En un Cine Oscuro
Narración de un suceso real.
Hace más o menos un año y medio, recién cumplidos los 18, teniendo una erección eternal que no me dejaba tranquilo y cédula de
identidad en mano, me dirigí con las piernas temblando hacia el viejo Cinema 2000, conocido ampliamente en mi ciudad por ser el sitio predilecto de los depravados, los que nunca tienen sexo con nadie, los desesperados y los traviesos, como yo.
Esta sería la primera vez que entrara en un lugar clasificado como “sólo para adultos”. Y debo confesarles que hasta el momento no había tenido
relaciones sexuales… o lo que normalmente admitimos como ‘relaciones sexuales’; es decir, lo más cerca que había estado de una relación intima entre hombres había sido en la secundaria, cuando participaba en las masturbaciones colectivas que algunas veces organizábamos un par de compañeros y yo en las duchas del gimnasio, o viendo revistas porno en la habitación de Eric, junto a Eric, y con nuestros penes expulsando esa rica savia de la juventud que llaman esperma. Repito que ese día, al entrar en el cine, estaba muy asustado.
En la boletería del lugar -discretamente tapada por unos biombos que no admitían su vista desde la calle- había un chaval moreno, más o menos guapo, que me guiñó el ojo mientras me pasaba el ticket que acababa de comprarle. Dejan de temblarme las rodillas gracias al gesto del chico y me dispongo a entrar. Al correr las cortinas, el primer sonido que me llega a los oídos es el gemido intermitente de una mujer que está siendo penetrada por dos hombres simultáneamente: uno de ellos por la vagina, y el otro por el culo. Sus vergas me producen una erección inmediata. Trato de no tropezar con algo mientras camino en busca de un asiento en el que pudiera sentirme cómodo y anónimo. Hay parejas heterosexuales -pocas, pero las hay-, y parejas de chicos besándose y tocándose como si el mundo estuviera a punto de acabarse. Mi erección está al máximo. Respiro, camino, miro hacia la pantalla, veo esos penes gigantes, sabrosos; camino de nuevo y encuentro el asiento ideal. Miro a mi alrededor para conocer a mis vecinos: Los más cercanos están dos filas detrás de la mía. Y como estoy en el grupo de filas del centro, a mi izquierda, en el grupo de filas de ese extremo, hay al menos 6 chicos sentados, y en su mayoría, separados unos de otros. ¿Les llega la idea de cómo estoy ubicado? Bien.
Ahora, ¿por qué estoy contando esto en ‘tiempo presente’? Déjenme hacer el cambio, y disculpen.
Decía: Luego de 'conocer' a los del 'barrio', di comienzo a la tarea que tenía por delante acariciando mi verga mientras en la cinta, la mujer chupaba y masturbaba, alternando los penes de los tipos que antes se la estaban cogiendo. Seguí mirando y tocándome, luego bajé la cremallera del pantalón y saqué mi verga del underwear para sentir su textura, su dureza y su olor. Oh! Me masturbé frenéticamente viendo a aquella tipa tragarse el semen de sus cogedores.
Y eso hacía cuando mi atención cayó en el chaval que estaba sentado en la misma línea de butacas, pero en el grupo de filas de la izquierda. Él me había estado observando mientras me masturbaba. Podía ver mi pene desde ese lugar, podía ver mi cara y podía ver lo que estaba haciendo. La situación me excitó tremendamente y entonces, a señas, lo invité a que se masturbara mientras nos mirábamos. Aquí debo indicar que la distancia entre nosotros era como de 12 metros y yo a él no lo podía ver con tanta claridad como él a mí, porque la luz de la pantalla me caía directamente. En cambio, la parte donde él estaba, era más oscura.
Vi entonces que él sacaba su pene, una hermosa barra gruesa y llena de exquisitos olores y sabores -especulé en aquel momento-, con esa punta particular que tienen algunos penes, -como el de un viejo amigo desde la infancia- que tiende a parecer cuadrada más que redonda... En fin. El chaval no despegaba los ojos de mí, y yo no despegaba mis ojos de aquella verga hermosa que él me estaba mostrando. Se masturbaba y me miraba. Yo me masturbaba y lo seguía mirando, no me cansaba de verlo. En un momento estuve a punto de regarme; pero quité mis manos e hice el esfuerzo por contener la savia de este rico árbol que la naturaleza me ha dado. Él abrió la butaca que estaba al lado suyo, como señal para que yo fuera a sentarme. Le dije a señas que no. Pero no porque no quisiera; es que en verdad me parecía que había mucha gente.
Me puse de pie y me fui al sanitario; una vez ahí me vi en el espejo y, muy asustado, me dispuse a esperar. Fue cuestión de 1 minuto y él ya había llegado.
Se paró en el umbral de la puerta, cruzó las piernas y apoyó uno de sus hombros al dintel de la puerta (¿de qué estaba jugando, por cierto? ¿Se creía Casanova o qué?). Era un morenito muy atractivo, incluso aniñado. Tenía al menos 19 años, su estatura era como de 1.70 y parecía tener un peso normal. Se me acercó como para reconocerme con el olor hasta que ya no hubo distancia entre los dos. Entonces yo entré en uno de los sanitarios, o como les llamen ustedes en España, México o Argentina (¿Han notado que casi todos los que escriben historias aquí son de alguno de esos 3 países?).
Él entró tras de mí, y apenas cerró la puerta acercó su rostro al mío y tomando mi cabeza con sus manos metió toda su lengua en mi boca. Su lengua buceó por toda mi boca y chupó mi saliva y continuó haciéndolo mientras nuestros pones erectos se friccionaban contra sí, dentro de nuestros pantalones. Me tocaba el trasero como con apuro, no paraba de mover sus manos por todo mi cuerpo... Un suspiro, un gemido, una sonrisa, y el fuego negro de sus ojos negros. Yo me dediqué a acariciar su pene por encima del pantalón y a disfrutar el nuevo sabor que su lengua me entregaba. Paramos para descansar y decidí comenzar a disfrutar la aventura a una escala todavía mayor: abrí la cremallera de su pantalón y saqué su deliciosa verga de punta cuadrada cuyo olor desde la primera probada, me poseyó.
Mamé con todas las ganas del mundo ese pene sabroso y grande que el moreno me daba. Lo mamé asegurándome de que éste tocara cada milímetro de mi boca y de mi garganta. Mi saliva ahora estaba en todo su miembro. La mezcla de su pre-semen y mi saliva
producía un nuevo sabor que me atolondraba. Yo ya estaba en el cielo.
Luego de hacerle esto a él durante algunos minutos (como 3), le permití correrse dentro de mi boca, y no necesito explicarles lo sabroso que eso fue.
Luego hubo un beso-limpieza, tras el cual no quedó un rastro de semen dentro de mi boca, ni en mi cara tampoco. El moreno comenzó a tocar mi pene a
través del pantalón mientras me miraba con los ojos atestados de fuego. Se agachó, abrió la cremallera de mi pantalón y se la introdujo completamente y sin aparente dificultad, dentro de su boca. Mi pene mide como 19 centímetros, pero en ese momento debió medir aún más.
Y ahí arrancó un mete y saca que me hizo explotar como lo hacen los fuegos artificiales en el cielo. No pude contener mis gemidos, y él se bebió todo mi semen.
Después nos volvimos a besar juntando nuestros penes por última vez. Nos miramos fijamente. Él sonrió, yo le guiñé un ojo, y después de meternos nuestros penes en sus respectivos lugares, nos fuimos de ahí.
Nunca supe su nombre, nunca le dije una palabra y nunca le volví a ver....
Pero ese moreno del Cinema 2000 me causó la aventura más monstruosa que he tenido hasta ahora.
Gracias por leer esto.