Carlitos

Carlitos estaba tumbado en una hamaca en el jardín. El sol de principios de verano empezaba a dorar su torso desnudo. Con los ojos cerrados podía oír los chasquidos de las tijeras que Alberto, su vecino, estaba usando en el jardín de al lado. Con los ojos cerrados podía imaginarse a Alberto, alto, moreno, fornido, con sus brazos fuertes y sus piernas robustas y velludas. Intentaba no pensar en él para no excitarse pero a duras penas lo conseguía.

También Alberto intentaba controlar su excitación. Sin dejar de recortar sus arbustos miraba de vez en cuando al joven vecino. “Uff... cómo me pones, chaval...” Contemplaba su torso de aspecto suave, perfecto, sin vello, y su carita de angelito dormido. “¿Por qué no te das la vuelta, para mirarte el culo?” Su polla intentaba crecer, aprisionada dentro de los calzoncillos.

Carlitos se moría de deseo por su vecino, de modo que decidió acercarse e insinuársele, con su aspecto inocente y su cuerpecito delicado. Fingiendo despertarse se incorporó y se desperezó estirando los brazos y tensando las piernas. Se levantó, saludó al vecino y entró en casa con naturalidad, aunque, eso sí, meneando el culito algo más de lo normal; sabía que Alberto le estaba mirando. Era cierto, Alberto se lo comía con los ojos mientras caminaba. Cuando lo perdió de vista se sintió decepcionado, pero con la esperanza que no tardaría en volver.

Carlitos volvió a salir con una botella de agua fría. Se la llevó a la boca y bebió de ella a morro. Con aire despistado dejó que un poco se le escapara por las comisuras de los labios y resbalara por su cuello hasta el pecho. Esto debía de hacerlo aún más deseable para Alberto: agua fresca y un muchacho estupendo para una tarde veraniega, ¿qué más podía pedir? Después de beber se acercó a la pared baja que separaba ambos jardines.

-Hola... ¿quieres agua?
-Si no te importa... –dijo Alberto mientras se acercaba.

Bebió un buen trago y le devolvió la botella. A Carlitos no le pasó inadvertida la erección de su vecino, así que ni corto ni perezoso siguió adelante con su plan.

-Eh, tú ya estás mucho más moreno que yo. –Y le tocó suavemente el brazo, acariciándolo.- Y más cachas... –Y como quien no quiere la cosa le pasó la mano todo a lo largo del bíceps.
-Bueno, me gusta hacer algo de deporte. Si quieres te presto mis pesas. Ven a verlas. –Alberto había visto por dónde iba el juego y no pensaba desaprovecharlo.

Carlitos cruzó la pared de un salto, aquélla era una oportunidad que no podía desperdiciar. Los dos se acercaron al porche tratando de disimular su excitación. Una vez allí Alberto arrastró de debajo de un banco una caja, la abrió y le mostró las pesas, cuerdas, muelles... y todo lo que usaba en sus ejercicios. Carlitos se agachó sensualmente para mirar. Después levantó la vista hacia arriba, quedando su cara a la altura del paquete de Alberto. Casi le pareció que podía notar el calor de su pene.

-Enséñame cómo se hace –dijo con ojos pícaros.

“¿Quieres que te enseñe...?”, pensó Alberto, imaginando todo lo que le gustaría enseñarle al chaval. Su excitación iba en aumento, pero de momento todavía era capaz de controlarse y seguir con el juego. ¿Por cuánto tiempo? Cogió con la mano izquierda una pesa grande, se sentó en el banco y empezó a subirla y bajarla con fuerza. Carlitos se puso a su lado y fingiendo una inocente admiración posó la mano sobre el abultado bíceps que Alberto seguía bombeando.

-¡Qué fuerte eres!

Enseguida dejó de acariciarle el potente brazo y se dirigió hacia el pecho. Alberto vio que era el momento de pasar a la acción. Sabía que el porche estaba suficientemente apartado y a salvo de miradas indiscretas, así que no dudó en aprovechar la oportunidad. Dejó la pesa en el suelo y rodeando a Carlitos por la cintura lo atrajo hacia sí. El chico se sentó a horcajadas sobre el robusto muslo de Alberto.

-Me vuelves loco, chaval –y sin darle tiempo a responder le besó apasionadamente.

Tras unos segundos Carlitos se separó y respondió:

-Tú también me vuelves loco, machote –y volvió a besarlo.

Recorrió con sus manos el torso moreno de Alberto. Después se liberó de sus fuertes brazos, se levantó y se arrodilló entre sus piernas. Empezó a tirar de la goma elástica de la cintura del pantalón. Alberto estaba asombrado de lo rápido que iban las cosas pero reaccionó rápidamente. Se levantó y en un abrir y cerrar de ojos se quitó los pantalones y también los calzoncillos. Ahora volví a estar en la misma posición, sentado, con las piernas separada... pero con su gran polla alzándose en libertad.

Carlitos sabía lo que debía hacer. Nunca lo había hecho, pero lo había soñado tantas veces que lo sabía a la perfección. Se arrodilló entre los muslos de Alberto, le cogió la polla por abajo y se la metió en la boca, hasta el fondo. Empezó a subir y bajar la cabeza sobre el pollón de Alberto. Disfrutaba como nunca sintiendo su boquita llena de la virilidad del vecino. Luego se la sacó y se la comió a besos y lametones. Le chupeteó todo el capullo a placer, saboreándolo como una golosina. Tuvo que parar y bajarse su bañador porque su propia erección era tal que le dolía el pene. Se pajeó con una mano mientras con la otra se lo hacía a Alberto.

Éste disfrutaba como nunca: no era sólo una mamada de campeonato (¿seguro que el chico era virgen?); es que, además, ver el rostro de excitación de su vecinito, sus labios apretados contra su miembro, su boquita sedienta de placer, lo volvía aún más loco por Carlitos. Con dulzura le acarició el pelo al mismo tiempo que lo acercaba a su pene para que se lo chupara de nuevo. Carlitos obedeció con entusiasmo, volvió a llenarse la boca con aquel increíble pollón.

Poco después Alberto sintió que su excitación llegaba al máximo y que pronto se iba a correr, pero no quería terminar tan pronto, no quería terminar sin disfrutar del precioso culo del chico.

-Para, para... –le dijo- Ven aquí...

Carlitos se levantó, aunque lo que deseaba era seguir saboreando aquel jugoso miembro. Siguiendo un gesto de Alberto se sentó sobre sus rodillas; le rodeó el cuello con los brazos y le besó. Mientras se besaban apasionadamente Alberto recorría con sus manos la espalda del chico, llegando cada vez más abajo. Empezó a meterle los dedos entre las nalgas. Se llevó un dedo a la boca, lo humedeció con saliva y volvió a acariciarle el ano con una suave presión. Carlitos ahogaba pequeños gemidos y daba leves respingos al sentir el dedo en su agujero. Además había cogido con una mano la polla de Alberto y jugueteaba con ella: ahora que al fin la tenía entre sus manos no podía estar sin ella.

-Tu culo me vuelve loco... Levántate –le dijo Alberto.

Carlitos así lo hizo. Él también se levantó.

-Esto te va a gustar, chaval –dijo mientras se tumbaba en el suelo.- Ahora tú encima.

El chico pensó que lo que quería era hacer un 69. Sin saber muy bien cómo hacerlo se arrodilló encima suyo, con una pierna a cada lado de su cabeza, y se inclinó hacia delante para chuparle la polla. Estaba en lo cierto, porque inmediatamente Alberto le separó las nalgas con ambas manos y empezó a comerle el ojete. Le daba apasionados lametones, ora con toda la lengua, ora rozándolo sólo con la punta; arriba y abajo sin parar; realmente aquel culito le volvía loco. Carlitos gemía de placer mientras con una mano se pajeaba y con la otra sujetaba el pene de Alberto, que seguía chupeteando a cada momento. Ambos se excitaban más y más a cada momento. Alberto hacía presión con la punta de la lengua en el prieto agujero tratando de abrirlo un poco, mientras el muchacho se masturbaba con más fuerza.

Empezó a jadear. Alberto notó que se iba a correr y siguió comiéndole el ojete con pasión para darle placer. Enseguida llegó el momento: Carlitos se corrió abundantemente sobre el torso de su vecino. En aquel mismo momento el machote se estaba pajeando con todas sus fuerzas, y pocos segundos después se corrió también, lanzando tres potentes chorros de su leche. Carlitos de acercó a la polla para tratar de capturarlos: el primero sí acabó en su cara; los otros dos le untaron el cuello y el pecho. Después se la chupó para recogerle las últimas gotas. Alberto, extasiado, le dio unos besos en el trasero.

El chico se incorporó y se tumbó al lado de Alberto. Éste le pasó un brazo por debajo de los hombros y lo acercó hacia su pecho.

-¿Lo has pasado bien?
-Sí –dijo el chico abrazándose a su amante.

Desde aquel día surgió entre ambos vecinos una muy buena amistad...
 

 

 

 

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