Los chicos del colegio

Era muy de madrugada cuando escuché el teléfono. Siempre lo contesto sea la hora que sea. Pero la sorpresa fue mayúscula cuando oigo una voz infantil al otro lado de la línea.

- Aló.
- Aló, ...... ¿Se encuentra René?
- Sí, soy yo, ¿Quién habla?
- Soy Gaspar, ¿Te acuerdas? –¡Por supuesto que me acordaba!
- No me acuerdo bien. ¿De dónde eres? –mentí mientras me reponía de la impresión.
- El otro día en el Estero, cuando nos estábamos pajeando, ¿te acuerdas? –al otro lado de la línea se escuchaban algunas voces infantiles.
- Ahora sí, sí me acuerdo. ¿Y cómo estás?
- Bien, aquí estoy en Vicuña Mackenna con unos amigos que quieren conocerte. ¿Te acuerdas de los que querían que te devolvieras ese día?
- Sí, los que estaban en pelotas. Oye ¿Y Nicolás? ¿Cómo está?
- Bién, está aquí al lado mío. ¿Quieres hablar con él? Espérate.
- Alo, ¿René? Hola.
- Hola, cómo estás...
- Bien. Oye, estamos con unos amigos y les contamos lo del otro día. Quieren conocerte.
- ¿Ahora?
- Sí, estamos aquí en la Plaza Italia. Íbamos a una fiesta y te llamamos a ti primero. Queremos ir a tu casa mejor.
- ¿Y qué hora es?
- Son las once y media recién ¿Quieres conocerlos? Tenemos toda la noche todavía... Y los chiquillos están calientes.
- Chutas, ¿Cuántos son tus amigos?
- Somos siete ¿Te los nombro?
- No, no es necesario. Oye ¿Y qué edades tienen?
- Somos todos de la misma edad, menos Cristóbal y Matías que son más grandes. ¿Cuántos años tienes tú, Matías? –preguntaba el niño a sus amigos.

- Cristóbal tiene 16 y Matías tiene 15. Bueno, ¿nos vienes a buscar o no?

En cinco minutos ya estaba arriba de mi Jeep Cherokee viejita y a los veinte minutos llegaba a la Plaza Italia. Ellos no conocían mi camioneta, así que les mentí acerca del color, para poder acercarme a ellos en forma discreta. Quería ver primero si efectivamente estaban solos o si era una posible trampa. Cuando los ubiqué en las cercanías de la Fuente Alemana, primero les observé desde lejos, luego me acerqué discreto. Nicolás fue el primero en reconocerme, pero le hice un gesto de que permaneciera callado. El chico reaccionó enseguida, se acercó a su amigo Gaspar y le dijo algo al oído. Cuando me volteé ambos me seguían solos. Les esperé a la vuelta de una esquina.

- Hola René ¿Qué pasa? –preguntó Gaspar intrigado.
- Hola ¿Qué le dijeron a sus amigos?
- Nada, que íbamos a comprar cigarrillos.
- ¿Y vinieron solos?
- Sí pues. ¡Ah! Tú pensaste que era mentira lo que te dijimos –intervino Nicolás.
- Claro, yo pensé que ustedes estaban inventando –me tranquilicé.

Los niños verdaderamente estaban solos, lo cual es muy común en Chile.

- ¿Entonces? No me digas que viniste a pie...
- No, no. Tengo el Jeep estacionado allá en el Parque. Vamos a buscar a sus amigos entonces.
- ¡Listo! Venimos al tiro –y ambos amigos salieron corriendo en busca de los demás.

Cuando aparecieron todos, era para no creerlo. El grupo estaba compuesto en total de ocho preciosos adolescentes, no siete como me habían dicho. Todos bastante altos, algunos me superaban en estatura, pero sus edades eran, tal como me lo había informado Nicolás, de catorce a dieciséis años. La verdad es que me sentí algo atemorizado. Eran unos muchachitos verdaderamente hermosos, pero no estábamos en el campo. Ahora el encuentro era en la ciudad. Existía un riesgo mayor, ya que todos eran menores de edad.

- Ya pues, vamos. Ya son las doce –apuró Nicolás.
- ¿No eran siete? –pregunté yo.
- Sí, es que llamamos a Ítalo para que viniera. Como estaba solo y vive cerca. ¿Te lo presento? –dijo Gaspar.
- No, en la casa me los presentas a todos. Salgamos de aquí que es algo peligroso a esta hora.
- ¿Tienes un Jeep? –dijo emocionado uno de los niños del grupo cuando llegamos al estacionamiento.
- Sí ¿Te gustan?
- ¡¡¡Sí!!! Mi tío tiene uno y es mortal...
- Yo me siento adelante –dijo Gaspar.

Nos acomodamos como mejor pudimos, diciéndoles a los chicos que yo sería el tío de Gaspar si nos paraban los Carabineros por algún control nocturno. Cuando todos estuvieron acomodados, nos dirigimos directamente a mi casa, donde me esperaba la primera noche de una serie que luego proseguiría por muchos años.

Llegamos a la casa pasadas las doce y media de la madrugada. Les pedí que bajaran en silencio para evitar despertar a los vecinos, aunque ellos estaban algo acostumbrados a ver llegar adolescentes a mi casa. Lamento desilusionarlos quizás, pero mi casa no era ninguna maravilla como la de otros relatos. Estaba ubicada en un barrio popular, cerca de un sector indistrial. Mi piscina era la manguera del jardín, la sala era de tres por cuatro metros y el dormitorio algo más pequeño. No tenía whisky para servir ni tampoco el televisor era de plasma. El baño era pequeño, carecía de jacuzzi y mi equipo de sonido era un Sony de 30 watts por canal. O sea, era la casa de un profesional de clase media, educado en colegio público, universidad estatal y con padres obreros. Ninguna cosa para asombrarse, pero lo suficientemente acogedora como para sentirse cómodo. ¡Ah! Yo tampoco soy ninguna maravilla. De hecho jamás he pisado un gimnasio. A esas alturas tenía algunos rollitos en el abdomen y uso lentes ópticos. Casi soy parecido al Woody Allen, pero tengo un magnetismo especial para los adolescentes, a los cuales seduzco con relativa facilidad pero jamás con engaños. Mi pene erecto mide alrededor de normales dieciséis centímetros, por lo que quienes esperaban un irreal de 22 se sentirán desilusionados. Finalmente en ese entonces tenía 28 años. Sin embargo, a los niños eso no parecía importarles. Al parecer era su primera aventura solitaria de adolescentes por decirlo de alguna manera. Se les notaba no sólo excitados, sino también entusiasmados por estar en un lugar que sus padres desconocían por completo. Los dejé acomodarse como pudieran en mi reducido espacio mientras iba a la cocina en busca de cervezas para ofrecerles. No tenía ninguna intención de embriagarles. De hecho evito que los menores con los cuales tengo aventuras se encuentren inconscientes, drogados o borrachos. Todos mis encuentros son con plena luz, despiertos y totalmente voluntarios. La cerveza la tengo siempre disponible porque en mi país es el trago de los jovencitos, con lo que se “calienta la máquina”. También aproveché mi permanencia en la cocina para preparar unos panes con jamón y eso, para que los chicos comieran algo. A lo mejor tengo alma de “papá”. Estaba en eso, cuando aparece en la puerta de la cocina uno de los menores a los cuales no conocía. Era Ítalo, un larguirucho pecoso de poco menos de 1,70, cabello liso en melena, de piel blanca, completamente desnudo y con una sonrisa simpática en los labios.

- Hola, ¿Qué estás haciendo? Te estamos esperando en el living.

Algo turbado ante la vista de tan hermoso efebo, le respondí confundido:

- Estaba preparándoles algo para que coman. Deben tener hambre –y no pude evitar dirigir mi mirada al falo infantil que el pequeño mostraba entre sus piernas y parecía exhibir orgulloso entre una mata interesante de pendejos.
- ¿Te molestaste porque me metí a la cocina? –preguntó pícaramente el chico, mientras ponía un rostro de seducción inconfundible.
- No, no. Es que no pensé que ibas a quitarte la ropa enseguida.
- Si quieres me voy a vestir.
- No, está bien. Tienes el cuerpo muy bonito.

Dicho esto, dejé lo que estaba haciendo, me acerqué al niño y le apreté suavemente sus genitales.

- ¿Te gusta? –preguntó maliciosamente el chico.
- Sí, mucho. Lo tienes lindo –recalqué, al tiempo que masajeaba un pene en inmediato crecimiento, que cuando alcanzó su máximo esplendor llegó a los 15 cms.
- ¿Vamos al living? Los chiquillos te están esperando.

Tomé una bandeja en la cual puse los sándwich recién preparados y pedí a Ítalo que llevara las botellas de cerveza. Tenía un cuerpo fenomenal, con un trasero muy bien formado, sin una pizca de imperfección, una piel cubierta de un vello finísimo y en proporciones exactas.

Cuando llegué al living, el espectáculo era enloquecedor. Todos los niños, absolutamente todos, estaban desnudos, con sus penes entre erectos y a medio erectar y con un aspecto de calientes que no podían ocultar.

- ¡Qué buena onda! Pancito con jamón.
- Sí, yo tengo hambre. ¿Qué hora es? –eran casi la una y media de la madrugada.
- ¿Podemos poner la tele? –pidió Tobías. Yo le dije que sí.
- Gracias René. ¿Te podemos decir René? –preguntó Lorenzo, un morenito algo más bajo que yo, que lucía una erección completa de un pene de unos 13 cms. arqueado hacia abajo.
- Sí, por supuesto. ¿Y me puedo sacar la ropa también?
- ¡¡¡Sí!!! –respondieron al unísono varios chicos.
- ¿Tienes una película porno? –preguntó mi ya conocido Gaspar.
- Sí, la traigo enseguida.

- Preséntenme a sus amigos ahora –pedí a Gaspar y Nicolás, mientras insertaba una porno en el video grabador.
- A ver, empecemos por...

Ignacio era un rubiecito oscuro, de aspecto robusto (no gordo), algo más alto que yo. Tenía un peinado en que sus cabellos quedaban en punta y que le daba un aspecto muy varonil. Lampiño como todos sus amigos, entre sus piernas se erguía un mástil de unos 14 cms., doblado hacia un costado, con un prepucio algo estrecho, pero que igual dejaba asomar un prometedor glande rosado. Tenía una voz propia de adolescente, entre femenina y masculina, tan propia de la etapa que estaba pasando. Enseguida me presentaron a Cristóbal, el mayor del grupo, de 16 años. Con un cuerpo casi de hombre dada su estatura algo superior a 1,70, usaba frenillos, lo cual le daba un aspecto muy singular. Su piel era de un tono bronceado. Su abdomen mostraba los músculos muy marcados y ni una fibra de su cuerpo parecía estar fuera de lugar. Una cicatriz en la ingle, que me indicó era por una apendicitis, no conseguía afectar su belleza juvenil. Su falo llegó a medir alrededor de 16 cms. cuando se le paró, aunque en esta presentación sólo lo tenía en posición de “atención”. Luego llegó el turno a Matías, un moreno con aspecto de seductor italiano, el segundo mayor del grupo, de 15 años. Más bajo que yo, tenía un cuerpo muy bien proporcionado. Su cabello le caía desordenadamente sobre su frente, dándole una apariencia de travieso inconfundible. Su pene, cuando alcanzó la erección completa, medía 14 cms., tenía forma arqueada hacia arriba y su glande quedaba totalmente descubierto. Una abundante mata de pendejos se advertía en su ingle, haciéndole aparentar un poco más de edad, aunque su rostro de niño lo desmentía. Ítalo era el más desinhibido del grupo. Me saludó con un apretón de manos y luego, sin soltarme, la acercó a su erguido miembro presentándomelo también. Como ya le había descrito antes, prosigo. Lorenzo parecía el pequeñín del grupo, aunque igual de extrovertido que el resto. De estatura pequeña, quizás 1.50, tenía una apariencia oriental. De piel blanca, se alcanzaban a distinguir sus costillas. Un pene de 12 cms., no conseguía hacerle desistir de intentar seducirme con su pícara mirada. No tenía pendejos visibles, sólo cuando me acerqué logré distinguir que recién estaban haciendo su aparición. Por último estaba Tobías, un muchachito alto, de 1.72, de cuerpo atlético. Parecía un poco mayor que sus compañeros de colegio aunque tenía los mismos catorce años de los demás. Su pene era el más grande del grupo con sus 16 cms. en plena erección. Arqueado hacia su vientre, quedaba casi paralelo a su cuerpo cuando alcanzó la máxima tensión. Con el cabello largo algo desordenado, en su aspecto me recordaba a alguno de mis antiguos compañeros de curso de principios de la secundaria. Hechas las presentaciones, los chicos se acomodaron algo apretujados en los sillones de la sala, mientras yo me dirigía al dormitorio a quitarme la ropa. Aún no acababa de sacarme el pantalón cuando apareció en la puerta Ítalo, con su pene en completa erección entre sus dedos.

- ¿Este es tu dormitorio? –preguntó al mismo tiempo que se sentaba en un extremo de la cama.
- Sí, este es –respondí terminando de sacar mi pantalón.
- Es chiquitito. ¿Tienes otra tele? ¿Y otro video?
- Sí, para mirar películas en la noche –contesté quedando sólo con mi zunga puesta.
- ¿Podemos poner una película aquí adentro?
- ¿Y tus amigos?
- No te preocupes; esos son piolas. Nos dejan tranquilos. Si ya les dije que iba a empezar primero –aseguró el chico mientras se acomodaba cuan largo era encima de la cama.
- Voy a buscar una película.
- A mí me gustan esos trajes de baño que usas tú –dijo Ítalo refiriéndose a la zunga que aún vestía– ¿Tienes otro para probarme?
- Sí, claro. Toma esta. Te va a quedar bien –le pasé una que recién había sacado de un cajón donde también tenía los videos.
- Está rica, pero con el pico parado cuesta acomodarla –me explicó el chico, mientras intentaba vanamente acomodar su magnifico miembro en el interior de la minúscula prenda.

Entonces me acerqué e intenté arreglar su verga, pero por el estado en que se encontraba fue imposible. El muchacho tenía una erección fabulosa y en ese estado iba a resultar imposible alojar ese monstruo. Ya para ese momento los dados estaban echados. Ítalo acomodó su cuerpo sobre las almohadas y me invitó a tomar posesión de su virilidad. Acomodé mi cabeza en su abdomen, aprisioné su pene entre mis labios y comencé el más placentero trabajo que conozco. ¡Con qué ansiedad me encontraba esa noche! Siempre mis lolitos habían sido de condición humilde, pero esta noche tenía a un grupo de adolescentes de otra clase social, plenamente conscientes de lo que estaban haciendo. Aquí era yo el dominado y no me importaba serlo. Ítalo había apoyado ambas manos en mi cabeza y me la acariciaba con ternura. Miraba extasiado las escenas de la película que había puesto, casi sin volumen para no atraer demasiado la atención de los otros pequeñines. Su cuerpo olía a limpieza, a perfume, a varoncito en crecimiento. Mis manos sentían la suavidad de una piel sana, virginal, pura. Mis labios saboreaban ese pene jamás tocado, jamás chupado. Mi lengua recorría cada pliegue del prepucio, del glande, del cuerpo, del frenillo. Mis labios apretujaban con delicadeza el nervio de la base y se aventuraban a las exquisitas bolsas del muchachito. Sus caricias en mi cabello me señalaban el tremendo placer que estaba experimentando el chico. Pronto sus dedos se atrevieron a más. Sentí que una de sus manos se deslizaba por mis hombros, los apretaba, para luego seguir camino por mi espalda suavemente. Se entretuvo largo rato en mi baja espalda para enseguida tratar de encontrar mis nalgas. Ahí yo le ayudé arqueando levemente mi cuerpo. Sus dedos pronto encontraron mis glúteos, que comenzaron a acariciar con maravillosa delicia. Mis labios, mi lengua y mi boca se encargaron de comunicar al chicuelo que podía proseguir cuanto quisiera con su exploración, en tanto mis propias manos iniciaban la búsqueda de los centros del placer del jovenzuelo. Primero puse mi mano entre sus muslos, obligándolo a separarlos ligeramente; luego introduje un dedo bajo sus bolsas aproximándome lentamente hacia su orificio. Al llegar al lugar, pasé repetidamente el extremo de mi dedo en la entrada de su agujero, sin embargo, cuando pretendía comenzar a explorarlo, el muchachito movió ligera pero enérgicamente su pierna, avisándome que esa era zona prohibida. No soy de los que insisten en exceso. Como la señal fue clara, retiré mi dedo de las cercanías del centro del placer, pero continué acariciando la zona bajo los huevos, lo que provocaba evidentes estremecimientos del menor. La mano de Ítalo ya estaba completamente alojada en mi culo. Allí se esforzaba por rascar la entrada, tarea que le era favorecida por el paulatino cambio en mi posición, que dejaba cada vez más mi cuerpo en dirección contraria a él. Mis labios estaban entretenidos en apretujar el prepucio del chico y éste ya estaba a punto de alcanzar mi miembro, cuando fuimos interrumpidos por una alegre voz:

- ¡Ah! Los pillé a los cochinos ¿Qué están haciendo?

Sin perder la compostura aunque sintiendo cómo Ítalo retiraba discretamente su mano de las cercanías de mi verga, le respondí al recién llegado:

- Lo que estás viendo.
- ¿Tienes una tele aquí también? –preguntó obviamente Tobías.
- Sí, loco. Y estamos viendo una película también –contestó Ítalo.
- ¿Puedo quedarme aquí? En el living estamos muy estrechos y los chiquillos se están pajeando.
- Diles que me dejen la lechecita a mí, porfa... –solicité.
- ¡Chiquillos! Dice el René que no se vayan cortados, porque primero tienen que pasar para acá –gritó alegremente Tobías.
- Gracias amigo –respondí, para inmediatamente proseguir con mi tarea y reponer la posición al costado de las piernas de Ítalo.

Tobías permaneció unos instantes de pie con su magnífico pene erguido, mirando indistintamente la película que estaba puesta y lo que hacíamos nosotros. Ante un gesto mío de que se acostara a nuestro lado, más bien a mi lado, rápidamente acomodó su atlético cuerpo junto al mío. Sentir la tibieza del muchacho me provocó un escalofrío de placer. Sin decir nada, Tobías fue aproximando su cuerpo. Pronto su piel entró en contacto con la mía. Mi espalda fue la primera en sentir que un cuerpo rígido y candente se deslizaba por la parte baja de mi espalda en busca de un refugio, mientras unos dedos suaves y tiernos me apretaban los muslos y glúteos. Antes que el ariete encontrara el rumbo, sentí que el chico apoyaba su pecho en mi espalda y me decía en un susurro casi inaudible:

- ¿Te lo meto?

Mi respuesta no se hizo esperar; deslicé una mano hacia atrás, tomé el pene, lo masturbé unos momentos y luego lo fui dirigiendo lentamente hacia la entrada posterior. Ni siquiera me ensalivé, ya que el niño tenía tan húmeda de jugos su herramienta que lo consideré innecesario. Además quería sentir la penetración, no deseaba que fuera sencilla ni fácil, quería que me forzara un poco, necesitaba sentir esa fuerza juvenil. No estoy hablando de que me hiciera daño, es lo que menos me gusta, se trataba de sentir el roce de esa piel juvenil, virgen. Pronto el chicuelo tenía apoyada su carne en mi ano y estaba presionando con fuerza para abrir la primera compuerta. Al comienzo no fue fácil, pero con un poco de colaboración de mi parte, que no perdía el control del otro menor, consiguió ingresar la poderosa cabeza, permaneciendo quieto por algunos segundos. Luego intentó penetrar más, pero un poco de dolor me hizo empujarlo con mi mano. Entonces el jovencito, tiernamente preguntó:

- ¿Te dolió?

E hizo ademán de retirarse. Pero yo no estaba dispuesto a renunciar, además que normalmente ocurre así. Entonces nuevamente le tomé el pene y le guié para que luego de retirarlo volviera a insistir. Esta vez ya tenía lubricada la entrada, por lo que fue penetrándome paulatinamente, causándome un leve dolor, pero que yo sabía tenía un final placentero. Así, saliendo y entrando un poquito cada vez, pronto sentí que los pendejos del chico me hacían agradables cosquillas en mi culo. Ítalo había seguido todos nuestros movimientos veladamente, lo que por cierto había ocasionado sus consecuencias. En efecto, advertí que su pene estaba más duro que al comienzo. Parecía un trozo de madera por su rigidez, pero la piel de un bebe por su suavidad. Sus manos volvieron a activarse y comenzaron a dirigir movimientos rítmicos en mi cabeza, en tanto su pelvis se movía acompasadamente, de manera sólo perceptible para mí. El chico aceptó sin reparos que de nuevo le acariciara su agujero, en tanto era obvio que se acercaba el momento del clímax por la aceleración de sus movimientos. Por atrás parecía que Tobías era incapaz de soportar mucho tiempo más, a pesar que habían transcurrido tan sólo algunos minutos. Sus movimientos eran bastante enérgicos, aunque no violentos.

- Me voy a ir –informó Ítalo en voz muy baja.
- Espérate, vámonos juntos (se refiere al orgasmo, es un chilenismo)
- Ya me falta poquito Tobi –le susurró Ítalo a su amigo.

Así, todo en susurro, sentí que me atacaban en dos frentes simultáneamente. Yo estaba en la gloria. Nada hay más fantástico para mí que seducir a unos pequeños y que luego ellos me usen para satisfacer sus deseos sexuales. Entonces Ítalo se quedó en silencio, penetró mi boca unas cuantas veces, permaneció quieto, totalmente quieto durante unos segundos y empezó a dejar salir su cálida leche. Era un mocoso, por lo que ni me golpeó el paladar ni me inundó la boca, pero fue lo suficientemente sabrosa como para que esa noche me diera de mamar por lo menos otras cuatro veces más. Bueno, cosas de juventud. Por su parte Tobías me mantenía aprisionado entre sus brazos y la película había dejado de ser el centro de su interés. Sólo sacaba y metía su pene una y otra vez, cada vez más fuerte, cada vez con más pasión. Cuando ya sentí que estaba a punto, poco después de la ordeña de Ítalo, levantó mi pierna, la abrazó con fuerza y dejó salir su tierna descarga. Los suspiros, quejidos y risitas que lanzó el chico fueron tan intensos que se escucharon en la sala, lo que produjo la natural curiosidad de los demás chicos, que en alocada carrera al dormitorio, pronto estaban disfrutando del primer espectáculo de sexo en vivo de sus vidas. Ahí estaba yo, con el pene aún erguido de Ítalo en mi boca y alojando el de Tobías en mi culo, mientras seis pares de ojos observaban asombrados el panorama.

- ¿Se fueron? ¿Se fueron? –preguntaban atolondradamente los pequeños.
- Sí, locos, es genial –respondieron casi al unísono los amigos.
- Ahora les toca a ustedes –agregaron luego, comenzando a retirarse lentamente de sus lugares.

Yo decidí que ellos tenían que organizarse para saber quienes seguían. No sería yo quien les diría qué hacer. Después de unos instantes de turbación, decidieron que el más pequeño, Lorenzo, fuera el siguiente. A pesar de su aspecto infantil, en su rostro se advertía claramente la pasión por experimentar por primera vez el instante supremo. Y nadie le estaba obligando, todo era absolutamente voluntario.

- René –preguntó Ítalo aún desnudo y con su verga ya en reposo– ¿podemos bañarnos?
- Por supuesto –respondí y luego les pasé una toalla a cada uno.
- Nosotros vamos al living a seguir viendo la película. ¿Tienes otras? –preguntó Ignacio mientras acariciaba su tula a medio erguir.
- Cuando terminen de ver esa, les paso otra, total es temprano –respondí.
- Listo, ¿se van a quedar aquí? –preguntó Ignacio dirigiéndose a Gaspar y Nicolás que permanecían meciendo sus erguidas pichulas.
- Sí, vamos a acompañar a Lorenzo –respondió Nicolás mientras se acomodaba en la cama– vayan al living ustedes no más, de ahí les avisamos.
- Ya, pero avisen, que nosotros también queremos.

Me acosté entre Gaspar que estaba a mi espalda y Lorenzo, que quedó frente a mí. En el otro extremo se ubicó Nicolás, al lado de Lorenzo. La película atrajo la inmediata atención de los tres jovenzuelos, provocando inmediatas erecciones en todos ellos. Sin embargo mi atención estaba centrada en Lorenzo, que aunque parecía sereno, sus manos cruzadas sobre su pecho me indicaban cierto grado de tensión, la que consideré natural dada la situación inusual que estaba viviendo. Su cuerpo me pareció muy atractivo, ya que a pesar de su baja estatura, estaba muy bien proporcionado. El pene, aunque pequeño, tenía una apetitosa forma. Su glande, absolutamente al descubierto, se movía acompasadamente al ritmo de las palpitaciones del corazón. Lo primero que hice fue contemplarlo en toda su hermosura, para luego masturbarle delicadamente. Poco a poco Lorenzo se fue relajando. A medida que mis dedos le acariciaban su barriguita, los muslos, las entrepiernas, la ingle y jugaban con sus huevos, el chiquitín separó sus brazos, posó una mano sobre mi nuca y me dirigió a lo que parece que tanto anhelábamos ambos: un buen mamón. No le hice esperar más. Dejé reposar mi mejilla sobre su vientre y cogí su dura herramienta entre mis labios. Fue una experiencia extraordinaria. Su cuerpo olía a crema, a leche, a niño. Su piel, suavísima, se deslizaba entre mis labios provocándome espasmos de placer. Entretanto mis dedos acariciaban sus piernas desde las pantorrillas hasta el interior de sus muslos. El chico ahora ya no prestaba tanta atención a la película, sino que trataba de observar los movimientos que le hacía en su órgano. Ello me obligó a modificar un poco mi postura, a fin que pudiera observar mis movimientos. Estos cambios no pasaron inadvertidos para Gaspar, quien aprovechando la situación, tomó mi cintura con ambas manos, la colocó en posición y me embistió con una precisión de experto. Como el camino ya había sido recorrido poco antes, la penetración fue sencilla, pero igualmente placentera. La diferencia de temperatura entre el pene del chico y mi ano, me provocó una instantánea reacción: brindarle una mamón de antología a mi virgen recién conocido Lorenzo. La cara suplicante de Nicolás, por otra parte, me señaló que aún podía hacer un esfuerzo para brindarlo placer a los tres chicos simultáneamente, por lo que estirando mi mano agarré el tieso miembro del muchacho y le empecé a acariciar de la mejor forma que sé. Ahora el espectáculo volvió a comenzar. Gaspar me penetraba espléndidamente. Lo hacía de una manera muy suave. No empleaba brusquedad alguna, sino que empujaba una y otra y otra y otra vez, sin sacar su miembro, logrando producir un sonido de succión altamente excitante, que los otros dos chicos también escuchaban y les sacaban sendas sonrisas. Lorenzo aguantó muy poco mis caricias y cuando iba a acabar, intentó separarse de mí, pero yo adivinando la razón, me aferré aún más a su mástil y logré extraerle sus jugos apenas perceptibles. Pero el chico no estaba decidido a abandonar la batalla. Por el contrario, expresando que pensaba que yo me molestaría por eyacular en mi boca, ahora quería volver a hacerlo, pero iba a esperar hasta el final Gaspar taladraba mi ano con una pericia extraordinaria. Me rozaba con sus ásperos pendejos, como adivinando que era algo que me fascina. Yo le correspondía apretando mi esfínter tanto como podía, aprisionando su verga en mi culo e impidiéndole moverse. Ambos gozábamos de la ocurrencia, lo que él me correspondía con pequeñas palmaditas en mis nalgas y frases halagadoras. Nicolás seguía los pormenores con mucha atención, lo que se manifestaba en continuos endurecimientos de su verga y constantes salidas de lubricante. Lorenzo observaba esto con gestos de admiración, ya que veía cómo yo repartía la viscosa sustancia por toda la superficie de la palpitante púa de Nico. Esto, por cierto, provocó una segunda eyaculación del chiquito, la que, extrañamente, fue algo más copiosa que la anterior, pero que ocasionó su partida inmediata al baño para orinar. Esto lo aprovechó Nicolás para ocupar el sitio vacío, gesto que correspondí brindándole enseguida una espectacular mamada. Esta fue acompañada por enérgicos masajes a sus demás zonas íntimas, tales como sus tetillas, entrepiernas, huevos y, especialmente, alrededores del ano. El muchachito, ante la mirada atenta de Gaspar, me permitió acariciar su orificio por largos momentos, el que se contraía una y otra vez ante cada acercamiento de mi dedo.

Nuevamente la película pasó a un segundo plano. El grado de excitación ya no requería de ayudas extras, por lo que todos decidimos ponernos a trabajar al unísono. Estaba tan absorto en la tarea que no advertí que Cristóbal hacía ya rato estaba filmando toda la escena, con el consentimiento explícito de los dos pilluelos. Había olvidado guardar mi cámara de video. Cuando me di cuenta, el corazón me dio un vuelco, pero ante mi reacción, inmediatamente Cristóbal me tranquilizó diciéndome que esta película era para mí, para que me hiciera la paja cuando no estuvieran. Creí de inmediato en sus palabras. No sé si por calentura o por exceso de confianza, pero lo cierto es que el hecho de ser grabado me excitó aún más, por lo que mi ano se puso a trabajar aún de mejor manera, provocando los quejidos inmediatos de Gaspar, que no pudiendo soportar tal ritmo, me embistió aceleradamente unas pocas veces y descargó toda su leche sobre mi espalda para que Cristóbal pudiera filmar toda la escena. Pero Nicolás no se podía quedar atrás. Me hizo poner de rodillas, él se puso de pie en la cama, al tiempo que se masturbaba enérgicamente, no dejando que le tocara, lanzándome una fantástica serie de descargas de esperma que me dejaron el rostro bañado en leche. Nuevamente Cristóbal guardó una imagen fílmica de tan maravillosa escena. Matías e Ignacio que estaban observando con sus penes erectos, me pidieron que me fuera a lavar, ya que ellos también querían ser filmados, pero no deseaban penetrarme. Cristóbal permaneció filmando toda la escena, siempre con su verga en posición firme, como esperando su turno cuando los más pequeños se cansaran. Cuando los siete enanos ya estaban satisfechos, después de haberles mamado la verga una o dos veces más en la sala mientras miraban películas, se dispusieron a descansar hasta que llegara el día siguiente, pero el rostro ardiente de Cristóbal me señalaba que él todavía esperaba su turno. Alrededor de las cinco de la mañana, los siete enanos fueron vencidos por el sueño uno por uno. Ese era el momento que esperaba Cristóbal. Ante su sonrisa cómplice, me acompañó en silencio al dormitorio sin separarse de la cámara de video. De común acuerdo, la instalamos en un trípode y nos dispusimos a filmar todo lo que aconteciera. Lo primero que hice fue recostarme en su vientre y comenzar a acariciarlo entre sus piernas, sin acercarme siquiera a su estupendo miembro. Recorrí con mis dedos sus entrepiernas tironeando suavemente los pelos que por allí había. Su olor era ya de un adolescente mayor. Todo su cuerpo mostraba las cercanías hacia la juventud. En sus bolas, cubiertas de pendejos, se olía la marca inconfundible del macho excitado, intensa, fuerte, viril. Aspiré profundamente todos esos intensos aromas, hasta hartarme de ellos. Cristóbal estaba ansioso. Tomó mi cabeza y la empujó en dirección a su humedecida tula. Volví a aspirar el olor inconfundible del adolescente y me tragué de un sólo bocado su extraordinaria verga. El muchacho se estremeció al sentir el tibio y húmedo calor de mi boca. Con una mano inició un suave masaje de mi nuca, mientras con la otra se acariciaba sus testículos una y otra vez. Mis manos se pusieron en acción enseguida. Sin encontrar resistencia de su parte, separé sus piernas y bajé lentamente mi cabeza entre ellas, mientras mi lengua lamía una y otra vez el recorrido que va desde la base del pene hasta el ano. Nuevamente el olor a adolescente en celo invadió mis fosas nasales. Los huevos colgaban largos, mostrándome el nivel de excitación en que se encontraba mi amante. Pero el camino no terminaba allí. Mi boca llegó al preciado tesoro y comenzó a hurguetear con delicia cada centímetro del agujero.

Cristóbal juntó sus piernas y aprisionó con pasión mi cabeza entre ellas. Luego alzó su cuerpo y le sentí buscar mi cintura, donde se entretuvo acariciándome la parte baja de la espalda sin alcanzar mis nalgas, que al parecer era su objetivo final.

- Ponte para el otro lado –me pidió en un susurro.
- ¿Cómo?
- Así, mira –y acompañó las palabras con tiernos movimientos para que me pusiera con mis pies en dirección a su propia cabeza. Acomodados en esa postura, Cristóbal bajó su cuerpo hasta que su siempre erguido pene quedó a la altura de mi rostro. Nuevamente separé mis labios alojando tan sólo su precioso capullo entre ellos. Cristóbal no pudo evitar un largo y profundo suspiro, al tiempo que sus manos se apropiaban otra vez de mi cabeza comenzando una exquisita caricia, especialmente en el área de mi nuca. Sus dedos jugueteaban con mis cabellos, caricias que correspondía con pequeños apretones de su tula y masajes a sus sudorosas entrepiernas.

Inesperadamente el chico retiró sus manos, se levantó a corregir la cámara de video y, sin decir palabra, volvió a acomodarse en la posición anterior. Volví a apoderarme de su herramienta, pero mientras mis labios y mi lengua succionaban y saboreaban la exquisita piel, sentí que Cristóbal estaba masajeando mi pene con una devoción exquisita. Sus dedos se apoderaron de mis huevos y su mano me hacía una paja que me hizo soltar su pene y dirigirme lentamente a su ano. Él respondió de una manera inesperada. Mientras yo jugueteaba con mi lengua en su orificio, se apoderó de mi verga, la introdujo en su boca y comenzó a succionar de una manera inexperta pero audaz. Sentía pasar ocasionalmente sus dientes por el glande, pero lo soportaba, dada la extrema pasión que ponía en las caricias siguientes. No limitándose a succionar mi verga, Cristóbal logró encontrar mi agujero comenzando a intentar una penetración con su dedo medio que no le fue difícil dados los juegos anteriores con los demás chicos. Allí se entretuvo largo rato, metiendo y sacando con singular habilidad, lo cual varias veces me hizo casi perder la conciencia. Estando así, lo demás fue un juego interminable de caricias por parte de ambos. Sus manos se aferraban a mis piernas y las recorrían desde la raja hasta mis hombros, una y otra vez, apretujando aquí y allá con una maestría propia de quien aprende el sexo entre hombres por primera vez. Entre medio de la acción, le enseñé a mamar sin pasar los dientes y él me enseñó a mordisquear las entrepiernas para provocar los mayores placeres. Sentía cómo su lengua humedecía mi ano, al tiempo que sus labios se apoderaban de mis huevos cuando avanzaba hasta ellos.

Amanecía cuando sentí que el adolescente aceleraba sus movimientos y se aferraba con más fuerza a mis piernas. Lentamente su cuerpo se fue tensando y cada uno de sus músculos se fue endureciendo poco a poco. Sentí cómo Cristóbal succionaba con pasión mi verga y apretujaba deliciosamente mis glúteos. Su pelvis se mecía rítmicamente haciendo entrar y casi salir su tula de mi boca, en donde yo le estimulaba aún más rozándole con mi lengua, mordisqueándole con mis dientes o apretándole con mis labios. El muchacho tiritaba de lo excitado que estaba y sus gemidos me hacían experimentar las más extraordinarias sensaciones. El ruido de mi boca al succionar su verga parecía aumentar su pasión, ya que cuando sentía el sonido característico, aceleraba sus movimientos corporales y su pene ya no podía endurecerse más. Pero todo proceso tiene su inicio y su fin. El camino del placer se fue inflamando lentamente y los movimientos del chico fueron disminuyendo en cantidad pero aumentando en intensidad. Hacia el final, el lolito se meció unas cinco veces, penetrando con fuerza mi boca; luego con una de sus manos me hizo que mantuviera mi dedo en su ano y con un movimiento supremo lanzó un suspiro profundo y alcanzó el orgasmo. La descarga llegó incontenible una, dos y hasta doce veces. En esta ocasión sí que sentí mi boca atragantada por el esperma. Pero no lo tragué enseguida, primero lo degusté en mi boca, hasta impregnar mis cavidades de su sabor especial. Luego fui yo quien eyaculó, avisándole antes según él me había pedido, pero el chico fue incapaz de tragar mi leche, sólo esperó hasta el último momento y cuando la sintió venir, dejó que hasta la última gota cayera sobre su pecho y las sábanas donde jugueteó largo rato con ella. Igualmente cuando quise darle un beso me pidió que no, que aún no estaba preparado. Pero cuando le invité a visitarme otra vez, se mostró altamente entusiasmado. Incluso me preguntó mis horarios y si podía “hacer la cimarra” en mi casa cuando yo estuviera desocupado por la mañana. Mi respuesta fue obvia, además que pronto llegarían las vacaciones y todo sería más fácil.

Antes de ponernos a dormir un rato, revisamos brevemente la grabación del acontecimiento, lo que nos excitó nuevamente, pero fuimos incapaces de llegar más allá de una paja mutua. Guardé las dos cintas en un lugar seguro y luego me cogió el sueño abrazando el tierno cuerpo de Cristóbal. Dormimos hasta alrededor de las 11 de la mañana, cuando los ruidos de los demás chiquilines me despertaron. Preparé un suculento desayuno para todos y yo aproveché de degustar leche al pie de la verga una vez más de algunos de ellos, que aún tenían energía como buenos adolescentes en la plenitud de su vida. Afortunadamente ninguno pareció experimentar la típica sensación de culpa que se sufre cuando uno es muchacho y pasa una experiencia de este tipo. Todos se veían relajados y totalmente dispuestos a continuar visitándome en sucesivas oportunidades. Recién ahí me enteré que pertenecían al Colegio Benalcázar, que queda en el sector poniente de Santiago. Cuando les pregunté por qué entonces estaban en la Plaza Italia, me comentaron que había sido sólo para despistar a sus papás, que los habían ido a dejar allí a algunos de ellos como sitio de reunión.

Esta fue la primera visita de una serie que se extendió por varios años, siempre en circunstancias parecidas. Es decir, los fines de semana eran una secuencia de mamones y penetraciones. Yo siempre en el papel pasivo, lo que no me avergüenza en lo absoluto. Con Cristóbal las cosas fueron diferentes. Muchos fines de semana por muchos años se quedó a dormir conmigo, y lo que pasó ... es otra historia que prefiero guardar para mi patrimonio personal. Sé que ustedes me sabrán disculpar.


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