David... El primero y el mejor 

Quiero contarles cómo fue mi primera relación. Antes que nada, tengo 32 años, soy de color moreno claro (en mi país se usa el término “indio”, como si caminásemos con taparrabos), tengo los ojos negros y mi cabello es semi-crespo, con una incipiente calvicie que no se acaba de definir, ya que está en el mismo punto desde que cumplí los 19 ó 20 años. No soy ni flaco ni gordo, más bien soy medio robusto. 

Corría el verano del año 1987. Para entonces tenía 17 años y muy poca experiencia sexual (masturbaciones, besos y caricias con 2 ó 3 muchachos, todo esto a partir de cumplir los 14 años) pero sí muchos deseos y curiosidad. Tenía bien claro que me gustaban los chicos. Todos los domingos me deleitaba observando cuerpos en trajes de baño en la piscina del club, para terminar en lo mismo: una buena jornada de autoplacer en la soledad de uno de los baños de mi casa. Pero ese no es el caso ahora, así que iré al grano. Sucede que al lado de mi casa vivía una familia de 5 miembros; el padre, la madre y sus 3 hijos (Rebeca, de 16 años; David, de 14 años; y Corina, de 11 años). 

David era un muchachito tímido, de buenos modales, con un color de piel muy bonito, como acanelado. No éramos amigos, pero como él compartía mucho con mi hermano menor, constantemente estaba de visita en casa. Hacía 3 años que su familia se había mudado al barrio, pero la verdad es que nunca me había llamado la atención poderosamente, aunque he de reconocer que sus piernas (algo que me vuelven loco) siempre me habían resultado sumamente atractivas. También me había fijado que desde pequeño David exhibía un cuerpecito muy atlético y fibroso. 

En esos 3 años David había crecido bastante. Lo que antes era un niño delgado y con aspecto bobalicón, se había convertido poco a poco en un adolescente bastante buen mozo, de buena estatura y bonita complexión física. Sin embargo, no puedo decir que me gustara ya que se veía muy “niño”, aunque había algo en él que me inquietaba. Su modo de caminar era algo “raro”, hasta el punto de que a veces lo tildaban de marica. Lo que más me intrigaba era que en ciertas ocasiones lo había sorprendido mirando fijamente a algunos de sus amiguitos, y hasta a mí mismo o a algunos de mis amigos, todos mayores que él. Varias veces me llegué a preguntar si a él le gustaban los chicos, pero nunca me afané en buscar la respuesta porque, repito, la verdad es que no me gustaba. El caso es que un día me quedé sólo en casa. Como a las 4 de la tarde tocaron el timbre, bajé las escaleras y pregunté quién era. Al escuchar su vocecilla sentí una especie de alegría, abrí la puerta y allí estaba David, en pantaloncitos cortos (demasiado cortos, si me preguntan) y con un suéter que parecía quedarle pequeño, por lo ceñido que estaba a su cuerpo. Sin proponérmelo, de repente empecé a ver cosas en David que antes no había visto. Un hermoso torso de pecho bien formado, una cintura estrecha y anchos hombros. Sus piernas, que siempre habían sido bien formadas, se dejaban ver por vez primera en casi todo su esplendor, con poca vellosidad, muslos llenos de músculos marcados y unas hermosas pantorrillas, anchas y definidas. Su carita, que dejaba entrever cierta candidez, lucía enmarcada en una amplia y ondulante cabellera de lacio pelo negro. Su boca, de labios gruesos, invitaba al beso apasionado y, cuando se abría, dejaba ver una dentadura impecable, digna de figurar en la mejor publicidad de Colgate. Dios mío!!, ¿qué me estaba pasando? ¿Por qué ahora David me parecía tan atractivo?, ¿por qué ahora, en ese preciso instante, me gustaba tanto? Estaba allí, turbado y observando aquello que siempre tuve cerca y no había apreciado, cuando de repente su tierna voz me sacó del trance para preguntarme por mi hermano. Le dije que no estaba, que había salido de tiendas con mi madre y mi hermana y que no regresarían hasta entrada la noche, ya que después de las compras irían a casa de una tía nuestra. Sin pensarlo dos veces lo invité a pasar (debo decir que para entonces era mucho más arrojado que ahora), no recuerdo bajo qué excusa, pero el caso es que lo convencí de que se quedara conmigo, que subiéramos al cuarto a ver t.v. o jugar con los videojuegos de mi hermano. Una vez instalados en la habitación, en mi cama, lo conminé a que se pusiera cómodo, así que se quitó el calzado deportivo que llevaba puesto. Yo ya estaba más que cómodo, pues apenas tenía puesta una camiseta ligera y unos pantaloncitos cortos. Había estado haciendo ejercicios de pesas durante algunos meses, por lo que yo no estaba nada mal, por el contrario, mi cuerpo lucía bastante trabajado. Ahí estábamos los dos, viendo t.v. y conversando, cruzando miradas y sonrisas. Para entonces tenía una erección que me costaba bastante disimular. Él, por su parte, lucía nervioso. Me miraba de reojo ciertas partes de mi cuerpo (los brazos, las piernas) y cada vez que lo hacía me ponía a mil. En cierto momento me preguntó, con voz medio entrecortada, que qué hacía yo para tener los brazos tan fuertes, a lo que respondí que llevaba meses levantando pesas. Poco a poco fue desapareciendo el nerviosismo y fuimos entrando en confianza. Me pidió que le mostrara los bíceps para él palparlo con sus manos y así lo hice. Noté que sintió cierto placer cuando sus manos se posaron en los músculos de mis brazos, y eso me gustó. Los palpó, los acarició y hasta dijo que cuando fuera más grande le gustaría tener unos brazos como los míos. Para ese momento yo ya estaba decidido a iniciar el ataque y le dije que si bien me resultaba fácil desarrollar los músculos de los brazos, lo mismo no ocurría con las piernas, que por más ejercicios que hiciera parecía que no acababan de desarrollarse (lo cual no era verdad, ya que apenas iniciaba con los entrenamientos en esa parte del cuerpo) Le comenté (con mi segunda intención, claro) que él no tendría ese problema, ya que nunca había hecho ejercicios y sin embargo tenía unas piernas muy bonitas y desarrolladas, con los músculos bien marcados. Me respondió que quizás era por el fútbol y la natación (resulta que practicaba fútbol 3 veces a la semana y natación otras 2, con razón tan bonita figura!!!). Ya sin poder aguantar más, y con el pene más duro que una roca, le pregunté que si podía tocarle las piernas, a lo que respondió que sí, que eso no era problema. Lo primero que le toqué fue uno de sus muslos, el sólo contacto casi me hace eyacular, pero logré controlarme. Luego le pedí que se pusiera de pie y , con ambas manos le acaricié las 2 piernas, completamente, desde la parte superior de los muslos hasta los tobillos, aunque a decir verdad creo que no llegué a esta última parte. Cuando mis manos llegaron a esas soberbias pantorrillas sentí un relámpago en la barriga y a seguidas, sin previo aviso, un chorro de semen inundó mis ajustados pantaloncillos. La sensación fue tan intensa que recuerdo haber cerrado los ojos y emitido un leve gemido. David me preguntó que qué me había pasado y le dije que nada, que se trataba de una molestia en el estómago. Pensé en inventar una excusa para ir al baño pero temí romper con la magia del momento, así que me quedé. Varias veces le acaricié las piernas, palpando todos y cada uno de sus músculos mientras le decía, con voz llena de placer, lo hermosas que eran. Al percatarme de su reacción ambigua, una mezcla de nerviosismo y sensación de disfrute ante lo que pasaba, me quejé de la alta temperatura reinante (estaba ardiendo, pero de placer) y me despojé de la camiseta que llevaba puesta. Le expliqué que tenía calor y le pedí que también se desnudara el torso, algo que hizo momentos después, tras varias insistencias mías. A partir de entonces sostuvimos la conversación que conduciría al hecho que cambiaría el rumbo de mi vida para siempre, misma que reproduzco a continuación, aclarando que se trata de un extracto de mi memoria, que por cierto es muy buena. 

- David, te voy a decir algo. No lo tomes a mal, pero a mí siempre me atrajeron tus piernas, siempre me llamaron la atención porque son muy desarrolladas.
- Mucha gente me ha dicho eso, que tengo buenas piernas.
- ¿Quiénes? ¿tus amiguitos? 
- Sí, sobre todo ellos. 
- Es que se notan mucho. Pero ahora que te veo así, sin camiseta, veo que tienes un buen cuerpo en general. Es decir, tienes las espaldas anchas y el pecho bien formado, los hombros fibrosos y no tienes nada de barriga, hasta cuadritos tienes!!
- Es que yo corro mucho con el fútbol. Además, la natación también me ayuda a no engordar.
- Ya veo, practicando esos 2 deportes cualquiera echa buen cuerpo. ¿Te importa si también te toco por otras partes?
- ¿Cómo cuáles?.-respondió nervioso.
- No sé, la barriga, los brazos, los hombros, es que me gustaría sentir todas esas fibras que se te marcan. Eso no es nada, no te asustes. Tú también puedes tocarme donde quieras. Además, nadie se va a enterar de esto, si es eso lo que te preocupa.
- Está bien, como quieras. 

Con el permiso concedido, inicié por los hombros, luego le acaricié el pecho , la espalda, los cuadritos del abdomen. A medida que le ponía temas de conversación, mis manos recorrían cada parte de su cuerpo. El sólo contacto de mis dedos con las fibras de sus marcados músculos me producían un placer indescriptible. Sin previo aviso, coloqué una de mis manos sobre su traserito, duro y paradito. Lo miré a la cara para ver su reacción, nada pasó. Él ya parecía entregado, y pude ver entre la tela de su pantalón un miembro viril decididamente erecto. Luego le pedí que contrajera los bíceps, para apreciarlos endurecidos. Dios mío!, había que ver aquello!, cada fibra, cada músculo marcado. Cuando le pedí que tensara la pierna izquierda, para apreciar sus músculos, casi eyaculo de nuevo. Parecía una clase de anatomía. Ahí no pude más y me lancé a la búsqueda de todo lo que tanto deseaba...

- David, te tengo que decir algo, nunca había visto un muchacho de tu edad con un cuerpo tan bonito, tan fibrado. No quisiera dejar de tocarte. La verdad es que me siento bien haciendo esto, pero no sé si quieres que yo siga. Ahora mismo no quiero hacer otra cosa que no sea acariciarte, complacerte en todo lo que pidas. ¿Qué me dices? ¿Qué quieres que haga? 

Dijo medio nervioso, pero con ganas: 

- No sé qué decir. Me siento bien cuando me tocas... Tú eres el que sabe...

Esas palabras me supieron a gloria. Eran las llaves que me abrían las puertas al disfrute pleno. Me acerqué a él y le di un beso en el abdomen, luego, con la lengua, subí hasta su pecho y empecé a chuparle frenéticamente uno sus pezones, mientras mis manos acariciaban cada centímetro de su torso, de sus piernas. Ya él estaba rendido, apoyó su mano derecha en mi hombro izquierdo y empezó a emitir quejidos de placer casi imperceptibles. Le pedí que se sentara y a continuación lo tumbé en mi cama. Acerqué mi cara a la suya, le acaricié el pelo, las mejillas y la boca. Le pregunté que si podía darle un beso, pero no un beso cualquiera, sino uno de verdad, como en las películas. Asintió con la cabeza y acto seguido le planté el mejor beso del que era capaz. Al principio él no quería dar paso a mi lengua pero después cedió. El intercambio de saliva se hizo incontenible y nuestras lenguas se entrelazaban con vigor. Volví a chuparle uno de los pezones, lo que le gustó muchísimo. Después de unos minutos de chupe y caricias, me detuve. Le pedí que se parara de nuevo y entonces comencé a bajarle los pantalones y la ropa interior. Al principio como que no quería, pero lo convencí con palabras dulces y diciéndole, entre otras cosas, que no había nada que temer. Por fin aceptó de buena gana y cuando empecé a despojarlo de sus prendas, saltó ante mi vista un hermoso pene circuncidado, más largo y grueso de lo que esperaba, con una cabeza grande y roja llena de líquido preseminal en el tope. El olor embriagante de su miembro me puso borracho, y antes de terminar de quitarle la ropa se lo agarré por la base e inicié un sube y baja que casi le dobla las rodillas de tanto placer. Luego hice un alto y mirándole la cara le dije que le iba a hacer algo que nunca olvidaría, así que me metí todo su miembro en la boca, para inmediatamente proceder con una bestial mamada que obligó a David a ponerse de rodillas en la cama, mientras jadeaba como un toro de tanto placer. Hice una breve pausa, él se acostó completamente y seguidamente retomé la super mamada que le estaba dando. David se retorcía, gemía, me agarraba la cabeza y me la empujaba contra su miembro, mientras yo seguía concentrado en mi sabrosa tarea. Quería que él terminara en mi boca, algo que no tardó en suceder. Al minuto y medio, como mucho, de haber iniciado, me percaté cómo de repente David tensó los poderosos músculos de sus hermosas piernas, me agarró duramente por los cabellos y, al compás de un grito que aún no comprendo cómo es que nadie oyó, se vino salvajemente en mi boca. Fueron 2 ó 3 grandes trallazos de leche tibia, y otros tantos más pequeños, hasta que no quedó nada. Después de haber tragado la última gota que escupió su glande, yo seguía chupando hasta dejarlo limpio y brillante, y hubiera continuado de no haber sido por David, que me pidió que no siguiera, que ya no aguantaba más. Me preguntó que si me había tomado su leche y le dije que sí, que era algo que quería hacer. Me preguntó que a qué sabía y le dije que un poco salada, pero que no preguntara mucho porque ahora era su turno. Sin esperar su reacción me despojé de mis pantalones y pantaloncillos. Me limpié el charco de semen que me había dejado la precoz eyaculación que me había provocado el contacto con sus pantorrillas, y me acosté. Me preguntó que por qué estaba mojado, y le expliqué que cuando le toqué las pantorrillas por primera vez sentí una intensa descarga eléctrica y un placer descomunal, lo que provocó que me viniera repentinamente. A él le gustó el relato. Le pedí que se acercara y como lo noté indeciso le expliqué que chupar el pene de otro no era nada asqueroso, sino que por el contrario era algo sumamente rico. Tras breves palabras de cómo hacerlo procedió a introducirse mi glande en su boca. La sola visión de sus carnosos labios tragándose mi miembro casi me hace eyacular, pero saqué fuerzas y me contuve de nuevo. Para ser su primera vez lo hacía de maravilla. Subía y bajaba rítmicamente y, a veces, concentraba sus lengüetazos y chupetones en mi glande, al que degustaba como si fuera una paleta. En breves momentos no pude resistir más y al compás de quejidos y palabras tales como: 

- Siiii... siiiii... siiigue comiendo...... ay! dios miooooo!!!!, me vengo David, me vengoooo.. nooo pares... traaagátelo todo... no paaaaares!!!!!

Ahí mismo me vine como un caballo. Torrentes de leche caliente inundaron la boca de David, quien por su inexperiencia no supo cómo manejar diestramente semejante cantidad de semen. Una apreciable cantidad de esperma se le salía por las comisuras de los labios, pero él no paraba de chupar, tal y como le había pedido. Cuando ya no pude más le pedí que se detuviera, me acerqué a su boca y le planté un beso, con la intención de tragar junto a él el néctar salido de mi pene. Nos quedamos quietos, contemplándonos detenidamente, acariciando nuestros cuerpos. Le dije lo mucho que me había gustado lo sucedido y que debíamos buscar la forma de repetirlo. Para mi sorpresa David me abrazó, me besó tiernamente la boca y me dijo que nunca pensó que se podía coger tanto gusto (así mismo, coger tanto gusto!!) con otra persona. Me dijo que también deseaba repetir lo sucedido y, no sé de donde le salió, me susurró al oído que me quería mucho. Le respondí con un beso apasionado y, justo cuando iniciábamos una segunda ronda de caricias, besos y chupadas, se oyó la voz de su madre llamándole. Le pedí que se calmara, lo ayudé a limpiarse y vestirse, le regalé otro beso y lo acompañé hasta la puerta. Antes de salir de mi casa le guiñé un ojo y le dije, con voz baja, que el sábado en la mañana iba a estar solo, que lo esperaba. Atravesó el marco de la puerta y se fue alejando. No pude evitar, viéndolo caminar de espaldas, el fijarme de nuevo en sus hermosas y musculosas piernas, en cómo se marcaban sus robustas pantorrillas cada vez que se impulsaba antes de cada paso. Ahí mismo tuve otra erección, junté la puerta, dejando apenas espacio para seguir observando, me bajé los pantalones y me empecé a masturbar locamente, contemplando a David mientras se alejaba. Al poco rato volví a eyacular, esta vez en mis manos y de pie, mientras agradecía a Dios y a la vida por tan hermoso regalo.

Después de ahí, cada vez que teníamos oportunidad y durante más de un año, David y yo nos envolvíamos en los lazos del placer. Luego les contaré la primera vez que tuvimos sexo completo, con penetración. Eso selló nuestra relación hasta el día del adiós definitivo.

Si desean, pueden escribir sus comentarios a carlos1589@yahoo.com