Su fibrosa polla perfora con furia un culo abierto y depilado. Son movimientos vertiginosos en los que el soberbio material aparece y desaparece cubierto de un brillo aceitoso, que chorrea por los bordes del ojete abierto.
Lleva dos
horas follando, reprimiendo unas ganas intensas de correrse como un cabrón;
¡pero así es el cine! Desearía que toda esa coreografía artificiosa llena de tenues
besos, de poses rebuscadas y barrocas, de mamadas impulsadas por una lascivia
en technicolor se fuera a tomar por el culo. Lo que él desea es otra cosa; lo
que hace al final es otra muy distinta. ¡Además, esto ni es follar! Un meteysaca
hecho de puntos y aparte, con ese puto “corten” que desinfla al más pintado,
para volver a empezar a hacer lo mismo, sólo que ante la cámara
fotográfica. Y toda esa gente ahí
mirando con los rabos duros, disimulando como si estuvieran a lo suyo, cuando
están a lo nuestro. Ve sus ojos, y saben lo que piensan, saben lo que desean;
pero aún así, le resulta difícil soportar el ardor de sus miradas. No soporta
que sus instintos se empapen con la carga de Martín.
Si por él
fuera se correría ya; pero no tiene que pensar que está follando a Martín,
tiene que poner la puta mente en blanco y dejar de sentir, o mejor: pensar que
esta follando un coño sucio y apestoso. Uno de esos coños que ni de coña
probaría. ¡Pero es que está follando a Martín! Ya lleva follándolo dos horas y le
ha hecho de todo.
La
historia es que Martín, o mejor dicho: “Dust Chick”, es en esta ocasión un puto
niño de recados que viene a traer la compra y es pagado con lo único que desea
desde que cruza el umbral de la puerta: la polla de Carlos, o mejor dicho:
“Prick Big”. Hasta ahí, todo fue bien. Sólo tenía que contestar una pregunta
sencilla: “¿Cuánto es?” Según el “guión”: Chick no ve en Prick nada más que una
polla. De hecho así fue. Cuando lo conoció tardó en verle la cara. Se quedó
como tonto viendo aquel paquete embalado que abría un apetito voraz por sus
dimensiones. Se conocieron en Coruña, se prostituyeron en Madrid; y ahora están
aquí en Barcelona, después de joder con un productor de cine, que terminó
siendo el dueño de una cadena de sex-shops que hace de los videos baratos un negocio lucrativo.
Lo jodido
de esto es que hay que tener la polla educada; aunque es cierto que las
trescientas mil pelas que cobra dan para una buena educación. Con Martín no hay
problema. Es olfatearlo y la cabrona se pone a cien; pero con otros la cosa
cambia. Está casi todo el tiempo morcillona. Es más, a duras penas logra abrir
los culos. De nada sirve darle masajes entre toma y toma, o presionar en la
base del pijo, cerrar el ojete con fuerza, o pensar en Martín, en el último
polvo con él. Su fiel amigo está hasta el culo de follar con puntos y apartes,
con ese “corten” de los cojones que te parte por la mitad. Está hasta los
huevos de que se la mamen con una cara de goce que disfraza un asco después de
cuarenta minutos de mamar y mamar. ¡Está hasta las pelotas! Si no fuera por la
guita, los mandaba a todos a tomar por el culo. Además está el puto flash. ¡Es
que lo pone del hígado! La cámara aun bueno. Ahí está silenciosa, con ese
sigilo mudo del zoom; pero el puto flash, y esa marica de fotógrafo
revoloteando por todos los lados, dándote consejos de mierda, que si levanta un
poco un pie, que si gírate, que si pon cara de correrte, para después ponerla
de dolor, que si saca un poco más la polla... “¡Joder, tío, te digo yo como
tienes que sacar la puta foto!; ¡entonces no me digas a mí cómo tengo que
follar!” Pero nada de eso sale, sólo un “así” cansino que le impide ir a más,
aunque sólo sea por todo lo que cobra.
Y ahí
está. Sacando y metiendo la polla. Exagerando cada uno de los movimientos, de
los gestos que se suceden en el mismo orden e intensidad, de las frases que no
van más allá de un “aaarrsss”, o un “¡qué culo tan rico!”. Todo está tan
coreografiado que más que una follada parece un baile.
Entre toma
y toma se miran. Es una mirada triste, pero consoladora pues en los labios se
dibuja una sonrisa, un “tranquilo porque te amo” que ahuyenta el cansancio. Y
después está el puto “raccord”. ¡Joder, ni que estuviéramos rodando con el
mismísimo Kubrick! ¿Pero quién, con su polla abaneándose en su mano, va a
pensar en que si esa pierna no estaba en esa postura, o tú lo abrazabas así o
asá? ¡Está hasta los huevos del cine! Y eso que siempre pensó, cuando veía una
película, que no estaría mal dedicarse a eso. ¡La cantidad de tipos que
follarías por llamarte Brad Pitt! ¡Pero joder! Una cosa es hacer “El Club de la
Lucha” y otra muy distinta estar ocho horas con la polla dura como el acero;
¡eso sí qué es un combate! ¡Si hasta no la siente! Por las noches siente un
cosquilleo doloroso que le impide follar con Martín. Lo ama con locura, pero
lleva dos semanas follando ocho horas diarias con tipos que no se la ponen dura
ni de coña. ¡Con Martín es distinto! Es otra cosa. Él lo ama, aunque ya va para
dos semanas que ni lo roza. Cuando llegan al ático, lo único que le apetece es
dormir, descansar, reposar su “herramienta de trabajo” para que mañana luzca
lustrosa y apetecible. ¡Hoy por lo menos folla con Martín! Claro que folla de
una manera muy rara. Primero rodaron por decorados; después por planos, del
general al corto; ¡y la puta, mira qué hay planos cortos! Si en ocasiones no
sabes quién te la va a meter, si la maricona o el puto objetivo de los cojones.
Aquello es un caos, sólo cuando
llegaron al momento de despelotarse, la cosa adquirió cierta lógica.
¡Bien! La
historia es que Martín es el chico de recados de un supermercado que uno no
sospecharía que tiene tanto lujo como para dar ese servicio. Cuando llama al
timbre, Carlos, alias “Prick Big” lo recibe recién salido de la ducha, luciendo
una toalla escasa que dibuja perfectamente sus atributos. El cuerpo de Carlos
resplandece, tiene un brillo que parece de recién nacido, y ese fulgor arde en
la mirada de Martín, alias “Dust Chick”. Por motivos obvios, Carlos no lleva la
cartera encima y lo hace pasar a la cocina mientras lanza miradas voluptuosas
que nada tienen que esforzarse ante la belleza de Martín. Tiene un culo
precioso que estalla en un pantalón ceñido; la espalda es ancha, y, pese al
niki, el aleteo del algodón no logra tamizar del todo su potente musculatura
que asoma por esos bíceps que portan la compra. Cuando llegan a la cocina él
deja la compra en la encimera, momento que es burdamente aprovechado para que
el cliente se pegue a él con el pretexto de buscar la cartera. Le pega su polla
a la raja del culo iniciando un disimulado vaivén al que Martín responde
cerrando los ojos con una expresión de placer. A los pocos segundos, se agarra
a la encimera y responde deliciosamente a ese sacudida. Durante un momento sus cuerpos
se presionan con fuerza y la toalla va subiendo poco a poco con la fricción
dejando a la vista el culo níveo y musculoso de Carlos. Martín deja de
agarrarse a la encimera y echa sus
brazos hacia atrás tratando de atrapar ese fuego que le calcina. Durante un
instante sus cuerpos se separan, Carlos no quiere que le atrape, insiste en
quemarlo en el deseo. La toalla detiene su caída en su polla. Su cuerpo
estilizado y musculoso se muestra en todo su esplendor, sólo la verga permanece
cubierta por ese paño blanco que aumenta el resplandor que se adivina. Es algo
que hasta el propio Martín ve (y goza), pues girándose lentamente mira hacia la
polla con una lascivia que sólo puede poner el deseo y el amor. Hay tanta
química entre ellos que ese leve gesto electriza el ambiente. Su mano, entre
ansiosa y cumplidora, quita el velo que ocultaba. Carlos sonríe, pero todas las
miradas están en ese pija espléndida que luce. Está depilado, y el fibroso
tronco apunta al cielo con arrogancia despegando de unos cojones duros. Son
diecinueve centímetros de placer y belleza que terminan en un capullo
voluminoso y sonrosado. Es un glande robusto, casi militar, pues recuerda a la
unión de dos cascos de soldados. En su punta, por lo menos en esta toma, ese
presemen delatador de su excitación hace su aparición. Y esa mano exploradora
toma el mástil con delicada avaricia, deslizándose suavemente por todo el talle
hasta llegar al surtidor y tomar la primera muestra de su fruto. La boca acoge
con sucia lubricidad ese poso y responde al placer una lengua sensual que
humedece los labios de Martín dándoles una vida nueva. Carlos coge la polla y
se la acaricia presionándola sobre su abdomen mientras sonríe. Su mano no deja
de viajar por su virilidad, ahora la polla, ahora los huevos y vuelta a
empezar, hasta que ese viaje toma rumbos por su cuerpo y se dirige a su torso
esculpido al tiempo que se acerca a Martín que lo acoge ahogado en codicia. Sus
cuerpos se funden, se restriegan con furia y lujuria, en movimientos largos y
atenuados, pero llenos de una violencia soterrada. Las manos de Martín se
afianzan en ese culo musculoso que manosea con generosidad mientras se cimbrea
inconscientemente espoleado por el ardor.
No dejan de explorarse mientras sus labios húmedos se besan ardientemente.
Las lenguas empapadas se abrazan, se comen, se muerden, y con los ojos cerrados
su sexo busca mil caminos para expresarse. El sonido de sus salivas, las
sacudidas de su cuerpo, sus jadeos ahogados, empañan esos primeros instantes.
Es una
entrega devoradora. Algo que lleva mucho tiempo aplazado y que ahora encuentra
la espita de salida. Su pasión es tal que, aunque en la ficción se acaban de
encontrar ahora, parece que se esperaran desde toda la vida. Martín da un salto
y se abraza con sus piernas al cuerpo de Carlos sin interrumpir ese morreo
caldeado al que siguen atados con sus cuerpos. Carlos lo toma por su culo,
mientras sigue besándolo y lo impulsa y poco más arriba. Ahora sus besos los
dirige hacia su cuello que se retuerce de placer. Poco a poco se va cimbreando,
arqueando hasta que se apoya de nuevo en la encimera dejando su torso a
disposición de Carlos. Éste comienza a besarlo con avidez, mordisqueando sus
pezones, dejando los rastros de sus fogosas babas por todo el esplendor de un
Martín que no para de jadear. Con los dientes coge el niki y lo quita
suavemente. En el duro abdomen de Martín aparece una mata de vello fino e
intenso que anuncia una virilidad que le revienta en el pantalón. En esa
abertura, que muestra toda su belleza, hunde su cabeza Carlos. Y ahí, oculto a
nuestra vista pero no a nuestra imaginación, la pasión de Carlos toma calidez
de ese cuerpo que tanto ama. Lo besa, lo lame, lo disfruta, lo goza. Da tanto
placer que, fuera de guión, Martín pide un “fóllame” que le sale de sus
entrañas, entrecortado por los jadeos. Pero Carlos sigue disfrutando de la
firmeza del cuerpo de su amor, de ese aroma que lo embriaga. Es un aroma dulce
y picante que va variando en intensidad y en sabor. Sus pechos son dulces; sus
sobacos, sin perder esa benignidad, son picantes y salobres; su sexo:
¡delicioso!
Su polla
está justo en la entrepierna a reventar de Martín. Ahora su capullo está
brillante, lustroso, empapado. Comienza, mientras sigue comiendo el cuerpo de
Martín, a menear con fuerza esa belleza. En cada movimiento la entrepierna
áspera de los pantalones vaqueros pasa por la chorra de Carlos que aprovecha
las sacudidas para no dejar ni un centímetro sin explorar con sus lamidas y
besos. Revientan en bramidos entrecortados, y comienza a aparecer rastros del
sudor sobre su cuerpo creando una patina brillante que los vuelve de seda. Sus
sacudidas continúan feroces, pero llenas de elegancia, como si estuvieran
consumando un ballet. Con una de las manos, Martín acaricia, por encima del
niki, la cabeza de Carlos que continúa embalado en su orgiástico viaje. Ahora
sale para unir sus labios, sus lenguas retozones, sus babas lustrosas. Carlos
arquea más su cuerpo y levanta la entrepierna. Poco a poco, Martín abre su
bragueta y aparece su tronco encapotado por el bóxer blanco. Una mancha húmeda
subraya la exacta situación de su dura polla que sigue rezumando por salir. Su
mano aprieta con ansia el capullo al tiempo que besa con la misma saña a
Carlos. Éste termina su abrazo y de un salto queda de pie. La mano hambrienta
de Martín corre rápida a palpar sus nalgas, a magrearlas con gusto mientras va
bajando poco a poco el pantalón, hasta que se sitúa en sus tobillos. Tras eso,
de un golpe brusco el bóxer cae y la pinga queda balanceándose en el aire hasta
que se oculta bajo el niki.
Ahora ya
se están haciendo un sesenta y nueve glorioso; claro que el “Kubrick” de la
función ha decidido tomar antes un buen plano de la bolsa de la compra, con la
botella de leche sobresaliendo (¿entienden la metáfora?), y después, haciendo una panorámica que
termina un picado, terminar en esos cuerpos golosos que abren sus bocas con
ansia comiéndose sus pollas. A Carlos le encanta mamarle la minga. El sesenta y
nueve es su momento. No solo por tener esa carne viva y candente, con ese sabor
tan propio, es, sobre todo, una especie de conjunción. Está su polla, pero en
la misma perpendicular esos cojones que ocultan levemente el camino hacia su
ojete; pero al mismo tiempo, y en la misma perpendicular, esta el aroma. Su
aliento, húmedo y enfangado, revive el sabor de su sexo. Es alucinante, como en
cada mamada, cuando el nabo yace palpitante en su garganta, cuando su nariz es
acariciada por ese vello cerdoso, esa
fragancia conquista con mayor poderío sus facultades. Una sola bocanada, y en
esa inspiración profunda, está el gustillo de su polla, de su culo... todo a la
vez, como si esa boca que ahora succiona con ansia tuviese un calibre tal que
chupara el nabo y sus entrañas gozosas. Cuando Carlos no quiere follar (¡pero
el maricón quiere follar siempre!), Martín sabe que cercarlo con su entrepierna
es la combinación que abre la caja fuerte de su tranca. Por eso lo disfruta.
Goza como un cabrón de esa carne que lame, que recorre sin pausa dando vueltas
alocadas por el frenillo, hurgando el meato, comiéndosela de una dentada hasta
llegar a los huevos, porque, al mismo tiempo, siente como su pinga recibe el
mismo tratamiento.
¡Lo jodido
del cine es la educación! Más que una follada, parece un partido de tenis. Tú
tiras la pelota; después, el otro, te la tira a ti. Este “usted primero” lo
descoloca. Primero os la chupáis; después, tú se la comes a él; después él te
la mama bien a ti; después, el que la tenga más dura es el que mete. ¡Joder!
¡Esto no es así! Aunque la incertidumbre siempre está presente, con Martín no;
y si lo piensa bien, con los otros tampoco. Carlos, a la hora de fornicar, lo
tiene claro. Siempre dice lo que busca, o lo tomas o lo dejas; ¡siempre lo
toman! Los culos agradecidos son así: hambrientos. ¡Pero, joder, esto del cine
es un puto engaño!
“Kubrick”,
cámara al hombro, se acerca a sus músculos tensos y vivos. Ya ha tomado planos
recurso, ya tiene las caras placenteras que buscaba, la lengua apareciendo
lúbrica por la comisura de sus labios hasta deslizarse sibilinamente y
desaparecer en una mueca en la que los labios se aprietan hasta el infinito;
también tiene los ojos en blanco. Pero ahora tiene esos dos cuerpos que se
retuercen, tiene una mamada en la que el amor se expresa con sexo puro y duro.
Sus cuerpos se restriegan, confundiéndose en ese plano detalle, se ve el sudor,
la calentura que busca alivio en esas embestidas apresuradas en las que entran
en competencia siguiendo ritmos cadenciosos, que se alternan con imprevistos
arranques, guiados sólo por el guión de sus nabos turgentes. La actividad es
febril, y como coro, ese sonido tan silbante y líquido que tiene la saliva al
ser llevada por la lujuria para empapar esas carnes sobresalientes. El
“Kubrick” de los cojones pide jadeos. Así que, la mamada que hasta ahora iba de
puta madre, da un giro. Es un giro patético, quizá hasta cómico. Lo que quieren
es polla, pero ahora tras hundirla y degustarla, en su empapada huída termina
convirtiéndose en una especie de micrófono, en el que tras el puto jadeo, se
sitúa, ya más sentido, unas lamidas poderosas, o unos besos tenues que, entre
jadeos, terminan por abrirse para tragar lo único que quieren tragar en este
momento.
Ahora
llega la educación. Martín está en la encimera, abierto de piernas y con su
minga empapada de las babas cálidas de Carlos. Se le ve un poquillo ese oscuro
camino que lleva a su culo, pero se la están mamando. Ahora tiene que jadear a
todo tren, tiene la boca libre, pero aún así se palpa el gozo. Si “Kubrick” no
fuera un capullo, tomaría el plano de sus labios. Está babeando, en una saliva
cristalina con un fulgor obsceno, que rebosa su boca y cae mansa, muy mansa por
la comisura de su labio; pero aún hay más. Su mirada es acuosa, como si una
febrícula fuera la que hiciera arder su cuerpo. Pero la mamada continua. Es una
belleza ver sus cuerpos contorsionados, con esa musculatura prominente y
expresiva, ver como leves sacudidas dominan cada uno de sus gestos. Como la
mano urgente de Carlos se la menea, sin que su boca pierda contacto con la
sabrosa minga. Ahora, mientras él se la sigue mamando, Martín, en esa postura
de equilibrista, guía sus dedos desabrigados al calor de su culo. Sus nalgas
separadas, musculosas, dejan ver ahora con mayor obscenidad esa raja lustrosa
que Carlos pronto abona.
Su lengua
es rugosa, ancha, rosada y hambrienta. Serpentea con gula por ese ojete turbio
que ahora está empantanado. El vello, cubierto de saliva, forma una corona en
torno a esa entrada apetitosa que parece respirar. Está relajada, y al paso de
esa húmeda aspereza, se abre imperceptiblemente, como tratando de atrapar
aquello que lo solivianta. Carlos da giros acrobáticos con su lengua. Es
curioso su dominio, recuerda casi a un dibujo de la Disney donde todo termina
por humanizarse y tomar cuerpo. Los jadeos son continuos y se suman a ese
chapoteo voluptuoso. Ahora hunde su cara en la raja y como un poseso comienza a
moverla violentamente, en un terremoto en el que esa pasión se encadena a
mordiscos rabiosos y exhalaciones profundas para volver a ese lameteo insaciable.
Come y
respira su sexo, su culo.
La buena
educación lo lleva ahora a la mesa de
la cocina. Quien se la está mamando es Martín. Carlos está tumbado sobre la
mesa sobándose. Más que un quererse es una visita guiada. Ahora son sus
pectorales, con esos pezones erectos que no deja de pellizcar; después, la
pose, lo lleva a desplegar la rotundidad e esos bíceps que se despiden con un
arqueamiento de su torso que muestra la perfección de la que está hecho. Vemos
como sus abdominales recios, se tensan aún más, llegando a asemejarse al
caparazón de una tortuga. Tras mostrar su cuerpo debidamente, sus manos toman
la cabeza succionadora. Con ímpetu, comienza a follarse ese rostro, que abatido
y lleno de placer, ve como el cimbel perfora gustosamente su ensalivada boca.
Grita. Son gritos de goce, pero también de violencia. Literalmente lo está
tirando del pelo, pero ni eso le llega, porque, a la vez, se impulsa para que
la entrada sea más profunda. Sus cuerpos están desencajados por el placer,
Martín se deja llevar. Sus jadeos se ahogan contra esa barrera infranqueable
que sigue empitonándole. Por fin logra desprenderse de ese abrazo y al hacerlo,
su grito de satisfacción no es por esa libertad, sino por esa esclavitud que lo
había colmado. Sin terminar ese grito, se lanza contra su cuerpo, al que muerde
y besa con violencia, mientras sus nabos bien plantados se restriegan contra la
firmeza de sus músculos. Es una lucha sin cuartel, pues saben que los dos van a
ganar; después de todo, ¡la buena educación no dura mucho! Presos aún de sus
enardecidos anhelos, se van serenando, como si esos besos golosos tuviesen
también algo de narcotizantes. El ardor termina en ternura; la ternura da paso
a esa buena educación obligada por guión. Carlos lo deja en la mesa, y vuelta a
chuparle la polla. Le da la vuelta, lo coloca a cuatro patas, y de nuevo, su
culo empapado está ocupando el centro de la imagen como una diana tentadora.
Toma su polla y la dobla hasta que aparece entre sus muslos. Con movimientos
cortos y rítmicos, comienza a meneársela, mientras le come el culo. Así,
textualmente, le está comiendo el culo. El ojete está abierto y hambriento.
Hay
harina. ¿Cómo llegó hasta ahí? No se sabe; pero “Kubrick” no deja de
sorprenderlos. Pero por esta vez, no es una mala idea; claro que “El cartero
siempre llama dos veces” está ahí; ¿pero quién echaría de menos al hijo puta de
Jack Nicholson, estando ellos?; sólo “Kubrick” echa de menos no ser un Tay
Garnertt o un Bob Rafelson.
Sus
cuerpos están sudados, llenos de sexo. De nuevo están uno encima del otro,
restregándose como mariconas en celo. Sus cuerpos, hermosos y prominentes,
toman ahora una apariencia más obscena. Esos músculos precisos se ven
remarcados por la harina que se pega a sus cuerpos dibujándolos aún con mayor
detalle hasta enardecerse con su sola visión.
Su fibrosa polla perfora con furia el culo abierto y chorreante. Es carne contra carne. No hay sombra del puto condón en los tiempos de sida por ninguna parte. La polla de Carlos, aparece recubierta con el brillo refulgente de los humores de esas entrañas que arponea con arrojo. Su polla se hunde rauda, y por una milésima de segundo, sus carnes se juntan en un aplauso húmedo hasta tal punto que, su separación, se retarda una milésima por la potencia del choque. Hay tanto nervio en cada una de las embestidas que no nos extrañaría que saltaran chispas o aquello se pusiera a humear por la fricción. Ahora el puto zoom abre plano. Vemos los meneos incisivos de Carlos, sus nalgas torneadas y separadas que en esos movimientos cambian de faz, cada cual más hermosa; ahora juntas, después ligeramente separadas, hasta el punto que llega a distinguirse su ano; después, vemos su espalda espléndida, y esos brazos fornidos que sostienen las robustas piernas de Martín; sigue el plano abriéndose hasta terminar en un americano en el que distinguimos como la maricona de Martín se retuerce de placer. Su cuerpo tiembla con cada sacudida, el ruido de la mesa sustituye al de un mullido colchón, ocasionando un coro más metálico y férreo, tanto como sus pijas. Tras un plano detalle en contrapicado, volvemos a Martín. Está ido. Su expresión es de arrobamiento. Como una marioneta inarticulada, sus miembros deambulan por la mesa. Esos poderosos brazos que trazan movimientos que imitan al volar de las aves, ese grito placentero que suelta al final de cada embestida, para después transfigurarse en una fugaz queja, porque lo que desea, parece irse; pero no es así, vuelve a sus carnes con mayor cólera. ¡Joder, no es de extrañar!: está follando a Martín.
Desearía
encharcarle, como siempre, sus entrañas; ¡pero el cine es el cine! Comienza a
sentir que todo se desborda aún más, y esos movimientos atrabiliarios y
precisos, se desencajan como su rostro. Le cuesta quitar la polla; ¡pero el
cine es el cine!
Es un
plano frontal. En la parte inferior reposa entre jadeos Martín, poco se ve,
sólo su polla despuntando por la paja que ahora inicia; pero lo guapo está ahí.
Es Carlos, con su torso en tensión, más expresivo y bello que nunca, con su
rostro desencajado, mientras que con saña se la menea. Su cuerpo se
convulsiona, y de su pinga salen borbotones de lefa que se estrellan contra el
cuerpo de Martín. Es un bramido lo que acompaña a la corrida, un bramido que se
ahoga entre convulsiones, pero que no ceja. Son gotas espesas, níveas, que se
dispersan con un brío efervescente, atolondradas en su loco salir. Cuando por
fin termina la corrida, Carlos da un último meneo. Es más salvaje que todos los
anteriores y tira con fuerza hacia atrás, dejando esa polla fibrosa más
bruñida. El zoom cierra plano, una gota mansa se precipita por su glande. Es el
último guerrero, su pulgar lo toma, como quien toma un herido en guerra. Ahora
vemos que ese gesto es para enterrarlo debidamente. Su pulgar se posa sobre el
abdomen recio de Martín. Aparta su polla, que sigue enfundada en la mano febril
de Martín, y traza un dibujo con su semen. Lo mismo hace con los lamparones de
lefa que cubren el torso esculpido de Martín. Es como si escribiera una carta.
Una misiva con un sentido esotérico que sólo ellos dos conocen.
Esta
sentado en su regazo, mientras se retuerce preso de la excitación de sus besos
y caricias, Carlos le menea la minga. Su rostro nos anuncia la llegada de lo
esperado. Mientras antes el placer era comestible, ahora se hace bacanal. Su
pecho, aún surcado por los sinuosos dibujos, se estremece. Da un giro brusco y
violento, tumbando a Carlos en el lecho enharinado de la mesa. Allí él, y
nosotros, contemplamos como aferrado al mismo arrebato, su mango comienza a
regar a Carlos. Ruge también, y también su semen es espeso y níveo. Uno de los
trallazos es largo. Durante un segundo, su pijo y su deseo están unidos por una
hebra de lefa que se proyecta sobre su cuerpo describiendo una “ese”
estilizada. Cuando fenece el exaltado orgasmo, Martín también escribe una
carta. No sabemos lo que pone; sólo su gesto revela una rendida admiración por
lo que acaba de vivir.
Lentamente
se yergue, con sus piernas atrapa a Martín y lo acerca. Se besan, es un beso
largo que los funde mientras lo disfrutan. Sus cuerpos se pegan, uno al otro,
mientras la lefa, aún fresca, se precipita por la presión del abrazo siguiendo
su camino por esos cuerpos tallados.
Fundido a
negro.
Han
bebido; han tomado; han vacilado; a Martín se la mamó un camarero de labios
correosos; volvieron a beber; esnifaron no saben qué; Carlos se enamoró, así
repentinamente, olvidándose de que ya estaba enamorado; volvieron a beber y
esnifar; se perdieron en la noche; cuando encontraron el día, eran las diez de
la mañana.
La calle vive.
Ellos avanzan con el piloto automático puesto. Van abrazados; pese a que pueden
pasar por un par de borrachos hay algo en ese abrazo que no casa del todo con
esa pasión. Hay miradas que lo entienden y lo desaprueban, y otros que
entienden y miran y desean. Se ríen sin saber por qué, pero la cosa está de
puta madre.
Llegan al
ático. La cama está desecha y abandonada, como si mostrase un reproche por la
sequedad que soportan desde hace tanto. Ni se despelotan. Se tumban. Un
fogonazo y ya están durmiendo, uno al lado del otro. La luz se filtra por la
persiana. Nada se mueve en la habitación; sólo el instinto hace que Martín
busque a Carlos y lo abrace torpemente. Por hoy duermen tranquilos.
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¡Anímate!, y escríbeme un correo a: primito@imaginativos.com
Como sabrás, estoy enfrascado en un nuevo proyecto. Se titula “Postales desde la otra acera”. El fin no es otro que trazar una panorámica sobre nosotros con todas las historias que vaya recibiendo. Próximamente colgaré aquí dos de las historias que he terminado, para que veáis un poco por dónde van los tiros. Deciros que, en principio, vale todo. Todo lo que seáis vosotros es lo que va a reflejarse. Puede que seáis un polvo glorioso, algo parecido a lo que habéis leído; pero puede que no, puede que estéis en esa búsqueda; o que no siendo la gloria si estéis en el cielo, o en el infierno, que tampoco es un mal sitio para encontrarse. No me enrollo más y os animo a que escribáis, espero vuestras colaboraciones.