Domingo por la tarde
Al otro lado del cristal empañado de vaho, la tarde era fría y gris, las calles húmedas y casi desiertas invitaban a quedarse en casa y dedicarse a no hacer nada que requiriera un excesivo esfuerzo, sólo esperar el aletargante paso de las horas hasta que el domingo quedara extinguido.
Tras un zumo de melocotón, me desnudé con la intención y el deseo premeditado de masturbarme, de disfrutar en la soledad lo que sólo la soledad me permitía disfrutar. Mientras despertaba a una incipiente erección, busqué en el doble fondo de la caja de herramientas una de las revistas que atesoraba en secreto, con imágenes de hombres desnudos, de hermosos hombres desnudos; mostrando con estudiada vehemencia la gozosa delicia de sus penes, erguidos a punto de estallar o lánguidamente reclinados sobre la ingle; la perfección de sus torsos, de sus espaldas, de sus muslos, la piel joven, suave, tersa, reclamando caricias; de sus nalgas apretadas, o abiertas con las manos aferradas mostrando un ano que exige ser explorado ...
Me corrí convulsamente, con precipitada urgencia por el mucho tiempo de deseo reprimido. Mi semen se escapó por entre los dedos, deslizándose entre los bucles de mi pubis y mis piernas; un poco de mi leche salpicó la cara de un chico que me miraba complacido en la página de la revista.
Inmediatamente después apareció como una especie de reproche, no era sentimiento de culpabilidad, pero sí de impotencia, de frustración... ¿Por qué tiene que ser así?
Limpié todo y escondí la revista en su lugar, luego me metí en la ducha y después de secarme decidí seguir desnudo. Con la toalla limpié el espejo del vapor y estuve un rato contemplando la imagen que de mí vi reflejada: un hombre que ya no es joven, que ya no es esbelto; el exceso de vello no me agrada y por tanto tampoco me veo atrayente. Y qué decir de mi sexo, insignificante y asustadizo. Tuve un primer impulso, vestirme y olvidarme de mis planes, pero lo rechacé inmediatamente. Tardaría mucho tiempo en volver a tener una nueva oportunidad, de disponer de ese tiempo sólo mío, de experimentar en la soledad lo que en compañía no podía satisfacer.
Tendí la toalla sobre la cama para no manchar la colcha, y me tendí sobre ella. Alcancé el teléfono de encima de la mesilla y marqué el número que tenía memorizado, por no ser la primera vez que lo pulsaba, de una línea caliente para gays. Una grabación indicaba los pasos a seguir para conectarse a la opción deseada, y durante todos aquellos preámbulos sentí que volvía a estar excitado.
- Hola... –dijo una voz al otro lado de la línea.
- Hola... –volvió a insistir la voz.
- Hola. –dije yo al fin.
- ¿Cómo te llamas?
- Alex –mentí- ¿Y tú, cómo te llamas?
- Yo me llamo Alberto. Cuéntame cómo eres, qué haces ahora.
- Soy moreno, mido un metro ochenta –mentí-, peso setenta y siete kilos...
- ¿Qué edad tienes?
- 25 años –mentí-. Dime cómo eres tú.
- Tengo 19 años, soy moreno, mido un metro ochenta y peso setenta tres kilos. Tengo dieciocho centímetros de polla y me la estoy meneando.
Silencio, escuché un jadeo al otro lado de la línea y lo acompañé con otro. Me estaba masturbando pero no quería irme demasiado pronto, quería disfrutar del momento.
- ¿Te gustaría que te lamiera los huevos?... Dime qué es lo que te gusta... –dijo la voz.
- Me gustaría que me follaras, sentir tu polla en mi culo –dije, verbalizando mis deseos, mientras introducía el dedo anular en el ano, fantaseando con que a mi lado retozaba con el propietario de aquella voz.
- ¿Te gusta que te la metan, eh?
- Sí, es lo que más me gusta.
- Siéntate encima... coge mi polla y metétela en el culo...
Quería, deseaba, necesitaba que aquella voz continuara susurrándome al oído para dar fuerza a mi imaginación, para que ésta fuera tangible, sentir la calidez de su piel, mi cuerpo con el suyo; acariciando, besando, lamiendo, chupando... Mi dedo es demasiado pequeño, nunca podrá proporcionarme lo que deseaba sentir con un pene penetrándome, abriéndose paso con fuerza una y otra vez, poseyéndome y explotando dentro de mí, vaciándose y dejando su rastro de semen...
No aguanté más y me corrí, dejando escapar un gemido de intenso placer, en el preciso momento en que levanté la vista hacia la puerta.
Mi mujer y mi hijo estaban allí. Mi hijo sonreía divertido, como seguramente sólo se puede percibir algo así desde la mirada de un niño de cinco años. Jamás podré calificar cuál era la expresión de mi mujer. ¿Por qué tiene que ser así?
Giacomo