Eddy, mi amor

Con Eddy la primera vez fue por amor. Después probamos todas las formas del puro placer y luego nos volvimos unos obsesos.

Ese primer día yo ni siquiera me creía gay. Era entrenador en la escuela de Eddy. También era profesor de español, materia con la que él tenía problemas. A los 16 años a nadie le gusta leer, y menos a los deportistas. Después de los partidos de futbol, en lo que Eddy destacaba, me visitaba en mi pequeña oficina en el gimnasio y allí yo le ayudaba con español. Era muy simpático. Tenía una carita de angelito travieso con sus ojos azules y su cabello rubio. También era muy juguetón. Mientras yo le explicaba un texto en la computadora, él apoyaba la cabeza aun sudorosa en mi hombro o me pasaba el brazo por el cuello, lo que al principio me puso incómodo y luego me pareció gracioso.

Los martes los chicos venían con el uniforme completo: pants, camiseta y chamarra, pero los jueves usaban shorts, como yo. Esos días Eddy era incontrolable. No se concentraba. Se apoyaba en mi hombro y soltaba risitas encantadoras. Me miraba con deleite y más tarde noté que se acomodaba la verga con frecuencia. Así supe que a Eddy yo le inspiraba sentimientos confusos. Me imaginé que me veía como un sustituto de padre, un padre de 25 años, y que el muchacho no sabía separar el cariño del deseo sexual. En el fondo me sentí halagado. Hasta le permití acercarse más y rozar sus piernas con las mías. No pensé. Decía que le gustaba sentir los vellitos de mis piernas y no me pareció mal. No sé. Tal vez me estaba preparando para el descubrimiento de después.

Un día, al saber que a él también le gustaba pasear por el campo, lo invité a ir conmigo a un lugar que yo conocía. “¿Vas a ir de shorts?”, me preguntó. Un poco sorprendido, le contesté “claro”. “Ponte los de mezclilla”, me ordenó. “Si señor”. Eran unos shorts que me había hecho cortando unos jeans rotos y que a veces me atrevía a llevar a la escuela yo creo que porque sabía que me veía muy bien con ellos.

Eddy salió a recibirme con unos shorts blancos de futbolista de los setentas con franjas azules y corte triangular en las piernas y una camiseta azul apretadita. Le sonreí cuando se subió al coche. “Vámonos campeón”, le dije con cariño. Eddy no sonreía. Iba tenso. Entonces me empezó a contar de su papá, que siempre lo estaba regañando. La noche anterior el papá había llegado medio borracho y le había dicho “pinche putito” tratando de golpearlo. Ya estábamos en el campo y lejos del coche, junto al arroyo, cuando Eddy llegó a esta parte de la historia. Nos detuvimos. Yo lo miré con los ojos llenos de compasión.

Eddy se echó a llorar sin control. Lo abracé y lo apreté contra mi pecho mientras pasaban los sollozos. Se calmó un poco y sentí su mano acariciarme la espalda. “Eddy, Eddy, no llores”, le decía yo. Luego le dije: “no llores chiquito” y le empecé a acariciar el cabello. Entonces lo noté. Mi verga no cabía en mis shorts. Eddy se pegaba a mi cuerpo y me apretaba. Sentí su cuerpo contra el mío, mi extraña excitación y la suya, porque ahora gemía un poco. “Eddy”, dije casi sin aliento. Le levanté la cara. Eddy tenía los ojos entrecerrados y los labios rojos separados. Respiraba con fuerza. Tenía el rostro encendido y húmedo por haber llorado. Sentí una brisa cálida y el roce de los juncos en las piernas desnudas. En la espalda la mano de Eddy, que se había metido debajo de mi camiseta. “Eddy”, dije sujetándole la carita por la barbilla. Me moría de ganas de besarlo para consolarlo. Acerqué mis labios. “Ya no llores… mi amor”. Y los apoyé contra los suyos. Su lengua entró en mi boca, se entrelazó con la mía. Yo sólo quería consolarlo y pensé que lo mejor era darle lo que él más deseaba de mí. Lo estreché fuerte mientras lo besaba despacio y dejando que él llevara el mando. Su lengua en mi boca me hizo estremecer. Sentí mi dolorosa erección en los shorts demasiado estrechos para una verga a punto de explotar.

Mientras lo besaba y le decía palabras de amor como a una chica, le quité la camiseta. Su torso delgado estaba ardiente. Era tan hermoso, nunca me había fijado. Sus shorts cortitos le enmarcaban las nalgas y el paquete de una manera deliciosa. Él me sacó la camiseta casi con violencia, se puso de rodillas y me abrió los shorts muy despacito. “Ay, Eddy, mi amor”, gemí cuando él me sacó la verga y empezó a besarla y a lamerla. Lo dejé seguir un rato. Su lengua ardía en mi miembro. Era como un sueño. Me sentía tan feliz de poderlo consolar. Luego él solito se quitó los shorts y se apoyó en una roca, levantando las nalgas. Me acerqué ya desnudo y muy despacio lo abracé por detrás, frotando la cara en su espalda blanca y correosa. Luego lo fui penetrando sin poder dejar de decir su nombre. Él también decía el mío ahora. Cuando estuve adentro de él, sólo se puso a gemir y a acariciarme. Se vino casi instantáneamente y con fuertes gemidos. La mano con la que lo abrazaba se me llenó de semen ardiente. Eso me excitó más y me vine dentro de él mientras mi corazón se llenaba de mi hermoso Eddy. “Te amo”, le decía insensatamente, “te amo Eddy”. “Mi amor”, gimió él. Nos acostamos al sol abrazados. Eddy se quedó dormido en mis brazos mientras yo contemplaba su carita que tanto me gustaba.

 

 

 

 

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