Yo y Daniel
(Mis experiencias I)
I
La virginidad
Permitidme que me presente. Mi nombre es Jorge. Tengo 17 años. Soy medianamente alto, delgado, de ojos verdes y pelo castaño claro. Yo comencé con el sexo muy joven. Me llamaba la atención a mis doce años todo lo relativo a lo genital. Tanto masculino como femenino. Más el masculino. Me gustaba ver el cuerpo de mis compañeros de clase en el gimnasio. Yo siempre he sido un chico solitario. No sé por qué, porque ansiaba una compañía que me quisiera. Al ser hijo único, siempre había deseado tener un hermano mayor que me protegiera. Luego descubrí que quería que esa figura
hiciera algo más conmigo que protegerme. Por aquel entonces una familia, amiga de la mía, tenía un hijo de dieciséis años que a mí me caía bastante bien. No sabía que también me atraía sexualmente. Era de estatura normal, con el pelo cortado a cazo, algo largo, castaño. Sus ojos eran marrones. Su cuerpo era delgado. Delgado pero tenía ciertos músculos marcados. Eso me excitaba. Fue él a mis trece años el que me inició.
Una vez quedamos, como muchas otras, para probar videojuegos en su casa. Me contó que sus padres estaban de viaje ese fin de semana. No me extrañó, ya que viajaban muy a menudo. Cosa que agradecimos desde ese día en adelante. Cuando acabamos un poco cansados del ordenador, me ofreció ver un video. Yo accedí gustosamente a ver una película. Sin embargo, él tenía otros planes. Metió una cinta y cuando comenzó a verse, no era la que habíamos pensado (bueno, la que él había pensado sí). Una tía le estaba comiendo la verga a un tío. Puso cara de nervioso. Pero en vez de quitarla me dijo si quería que la cambiase. A mí, que ya empezaba a picarme el gusanillo, le dije que no. Claro, yo no me fijaba mucho en la tía. Él no era ninguna maravilla, pero me excitaba lo que estaba viendo. Un bulto creció en mi pantalón. En el de Daniel, que así se llamaba el amigo, también. Bastante grande, por cierto. De repente propuso el cascárnosla. A mí me daba un poco de vergüenza. Recuerdo que me dijo que no tenía por qué, que estábamos entre amigos. Luego me dijo que no me importara por el tamaño, que yo aún era pequeño y que me tenía que crecer. También dijo que nos desnudáramos enteros, que estaríamos más cómodos. A mí me pareció bien. Me la iba a ver de todas formas, y así le podría ver a él totalmente desnudo. La idea me gustaba, y así lo hicimos. Nos desnudamos enteros. Los dos estábamos empalmados. A mí me sorprendió el tamaño de su pinga. Era bastante grande. Él me dijo que la mía no era tan pequeña, teniendo en cuenta que me tenía que crecer.
- ¿Te la has medido alguna vez? - Me preguntó.
-No.
- Espera un momento.
Se marchó y al cabo de un rato volvió con una regla.
- ¿Puedo? - dijo.
Yo asentí con la cabeza. Él me la cogió por la punta y puso la regla al lado de mi polla.
- Once centímetros. No está nada mal. A ver yo...
La de él medía veintitrés centímetros. Yo se la miraba encantado. Estuvimos
viendo un rato la película, uno al lado del otro, desnudos, pero sin contacto. Daniel me dijo:
- ¿Alguna vez has estado con una tía?
- No, ¿Y tú?
- No. Pero no me chupo el dedo. - dijo acercándose.
Yo le miré extrañado, y dijo:
- No hace falta una tía para gozar. Tú y yo podríamos hacerlo perfectamente. Por ejemplo, podríamos mamárnosla. ¿Quieres?
Había comenzado a acercarse a mí. Yo me había alejado, pero sólo la cabeza, así que cuando me hizo la pregunta yo estaba tumbado y él encima de mí, sin tocarme. Yo asentí con la cabeza. Él bajó lentamente hasta llegar a mi aparato. Y de un sólo golpe se lo metió en la boca. Yo gozaba con mi primera mamada. Se notaba que lo que no se chupaba era especialmente el dedo. Fue capaz de prever cuándo me iba a correr, deteniéndose y diciéndome que me
tocaba a mí. Me dijo que era como un chupa chups, y que debía de intentar que no se me notaran los dientes. Lo hice lo mejor que pude. Él ponía cara
de placer, y eso me excitaba. Me paró. Me volvió a tumbar y esta vez sí que se colocó encima, entre mis piernas. Me acariciaba la cara y me besaba. Me decía que llevaba un tiempo colado por mí. Que se hacía pajas pensando en mí. Yo le decía que también pensaba en él.
- ¿Sabes? - me dijo - De todas las mamadas que me han hecho, la tuya ha sido la mejor. Y creo que es porque me gustas. ¿Te gustaría que te hiciera lo que a ella?
Miré a la película. A la pava se la estaban follando. Yo asentí. Daniel se marchó y me dejó solo durante unos segundos. Luego volvió con un bote de vaselina. Me dijo que fuera donde él. Yo me levanté.
- ¿Me hará daño? - le pregunté, pensando en el enorme tamaño de su polla.
- Seguramente -me dijo-. Pero no te preocupes. Esto -dijo enseñándome el bote- aliviará mucho. Y lo haré despacito. Ahora ponte a cuatro patas.
Yo obedecí, confiando en él. Estando de cuatro patas comenzó a untarme de vaselina. A mí me gustaba ese roce. Luego pasó a meterme un dedo. Eso me dolió al principio. Cuando estuve relajado fueron dos, y luego tres. Me dolía mucho, y no estaba siendo lo delicado que había dicho. Pero no llegué a decírselo, ya que paró, y se untó su rabo de vaselina. Me volteó, me abrió de piernas una vez tumbado en el suelo y las colocó sobre sus hombros.
- Despacito -rogué.
- Tranqui -contestó, con su voz suave.
Apuntó y me metió sólo la punta. Me
dolía bastante, pero sus caricias y besos me tranquilizaban. Mis piernas se habían caído sobre la parte anterior de sus codos. Empezó a metérmela, parando de vez en cuando para no lastimarme. Cuando ya la tuve toda dentro me susurró:
- Ya está, ¿te duele? -yo asentí con la cabeza- ¿Mucho? -otra vez un signo positivo- ¿Quieres que paremos? -ésta vez negué, también con la cabeza.
Él empezó a meter y sacar, con mucha suavidad. Con mucha delicadeza. Hasta que en mi cara se debió de borrar ese gesto de dolor, ya que cuando comencé a sentir placer, él aceleró el ritmo. Yo gemía a cada embolada, mientras él empujaba con fuerza. Y no sólo la tenía grande, sino que además tenía aguante. Estuvo cosa de quince minutos dándole, hasta que se corrió. Noté que era abundante, que se salía un poco por el ojete, o esa impresión me dio. Sin mediar palabra, bajó besándome la boca, la barbilla, el cuello, los pezones, el estómago... así hasta la polla, que chupó. Esta vez no se detuvo hasta que me hube corrido. Se tragó la poca lefa que me salía en aquella época. Me besó y me dijo:
- ¿Te gustó?
- Sí.
Daniel sonrió. Luego añadió:
- Me alegro. Por cierto, hemos sudado demasiado. Ven que nos peguemos una ducha.
Yo no tenía más gana de sexo. Y el miembro de Daniel decía lo mismo. No sabía cómo estaba de equivocado. Nos fuimos los dos a la misma ducha, idea de Daniel. Cerró la mampara y conectó el grifo. Cuando salía caliente me lo enchufó sobre las manos.
- ¿Está bien así?- preguntó.
- Sí.
Cogió jabón y comenzó a enjabonarme. Yo intentaba hacer lo mismo, pero era él el que llevaba la voz cantante. Tanto roce provocó que cuando llegara a mi polla para lavarla, ésta estuviera empalmada. Él simplemente sonrió y le dio unas pasadas con el jabón. Me pude fijar que él también estaba empalmado. Comenzó a pasar sus resbaladizas manos por mi ano, cosa que me gustó mucho. Luego empezó a aclararme. El tacto con el agua cálida era placentero, así que cerré los ojos. Antes de que me pudiera dar cuenta,
tenía una lengua extraña en el interior de mi boca. Yo abrí los ojos, pero no me separé. Me abracé a él, con los brazos por su cuello y las piernas por
su cintura. Daniel cogió otra vez el jabón y me lo pasó por el ano de nuevo, procurando que el agua no se lo llevara. Luego me apoyó sobre la pared y comenzó a follarme otra vez. Esta vez duró tanto que yo llegué a correrme mientras me la metía. Daniel paró, me limpió la lefa y abrió la
mampara. Nos secamos y salimos de la ducha. Me extrañó bastante que parara, pues él no se había corrido. Entonces me dijo:
- He de pedirte un favor.
- ¿Cuál?
- Siempre me ha gustado la idea de que alguien bote sobre mí, que se meta mi polla sin que yo tenga que moverme. Es una postura que siempre me ha excitado.
Yo no tenía muchas ganas de sexo, más después de la segunda vez. Pero me sentía querido por él. Y yo le quería. Así que no me atreví a decirle que no. Entonces trajo la vaselina del salón, me untó un poco y se untó a él. Se tumbó en la cama de su dormitorio. Yo puse mis piernas al lado de su cuerpo. Él me las acariciaba mientras yo cogía su polla y me la iba metiendo poco a poco, hasta que estuvo dentro del todo. Entonces comencé a subir y bajar.
Notaba cómo entraba y salía. Yo sentía un gran placer. Y por la cara de Daniel, él también. Pero como he dicho antes, él tenía mucho aguante. Yo empezaba a notar en los muslos el cansancio. Pero eso se compensaba con el placer de su verga entrando y saliendo de mi culo. Se compensaba con sus caricias por todo el cuerpo. Se compensaba con sus gemidos y gestos de placer. Comenzó a masturbarme de vez en cuando. Paraba para que no me corriera. Hasta que noté unos espasmos por detrás,
acompañados por una cálida sensación y un gemido más fuerte de lo normal. Esto me excitó de sobremanera, que acompañado con la paja que me estaba haciendo en esos
momentos, se tradujo a un orgasmo. Como antes, me corrí bastante poco, sobre el estómago de Daniel. Una vez acabados los dos, se miró la tripa.
- Vas a tener que limpiarlo -me dijo, agarrando mi cuello y haciendo un leve movimiento.
Era autoritario, pero a la vez tierno. Y yo era su esclavo en esos momentos. Me agaché y con la lengua le limpié de mi lefa.
- No te la tragues -dijo-, yo te ayudo.
Cuando la hube recogido toda, nos fundimos en un largo beso, donde lefa y saliva se mezclaban en nuestras bocas. Nos quedamos un rato besándonos. Luego nos vestimos y me acompañó a casa. Yo estaba feliz porque había encontrado esa figura protectora, que me quisiera y que hiciera algo más conmigo. Y él también feliz, porque había conseguido, como me confesó al llegar a mi casa, seducir a la persona que más quería en este mundo, a la persona de la que se había encaprichado desde hacía tiempo. Y así fue como perdí mi virginidad.
II
A la fuerza
Supongo que no será difícil de imaginar que tras este encuentro vinieron otros. Éramos dos adolescentes salidos, que nos amábamos, que nos queríamos y que nos atraíamos físicamente. Muchas veces era algo romántico. Me quedaba a dormir a su casa cuando sus padres no estaban. Supongo que sobra decir que eso de dormir era lo que menos hacíamos. Otras veces eran jugueteos que acababan en sexo. A veces era pura atracción
física. En ocasiones estábamos por ahí, se excitaba, me llevaba a cualquier lugar apartado, como unos aparcamientos, un túnel, un callejón o el baño de un bar, me inclinaba bajándome los pantalones, escupía en la raja del culo y con cuidado pero rápida y firmemente, me follaba. O me hacía chupársela. A cualquiera supongo que le sentaría mal, pero a mí me gustaba él, y le quería. Por eso lo hacía gustosamente. Luego él me compensaba con creces en alguna otra ocasión. Sin embargo ahora no os voy a contar esto. Lo que voy a contaros es algo que me ocurrió que fue bastante extraño y bastante fuerte. Jamás en mi vida he pasado tanto miedo y tanto placer al mismo tiempo.
Un día estaba yo en casa tranquilamente viendo la tele después de ducharme, todavía en albornoz, cuando sonó el teléfono. Era Daniel. Me pedía que fuera inmediatamente a su casa. Parecía asustado. Yo no podía quedarme con la duda. Tampoco podía dejarlo a él en la estacada, así que me vestí y fui
inmediatamente, pero sin correr. No pensaba que fuera nada malo. Al llegar parecía nervioso. Tras cerrar la puerta yo quise besarle, pero él no correspondió. Me hizo pasar al salón. Me extrañó que la mesilla del centro estuviera a un lado. En el centro sólo había espacio libre. Me senté en el
sofá y Dani hizo lo mismo. Allí me dijo:
- No te enfades, por favor. Ni hagas preguntas. He cometido un error y tú
puedes ayudarme.
- ¿Qué pasa, Dani?
- Si quieres marcharte, lo entenderé. Si te quedas, seguramente lo vas a
pasar muy mal.
- Si me voy... ¿Qué te pasará a ti?
Su cara me lo dijo todo. Bueno, seguramente la conversación fuera más larga, pero ese es el resumen. Recuerdo que vi el miedo en sus ojos. El miedo a las consecuencias de que me fuera y a perderme si me quedaba. Le quería tanto que no pude marcharme. Nos interrumpió el timbre. Cuando Dani entró de nuevo
en el salón, yo le esperaba de pie. No entró solo. Con él entraron los siguientes que paso a contar. No sé si serían sus verdaderos nombres, pero a mí me los presentaron así:
Uno tenía unos dieciséis años, pero era igual de bajito que yo. Se llamaba Ignacio. Era delgado. Sus ojos eran marrones y su piel oscura. Me llamó la atención el hecho de que su pelo castaño fuera casi más claro que su piel. No es que fuera negro, ni café con leche. Era moreno, simplemente. Guapillo.
Otro se llamaba José. Era alto, más que Dani. Era muy pálido de piel y tenía los ojos y el pelo castaños. Era guapo, pero como pude comprobar más adelante, no tenía muy buena forma física, aunque no estaba gordo.
Un cuerpo similar pero algo más bajito tenía Francisco. Éste era muy guapo. Tenía los ojos verdes y el pelo rubio. Además de cara no estaba mal, y con ropa no parecía estar nada mal.
De otro me llamó la atención no su corta estatura, ni su cuerpo marcado por el deporte, ni sus ojos azules ni su cabello castaño. Fueron unos labios inmensos, carnosos. Recuerdo que besaban muy bien. Se llamaba Jonathan.
Otro era bajito, delgado, con el pelo negro y los ojos marrones. Tenía pinta de ser el que nunca llamaba la atención del grupo. La verdad, entre todos los que estaban era el más normalillo físicamente. Se llamaba Andrés.
El último me supongo que le hubiera gustado a muchos. Se llamaba Eduardo. No era muy alto, pero tampoco bajo. Tenía los ojos azules y el pelo rubio. Su cuerpo no entraba en la exageración de los deportistas, pero tenía los músculos bien formados. Recuerdo que cuando me los presentaban, yo me iba fijando en si eran guapos o feos. Tuve suerte, por lo menos no eran feos. Yo en realidad estaba cagadito de miedo pensando en qué me podían hacer ellos para pasarlo muy mal.
- ¿Así que ésta es la puta que nos has conseguido, eh?- dijo Francisco, que
parecía el líder.
- Sí. -contestó Daniel.
Yo pensé "Je, si ser su puta va a ser pasarlo mal...", aunque luego vi que eran muchos y que no los conocía. Una cosa era que Daniel me follara. Yo le quería y me gustaba. Otra cosa es que tuviéramos largas sesiones de sexo. Pero él no era Dios y necesitaba descansar. Ahí descansaba yo también. Pero en esta ocasión, mientras uno descansaba, otro iría a por mí. Francisco me miró con sus ojos verdes y me dijo:
- A ver, putita, ¿la sabes chupar?
Yo asentí, reprimiendo la sonrisa que intentaba aflorar en mi boca. No quería que supiera que ardía en deseos de comérsela, ya que estaba muy excitado y pensaba que podría con todos. Estiré los brazos hacia su bragueta y comencé a abrírsela. Entonces él me dio un bofetón.
- ¿Desde cuándo las putas van vestidas?- me dijo.
Yo lo comprendí enseguida. No estaba allí para disfrutar, los que iban a disfrutar iban a ser ellos. Me dolía la mejilla, y reprimiendo las lágrimas,
me fui desnudando bajo la atenta mirada de los otros. Una vez desnudo, me agarró del pelo y me hizo arrodillar. Como sabía lo que quería, no me hizo daño, ya que me adelanté a sus movimientos. Le bajé los pantalones y calzoncillos hasta la rodilla. Su verga debía medir unos quince centímetros. Me metí en la boca todo lo que pude. Francisco me soltó. Yo se la mamé, pero hay que decir que no me esmeré demasiado. Mientras, los demás se fueron desnudando. Cuando todos estuvieron ya en bolas, Francisco se retiró. Vi que Daniel había traído el bote de lubricante. Ignacio me agarró del pelo para que me girase hacia su polla de unos diecisiete centímetros. Se tumbó en el suelo y me acercó la cabeza a su polla. Yo tuve que ponerme a cuatro patas para chupársela. También me dejó a mi aire. Noté que algo me hurgaba detrás. Cuando hube estado bien untado de lubricante, Francisco me metió la polla de golpe. Me dolió muchísimo, pero Ignacio, que no se había dado cuenta de lo que ocurría, no me dejaba descansar de la mamada. Cuando quise frenar en mi trabajo, me agarró la cabeza y sin violencia me obligó a seguir. Yo gemía de dolor mientras que Francisco me follaba con mucha dureza. Ignacio debía de estar a punto de acabar, así que me retiró la cabeza de su rabo y me miró a la cara. Dijo:
- Tío, que le haces daño.
- Que se joda -dijo Francisco-. Está para que yo goce y estoy gozando.
Se retiró de mi frente Ignacio, y vino Eduardo en su lugar. En vez de tumbarse, se sentó con las piernas abiertas. La fuerza con la que me follaba Francisco era tal que casi no tuve que trabajarme a Eduardo. Los empujones que me daba me metían el rabo de Eduardo hasta el fondo, cosa que le gustó, y enseguida me pidió parar. José se abrió de piernas delante de mí, pero antes de mamársela me dijo:
- ¿Te importa beberte la lefa?
- No -contesté.
- Bien, pues hazlo.
Yo empecé a chupársela. Francisco se corrió en mi ano y sentí alivio cuando lo hizo. Después de él me folló Jonathan. Tenía un pollón inmenso, pero me la metió poco a poco y de forma suave. Mientras yo se la chupaba a José, que me acariciaba la cabeza de forma cariñosa. Me cayó bien, así que me esforcé tocándole los huevos y succionando, metiéndome la polla hasta la campanilla. Se corrió Jonathan poco antes de que lo hiciera José. Dani fue el que siguió con mi ano. Fue más dulce de lo que había sido nunca. Después de que José se corriera y me bebiera su leche, abundante, por cierto, Andrés me pidió que le hiciera lo mismo que a José. Andrés me dio un poco de penita, ya que era como el más débil, o lo parecía. También quise hacerle la mejor mamada de su vida. No sé si lo conseguí, pero lo intenté. Dani y Andrés se corrieron casi a la vez. Me bebí toda su leche, menos la de José.
Tenía las rodillas doloridas y estaba exhausto. Aún así no tuve descanso. Francisco me llamó y me pidió que se la chupara. Al comienzo me dejó que lo hiciera a mi ritmo, pero enseguida me agarró del pelo y comenzó adentro y afuera con violencia. Me dieron arcadas, pero las reprimí, incluso cuando me depositó su lefa en la boca. El sabor que me dejó su rabo, después de haber estado en mi culo, fue bastante raro, y asqueroso.
Por suerte, Andrés estaba de nuevo excitado, que se sentó a mi lado y me besó. Su boca sabía dulce. Su beso fue reconfortante para mí. Me pareció un detalle de cariño entre todo el sexo. Me tumbó en el suelo mientras seguía besándome y acariciándome. Yo me dejé llevar. Se colocó entre mis piernas y siguió besándome mientras me colocaba más lubricante y se ponía él también. Estaba recién corrido, así que me estuvo follando bastante rato. Hay que decir que yo gocé mucho con esto. Pero todo lo bueno se acaba y él se corrió, dándole paso a Francisco. Francisco se colocó mis piernas en sus hombros y me ensartó en su polla y estuvo dándome por culo con violencia, hasta que se corrió, se vistió y se marchó.
Jonathan e Ignacio hicieron lo mismo, pero me follaron con más delicadeza. José me puso de lado y colocó una de mis piernas sobre su hombro, estando la otra entre las suyas. Comenzó a follarme, mientras me la meneaba. Yo me corrí sacando toda la excitación acumulada. José tenía más fondo, así que se encargó de que me corriera sobre su mano y se metió mi leche en su boca, para luego besarme con ella dentro de la boca. Luego se movió hasta que estuvo detrás de mí. A pesar de haberme corrido, gozaba con esa follada que me estaba brindando José. Mientras él me besaba el cuello y los hombros. Le
oí gemir y se corrió dentro de mí, quedándose con ella metida, acariciándome el vientre y besándome los hombros. Luego se levantó, me besó en la boca, se vistió y se marchó. Me dejó tirado en el suelo, agotado.
Andrés, otra vez excitado, me la metió y se quedó quieto. Luego me levantó en vilo, demostrando que era menos débil de lo que pensaba, y se tumbó sobre su espalda. Yo me coloqué a caballo encima de él. Pensé que quería que le hiciera como me dijo en nuestra primera vez Dani, pero me agarró de las caderas y fue él el que se movía. Esa postura me gustó mogollón, llegándome a correr sin que me tocara la polla Andrés. Le manché el vientre, que cuando él acabó le limpié con la boca.
Estuvimos unos diez minutos besándonos. Parecerá mentira, pero nos habíamos enamorado. Cuando Andrés se marchó y quedamos Dani y yo solos, me llevó a la cama y se tumbó junto a mí. Me besó y me acarició, y me pidió mil veces perdón por lo ocurrido. Yo nunca le guardé rencor y así se lo dije. Pero le impresionó mucho, supongo, el hecho de que me pusiera a llorar en su regazo. Lo había pasado muy mal. Aunque también muy bien con José y Andrés.
III
El final
Todo lo bueno acaba, como he dicho antes. No es que cortásemos, fue algo más desgraciado. Nuestro último encuentro fue muy dramático. Dani follaba mucho, lo sabía. Y se equivocó al elegir a uno de sus amantes.
Una tarde quedamos, como tantas otras. Yo pensaba que íbamos a hacerlo, pero él, con los ojos llorosos, me dijo que había contraído el SIDA. Yo le dije que con preservativo podíamos hacerlo, pero se negó, diciendo que no quería arriesgarse a que saliera algo mal. Así que ese día únicamente le hice una paja. Con lubricante y demás, pero sólo una paja. Él me la devolvió, y saber que era la última fue muy placentera y triste a la vez.
Contra todo lo que podía parecer, la enfermedad no le mató. Fue un accidente de coche el que lo hizo poco después de nuestro último encuentro.
Hay que decir que yo nunca he sido homosexual entero, también me van las mujeres, menos que los hombres, pero bueno. Había tenido relaciones con mujeres, y mi padre lo sabía. Así que cuando le pedí hacer las pruebas del SIDA, aceptó con una sonrisa. Me pidió que tuviera cuidado pero quedé como un machote ante él. Si él supiera... Todo se alivió cuando los resultados dijeron que yo no estaba infectado. Todavía me duele su muerte, pero lo que me queda de él fueron aquellos momentos de sexo y amor que tuve con él.
Si desean, les contaré más relaciones que he mantenido, aunque no hayan sido con Daniel.
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