Queridos amigos, ya les conté lo sucedido en el primer encuentro sexual con mi querido y recordado David. Ahora paso a relatarles cómo nos fue en nuestra segunda cita.
David, el primero y el mejor. 2da. parte.
Justo a la semana de nuestra primera vez, David y yo tuvimos la oportunidad de encontrarnos otra vez en mi casa. Era más fácil de esa manera, pues él sólo le decía a su madre que iba a casa de los vecinos, a lo que ella accedía gustosa por la confianza existente y por el hecho de que David era amigo de Rubén, mi hermano menor. Su madre nunca se percató de que Rubén no estaba en casa en las ocasiones que David me visitaba y, de hecho, creo que nunca hizo el intento de averiguar el por qué de tantas visitas. Era del tipo de madre que se contentaba con sólo saber dónde estaban sus hijos en caso de querer llamarles. Yo, por mi parte, pasaba muchas tardes solo, sin nadie, en mi casa, ya que mi padre trabajaba hasta horas de la noche, mi madre vivía de visita en visita, de tienda en tienda, mi hermana asistía a unas dichosas clases de ballet y mi hermanito, mal estudiante al fin, pasaba varias horas a la semana tomando clases particulares con una señora soltera y aburrida por demás. Para colmo, la señora del servicio era de lo más despreocupada en eso de estar pendiente a lo que yo y mis hermanos hacíamos. Se trancaba en su habitación a ver telenovelas y ahí se quedaba hasta que alguien la llamara.
El asunto es que ese día David se apareció en mi casa, le abrí la puerta y entró. Una vez cerré, lo tomé por las manos, lo acerqué a mí, lo besé varias veces y le dije cuánto había esperado el momento de volver a verlo. Respondió que él también quería volver a verme y me dijo que desde ese primer día no podía dejar de pensar en mí y en lo sucedido. Le confesé que me había masturbado varias veces pensando en ese primer encuentro. Respondió que lo mismo le pasaba a él.
Lo conduje a mi habitación, me desvestí completamente y cuando iba a ayudarlo a desvestirse me dijo que lo dejara, que quería mostrarme algo. El malvadito resultó más alegre, creativo y osado de lo que su cándido aspecto revelaba. Moviéndose sugestivamente, inició una sesión de streap tease que me puso loco de placer, ya que cada movimiento mostraba sus músculos y fibras debajo de la piel. Primero se quitó los zapatos deportivos, luego las medias, dejando ver sus bonitos pies. Luego se quitó la camiseta y antes de quitarse los pantalones jeans me dijo que como yo le había comentado lo bonito que era su cuerpo, quería mostrármelo en su mejor forma, vistiendo únicamente su traje de baño. Esas palabras me provocaron una erección que hasta dolía, mi glande quería reventarse, más cuando se bajó los pantalones y se los quitó. Dios mío, qué hermosura, qué anatomía.
Vestía un traje de baño semi-tanga, encajado perfectamente a sus nalgas y su pene. La pieza dejaba al descubierto la mitad de cada uno de sus glúteos y la parte superior delantera terminaba algunas pulgadas debajo del ombligo, justo donde empezaban a marcarse la hilera de perfectos músculos abdominales que adornaban su torso. La verdad es que David era el sueño de cualquier escultor, de cualquier pintor. Nunca pensé que el cuerpecito de un adolescente de 14 años pudiese ser el nicho de tal perfección. Un pecho definido, marcado. Unas anchas espaldas en forma de "V", enmarcadas en un par de hombros redondos y fibrosos. Una cintura estrecha, haciendo juego con unas nalguitas pequeñas, duras y paraditas. Los brazos parecían dos pequeños juncos, llenos de fibras, dejando ver perfectamente los músculos tríceps y bíceps. Sus antebrazos eran robustos, quizás demasiado para su edad, coronados con unas anchas muñecas y unas manos que, aunque pequeñas, exhibían un agarre duro y fuerte. Sus muslos eran de locura, con sólo 14 años tenían unas formas increíbles. Eran largos, robustos, armónicos y casi sin vello, lo que permitía que cada movimiento, por pequeño que fuese, mostrara el conjunto de sus definidos músculos, tanto anteriores como posteriores. Pero nada se comparaba a sus pantorrillas, esas que desde que David era pequeño me llamaron tanto la atención. Había que ver aquello para creerlo, se le marcaban todo el tiempo, aun sin moverse. Anchas, fibrosas, y lo mejor de todo, algo que no es fácil de ver ni siquiera en personas adultas, cuando caminaba se podían apreciar perfectamente divididos y desdibujados ambos músculos gemelos. Hasta los pies bonitos tenía ese bárbaro efebo, limpios, con deditos largos y alto puente.
Después de llenarme los ojos con el espectáculo que me dispensaba el destino, me le acerqué y empecé a acariciarle la cara, el pelo, los brazos, el pecho. Mis manos recorrían sus hombros, le agarraba las tetillas y se las apretaba, lo que le daba placer. Me arrodillé para acariciarle el vientre perfecto y definido. Lo besé varias veces en ese lugar. Él, mientras tanto, me acariciaba la cabeza, me agarraba los brazos. Estando ya enfermo de tanto placer, y casi a punto de tener otro episodio de eyaculación precoz, lo tomé por las nalgas y se las acaricié tiernamente, llegando incluso a meter las manos debajo del traje de baño. Él sabía que su cuerpo me volvía loco y le gustaba que lo acariciara y le dijera palabras de alabanzas, por lo que no paraba de decirle lo mucho que me gustaban sus pantorrillas y los muslos de sus piernas, los músculos de su abdomen y las formas armónicas de sus espaldas. Empecé a besarle y acariciarle las piernas, de arriba a abajo, sin dejar un sólo centímetro. Lo llevé a la cama y lo acosté. Le tomé una de sus piernas, le besé los tobillos, le chupé los dedos de los pies y después, ya casi explotando, le pedí que por favor me diera una chupada. Lo coloqué de forma tal que pudiera chuparme el pene mientras yo le acariciaba la parte posterior de los muslos y le besaba las pantorrillas y los pies. Cuando se metió mi pene en su boca e inició la chupada no tardé ni un minuto en explotar, su boca se llenó de mi leche y, lejos de soltarme el pene, siguió chupando y chupando hasta que le pedí que parara. Se tragó prácticamente toda mi leche, botando muy poca cosa. Yo, extasiado, me quedé en la misma posición durante breves instantes, acariciando sus piernas, hasta que le pedí que se volteara. Acto seguido empecé a besarle los pies, las pantorrillas, los muslos. Luego empecé a pasarle la lengua por la tela que le cubría el glande, lo que hizo que gimiera intensamente. Le bajé el traje de baño y empecé a masturbarlo. Me metí todo su miembro en la boca, mientras le acariciaba los huevos con las manos. Luego sujeté la base de su miembro y acto seguido intensifiqué las chupadas sobre el glande. Succionaba y succionaba fuertemente, haciendo breves pausas para entonces iniciar de nuevo. Ese ritmo lo estaba volviendo loco hasta que en un momento me pidió que no parase más, que siguiera hasta que él acabase. Segundos después su tronco estalló en mi boca, soltando una cantidad extraordinaria de leche calentita y sabrosa. El olor a semen impregnaba el ambiente, lo que contribuía a incrementar la intensidad de nuestro encuentro. De nuevo tenía yo el miembro duro como un mástil, y empecé a masturbarme frenéticamente. Paré por un momento y le pedí que se acostara cabeza arriba, con las piernas juntas. Lo hizo y acto seguido me le tiré encima, introduje mi pene entre sus muslos, a los que previamente lubriqué con el abundante líquido preseminal que brotaba de mi glande. Empecé entonces a besarlo, mientras movía mi cintura hacia arriba y hacia abajo. Este movimiento provocaba que mi glande se frotara intensamente contra las paredes de sus muslos, lo que al cabo de breves minutos me provocó otra eyaculación espectacular, sumamente intensa. Él se percató de que me venía y me abrazó fuertemente, fusionando nuestros cuerpos. Cuando terminé le dije que lo amaba y que nunca nadie me había gustado tanto, mucho menos un muchacho 3 años menor que yo. Me respondió que también me amaba y que se lo chupara de nuevo, lo que hice inmediatamente. Otra vez se vino en mi boca y de nuevo me tragué su leche. Luego nos recostamos, abrazados, acariciándonos, besándonos. Hablamos de todo, de nuestras infancias, de cómo y cuándo se despertaron nuestros deseos por los chicos, de los muchachos del barrio que nos gustaban o que encontrábamos bonitos. Me confesó que siempre le atrajeron los muchachos mayores, así como yo, aunque no desperdiciaba oportunidad para apreciar los atributos físicos de sus amiguitos. Me dijo que mis brazos y mi pecho le encantaban, y que le gustaba cuando yo le acariciaba el cuerpo. Me comentó que desde pequeño se dio cuenta que su cuerpo era motivo de muchas miradas indiscretas y comentarios favorables, tanto de adultos como muchachos de todas las edades, y que sus amiguitos, especialmente los de la clase de natación, constantemente le tocaban las pantorrillas, los muslos, o le acariciaban los brazos y el abdomen. Me habló de uno de los integrantes de su grupo, un chico de su misma edad, que no dejaba pasar la oportunidad de acariciarle las piernas, tocarle los hombros o el pecho, o bien prodigarle un abrazo, con la excusa de que eran buenos amigos, aunque para él estaba claro que lo que buscaba era tener contacto con su cuerpo. Me contó cómo en una ocasión, mientras conversaban en la piscina, notó una tremenda erección en el miembro de su amigo, que no cesaba de mirarle los muslos o tocarle las espaldas, abrazándolo repetidamente. Aunque no le gustaba el amiguito en cuestión, lo dejaba tranquilo y, a veces, lo ponía en aprietos, como una ocasión en que cansado de tantos abrazos y toques, lo agarró por las manos, se le acercó y le dio un fuerte abrazo, pegándose firmemente a su cuerpo, y diciéndole al oído que él también tenía deseos de abrazarlo. Me contó que el amiguito se puso rojito como un tomate y sintió cómo su corazón latía aceleradamente, mientras volteaba la cabeza hacia todos lados asegurándose de que nadie los viera. No había dudas, sólo Dios sabrá las veces que ese famoso amiguito se masturbó recreando en su mente el cuerpo esbelto y fibroso de mi David.
David confesó que realmente le gustaba sentirse admirado, y que se excitaba sabiendo que alguien podía estar deseando tocar su cuerpo, y que por eso yo le caía bien, porque él sabía que yo lo deseaba, y no se equivocaba!!! Nos quedamos así como 20 ó 25 minutos más, tiempo en el cual mis manos recorrían, una y otra vez, las perfectas formas de su cuerpo. Él me acariciaba los brazos, me besaba el pecho, introduciendo mis tetillas en su boca y chupándolas de cuando en vez, lo que me provocaba gran placer. Mi pene se volvió a parar, el suyo también. Me dijo que no se la chupase más, que él se masturbaría mientras yo le acariciaba el cuerpo. Así lo hicimos, él se acostó a mi lado, masturbándose como un loco, mientras yo acariciaba y besaba sus pechos, su estómago lleno de fibras cuadradas, sus muslos, los músculos gemelos de sus pantorrillas, sus tobillos y los dedos de sus pies. Se tensó y supe que se venía, por lo que rápidamente me abalancé sobre su pecho y empecé a chuparle fuertemente una de sus tetillas, dándole pequeños mordiscos, mientras con una de mis manos le acariciaba los cuadritos del abdomen. Sabía que le gustaba mucho el chupe de sus tetillas, algo que quedó confirmado con los gemidos de placer que brotaban de sus labios. Se vino por tercera vez, jadeando y sudando. Se limpió el semen de su barriga con papel higiénico y cuando se iba a parar para vestirse le dije que era tiempo de mi tercera ronda de placer. Sonrió y me preguntó que cómo sería ahora. Le dije que muy fácil, yo me masturbaría con la derecha mientras con la izquierda le acariciaba una de sus pantorrillas, estando él de frente a mí. Le pedí que a mi señal empinara los pies repetidamente, para sentir en mis manos el accionar de sus músculos gemelos. Me dijo que estaba loco pero que lo haría. Iniciamos el juego, yo me masturbaba con una mano y con la otra le agarraba la
pantorrilla izquierda. Así estuvimos unos minutos, justo cuando él empezaba a cansarse de estar ahí, de pie, sin hacer nada, le pedí que empezara a empinarse. Me estaba viniendo. Cuando inició la empinadera y mis manos palparon el movimiento de sus músculos gemelos, duros como el acero y perfectamente divididos, me vine bestialmente.
Para ser la tercera eyaculación en menos de una hora, la cantidad de semen que brotaba de mi pene era abundante. Sentí un leve dolor en la base de mi tronco, supongo que por todo el esfuerzo. Me limpié, me puse de pie, lo agarré por la cintura y lo besé. Me correspondió. Acordamos que ya era hora de irse, para no levantar sospechas. Le dije que si por mí fuera, él se quedaría a mi lado hasta el otro día, exprimiéndonos hasta la última gota de leche que nuestros cuerpos pudieran producir. Me dijo que tampoco quería irse, que le gustaría dormir conmigo, pero no fue así, minutos más tarde David bajó las escaleras, conmigo detrás. Antes de abrir la puerta me dió otro beso apasionado, nos acariciamos fuertemente, y quedamos de vernos lo antes posible.
Desde ese día supe que lo nuestro sería duradero, apasionado. Estaba enamorado de alguien que también me amaba. No se podía pedir más.
Hasta luego,
carlos1589@yahoo.com