“En el reino de los instintos, el deseo es el emperador, y ni siquiera él es capaz de establecer sus límites”

(Personal)



CORTOCIRCUITO

Necesito exorcizar este recuerdo que llevo en mi piel, aunque sé que ello no es posible. Cuando el deseo me atenaza, siempre vuelve tu imagen y la mía, de aquella vez cuando rompimos la barrera de lo prohibido... para quienes lean esto, saben que hacer algo como tener una relación gay es algo censurado por gran parte de las culturas, y precisamente eso, hacer lo prohibido –y disfrutarlo- es algo que sólo los que lo hemos experimentado sabemos qué se siente...

Llueve esta noche solitaria y estoy frente a mi ordenador, y quiero compartir con ustedes lo que me pasó cuando tenía 23 años, cuando aún no había tocado a un hombre. Estudiaba en la Universidad y tenía grandes amigos, pero hice amistad con Alejandro, alguien a quien todavía amo, no sé si mi encuentro sexual con él estaba predestinado, sólo sé que ambos cruzamos juntos la barrera, y aún me excito recordándolo. Como les decía, yo, Miguel, tenía 23 años, pelo en pecho ya, ojos café, pelo negro, 1.70 de estatura y 72 kilos. Él, Alejandro, mi amigo, 22 años, 1.80 de estatura y delgado, lampiño y con un fuego en sus ojos negros que fue mío. Una de las tantas noches que compartimos conversando solos (en la casa donde yo vivía como estudiante), nuestro diálogo adquirió una particular intimidad. Me revelaste tu dolor familiar al saber que tu padre no era tu padre y que pese a ello lo amabas; tu soledad interior, igual a la mía. Fumamos muchos cigarrillos y ambos comenzamos a beber aguardiente que había en una botella. ¡Qué hermosa intimidad! ¡qué complicidad más secreta!. Desnudaste tu alma y yo la mía, eras ahora mi amigo, mi hermano...

En medio del diálogo surgió mi propuesta de masturbarnos juntos, ya antes lo habíamos hecho, pero tensionados porque alguien nos descubriese, pero aquella vez era distinto, estábamos absolutamente solos y la noche recién comenzaba... afuera comenzaba a llover torrencialmente, como suele ocurrir en ésta parte del sur de Chile. Aceptaste y ambos nos fuimos a mi dormitorio, llevamos la estufa y estábamos ebrios, pero absolutamente conscientes... cuando te he preguntado, me dices que no te acuerdas bien de lo que pasó. No sé si es cierto, pero yo recuerdo cada detalle, grabado a fuego en mi piel y en mi memoria. Yo me desnudé y me recosté en la cama, comenzando a tocar mi pene con el clásico movimiento masturbatorio, tú estabas sin estimularte y te recostaste a mi lado; la cama era pequeña por lo que no era posible que no nos tocásemos. Mi cuerpo al lado tuyo, y tu verga flácida.

- No estoy excitado. -me dijiste. 

Y yo, instintivamente, acerqué mi verga de 17 centímetros, roja –no, morada ya- y la pasé por tu muslo... fue el inicio del cortocircuito. Como tocado por una varita mágica, que no era otra cosa que mi miembro, cerraste tus ojos y respiraste hondo. Estuve así como un minuto, presionando y masajeando tu muslo lampiño, tu verga reaccionó de inmediato. 

Al fin excitado, ahora pasarías a ser mi amigo, mi hermano y mi amante. Tus ojos negros brillaban como brasas, sólo una lámpara y la lluvia eran testigos de aquello. De pronto, tomaste mi verga y yo la tuya. Me miraste y yo a ti, era el comienzo, comenzamos a masturbarnos el uno al otro suavemente, nuestra respiración comenzó a jadear....

- ¿Un 69?. -me preguntaste.

Yo sólo atiné decirte:

- Sí.

Cómo olvidar aquel inicio!!. Yo debajo y tú sobre mí, en un 69 perfecto, ardiente, cálido, succionabas y yo te succionaba, besaba tus bolas, era exquisito... De pronto reaccionamos e hicimos una apuesta, jugamos al cara o cruz de quien felaba al otro primero y yo gané.

- Al menos no quedas embarazado. -me dijiste.
- ¿Has hecho esto antes con un hombre?. -Te pregunté.
- No.
- Yo tampoco. -te dije, y era verdad.

Ambos éramos vírgenes en ese aspecto. Como gané la apuesta, me recosté y tú te pusiste a felarme, a mamar, a tragar lentamente mi miembro. Nunca jamás había experimentado un placer semejante. Eras tú, Alejandro, quien me poseía. Comenzaste suave y luego aceleraste tu ritmo. Yo jadeaba... para profundizar tu mamada tomaste mis piernas cubiertas de vello y las colocaste sobre tus firmes hombros, y agarraste mi culo con fuerza... Era el comienzo del éxtasis.

Te follé la boca, sí, eso hice, ya no me importó nada, sólo el deseo... 

- Las bolas. -te dije y me las tragaste.

Luego volviste a mi verga. Jamás te he vuelto a ver así, excitado, caliente, eras mío y yo tuyo...

- Chupa mi cabrón, eso es, putito, toma!. -te decía, fuera de mí.

Te culeaba en la boca, sólo la lluvia torrencial ocultaba mis gemidos... Agarré tu cabeza y tiré tus cabellos para que me mamaras con más fuerza, tu sudor y el mío eran fruto del placer...

Me chupabas cada vez con más fuerza, como un demente, yo movía mis caderas rítmicamente, estuvimos así como diez minutos...

- Chúpalo puto, mi amor, mi amigo, mi hermano, mi amante... -susurraba.

Y seguías... de pronto, sentí que el clímax de ese instante salvaje, prohibido, se acercaba...

- Ya viene! -te dije.

Y tú, lejos de disminuir, aceleraste tus succiones, tus lamidas a mi cabeza, ya casi negra de tanto placer que me dabas, comencé a gritar...

- Se acerca! chupa puto! Sí, mi amor, sigue, sigue!!

Mis ojos vieron una luz blanca, cegadora, mi cuerpo comenzó a temblar por completo, mi cadera a moverse, estaba poseído por el placer más inenarrable que pueda contarse, me apretaste con tus manos, llegué a tu garganta...

Gritaba insultos, sudaba, me movía, tiraba de tus cabellos abundantes, las gotas de mi sudor corrían, y tus gotas de sudor brillaban en tu frente, en tu cara, en tu pecho... tu saliva salía de tus labios y en un par de segundos mi semen te inundó la boca...

Y seguiste chupando como el puto que eres, y yo moviéndome como el puto que siempre he sido, bajo la aparente calma que me caracteriza...

Grité como un demente, ahora me enloquecías, no soltabas mi verga aún erecta, pese a haber eyaculado... Y seguiste así más minutos...

Yo no era dueño de mí, seguiste chupando otros 10 minutos y llegó un nuevo cortocircuito, volví a eyacular sin sacar ni por un segundo mi verga de tu boca ardiente... ahí me fui cortado (expresión que usamos acá en Chile), cuando ya el placer me dejó inconsciente, ebrio de tus lamidas y de nuestra locura...

Y luego seguimos, pero eso es parte de otra historia...