CUESTIÓN DE SUERTE II


Volver a ver a José no fue tan fácil ni tan rápido como yo esperaba (bueno, es que lógicamente yo hubiera querido verlo al día siguiente, de inmediato), él tiene una vida demasiado familiar que no le permite gran libertad. Todas las tardes sale a comer a las 2 y regresa a las 4; come en casa de sus padres, pues, como ya dije, vive en una ciudad que está a 20 minutos de distancia en auto de donde yo vivo y él trabaja, así es que, puesto que sus padres viven en la misma ciudad que yo, le resulta más conveniente comer ahí para no gastar tanto tiempo en ir hasta su casa. Es por esa razón que no podía despegarse así no más de su rutina.

El día posterior al de aquél primer beso que cambió mi vida, no pudo zafarse de la comida en la casa paterna, y por la noche, según dijo, había prometido llevar a su hijo a no recuerdo qué lugar, así que no pudimos vernos. Se atravesó el fin de semana, y definitivamente no hubo manera de encontrarnos. Por lo demás, no me pareció adecuado llamarlo por teléfono.

Me ocupé en otras cosas, no quería opacar la sensación tan increíble que me había quedado de aquél jueves en mi casa, sintiéndome triste por no poder verlo. Fue un fin de semana eterno, mi habitación sufrió las consecuencias de mi ansiedad y quedó más limpia de lo que nunca había estado, mi escritorio quedó organizado, mis discos en orden… fuí con un grupo de amigos a cenar, al cine, al bar; y traté de pasarla bien, aunque no me escapé de la suspicaz observación de alguna amiga: 'estás como ausente, ¿te pasa algo?'. ¡Por supuesto que me pasaba algo!, no tenía nada más en la mente que a José y las ganas de volver a verlo, ¡ya!. Respondí: 'Nada, ¿qué habría de pasarme?, me distraje un poco, eso es todo'; sonreí y comencé alguna broma.

Por fin llegó el lunes, le llamé al móvil a las 11:00 de la mañana, por muchas que fueran mis ansias de llamarlo a las 8:00, no me agrada para nada la idea de atosigar a alguien. Platicamos un rato sobre cómo le había ido el fin de semana, lo que había hecho, lo que yo había hecho, hasta que tuvo que interrumpir la conversación porque tenía una clase que dar. Nos despedimos, preguntó si llamaría más tarde, y le dije que sería mejor encontrarnos en el msn, acordamos en eso y colgamos. 

Hice login en el msn como a las 12:30, José ya estaba dentro y le saludé: 

- ¡Hola ingeniero!, ¿cómo estás? -dije bromista. 

Estuvimos conversando un rato y repentinamente, sin más, le solté: 

- Oye, ven a comer hoy a mi casa. 

Pensé que diría que no le era posible o algo parecido, pero, para mi sorpresa, no fue así…

- ¿A qué hora?, preguntó.
- Pues en cuanto salgas nos vemos en mi casa, ¿te parece? -escribí yo, un poco incrédulo.
- Ok, ¿y qué vamos a comer?
- Pues… ¿qué se te antoja?
- Uhmmm, no sé… ¿qué tal unas hamburguesas?
- Bueno, pues entonces comeremos hamburguesas!

Fui a comprar las hamburguesas, las metí en el horno para que se conservaran calientes y subí a arreglarme un poco, luego la adrenalina me trajo de un lado para otro por la casa el poco tiempo que pasó antes de que llegara José. Escuché su auto deteniéndose afuera y salí a abrirle la puerta, nos saludamos, entró, las miradas atrapadas una por la otra mientras hablábamos, y es que no sé si a todo el mundo le ocurra igual con la persona que ama, pero José y yo podemos estar mirándonos a los ojos todo el tiempo que estemos conversando, no sé, no podemos evitarlo; y ese contacto visual es demasiado seductor, así que en esa ocasión, como serpientes encantadas nos acercamos poco a poco, de forma inconsciente (o totalmente consciente?) y terminamos enlazados en un beso, de esos besos desesperados que te ponen… a tope.

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A mí me ponía muy nervioso pensar en la manera de acariciar a José con algo más que un beso, si ese momento llegaba a presentarse algún día, tenía la idea de que no iba a saber cómo actuar, qué hacer… pero cuando dos personas se desean, ser hombre o mujer es una condición totalmente accesoria que desaparece y ¡ni te acuerdas!, además no me sentía nervioso con él, supongo que estar enamorado y no sólo apasionado ayudó bastante en ese aspecto.

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Pues, el beso se acompañó de un recorrido de las manos por el cuerpo del otro, José recorría mi espalda sin prisa, yo la suya, aunque debo confesar que mis manos no resistieron mucho tiempo la tentación de bajar un poco más, es que… tengo que decir que las nalgas me resultan irresistibles; siempre había querido tocar unas nalgas (masculinas), así que deslicé mis manos por debajo de su camisa, y fueron a parar hasta donde el pantalón les permitió llegar. José empezó a levantar la t-shirt que yo llevaba puesta y me la quitó con facilidad, saqué mis manos de debajo de su pantalón y, sin dejar su boca, empecé a desabotonarle la camisa, que pronto estuvo fuera, juntamos nuestros cuerpos, sentimos por primera vez el contacto de nuestras pieles tibias y nuestros penes endurecidos encontrarse, con la tela de los pantalones de por medio, y el deseo creció, imitando otras cosas que también habían crecido ya. Le desabroché el cinturón, el botón del pantalón y bajé el cierre, separamos las bocas mientras él se quitaba el pantalón y yo lo miraba, llevaba puesta justamente la ropa interior que más me excita ver sobre un cuerpo masculino, trusas, les llamamos en mi país, el underwear blanco con bragueta para orinar, vaya. Mientras le contemplaba, extasiado, me quité yo el pantalón y quedé en unos bikers negros de spandex, que pude notar que también llamaron su atención; ya estábamos ahí, desnudos (bueno, casi), uno frente al otro, con una erección indisimulable cada uno, y nos quedamos viendo mutuamente como queriendo averiguar: ¿y ahora qué sigue?. Me le acerqué, volvimos a disfrutar la delicia de los besos, y en esa frenética caricia recorrí sus nalgas con mis manos, primero por encima de la trusa, luego metí las manos y pude abarcarlas por completo, recorrerlas, sentirlas, apretarlas… ufff!, qué sensación tan placentera, y es que en ese momento estaba cumpliendo una fantasía de mucho tiempo, y además, ¡con quién! 

Restregando los cuerpos, sintiéndonos, excitados hasta la médula, fuimos a dar sobre uno de los sofás de la sala, José se decidió a extender el campo de acción y empezó a besarme el cuello, el pecho, y luego regresaba a enfrentar su lengua con la mía… salté de pronto del sofá, como impulsado por un resorte, el sobresalto hizo que el corazón comenzara a latir como loco, el escandaloso ruido de un motor se había interrumpido justo a las puertas de la cochera de mi casa, y antes de que sonara el timbre, yo ya sabía que no podía ser alguien más que mi hermana y mi cuñado, porque siempre andan para todos lados en la moto de él. Si hubiera podido ver mi cara en ese momento, estoy seguro de que habría estado completamente blanca (aunque ahora me muero de la risa al recordar aquél incidente). José me miró sorprendido y entendió mi reacción cuando escuchó el sonido del timbre, para entonces yo ya había recogido toda la ropa y los zapatos de él, y estaba subiendo a zancadas las escaleras, con rumbo a mi habitación. ¡Súbete!, atiné a decirle al desconcertado José, que corrió detrás de mí, hacia la segunda planta de la casa. Arrojé todo dentro de mi habitación, le dije a José que entrara, que pusiera el seguro de la puerta y no la abriera para nada.

Bajé, pateé toda mi ropa en un solo montón, traté de tranquilizarme, me puse el pantalón y salí a abrir la puerta, me asomé por la mirilla, según yo para ver quién era, y les abrí la puerta. 

- Pensé que no estabas, flaco, ¿por qué te tardas tanto en abrir? -preguntó mi hermana, en tono de relax.
- Pues porque andaba encuerado, ni modo que les abriera en canicas, ¿no?
- ¡Ay, qué costumbre la tuya de andar desnudo por la casa cuando estás solo!. Oye, ¿y de quién es el auto que está afuera?
- De Luis -repuse yo con toda naturalidad, refiriéndome a un amigo-, me lo prestó porque la camioneta tiene alguna avería y voy a salir en la noche.
- ¿Qué tiene la camioneta, Javier?, ¿quieres que le demos una revisada? -intervino mi cuñado.
- No… no hace falta, ya le hablé al mecánico y quedó de venir por la tarde, así que, en cualquier momento llega. Y… ¿qué los trae por aquí, muchachos?
- Es que Sergio -ese es mi cuñado- quiere que le prestes el cable de tu cámara, porque su primo le prestó una, pero el cable no sirve y queremos pasar a cd unas fotos que tomamos con ella, ¿nos lo prestas, mi vida? -respondió mi hermana.
- Sí, déjame traerlo, siéntense mientras.

Haciendo acopio de todo mi control mental para mantenerme con aspecto de “todo está en perfecto orden”, subí a mi habitación, le dije a José que me abriera, él ya estaba vestido y a la expectativa; mientras tomaba el cable, le dije que era mi hermana con su esposo, que sólo habían venido por un cable y que iba a deshacerme de ellos a la voz de ¡ya!, que no se preocupara, pero que, por precaución, volviera a asegurar la puerta. Cuando bajé, mi hermana estaba hincándole el diente a una hamburguesa que se había “encontrado” en el horno -esa mujer siempre llega buscando algo para el antojo-, y la compartía románticamente con su maridito. Les entregué el cable, me preguntaron por mi madre, les dije que me llamaba todas las noches, como siempre, y que estaba bien, bla, bla, bla…

Por fin, mi hermana le dio la última mordida a su hamburguesa, se apresuró a decir que tenían que ir a comprar unas cosas, y me besó, a modo de despedida. En cuanto cerré la puerta tras ellos, corrí a mi habitación, le dije a José que me abriera, y me tiré sobre la cama a reírme, no sé si de nervios o de qué.

José me miró con su sonrisa encantadora, entre asustada y traviesa, y me reclamó: 

- ¿De qué te ríes?

Yo simplemente seguí desfogando los nervios a carcajada limpia, no podía parar.

- Tengo que irme, ya se hizo tarde. -dijo José cuando revisó su reloj. 

Le acompañé abajo, recordé que quedaba una hamburguesa en el horno y se la puse en una bolsa para que se la llevara.

- Ok, te hablo más tarde -le dije mientras lo besaba. 

Y una risilla, ya más calmada, volvía a agitarme; él me miro con una expresión que parecía decir “¡qué gracioso!, casi morimos del susto y tú te ríes”, acompañada de su sonrisa derretidora de Javieres. 

Salió, y yo me tumbé en un sofá de la sala a terminar de reponerme del “sustito” que había pasado. ¡Por Dios, sí que mi cuerpo liberó adrenalina esa vez!


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