Checando
próstata
Por Jesús Meza León
No puedo negar que el doctor Ramírez siempre ha sido un gran amigo de la
familia; mi padre lo conoció desde la preparatoria y desde entonces data su
amistad. Cierto día que vino a ver un partido de fut, deporte que detesto, les
escuché platicar en la sala y mi padre le señalaba que sólo por él se dejaba
realizar el examen de próstata, a lo que el doctor, quien contrariamente a mi
padre, conserva su cabello obscuro todavía y luce en excelente forma por la práctica
del tenis, le fijó fecha para auscultarlo. Pero no paró ahí todo, que en ese
tiempo yo acababa de alcanzar mi mayoría de edad y me dije a mí mismo que
también debería hacerme la famosa prueba creyéndome ya un hombre hecho y
derecho, aunque bien a bien, no sabía en qué consistía tal auscultación.
Cuando se lo comenté a mi padre con intenciones de investigar más, simplemente
se echó a reír y me dijo que estaba loco, que todavía estaba muy joven para
eso. Pero como no quedé convencido, una semana después tomé el teléfono e
hice cita con la secretaria de nuestro médico familiar.
El día de la cita me presenté muy puntual y el doctor Ramírez se sorprendió
de no verme acompañado por mi madre, me hizo pasar a su consultorio y ya ahí,
frente a su escritorio, me preguntó que qué me pasaba.
- Vengo a que me haga el examen de la próstata, doctor. -contesté muy seguro.
- Pero, ¿sabes, Jorgito, que esa prueba se les realiza sólo a los varones
mayores de cuarenta años de edad para detectar si no han contraído cáncer?
¿Y acaso no hay casos de cáncer de próstata en jóvenes ya mayores de edad
como yo, doctor?
Pero son muy raros, chamaco. En fin... ¿Saben de esto tus padres?
No doc, pero precisamente, porque ya quiero comenzar a hacerme responsable de
mí mismo, he decidido venir a hacérmela.
A ver, Jorgito, y dime ¿sabes dónde tenemos la próstata los varones?
Hasta ese momento dudé, pero no le iba a demostrar, ya en el consultorio, que
era un ignorante, para señalarle la zona de la cabeza donde se localizaba, así
que le contesté muy ufano:
Por supuesto, doctor.
Bueno, pues en ese caso, pasa a mi anexo, desnúdate y acuéstate en la
camilla en lo que yo me preparo.
¡Dios santo! Siempre había deseado que el doctor Ramírez me auscultara sin
ropa; es más, formaba parte de mis sueños más eróticos, pero nunca pensé
que con una sencilla prueba de próstata mi fantasía estuviera a punto de
hacerse realidad. Total, que dándome valor y tratando de ocultar mi
nerviosismo, entré a la habitación contigua, me desnudé en un santiamén y
luego me recosté en la camilla como me indicó, y hasta entonces me di cuenta
de que mi Pancho lucía totalmente erecto por la emoción; quise no pensar en
ello para que se tranquilizara, pero en ese momento entró el médico, me echó
una mirada, se sonrió al darse cuenta evidentemente de mi estado y procedió a
lavarse las manos y ponerse unos guantes de látex. Yo en tanto cerré los ojos
esperando que mi pene ya se me hubiera bajado, pero cuando me habló y lo miré,
descubrí incluso con verdadero pavor que ya hasta escurría de baboso.
A ver, Jorge, siéntate frente a mí, abre la boca y saca la lengua.
Con una paletilla de madera, como en otras ocasiones, revisó mi boca; al acercárseme
puso una de sus tibias manos sobre mi hombro y no pude evitar un
estremecimiento.
Tranquilo amigo, que no te va a pasar nada. ¿Hoy te noto medio nervioso o me
equivoco?
No supe qué contestarle, pero me sirvió de pretexto tener la paletilla sobre
la lengua para contestarle con un simple:
- Nmhhh.
Procedió a continuación a revisarme los ganglios del cuello, luego me pidió
que levantara los brazos para auscultarme las axilas, y entonces, al bajar la
vista, noté que manché su alba bata con los líquidos que escurrían ya
abundantes de mi pene; lo peor es que él también se dio cuenta, y entonces
exclamó:
- ¡Vaya, vaya, ya te estás convirtiendo en un verdadero hombre, Jorgito, mira
nada más cuánta lubricación!
Procedió entonces a quitarse su bata y la limpió con un pañuelo desechable;
sin embargo, bajo ella no traía camisa ni camiseta, así que aquello era más
de lo que yo podía esperar: tener a mi admirado doctor Ramírez con el torso
desnudo frente a mí.
Ahora acuéstate boca arriba.
Sentí cómo abrió un poco mis muslos para tocar los ganglios de la
entrepierna, pero al hacerlo me volvió a rozar el glande y a poco tomó otro
desechable y con él me limpió el pene. Al sólo contacto de sus manos sobre mi
miembro sentí que me iba a venir y pegué un brinco involuntario.
Tranquilo, je ¿Siempre lubricas tanto?
¿Perdón?
Que si siempre te sale tanto líquido preseminal de tu pene cuando estás
erotizado.
A veces...
Bueno, ahora te vas a relajar, que la próstata, Jorgito, es un órgano de la
reproducción que todos los varones tenemos en el interior del ano. Con los años,
después de los cuarenta, como te decía, tiende a crecer y en algunos casos
desarrolla cáncer, el que sólo es detectable al palparla con los dedos, así
que voy a ponerte este lubricante y luego vas a permitir que introduzca uno de
mis dedos para revisarla.
Un nuevo estremecimiento se apoderó de mí y he de haber puesto los ojos como
platos, por lo que el doctor Ramírez, haciendo evidentes esfuerzos por no
soltar la carcajada, me preguntó con la voz más tranquila que pudo:
¿Nunca te han penetrado?
No.
Bueno, pues vamos a hacerlo con mucho cuidado; vas a sentir una ligera
molestia, pero ningún dolor realmente.
Es que...
Es que nada, amiguito. A eso viniste ¿O no?
Es que yo creía que la próstata estaba en otro lado, doctor.
¡Ah, ya veo! Entonces... ¿no quieres que te la revise?
No, sí, pero ya que lo va a hacer, pues hágalo bien.
¿Perdón?
Pues que en lugar de hacerlo con sus dedos, lo haga con su Pancho...
¡Qué bárbaro! ¿De dónde saqué fuerzas para confesarle mis más íntimos
deseos al doctor de mis sueños?) Él no dijo nada, sólo tomó un tubo de
lubricante y comenzó a untarme el ano con aquel líquido viscoso. Yo cerré los
ojos y hasta entonces mi Pancho perdió la erección que tenía. Luego lo escuché
hablar de nuevo:
Esto, Jorgito, se sale ya de la práctica médica. Dime, ¿estás dispuesto a
que quede como secreto entre tú y yo?
¡Claro doctor, pero ya métamela, por favor!
Cuando abrí los ojos, él ya se encontraba tan desnudo como yo y se había
colocado un condón; luego me hizo levantar las piernas, me tomó de las caderas
y me jaló hasta un extremo de la camilla. A continuación acercó su cadera a
mis nalgas y comencé a sentir cómo entraba su pene en mi ano. El ardor era
insoportable y luego le siguió un dolor bastante agudo; sentía que me iba a
partir en dos; gruesas lágrimas rodaron por mis mejillas; él al descubrirlas
me preguntó por último:
¿Quieres que la dejemos ahí?
No, por favor, acabe, se lo ruego.
Sacó entonces su pene, lo volvió a cubrir de lubricante, mismo que aplicó
también abundantemente en mi ano, introduciendo incluso un poco con su dedo índice
y a continuación, ya sin detenerse, volvió a metérmelo hasta que sentí sus
huevos en la cazuela (el espacio entre las nalgas que va inmediatamente arriba
del ano, según me habían platicado mis amigos en la escuela). El resto ya fue
un puro gozar, que el doctor Ramírez alcanzó pronto el sitio donde se
encontraba mi próstata, órgano que pude sentir por primera vez en mi vida y
que con sus movimientos pélvicos, rozándola, me hicieron gemir nuevamente,
pero del más indescriptible placer. Desde entonces, debo de aceptarlo, me he
vuelto un fanático del examen de próstata, el que me realizo con mi médico
favorito siempre que se me alborota la hormona, ya que él se muestra siempre
complaciente y sabiendo además que jamás dejará de detectarme un posible cáncer,
aunque no tenga aún la edad para padecerlo.