.
Cuando
me quito el calzoncillo una gran mancha de presemen señala la calentura. En
ocasiones estoy tan empapado que recojo ese fruto como si fuera un ovillo de
lana, y un hilo elástico y suave, insípido pero sabroso, se enreda entre mis
dedos antes de que mi boca los engulla.
Cuando me descapullo unas secreciones blancas, como avanzadilla
guerrillera de mi espesa leche, adornan las comisuras. De nuevo junto toda esa semilla y a la boca,
pensando que es la suya y no la mía la que trago. Tiene una leche deliciosa.
Lo
veo, la cosa se agrava. La pija se endurece con ese juego de mira y no mira en
el que me enredo con sus profundos ojos. Él sonríe, no dice nada, y yo tengo
unas ganas de darle de hostias y follarlo allí mismo. Desde que lo conozco no
me conozco. Estoy todo el día instalado en esa puta calentura que me hace ver lo
que no sé si existe, que me hace interpretar cada uno de sus gestos para
traducirlos todos al lenguaje de mi carajo y pensar en cada instante que él me
desea con la misma fuerza que yo.
Mañana,
a las tres de la tarde, salimos a la calle. Le he entrado de nuevo con una
disculpa pijotera de la que ya ni me acuerdo a estas alturas; pero sí recuerdo
una disculpa peregrina que vuelve a situarme en tierra de nadie. Faltan horas y
no tengo ni puta idea de cómo hacer. Recuerdo que en mi delirio pensé en
secuestrarle, atarle a la pata de la cama y no parar de follarlo hasta que se
licenciase. Desecho esta idea pues tengo dos zánganos, uno de Vitoria y otro de
un pueblo perdido de Badajoz, que no se despegan de mí ni a sol ni a sombra,
aparte del corro de gallegos, con los que aún no he intimado, pues todos son
del sur y a mí me consideran un pijito de La Coruña. Intento buscar en ellos lo
que encuentro en él, consolarme con un segundo plato cuando veo que ni coñas
tomo el primero; pero no hay manera. Ni despierto ni soñando arranco de estos
mercenarios una pequeña luz con la que hacer sombra a mi cabo. Llevo muchos
días pajeándome por él como para engañar a mi polla con una patraña tan
gilipollas.
Ya
tenemos preparado el macuto. A la salida, queremos ir de civiles, pero estamos
tan apijotados que ni cuenta nos damos de la pinta de militronchos de mierda
que tenemos. Ni tres capas de pintura simularían el abandono en el que vivimos;
pero a los diecinueve años sirve lo que piensas, no lo que ves. He decidido llevar
mis mejores galas; si salgo a romper: rompo con todo. Deseo con toda el alma
llevarme el mundo por delante, volver a disfrutar de un tipo al que no conozco
entre tantas ordenes y gritos, y que durante diecinueve años tantas alegrías me
dio.
Como
perros de Pávlov, babeamos. Creo que si en aquel momento nos dicen que no
salimos, nos atrincheramos en el cuartel y los pasamos a todos a tajadas de
bayoneta. La cantina está animada. El bullicio es ensordecedor y aumenta a cada
paso recordándonos que es el único modo de saber que aún estamos vivos. Lo veo
entrar con su grupito de mierda y buscar sitio a lo largo de la barra. Va hacia
una esquina y allí se queda mientras piden las consumas. Se le ve feliz, como
un gallo con sus gallinas, como si supiera que el resto de su vida se dirige
hacia ese destino de dormir, comer y follar. Me tomo la cerveza de un trago y
pido una copa de coñac del más peleón, del “Fundador” de toda la vida. Unos
diez minutos después la tengo entre mis manos. En ese tiempo no he parado de
hacer elucubraciones. “Si ahora mira hacia ese lado significa que me quiere; si
el vasco me suelta una pijada es la señal de que tengo que ir allí y entrarle;
si ahora entra el sargento es señal de que esta tarde me lo follo...” Y así
chorrada va y chorrada viene.
Me
tomo un trago de la copa y ese coñac canalla baja arrasando por la garganta.
Con ese ardor me digo que le entro ahora o nunca. Así que me aproximo con ese
arrojo de soldado que no sabía que tenía. Serpenteo por entre la gente sin
perderlo de vista. Sabe Dios de qué estará hablando, pero las risas son muchas.
No me ve, ¡el muy hijo puta no me ve!, y estoy esperando su mirada como si
fuera una señal; pero la muy cabrona no viene. El valor que llevaba me pesa y
se baja a los pies; otro lingotazo y vuelve a subirme a los cojones, y ocurre
una cosa muy curiosa: lo tengo tan centrado que sólo está él. Mientras me
acerco todo ese barullo ensordecedor pasa a segundo plano hasta desaparecer
para mí; lo mismo ocurre con la gente, todos esos guripas de mierda comienzan a
tomar un tono como metálico en el que pierden toda su textura hasta deshacerse
en sueños, en chiribitas que se unen en sombras difusas hasta perder todo su
cuerpo, todo su significado.
- ¿Qué pasa “follapelas”?
(De este modo me entero de cómo me llaman, aunque ni siquiera me molesto
en contestarle a ese burgalés de ful, pero el nombre me quedará para lo que me
queda de mili) ¿Andas perdido? ¿Buscas cambio para follar esta tarde?
Estallan
las risas, pero me la suda. En ese momento ni existen. Él también se ríe, pero
al momento corta esa sonrisa tan deliciosa como si estuviera avergonzado. Ese
pequeño gesto que pasa desapercibido para los demás, aunque no para mí, me
anima a continuar. He pensado en decirle mil cosas, las ensaye de todas las maneras
posibles, pero le suelto lo primero que se me viene a la cabeza.
- Mi cabo, quería hablar con usted –digo acercándome a su
oreja. Él asiente y se aparta hacia la ventana. Los demás dejan de prestarnos
atención y comienzan a soltar sus sandeces en una especie de ping-pong
compartido.
- ¡Dime! Tú dirás –me responde hablándome a la oreja. Escuchar
su voz así me excita.
- Quería pedirle un favor mi cabo. Es una tontería, pero le
estaría muy agradecido. Hoy quedé en el centro con mi tío para pasar
inspección. (Él me mira extrañado, por su mirada sé que la mentira va por buen
camino.) Es para dar el visto bueno a todas las llamadas que he hecho a casa.
Es que antes de venir tuve bastantes follones con el hachís y querrá comprobar
que ando con buenas compañías (me sonríe) y la única que tiene esa pinta es
usted, mi cabo (vuelve a sonreír, ahora hay un pequeño reflejo de
incredulidad). No es peloteo mi cabo, que me vea con usted le indicará que ya
ando por buen camino. Total sólo será un momento.
- No sé si debo.
- El taxi lo pago yo y usted puede quedar después con la
basca. No será más de cinco minutos. Le aseguro que mi tío es puntual. Es
banquero (Se ríe de nuevo, esta vez francamente y escucho una risa que espanta
a las palomas). ¡Bueno, claro! Los banqueros nunca llegan tarde: time is money.
- Vale. Nos vemos a la salida. ¿Te parece dentro de veinte
minutos?
- Hecho, mi cabo. A sus órdenes.
Estoy
tan feliz que ni siquiera me preocupo porque no exista ese tío banquero. Lo que
sé es que lo voy a tener conmigo, y que
por lo menos durante quince minutos o media hora lo tendré para mi solo;
después, el tiempo dirá.
Estuve
luchando contra el reloj, pero aunque llego siete minutos antes, él ya está
allí. Yo sigo con la felicidad a flor de piel y rezando para que ésta no la joda
con ninguna estupidez, pero a la muy puta se le dio, mientras estamos esperando
el taxi, de salirse por peteneras y comenzar a comportarse como una estúpida
enamorada. No recuerdo las mariconadas que dije, pero es que para los malos
recuerdos tengo el antídoto de que los sepulto en el olvido. Por fin llega el
taxi y cargados con nuestros macutos nos ponemos atrás. De no parar de hablar
como una cotorra pasé a una fase
contemplativa en la que, fuera de la dirección de la pensión, no dije esta boca
es mía. Estaba demasiado nervioso para decir algo; pero es que él tampoco
hablaba. Cada vez que lo miraba el estaba mirando el insulso paisaje; en
ocasiones cruzábamos nuestra mirada y al momento, como si quemaran, volvíamos
al muermo de paisaje que nos acompañaba.
Sin
venir a cuento me desabroché el pantalón. Ni tan siquiera lo miré. No quería
estropearle la vista que me brindada a ofrecerle.
- ¿No le importa, verdad jefe? Así llego a la pensión y ya
puedo salir.
- Para nada, hijo. Lo que te pida el cuerpo. ¡Quién tuviera
vuestros años! –contestó el veterano taxista ya acostumbrado a otros espantos.
Y
ahí comenzó a darnos el coñazo durante todo el camino, sin importarle que no le
prestáramos puñetera atención, pues los dos estábamos a lo que estábamos: yo a
exhibirme y él a mirar. Me bajé con cuidado y lentamente los pantalones
dejándolos en el tobillo y abriendo el telón que tapaba la puñetera de la
camisa. Me coloqué el paquete para que luciera bonito: con los huevos bien
puestos y la polla en el mismo centro pidiendo espacio. Desabroché los cordones
de aquellas botas interminables, y como si fuera una starlet barata, que tras
el zapato quitara con sensual movimiento la media, obré de la misma mantera. Me
desabroché la camisa y me la quité tratando de moverme lo menos posible para
que la ropa cayera por su propio peso. Y allí me quedé, con mi camiseta de
tirantes y gayumbos, disimulando sin saber qué venía después del desvestirse.
Busqué una postura en la que los músculos de mi cuerpo mostraran su lenguaje.
Me levanté los brazos palpándome los sobacos para recoger el sudor y que me
viera con todo lujo de detalles. Lo mismo hice con mis tetas. Más que un aseo
era un magreo puro y duro, en la que cada parte de mi cuerpo recogía su
merecido homenaje.
Durante
cuatro o cinco minutos sólo presté atención a mi cuerpo. En ese momento lo
adoraba, pues era el único método que encontré para no sucumbir al suyo. Pero
pasado ese tiempo, cuando mi falo ya estaba como el hierro miré por el rabillo
del ojo para ver cómo estaba la suya. Y lo que vi me la puso aún más dura, pues
reventaba. Hasta que la pudiera tocar no quería mirarlo. Así que comencé a
vestirme con lo que rompía en ese momento: un vaquero de pitillo, desechando la
camiseta, pues la de tirantes me quedaba de puta madre. Tuve que volver a hacer
una coreografía y deslizarse como un loco para que aquella ajustada prenda
marcara lo que tenía que marcar. Tras este cierre el taxista volvió a su estado
catatónico escuchando la COPE y las loas de Encarna Sánchez a sus admirados taxistas.
- Así cuando llegue a la pensión bajamos a ver a mi tío y
cuanto antes termine, antes queda con la basca – dije a modo de disculpa para
cerrar el espectáculo que le había ofrecido.
- Tampoco tengo tanta prisa. Además
no quedé a ninguna hora. Me será fácil localizarlos porque la ruta no cambia.
- Ya. Pero no sé que me da que por mi culpa aún tenga que
hacer otra misión.
- ¡Bueno! La tarde es larga y hay tiempo para todo. Y puedes
tratarme de tú, ya no estamos en el cuartel.
- Sí, claro.
- Lo que nos sobra es tiempo, aunque no lo parezca. Es
sencillo pillar una moña si lo que queremos es pillárnosla. Algunos con cuatro
tragos están como con cuarenta.
- Sí. Yo soy de los
que voy rápido; no siempre. Pero he tenido pedos con cuatro duros; en cambio,
otras veces he privado como un cosaco y
ni de coñas agarraba la torrija.
- Yo voy más lento. Me gusta saborear las cosas. Tomarme mi
tiempo; pero también me ocurre lo que tú dices; pero con las cosas caras y
guapas me tomo mi tiempo; sólo las baratas las tomo rápidas.
- No es un mal método.
- Pruébalo y ya me contarás.
- Cuando esté montado se lo comentaré;¡perdón!, te lo
comentaré.
- No todo se prueba con dinero. Si lo tienes, bien; si no lo
tienes, sólo perderás aquello que no puedas comprar.
Poco
a poco comenzaba a entender de lo qué estábamos hablando. Era un modo de
bordearlo, pero de no perderlo de vista; de no citarlo a gritos, pero de no
parar de susurrarlo. Estaba convencido de que raspando un poco, saldrían a
relucir nuestras pichas.
- ¿Y quedan bastantes cosas que sean buenas y gratis?
- Para los que pueden pagarlas, no; para los demás, más de las
que crees.
- Mujeres, por ejemplo.
- Esa sería una –dijo sonriendo con picardía-, pero no la
única.
-
Sexo, drogas and rock and roll.
- Todo depende de lo que quieras. Era como antes. Si lo que
quieres es beber, es fácil beber.
- ¿Y así con todo?
- Si te lo sabes montar, te puedo decir que con casi todo.
- ¡Interesante...!
- Claro que tiene sus riesgos, pero como dice un gallego de la
compañía... ¿Cómo es...? Si quieres
- Percebes tes que mollar o cu por eles.
- ¡Claro! El que no se moja el culo nunca sabrá el valor de
los percebes.
Y
así llegamos al final del viaje y entramos en el principio del paraíso. Era una
pensión cojonuda, llevada por un ovetense que sólo tenía ojos para su mujer a
la que no perdía de vista, pues tenía el convencimiento de que se la pegaba a
la mínima de cambio. Esa obsesión hacía que poco o nada se preocupara por los
visitantes de aquella gruta infecta, pues sólo el dinero y su mujer lo movían,
así que una vez pagada la habitación, la paz estaba asegurada.
Subimos
el desconchado tramo de escaleras para meternos, tras pasar unas cortinas
roídas y sucias, en un pasillo umbrío lleno de puertas. Una de éstas era la
nuestra. No podía distinguir muy bien su rostro, pero el mío ardía. A esas
alturas tenía el firme convencimiento de que no abandonaríamos esa habitación
sin habernos follado bien. Claro que aún quedaba un pequeño tramo de
representación para entrar en el meollo del drama que nos unía, pero la dureza
de nuestras pichas indicaba que aquella figuración duraría lo que un suspiro.
- No tiene duchas, pero te puedes cambiar igual –dije al
entrar- La ducha creo que es una de las puertas del pasillo.
- No está nada mal; esperaba otra cosa –dijo inspeccionando
todo con serenidad mientras se dirigía hacia la cama y se sentaba como si fuese
un trono, y con la voz de rey continuo dictando- ¡Acércate, follapelas!
El
valor con el que ardía mi deseo se desvaneció ante esa orden cargada de
rotundidad. Aunque desde que tenía uso de razón, y pija para jugar, siempre
había estado en el mismo bando, intuía que lo que había aprendido de poco iba a
servir estando con un hombre escrito en mayúsculas. Al acercarme me tomó entre
sus manos, y con la seguridad de un terreno ya conquistado me sentó en su
regazo.
- ¿Era esto lo qué buscabas?
Yo
ni respondí a la pregunta. Estaba turbado. Ahora que lo tenía allí, todo me
parecía demasiado grande para mí. ¡Dios, lo deseaba tanto que lo temía!
- ¿No dices nada?
Mi
silencio se arrulló en mi rubor. No sabía qué decir pues en mi cuerpo había
como una tormenta que desechaba cualquier hilo de pensamiento. Él buscó la
respuesta en mis labios, y aquella cara esculpida, con la belleza de las veinte
primaveras, se acercó a mis labios que se abrieron como una tímida flor a los
suyos. Fue un beso breve, pero intenso. El solo contacto con sus labios, la
ternura que en ellos depositó, hizo que la pasión que sentía tomase un rumbo
más sereno, pues así obraba él con las cosas que le gustaban.
- Veo que sí era eso lo que buscabas –sentenció sonriendo con
complicidad, mientras me abrazaba-. Te lo dije en el taxi, hay un montón de
cosas que se pueden conseguir si te lo propones. ¿No dices nada?
- No sé qué decir –respondí murmurando.
- No hará falta decir mucho. Creo que sobran las palabras, ¿no
te parece?
- ¡Dios, sí!
Él
sonrió ante esta salida que reflejaba el mismo estado de ánimo que uno puede
sentir tras pasar una dura prueba.
- Tranquilo. Ya te dije que tenemos toda la tarde, aunque creo
que se nos pasará como un suspiro –dijo besándome en la mejilla para
tranquilizarme.
- Creo que en este momento no me llega toda la tarde.
- ¡Coño para el salido gallego! Aún no empezamos y ya siente
morriña. Sois la hostia.
- ¡Joder! –asentí avergonzado-. Es que ya la estoy gozando.
- ¡Ya lo veo, cabrón! –dijo palpándome el paquete- Eres muy
guapo, ¿sabes? Eres la hostia de guapo.
- ¡Tú sí que estás bueno!
- Me gusta la gente guapa; pero me gusta más la gente guapa
que se ama (yo lo miré con cara de alucinado). Me refiero a los que se cuidan.
Y tú te cuidas –dijo acariciando mis bíceps.
- Creo que ninguno de los dos nos podemos quejar.
- Eso será lo que no haremos: quejarnos.
Y
ahí volvieron nuestros labios a fundirse en un beso tórrido y húmedo que
señalaba los grados de nuestra pasión. Su lengua se enroscaba en la mía, la
perseguía para atraparla y volverla a abrazar, para después dejar el turno a
nuestros labios que se besaban con gula mordisqueándose levemente. Las caricias
comenzaron a homenajear nuestros cuerpos que luchaban por abandonarse al
placer. Cambié la posición para situarnos frente a frente y que fuese la pasión
de nuestras caricias el amarre de nuestro precario equilibrio.
Nuestras
pollas rugían con su dureza. Sabían del ardor que se estaba cocinando, y el
aroma del sexo las hizo entrar en un delicioso vaivén que marcaba el ritmo a
nuestros besos y magreos. Era delicioso sentir como incluso oculto tras aquella
camisa su cuerpo seguía marcando su glorioso empaque. Deslizar la mano por
aquella pujanza era darse de bruces con la virilidad rotunda que aparece en
nuestros sueños más húmedos.
Aunque
yo había ido al gimnasio y presumía de cierta carnosidad, seguía habiendo en mi
una suavidad que evitaba las inserciones bruscas y marcadas; en él, el
concierto era otro. No era una musculatura exagerada, de esa que por su
desmesura, termina perdiendo la perfección por el camino. Su estilo hacía que
cada parte de su cuerpo estuviese perfectamente delimitada, sin que se llegara
a confundir con otras vecinas, sumando tan solo su singular gallardía a la del
conjunto. Esa cualidad hacía que no fuese necesario desnudarlo para tener una
idea certera del tesoro que se guardaba entre esos paños. Para los ojos
avariciosos de un maricón como yo, él estaba siempre en cueros.
Sospecho
que era todo lo que llevábamos. Desde que lo vi, lo deseé; desde que me vio, me
deseó. Esa combinación sólo puede hacer fuego. Menos es nada. Y desde ese
calor, continuó nuestro encuentro. La sensación que recuerdo era como la de
subir a una montaña rusa. Primero esperas en la cola, deseas que la puñetera
avance de una puta vez; una vez que te sientas en el coche, tu adrenalina
comienza a multiplicarse y a viajar por tu cuerpo; y no tanto por lo que vives,
sino por lo que se anuncia en ese horizonte, al que te aproximas a una
velocidad moderada subiendo una inclinada pendiente que te lleva a un clímax
del que no bajas en todo el viaje. Pues así fue aquella tarde. En esos primeros
minutos caminábamos lentamente por la pendiente, después nos deslizamos
ferozmente en una follada enérgica y sin límites que señaló cómo serían
nuestros encuentros.
Sentía
su verga deslizándose bajo mis cojones, pues no dejaba de cabalgar mientras
morreábamos como posesos hechizados por el olor de nuestro sexo. Aprisionada
sobre aquel dril caqui la pujanza mi encendida amiga supuraba sus fluidos, y el
aroma de su sexo me decía que su polla estaba secretando el mismo sustento.
Nuestros labios estaban empapados, babeando por las comisuras, extendiéndose
por la cara, pues no parábamos de viajar hacia otras partes tan apetecibles
como la que abandonábamos momentáneamente. En esos lapsos de tiempo, nuestras
miradas se unían reconociendo en esa milésima de segundo la pasión que nos
dominaba. No hacía falta decir más que lo que decíamos. Las palabras frente a
nuestras mingas y deseos, parecían como pequeños intrusos indeseables, por lo
que sólo aparecían aquellas que atizaban más el fuego.
Hubiese
deseado tener un coño. Desenfundar su tranca y sentir como ésta penetraba en
mis ardientes entrañas hasta hacerlas reventar de puto placer. Aquel meneo
lascivo que imprimía a sus caderas, llegaba a su cirio alumbrando una
intensidad que te cegaba. Sus manos recorrían con fiereza todo mi cuerpo,
magreando aquellas partes que despertaban su apetito. Sobaba mi culo con
avidez, exaltando toda la lujuria que allí se alojaba. No podía dejar de
menearme ante sus ataques, intentando, dentro del descontrol en el que me
hallaba, armonizar nuestros movimientos en choques cada vez más violentos.
Una
fuerza arcaica, nacida de nuestra entrepierna, pedía no sólo la consolación del
deseo, sino la violencia del instinto. Éramos dos machos, cuerpo a cuerpo,
enfrentados en una lucha sin cuartel por poseer el mando de una calentura que
nos calcinaba. Su polla seguía con esa embestida muda que me exaltaba, hasta
que mi deseo no pudo más y me lancé como una maricona hacia su rabo.
Despuntaba
en el pantalón como una especie de carpa de circo apuntando hacia el cielo.
Allí lance mi boca, y por encima de la tela comencé a mordisquear ese apetitoso
chorizo. Embadurnaba mi cara en su potente virilidad, restregándome sin sentido
por aquel mástil que me había llevado a ese estado febril. Comenzó a jadear y a
realizar movimientos guiados por un espíritu refinado, que dilataba cada una de
sus embestidas dibujando en el aire sensuales virguerías. Yo apretaba con
fuerza sus pelotas al tiempo que mordisqueaba con gula, empapando la tela que
ocultaba el tesoro.
Aún
oculto, su poder era inmenso. El aroma de su masculinidad atascaba mis
sentidos, embotándome para cualquier otra cosa que no fuese su mango. Ese pijo
duro que arañaba desde su guarida la obscenidad en la que nadaba. Hizo un leve
movimiento tratando de desabrochar el cinturón, y mis diestras manos lo
adelantaron en la carrera. Dejé de magrear sus bolas y quité la hebilla en una
sacudida rápida, a la que sucedió inmediatamente la apertura de su bragueta,
hundiendo mi cara en el pozo de los deseos.
Una
ola de calor acarició mi piel. El olor de su polla era ahora más concentrado,
casi físico, apuntando con su acre dulzor la delicia del manjar que se cubría
tras el calzoncillo blanco. Allí
sepulte mi cara moviéndola violentamente tratando de tragar todo aquel aroma
que se escapaba. Él me tiró del pelo aumentando los movimientos que la
desesperación de mi deseo se había marcado. Mi lengua lamió con profusión el
algodón de su calzoncillo, empapándolo poco a poco, para extraer todo el jugo
que su nabo había depositado durante todo el día. Mis jadeos se mezclaban con
los suyos, igual que mi saliva con su sudor. Toque mi polla que pedía a gritos
salir de su cárcel. De nuevo me tiró violentamente del pelo hasta subirme a la
altura de su cara para besarme con una efusión caníbal que le hizo morder mis
labios con la rabia de su calentura.
El
dolor era placer. Aquel meteisaca no estaba escrito con la delicadeza de los
sentimientos, sin que estos desaparecieran, pues los había, sino con el hierro
candente de nuestros falos, que pedían estar a la altura de nuestra fortaleza.
Éramos dos machos cara a cara, despojados del más mínimo barniz de
civilización, vestidos tan solo con la lujuria y la avidez de nuestros
apetitos.
Me
quitó la camiseta de un tirón y comenzó a lanzarse sobre mis pezones para
encharcarlos y morderlos a placer mientras yo me derretía entre sus brazos. El
mismo hambre que destaparon mis pezones erectos, lo llevo a mis axilas y allí
restregó su lengua con furor en una de las caricias más deliciosas que he
vivido. Mientras una de mis manos apretaba con fuerza su pija, iniciando un
suave pero violento masaje, pues se la apretaba con saña, él mordisqueaba mis
pelos arrancando algunos que, en su voracidad, no escupía dejando que estos
cayeran por la comisura de sus labios llevados por la saliva. Volvimos a
besarnos, a calmar la sed de nuestro apetito, a enredar nuestras lenguas y
mordiscos en un lenguaje que sólo aparece cuando el sexo hierve.
Seguía
meneando su nabo y tras finalizar el beso me lancé a mamársela. Seguía allí,
cubierta por su blanco e impoluto calzoncillo, que a estas alturas había tomado
una leve transparencia que permitía entrever su magnifico rabo. Metí el glande
en mi boca guiado por sus jadeos hasta sentir la carnosidad y el sabor de su
pujanza. Bajé los pantalones hasta la rodilla y me asombré de la hermosura que
concentraba aquella parte de su cuerpo precisada por una marcada dureza. Con
mis dientes mordí la goma de su calzoncillo y el glande apareció
repentinamente, como si surgiera de una caja sorpresa. Estirando la goma al
máximo, la solté batiendo la goma con su acorazado capullo. De nuevo repetí la
jugada, como unas cuatro o cinco veces, hasta que hipnotizado por su poder de
seducción, baje violentamente los calzoncillos con mis dientes y mi codicia.
Seguía
deslumbrado por su visión. Permanecí estático durante unos segundos, como quien
contempla un espectáculo que la naturaleza tardará milenios en repetir. He
gozado de muchas pollas, grandes y torpes, chicas y virtuosas, y viceversa;
pero ninguna se aproxima a la que portaba este Ángel. Ahora, analizando esto
desde el recuerdo, creo que era la única polla que podía casar con un macho de
sus características.
Estaba
marcada por el mismo sino que su musculatura. La definición de sus partes era
palmaria, pudiendo trazar un croquis de semejante ejemplar. Medía como unos
dieciocho centímetros, aunque esta medida era engañosa pues era un arma
preparada para engañar a la vista. Su tronco se fundía con los cojones haciendo
un todo recio que se veía surcado por infinidad de venas que bañaban aquel
regalo. De un grosor medio, que no variaba en todo su recorrido hasta acercarse
al glande donde mermaba ligeramente, de un modo casi imperceptible; apuntaba
una rectitud que resultaba arrogante, sino fuera por lo apetecible que se
mostraba. Después venía la nota más curiosa de ese instrumental. Un bálano
acampanado y desproporcionado culminaba aquella obra de ingeniería. Parecía que
aquel glande había sido colocado allí tras un transplante, pues la diferencia
de su perímetro, te llevaba a pensar que aquello no se correspondía con el
tronco que la sostenía ya que, en ningún momento, la unión de su glande se
mostraba a la luz pública. La piel era tersa y oscura, igual que sus pelotas
cubiertas de un vello ensortijado; pero aquella negritud saltaba de alegría en
su capullo regado por un color rosado y carnal que sugería la salud de la
pieza.
Su
punta supuró un chorro manso de presemen que cayó suavemente por la fuerza del
vértigo. La punta de mi lengua se acercó a ese manjar y con un movimiento
compulsivo tomo los primeros sabores de aquel portento. Como todo lo bueno, una
vez probado, uno siempre quiere mas. Cogiendo la pinga por su base, cerré mis
labios en torno aquel dócil surtidor que empapaba con su brillo la fortaleza
del bálano. Sorbí aquel jugo de su virilidad y mis labios sucumbieron
abriéndose a la pieza, engulléndola en
una cálida mamada. Tuve que tocarme la picha que comenzó a babear del mismo
modo al enfrentarme al vigor de su hombría. Mis labios abrazaron codiciosos aquel
sabroso glande llegando hasta el borde mismo de ese barranco que continuaba con
la tranca que ahora le meneaba.
Todas
las pollas saben a macho, no pueden saber de otra manera, saben a lo que son;
pero ese baluarte desplegaba una artillería pesada que terminaba embriagándote
pues no dabas consumido su sabor. Parecía que la energía su interior renovaba
constantemente ese fuerte sabor que
enaltecía tu voracidad. Mis labios subieron y bajaron por ese glande empapado
mientras la punta de mi lengua masajeaba el orificio de su capullo. Él me tomó
por la cabeza para acariciarla. Sus dedos surcaron mi pelo en movimientos
descoordinados que me hablaban de su goce y de mi maestría. Mi estriada lengua
repasaba ahora los bordes de su apetecible glande intentando buscar un
resquicio inexistente, pero sorprendiéndose de la rugosidad que encontraba.
Cada uno de los movimientos de salida terminaba en un beso; para después
dirigir una mirada al rostro que sucumbía, y volver, tras otro húmedo beso, a
iniciar aquel celestial viaje. Mi mano seguía masajeando su tranca, de arriba
abajo; de ahí, a sus cojones para estrujarlos con pasión y hurgar tímidamente
por la vía hacia el ano; para volver de nuevo a asentarme en la robustez de su
mango que me permitía un poder temporal
sobre este macho. El sonido de la saliva acompañaba a sus jadeos, teniendo como
línea de coro el magreo que le estaba pegando a mi minga por encima del
pantalón, que armonizaba su ritmo con la mamada que le estaba realizando.
Comenzó a revolverse como una puta, y aquellos dedos, que momentos antes acariciaban
mi pelo, presionaron para que me tragase aquel cipote. Su capullo se alojó en mi campanilla, y mi
nariz reposó en el mullido colchón de su vello respirando el seductor aroma de
su sexo. Fueron unas penetraciones deliciosas, guiadas por el más puro instinto
que rejuvenecía con cada embestida, como si para su movimiento necesitase
alimentarse del sabor y aroma de su férrea virilidad. Mi lengua pulió cada
pulgada de su miembro, trabajándolo con el primor que me inspiraba. Él follaba
mi boca, y en un par de ocasiones su pija tropezó con mis dientes, sin que ese
dolor momentáneo supusiera alguna quiebra en su ardor, más bien al contrario.
Retiré la picha de mi boca y lamí toda la superficie de aquel pasmoso engendro
y me dirigí hacia sus cojones.
Levantó
un poco la pelvis y tragué aquellos huevos peludos de narcotizante aroma y
sabor. Eran ovalados y pequeños, si los comparamos con su vecino; de hecho, se
podía pensar que era la envidia la que transfiguró a estos cojones que
alargaban la extensión de la verga hasta confundirse uno y otros. Restregué mi
cara por su anegada pija, aumentando la brusquedad de mis movimientos como si
hubiera entrado en un trance infinito.
Me
cogió por los hombros y me tumbó sobre él para comenzar a magrearme sin
límites. Sus expertas manos recorrieron todo mi cuerpo, hurgando aquellas
partes que aún estaban encerradas. Era un intercambio intenso, pues lo mismo
que él perseguía lo buscaba yo. Nos revolcamos por la cama, sumando nuestros
delirios con una ferocidad caníbal. Éramos dos bestias en celo, dos apetitos
insaciables que buscaban en cada centímetro de nuestro cuerpo la llave que
saciara nuestra obscena lascivia.
Todos
sus acciones eran bruscas, viriles; aunque a la vez dejaban un poso que
continuaba afilando tu placer aunque el dueño atacase con su hombría por otro
flanco. Pocas veces gocé de una sensación así, de sentir que él estaba en todas
las partes. Ese cuerpo que imanaba todo lo que tocaba, comenzó a desvestirme
con rudeza, como si en vez de un polvo consentido, fuese una violación. Aquel
ímpetu resultaba exquisito, haciéndote comprender que la pasión del momento no
era sólo la suma del deseo, sino la violencia con la que se manifestaba este.
Sin dolor, no había placer.
Marcaba
mi cuerpo como si fuera una res, dejando los rastros de su paso. Si en un
principio, mi juego fue el mismo, pronto sucumbí al placer de su fortaleza. Ya
no respondía con la misma hostilidad que él, sino que me corría de gusto ante
ese ardor que me enrojecía y violentaba, porque era yo, y sólo yo, quien se lo
estaba provocando. Ángel notó ese pequeño cambio y se empleó con más saña en el
camino que había tomado su polla. Me quitó violentamente el pantalón, mientras
yo, en mi placer, fingía resistirme para que incrementase más su pasión. Comencé
a darle patadas, que él devolvía con mayor discordia, variando el menú con
cachetes y sopapos que se repartían por todo mi cuerpo. Era delicioso y había
que premiarlo. Así que buscaba el perdón en sus besos, acariciándole primero
sus labios con ardor para después comérselos con rabia. Se tumbó encima de mí,
aprisionándome con su cuerpo y me dio uno de los morreos mas salvajes de mi
vida. Eran como dos movimientos contrarios, como dos coches que se dirigen a
toda velocidad el uno contra el otro. Yo trataba de zafarme de su excitante
intimidación, él de apresarme. Nuestros cuerpos ardían y mordí sus anchos
hombros en un intento por tragar a mi amante. Aquello despertó aún más su gula
y con el encarnizamiento que alumbraba comenzó también a morderme con encono
despertando un placer inaudito hasta ese momento. Jadeábamos como locos, pues
aquella violencia, por su intensidad, no se manifestaba en gritos, sino que,
como en las cloacas, viajaba más soterradamente, como si temiéramos que el
grito vampirizara la energía de nuestros combates.
- ¡Te costará follarme, cabrón! ¡Antes te mato que dejar que
esa pinga de mierda me toque!
- ¡Cállate maricona de mierda! Te voy a follar a gusto. Lo
quieras o no. Pero mucho me temo que tu nabo –susurró esto apretándomelo
fuertemente- quiere que lo folle.
- Mi nabo quiere una mierda.
- Tu nabo, mi amor –dijo bajándome los calzoncillos y cogiendo
de la punta del capullo una muestra de mis fluidos para llevársela a la boca-,
está pidiendo a gritos que se lo coman.
- ¡Cuánto más me deseas, más te odio!
- Así me gusta.
- ¡Te odio, hijo de puta!
- Y yo creo que no he odiado a nadie tanto en mi vida como a
ti.
De
nuevo nuestros labios se mordieron para expresar el odio que sentíamos. Y tras
esto un delicioso sesenta y nueve abrió el segundo acto de la función.
Mamaba
que daba gusto. Su lengua recorría mi picha con extrema ansiedad despertando en
ella rugidos hasta ahora nunca alcanzados. Comencé a follarle la boca hasta
atragantarlo; pero cuanto más le jodía, más le gustaba. Me tomó por las nalgas
y en un mismo impulso las magreo con saña dándoles de hostias y empujándolas
hacia él para pasar toda mi polla de un trago. Eran movimientos tan violentos
que en ocasiones no era su rugosa lengua o sus succionadores labios los que
llevaban el mando, sino sus afilados dientes los que tomaban el castigo. Aquel
dolor intenso, como un latigazo restallante, afinaba aún más el sendero de mi
placer, que estaba entre la polla que tenía en la boca y la fiereza que la
dominaba. Cuando no la embuchaba hasta la empuñadura, su lengua recorría
alocada con su excitante rugosidad toda mi polla. Era increíble la velocidad de
este instrumento. Creo que mamo muy bien las pollas. Es uno de mis platos
preferidos y llevo bastantes años cocinándolo como para no hacerlo bien; sin embargo,
ni en mi mejor día me acerco a las revoluciones con las que era capaz de actuar
su lengua, desde una frecuencia vivísima y sincopada, a una lamida larga y
mansa que esclavizaba tu sensibilidad encumbrándola cada vez más alto, cada vez
más lejos, presintiendo siempre un clímax
que volvía a alejarse pues aún llevaba más elementos de los conocidos
hasta entonces.
Sus
manos separaron mis nalgas y con su nariz comenzó a hurgar en el jebe. Hacía
aspiraciones profundas, tratando de sorber todo su aroma, de llenarse de mí.
Restregó su cara por mi culo y comenzó a comérmelo. ¡Lo hacía de puta madre!,
pues serpenteé como la mayor de las putas. Cada lamida era realizada con mayor
frenesí, como si buscara un empacharse. Yo por mi parte presionaba con fuerza
mi culo para que su rostro quedara marcado en el, cogiéndolo entre mis piernas
para privarlo de cualquier movimiento.
- ¡Cómeme el culo, maricón! –ordené despojándolo de aquel
abrazo y levantándome para quitarme el pantalón- ¡Cómeme el puto culo,
comemierdas!
Tras
eso me situé de pie a la altura de su rostro, dejando que por un momento
contemplará mi polla tiesa, que babeara por ella como un perro hambriento. Él
miraba con los ojos abiertos de par en par y su lengua salió de su escondite
para pedir su ración, lamiendo frenéticamente el aire que lo separaba de su
objetivo. Yo me toqué los huevos, levantándomelos con lujuria para después
continuar un breve tramo hasta que mis dedos entraron en el pantano de mi culo.
Tenía los dedos empapados con sus babas y los bañe con las mías. Después, en un
viaje lento y caprichoso, aquellos transeúntes encharcados recorrieron mis
pezones, mi capullo, mis cojones, y siguieron hacia mi culo. No lo dejaba de
mirar mientras ejecutaba esto que me salía de lo más profundo de mi nabo, me
costará olvidar su cara cuando abrí un poco mis nalgas para sepultar el dedo
índice en la gruta que él tanto anhelaba y allí hacer un breve meteisaca. Sabía
que, en ese momento, deseaba con todas sus fuerzas que mi dedo fuese su polla;
pero no era él único, yo también lo deseaba.
Moviéndome
como una maricona cesé repentinamente la penetración y caí con toda la fuerza
sobre su rostro.
- ¡Cómeme el culo, maricón! –mandé arrastrando mi culo por
toda su cara
Mis
huevos quedaron a la altura de su boca y en un momento ésta actuó tratando de
tragárselos, casi comiéndolos literalmente, avanzando a mordiscos hacia ese
culo. Mis manos le ayudaron. Abrí las nalgas para mostrar en toda su amplitud
la gruta en la que sucumbiría su hombría. Sobre ella lanzó su avaricia. La
humedad de mis jadeos se mezcló con el goteo de sus chupadas. Su lengua circuló
por todo el perímetro en una carrera vertiginosa por llegar primero a
meta. Yo dilataba y contraía mi ojete
para permitir que su rugosa y magistral lengua cavara más hondo, hasta mis
entrañas.
- ¡Te gusta, maricón! La estas gozando como una perra en celo.
¡Lo estás haciendo de puta madre! Mi culo ya chorrea. Sigue así, calentando mi
puto culo hasta que arda. Quiero que arda, para que después tu polla, tu leche
de polla, se cargue este incendio que estás provocando. ¡Sigue, maricón, sigue!
- ¡Sabe a Dios! ¡Y cómo traga!
- ¡Claro que sabe de puta madre! Este culo es tu premio. Es
aquí dónde vas a gozar como una maricona, pues te va agarrar la pija de puta
madre. Nadie te va a apretar la picha como yo, con toda la fuerza de mi deseo,
con toda la maestría de mi culo, con
todo el calor de mi polla.
Y
yo seguía cimbreándome como una puta pues su lascivia me estaba quemando el
culo. Notaba como su lengua encharcaba todo mi ojete, como sus dientes me
mordían las nalgas, en una sucesión frenética y descontrolada. Mi pijo
chorreante chocaba con su frente, marcándosela con mis fluidos, yo arrastraba
mi culo, tratando de controlar tanto placer, por toda su cara hasta sepultarlo
entre mis nalgas, para volver después a bajar y encontrarme con aquella lengua
maravillosa que lamía con su rugosidad esa gruta que deseaba ser horadada. Era
un placer intenso e insólito. Me habían comido el culo un montón de veces, era
una práctica que me encantaba, pues ese cosquilleo tomaba caminos imprevistos
hasta situarse en mi polla y desde allí irradiar a otras partes. Pero pocas
veces me comieron el culo como en aquella ocasión. Sus mordiscos y la astucia
de aquella puta lengua, subieron varios grados la temperatura de aquella
jugada, hasta que noté que, de seguir así, me correría. No es que me
desagradara la idea, pero aquella leche que hormigueaba en mis cojones llevaba
mucho tiempo macerándose y quería finalizar sus días en las entrañas de aquel
macho devorador. Así que, con fuerza, sepulté mi culo en su cara hasta ahogarlo
y fui arrastrándome poco a poco, venciendo sus protestas, hasta quedar mis
nalgas en su nariz y, ahí, tomar su huida.
- ¡Fóllame! ¡Fóllame, joder! –imploré a un macho más que
dispuesto- No. Pero así no. ¡Átame! ¡Átame bien fuerte!
Merece
la pena describir su mirada. Era ardiente, como de fuego, pero, sin embargo,
tras este ruego, subió unos grados más, mostrando la ardorosa condición que
guardaba mi hombre. Mordió su labio empapado y una sonrisa maliciosa se cruzo
por décimas de segundo en su rostro, hasta juraría que su verga también se rió,
pues le dio un meneo con fuerza, como diciéndole: “¡Prepárate, amiga! Esto era
lo que estabas esperando desde que creciste”.
Su recia musculatura se lanzó como un perro de presa a la búsqueda de un
cinturón. Yo, mientras tanto, “reposaba” en la cama, trémulo como un junco,
sabiendo que a partir de ese punto, nada sería igual a lo que había gozado,
presintiendo, en una palabra, que iba a tener lugar EL POLVO, y que pocos se
acercarían ni remotamente a lo allí alcanzado.
- Esto servirá. ¿No crees? –dijo mientras su descomunal polla
portaba el cinturón del uniforme.
- Pégame. ¡Pégame por qué te odio!
Primero
tocó su polla con arrogancia; después cogió suavemente la hebilla del cinturón
y dejó que éste se deslizará con elegancia por su miembro. El cinturón cayó
pesado, sin vida, pero amenazador. Su color negro y su anchura mostraron en su
mano la diabólica cara que ocultaban.
- ¿Qué haces, joder? ¡Pégame, por qué te odio, hijo de puta!
¡Me cago en tu madre!
El
cinturón seguía inerte. El sudor regaba aquel cuerpo vigoroso hecho a hachazos.
Él estaba petrificado, concentrando toda su energía en esa quietud amenazadora
que deambulaba por sus formados músculos. El rostro estaba serio, lacónico,
sólo sus ojos mostraban el mismo odio que nos teníamos, entendiendo en ese
instante todo el amor que se reunía en la humillación. Pues era la humillación
el amor más desenfrenado que se podía entregar.
Como
un rayo el cinturón restalló violentamente sobre mi piel, dejando su rastro
sobre mis piernas.
- ¡Tienes que quererme, hijo de puta, tienes que quererme como
yo te quiero!
Ni
tiempo me dio a contestar, una segunda firma se depositaba sobre mi sorprendido
abdomen. Él avanzó hacia mí, se subió a la cama y abriéndose de piernas me
encerró en la cárcel de su belleza. Yo me abracé extasiado de placer, tratando
de protegerme de lo que más ansiaba, y dispuesto a recibirlo, pues nada deseaba
más. Las lágrimas anunciaron con su urgencia todo lo que estaba disfrutando.
- ¿Me oyes? ¿Escuchas lo que te digo?
- Te odiaré. ¡Te odiaré con toda mi alma! –contesté sollozando
entre jadeos-. ¡Eres el hijo de puta que escogí para odiar!
Y
aquella mole empezó a azotarme con violencia. El canto de mi cuerpo se fundía
con el silbante viaje del cinturón, trazando una melodía casi continua. Su
maldad tomó el mando, llevándome a un placer salvaje, pues de improviso, mis
huevos comenzaron a cosquillear, iniciando ese viejo llamado que anunciaba una
corrida deliciosa. Yo lo miraba agradecido, cegado por su entrega, sumido por
su infinita masculinidad, y él me correspondía con una malicia astuta, pues
muchos de sus latigazos no caían sobre mi cuerpo sino en la roñosa colcha,
consiguiendo un efecto similar al que conseguirían si estallasen sobre mi piel.
Tengo que explicar que el placer de esto estaba repartido en todo el conjunto.
Se iniciaba cuando su poderoso bíceps erguía su vuelo restallando el cinturón
que silbaba el aire al cruzarlo, allí suspendido, daba tiempo para que tu
cuerpo asimilase el placer que venía a continuación, y que se precipitaba en
décimas de segundo hasta explotar, en un viaje adrenalítico, marcando tu piel y
mostrar otra naturaleza cuando ésta escocía e irradiaba por todo el cuerpo el
ardor de la violencia. Me di cuenta que la leche de mi polla, se abría paso,
era un orgasmo distinto a todos los que de allí habían salido, y necesite
compartirlo con mi macho.
- ¡Ven, ven, rápido! –imploré ahogando mis palabras- ¡Abrázame
rápido, cabrón!
Él
me miró con extrañeza, pero entendió al instante por dónde cabalgaba yo en ese
momento y se lanzó sobre mi cuerpo, y comenzó a besarme apasionadamente. Mi
rabo quedó sepultado por el suyo, pero una fuerza diabólica y descontrolada lo
hacía ascender como un cohete, y comencé a cabalgar, a saltar alteradamente,
tratando de dirigir aquella poderosa corrida a algún sitio difícil de
localizar, pues el orgasmo se expandía por todo mi cuerpo. Él mordía mis
labios, su lengua hurgaba mi boca, todo con una voracidad creciente, parecía un
animal feroz, poseído por la misma saña que a mi me transportaba a una muerte
súbdita. Nos abrazamos fuertemente y mi polla comenzó a eyacular copiosamente
sobre su abdomen, al tiempo que no paraba de saltar y gemir en un orgasmo sin
fin. No sé el tiempo que estuve así; sí puedo decir que nunca tuve otro orgasmo
igual, tan dilatado, tan explosivo; los demás, ya fueron conocidos, este era
totalmente nuevo.
Mi leche unía nuestros ardorosos cuerpos, y
seguía manando sin fin, mientras yo continuaba con movimientos taquicárdicos
que elevaban el cuerpo de Ángel hasta el cielo donde yo me encontraba. Le clavé
las uñas en su espalda, le mordí su hombro, así hasta que desfallecí y quedé
resoplando como una mula cansada después de un duro día de trabajo. Mis ojos
estaban cerrados y el seguía besándome, lamiendo toda mi cara, mordisqueando
como un perro todo lo que estaba a su alcance. Era delicioso estar con él,
disfrutar de una entrega que no tuvo igual, estar al cobijo de su hombría,
desfigurado por su placer que aún en esos estertores te situaba en cotas muy
altas. Tantas que ese deseo que ahora embadurnaba nuestros cuerpos ni tan
siquiera se vio alterado. Mi pijo seguía duro, como hipnotizado por la potencia
de su verga que marcaba a fuego mi cuerpo. Su amor trazaba su escritura por mi
ser, rindiendo lo que ya estaba entregado, pues desde que lo vi me había
enamorado como un colegial, aunque pusiera mil disculpas que sólo podía
discurrir mi nabo.
- ¡Fóllame! ¡Átame y fóllame! ¡Quiero tenerte, mi vida! Sino
te tengo, muero.
- ¡Te odio!
- ¡Yo también te odio! Te odio desde el primer momento que te
vi, y creo que nunca te dejaré de odiar.
Al
momento, sin salir de mi regazo y deslizándose ayudado por mi leche, hizo un nudo con el cinturón en mi muñeca y
ató la otra extremidad al barrote de la cama; después saltó a por mi pantalón y
le sacó el cinturón, repitiendo la misma jugada y atándome fuertemente al
barrote de la cama. Y allí quedé, atado de manos a la cama, y de cuerpo a mi
amado. Él se subió a la cama y se puso de rodillas frente a mí. Después pasó su
mano por mi abdomen, que respondió a su caricia, y sustrajo avariciosamente la
leche que allí había hasta embadurnarse la pija. Con la que él tenía hizo lo mismo,
sólo que la escondió en su boca, deleitándose de su sabor y sacando su lengua
para hurgar entre sus dedos en busca de las pequeñas migajas que
guardaban. Mientras aquella polla
extraña y descomunal mostraba su apetitosa cara, haciendo que me corriera de
gusto sólo con verla. Estaba húmeda,
encharcada, vibrante, viril, recia, tersa, dura, potente, arrogante, feroz,
avariciosa... Eran tantas las palabras que me venían a la mente que no paraba
de adorar aquel sensible ejemplar que tanto me odiaba, y que se hallaba situado
a las puertas de mi acogedora gruta.
Cogió
mis piernas y las levantó, poniéndome el culo a la altura de su gran capullo.
Éste husmeó la entrada , y agarrando la base de su polla se dispuso a entrar.
Fue doloroso y duro alojar aquel ejemplar, pero consciente de su naturaleza su
capullo permaneció quieto durante unos segundos en los que no paró de decirme
cuánto me odiaba y que culo tan rico tenía. Sus palabras calmaban mi dolor,
pues espoleaban el deseo de mi magullado cuerpo, implorando que aquel recio
ejemplar me perforase totalmente. Mi rostro dolorido fue mudando lentamente su
cara, al tiempo que me acostumbraba a tan caliente y delicioso intruso, para
asentarse en una mueca placentera que no abandonaría en toda aquel glorioso
polvo. Estaba literalmente agujereado. Su peculiar glande mostraba su férrea
naturaleza, su propósito invasor, sacando unas notas de dolor que pronto se
convertirían en un inenarrable placer.
Hacía ademanes de querer abrazar su robusto cuerpo. Mi cara intentaba morder
sus bíceps, su cara, pero era una marioneta manejada por su ardiente rabo.
Siguió allí quieto, dejando que mi culo se adaptara a su pija, hablándome del
placer que sentía y de lo mucho que me iba a matar. Recuerdo que no paraba de
decirlo: “¡Te voy a matar a polvos!” Y yo allí, sabiendo que lo que me contaba
era una pura verdad, pues tenía el cuerpo blando como el merengue y sólo mi
cipote estaba duro para la pelea. Me estrujó los huevos y me retorcí como una
alimaña. ¡Qué rico era todo aquello! Aquella equilibrada muestra de dolor y
placer, estar enganchado a un macho como él, que me iba a partir por la mitad,
a matar a polvos, que me iba a dejar pal arrastre.
Introdujo
un poco más la picha. De nuevo el dolor volvió con saña, pero en segundos mi
intestino se adaptó a mi inconfundible invitado. Cada una de sus pequeñas
incursiones era recibida con un pequeño grito. Si los primeros fueron agudos,
ahora eran graves, soterrados, como si surgieran de una profundidad difícil de
dominar, pues no era yo quien hablaba, sino mi nabo. También él gemía y me
decía en su fiebre “¡Cómo agarras, cabrón!”
¡Dios,
pero si te quería comer! Pero así, literalmente, devorar palmo a palmo aquel
arrebatador cuerpo. Los últimos centímetros de su arma entraron de golpe y su
pubis chocó con mi culo con un sonido húmedo. Yo ronroneé y cómo pude me volví
a retorcer de placer, pues me aprisionaba con fuerza haciéndome sentir todo su
cuerpo. Allí quedó parado, hasta empezar un meteisaca delicioso. Sus primeras
embestidas, fueron largas, pronunciadas, tanto que podía sentir como su glande
araba deliciosamente mis entrañas, destapando ese frasco que desde nuestro
primer beso seguía ardiendo. Mis jadeos se sumaron a los suyos y aumentaron su
potencia cuando las incursiones se hicieron más feroces, casi animales. Tenía
una fuerza tremenda y me deslizaba por la puta cama. En un par de ocasiones su
polla salió de mi culo y con su férrea dureza golpeó mis nalgas, para
introducirse, de un solo movimiento, nuevamente en mis entrañas, pues era allí
donde reinaba. Me encantaba la sensación de verme abandonado, de ser un puto
títere a las órdenes de su lujuria, de que de nada sirviese implorar para
suspender la follada de mi macho. Estaba drogado, estábamos drogados, poseídos
por la mejor droga que se pude conseguir: una buena polla, un buen culo; lo
demás, sobraba. En aquel momento, sólo existíamos él y yo. Nadie más. Teníamos
los sentidos ahorcados, sólo respiraba, sólo existían para ese instante.
Su
empuje me llenaba. Cada embestida hacía que esta viajase por todo mi cuerpo
marcando a fuego la pasión por él trabajada. Creo recordar que no paraba de
hablar, de decir lo mucho que me odiaba, de mezclar polla con corazón. Así
palabras ardientes que sólo podían estar pensadas con el capullo, se mezclaban,
en perfecta armonía, con otras que sólo podían ser tejidas por un corazón fino
como el suyo. Pues esa era nuestra comunión: una alianza de cuerpo y alma. Sus
frenéticos asaltos acrecentaron su cadencia, hasta llegar a un ritmo sincopado
en el que mi amado quedo repentinamente mudo, y a partir de ahí, sólo la pija
habló con sus taladradoras palabras. Yo era un guiñapo ahogado, sofocado por
todo ese mar de placer en el que nadaba en medio de un oleaje tempestuoso, que
llevaba a nuestros sudorosos cuerpos a un más allá alucinante. Estábamos en un
punto tal de sensibilidad, de afinidad, que aún teniendo los ojos cerrados por
el ardor del momento, presentí cuando se correría, pues como una pequeña
corriente eléctrica, como una vibración que se sumaba a sus trémulas
penetraciones, tomó la sincopa de su follada.
Sentí
como mis ardientes entrañas se regaban de su fogosa leche, como los trallazos
salían en un todo continuo, sin que él frenará su perforación, hasta inundar
mis intestinos con su deliciosa hombría. Ni un gemido salió de su boca, su
ahogado grito era lo único que pude vislumbrar desde la ceguera que me
acompañaba. Yo, en cambio, no dejé de jadear, como si aquella leche no fuese la
suya sino que saliera de mi dura verga. Fue una sensación extraña, como un
orgasmo seco, si es que éstos existen; pero así lo viví.
Diez
segundos después se derrumbó sobre mi cuerpo, exhausto y sofocado, como recién
salido de un ataque epiléptico. Aplastó mi rabo haciendo un poderoso masaje con
la hondura de sus resuellos. Yo lo besaba tiernamente, agradeciéndole todo el
amor que había vertido en mí. Él sonrió, con una sonrisa que expresaba la
felicidad de lo que había vivido y de la que aún se estaba recuperando. Su
polla agradecida seguía palpitando en mi culo, dando con sus agonías los
últimos coletazos de la gloria que había alcanzado. Yo continuaba atado,
siguiendo con mis movimientos inútiles tratando de abrazarlo, de mimar a tan
poderoso caballero, sólo mis labios depositaban toda la ternura que afloraba un
Ángel como aquel. Al poco, respondió a mis besos, con una ternura que
contrastaba con la ferocidad de segundos antes. ¡Dios, era tan dulce! La punta
de su lengua bailó con la mía una marcha sincopada, para después situarse con
suavidad sobre mis labios y besarlos con todo el amor que contenía un hombre
como él. Así estuvimos como unos ocho minutos o más, sin hacer otra cosa que
intercambiar nuestros besos, nuestro amor sin palabras. Su polla se fue
achicando mansamente, hasta ser expulsada de la gruta que lo acogería con
agradecimiento en todas las ocasiones que nos restaban. Su semen, espeso y
cálido se escurría por mi culo dándome un gustillo particular, pues aún en ese
estado, parecía tener vida propia, como si esos minúsculos animalillos viniesen
dotados de espuelas.
Aunque
atado seguía embriagado por su seducción, por el amor que concentraban todas
sus acciones. Mi picha seguía dura, poderosa, rezumando todos los jugos que
contenía y que el llamaba con el calor de su cuerpo. Como en una especie de
broma, cuando hurtaba mis besos, yo respondía con sacudidas que simulaban una
penetración y que intentaban hacerlo caer de mi cuerpo, del que, por supuesto,
no quería que se separase. La broma le gustó y nació un juego en el que él me
robaba los besos y yo fingía que lo penetraba. La historia pareció gustarle,
pues en breves instantes el ejemplar que iluminaba su entrepierna volvió a
alcanzar el brillo deseado. Aquello que emergió como un juego se convirtió en
el elemento central de nuestra entrega. Los besos se sucedían, y nuestras
húmedas y férvidas lenguas se unían en sus abrazos a los pollazos que nos
brindábamos. Repentinamente se levantó. Por un segundo, pensé que volvería a
follarme, y, por supuesto, no me desagrado la idea. Pero situó su espléndido
cuerpo a la altura de mi cabeza, y girando se agacho para comenzar a mamarme la
polla, situando su precioso ejemplar a las puertas de mi boca. Comenzamos un
delicioso sesenta y nueve. Un número mágico donde los haya, pues éste me llevo
a las puertas de un orgasmo. Tragaba toda mi polla con una facilidad pasmosa,
situándola en calidad humedad de su boca para allí, en el viaje, de vuelta
chupar con fervor y sacar todo el juguillo que se puede quitar a mi pija. Mi
mamada no era fácil, no quería morderle y, en ocasiones, su rabo salía de mi
boca pese a la avaricia de mi chupada. Él me ayudo a mi propósito, y
empujándola hacia mi boca mantuvo la gloriosa pija a buen recaudo. Fue una
mamada sabrosa, pues al tiempo que saboreaba ese rico manjar sus dedos se
metían en mi boca para jugar con mi lengua. Mientras el continuaba su chupchup
delicioso. La hacía con tal exaltación y desenfreno que la saliva parecía
gorgotear ese canto rico que se da en una buena comida de polla. Yo seguía
lavándole la cabeza, respondiendo al placer que recibía. Mi estriada lengua se
conducía por todo el glande, circulando por su perímetro a una velocidad
fogosa. Estas maniobras lo derretían y lo hacían perecer en un marasmo
arrebatado, cambiando la magistral chupada que me realizaba, y tragándose de un
solo golpe mis diecinueve centímetros y resoplando por su nariz a la altura de
mis cojones. Era un bufido fuerte, que refrescaba el calor de mis cojones
haciendo aumentar mi temperatura.
Repentinamente
paró su mamada y quitó su polla de mi boca. Se giro, y después de darme un beso
que finalizó en un mordisco en mi labio inferior, puso su polla a la entrada de
mi boca, situando sus rodillas encima de mis brazos. Y con su voz determinante,
adoptando esos aires de cabo o sargento que tan bien se le daban, ordenó un
mandato sencillo: “¡Cómeme la cabeza!” Y allí lamí con fruición su peculiar y
arrogante capullo, besándolo tiernamente, lamiéndolo con lascivia, saboreando
ese sabor a macho que no se daba extinguido. Mientras le hacía esto, él se
masajeaba su talle, se sobaba los cojones, se tocaba el culo, todo con una
elegancia natural que aumentaba los gestos que en otro pasarían desapercibido.
Así estuve como unos quince minutos, y podría haber estado más, pues lo estaba
disfrutando segundo a segundo, sin darme saciado de tan abundante plato. Y pasó
una cosa muy curiosa, que nunca más me volvió a pasar. A las puertas de su
orgasmo él aumentó su meneo y me indicó con la mano que parase de mamársela. Y
de nuevo ese grito ahogado tomo el camino de su boca y vi que me esperaba el
rico manjar de su leche de polla; ¡y eso era algo que no me perdería por nada
del mundo! Así que abrí totalmente mi boca, dejando el paso libre para ese
torrente, y esta palabra no está empleada al azar. Sino que fue eso lo que salió
de su nabo: un torrente de espesa y tórrida leche. Me pilló tan de sorpresa que
me atraganté, pues a la abundancia se le sumó la fuerza de sus eyaculaciones.
Tosí con fuerza, evitando el atragantamiento, y su leche ¡me salió por la
nariz! Parecía un sifón. Los restos de su corrida cayendo en lamparones por mi
nariz, y todo el acre y viril sabor de su fruto comiéndome de gusto por las
húmedas paredes de mi boca. Tuvo un orgasmo delicioso, con risas y trallazos
que salpicaron todo el ring. Yo, cuanto más me reía, más me atragantaba, pero
no podía parar, aquello tenía demasiado coña como para no celebrarlo. Saqué mi
lengua y lamí toda la leche que caía de la nariz, pero cada gesto que hacía,
por muy lujurioso que pretendiera ser, tenía la coña de ver la leche salir por
mi nariz.
Cuanto
terminaron las risas, su culo aplastó a mi rabo, que por aquello de los
jajajás, había perdido un poco de su consistencia. Pero su cuerpo tenía el
efecto milagroso de resucitar a un muerto, y a los pocos segundos, tras pasear
su culo por el talle de mi polla, ésta volvió a jurar bandera.
Agarrándola por la base se la metió de un golpe. ¡Cómo
apretaba el muy cabrón! Tenía un culo sabroso, que hacía notar su presencia en
toda la follada. Y allí, pellizcándome los pezones, acariciándose como una
puta, saboreó mi nabo a todo meter. Como había hecho cuando me follaba, las
primeras penetraciones, tras la entrada triunfal con la que se inició, fueron
largas, meditadas, deliciosas; después el ritmo iba ganando en frecuencia, como
si cada perforación no saciara el hambre que la guiaba, sino que la aumentaba
hasta valores difíciles de categorizar.
Lo
más jodido y lo mejor de este polvo era que yo no llevaba el control. Cuando te
follan, aún te puedes acoplar de alguna manera, tratar de contrarrestar sus
acometidas, cerrándote un poquillo más, o por el contrario azuzarlo para que te
dé más caña. Pero cuando “follas” de esta manera, no hay modo de llevar el
ritmo. Estaba atado, y sus incursiones eran tan frenéticas y potentes que me
sepultaban. Así que durante todo el polvo no hice otra cosa que jadear como una
perra en celo, moviendo la cabeza de un lado para otro, pues mi leche estaba
hirviendo a toda presión. Y así fue. Estalló en un volcán sin que el parara de
meterse mi pijo como un poseído. Cuando eyaculé, deseaba con todas mis fuerzas
que el parase, que me dejase correrme en paz, que no aumentara ninguna de las
sensaciones que se apelotonaban en mi cuerpo, pues creía morirme. Pero no fue
así. Al contrario, su fogosa follada multiplicó por mil todo lo que sentía y
que un grito desgarrador escribió en el aire. Palpitante y agitado, sin ningún
control sobre mi fui desfalleciendo poco a poco, como si tras el orgasmo mis
fuerzas se perdieran por mi cipote. Tarde tiempo en recuperarme, pues Ángel
continuó durante un minuto o más con su follada, hasta que sintió el culo roto.
Después, poseídos por la misma turbación caímos uno en brazos del otro. Y allí
permanecimos en nuestra vibrante agonía.
Lo
que restaba de tarde, no paramos de hablar, de acariciarnos, de besarnos.
Parecíamos dos quinceañeros ilusionados con el regalo que habían recibido.
Tanto él como yo teníamos claro que aquello no había sido un polvo como los
demás, y en pequeñas porciones, con la timidez de los primerizos, nos juramos un
odio eterno. Sabíamos que nuestra historia no era fácil. Nunca lo fue. Pero en
aquellos tiempos con los maricones no se hacían películas, sino chistes. Así
que decidimos que aquel odio que nos quemaba se expresase en un código secreto,
lleno de disimulos y miradas esquivas, de encuentros casuales y broncas
representadas. Cada una de aquellas artimañas era una declaración de rencor en
toda regla. Sabíamos qué se ocultaba en cada uno de nuestros movimientos, y no
desaprovechábamos la ocasión para gozarlo con todo el odio que nos
teníamos. Y así vivíamos felices,
sabiendo que ese odio profundo, y que considerábamos eterno, era nuestro
pequeño secreto y nuestro gran tesoro. Años después, cuando la historia ya era
otra, me encontré en Valencia con un
antiguo compañero de aquellos años. Sin quererlo terminamos haciendo el amor, y
a la hora del pitillo me preguntó por Ángel; yo le dije a qué venía preguntarme
por él, su respuesta me dejó sorprendido: “Se os veía muy enamorados”. En ese
momento me percibí que se pueden ocultar muchas cosas, pero difícilmente el
amor. Aquel secreto que nosotros creíamos poseer estaba en boca de todo el
mundo, que no llegara a nuestros oídos se debía a la ceguera que produce el
sentirse amado y el amar.
Avanzamos
por ese pasillo umbrío y antes de traspasar la roída cortina, nos besamos.
Bajamos las escaleras cogidos de la mano como una pareja de novios en lo mejor
de su romance. Nos acariciábamos la palma de la mano con ternura y al llegar a
la recepción, el cariño se fue a nuestros ojos. Nos despedimos del cornudo
marido que regentaba aquel nido y con nuestros macutos al hombro, salimos a la
calle. Ya era de noche y teníamos que volver al cuartel. En el taxi volvimos a
sentir el calor de nuestras manos, sabiendo que aunque miráramos el oscuro
paisaje, uno y otro estábamos pensando en lo mismo.
Poco
antes de parar el miedo separó a nuestras manos.
A
Manolo F.
Por
todo lo que aprendió en la “mili” y se encargó de enseñarme.
¿Dónde
estás que no te encuentro?
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haya pasado y que, similar o diferente, quieras decirme, o para lo que sea...
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