Una dulce sumisión
Este es un relato real.
Tengo 35 años y no he salido ni saldré nunca del armario (por pura cobardía) de
lo cual me arrepentiré siempre. Mantengo una relación estable con una mujer y
soy bastante feliz. No obstante, mis fantasías sexuales (y alguna experiencia
real) han tenido casi siempre como objeto a algún chico. De mí puedo decir que
mi vida sexual ha estado marcada por mi falta de decisión para actuar según mi
naturaleza homosexual. Sin negármelo a mí mismo, he actuado siempre como
heterosexual. Las consecuencias de esto -ya os lo figurareis- han sido
desastrosas. Si algún chico joven lee esto, le daré un consejo: Por muchas dudas
que tengas, sal del armario cuanto antes, puede que sea duro al principio, pero
si no lo haces, será mucho más duro al final.
Hace unos diez años yo estudiaba en la universidad, debido a circunstancias que
ahora no hacen al caso, en mi clase, sólo había 2 personas a las que conocía.
Una de ellas había sido compañera de cursos anteriores y al otro lo conocía de
vista (me había fijado en él anteriormente porque era muy muy pero que muy
guapo) pero no teníamos nada en común, ni siquiera sabía su nombre.
Fue transcurriendo el curso y nos fuimos relacionando, nos sentábamos juntos,
intercambiábamos apuntes, tomábamos café (los tres), ese tipo de cosas. El chico
en cuestión era guapo, bueno, era casi un ángel. Alto, delgado, rubio, ojos
marrones claros, los brazos largos (como a mí me gusta) rasgos delicados y una
expresión ingenua muy atrayente. Tenía novia (y vivía con ella). Su conducta era
la de un heterosexual, por tanto yo no concebí ninguna esperanza respecto a él.
El gran número de desengaños anteriores también me condicionó mucho. Lo miraba a
hurtadillas, me acercaba a él todo lo que podía, si alguna vez podía librarme de
mi compañera para irnos los dos solos a la cafetería o la biblioteca lo hacía y
poca cosa más. Diré, como resumen, que me enamoré de él.
Pasado el tiempo me fui dando cuenta de pequeños detalles que me llamaban la
atención (lógicamente lo tenía muy observado). En primer lugar conocí a su novia
y aparte de ser bastante huraña y pueblerina, lo que más me sorprendió es que
era muy poco atractiva. No tenía nada que ver su atractivo como mujer con el de
mi ángel como hombre. Aparte de eso, otras compañeras de clase, se fijaban en él
y coqueteaban. Él no correspondía, ni siquiera en broma, tampoco hacía
comentarios cuando pasaba una tía buena (excepto si yo decía algo, lo cual hacía
con frecuencia para ver su reacción). En fin, que llegué a la conclusión de que
pese a todo, algo no me acababa de cuadrar. En una ocasión mientras ojeaba un
periódico deportivo hizo un comentario que me sorprendió mucho: había una foto
de un futbolista (Mijatovic) y dijo a media voz:
• Fíjate, què piernas tiene.
Las piernas en cuestión no tenían nada que llamara la atención, excepto su
belleza.
El curso fue transcurriendo sin novedad y llegó a su fin. Las clases terminaron
y empezaron los exámenes, nos despedimos de una manera muy rápida y un poco
forzada (él se hizo un poco el duro y yo también) pese a que cabía la
posibilidad de que no nos viéramos nunca más. Semana y media después me llamó
por teléfono a las 10 de la noche. Me preguntó si querría ir a su casa a
preparar un examen que teníamos el día siguiente. Estuve a punto de decirle que
no, ya me había hecho a la idea de que no conseguiría nada con él y además yo
llevaba el examen bien preparado y él no; me pasaría la noche explicándole en
vez de estudiar yo. Pero claro, me apetecía mucho verlo otra vez. Y le dije que
sí, llegué a su casa sobre las 11 de la noche, entré y nos pusimos a estudiar en
el comedor de su casa. Durante una media hora permanecimos casi sin hablar, él
me preguntó alguna cosa de los apuntes, yo sólo hacía que mirarlo, a veces
incluso descaradamente. Se levantó un par de veces y pude verle las piernas.
Eran las piernas mas apetecibles que había visto nunca, sin pelo (aunque no se
depilaba), blanquitas y con los músculos ligeramente marcados, deliciosas.
Continuamos estudiando hasta la una menos cuarto más o menos y durante ese
tiempo estuvimos completamente callados, yo esperaba que me acribillara a
preguntas pero no me decía nada. Después de bostezar varias veces, me ofreció un
café, y volvió un poco después con dos tazas, poniéndolas en una mesa pequeña
delante del televisor, nos sentamos y puso la tele (dijo que buscaba no sé qué
noticia de deportes). Como no la encontraba empezó a cambiar y en una de estas,
en vez de pulsar 2 en el mando, debió poner 22 y salió una película porno, la
imagen era borrosa y los actores bastante malos, ni siquiera se oía la voz. Yo
en vez de mirar la película me puse a mirarlo a él (a su pantalón para ser
exactos). Él debió percatarse y cambió de cadena a los dos o tres segundos. Me
levanté para ir al servicio (estaba pensando en hacerme una paja para estar un
poco más calmado) pero una vez dentro me arrepentí, me daba vergüenza que de
algún modo se diera cuenta de lo que estaba haciendo y salí sin hacer nada. Al
salir vi que había vuelto a poner la porno, volví al sofá (aunque ya me había
acabado el café) y me senté sin hacer nada más, èl tenía una media erección -o
eso parecía- y yo ya la tenía entera, enterísima. Con mucha suavidad se acarició
un poco la entrepierna, hasta que la erección se convirtió en inequívoca. Yo,
sólo de verlo así ya estaba echando líquido preseminal, pero al mismo tiempo
estaba del todo paralizado. De repente se giró, me miró y me dijo mientras se
sobaba el rabo:
• Joder, cómo me he puesto con la peliculita. ¿Tú no?
Yo me hice el despistado, dudé entre hacerle un gesto para decirle que sí o
decirle algo pero no fui capaz, pasaron dos o tres segundos y no hice nada, bajó
la vista a mi paquete y me dijo:
• No hace falta que digas nada, ya veo que sí. Me voy a hacer una paja.
Lo dijo así, tan tranquilo, como si hubiera dicho: qué calor hace.
Y con gesto muy rápido sacó un paquete de pañuelos de un cajón de la mesa, cogió
uno, lo extendió y se lo puso sobre el pubis, después me miró, sacó otro y me lo
dio a mí. Yo aún no había abierto la boca. Tras esto se puso a cascársela sin
ningún recato, como si estuviera solo. Yo por mi parte, estaba completamente
desconcertado, pero me la saqué y empecé a pelármela. No llevaría ni diez
sacudidas y empecé a correrme como si no hubiera eyaculado en toda mi vida.
Incluso no pude evitar gemir bastante alto. Empecé a fijarme en su polla, no era
muy gorda, pero sí larga, me quedé hipnotizado, no podía dejar de mirársela, ni
tampoco su abdomen, delgado y con los músculos un poco mercados, sin pelo fuera
del pubis y ese color de piel, tan blanquito.... Hacía 30 segundos que me había
corrido y ya estaba empalmado otra vez. Él se me quedó mirando, y con toda
naturalidad me preguntó:
• Tío, ¿por qué no me la haces tú y luego yo?, que veo que te has quedado con
ganas.
Me quedé helado y me puse a sudar todo al mismo tiempo. Me acerqué con una
timidez ridícula, alargué mi mano hacia su polla con una lentitud casi de
chiste, cuando tenía la mano a un palmo más o menos de su polla, él, con un
gesto enérgico me la acercó diciendo con aire impaciente y exigente a la vez:
• Va tío, joder.
Cerré los ojos extasiado mientras se la meneaba, lo hacía despacio porque no
quería que se acabara nunca y sin apretar mucho, como si me quemara la mano al
cogérsela. A la cuarta o quinta frotadita, alargó su mano derecha, me cogió con
suavidad del cuello y yo pensando que era una caricia intenté hacer lo mismo,
pero empezó a hacer fuerza hacia abajo. Me estaba acercando la cara a su polla.
Yo -claro está- seguí el gesto como él me lo marcaba y empecé a chupársela. Me
cogió la cabeza con las dos manos y empezó a marcarme el ritmo. Él estaba muy
excitado, me soltó la cabeza y se echó hacia atrás en el sofá. Gemía primero
débilmente, luego fue subiendo de tono, hasta que por la intensidad de sus
gemidos supe que iba a correrse. Se corrió abundantemente dejándome la boca
llena, era mi primera vez y nunca pensé que podría gustarme tanto que un tío se
me corriera en la boca.
Se reincorporó diciéndome:
- Uff, qué guay, ven.
Me la cogió y empezó a hacerme una paja, se notaba que lo hacía por compromiso y
que no estaba demasiado cómodo, a pesar de eso, éste ha sido, hasta la fecha,
uno de los momentos más dulces de mi vida. Yo me movía como un poseso y me corrí
rápidamente lanzando parte del semen a la mesa que teníamos enfrente. Sin ser
aún capaz de hablar, me quedé quieto, todavía temblaba de excitación y respiraba
con dificultad. Se levantó, y se fue con el pañuelito en la mano y mientras
salía me dijo:
- Limpia eso bien.
Lo que había pasado recuerda a maniobras típicas que muchos hemos hecho en plena
adolescencia, pero no con 25 años (él tenía 21 o 22). Yo no terminaba de
asimilar lo que había ocurrido. Un chico más guapo que un modelo de Calvin Klein
me llama a su casa y tenemos un pequeño revolcón. La plenitud y la alegría que
sentí en ese momento, no los habría cambiado por nada de todo lo que hay en este
mundo.
Después de todo lo que he contado antes, volvimos a sentarnos en la mesa, yo
sólo era capaz de mirarlo, si nos hubiéramos sentado en el sofá otra vez, me
habría abalanzado sobre él sin remedio. Pero el miedo a romper ese momento -que
para mí era mágico- pudo más que el deseo. Me miró con una sonrisa socarrona -se
daba cuenta que me tenía bajo su control- y me preguntó:
- Qué, ¿aprobaremos el examen o qué?. Yo le contesté:
• No, no creo, bueno no sé, no creo que lo pongan muy difícil... no, no sé...
Aún no sé cómo, me levanté de la silla -con la sensación de que me había salido
de mi cuerpo- y me puse de rodillas delante de él, lo miré con ojos implorantes
y apoyé mi mejilla derecha en su muslo desnudo cerrando los ojos. Él me acarició
levemente la cabeza y no dijo nada.
Esa noche volvió a pedirme casi sin palabras que se la chupara (dos veces). La
primera vez se levantó de repente, vino hacia mí, se me puso delante y se la
sacó (ya tiesa), yo se la mamé con todo el gusto del mundo, mientras le ponía
las manos en el culete, acariciando aquella piel suave que me volvía loco. La
segunda vez simplemente me hizo un gesto, se bajó los pantalones y se quedó
sentado en la silla, yo me puse de rodillas y volví a darle todo el placer que
pude. Cuando acabó la tercera mamada, me dijo que tenía sueño y que sería mejor
que nos fuéramos a dormir. Yo hubiese querido quedarme, pero era completamente
incapaz de contrariarlo en nada, le obedecí y me marché. Al salir de su casa
sentía una felicidad tal que hubiera podido ponerme a levitar allí mismo. Se me
hizo de día en el banco de un parque, respirando a pleno pulmón mientras
rememoraba paso a paso lo que había pasado. Amaneció, y cuando el sol ya se me
hizo insoportable, me fui a dormir y al despertar, estuve durante unos minutos
convencido de que lo que había pasado era un sueño, sólo un sueño. Cuando
comprendí que había sido verdad, me entró una ansiedad terrible pensando en que
no lo vería más.
Eran más de las 11 (el examen era a las 9:30) pensé en ir (sólo por verlo,
porque el examen me daba igual). Me levanté de la cama y estuve toda la mañana
tirado en un sillón, reviviendo una y otra vez lo que había pasado (me masturbé
un par de veces) y después de comer, conseguí relajarme y me dormí.
Sonó el teléfono, el corazón me estallaba en el pecho, descolgué, era él.
• No has ido al examen -me dijo con toda tranquilidad- Yo creo que he
suspendido, ¿me dejarás tus apuntes?. Incluso alguna clase me podías dar ¿no?
• Sí, sí claro -dije yo- puedo ir hoy.
• No, hoy no, no me viene bien. Mejor vente pasado mañana, a las diez más o
menos.
Hasta que llegó el día de volver a su casa, no dormí, no comí, no viví. No podía
hacer otra cosa que pensar en él. Me presenté en su casa a la hora en punto,
llamé a la puerta y me abrió su novia. Me entraron ganas de matarla, ¿qué coño
hacía allí?. Le pregunté por él y me dijo que estaba durmiendo, que iría a
despertarlo. A los cinco minutos salió en ropa interior, despeinado y casi sin
abrir los ojos, yo no pude ponerme de pie, la tenía más tiesa que un leño. Antes
de que dijera nada, entró su novia, miró los slips que llevaba puestos y le
recriminó con una mirada que hubiera salido así. Después le dijo:
• Acuérdate de lo que te he dicho, me voy, luego vendré.
• Hummmm, siii -contestó él sin mirarla.
Después, un portazo y el silencio. Se puso de pie, se rascó la entrepierna. Los
slips se le ajustaban al paquete y era torturante estar allí y no poder
tocárselo, pero no podía, no me atrevía.
- Ven, voy a ducharme.
Fui detrás de él hasta el aseo, se bajó los calzoncillos y pude verle la polla
en reposo: la tenía medianita, tersa, parecía suave y con la piel recubriendo la
punta. Los huevos redonditos (no descolgados como un pellejo) y casi sin pelos,
perfectamente en consonancia con la belleza de su cuerpo. Parecía el David de
Miguel Ángel. Se metió en la ducha, abrió el grifo y empezó a ducharse, con
mucha parsimonia y deteniéndose más de lo normal en el paquete y en el culo. Yo
lo oía hablar y le contestaba con monosílabos pero sólo lo miraba, él disfrutaba
de eso, de tenerme bajo su control, de saber que me excitaba mucho y a pesar de
eso, no hacía nada más que lo que él me decía.
Acabó de ducharse y salimos al comedor de nuestras andanzas, él se paseaba
desnudo, se movía despacio dándome oportunidad de verlo desde todos los ángulos
posibles. Yo hasta temblaba de excitación. Se me acercó y me empezó a sobar el
paquete. Riéndose me decía:
- Siempre la tienes dura ¿eh?
Me desató el cordón del pantalón corto que llevaba y me lo bajó. Allí estaba mi
polla, dura como una piedra, me empujó hacia el sofá y me puso boca abajo,
empezó a sobarme el culo y se puso encima de mí, intentó metérmela, pero no
pudo, yo no estaba en la posición adecuada (ni siquiera me había quitado las
zapatillas ni el pantalón). Me dijo que me levantara y que me quitara todo, yo
me apoyé en la mesa (ya desnudo) preparándome para lo que venía, se acercó y
empezó a intentar meterla, yo estaba tan nervioso que no relajaba el culo y
además no habíamos lubricado nada. Tras varios intentos, se marchó y volvió con
una botella de crema, se la empezó a poner en la mano derecha, se sentó en el
sofá y con un gesto me pidió que me pusiera boca abajo y encima de él. Noté el
frío de la crema en el agujero y cómo algo empezaba a entrar (luego vi que era
una funda metálica de puro). Aquí sí relajé bien y aquello entraba y salía de
maravilla, aunque a mí lo que más me gustaba era estar echado sobre sus muslos
suaves. El placer era muy intenso, empecé a mover el culo al ritmo de sus
movimientos. Llevaríamos unos cinco minutos cuando me pidió que me incorporara,
él se levantó y se puso detrás. Me puso la polla en el agujero y empezó a
metérmela, entró con mucha suavidad. Era la primera vez que en mi culo entraba
una polla y fue enloquecedoramente placentero (a pesar de que me dolía un poco).
Me faltaba el aire. Quería darle tanto placer como fuera posible. Al principio
la metía y sacaba con suavidad, pero empezó a ir más aprisa y me hacía daño, yo
no quería decir nada para no cortarle el rollo, pero hubo un momento en que era
casi insoportable y le dije con un hilillo de voz:
• Métela más despacio, que me duele mucho.
• Ya, ya, ya -me contestó.
Siguió un minuto más y se corrió dentro de mí sin aflojar ni un poco. La sacó y
se sentó a mi lado, en el sofá y mientras se limpiaba me dijo:
- Qué putada que esto no lo puedas hacer con las tías.
Miró de reojo mi erección y se acercó a mí hasta pegar su torso al mío y empezó
a hacerme una paja suavecito y con mimo, lamentablemente no duró mucho, excitado
como estaba por la enculada me corrí muy rápido. Yo gozaba mucho cuando estaba
con él, me excitaba de una manera salvaje, no podía controlarme, pero hubiera
cambiado alguno de aquellos momentos por poder abrazarme a él, besarlo,
acariciarlo o por un simple gesto de ternura por su parte.
Lejos de eso volvió a la carga, apareció con un librito (se llamaba el goce de
amar) y me leyó una cosa llamada masturbación lenta. El asunto consistía en atar
a un tío y empezar a hacerle una paja, parando cuando fuera a correrse con la
intención de retrasar lo máximo posible la corrida. Dicho y hecho, me sentó en
una silla y me ató con un cinturón del albornoz las manos detrás. Se puso frente
a mí y me puso el culo pegado a la cara. Yo, inocentemente, empecé a besarle las
nalgas, pero lo que él quería era otra cosa. Se puso a maniobrar hasta que me
puso el agujero más o menos a la altura de la boca. No fue agradable, aquello no
me gustaba, pero sus deseos eran mi prioridad. Hice lo que pude -a él parecía
gustarle mucho- hasta que se giró y me hizo bajar un poco la cabeza para que se
la chupara. Pensé que no pararía hasta correrse pero paró antes y empezó a
acariciármela a mí, sólo acariciármela, despacio. Bajaba hasta los huevos, los
recogía en su mano y luego con suavidad me recorría la polla entera. Me puso a
mil, pero no me estimulaba lo suficiente para correrme. Estuvo un poco así, y
volvió a metermela en la boca. Volvió a cambiar y siguió conmigo, esta vez sí me
la meneaba con suavidad, cuando estaba cercano a correrme, me la cogió por la
base con dos dedos y apretó hasta hacerme daño. Me dio dos chimos en los huevos
y consiguió pararme.
Y otra vez me puso el culo en la cara, esta vez fue mas claro:
- Me tienes que meter la lengua -me dijo.
Yo lo hice así, me dio una arcada, pero conseguí dominarme y lo volví a
intentar. Aunque antes había estado en silencio, ahora empezó a gemir y a
decirme:
- Así, así, más adentro, bien, sí, sí...
Aquello me estimuló, me encantaba darle tanto placer. Me apliqué todo lo que
pude y se lo pasó muy bien. Después de unos minutos así, volvió a girar y me la
metió otra vez en la boca. Se corrió enseguida. Se marchó -creo que a la cocina-
sin mucha prisa y al volver se sentó a mi lado. Se puso de nuevo a acariciármela
con dos dedos, se mojó un par de veces con saliva y siguió. Aquello era muy
placentero. El corazón me latía al máximo, me mordía los labios hasta hacerme
daño y me marqué el cinturón con el que estaba atado en las muñecas. Era un
placer enloquecedor. Pensé que como él ya había acabado me dejaría correrme a
mí, pero me equivocaba. Hubo un momento en que casi me corrí, al darse cuenta me
apretó los huevos con fuerza y me volvió a hacer la pinza en la base de la
polla. Yo le rogaba que me dejara acabar, pero él por toda respuesta se recostó
en el sofá, sin hacer nada. Dejó que se me bajara la erección y continuó como
antes, hasta que me volvió a poner cardiaco y otra vez me impidió la corrida. Yo
no podía más. El juego me gustaba al principio pero ya me dolían los huevos,
estaba al límite de mi resistencia y me puse a pedirle que por favor me
desatara. Se me quedó mirando y con mucha frialdad cogió mis calzoncillos del
suelo y me los metió en la boca. Encendió la tele. Yo desistí. Al poco volvió a
empezar, primero me acarició y luego acercó su boca a mi polla, cerré los ojos
pensando que me la iba a mamar, pero en vez de eso me descargó un salivazo y con
esta lubricación se centró en la punta. Muy despacito la recorría con mucha
dulzura y cuando ya estaba a tope, paró, se levantó y me desató.
- Venga, córrete.
Con la mano dormida por estar atado tanto rato, me la pelé hasta correrme.
Después de acabar, se me saltaron las lágrimas. Estaba muy dolido, me levanté de
la silla y cuando iba a decirle algo muy feo, me cogió del hombro, me llevó con
él al sofá y me puso la cabeza en su hombro.
• Venga, no te enfades, es un juego. No te lo has pasado tan mal ¿no?.
Aquello me desinfló el cabreo del todo, me quedé allí, abrazándolo. Nuevamente
era su esclavo. Mientras estaba allí, pensé que ni en cien años tendría un
momento de entereza para llevarle la contraria. ¡Qué sumisión más placentera¡.
Cerré los ojos y me relajé. Casí me dormí. Sonó el timbre de la puerta, se
levantó y fue hacia el telefonillo, era la asquerosa de su novia y quería que
bajara a ayudarle con unas bolsas.
Me dijo que me fuera, que ya me llamaría. Tuve que subir al piso de arriba hasta
que ella entró en el piso y después salí del edificio.
Tras esta segunda experiencia, pasaron muchas cosas por mi cabeza. Aparte de lo
mucho que me excitaba, no acababa de comprender "de qué iba él". Evidentemente
le gustaban los tíos, pero sólo para hacer cosas que no se atrevía a pedirle a
su novia. Entendí entonces que no podía ni siquiera soñar con tener una relación
"normal" con él, aunque fuera a escondidas. Tuve la certeza de que todo aquello
me acabaría haciendo daño, pero no era capaz de cortarlo. Estar con él (incluso
cuando me lo hacía pasar mal) me excitaba como a un animal. Yo jamás había
tenido fantasías masoquistas pero incluso eso empezaba a gustarme, cualquier
cosa -buena o mala- que viniera de él, se convertía para mí en el centro de mi
existencia.
Tardó semana y media en llamarme (yo no podía llamarlo porque él no tenía
teléfono y no me atrevía a ir a su casa). Con su frialdad habitual me pidió que
pasará por su casa ese mismo día. Acudí tan rápido como pude con el corazón
desbocado. Esta vez no se anduvo por las ramas ni puso excusas de apuntes o
exámenes. Me hizo pasar y me pidió que me sentara un momento. Intuía que
haríamos algo poco convencional. A los pocos minutos me llamó desde su
habitación. Me dijo que le gustaban mucho los juegos con alguien atado y que no
tuviera miedo que me lo iba a pasar muy bien. Debería haberle dicho algo pero...
no pude. Hizo que me tumbara boca abajo en su cama y me ató las manos al cabezal
(esta vez con una cuerda). Cuando ya estaba atado me puso dos almohadones debajo
de la tripa de manera que quedaba con el culo completamente abierto. Oí cómo se
aproximaba -por mi posición no podía verlo- y noté cómo subía a la cama y se
ponía detrás. Me metió un dedo. Un estremecimiento de placer recorrió todo mi
cuerpo, se me pusieron los pelos de punta. Metía y sacaba el dedo con mucha
suavidad, yo gemía y me movía al ritmo, fue maravilloso, si hubiera durado un
poco más me habría corrido. Se puso delante de mí y me la metió en la boca. Me
dijo que se la ensalivara bien para que así me la pudiera meter sin hacerme
mucho daño. Así lo hice. Y me la metió. Aunque la lubricación no era suficiente
me moría de gusto, él iba a su ritmo, procurándose su propio placer. La metía
casi hasta el fondo, un poco más lento que la vez anterior, la baba se me salía
de la boca sin poderlo evitar. Pensar en lo que lo estaba haciendo disfrutar -a
él- era lo que más me excitaba. En un momento dado me dijo que tenía que
quejarme como si me doliera mucho y pedir por favor que parara. Yo así lo hice
-sin mucha convicción porque me estaba muriendo de gusto- y al minuto se corrió
muy ruidosamente.
Se tendió a mi lado -yo seguía atado- y se durmió, incluso llegó a roncar con
suavidad. Empecé a llamarlo hasta que se despertó, con la esperanza de que me
desatara, y lo hizo, pero sólo para cambiar de posición. Me puso boca arriba, me
volvió a atar y se sentó encima de mi cara. Me pidió que le comiera el culo, que
el otro día le había gustado mucho. Yo protesté con suavidad, le dije que no me
gustaba hacer eso y que yo también quería hacer cosas. El me miró con una
sonrisa de las que derriten un iceberg y me aseguró que en cuanto acabáramos lo
que íbamos a hacer, me tocaría a mí. No pude negarme. Mi efebo tenía un cuerpo
celestial pero sus hábitos higiénicos no estaban a la altura. Os ahorraré los
detalles, pero comerle el culo -que no me gustaba- se hizo aún más desagradable
por falta de una ducha. Se abrió el culo en mi cara y se apoyó en mi boca, yo
intentaba usar sólo los labios y así tener la boca cerrada, pero claro, no le
gustaba y me exigió que usara la lengua y se la metiera tan adentro como
pudiera. Se lo pasaba muy bien. Una vez bajó demasiado el culo impidiéndome la
respiración, supongo que no lo hizo adrede pero al darse cuenta de lo que pasaba
lo repitió varias veces. Yo como siempre obedecía en todo y a pesar de que no
sólo buscaba su placer sin pensar para nada en mí, sino que también se ocupaba
de hacerme sufrir, veía con más claridad cada vez que estaba completamente en
sus manos. Siguió hasta correrse en mi cara, lo cual tampoco me gusta nada y se
tumbó de nuevo a mi lado un momento y después me desató, fui a limpiarme y volví
a la habitación temiendo su siguiente ocurrencia.
Volvió a atarme boca arriba y me cogió la polla, pero en vez de meneármela se
quedó quieto, yo estaba desconcertado e instintivamente me moví un poco. El me
dijo:
- Venga, sigue.
Y me hice una paja con su mano, aunque era difícil por la posición y además él
me lo dificultaba un poco. Cuando acabé, me desató y me dijo que ya quedaríamos
otro día.
Esa fue mi despedida, jamás me llamó ni volví a hablar con él. Pasé una época
bastante mala hasta que conseguí superarlo. O eso creí yo, que lo había superado
porque a raíz de aquello decidí (¡¡¡ qué estúpido!!!) que iba a ser hetero y que
nunca mantendría una relación homosexual. Pienso muchas veces cómo hubiera sido
mi vida si aquella experiencia hubiese sido feliz. Pero ahora ya es tarde, tengo
que pagar el precio de mi cobardía. He dicho antes que no volví a hablar con él,
aunque sí lo volví a ver. Fue un par de años después de aquello, yo iba
circulando con el coche y él iba a cruzar la calle, sentí la tentación de parar,
pero me daba miedo volver a sufrir por él. Aquella etapa estaba ya cerrada para
siempre. Aunque tengo que reconocer que si hubiera sido él el que me hubiese
pedido algo, habría ido como un perrillo faldero.
Espero que os haya gustado el relato. Si queréis comentarme algo, cualquier
cosa, escribidme a mi dirección:
pestino@wanadoo.es
Un abrazo a todos.
© Teenlover.net