El Castillo de los Muchachos
En la Piscina
Frente al embarcadero del castillo, un montón de barcos se agitaban al viento.
Jorge le dijo a Francisco:
- Mira, otros muchachos de mi edad en la piscina.
Francisco estaba ayudando a Jorge, ahijado, a colocarse una vestido de baño. Un
fuerte viento soplaba. Francisco agarraba al chico con una mano y con la otra le
colocaba la prenda.
- Eres muy guapo, ¿sabes? - dijo Francisco - Espero que le gustes a los hombres
del emperador - agregó.
Jorge Martín había sido vendido al emperador, vivía con su padrino
Francisco en un pequeño apartamento en una de las torres. El cuarto del chico
tenía las paredes blancas. Los Muebles eran muy austeros.
- ¿Es muy transparente?
- Comprendo que no te guste, pero la debes vestir en tus clases de natación.
- Desde luego. Gracias. - Contestó asustado el chico.
Jorge era un dependiente sexual del emperador, de noche dormía completamente
desnudo en su cama, entre sábanas de seda, trabajaba como sirviente de los
invitados del castillo.
En la piscina estaban algunos chicos de su edad. Entre ellos un rubio de nombre
Hans quien sería su futuro amante. El vestido de baño hacía resaltar el bello
cuerpo del chico y al ser llevado a la piscina llamó la atención del maestro y
algunos de los muchachos.
- Pero bueno! ¿están listos?
- Sí.- contestaron en coro los muchachos.
La esbelta figura de Jorge y Hans, sus hermosas caras y sus bien formadas nalgas
como el color dorado de sus cuerpos, sorprendieron a la mayoría. Hans era el único
varón de los cuatro hijos del matrimonio. Su padre, un pervertido y sencillo
habitante de una aldea de la selva negra - con una atracción marcada por los jóvenes
del lugar - era una persona muy perversa, rígido y obstinado. La madre era, por
el contrario, suave y se preocupaba por salir de la grave situación económica.
A espaldas del padre, negoció la venta de su hijo varón. La primera desilusión
del chico se produjo cuando el hombre lo utiliza como señuelo para atraer a
quien sería su amante. Acabado los estudios primarios, lo colocó en la tiende
del padre de Jorge. Así pues que el enamoramiento del joven por el chico
permitió que el padre de este le obligara a que le chupara el pene todas las
noches cuando llevaba a su amor platónico a la casa de sus padres...
Jorge era el más joven de tres hermanos. Tenía dificultades desde la pubertad,
conocido en la aldea por bromista, y al que nunca se tomaba del todo en serio.
Le causaba especial sufrimiento el hecho de que, en su opinión, su gusto era
por los amigos de su padre y también porque, cuando conoció a Hans, en la
escuela, lo dejó enamorado. Tenía un amigo algo mayor que él con el que había
mantenido relaciones sexuales, de modo que era su socio para conquistar los
chicos de la aldea. Un domingo cuando conoció al padre de Hans, tras hablar un
rato, el viejo propuso que le mamara el pene. Él se mostró dispuesto a acceder
a la solicitud si en las vacaciones escolares de su hermoso hijo, él lo
obligaba a trabajar en la tienda de su padre.
Francisco era el padrino de Jorge, algo mayor que él, vivía en la casa del
padre de Jorge por las duras condiciones económicas, tenía dificultad con
Jorge y se resistía a las permanentes invitaciones del joven a jugar
sexualmente. Un día se encontró con un muchacho que trabajaba para el
emperador y hablaron de ganar un buen dinero con el rapto de algunos chicos del
lugar.
- ¿Hans y Jorge?! - Preguntó el maestro soltando una risa perversa.
- Sí.- contesto Francisco.
Rápidamente, el maestro los tomó de los brazos, les acaricio las caras y los
ayudó al entrar a la piscina.
- ¡Bueno! Hans y Jorge se quedan junto a mí.
Y hablando al oído de cada uno les dijo:
- Qué lindas nalgas tienen.
El hombre los ayudaba todo el tiempo, acercando su cuerpo al de los muchachos.
Hans estaba excitado con el constante manoseo de su maestro, mientras que Jorge
sentía emoción de estar al lado del hermoso rubio de quien se había enamorado
a primera vista, por ello se dejaba tocar del hombre. Mientras el hombre le enseñaba
dos muchachos con rasgos y cuerpo infantil, se acercaron a Jorge, entre juegos
le trataron de quitar el vestido de baño.
- Bueno, ¿cómo te llamas?.- le preguntó el mayor de los dos.
- Tienes que ser nuestro amigo. ¿Dónde conseguiste ese bañador? No te cubre
nada, ¿Verdad, nene?
Desde luego la intención de los jóvenes era que el chico les diera su culo.
- En realidad, tengo que pedir permiso a Francisco.- dijo el chico subiéndose
la prenda que estaba en sus rodillas.
El maestro se acerca junto con Hans pausadamente a los tres muchachos. Tomó las
nalgas de los dos agresores.
- No puedo creer que quieran ser amigos de estos nuevos alumnos.- dijo el
maestro a sus amantes Alejandro y Manuel, estrechándose contra ellos.
- ¿Por qué no puedes creerlo?.- contestó uno de los muchachos al hombre.- Son
esclavos sexuales en el castillo.
- !Ya lo sé¡.- murmuró el hombre.
Se hallaban todos juntos, el uno al lado del otro, en la piscina, lejos de los
otros chicos. El maestro cogió el pene de Manuel y lo besó con la lengua.
- ¿Y ahora qué?. - preguntó el otro chico.
El hombre suplicó:
- Les propongo que desnudemos a Hans y Jorge.
- ¿Por qué? ¿quiere violarnos?.- preguntó Hans con voz firme y decidida.
El maestro no respondió, pero se estrechó todavía más el manoseo al
muchacho. Entreabrió el bañador y metió las manos en las nalgas del joven,
apoyó la mano contra el pecho y tocó las tetillas.
- !Qué hermoso eres¡.- dijo.
Sin duda, el muchacho esperaba que le dijera eso y creía que el maestro le había
retenido para masturbarlo. Se separó y quiso alejarse. Pero en aquel mismo
instante lo agarraron de los brazos los tres muchachos, incluido Jorge.
- ¿Es verdad que te gusta? ¿Es verdad que te gusta el sexo?
- ¡Yo sé!.- respondió él, sintiéndose muy contento con sus nuevos amigos.
- ¡También tienes unas lindas nalgas!.- respondió con picardía Hans.
Salió de la piscina, cogió su camiseta y el pequeño bolso y entró al vestier,
el bañador no podía ocultar el pene erecto del chico. Mientras Jorge se queda
jugando con los dos muchachos y su entrenador ya completamente desnudos.
Al apartamento
Unas horas después, Jorge fue llevado a su apartamento. Cuando entró, un
hombre le abrió con Hans y los otros dos muchachos. No llevaban más que unos
camisones de seda transparente. Y Hans unos pañales. El chico le saluda con una
sonrisa a Jorge.
- Espera. Bésame.- le pide.
El muchacho desvistió a Hans, contempló con gusto el cuerpo desnudo de su
enamorado.
- Irás con nosotros.
- Sí.- contestó el chico.
El hombre se dirigió a Jorge con un lento parpadeo. Era un chico muy apuesto.
Le dio un beso.
- Tengo algo que proponer.- dijo la ruda y fuerte voz - Juguemos!.
- ¡Es muy peligroso!.- exclamó Manuel.
- Calla y escucha.- dijo el hombre.
- Les daré una lección. Jorge, quítate la ropa tú también.
El chico se puso a temblar, pero se le endureció el pene. Se apresuró a
obedecer, una vez estuvo completamente desnudo, dijo:
- ¿Ya está?
- Sí.- respondió, tocando el pecho desnudo de su enamorado.
- ¿La tienen dura?.- preguntó a los dos chicos.
- Sí, muy dura.- contestó Hans.
- Besa en la boca a Jorge.- ordenó el hombre.
Inmediatamente los dos muchachos se dieron un beso apasionado que los excitó más.
- Pellízquense las tetillas.
- Basta ya!-- ordenó.
Les entrega una botella de aceite.
- Viértanlo en sus manos. Ahora acaríciense las nalgas. Fuerte. Pellízquenlas.
- Hans, inclínese hacia delante. Jorge, separa las nalgas de tu amado. Debes
notar que su agujero se abre. Métale un dedo dentro. El más largo, hasta el
fondo.
- ¿Te gusta, Hans?
- Sí, es agradable.
Terminó un bocado y luego rió.
- Por ahora basta. Hans, coja el aceite y póngaselo en la pincha de Hans.
El chico hizo lo que le ordenaron.
- Masturba a tu enamorado.
Jorge se corrió sobre el cuerpo desnudo de su amado. Los dos muchachos tomaron
del brazo a los dos chicos y los metieron en sus jaulas.
La cena
Tras ser entregado en la plataforma, Alejandro, Nicolás, Jorge, Hans, Andrés,
Santiago y Miguel se encontraron al servicio de un degenerado príncipe y sus
amigos. Tras pasar el portal y mientras avanzaban bajo la tenue lluvia a través
del patio, contemplaron el amplio y cuadrado edificio, con sus torres
iluminadas. Unos robustos hombres acudieron a su encuentro, no parecían hacer
el menor caso al estado de los muchachos; por el contrario, sonriendo, les
entregaban unas bolas de tela blanca con un numero para que metieran sus ropas,
y tras estar desnudos y entregarlas los condujeron a un baño para que se
limpiaran. Con la llegada de los muchachos elevóse a treinta el numero de
esclavos.
Al cabo de unos momentos fueron conducidos al gran salón. El conde mirando con
cuidado el cuerpo de cada uno de los muchachos les dijo:
- Todos son muy bellos. ¿Podemos hablar ahora unos minutos?
Los muchachos se sentaron en los elegantes muebles.
- ¿Cómo se llama?.- dijo el conde, preguntando al más joven de los chicos.
- Andrés, señor.- contestó el chico.
- ¿Dónde estudiabas?
- En el Colegio local.
- Oye, nene, yo tendré que educarte.- dijo el Conde.- Tengo que tomar tus
nalgas.
- ¡Cómo! No soy marica!
- Mira, es que tú no eres libre.
- Creo que es mejor que negocies con mi padre, él es muy rico.
- No me interesa el dinero, sino tú.- dijo el Conde, y ordenó a sus guardias
que lo llevaran a sus habitaciones.
Bruscamente el chico es sacado del pelo del salón, entre gritos de súplicas al
conde. Luego habló con cada uno de los muchachos, mientras les daba a tomar
champán y caviar. La cena ofrecida por el emperador a sus invitados era una de
las más espléndidas y alegres que había dado. La cocina, representado por
ricos platos, fue gustada y alabadas por los muchachos. No es preciso decir que
todos fueron atendidos por hombres desnudos que servían licor a los chicos.
Al llegar la media noche todos los invitados cayeron dormidos por el narcótico
en sus licores. Los muchachos pensaban que se habían vuelto locos. Cuando
se despertaron vestidos con unas prendas transparentes que cubrían sus sexos,
encadenados, con grilletes alrededor de los tobillos y de las muñecas, tendidos
entre algunos hombres en medio de una bodega, con un calor agobiante. El hedor
era insoportable y se sentían llantos y vómitos. A la luz de un farol, los
chicos yacían despiertos en las jaulas, con el rostro de pánico y la mirada
perdida en la oscuridad. Sabían que su libertad había terminado y pronto
perderían su dignidad y virginidad. Sin embargo, los más jóvenes continuaban
durmiendo. Parecían bestias exóticas en sus jaulas. Los lindos y cautivadores
chicos vestían unas prendas transparentes que cubrían algo sus penes y nalgas.
Eran unos hermosos mancebos de diferentes edades, su apetitosa piel dorada por
el sol, los bien formados cuerpo y piernas pedían a gritos que los pellizcaran.
Alejandro sintió el roce del erecto pene de Santiago. Temblando de susto, el
chico escupió a su vecino y el joven se retiró. Furioso, Alejandro se debatió
intentando forzar los grilletes que aprisionaban sus muñecas y tobillos.
Inmediatamente, Santiago, con el que estaba encadenado, profirió exclamaciones
de enojo, sacudiéndose. Pero lo que más les dolía era el lugar en la nalga
donde le habían marcado con un hierro candente.
El Inicio
Aquella mañana, Alejandro fue sacado de su jaula y presentado a los socios
del castillo. Al dirigirse al puesto se cruzó con otros muchachos de su colegio
que iban al salón. Tenía un antifaz para que no lo reconocieran sus antiguos
amigos. Él también era un muchacho noble. Pero en vez de estar disfrutando del
dinero de su familia, se veía obligado a servir en el castillo, dejándolo
todo. Estaba vestido con una pequeña seda naranja que le tapaba su pene y
nalgas, y una collar de cuero con un anillo de donde lo podían atar. Por unos
instantes atravesó su mente la idea de la huída. Si se escondía en el bosque,
los gendarmes no podrían hallarlo nunca. Pero al instante desechó aquellos
propósitos. Tenía un hermoso cuerpo, una marca en el culo que lo identificaba
como esclavo del conde. No podía huir.
Penetró en el salón. El comedor estaba adornado por un hermoso chico atado de
pies y manos. El conde lo estaba masturbando. Alejandro esperó aguardando a que
terminara para preguntar si no habría algún error en su rapto. Un olor a
perfume llenaba todo el gran salón. Alguien posó la mano sobre el hombro del
muchacho. Se volvió. Era el padre de su mejor amigo, vestido con un esmóquin.
Alejandro no lo podía creer y le pareció que él había pagado por su rapto.
El hombre le cogió el culo y le quito el antifaz, lo besó en la boca. El chico
se sometió dócilmente a lo que creía era cariño. Pero a los pocos instantes
se dio cuenta que lo maniataba.
- ¡Uno al lado del otro!.- ordenó el hombre a los muchachos que entraban al
salón.
- No! debe de tratarse de una broma! todos están vestidos con sus uniformes
escolares y llevan las manos atadas!.- pensó.
El hombre se acercó al chico, éste temblaba de miedo. Cada vez que lo tocaba
sentía el mismo temor. A su espalda el chico gritaba excitado ante la perfecta
masturbación del conde. Alejandro no pudo verlo, pero se excitó. Él también
había sido iniciado de igual forma. El hombre desata la tanga de seda dejándola
caer al suelo quedando completamente desnudo, el pene del muchacho se mostró,
el chico se excitó mientras le ponía y apretaba una anilla en la base de los
testículos, la cual tenía un lazo amarillo largo del cual podía jalar.
Alejandro comprendió entonces lo que le ocurriría. El beso, el pene erecto de
su víctima, y tomando la punta del lazo amarillo atravesaron el salón. Los
invitados se reían del muchacho, le tocaban, acariciaban y besaban y él no podía
resistir.
Delante del grupo de compañeros del colegio y sus amos soltaron la carcajada al
verlo pasar atado de manos y jalado del pene por ese hombre. Alejandro cerró
los ojos ante la humillación. Algo acababa de quebrarse en su interior. Sabía
que los chicos se excitaban cuando veían a los hermosos modelos y esclavos con
las manos atadas, conducidos con un lazo que colgaba de la base de los testículos.
Oyó los comentarios de Jorge Martín y Diego Castañeda:
- ...Ese era el más creído de la escuela, qué cola tan perfecta...
Salieron del gran salón y lo condujeron a una de las torres. Un profundo
silencio pareció invadirlo todo. Sólo se escuchaban sus pasos, los de cuatro
muchachos más y los de los soldados. Le pareció que su cuerpo había dejado de
pertenecerle. Que estaban obsesionados con él. Y que su pene y nalgas no eran
ya de libre disposición. Que era un ser completamente diferente. Como sus
pensamientos. Como su virginidad. Todo pertenecía a otros. No le quedaba ya
nada suyo.
El jefe de guardia de la torre termina de colocarse el arnés y la tanga de
cuero y salió al pequeño salón de la torre silbando alegremente. La noche era
cubierta por una niebla. Un joven asistente le entrega el látigo y lo besa tan
fuerte como pudo.
- ¿Unos nuevos alumnos?.- preguntó el asistente, echándose a reír.
Adivinaba que el ayudante iba a tocar sus vergas. El jefe guiñó el ojo. Pero
no respondió. Después de haber tocado el desnudo cuerpo y haberlo metido en la
jaula, se sentó en el escritorio. Cogió del archivo el informe de cada uno de
los muchachos y lo leyó:
Alejandro procedía de círculos bien situados. Era un estudiante de un colegio de niños ricos,
de apenas 18 años de edad, era un guapo chico, muy interesado en los deportes y en los
deportistas. Primero con sus compañeros de natación y luego con los chicos de su
escuela.
Alejandro solía tomar algunas copas con un amigo de su padre, un conocido homosexual. Allí
entró en contacto con el sexo, pero era virgen de culo aún. El hombre lo había raptado al salir
del colegio.
Martín era algo menor que Alejandro, era un hermoso rubio aprendiz de modelo y el menor
de cuatro hermanos. Su padre, labrador, había entregado el chico a un orfanatorio hacía ya
algunos años, del que había sido sacado por los hombres del conde.
Hans era el mayor de tres hermanos, había nacido fuera del matrimonio y existía duda sobre
la paternidad de su padre. En la escuela se hizo ya notar por el maltrato a sus compañeros
más pequeños, y por ello fue expulsado de la escuela y luego su padre lo entrega a
servicio de su hermano millonario.
Releyó el informe y luego lo devolvió al archivo. Se sentía satisfecho. Atusó sus bigotes y se
miró en el espejo.
En la puerta de la torre los tres chicos esperaban las ordenes del hombre. Estaban asustados.
Sé abrió la puerta y entraron al salón.
El oficial, con un sello de tinta en la mano, echó una mirada al rostro pálido de los muchachos. Luego se
fijó en Alejandro, le marco la nalga izquierda con el numero 1 y le entregó un bañador azul oscuro marcado
con el mismo numero de un de calor amarillo en la parte trasera y una camiseta del mismo color y con la
misma marca. A Martín, un bañador naranja oscuro marcado con el numero dos, de un
color blanco en la parte trasera y una camiseta del mismo color y con la misma marca, y a Hans un bañador rojo pasión marcado con el
numero tres, de un calor negro en la parte trasera y una camiseta del mismo color y con la misma marca.
Al parecer eran los únicos visitantes. El guardia los llevó a una bodega con tres
jaulas, cada una tenía una cama y un inodoro y ducha en su interior, marcadas con los números de su ropa.
Al cabo de un rato, les quitó las anillas y los entró en ellas.
- Qué hermosos son ustedes! - dijo, mirándolos a los ojos.
En ese momento aparecieron tres hombres de treinta a cuarenta años, con las manos en los
bolsillos de los delantales de seda transparente marcados con él numero
de cada chico que llevaban puestos. Tenían unos cuerpos muy bien formados, unas nalgas muy prominentes
y su desnudez sólo era tapada en parte por los pequeños delantales.
El guardia le pidió a cada uno que le sirviera la comida a su joven aprendiz con el que vivirían
esos días.
Hans y Francisco
Hans era el mayor de tres hermanos, había nacido fuera del matrimonio y existía duda sobre
la paternidad de su padre, y eso le atormentaba mucho. En la escuela se hizo ya notar por el
maltrato sádico a sus compañeros más pequeños, y por ello había sido expulsado de la
escuela y luego su padre lo entrega a servicio de su hermano millonario.
Su maestro era un hombre de 39 años, profesional, que procedía de círculos muy
conservadores de la ciudad, padre de cuatro niños. Le habían contratado para trabajar en el
castillo con un muy alto sueldo. Tenía una inteligencia superior, pero era bisexual,
impulsivo, caprichoso, dominado por los sentimientos y de reacciones desmesuradas.
Francisco. Se vio enfrenado súbitamente a un divorcio con su mujer e insoportablemente con
su propia homosexualidad, cuando el conde lo rapta para las actividades en el castillo. Hasta
aquel momento, había podido ocultar su inclinación por los muchachos. Pero no podía admitir
que fuera esclavo sexual. Ahora en ese momento ya no era posible salir del castillo.
Francisco sonrío con desgano al entrar en la jaula. Mecánicamente se quitó el delantal y se
acostó en la cama con el chico. Hans lo saludó y hablaron largo rato acostados en la cama.
- ¿Cómo llegaste a este lugar?
- Aquella noche había una cena. Estábamos todos con el conde, cuando me llamaron, era mi
hijo adoptivo de veinte años que estaba en un castillo vecino. En una habitación vacía.
Sólo él con cuatro guardias.
A excepción de Manuel, todos los que estábamos en el lugar estábamos de pie.
Manuel estaba atado con los ojos tapados, con el cuerpo doblado sobre la mesa, con
cada uno de los tobillos y muñecas atado a las cuatro patas. Estaba llorando.
Tenía una tanga de tarzán rota, tenía medias. Yo siempre lo había deseado sexualmente desde chico.
Miré fijamente el trasero expuesto y me excité mucho.
- Bueno, y ¿qué pasó? - preguntó Hans emocionado. El chico agita la cadera. Empieza a gemir
de placer. Lentamente mueve su cuerpo semidesnudo de un lado al otro tratando de soltar su
amarras.
- Los hombre del conde me desnudan y me excitan con sus manos.
El chico mueve de nuevo el carnoso trasero de un lado a otro, y sigue gimiendo. Ese trasero
marfileño, allí en medio de la habitación desnuda.
Hans toma con la mano el pene del hombre y dice:
- Continúe.
-
Me conducen a donde el chico. Lo veo todo desde mi posición; observo el tamaño del pene
erecto, la boca, la profunda raja que parte los dos globos.
Le toco el trasero, le acaricio el pene, aprieto la carne con las manos. El chico grita asustado pidiendo
que llamen a su padre, pero vuelve a gemir mientras le arrancan el slip interior rasgándolo con unas tijeras.
Entonces me entregan un frasquito, lo abro y unto el dedo en el aceite y se le meto en el
ojete del culo.
Los gritos de placer y pánico se oyen, mi verga está completamente despierta.
Le manoseo su pene y le paso el mío por su cara. "Qué quieren de mí!" gritaba el
chico "ayúdenme!". Mientras yo le coloco mi verga entre los globos, recuerdo que le temblaba todo el cuerpo,
impotente, mientras mi polla se movía en la virgen gruta. Temblaba de consternación.
Mi bebe gemía. Yo le daba por el culo, su boca estaba siendo conquistada por la verga de uno de
los guardias. Gimoteaba ante su propia ternura. Otro de los guardias se desnuda y me
penetro el culo, metiéndomela hasta que los huevos chocaban con mis nalgas.
De pronto se me acercan los otros guardias y me colocan unas esposas de hierro. Uno de ellos me aparta
del chico. Él sigue llorando asustado. Y me acuestan encima nuevamente mientras nos atan a
los dos con unas cuerdas.
Nuevamente lo embisto por el culo con fuertes movimientos. El joven lanza un grito estrangulado. Se
la meto más a fondo al correrme, y vuelvo a embestirlo. Los hombres nos cargaron y nos montaron en la bodega
de un camión y nos trajeron a los castillos.
- ¿Él se dio cuenta que eras tú? - preguntó Hans.
- Sí, estuvimos juntos en una celda follando muchos días. Cuenta tu historia!
- Al final de las vacaciones de primero de bachillerato, mis padres viajaron. Al principio, me
quedé con mis hermanos en la casa de los abuelos. Luego un tío soltero de unos cuarenta años
pidió a mis abuelos que permitieran que yo lo acompañara a su casa en el lago unos días. La
idea consistía en que el hombre se quedara conmigo. Mi tío y yo disfrutamos del tiempo en la
casa de la montaña. Procuramos estar siempre el uno en compañía del otro.
Mi tío siempre andaba solo y ocupado. Su vitalidad contribuyó a mi felicidad. Hizo que yo me vistiera
como un niño rico. Los dos íbamos de tienda en tienda, para comprarme todos mis antojos.
Entonces, un día, percibí que mi tío estaba enamorado de mí, una alteración de su estado de
ánimo. Nos encontrábamos en la sala. Mi tío había recibido la llamada de mis padres,
habían estado hablando de mi entrega definitiva a él y, de repente, se mostró
ingenioso. Habló de sexo entre hombres. Expresó lo extraño que le parecía el hecho de que viviéramos
juntos. Me acarició una mano y luego se echó a reír y me apretó el pene por encima del pantalón corto.
Me acarició la mejilla con las yemas de los dedos.
Tomamos champaña en la sala y algo más tarde en una piscina de aguas termales.
- Echo de menos los besos en la boca - comentó - pero es maravilloso ver tus lindos labios.
Se echó a reír y me besó. Mis labios contra los de él, apretaba su mano en mi bulto. Luego me
acarició el trasero y murmuró mientras me lamía la oreja:
- ¿Quieres que nos lo pasemos bien juntos? ¿ Lo has hecho ya con otros?
Oculté el rostro sobre su hombro, mientras él me abrazaba.
- Sí - contesté y agregué - a un chico del colegio que obligaba en los recreos a mamármelo.
- ¿Por eso te expulsaron?
- Sí.
- ¿Tus padres saben eso?
- Sí.
Volvió a besarme, esta vez con la lengua. Tras un momento de vacilación, su lengua se deslizó
por entre mis dientes. Luego se apartó y me tocó los brazos, el pecho, y metió la mano entre
mis pantalones de baño, desatando la prenda, dejándolo caer al fondo de la piscina.
- Pequeño zorro. Esto es algo que te gusta tanto como a mí. Tu pene está completamente
duro. Qué hermoso eres!.
Me masturbó tres veces.
- Querido, tienes un cuerpo de príncipe!
Bebimos lentamente la champaña, entre susurros y besos. Sus manos no tardaron en
provocar mi corrida.
- Eres como un pequeño bebé. Anda, cariño, chupa el pene todo lo que quieras, mordisquéalo,
métetelo en la boca.
- Te adoro, tío.
Me deleité con el calor de su cuerpo durante todas las noches de ese verano.
- Tienes una polla grande - dijo Hans a Francisco - y tan fuerte, métemela!.
Martín y Diego
Martín era algo menor que Alejandro, era un hermoso rubio aprendiz de modelo y el menor
de cuatro hermanos. Su padre, labrador, había entregado el chico a un orfanatorio hacía ya
algunos años donde era el amante del rector y su hijo mayor quien por problemas
con su mujer y hermanos lo había entregado a los hombres del conde.
Diego era un hombre de 36 años, labrador como el padre de Martín, y tenía una cara de niño
y cuerpo de modelo. Vivía solo en el bosque, y era un homosexual oculto.
Sentado al lado del chico, le preguntó si podía acostarse a su lado.
- Sí - contestó el asustado chico.
Los invadió un desagradable sentimiento de humillación. ¿Por ser esclavos sexuales? Oh, no
podían creerlo. Sin embargo les gustaba.
- ¿Estás aburrido? - le preguntó el hombre con dulzura.
- ¿Y a usted qué demonios le importa? - le contestó Martín.
- La verdad es que no me importa en absoluto. Lo que ocurre es que yo sí me aburro. Me
gustaría violar tus nalgas y chuparte todo el cuerpo.
- Es tarde, maestro - objetó Martín.
- Puedes dejarme, si quieres te lo mamo, como prefieras . ¡Qué! ¿te animas?
Martín no respondió.
- ¿No echas de menos a tus amigos del internado?
- Bueno, lame mi culo ya.
- ¿Estás loco?
- Espera - dijo el hombre - te lo lamo.
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