DESTINO
Llegué a El Cairo casi de improviso. Como siempre me
hospedé en el Nile Hilton. Hacia las 8 de la noche
bajé a dar una vuelta por el lobby y por el mall
adyacente para ver si encontraba algo. Había menos
ambiente que en años anteriores. Unos cuántos chaperos
mayores y nada fuera de lo común. Coqueteé con un gay
guapo pero que estaba con su pareja y no obstante los
intercambios de miradas y tocadas en el respectivo
paquete la cosa no pasó a mayores. Decidí acostarme
aun cuando mi tour por la ciudad y el pequeño paseo
por el hotel me confirmaron que los egipcios están
entre los hombres más guapos que se pueden encontrar.
Sus piernas largas, sus ojos de mirada dura y el color
de su piel los hace muy sexys.
Al día siguiente, luego de una jornada agotadora,
decidí bajar a tomar un trago en el bar del hotel.
Cuál sería mi sorpresa cuando me encuentro cara a cara
con Ahmed (ver relato con ese título en esta misma
lista). Estaba con lentes de contacto que aclaraban
sus lindos ojos color miel. Moreno, alto, delgado con
un cierto toque femenino casi imperceptible. Caminando
rápido como siempre. Zapatos de punta cuadrada, a la
moda. Todo un “príncipe”. Se había dejado una tenue
barba candado. Estaba todo vestido de negro, con una
casaca de cuero.
Se quedó absolutamente sorprendido. Nos sentamos a
charlar y sin salir de su asombro me dijo "Cuando
quiero encontrarme con mis amigos tengo que planearlo
con semanas de anticipación por mi trabajo (él es
policía); sin embargo contigo siempre nos encontramos.
Estás en mi destino", concluyó con oriental filosofía.
Para mí nada mejor que estar en su destino. Nos
dirigimos a mi habitación. Allí nos dimos un beso
tierno y apasionado. Su sabor era como lo recordaba.
Su lengua se movía con delicada agilidad y sus labios
finos comenzaron a buscar mis orejas para besarlas con
ternuras. Nos recostamos en la cama. Mientras mis
manos comenzaban a jugar con su miembro. Buscaba la
bragueta para liberar a su pájaro. Hasta que él dejó
de besarme y me enseñó que el cierre estaba en el
costado derecho de su pantalón. Aprovechamos para
aligerarnos de ropa.
La temperatura en la habitación estaba altísima. El
olor a deseo parecía inundarlo todo. Cerré los ojos
antes de comenzar a besar la cabeza del pene de mi
amante. Mientras sus manos recorrían ávidas mi cuerpo.
Reconocí cada vena de su verga mientras él orientaba
mi cabeza para que la mamada fuera más de acuerdo a
sus necesidades. Sentí la inevitable necesidad de
tragármela toda y haciendo un esfuerzo pudo llegar con
mis labios hasta la base de su palo.
Sintiendo mi esfuerzo Ahmed se incorporó y me dio un
tierno beso. Me recostó y comenzó él a trabajar mi
cuerpo. Sus labios recorrieron mi cuello, pasó
suavemente su lengua por mis hombros antes de besarme
las tetillas. Luego de entretuvo largamente con mi
palo y bolas lamiéndome con desesperación. Me levantó
las piernas y comenzó un intenso beso negro en el que
su lengua trataba de hacerse paso por mi estrecho ano.
Nos echamos uno al lado del otro y conversamos sobre
nuestra pasión. Pero la misma no nos dejaba en paz.
Comenzamos un 69 que terminó conmigo lamiéndole el
culo mientras él me la mamaba y con sus dedos
masajeaba mi ano. Sentí eso que en toda relación es la
química perfecta: deseo. Él me deseaba con intensidad
al igual que yo.
Como ya lo he contado antes soy pasivo muy pocas
veces. Pero era consciente de que mi joven amante
egipcio (22 años ahora) quería introducir su espada de
carne en mí. Así que, para su sorpresa, me volteé. Ví
en sus ojos esa luz cómplice y perversa. Siguió
humedeciendo mi culo con su lengua hasta que se
acomodó. Pude sentir sus piernas fuertes y con vello
corto que me abrían para dejar espacio para el
contacto íntimo. Logró meter un poco su miembro y se
dio cuenta que más sería difícil de conseguir por el
momento. Puso su pecho fuerte sobre mi espalda y
comenzó a tratar de avanzar con suavidad, mientras me
besaba el cuello. Traté de moverme para que se
sintiera cómodo pero el dolor era muy grande. El
placer también debo confesarlo pues la punta de su
pene duro parecía el lugar de intersección de su deseo
y el mío.
Esta vez me tocó a mí. El echado boca arriba había
levantado su rabo para provocarme. Mi lengua se lo
humedeció para sentir su sabor. Luego acomodé la
cabeza de mi pene entre esos líquidos y se deslizó
hacia su interior recorriendo un camino ya transitado.
Mientras nos besábamos con pasión. Hacía como dos años
que no estábamos juntos.
En eso tomé una decisión drástica. Comencé a jugar con
su pene hasta que se lo endurecí mientras él gemía con
pasión. Me deslicé hacia él y puse su cabeza en el
inicio de mi culo. Nos mirábamos a los ojos mientras
comencé a introducirme su espada de carne con gran
esfuerzo y placer. Él comenzó a mover su pelvis hacia
arriba y hacia abajo con inocultable deseo. Logré que
su miembro entrara en mí y su movimiento me hacía
sentir en un éxtasis poco común. Me quería entregar y
lo estaba logrando.
Uds. deben saber lo que se siente en ese momento.
Nos besamos largamente mientras su cabeza entraba y
salía. Él paró y me entregó su culo. Me eché encima de
él y lo penetré acompasadamente mientras en si inglés
con acento árabe pedía más y más era lo que recibía.
Decidí la entrega máxima y me puse en cuatro. El no me
penetró inmediatamente. Pasó su lengua y se dio cuenta
que un hilillo de sangre bajaba. Se preocupó y le pedí
que siguiera adelante. Que era mi regalo de “San
Valentín”. Se puso en ángulo recto hacia mí y sentí su
verga entrar limpiamente. Sus manos en mi cintura
dirigían el compás de pasión que tanto me gusta
producir y que ahora yo estaba generando en Amhed.
Luego de una culeada intensa y satisfactoria, y
dándose cuenta del dolor, se retiró. Me lamió hacia
hacer cicatrizar el pequeño corte que me había hecho,
mientras se masturbaba para no bajar su erección. Puse
mi cara delante de su pene hasta que sus espasmos
dejaron que su semen mojara mi rostro y el olor a
hombre inundara la habitación.
Se la chupé hasta limpiar la última gota de semen.
Cumplida mi tarea el se agachó para besarme
tiernamente y compartir el sabor del orgasmo.
Me eché boca arriba y comencé a masturbarme. Él, como
recordaba, puso sus labios alrededor de mi cabeza
inferior y cuando expulsé mi propio líquido se lo tomó
con fruición. Una ver terminado el último trago nos
besamos apasionadamente.
Quizás no lo vuelva a ver más pero las 4 veces que he
estado con él han sido experiencias que deseo que
todos los lectores de estas páginas puedan tener:
desear y sentirse deseado, cachar y ser cachado con
pasión.