En edad de merecer
Por Jesús Meza León

¿Quieren que les dé un buen consejo? Estudien, estudien por lo que más quieran, para que no les pase lo que a mí, que por no querer ir a la universidad, mi padre, aunque es un hombre pudiente, me refundió en su rancho en la Sierra de Tabasco para que trabajara y 'me hiciera hombre', finca platanera de donde pienso escaparme a la primera oportunidad que tenga, burlando la vigilancia de Hanz, su administrador y mi verdugo. Pero escuchen mi triste historia. Tenía 20 años recién cumpliditos y, como a cada rato me expulsaban de la escuela, mi jefe decidió llevarme a su finca, bastante lejos de mi Villahermosa natal, para que le ayudara en la oficina. El día que llegué, según yo muy junior y sacalepunta, feliz de haber dejado por fin los estudios que tanto detestaba, me presentaron al que sería mi jefe, el tal Hanz que les he referido, un criollo de alemanes de 35 años de edad que tiene ya bastante de trabajar para mi padre en aquellas selvas de las montañas, donde la flema de su sangre aria ha renacido con fuerza y se evidencia por el trato tan inhumano con que trata a los peones, pobres indígenas de la región que lo obedecen en todo, temerosos de su carácter, lo que me hizo comprender que hay ciertas regiones de México donde el porfiriato y su sistema de haciendas no ha cambiado nada desde el siglo XIX.

Desde la tarde de mi arribo, el tal Hanz, sin que mi padre lo oyera, comentó como para sí mismo pero de forma que lo escuchara: 

- ¡Mira nada más Hanzito, qué bombón te trajo el patrón!

Luego, cuando me fue presentado, me cayeron en la punta las recomendaciones bajo las que me pusieron a sus órdenes: 

- Ahí te lo encargo Hanz, que este flojonazo por fin va a saber lo que es sobarse el lomo para ganarse el sustento. Haz de él un hombrecito y no le tengas ninguna consideración.

A los dos días mi jefe, tras haberme instruido en los libros de contabilidad, los archivos y las listas de inventarios, así como el control de la báscula que serían todas mis obligaciones en la finca según yo, regresó a Villahermosa. La casa aquí es una construcción pequeña donde nos hospedábamos toda mi familia cuando vivía mi madre y mis hermanos cuando éramos chicos, pasando las vacaciones cazando por la selva y nadando felices en el río. Sin embargo ahora, como las bodegas eran insuficientes, se las ha acondicionado también para guardar los aperos del campo, parte del producto y las oficinas propiamente dichas, que lo son sólo un cuarto de la planta baja adyacente a la báscula y que no cuenta siquiera con un ventilador. En estas 'oficinas', en un rincón y divididas apenas por un muro de triplay, está la hamaca de Hanz bajo mosquitero, y frente a la suya fue acondicionada la mía, sin mayor intimidad. Debo de aclarar antes que nada que el tal Hanz a primera vista no está nada mal, pues tiene buen cuerpo y se cubre el rubio cabello con un paliacate y la cara con una visera, según él para no arrugarse prematuramente el rostro con aquél sol de los mil infiernos de Tabasco, mas basta sólo tratarlo unos minutos para darse cuenta que su química es bastante mala onda y que al único que vi tratar con relativo respeto siempre fue a mi padre, y eso porque 'El Patrón' es quizá de peor carácter que 'El Nazi', como le llamaban en secreto los peones. Al día siguiente de que se fue el autor de mis días, el rubio la agarró contra mí, regañándome en todo y por todo. Luego, para la cena, tomó un pan dulce y sopeándolo en su café me miraba relamiéndose y exclamó: 

- ¡Mhhh, qué rico bizcochito me voy a comer de ahora en adelante!

Quise pararle el alto desde un principio y le contesté: 

- ¿Sí?, pues éste bizcochito no se hizo para la boca de los serranos patarrajadas como tú.

Él fingió indiferencia, pero a mí me salió cola, porque desde entonces para todo me llamaba 'Bizcochito', por lo que yo, creyendo ofenderlo, le decía 'Nazi', haciendo público su apodo, mismo que por el contrario descubrí que lo enorgullecía. A partir de entonces mi vida se convirtió en un calvario: me pasaba toda la mañana trabajando en lo que él se iba a inspeccionar la finca a caballo, actividad que como todas las suyas hacía frecuentemente desnudo. No era nada limpio, limitándose por las mañanas a pasarse un trapo mojado por el cuerpo y así duraba semanas y semanas; luego regresaba y se metía a la oficina a comer sobre la mesa que me servía de escritorio, dejándola toda sucia, por lo que yo tenía ya que tenerla libre de documentos. Todas las comidas nos las preparaban las indias de una comunidad cercana, mismas que traían también el itacate para sus maridos y hermanos; entonces le propuse contratar a una para que hiciera el aseo y me contestó que para eso estaba yo, así que además de barrer el local, también tenía que lavar los platos, su ropa y hasta bañarle y prepararle el caballo. Por las tardes se tiraba a dormir la siesta en una hamaca del porche, hora que yo aprovechaba para irme a dar un baño al cercano río, único momento del día que disfrutaba de descanso, pues por el resto de la tarde él regresaba a los campos y yo tenía que atender el pesaje de los guineos y cada dos días la carga de los camiones que venían para llevarse la fruta, habiendo ocasiones en que hasta de cargador tuve que hacerla cuando no me facilitaba personal para ello. Mi alimentación afortunadamente era buena debido a los platillos especiales que les encargaba a las indígenas sin que el alemán se diera cuenta y gracias a ello y a mi juventud, pronto comencé a desarrollarme más musculoso aún de lo que ya lo era por el rudo ejercicio. El Nazi, al verme desnudarme por las noches, me decía.

- Si tú quisieras, mi bizcochito, podrías llevar una vida más relajada, que ya estás en edad de merecer; sólo es cosa de que te decidas.

Y se agarraba la verga. Luego por las noches lo veía masturbándose descaradamente y al día siguiente, al hacer el aseo, tenía que limpiar sus manchones de semen en muros y piso. Una tarde, después de la comida, me siguió al río sin que me diera cuenta y cuando más despreocupado estaba enjabonándome me abrazó por la espalda y me jaló a la orilla, me tiró sobre la hierba y por primera vez, en forma por demás salvaje, me hizo suyo, sabiendo que nadie nos vería y que en el remoto caso incluso de que alguno de los peones hubiera escuchado mis gritos de auxilio al ser violado, nadie se hubiera atrevido a intervenir para defenderme. Lo peor del caso es que a los dos días fue mi padre en visita de inspección y no me atreví a decirle nada. Aquello, lo comprendo ahora, fue lo peor que pude haber hecho, porque desde entonces Hanz me obligó a recibirlo siempre tan desnudo como él a la hora de la comida y luego por las noches se pasaba a mi hamaca, me poseía y se regresaba a la suya para roncar escandalosamente, como acostumbra. Desde entonces, al menos, dejé de limpiar las manchas de semen de muros y piso. Mas si antes no se había atrevido a ponerme la mano encima, ahora por cualquier motivo me golpeaba, aunque siempre, claro, sin que se dieran cuenta los peones. Lo peor fue que mientas más pronto esperaba que se cansara de mí sexualmente, más parecía excitarlo, porque luego no sólo era por las noches, sino que en cualquier momento regresaba y se enojaba si me encontraba vestido, golpeándome con su fuete para proceder a cogerme ya fuera sobre el escritorio, recargado en el marco de las puertas, en el río o en cualquier lugar donde su nunca satisfecha líbido se lo exigía. Yo estaba harto, jamás me cicatrizaba el ano, pues además de hacerlo con verdadera saña, frecuentemente me introducía también varios dedos y todo por el simple placer de verme sufrir, lo que creo lo excitaba sobremanera aumentando su sadismo. Un día llevó incluso a un jovencito de raza negra al que me presentó como mi 'novio', mismo al que obligó desde entonces a que también me penetrara y todo porque el niño de apenas unos 16 años de edad tenía un miembro descomunal que Hanz gozaba viendo cómo me lo introducía, para a continuación cogerme también, si bien a él jamás vi que lo poseyera como a mí. El colmo fue cuando lo que hacía a escondidas, comenzó a saberse en toda la comarca, pues me poseía delante de los indios y en alguna ocasión hasta delante de las indias que llevaban la comida, las cuales huyeron despavoridas con el espectáculo. Un día llegó cuando estaban unos chóferes que llevaban la fruta hasta Villahermosa y les dijo que si querían me podían coger, y como aquellos hombres con los que yo llevaba buena amistad no le creyeron, frente a ellos me bajó los shorts y recargándome sobre las defensas de uno de los camiones me la metió por un buen rato hasta que se vino. Obviamente aquellos hombres, aunque miraban extasiados y con ganas de imitarle, no se atrevieron, y yo sólo atiné a esconderme en la oficina subiéndome los pantalones en lo que alcancé a escuchar que les decía: 

- No se fijen, que no le dirá nada al patrón, que él sabe todo y me lo dejó de mi mampito particular, así que ya saben amigos, échenselo siempre que vengan.

Desde entonces ya nadie me volvió a ver con respeto, ni indios ni mestizos, y aunque los camioneros aquellos jamás se atrevieron a tocarme, sí me hacían objeto de sus bromas obscenas, por lo que ahora, como les decía al principio de mi relato, sólo espero agenciarme algo del dinero de las pagas para huir lo más lejos posible de estas montañas y tratar de rehacer mi vida en alguna otra parte, lejos de Hanz, de mi padre y del recuerdo de este infierno que alguna vez, en mi infancia, creí un paraíso.