COMPLOT EN LA FIESTA DE DISFRACES

Me llamo Marcos, tengo 17 años y soy de Buenos Aires. Debo reconocer, modestia aparte, que tengo muy buen físico, ya que mi pasión son los deportes, sobre todo el fútbol y el rugby. Mido 1, 76, soy más bien delgado, tengo el pelo castaño rubio y mis ojos son verdes, casi color musgo. Además, tengo una hermana melliza con mis mismas y exactas características físicas. Ella dice que quiere ser modelo. Todo empezó cuando los chicos del club decidieron hacer una fiesta de disfraces para el día del estudiante. A todos nos pareció una idea genial, y lo único que había que decidir era el disfraz que íbamos a usar ese día. Mi hermana, Sofía, decidió que se iba a disfrazar de prostituta, una mezcla de vedette y de puta de barrio, pero la idea era buena. Me pidió por favor que no se lo contara a nadie, y mucho menos a Matías, su novio porque quería darle una sorpresa. Hacía ya tiempo que Matías me tenía caliente y bastante confundido. Yo no me creía un gay total, salía con mujeres todo el tiempo y esas cosas, pero Matías era algo distinto. Tal vez porque era el novio de mi hermana y dicen que los mellizos comparten todo, no sé, pero la
cosa es que Mati me ponía a mil. Jugaba en el mismo equipo de rugby que yo, y con solo verlo se me erizaban los pelos de todo el cuerpo. Cuando ganábamos un partido, yo era el primero en abrazarme a él y festejar, y cuando perdíamos, lo abrazaba para consolarlo. Compartir las duchas con él era un placer que esperaba al final de cada jornada con el corazón en la boca. Los minutos preliminares a la ducha eran un infierno de sensaciones, el corazón me latía como un potro desbocado y el pene se me paraba con la sola imagen de Matías desnudo. Tenía un cuerpo increíble, 1, 85 de puro músculo, el pelo negro, bastante largo y ondulado en las puntas, los ojos de un azul oscuro profundo, con pestañas largas, la envidia de cualquier mujer. No era un tipo lindo, pero sí atractivo e interesante. Además de sus atributos físicos notables: unos huevos perfectos y un pene grueso, cabezón y sin circuncidar, él era lo mejor en todo sentido: abanderado en el colegio, capitán del equipo de rugby, el mejor amigo que se podría pedir, generoso, divertido, pero lo que me mataba eran dos hoyuelos que se le hacían al sonreír, a los lados de la boca. En ese momento no me daba cuenta, pero ya entonces, estaba locamente enamorado de él.

La cuestión era que Matías era el novio de Sofía, y sin duda, absolutamente heterosexual, y un amante insaciable. Cada vez que mi hermanita volvía de estar con Matías, llevaba en la cara una sonrisa estúpida que no necesitaba explicación. A mí me enfurecía y empezaba a molestarla para ponerla de mal humor, de puro celoso que estaba, pero ella me decía muy feliz: No me importa nada de lo que decís, Marquitos, no sabés lo bien que comí hoy, estoy llena y agotada. Sus frases con doble sentido me ponían peor, pero me iba con tal de no escucharla. Solo imaginarla cogiendo con Matías, me daba ganas de vomitar.

Entonces se me ocurrió la idea. Me iba a poner el mismo disfraz que mi hermana y me iba a hacer pasar por ella. Cuando les conté la idea a mis amigos, se rieron y me dijeron que todos se iban a dar cuenta y que iba a quedar como un boludo. Inmediatamente, se me ocurrió una idea mucho mejor: apostar con mis amigos que nadie se daría cuenta de que yo no era mi hermana, ni siquiera Matías. Ellos estuvieron de acuerdo y nos complotamos para que en un momento de la fiesta, entretuvieran a Sofía para que yo pudiera hablar con Matías y comprobar si se tragaba el verso… y con suerte, algo más.

Los días siguientes, perseguí a mi hermana a sol y a sombra para ver qué ropa compraba, cómo se iba a maquillar, y todos los detalles que me llevarían al éxito. Imité todos sus movimientos, fui a la masajista, a la manicura, a la pedicura, me depilé todo el cuerpo y me di un baño de fango. Cada paso que daba ella, yo hacía lo mismo. Estaba muy nervioso porque en el fondo sabía que si Matías me descubría, iba a quedar como un tarado y encima como un patético marica caliente por su cuñado.

El día de la fiesta, antes de vestirme, Matías se apareció por casa, ya disfrazado de magnate de "Playboy", con una bata de baño de terciopelo rojo con la conejita bordada en la espalda, pantalones de satén negro y una pipa. Cuando lo vi, me quedé mudo y sentí que el aire no llegaba a mis pulmones. Además de su atuendo supersexy, Matías lucía una sonrisa que me paralizó el corazón. Hola, Marquitos, cómo va, me preguntó como siempre con su alegría característica. Y como yo no le contestaba, siguió diciendo: todavía no te disfrazaste, espero que no hayas elegido mi mismo disfraz, te imaginás qué papelón. Y se reía, y yo sentía fuego en el vientre, en las bolas, y en la garganta, y una erección tridimensional que ya no podía ocultar. Pero él estaba ajeno a mi calentura y sonreía de buen humor, y siguió hablando: Che, ¿tu hermana no está lista?, y en eso se escuchó la voz de Sofía aterrorizada desde su habitación: ¿Qué hace Matías acá?, y él: Nada mi amor, te vine a buscar, y ella que se pone como loca y le dice que se vaya, y él que se ríe y se despide, y yo como un imbécil a punto de sufrir un infarto, no le digo ni chau.

Esa imagen fue todo lo que necesitaba para darme valor. No me iba a disfrazar igual que mi hermana, iba a estar diez mil veces mejor que ella, más provocativa, más linda, más todo, y con la ayuda de los astros, esta noche iba a tener el inmenso placer de degustar el único manjar que me enloquecía, y lo iba a tragar sin miramientos. Pero antes tenía que convencer a Mati de que yo era Sofía, y así tener libre acceso a todo el territorio por debajo de su cintura. Con esta única idea, esperé que mi hermana se fuera con las amigas, ya disfrazada, y puse manos a la obra. Me vestí exactamente con la misma ropa que ella había elegido: peluca negra, remerita brillante ajustada, corpiño relleno tamaño 95, pollerita roja cortita y bien entallada, marcando mi culo, medias negras de nylon con costura atrás y portaligas, y una tanga de encaje negro que no podía ocultar el tremendo bulto que había debajo. Después me calcé unos zapatos rojos con taco aguja y me maquillé detenidamente. Por último, como toque final, busqué el perfume francés de mi hermana y me puse unas gotas detrás de las orejas, en el pulso de las manos y en el abdomen. Me miré en el espejo: parecía una diosa. Salí a la calle. Germán, uno de mis amigos, me esperaba en su coche para llevarme y cuando me vio, abrió la boca y se quedó paralizado. Aunque me pareció increíble, vi que su cara se ponía roja y se agitaba. La puta madre, Marcos, sos el travesti más.. más…, decía mirándome como si fuera una prostituta de verdad, te juro que me dan ganas de cogerte. Bueno, Germancito, guardate las ganas y cogete a mi hermana si podés, me harías un gran favor, le contesté. Él seguía agitado y su entrepierna había cobrado vida. Me reí, no todo estaba perdido si al homófobo de Germán se le había parado con solo verme.

Al llegar a la fiesta, todas las miradas masculinas se dirigieron a mí, pero lo más gracioso fue que todos pensaban que yo era Sofía, así que un par de amigas de mi hermana se acercaron para felicitarme por el disfraz y para desearme buena suerte con mi "cliente". Yo me reí aparentando que sabía de qué hablaban, pero como necesitaba más información, les dije tentativamente con la mejor de mis voces femeninas: Pero Mati no es un cliente, tontas. Ay Sofía no te hagas la boluda que elegiste este disfraz para cogerte a pleno a tu novio. Yo me seguía riendo, pero había empezado a excitarme de solo pensar en Matías cogiéndome el culo, así que antes de que mi precioso bulto se inflamara más, busqué una bebida y traté de encontrar a Mati.

Al rato, Germán, Nico y Mauro se acercaron y me dijeron en voz baja que estaban tratando de emborrachar a Sofía, y que ella mucho no se resistía, que le estaba dando parejo al vodka con Coca Cola. Germán se acercó más y me dijo al oído: Voy a cogerme a tu hermana, ya que no te puedo coger a vos. Lo miré para ver si me lo decía en broma, pero estaba bastante serio. Yo le sonreí con mi sonrisa más sexy y me pasé la lengua por los labios. Quería animarlo lo más posible. Pero él se alejó diciendo las peores malas palabras que sabía contra mí. Bien, yo era un éxito entre mis amigos, estaban todos excitados como primerizos. En eso, vi que Gonzalo, otro amigo, me llamaba desde la otra punta y señalaba algo con un dedo. Me acerqué un poco para ver qué me quería mostrar, y ahí estaba Mati, con otros chicos, tomando una cerveza y divirtiéndose como siempre. Y más lindo y más increíble que nunca. Le hice una seña a Gonzalo para que comenzara con nuestro plan. El primer paso, llevar a Mati al vestuario del club. Que pensara que iba a tener un encuentro romántico con su novia. No fue difícil convencerlo. Vi cómo Gonzalo le decía algo en el oído, y Matías se iba con paso ligero. Me dio un poco de rabia. Qué ganas tiene de cogerse a Sofía, pero por otro lado, me viene bien, que esté muy caliente, así no nota la diferencia. Gonzalo se acercó y me dijo: Listo. Le pedí que no encienda las luces. Es todo tuyo, putito. Y se rió mientras se alejaba.

Fui derecho a los vestuarios y antes de entrar me puse un poco de rouge en los labios. Quería marcarlo con mis besos, y si Sofía los veía, mejor. Entré en los vestuarios, y lo ví apoyando un hombro contra los armarios en la semipenumbra. Sonrió con tanta calidez que me derretí por dentro y me olvidé de que él no sabía que era yo. En ese momento, me propuse disfrutar todo lo que él me ofreciera, llegar lo más lejos posible, sin importar las consecuencias. Hola, mi amor, susurró, y eso fue suficiente para endurecer mis pezones y ponerme la piel de gallina. Sin hablar, me acerqué más y lo miré a los ojos. Los tenía oscurecidos por la pasión, era indudable que le encantaba lo que veía. Levantó una mano y acarició mi peluca. Entonces se rió y dijo: No es tu pelo, qué lástima. Yo sonreí también y acerqué mi mano a su bata para quitársela. Él me dejó hacer sin protestar, y me pidió casi en un susurro: Dame un beso. Yo negué con la cabeza y le murmuré al oído: Todavía no. Le quité la bata lentamente y empecé a recorrer su pecho con mi boca, mordí sus tetillas hasta ponerlas duras como piedras y bajé con mi lengua hasta su ombligo, saboreando los vellos suaves del torso, hasta llegar al inicio de la entrepierna. Me senté en uno de los bancos y lo agarré por los glúteos, lo acerqué a mí y me acomodé entre sus piernas, metí la punta de mi lengua en su ombligo y lo masajeé con lentitud. Él comenzó a suspirar entrecortadamente, mientras yo le bajaba los pantalones de suave satén y se los quitaba para observar embelesado la cabeza de su pene que ya comenzaba a buscar una salida. Puse mi mano sobre sus genitales, apreté sus huevos y su pene por encima del boxer, y deslicé mi lengua por su abdomen, quería probarlo entero. Él murmuró palabras inconexas y cerró los ojos. Entonces, le bajé el boxer y mordí suavemente alrededor de su pene y de sus huevos, sin tocar su sexo intencionadamente. Mati gimió y abrió las piernas para ofrecerme el manjar con el que yo siempre había soñado, y no lo hice esperar, acerqué mi boca roja y húmeda a su entrepierna y besé su pene erecto, sus huevos firmes y suaves, hundí mi nariz entre sus piernas y aspiré su olor perfumado y obsceno, apreté sus nalgas para acercarlo más a mí y tomé con mis labios el glande grueso, esponjoso, y lo saboreé con la lengua, retirando suavemente el prepucio para tener más acceso a esa cabeza dura y hermosa. Succioné el glande, escarbé el pequeño orificio con la punta de la lengua absorbiendo la humedad preseminal.

Matías comenzó a jadear y se aferró a mí. Yo aproveché para hundir todo su pene en el interior de mi boca y comencé a succionar con vigor hasta que sentí el glande contra mi garganta, mientras con mis manos masajeaba el interior de sus nalgas con movimientos desesperados. Lo sentía temblar, y sabía que de seguir así, todo iba a terminar demasiado pronto. Entonces, retiré mi boca y le pedí que se colocara sobre una colchoneta que Gonzalo había puesto en el piso. Él obedeció y se recostó boca arriba. Le dije que pusiera los brazos detrás de su cabeza y que abriera las piernas, todo en un susurro para que mi voz masculina no me delatara. Él abrió las piernas con su pene enorme apuntando al techo y me miró: Quiero cogerte mi amor. Me puse de rodillas entre sus piernas y susurré: Después. Él se rió nervioso y dijo: Qué mala sos. Yo también sonreí, era feliz, muy feliz. Le quité las zapatillas lentamente y besé los dedos de sus pies sin quitarle los ojos de su cara. Con cada uno de mis movimientos, su rostro se contraía en un gesto apasionado. Me incliné sobre su sexo y ensalivé el tronco de su pene, recorrí con mi lengua todo el húmedo camino en un vaivén que lo torturaba, succioné el glande bajando el prepucio y deslicé la lengua por toda la extensión del pene hasta llegar a los huevos. Mis manos recorrían sus glúteos, se perdían entre el vello de su entrepierna, mientras mis labios chupaban sus huevos uno a uno, los succionaba dentro de mi boca, y volvía a su glande cada vez más rojo. La pelvis de Matías subía y bajaba más y más rápido acompañando mis movimientos, sabía que en cualquier momento iba a eyacular. Así que hice algo inesperado para alargar el desenlace. Retiré mi boca de su sexo y apreté la base de su pene con firmeza para retardar la eyaculación. Él gimió sorprendido y exasperado: Quiero llenarte con mi leche mi amor, por qué no me dejás. Sus palabras me encendieron, lo miré a los ojos y me acerqué más a su boca, reptando por su cuerpo.

Quería besarlo, necesitaba su boca en la mía. Entonces, algo brilló en su mirada. Una mezcla de sorpresa y confusión que duró apenas un instante. Se quedó muy quieto con su mirada de reconocimiento clavada en mi boca. Esperé sin siquiera atreverme a respirar y después, muy despacio, metió una mano debajo de mi pollera, tocó el portaligas y deslizó sus dedos por mis nalgas hasta llegar a mi ano, y allí se detuvo para recorrerlo en círculos interminables. Yo le mantuve la mirada y empecé a suspirar entrecortadamente. Quité su mano de mi culo y me llevé dos de sus dedos a mi boca, los succioné y los ensalivé, y después los llevé de nuevo a mi ano. Él los introdujo sin miramientos dentro del orificio haciéndome dar un gritito de placer. Mi bulto se debatía sobre su abdomen, era imposible que no lo notara. De un tirón, rompió la tanga y sin sacarla del todo dejó al descubierto mis nalgas blancas. Así tuvo más acceso al agujero de mi culo y pudo penetrarme con sus dedos con mayor libertad. Matías no apartaba su mirada de mis ojos y de mi boca. Sacó sus dos dedos y los puso de nuevo entre mis labios, yo los chupé con fuerza y los ensalivé, mientras él con la otra mano tiraba de la pollerita para quitármela. Finalmente quedé desnudo de la cintura para abajo, totalmente excitado sobre su abdomen. Él atrapó mi boca con la suya y comenzó a besarme con pasión, mordía mis labios, el interior de mi boca, atrapaba mi lengua con la suya, mientras con la otra mano continuaba perforando mi culo.

Yo le devolvía cada beso, cada embestida de su boca y refregaba mi pene duro y mis huevos contra su piel sudorosa. De pronto, apartó su boca de la mía. Respiraba agitado, su rostro estaba rojo, y una vena palpitaba en su garganta. Me levantó por la cintura y me puso sobre la colchoneta. Creí que iba a morirme por el desconsuelo que me provocó su gesto, me abandonaba, me dejaba allí totalmente avergonzado. Iba a decirle algo, cuando él me colocó boca abajo y murmuró en mi oído: No aguanto más. Y sin agregar otra palabra, separó bien mis piernas y con sus manos abrió mis nalgas para dejar totalmente expuesto el orificio de mi culo. Dio un largo y entrecortado suspiro que me excitó todavía más y apoyó sus labios ensalivados sobre mi ano, succionó y mordió suavemente, para luego penetrarme repentinamente con su lengua, la movió en mis entrañas con fuerza una y otra vez mientras con sus manos mantenía mis nalgas bien abiertas. Yo enterré mi cara en la colchoneta, para ahogar las ganas de decirle que lo amaba, que lo quería con locura. Después metió dos dedos dentro de mi culo y presionó la pared frontal del recto, buscando la pequeña y deliciosa nuez para masajearla hacia abajo. Creí que iba a explotar en ese mismo momento, pero él se incorporó un poco y guió su pene ya totalmente erecto a la entrada de mi ano y se abrió paso en mi interior introduciendo su glande sin preámbulos. Yo moví mis piernas para acomodarme y cerré el culo para atraparlo, él dio un sonoro gemido y metió con fuerza toda su verga inmensa y palpitante en mis entrañas.

Entonces, di un grito de dolor y me aferré a la colchoneta mientras Matías se impulsaba dentro de mí una y otra vez, penetrando mi culo con movimientos circulares, empujando con fuerza para llegar más y más adentro, mientras yo jadeaba y mordía la goma espuma con desesperación. Matías golpeaba mis nalgas con sus huevos y gruñía como un poseso, se inclinó más hacia mi espalda y pegó su pecho y su pelvis contra mi cuerpo, mientras movía sus nalgas con ímpetu y continuaba invadiendo mi interior buscando más espacio en mis cavidades con fuertes penetraciones, como si quisiera llenar cada rincón con su enorme miembro. Sentía que mi culo ardía y que mis entrañas se despedazaban, era un dolor cada vez más agudo, pero lo necesitaba, quería ese dolor y ese placer que él me daba. Mi pene y mis huevos también me dolían, y a pesar de mi prominente erección, en cierta forma mis genitales se habían insensibilizado, ya que el dolor mayor se concentraba en mi entrañas.

Matías se aferró a mis caderas para tomar mayor impulso con su pelvis e insertarse en las profundidades de mi cuerpo dolorido, se abrazaba a mí con tal ardor que ya no podía distinguir su piel de la mía. Su penetración tomó un rumbo cada vez más salvaje, como si estuviera cargado de rabia y pasión contra él y contra mí, y sin embargo a pesar de que mi esfínter gritaba su dolor con cada embestida, yo mismo movía mis músculos internos para engullir su verga con mi culo y atraparla en un juego sensual que me estaba partiendo en dos. Pero de forma imprevista comenzó a besar mi cuello y a buscar mis labios con su lengua, mientras con sus manos levantaba mi remerita y retiraba el corpiño con frenesí, sin dejar de morder mis labios ni de embestir el centro de mis entrañas. En ese momento, aunque estaba sumergido en una nube de placer y de dolor, me di cuenta de que Matías, como un ciego, palpaba mi torso buscando mis pezones doloridos por la falta de tacto. Guié su mano y tomó un pezón entre sus dedos, lo apretó con vehemencia, como si finalmente hubiera encontrado un remanso, mientras yo me movía como una gata salvaje debajo de él. Profundizó el beso y sumergió su lengua dentro de mi boca, sin apartar su mano de mis pezones ni su pene de mis entrañas. Creí que iba a enloquecer, era imposible estar más unidos, y sin embargo en ese instante de locura deseaba ser mi hermana para tener una vagina y concebir un hijo.

Matías estaba ajeno a mis pensamientos y me perforaba las entrañas y el interior de mi boca fuera de sí, en un asalto violento que incrustaba mi cuerpo contra el suyo y me deslizaba sobre la colchoneta. Yo sentía su verga como una tenaza en mi interior, y había olvidado que mi propia verga estaba totalmente erecta y a punto de desbordarse. De pronto, quitó su mano de mi pecho, dejó de besarme y con un movimiento arrebatado, sin sacar su pene de mi interior, rodamos hasta quedar frente a frente, con mis piernas abiertas y alzadas, y mi sexo hinchado y expuesto. Finalmente podía observar su rostro maravilloso, sus ojos azules destellando de emoción, su boca inflamada y temblorosa. Ver a Matías en ese estado me produjo una intensa descarga en cada terminación nerviosa de mi cuerpo y de mi cerebro. Era adrenalina pura, un afrodisíaco letal. Me miró un instante absorbiendo la imagen que yo le ofrecía, se inclinó hacia mi cuerpo, me sacó la peluca y la arrojó al piso, después me quitó la remera con el corpiño de un tirón, apoyó los dos brazos a los costados de mi cabeza y atrapó mi boca en un beso hondo, que anticipaba el final. Yo tomé su rostro entre mis manos para impedir que abandonara mis labios, y saboreé con mi lengua su paladar, sus dientes, su lengua, y mordí sus labios casi como un gesto de súplica. Matías me dejó hacer, mientras buscaba con igual desenfreno mi entrepierna. Sumergió su mano caliente y la enredó entre mis vellos dorados, tomó entre sus dedos mi glande y lo masajeó hasta hacerme gritar de insatisfacción, apretó mis huevos con insistencia, mientras yo lo besaba con más furia por el tormento al que me sometía. Subí mis piernas hasta sus hombros para hundirlo más en mis entrañas, sin permitirle a su boca que huyera de la mía. Entonces, comenzó a aumentar el ritmo de sus embestidas, mientras me masturbaba el pene y los huevos como un enardecido, una y otra vez. Yo intentaba acompañarlo con el movimiento de mi pelvis, pero Matías imponía su ritmo y lo aceleraba o lo disminuía sobre la marcha, según le venía en gana, quizá para demostrarme que este también era su juego.

Incrementó la presión sobre el tronco de mi pene y sentí que comenzaba a gotear el primer fluido; mi respiración se hizo más densa y se concentró en los vaivenes de mi pelvis, pero él no dejaba de subir y bajar su mano húmeda y ardiente por todo mi miembro hasta que me tensé debajo de él y comencé a deshacerme en incontrolables y furiosos espasmos. Matías recibió toda mi leche entre sus manos y en su pelvis, y ahogó mis gemidos agonizantes con su boca. Yo sentía que había perdido el control de mi cuerpo y eso me asustó, pero entonces Matías se aferró con más fuerza a mis caderas y hundió su cara en mi cuello. Sentí que su verga se inflamaba más y traspasaba con su glande las paredes de mis entrañas, era como si tuviera dientes y estuviera clavándolos en mi carne. Un temblor increíble recorrió todo su cuerpo y con un grito ahogado comenzó a eyacular un chorro intenso y continuo que llenó mis entrañas con su calor. Matías se movía al compás de su riego dentro de mí, con gemidos entrecortados, como si una gran congoja se mezclara con la gloria del momento. En ese mismo instante, sentí que su leche se propagaba por cada recoveco de mi cuerpo, marcándome de una forma que estaría siempre en mi memoria. Matías evacuó hasta la última gota de su virilidad en mi interior y se desplomó sobre mi cuerpo, mientras yo continuaba excitado, pero extrañamente satisfecho.

Los dos permanecimos abrazados y quietos durante un rato hasta que él se incorporó y sacó su pene ya flácido de mi interior. Se recostó boca arriba en la colchoneta sin decir una palabra, mientras yo estaba a su lado, feliz, confundido y temeroso. Cuando comprendí que él no iba a hablar, me senté en la colchoneta y lo miré de reojo. Estaba estirado, con el brazo derecho cubriendo sus ojos, su cuerpo relajado, su pene descansando sobre su pelvis. Respiraba acompasadamente, creí que dormía. Entonces, comencé a buscar con la mirada las prendas que estaban esparcidas por todos lados. Recién en ese instante me di cuenta de que no me había quitado ni las medias ni los zapatos con taco aguja. Suspiré y empecé a juntar la ropa, entonces, Matías sin moverse dijo:

- Yo amo a Sofía, Marcos.

Que pronunciara mi nombre me produjo un escalofrío.

- Ya lo sé, está bien -le contesté.
- Pero no me arrepiento de nada -agregó, mirándome por primera vez.
¿No? -realmente me sorprendió.

Matías sonrió con tristeza.

- No, ¿y vos? -preguntó.
- ¡Yo! -exclamé- estás mal.

Él se rió. No estaba enojado, era el de siempre, y eso me ponía a mil. Mati se acercó a mí y miró mi pene semierguido; yo me encendí con el solo roce de su mirada.
- Sabés -me dijo- por lo que veo, vos no sacaste la mejor parte.

Yo sonreí agitado:

- Cómo te equivocás -murmuré.

Él me miró a los ojos muy serio y dijo:

- Después de esta noche, todo va a volver a ser como antes.

Yo asentí, no muy seguro de estar de acuerdo. Ver su cuerpo desnudo marcado por mi pasión era una invitación demasiado poderosa, pero él se estaba reponiendo de lo sucedido, y a pesar de que había disfrutado cada momento, quería y necesitaba volver a la normalidad de su vida heterosexual.

Finalmente se paró tirando de mi mano para levantarme. Mi corazón latía a mil y mi cuerpo temblaba por la anticipación de lo que seguramente no se repetiría nunca. Matías suspiró y dijo:

- Vamos a darnos una ducha, así me saco toda la mugre de la colchoneta y vos te quitás esa pintura de la cara.

Yo le dije que sí en un susurro y antes de ir para las duchas, agarró mi brazo y preguntó con tono inseguro:

- ¿Estás de acuerdo?

Yo sonreí y pronuncié un sí que lo tranquilizó, mientras por dentro trataba de atesorar los momentos pasados hacía solo unos instantes. Me sentía pleno y maravillado, aún sentía en mi boca el sabor de sus besos, y en mi cuerpo los rastros de su virilidad. Esos recuerdos me hicieron muy feliz durante años, pero una idea me acompañó siempre y me alegró en los momentos más difíciles, como la boda de Sofía con Matías, o el nacimiento de su primer hijo. Estaba seguro de que, aunque pasaran los años, Matías nunca podría olvidar el sexo que habíamos tenido, el éxtasis que habíamos compartido en cada orgasmo. Y también sabía que, aunque no lo expresara, hubo momentos en su vida que hubiese deseado alargar la noche de la fiesta de disfraces.

Esa noche, después de ducharnos, él se volvió a vestir con su disfraz de magnate y, al rato, Sofía vino a buscarlo, como había planeado. Yo salí de los vestuarios con un jean y una remera que guardaba en los lockers y me fui a casa sin ser visto. Según contó mi hermana a sus amigas, las cosas no resultaron como ella había pensado. El sexo con Matías fue muy bueno, pero le faltó algo, no sabía qué, tal vez la culpa era de ella que había bebido demasiado. Para mis amigos, yo había perdido la apuesta, y era mejor así. Por su parte, Germán no pudo lograr su cometido ni conmigo ni con Sofía. Si algo debo reconocerle a mi hermana es que ella siempre fue de un solo hombre. Igual que yo.

 

 

 

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