SERIE: “ELLOS COPULAN”                                                                 

 

 

EL CUADRO

 

Era un cuadro estrafalario. Un grito desgarrado de lujuria sobre un lienzo de dimensiones ciclópeas. Sus ciento cuarenta y seis metros por quince recogían, con un escrupuloso amor por el detalle, toda una vida dedicada no sólo al arte, sino también a la desmesura de la fornicación.

   Allí, en una orgía perpetua, trescientos ochenta y cuatro cuerpos mostraban la arrogancia de un sexo vivido febrilmente, en una vorágine que no cerraba su ciclo regenerador en ningún punto. El cuadro no tenía principio ni fin. Aquel asombroso laberinto de cuerpos estaba imbuido del caos moribundo sobre el que se asienta un orgasmo mil veces repetido. Entre esos cuerpos vigorosos, entre aquella maraña de músculos y grasas, de besos y mordiscos, de pollas y culos, de sudores y semen, una figura se repetía con tenaz persistencia. Era él recogido en trescientas ochenta y cuatro edades. Desde una primera, justo en la margen derecha del cuadro, al lado mismo de él en su vejez, donde un niño de apenas trece años lava su inocencia entre las carnes de un viejo que lo masturba en los lavabos de la estación de trenes de S. Cristóbal, en A Coruña. Siguiendo la vista, allí a su lado, y con una mirada entre comprensiva y lasciva, lo vemos de nuevo, ya cercano a los setenta y cuatro años, masturbando ahora él a un jovencito infante de apenas doce años, en el mismo escenario, como si en aquel punto se cerrara un ciclo para iniciar otro. Y así, sucesivamente.

   Es un cuadro extraño, casi diabólico. Por momentos, es tal la perfección del detalle, que crees ver cierto movimiento entre sus pinceladas. Como si aquellas estáticas embestidas tomaran de nuevo la fiereza del pulso en las que fueron secuestradas por la memoria.

Es un cuadro presidido por una evocación casi notarial, obsesivamente detallista, donde ningún rasgo cae en la indefinición, sino que aparece ante nuestros ojos asombrados desde una realidad tan física que hasta se huele.

   Hay días en los que jurarías que aquel hercúleo negro ha cambiado de sitio, como si la voluptuosidad que se le adivina hiciera la conquista de esa misma pieza veinte años más joven para así satisfacer su gusto por las prendas nuevas. Y así, con cada uno de los setecientos sesenta y ocho protagonistas. Tiene tanta vida que llegas a dudar que el cuadro sea una ilusión hecha en acrílico, y juras y perjuras que está hecho con la misma materia que la vida, pues nunca llegas a verlo de todo, conservando la incertidumbre propia de todo lo que vive.

   Pese al paisaje caótico que describe, el cuadro tiene la singularidad de entretejer entre sus tramas mil y una historias. El conjunto es perturbador, desasosegante. Te inquieta pensar que aquel semen disparado nunca llegará a las fauces del goloso amante, o que ese beso que se intuye nunca rozará sus labios. Son momentos atrapados, raptados para siempre del ánima de la vida, en un canto al deseo que no termina por arrollar esos cuerpos enfebrecidos por el ardor.

Sin embargo, la maestría es tal que tú terminas por finalizar lo que allí se expone con tanta exaltación. Así ese beso que duró lo que un suspiro, termina por fundir sus carnes en un atracón eterno, poseso y caníbal, que humedece las certeras pinceladas. O esa verga, tersa y fibrosa que inicia una profunda perforación, se resuelve empalando al pintor que sigue preso de su avidez. Sólo una figura escapa de su avaricia. Sólo una figura huye de este embrujo.

   Entre todas ellas hay una que no folla. Está situada casi en el centro del cuadro, hacia la parte inferior, situando su mirada a la altura de la tuya, guiándote hasta ella la magistral composición del cuadro. Es él, en una edad indeterminada, cercana a su triunfo, abrazando amorosamente a un cuerpo tierno y adolescente, de una altura media y una pureza que contrasta con tantos sudores y semen que bañan los cuerpos. El joven responde al abrazo con igual ternura, y aunque no vemos de él nada más que su espalda, se adivina, por la posición, el rendido amor que profesa. Hay algo en esta posición que te lleva a pensar en una sumisión sin límites, en un compromiso sin cláusulas. No sólo es la ternura que emana, esta ese rostro del pintor, casi inexpresivo, como una hoja en blanco, y que recoge entre sus pliegues los versos que quieras poner.

Lo mires desde donde lo mires, la mirada te acompaña. Es una mirada segura, altanera, como si estuviera afirmando algo y esa información te atara a su interrogante de una manera indisoluble. “¿Queréis saber lo qué follé? ¡Pues mira el puto cuadro!” Pero también es una mirada tierna, rendida, profundamente enamorada, como si dijera: “Aquí estoy, aquí me tienes para siempre”. Todo depende de la figura que mires. Si comienzas por ellos, es el amor el reflejo que te ilumina; es un amor extraño, con notas desesperanzadoras, pero es el único rastro de amor en el cuadro. Si empiezas por la dura carnalidad que rodea este abrazo, para detenerte después en la serenidad de esa unión, el discurso de su mirada arde como el de los cuerpos entregados. En su nada misteriosa, es el todo revelado.

Es curioso, pero una vez que quedas atrapado vislumbras en la mirada una rabia de la que no te percatas en la primera caricia de la yema de sus ojos. Es como si aquel momento fuera una bisagra  entre una vida y otra. Un enigma y a la vez un punto de flexión que precipitó la voracidad con que se disfraza la amargura. Si el cuadro tiene un principio, me inclino por éste. No hay ninguna acción conocida, nada que nos diga que están diciendo o haciendo, nada que haga pensar en un inicio o un final, sólo un por qué, una espera.

A lo largo del gigantesco cuadro es la única figura que nos mira; las demás rehuyen nuestra curiosidad, centrándose en el amante de turno o en un más allá que todos conocemos cuando se alcanza el clímax.

Hay tanta ternura en ese gesto que ni la lubricidad del entorno logra traspasar esa frontera. Allí reina el amor; en las lindes y en los confines, el sexo.

Es un amor misterioso, tan recóndito como claro es el sexo que le acompaña. Pese a la entrega del muchacho y al rendido amor que asoma, hay un cierto desequilibrio, como una locura que empañara ese momento. Es una entrega tan grande que sientes como el adolescente intenta inútilmente fundirse en el cuerpo de su amante, y como éste, casi como si fuese un reflejo, da igual respuesta a este mudo deseo, pero aún así, la mirada del pintor es indefinida; triste en ocasiones, esperanzadora en otras, sin saber muy bien el porqué de este baile de máscaras.

Es la única nota secreta en ese apunte notarial hecho de colores vivos y ardientes. El único amante que no muestra su cara, que oculta a nuestro apetito y codicia el dónde, el cuándo, el quién, el qué, el cómo y el por qué. Es la nota de melancolía y rabia en cuadro hecho de semen.

Y está su mano. No es una mano apremiante como las mil quinientas treinta y cuatro restantes. No hay en su rostro la avaricia de la posesión. Es una mano tierna, de gesto amable y entregado, que transita en la caricia en ese acto de fundirse que exhibe. Son unas manos enamoradas, teñidas por la ilusión de un momento que en el cuadro se hace eterno por esa serenidad imperturbable en medio de la vorágine tempestades lechosas. Aún así, el gesto es curioso. Es innegable que hay ternura, que parece haber una entrega; pero también es incuestionable que es un abrazo seco, como el que se da una milésima antes de fundir esas carnes enamoradas.

Aunque hay un paso del tiempo, no hay un orden cronológico establecido. Los trece están al lado de los setenta; los veinte pasean con los cincuenta, con los quince, con los treinta y tres. Hubo un estudioso que se dedicó a numerar las figuras que ahí aparecen, tratando de buscar en su especulación un orden numérico que revelará la clave de su disposición. La serie resultante era demasiado aleatoria como para buscarle un significado concreto a la puesta en escena. Ni sumando los valores  horizontales y verticales, haciendo una especie de producto cartesiano, la lógica se imponía en el cuadro. Ni ese ni ningún otro intento (algunos de ellos especialmente ridículos) lograron desentrañar la caótica armonía que irradiaba el cuadro. Una armonía que no te dejaba indiferente, pues tenía el poder de hacerte entrar en comunión con las historias que allí se narraban.

No importa mucho cual es tu tendencia, el cuadro describe el sexo de una manera tan atractiva, tan vivida,  que caes en su tela de araña desde la primera visión.

Sin embargo, otro crítico apuntó una teoría más factible. Se alejó de la semiótica y apuntó que el cuadro, pese a su título, no era sino un único polvo, una única follada con setecientos sesenta y ocho rostros pero un solo guión lleno del mismo caos que relata. Desde su perspectiva no había que buscar un orden o un significado a lo que allí se mostraba, sino que había que permanecer atento a la anarquía siempre presente en todos los encuentros sexuales, dejándose llevar por la voluptuosidad que se renueva a golpes de instinto, a golpes de polla hambrienta. Esa Babel que te hace empezar por una mamada, para un segundo después continuar con un beso tierno que empalmas a un mordisco en el pezón o a un azote violento en esas nalgas torneadas, para terminar empitonando con avidez ese culo empapado de tu saliva y volver a comenzar un ciclo que acaba de iniciarse. En definitiva, esa violencia y ternura que siempre acompaña el ardor de un sexo escrito en mayúsculas. Sin embargo, seguía sin desentrañar qué significado podía tener la figura misteriosa de ese amante y terminaba por considerar que de las múltiples versiones que dio el pintor se podía crear una gran verdad;  certeza que, de todos modos, no se atrevía a asegurar.

Yo, en cambio,  sí sé la verdad.

Yo aparezco en el cuadro. Soy el decimoséptimo, contando desde la izquierda del cuadro; y en vertical, aparezco en la sexta fila contando desde arriba.  Estoy al lado del pintor, ya sesentón, que goza de una mamada que humedece sus carnes flojas. Encima de nosotros perfora con treinta años las carnes de un obeso de veinte, que se retuerce de placer ante las fabulosas embestidas (y con el que tuve una pequeña aventura ya en el friso de los cuarenta). A la izquierda, y en una estrambótica postura, los cuarenta follan a los quince, un efebo que se masturba con su cara perdida por el placer en esa difícil posición, mientras la empuñadura del pintor se hunde en sus suaves carnes, estampando su vello púbico la señal de su urgencia. Debajo, uno de los más eróticos, es él a los dieciocho con un compañero de su edad. La magnífica tranca se hunde en sus carnes. Sus cuerpos están íntimamente unidos y un beso inagotable casa sus rostros cegados por el ardor. Son cuerpos bellos, puros y rotundos, encontrados en una noche remota libre de toda timidez. Hay una expresión tal de descubrimiento (de hecho, fue el amante del pintor durante años), que hace de eso otro punto y aparte.

A algunos los “conozco” en el sentido bíblico del termino, sobre todo a los de mi quinta. En A Coruña éramos entonces, y seguimos siendo ahora,  cuatro maricones fuera y cuatro mil dentro, por lo que era muy fácil tropezar con la misma piedra más de dos veces; es más, había ocasiones en que lo único que deseabas era tropezar y tropezar...

Yo, por mi parte, aparezco con él, fronterizo ya en los sesenta y poco, en un sesenta y nueve abismal. Es uno de los retratos más dinámicos. Yo me retuerzo de placer y tengo las manos extendidas como intentando asirme a algo, un porte que, así visto, casi no tiene explicación, pero que os puedo asegurar que la tiene. Mi rostro está contraído, desencajado, y de mi nabo asoman los primeros trallazos de semen que se estrellan contra su rostro. Una pinga de mi semen cuelga de la punta de su lengua, las otras embadurnan su rostro cayendo en sus ojos, mejillas, frente, mientras otras, suspendidas en el aire, siguen su camino hacia su boca abierta y famélica.

Lo encontré a principios de los noventa, puede que fuera en el noventa y dos, en los Jardines de Méndez Núñez, en A Coruña. Allí, en una fría noche de febrero, se acercó entrecano y seguro a mi deambular ansioso. No recuerdo bien cómo me entró, pero entre las sombras del magnolio que allí crece me magreó a conciencia despertando esa libido que momentos antes paseaba entre la incertidumbre. Nos tocamos la polla por encima del pantalón, comprobando la dureza de nuestros deseos que, por su consistencia, en aquel momento ardían. Desenfundamos y tocó mi rabo, y mi deseo rindió el mismo homenaje a la suya, y mientras nos masturbábamos me propuso terminar aquello en un lugar más tranquilo; pero ni uno ni otro dio un paso para estancar lo que habíamos empezado.

La meneábamos con fuerza mientras nos retorcíamos buscando besos que apagaran nuestra sed. Mi mano correteaba perentoria por el tronco de su verga esbelta y nervuda, acompasando mi ritmo a su vagar por mi pijo, que cogía con fuerza, como si su deseo naciese estigio en la laguna que manaba por su cuerpo. De vez en cuando, las luces de los coches iluminaban la escena, moteando nuestros apetitos de pequeñas estrellas fugaces que barnizaban aquella paja inaplazable e ilícita. Quitó mi mano de su polla, y embistió con ella mis caderas, apretándome fuertemente mientras continuaba machacando a mi nabo. Noté, como aquel duro intruso rasgaba con sus embestidas la tela de mi ceñido pantalón abriéndose paso entre mis carnes que se desplegaban a su caricia. Aquella sensación hizo que me volteara y juntara mi polla contra la suya, restregándonos a placer mientras sus manos buscaron mi cara para llenarla de babas, besos y mordiscos que plantaba entre mis gemidos. Percibía la calidez de su cipote frotarse contra el mío. Su capullo empapado regaba con sus secreciones mi pijo, mientras seguíamos como posesos empapándonos en nuestros besos cruentos.

Gemíamos como putas en celo. Eran estertores entrecortados, llevados de la mano por el deseo y el miedo. El deseo de una entrega que desde el principio fue absoluta; por el miedo de que entre aquellas sombras y destellos fugaces surgiese la sorpresa represora que rompiera la codicia de nuestro encuentro. Nuestros falos arremetían ciegamente chocando entre ellos, con nuestras carnes, con nuestra fiebre. Nos agitábamos a placer, zarandeándonos con voluptuosidad acompañados de los ruidos de la noche. Nuestros aes brotaron en la fría noche, caldeando la negrura que nos envolvía. Bajé mi pantalón hasta las rodillas y él hasta sus pies. Volvimos a la caza con la misma alegría, mientras nuestras manos sobaban los culos con gula, imprimiéndoles con sus devoradoras caricias un empuje que ya era feroz. Me encantó hundir mis manos en sus flácidas carnes, restregarlas con fuerza, abofetearlas, en una procesión guiada por mi desenfreno. El mismo imperioso ímpetu tutelaba sus tentáculos. Mi culo prieto y torneado se vio amasado con saña, abriendo puertas donde las había y despertando de la pereza unas carnes entusiasmadas por todo lo que se anunciaba. Exprimió mis cojones como si de ellos brotara un zumo jugoso y un “ay” punzante sustituyó por un momento al placer que encontraba entre sus brazos, entre sus piernas. Era una lucha, un combate singular por ver quién dejaba en el otro mayor huella de goce, de seducción. Todo iba a una velocidad vertiginosa, pues el miedo de aquel encuentro presidía cada una de las perforaciones de aquel delicioso pajote.

Cinco contra uno, hasta que su boca húmeda sucedió a su tórrida mano. Se tragó de golpe mi calibre dieciséis. Succionaba con la misma voracidad que marcaba a su mano. Su rostro sepultado en mi vello púbico en mamadas embaladas, vistas y no vistas; mientras sus manos seguían trenzando con su exploración mi culo que no paraba de menearse de gusto. Mi polla encharcada entraba y salía lustrada no sólo por sus babas, sino por el cosquilleo eléctrico que conseguía con esa succionadora. Repentinamente, con la misma fuerza sorpresiva con la que me mamó mi pija, paró, y poniendo entre sus manos el esbelto ejemplar indicó con muda ansiedad qué quería ahora.

Me arrodillé en el húmedo suelo y meneando mi polla comí el tamaño dieciocho. Aunque he mamado mucho en mi vida, en aquel tiempo empezaba mi mariconería y aún  no tenía todas las herramientas a punto. Así que la primera arcada fijo la meta hasta donde llegaría mi mamada. Su largura contrastaba con su estrechez. La definición de esbelto, tal como se puede ver en el cuadro, es el mejor traje que se le puede hacer a su singular plátano. Apuntando hacia arriba besé aquel capullo que se distinguía carnal, y mis labios empapados se deslizaron en una abrazo tímido. Tenía un sabor fuerte y acre; pero embriagador una vez que te acostumbrabas a su vida. Tras esta entrada inaugural, mi voracidad tomó el pulso y chupé aquella delicia como si compitiera en una carrera de cien metros lisos. Él se revolvía entre estertores y gemidos, impulsando a su mango más allá de la meta que me había fijado, produciéndome una sensación de ahogo que me hacía temer que me quedaría sin respiración, asfixiado por aquel tótem sacrílego. Sus embestidas cada vez eran más fuertes, y me tiró de los pelos para que tragase aquel nabo que, en algunas de sus perforaciones, pasaba limpiamente por mi campanilla produciéndome unas arcadas insoportables; aunque ni en este estado dejaba de menearme mi verga con fiereza. 

Me liberé de aquella prisión cuando su abrazo se debilitó, anunciándome la corrida que se estaba cocinando. Él me miró sorprendido y me abrazó con fuerza, volviendo nuestras mingas a encontrarse en su combate. “Me corro”, dijo al tiempo que también mi caldera empezaba a borbotear. Iba a separase de mí, pero lo retuve con el ansia de mi entrepierna, quería incinerar mi semen en él, del mismo modo que quería el suyo.

Nuestras piernas flaquearon continuando con nuestra embestida. Nos agarramos débilmente el uno al otro ahogando los gritos en un beso empapado. El semen salió a borbotones ensuciando nuestro caldeado cuerpo. Sentí sus trallazos en mi abdomen y como el calor de éstos viajaba, después de la urgencia, manso por mi cuerpo. Fueron ocho o nueve eyaculaciones, como un duelo de pistoleros, que motearon de masculinidad nuestros cuerpos que continuaron restregándose con lujuria, mezclando el fruto de nuestro placer que se negaba a morir. Algunos de estos frotamientos eran como epilépticos, como pequeñas explosiones que arrastraran nuestros trémulos cuerpos. De nuevo un coche iluminó por un momento nuestra cama, el justo para verle los ojos ardientes y una sonrisa dibujándose desde la cuna de la agonía que había abandonado. Cuando volvió la penumbra sus labios sellaron los míos, y su lengua febril comenzó la invasión de mi boca husmeando en sus rincones a la búsqueda de algo que atajase la sed del momento. Tras esto, se arrodillo ante mí, y subiendo el jersey y la camisa busco entre mi piel y las ropas, como si fuera un perro de caza, los restos del combate. Me estremecí cuando su lengua rugosa rozó mi piel recogiendo la cosecha aún calentita de nuestros apetitos, y una vez terminado, con su boca de semen, volvió a fundir su apetito con el mío. El beso tenía un regusto picante, sintiendo como avanzaba el semen por mis papilas gustativas. Aquello avivó también mi apetito y me dirigí a sus carnes abonadas por nuestra virilidad.

Al acabar nos dirigimos a Alférez Provisional, tenía el coche, un dos caballos, aparcado frente a la policía. Sin decirnos nada pensamos qué harían las fuerzas de la ley y el orden si nos llegan a ver tres minutos antes, cuando nuestra mariconería estallaba con toda su fuerza. Con una sonrisa irónica montamos en el desvencijado coche y pusimos rumbo hacia Mesoiro, donde tenía él su estudio.

Por el camino, me obligó a bajarme los pantalones y a mostrarle durante todo el trayecto mi entrepierna. Aunque aquello me pareció extraño, al momento me alteraba saber que el solo poder de mi polla estaba excitando a aquel elegante viejo. Aquello me fustigó, y mi verga retornó a la vida. Era curioso la atmósfera de sexo que se respiraba. Sin poderlo evitar volví a tocarme, a acariciarme suavemente por todo mi cuerpo, lo mismo que si fuera una bailarina de puticlub. Él no decía nada, sólo me tocaba de vez en cuando lanzando miradas esquivas a mi falo, mientras apaciguaba el suyo. Fueron veinte minutos cargados de erotismo, un erotismo cutre en el que desplegamos todo lo que nos habíamos dado momentos antes.

Era una nave industrial con pinta de abandonada. En su frío interior se amontonaban cuadros y pinturas en una anarquía atrayente, como si fuera una composición más de uno de sus cuadros. Allí supe que él era pintor, un buen pintor, pero que no estaba para muchas más explicaciones pues enseguida me guió hacia el fondo de la nave.

En una esquina entre cortinas negras y rojas se ocultaba el nido de su sexo. Era como un gran cubo, de unos siete metros, a salvo de miradas, que encerraba en su interior una muestra de su elevada lujuria. Corrió una de las cortinas y una puerta de metal apareció. Introdujo llave y cuando abrió la puerta me vi reflejado en su cara de espejo. Me invitó a entrar a aquel cubo rodeado de espejos murales por todos los lados, donde tu figura se multiplicaba hasta el infinito. En su íntimo tamaño, aquella estancia era un prodigio del erotismo. Tenía una luz cálida que embellecía tu piel y una especie de tatami cubierto con sábanas de seda negra. Lo accesorio no estaba contemplado en aquella distribución. Todo lo que allí se encontraba tenía el fin de avivar el fuego. Una caja negra lacada era el otro elemento de compañía, despertando tu curiosidad sobre lo que habría en su interior.  Estaba situada en el centro de la pared, al lado del colchón, como presidiendo aquel recinto. Una música suave y envolvente salió del algún secreto lugar, acariciando los sentidos y llenando de sensualidad aquellas iluminadas paredes.

Cerró la puerta tras de sí, y su imagen se dirigió desde distintos ángulos a ese joven asombrado por todo lo que estaba viendo. Nos abalanzamos el uno sobre el otro, como presos de un deseo ardiente al que había que dar salida. Nos comimos a besos, mientras nos íbamos desnudando el uno al otro con violencia. Él tenía unos rasgos elegantes, de esos que salen a luz de la vejez para hablar de la hermosura de la juventud. Unos ojos castaños claros presidían esa mirada curiosa que iluminaba un rostro angulado, en el que unos pómulos sobresalientes hablaban de una fiereza animal. Su cuerpo, a aquellas alturas, aún retenía el sabor de otros años, aunque entrado en carnes desplegaba un atractivo difícil de precisar pero en el que caías irremediablemente. Como yo, con esos veinte años recién cumplidos, con ese cuerpo trabajado de gimnasio, cubierto de la excesiva preocupación por mi belleza, y sabedor que con ella pasaría momentos fantásticos. También yo tengo su misma mirada, y estoy de lleno en una etapa siniestra por lo que luzco una cabellera estilo punk que da a mi cara en perpetúa interrogación, un aire de malsana timidez. Mi atrevimiento en aquellos años es pintarme los ojos de negro y palidecer mi belleza con un “no futuro” arrebatador.

Las prendas de ropa caen al suelo precipitadamente, descubriendo con urgencia la desnudez de nuestros cuerpos. Nuestros instintos se frenan cuando nos quedamos en calzoncillos. Ahí él recoge toda la ropa y abriendo la puerta la quita del cubil. En aquella guarida sólo hay sitio para el sexo, todo lo demás desaparece.

Con violencia me tumba sobre el colchón y me veo reflejado en el techo contrastando vívidamente contra las sábanas. Es una imagen especialmente erótica. Veo cómo se arroja ante mí y su boca va directamente hacia mi paquete aún cubierto por el bóxer.  Ahí restriega su cara y vuelve a aspirar el aroma concentrado de mi sexo, al mismo tiempo que empiezo a arquearme de placer y acaricio con mis manos su pelo entrecano. Me empapa con sus babas el calzoncillo hasta que mi pinga aparece ante su vista traslucida por la tela empapada. “Me gusta tu polla”, me dice, “sabe que alimenta”. Y como guiado por esta última palabra la mordisquea con lujuria electrificando todo mi cuerpo con ese dolor delicioso. Él lleva la batuta, y tomando la goma de mi bóxer entre sus dientes los baja hasta las rodillas dejando al aire mi enhiesta pija, que ya rezuma sus secreciones. Finalmente me los quita y aspira su aroma con fuerza. Son tres o cuatro aspiraciones profundas y prolongadas que extraen del tejido todo el gusto de mi sexo. Tras esto con un soplido potente lanza mi bóxer al linde del colchón. Después se levanta y se quita el suyo, dejándome me ver con todo detalle lo que momentos antes había disfrutado en la penumbra.

El glande enrojecido corona ese estilete nervudo. La muestra como sabedor de su atractivo, de su hechicería única que te hace olvidar las sombras de su cuerpo.  Con seguridad avanza hacia mí, situándose a la altura de mi pecho acorralándome con sus dos potentes piernas. Lentamente y con elegancia se arrodilla, dejando a las puertas de mi boca ese glande inflamado por la pasión. La punta de mi lengua saborea a ese viejo conocido y avanza con timidez para albergar ese pijo lujurioso. En un abrazo húmedo mis labios se ciernen sobre ese contorno tentador y comienza a chupar con gula.

Su mano tienta mis cojones. En un picado absoluto veo reflejado en el techo mi virilidad dominada por esa mano diestra para las brochas gordas. Su paja se acompasa a mi mamada. Succiono con ansia sin poder tragar su estilete, pero regodeándome en el placer que su verga exhala, como si de ésta dependiese mi vida. Sigue zumbando mi nabo, naciendo un ritmo que se suma al musical. Son pulsiones cortas, urgentes, húmedas, arrolladoras. Está poniendo toda la carne en el asador, y esa mano juguetona se incursiona por la raja de mi culo. Sale mi primer gemido al roce de sus dedos en mi ano y culebreo como una puta separando mis piernas y irguiendo mi cadera para facilitar esa labor de exploración. Mete el dedo con violencia provocándome un respingo doloroso que viaja por todo el cuerpo hasta apaciguarse en mi boca saciada por su rabo. Lo saca y con lujuria lo introduce en su boca y comienza a chupetear estentóreamente el canto de su lujuria. Con ese dedo encharcado en su cálida saliva explora las puertas de mis entrañas y comienza a follarme con él. La cadencia de su cadera impulsa su polla en un meteisaca que se transmite a ese dedo volador. Noto el tacto en mis paredes, sus giros y sacudidas y siento un placer que me llena al verme poseído de manera tan gustosa. Los gemidos se me atragantan en su polla, y siento un cosquilleo tremendo en el ano que me impulsa a querer meter más adentro ese intruso o a alejarla del todo. No sé muy bien cómo explicarlo, pocas veces me ha ocurrido, pero es una sensación única, de atracción y repulsa que noquea mis sentidos. En su salida logró zafarme de su polla para implorar un solo deseo: “¡Fóllame!” Es como un eco repetido de sus incursiones que paran tras este ruego, para manosearme con una sonrisa canalla que sólo quiere decir: “¡Verás la que te espera, chaval!”.

Levanta mis piernas y las abre, dejando mi culo a la merced de su polla. Por las paredes veo repetida hasta el infinito la seductora imagen, al tiempo que en el techo contemplo como se acerca ese estilete rezumante a mi guarida. Yo sostengo las piernas, mientras él toma la base de su polla acercando su capullo a mi ano. Escupe en su mano y con esa saliva engrasa su arma en un gesto cargado de suciedad que hace que me caliente aún más e implore de nuevo el “fóllame”. Un “tranquilo chaval” acompaña al nuevo esgarro, que esta vez deposita en mi ano embadurnándolo con saña, y volviendo sus dedos a inspeccionar con detalle mis entrañas, mientras me cimbreo de placer.  Como una llamada de atención da dos sonoras palmadas en mis nalgas, enrojeciéndolas al instante y sin que asome en mí la más mínima protesta, si la sorpresa y el ronroneo posterior puede ser tomado por reproche. Intuí que me la iba a meter de golpe, pero acercó su capullo a mi ano y cuando pensaba en una entrada furiosa lo restregó por toda mi raja en un masaje delicioso que me hizo culebrear. Tras esto, su mango terminó el paseo y decidió entrar en casa. Apuntó con avidez, y tal como intuía, me la metió de un solo latigazo. El dolor fue insoportable y parecía que mi grito lo llenaba de ferocidad pues desde el primer momento me perforó con una saña furiosa. Eran unos accesos salvajes, como si la urgencia de una muerte próxima guiase toda aquella violencia. Aunque el dolor continuó durante toda la penetración, también tenía el placer instalado, y las dos caras de la moneda actuaban con la misma tenacidad. Sus cojones chocaban con fuerza contra mis nalgas haciendo que retrocediese un poco en cada perforación. Esto hacía que más que un balanceo violento, él hiciese una persecución furiosa en la que cada paso que yo retrocedía daba campo e impulso para su furor en la perforación. Mis gritos, una mezcla de queja y satisfacción, coreaban sus sondeos hasta que su cipote se hundía hasta el tallo en mis devastadas entrañas. Éstas,  entre  risas y llantos, cobijaban  la fortaleza de ese estilete que clavaba hasta empalar. 

No había pasado mucho tiempo hasta que mi cabeza dio con la misteriosa caja negra, quedando ahí apuntalado  soportando la cólera de sus asaltos que se amplificaban con el choque de mi cabeza sobre esa caja. Mirando al techo vi como esa minga salía lustrosa para volver en un abrir y cerrar de ojos a sepultar su gallardía arrancándome aquellos aullidos placenteros. En ocasiones, tal era su ímpetu, que su manguera salía totalmente chocando en su venida con las nalgas o la raja, y dejando ahí marcado su férrea condición. Increíblemente los movimientos se hicieron más crispados, casi espasmódicos. Un bufido sordo salió de sus entrañas vitoreando la firmeza de sus terminantes irrupciones. Presentí que no tardaría en correrse, pero me equivoqué en el pronóstico, pues siguió en ese ritmo alterado sin que su semen encharcara mis paredes.

Por mi parte yo había olvidado el dolor, y aquel ardor que entumecía mis entrañas con las incursiones de su arrebatado cimbel, hacían que mi cuerpo ardiera con una pasión desorbitada. Mi chorra chocaba contra mi abdomen bautizándolo con sus fluidos que salían en generosas cantidades por el bombeo incesante al que me sometía. El sudor rociaba nuestros cuerpos, haciendo de aquellos asaltos un ataque húmedo, lujurioso.

En los últimos minutos éramos dos animales aullando enérgicamente. Quería amarrarlo, frenarlo de alguna manera, pero me hallaba totalmente desposeído. Era una pantomima, una sombra proyectada por aquella verga voraz que seguía perforando mis ardientes entrañas a una velocidad de vértigo, dejándome errático a un placer que había invadido todo mi cuerpo, toda mi razón.

Repentinamente frenó su cabalgada y quitando la polla con prisa se dirigió hacia mi boca abierta con una orden terminante: “¡Cómetela toda, cabrón!” Me sorprendió aquel cambio y entre jadeos entrecortados comencé a chupar con gula aquel afilado estilete. Enseguida me tomó por los hombros y me levanto como si nada pesara, tumbándome al lado contrario y follándome la boca. Me atragantaba con sus arremetidas, con ese cruzar limpio con el que me invadía, traspasando limpiamente toda mi garganta y dándome la impresión de que quedaría ahogado entre su semen y su polla. Tras unos segundos así, dejó de follarme y cayó con todo su peso de lado. Yo quedé exhausto, pero pronto me quitó de su embelesamiento: “¿Qué coño haces? ¡Chúpala, Joder!” Comencé a chupársela mientras él hacía lo mismo con la mía. Al momento establecimos como una muda competición de a ver quién la chupaba mejor. Tragábamos con rapidez las vergas, succionando con voracidad, paseando la lengua vertiginosamente por el glande, todo en una sucesión rápida que incluía todas las artimañas que habíamos aprendido. Le tocaba los cojones, me los tocaba; lo masturbaba, me masturbaba. Éramos como una especie de reflejo; si uno de los dos variaba su estrategia en la mamada el otro la seguía apresuradamente, cambiando tras unos segundos para demostrar que no sólo era un alumno aventajado, también un maestro.

En un momento dado, él no siguió el juego, sino que lo abandonó totalmente y comenzó a sacudirse agitadamente mientras de su minga salían unos chorros abundantes de sabrosa lefa. Desprevenido al principio, dejé que su primer disparo cruzara limpiamente mi boca, pero deposite los siguientes sobre mi lengua que almacenaba con gusto todo aquel cargamento que su convulso amo imponía en mi confianza. Fueron como unos siete u ocho disparos hasta que en mansedumbre salieron los últimos restos cayendo suavemente por su glande. Tenía la boca llena de su lechada y aún así lamí con avaricia aquellos restos perdidos dejando su capullo limpio de rastro alguno.

Una vez aplacada la bestia, volvió a la carga. Volví a sentir el indescriptible placer de su lengua insaciable paseando por el mastil de mi rabo, su poder succionador cuando lo dejaba huérfano para volver con la misma pasión a su húmedo encuentro. Como su follada, eran movimientos rápidos, que producían un cosquilleo constante en mi nabo. Pronto noté que se me endurecían los cojones, que se me achicaban, hasta que explosionaban lanzando por sus vías mi semen hervido.

Me vi dirigiéndome a mi mismo, tratando de asirme a algo que me asentase en ese precipicio por el que caía descontroladamente. Trémulo e ido, expulsé mi lefa en un orgasmo inenarrable que hizo que por un momento mi cuerpo estallase para recomponerse en pequeñas sacudidas con la que mi polla expulsaba su recompensa. Mi grito fue ensordecedor, llenando aquellas paredes de sexo de la música que les faltaba.

Quedamos allí postrados, sin apenas movernos, dejando que de nuevo el aire paseara por nuestros pulmones. Recobrada el reposo sentimos la necesidad de abrazarnos, de templar nuestros cuerpos con el calor que aún despedían. De vez en cuando daba nuevas muestras de afecto, un pequeño beso, una caricia suave, un arrumaco mimoso, cualquier gesto que me hiciera entender que siendo una follada en toda regla también llevaba su cariño en el lote recibido.

Al rato ya estábamos hablando como viejos conocidos que habían pasado mil perrerías olvidando que tan sólo había sido una la compartida. Me habló de su vida, de su pintura, de su primer polvo y de este último. Eso trajo mi siguiente pregunta:

-       ¿Qué hay en la caja?

-       ¿Tú qué crees?

-       Pues viendo el picadero que tienes montado, me imagino de todo.

-       ¡Ja, ja, ja, ja! Explícate.

-       Ese color negro me sugiere látex, y a partir de esta sugerencia, ¿qué más explicaciones quieres?

-       ¿Así que te parezco un sádico? –comentó poniendo una voz tenebrosa.

-       Bueno, sádico, sádico, no; aunque tengo que decir que me follas muy salvaje.

-       Sólo sé follar así.

-       ¿Por?

-       ¡Buena pregunta! Imagino que cada vez tengo menos tiempo para la ternura, o que sé que nunca la encontraré.

-       ¡Coño, qué negativo!

-       Desde tus años, puedes opinar así; desde los míos y desde mi egoísmo, más que negativo diría que soy realista; o soy tan egoísta que no me queda más remedio que ser realista.

-       O sea, que nunca amaste a nadie y por eso no te quejas.

-       ¡Yo no dije eso! –respondió enfadado.

-       Ya, perdona. Pero es lo que se interpreta.

-       Pues no es eso. También se puede interpretar que amé y ya no puedo amar a nadie más –sentenció con tristeza.

-       Bueno... Al final, ¿qué hay en la caja?

-       Nada de lo que te imaginas...

-       ¡Ah! ¿Por qué está aquí presidiendo todo esto?

-       ...

-       ¿Puedo abrirla? Perdona que sea tan curioso, pero desde el primer momento me ha llamado la atención. Si no quieres no la abro, pero dime cualquier cosa que haga que no piense más en esta puta caja.

-       Ábrela, puede que entiendas por que está ahí.

Los ojos se me abrieron como platos y una sonrisa de satisfacción iluminó mi cara. De un salto me puse a su lado preparándome para la sorpresa que esperaba encontrar. En esos segundos que tardé en abrir la caja, mi mente barajó todas las posibilidades: revistas pornográficas, fotos de tíos en bolas, drogas, alcohol, un control remoto para disparar las cámaras que se ocultaban tras los espejos. La que más fuerza cobró fue esta última, así que mis dedos asieron la tapa dispuesto a encontrarme con lo más “in” en tecnología japonesa.

Él miró mi cara de asombro, la máscara de incredulidad  que trataba de ocultar mi desengaño. Su sonrisa fue amable, como si en ese momento buscará consolarme por lo que allí había: un manojo de cartas atadas con un lazo rojo, y que temblaban en mis manos sin entender aún qué guardaban. Lo miré interrogante y él asintió con resignación. En ese momento supe que todo aquel papel, primorosamente escrito, guardaba entre sus líneas un dolor que sé aún ahora se reflejaba en su rostro; lo guardaba, porque seguramente también guardaba amor.

En total eran treinta y ocho cartas ordenadas cronológicamente. El primer matasello era del 21 de febrero de 1980; el último del 3 de diciembre de 1984. A partir de ahí, nada. Las cartas se conservaban inmunes, como si por ellas no hubieran pasado diez años y fueran    escritas ayer pues aún tenían ese aroma fresco de la inocencia que se adivina por la letra, por esa disposición caprichosa y calculada que se tiene en la juventud. Cuando intenté deshacer el lazo, él me lo impidió con suavidad. “No es necesario”, dijo, puedo decirte punto por punto y coma por coma lo que ponen. Yo lo miré incrédulo, pero él volvió a asentir con esa resignación. Y se inició el juego más precioso de aquella noche:

En Tenerife, a 17 de febrero de 1980.

Querido amigo:

   He decidido llamarte así, después de lo que nos ocurrió, ¿de qué otra forma podría llamarte? Es muy curioso todo esto, pues estoy seguro de que marqué bien; pero bueno, en esta ocasión no me quejaré de Telefónica como hace mi padre, me gusta saber que gracias a lo necios que son yo tengo un amigo más por esa Coruña que algún día espero visitar ahora que sois más los que quiero ver.

   Estoy en plenos exámenes, pero tampoco es sano pasarse un domingo estudiando, y menos estudiando la maldita historia de los países europeos. Creo que cuando mañana llegué haré la revolución industrial en mi instituto. ¿Cómo se les ocurre seguir preguntándonos sobre la historia? ¿No sería mejor que nos preguntaran sobre el futuro? ¿Te gustó el chiste? No es mío, es de “Mafalda”. A mí me gusta “Mafalda”, ¿y a ti? Aunque ahora que lo pienso no sé si el chiste es así, pero si no es así éste tampoco está mal.

   ¡Así que eres pintor! Yo dibujo fatal. Ni calcando soy bueno. Me gustaría ser pintor, aunque me gustaría más ser cantante, como Miguel Bosé. ¿Te gusta Miguel Bosé? A mí me encanta, aunque tengo que disimular (y eso que no paro de escucharlo, creo que voy a rayar la cinta)  y decir que es un hortera (él sabrá perdonarme), porque ya tengo fama de marica y tampoco es cuestión de echar más leña al fuego. ¿No te parece? A veces pienso que Miguel Bosé no se merece esto y me digo: “¡No seas tonto, Valerio! Hoy lo dices”. Pero llega el momento y se me pone un cosquilleo en esa parte y me sube hasta el estómago y no despego los labios ni para decir esta boca es mía. Y al final me voy hecho trizas a casa preguntándome qué quiero salvar, si es que hay algo que salvar. ¡Y todo por esta voz dulce!

   Hay días en los que me cuesta un montón ir. No sé por qué te cuento esto, pero es que no sé a quién contárselo. No creas que no tengo amigos, ¡tengo amigos! Pero me da no sé qué decirles todo esto. No sólo lo de Miguel Bosé, hay más cosas, pero todas con el mismo miedo. En ocasiones me encuentro muy solo. Fue como el otro día, llamé a Esteban para hablar con alguien, y eso que ya hace dos veranos que estuvieron aquí. Pero bueno, mientras estuvo nos llevamos bien. Y fue él quien me dio el teléfono, no se lo pedí yo. Tardé un montón en llamarlo. Ni en navidades lo llamé. Te juro que buscaba el momento, pero siempre encontraba alguna disculpa para no llamarlo. Y conforme pasaban los días las disculpas eran más fuertes. ¡Claro que él tampoco me llamó! Así que el otro día lo llamé y pasó lo que pasó (je,je,je). ¡Al final sabes que no lo llamé! Quedé tan bien después de hablar contigo que no lo llamé. Aunque seguro que lo llamo, dejo pasar los exámenes y lo llamo, como que me llamo Valerio.

   También hay días en los que me siento bien, en navidades, en el verano. Cuando se aproxima algo así, es cuando me siento bien. He pedido a mis padres que me cambien de instituto, pero no quieren. Dicen que ya llevo recorrido todos (son unos exagerados, sólo llevo tres) y que como siga así me van a tener que mandar a estudiar a la península. Yo les dije que muy bien, que me voy para allá, pero siempre me dicen “de qué va a vivir el señorito”. Y ahí zanjan el tema. Estoy deseando ser mayor para de una vez irme a donde yo quiera. No es que no me guste esto, pero a veces me ahoga. Me paso los días tristes, las noches tristes, sino fuera por la tele y por mi adorado Miguel Bosé no pararía de llorar. ¡Y aún encima, tengo que disimular! Tengo que ser feliz porque tengo de todo. Y está bien todo eso, pero me faltan un montón de cosas. No cosas que ellos me dan. En eso no tengo queja. Pero echo en falta algo, no sé lo qué, pero lo echo. En ocasiones, fíjate tú, creo que no me quieren. Ya sé que vienen cansados de trabajar, pero yo también vengo cansado (últimamente me canso por todo). Y no sé, cenan, duermen en la televisión y todo lo arreglan con un “¿qué tal hoy?” Yo siempre contesto que bien. ¡Qué les voy a decir, pobres! Pero hay días que les gritaría: “¡Mal, muy mal!” Me da la impresión de que si les digo eso ellos seguirían contestando: “Me alegro, hijo, me alegro”.

   Tengo un amigo, un buen amigo, vive en mi barrio y vamos juntos al instituto. Por el camino vamos muy bien. Hablamos y todo eso; pero cuando llegamos, él se separa de mí. Ahora ya es más descarado, como unos cien metros antes comienza a correr. Esto lo lleva haciendo desde este año. Antes aún corría detrás de él, hasta que me di cuenta de que él no quería que corriera. Hay días que a la vuelta es peor. Hace como si no me viera, o, cuando no le queda más remedio me ve, pero sigue hablando con cualquiera de sus compañeros como si yo no existiera. Así hasta que se separa y entonces tan amigable como siempre. Sé que es una tontería, pero yo ya no me atrevo a decirle nada. En el fondo es bueno. Yo lo quiero mucho y me fastidiaría un montón perderlo. ¡Y eso que no vale una gran cosa! Pero es bueno, y por eso se lo perdono todo. No es como José Antonio, o “Tony” como le gusta que le llamen, es el deportista de clase y se sienta conmigo por que tenemos que sentarnos por orden de lista. A mí me cae muy bien, pero muy bien, y eso que me trata fatal; ¡pero es tan alegre! ¡Tiene tanta vida! Además es muy guapo. Sino fuera porque quiero ser cantante, me gustaría ser como él. Parece que no tiene problemas y que sí los tiene los soluciona rápido. Yo ya lo conocía, pero él no se acuerda, o finge no acordarse, que todo puede ser. Ya coincidimos en EGB, durante dos cursos y de eso no hace tanto. Es cierto que cambie (te envío una foto para que veas como soy hoy), pero no ha sido tanto, sólo crecí a lo alto; la cara es más o menos la misma. Pues pese a la cantidad de favores que le hago, él sigue tratándome mal; sólo me dora la píldora cuando quiere pedirme algo. ¡Y es que soy tonto, nunca le digo que no! Siempre conservo la esperanza que con ese favor que le hago él me trate de otra manera, pero poco dura. Ese día soy feliz y al día siguiente voy contento; ¡pero ya todo ha cambiado! Y vuelvo a la tristeza, al agobio. Y no es que me importe él; me importa. Bueno, me importa más que los demás; los demás me agobian pero no me importan. Pero él, aunque no me importa del todo, si me importa. No sé por qué pero busco su aprobación. Creo que es porque soy feliz cuando él está de buenas conmigo.

   ¡Dios mío, cómo pasa el tiempo! Perdona por tanto rollo y espero que entiendas la letra; dicen que la tengo muy bonita.

   Adiós.

Firmado: Valerio F.O.

   Y con su memoria prodigiosa visitamos la segunda carta. Ésta tenía el matasellos del 19 de marzo.

En Tenerife, 16 de marzo de 1980

 

Querido Carlos:

   No creí que me fueras a contestar, y menos que me contestarás tan rápido. Leí tu carta con mucho interés y me alegró bastante. Así que, aunque es domingo, he decidido pasar la tarde contigo y dedicarte unas letras.

   ¡Así que también te gusta Miguel Bosé! Me alegro. Me gusta saber que no soy yo sólo al que le gusta, que también hay gente como tú que le gusta. Yo no paro de bailar cuando escucho sus canciones, creo que hasta sueño con ellas. ¿A ti te pasa? Ahora están saliendo cantantes muy buenos, ¿no crees? Claro que ninguno como él. Pero bueno, no quiero aburrirte con esto.

   Gracias por decirme que te gustó mucho mi foto. Te mandé una de mis preferidas; pero no te preocupes, ya hice copia. Y gracias por lo de guapo. Aunque no sea cierto, me gusta escucharlo. ¡Y esto no es falsa modestia! Sé que no estoy mal, pero tampoco soy tan guapo como dices; aunque si tu lo ves así, y siendo pintor, tendrás razón en opinar de esa manera.

   Perdona, pero me extrañó que no estuvieras casado. No sé por qué pero pensaba que todos los pintores os casabais varias veces; mira sino Picasso. Seguro que no te casas porque no quieres, pero los pintores (eso tengo entendido) venís a ser como una especie de cantantes de segunda; ¡y no lo tomes a mal! En el tema del sexo, me refiero. Con eso de la bohemia y todas esas cosas que yo no entiendo, parece que se disfruta mucho. Bueno, me imagino que no te casaste porque quieres disfrutar más. ¡Haces bien! Yo no sé si quiero casarme. Aún no lo tengo claro. No es que me caigan mal las mujeres. En este momento, en clase, tengo más amigas que amigos; aunque eso sería fácil, con tal de tener una amiga ya se cumpliría la regla. ¡Pero tengo más, no te vayas a creer! Buenas, buenas, cuatro; sobre todo Alicia y Laura. Yo creo que le gusto a Alicia. Ella me cae muy bien, la quiero mucho; pero no la quiero. ¡Yo voy a hacer como tú! Tardaré en casarme o nunca me casaré.

   Desde la última vez que te escribí las cosas siguen más o menos igual. José Antonio sigue igual (me gusta llamarlo así, creo que le da más aire de importancia que si lo llamo Tony, aparte de que tuve un perro con ese nombre). Él otro día me atrevía a decirle que no. Ya estaba harto, harto de sus burlas, de sus perrerías y de que después me viniera pidiendo cosas. Él se quedó con una cara sorprendida que no veas. A mí me dio mucha pena. Creo que lo notó porque nunca me trató tan mal. Creo que al final le dio rabia que sintiese pena, pero ya estaba harto de pasarle un día sí y otro también que si dinero, que si los deberes de física, o todo lo que se le pase por la boca. Tenía pensando dárselos, pero tenía tanta rabia que me daba miedo. Así que al final no se los di y aun encima tuve que soportar que estuviera enfadado durante una semana. ¡Fue muy duro para mí! Todo el día soportando sus insultos y abusos. Lo pasé muy mal. De hecho, el jueves no fui. No tenía ánimos para ir. Así que le pedí a Dios que me ayudara. Yo siempre confío en Él (¿tú eres creyente?), y aunque las cosas no me van muy bien, creo que sin su ayuda, aunque sea poca, me iría mucho peor. Si me faltara Dios, me faltaría todo.

   Lo único bueno que paso desde la última carta es que hay un nuevo profesor. El anterior se pidió una baja alegando que estaba muy mal. ¡Y ya ves, lo sustituyen! Ya me gustaría a mí hacer lo mismo, que otro fuera por mí a aprender, y yo poder salir de ese infierno. Es muy amable, se llama Ricardo, y ya tiene enamoradas a todas las chicas de la clase. Es como si fuera nosotros. Nos trata de tú a tú. Y eso es un alivio, hasta yo lo noto. Todos los demás nos tratan como delincuentes, nos meten a todos en el mismo saco ¡y venga! Él no, además es muy tierno. Si no sabes, no se enfada, sino que te mira con esa sonrisa (es muy guapo) y te empieza a dar pistas hasta que se lo dices. Yo procuro sabérmelo todo. Nunca pensé que me fueran a gustar las matemáticas a estas alturas. Incluso este mes me he apuntado a una pasantía. No sé si será un acierto, pues creo, después de dos semanas, que es como incrementar un poco la tortura, salir de una para entrar en otra. Pero bueno, me compensa pues siempre pongo cara de que entiendo y la mayor parte de las veces (esa es la impresión que me da) se dirige a mí como pidiendo la aprobación. Y yo venga a darle a la cabeza como un loco. Es muy buena persona. Todos estamos muy contentos. Yo ya estoy deseando que lleguen los exámenes para ver si es tan bueno como parece. Lo cierto es que yo tampoco me casaría con las matemáticas. Siempre las quito raspadas. Y no es porque sepa, yo creo que también me premian mi voluntad, mi buen comportamiento. Como casi no hablo, pues no desespero a nadie. O me preguntan o no digo nada. Y eso si es un profesor, si es cualquiera de mis “compañeros”, ya ni contesto. Creo que hago mal, pues esto los pica más; pero sino estaría todo el día contestando, defendiéndome de las mismas estupideces todos los días.

Hoy Ricardo vino con coche nuevo, un Ford Fiesta del paquete, además muy bonito, con techo solar y un azul celeste precioso. No me gustaba el Ford, pero ahora me gusta. Creo que es mi coche. Voy a investigar por dónde vive; así puede que un día me lleve y pueda probar si me conviene el coche o no. Me gusta como viste. Además le queda muy bien la ropa. Le sientan muy bien las camisas blancas. El viernes lo tenemos a primera hora y estaba muy guapo. Hasta Alicia me lo dijo. “Así, recién duchadito, ¡que guapo está el condenado!”, creo que dijo. Y era cierto. Lo que no sabemos es sí tiene novia. Creemos que sí. Todas están convencidas, aunque ninguna ha perdido la esperanza de que rompan en el caso de que tenga novia. Yo creo que no la tiene. Se lleva muy bien con el profesor de música, Fermín, y ese tiene fama de ya sabes... No es que yo diga que Ricardo sea de la otra acera. No lo creo, es demasiado guapo, y además tiene pelo en el pecho, como para ser de la otra acera. Aunque se lleva bastante bien con Fermín y eso me hace sospechar ya que nadie se lleva bastante bien con él. El sábado de hace dos semanas lo vi en el dos caballos con Fermín. Iban riendo, pero me dio la impresión de que se reían no de un chiste, sino de algo que habían vivido. Lo digo porque mientras los vi no paraban de reírse y de interrumpirse el uno al otro. Algo así, como muy amigable, muy de amigos de toda la vida, ¿entiendes? ¿No sé si sabes lo qué quiero decir...? Pues eso. Pero también puede ser que le guste la música. El otro día estuve a punto de preguntarle, como me lo crucé por el pasillo, si le gustaba Miguel Bosé. Iba con una de esas camisetas, ¿no sabes? Pero me corté. Con él es que me corto. Sólo le contesto si me pregunta. ¿Lo bueno sabes qué es? Todos se dedican la hora a dar su materia; pero él no. Los últimos quince minutos, y a veces más, depende de cómo estemos, él habla de todo. El otro día habló de “Grease”. Yo la vi cuando se estrenó, además la vi un montón de veces. Bueno, pues la volvieron a estrenar aquí en un cine que tenemos en el barrio. ¡Y resulta que él la fue a ver! Me pregunto si coincidiríamos, aunque lo dudo. Yo nunca fui a una última sesión; lo más tarde que voy es a la de las ocho. ¿Te gusta el cine? A mí me encanta. Mi actor favorito es Travolta. No sé porque no le dan el “Óscar”. Yo creo que hace muy bien todas sus películas. A mí me gusta. Pero me gusta todo el cine. En casa me dejan ver todas las películas que echan por la televisión. Excepto que pongan dos rombos. Yo siempre rezo a Dios para que mis padres se queden dormidos los miércoles por la noche, antes de la película, porque es que siempre son las de dos rombos las que más me gustan. Estoy deseando cumplir los 18 años para ver todas las que quiera. Y también para pasar al cine. Siempre creo que lo que no me dejan ver es lo mejor. También me gusta Gary Cooper. Bueno, generalmente todos, pero Gary Cooper el que más. ¿Lo viste en “solo ante el destino”? Aún estaba guapo, ¿verdad? Es una de mis películas preferidas, creí que no iba a soportar tanta tensión. El otro día me enteré que fue su última película y me dio pena pensar que no vería más películas que podía haber hecho. Aunque también me gusta Bete Davis (aunque ya no me acuerdo en este momento si se escribe así o con dos t). ¿Viste “La Loba”? Mira que era bruja. Ya sé que es un melodrama pero yo casi creía que era una película de terror.

Me siento a gusto escribiéndote. Quieras o no, ya conozco a un pintor. ¡Además bueno! Así puedo presumir. Me gustaron mucho tus ánimos. La verdad es que los necesito. Sigo encontrándome solo. Sino fuera por este profesor, y a veces por José Antonio, ya no tendría muchas ganas. No sé qué me pasa pero cada día me encuentro más solo. Sólo la imaginación me salva. Por eso me gusta el cine. Y cada vez esto es peor. No sé si es porque estoy triste, pero me doy cuenta de que esto va a más. Ahora estoy entendiendo que no solamente estoy solo, sino que me siento diferente, no sé en qué, pero diferente. No pego ni con cola. Creo que soy bastante raro. Si me vieras, pese a las cartas tan largas que te escribo (y por las que te pido perdón), creo que no diría nada más allá de un sí o un no. Aunque, bueno, el otro día por teléfono me harté de hablar. Claro que ya te comenté que necesitaba hablar. Temo perder la voz de no usarla. Sé que nunca la perderé, pero me da miedo pensar en que como siga así ya no sabré hablar.

Tampoco me va muy bien con Julio, el amigo que corre. El otro día tuve una discusión. Antes de que se pusiera a correr, corrí yo. Nunca se me había ocurrido. Siempre era él el que corría, pero estaba tan contento (era viernes, tenía a primera hora con Ricardo) que comencé a correr. ¡Y el muy tonto va y se asusta! Y venga a pedirme explicaciones de por qué corro. Porque quiero, le dije. Pero es que tú nunca corres, me dice; y yo le digo: Oye, ¡que no aprendí a andar ayer! Y así nos fuimos liando. Ya llevo una semana y dos días sin que me hable. ¡Peor para él! Sino quiere ser mi amigo, o si siendo mi amigo se enfada por una estupidez, es que es estúpido. En el fondo estoy triste. No por esto, aunque sí, pero estoy triste y no sé por qué.

Bueno, creo que ya me he pasado con la carta. Seguramente ya no se te ocurrirá escribirme. Dirás: ¡Qué pesado! Pero es que no sé, me gusta escribirte, y me daría pena que no me escribieras, porque me gustan tus cartas, porque me gustas tú. Te prometo que si me escribes, mi próxima carta será más corta, casi como una redacción. Ya no sé tu número de teléfono; estoy por llamar a Esteban para ver si telefónica se confunde de nuevo y me pasa contigo. Pero creo que el destino ya jugó. Te voy a dar mi número de teléfono. Es el: 922 - ** ** **. No tienes por qué llamar, esto te lo digo en serio, aunque me gustaría hablar de nuevo contigo.

Nada más, espero que te encuentres bien y que pintes muchos cuadros bonitos. No quiero insistir, pero me podrías enviar una fotografía tuya y de tus cuadros, así ya sé cómo eres y qué haces.

Adiós.

Fdo.: Valerio. F.O.

Permanecí atento a cada una de sus palabras sin asombrarme ya su memoria. Imaginé que las habría leído un montón de veces, que sus ojos habían paseado por esa letra pulcra y amanerada, descansando en cada uno de los recovecos. Quedé enmudecido pues no las relataba de un modo mecánico y perezoso, sino que su timbre de voz, su tonalidad, reflejaba toda la tristeza e inocencia que contenía aquella carta. Lo que si era insaciable era mi curiosidad. Esta hizo que me saltara dos cartas y le anunciase el matasellos del 9 de junio de 1980.

En Tenerife, 8 de junio de 1980.

Querido Carlos:

   No sabes cómo me gustan tus llamadas. Me hace ilusión llegar a casa y saber que puede que me llames. Si esto no ocurre, me entristezco. Con esto no quiero decir que me tienes que llamar más, ya me llamas casi todos los días y llamar desde La Coruña debe de salir en un pastón, aunque tu eres pintor. Sólo quiero decir lo mucho que me gusta. Eres con la única persona que puedo hablar libremente. El otro día no hablé mucho porque ya estaban mis padres. Después venga a preguntarme con quién hablaba, quién era y todo eso. Yo les decía que era un amigo y aunque pusieron cara de alegres, también quedaron sorprendidos. Parecían que decían: “¡Mi hijo!, ¿con un amigo?” Cuatro días después preguntaron si seguía llamando “mi amigo”. Lo dijeron así, con comillas, subrayando la palabra amigo. Yo dije que sí, que de vez en cuando. Más tarde entendí las comillas. Estábamos cenando cuando mamá fue a la cocina y papá me preguntó curioso: ¿Y no será una amiga? Yo me ruboricé y le dije que no, pero como disculpándome. Pero no se lo creyó del todo, porque me dijo: Anda con cuidado. La juventud de ahora tenéis que andar con cuidado. Eres muy joven aún como para meterte en líos con mujeres. Después cambió de opinión, me dijo que disfrutara, pero sin meterme en líos. Cuando ya me sonrojó del todo fue cuando me dijo: Sabes que hay métodos, ¿no? Yo le dije que claro que lo sabía, pero estaba tan avergonzado que me fui para cama. ¿Sabes? Esta es la primera charla de sexo que tengo con mi padre. Hasta ahora nunca me dijo nada, sólo cabeceaba de vez en cuando con cara de preocupación y, por mucho que lo mirara como diciendo qué pasa, él seguía cabecea que cabecea.

   Dirás que hablando todos los días por teléfono, qué te puedo contar por carta. Hay algo que no me atrevo ni a contarte a ti que eres mi mejor amigo. Prefiero contártelo por carta, y cuando llegue a tu lado creo que ya tendré el valor de hablar de eso. Estoy enamorado.

   Es un poco difícil de explicar, pero yo ya lo sabía. No lo sabía de ahora, ahora lo disfruto; o mejor dicho: lo sufro. Sé que lo que te voy a decir te puede sorprender, o quizá no. A mí no me sorprende, siempre lo supe, sólo que con voz chiquita. Estoy enamorado de mi profesor de matemáticas, de Ricardo. ¡Es tan lindo, tan bueno!, que ahora José Antonio ya me parece muy crío. Te digo esto porque también estaba secretamente enamorado de él. Pero ahora, ya lo veo de otro modo, sólo que es un hijo de puta. Yo intento disimular lo más que puedo, pero no puedo. El otro día, cuando se iba de clase, Tony me pilló mirándolo con una cara que me imagino cual era, pues en ese momento sentía que mi novio se iba. Así que nada más irse el grito a toda la clase: “¡Hostia, puta! ¡El Valerio se coló por el profe de mates! ¡El marica está enamorado!” Y venga a reírse como un mamón y a repetirlo mientras más se sumaban al coro y me tocaban e insultaban mirando a ver si estaba empalmado. Yo siempre callo, pero esta vez, aparte de callarme, no pude evitar ruborizarme. Lo que me salvó fueron los lloros, y la pobre de Alicia que fue la única que me socorrió. Ya no fuimos a la siguiente clase, ni a la siguiente, ni a la siguiente. Estuvimos toda la mañana hablando. Yo no paraba de llorar, pero aún así me resistía a confesarle la verdad. Ni siquiera me la había dicho a mí, ¿cómo se la iba a decir a ella? Pero al final, sabes Carlos, se la dije. Le dije que era cierto lo que ese hijo de puta había dicho, le dije que amaba con toda mi alma a Ricardo, que no hacía otra cosa que pensar en él, que imaginarme que lo besaba y que lo acariciaba, así hasta que hacíamos eso que hay que hacer.

   Ella pareció comprenderme, de hecho, aunque triste, fue muy amable. Me dijo que eso era normal, que era una enfermedad que a veces tiene la gente, pero que no me tenía que preocupar, que todo se sana. Yo le dije que no quería sanar, que quería amarlo. Pero ella insistió en lo mismo, en lo de la enfermedad, en que tenía que ir a un psiquiatra pues eso era un claro desarreglo de mi personalidad. Estuvo muy bien. Me sentí por primera vez mejor; pero poco duró.

   Todos los días me caía el típico puteo. Lo he pasado mal. No te lo he dicho, pero lo he pasado mal. Era una vergüenza tan grande que ni siquiera a ti te lo comenté. Tú eres la única cosa buena que tenía a lo largo del día. Cuando estoy contigo, me olvido de todo lo demás, incluso me olvido de esos ojos verdes de Roberto, de esa sonrisa que te acaricia, de ese cuerpo tan bonito que tiene. Tú no lo comprenderás, o sí, pero igual que para ti una mujer puede ser bonita, también puede ser un hombre. ¡Y este es mi primer amor!, ¿sabes? Claro que puedo curarme, pero me da miedo curarme; aunque tengo que curarme. ¡Lo estoy pasando muy mal, fatal!

   Todo se complicó, Carlos. Alicia al final, pese a que no iba a decir nada, dijo todo. Lo que antes podía ser, pues desde esa yo trataba de estar ciego cada vez que nos daba clase, ahora era. Y la broma ya no era broma. Fue tan cruel que aún ahora lloro. No paro de llorar, aunque disimulo. No quiero preocupar a mis padres, aunque están tan en lo suyo que, asombrosamente, no han notado nada. Ni mis hermanos cuando vienen lo notan. No digo yo que lo tenga que notar Ramiro, que bastante tiene con lo suyo, pero si Rosa y Andrés, sobre todo Andrés. Pues no me dice por qué no le hablo. Debe de pensar que son los exámenes; pero ni por ellos me pregunta.

   Cada día que pasa es un día menos. Ya no falta nada para que todo acabe. Después me queda todo el verano para convencer a mis padres de que me cambien de instituto, y también me queda todo el verano para ver dónde vive Ricardo. Sé que vive en Los Realejos, ¿pero dónde?

   Estoy deseando que acabe ya de una vez. No lo puedo soportar. Ya no hablo con nadie, sólo tengo ganas de salir y llorar. Por eso son tan importantes tus llamadas. Me lo paso bien, me tratas no como al niño que soy, sino como un hombre. Me das alegría, la única alegría que siento. El otro día iba por el pasillo pues llegaba tarde a clase (casi ni fuerzas tengo para levantarme) y él salía de su despacho para la biblioteca. No había nadie, así que me lo quedé mirando. No  pude evitarlo pues lo tenía todo para mí. Además, ¡estaba tan guapo! Antes de llegar a mi lado cambió su cara y esa sonrisa que llevaba se fue. Así que muy serio me dijo: “¿Se puede saber qué miras?” Me lo dijo con tanta rabia que me quedé mudo y quieto. Fíjate que sólo con eso se me partió el corazón; ni su “venga para clase” me despegó del sitio. Al final siguió su camino no sin antes decir un “gilipollas” cargado de desprecio. Ya no fui a clase, ¿sabes? Me fui a llorar. Volví para casa y lloré mares. Y allí estuve toda la mañana, metido en cama y venga pensar en él y venga llorar. ¡Dios! ¿Cómo puede ser tan cerdo con lo bueno que es? Te juro que aquellas palabras estuvieron todo el día conmigo. Al principio tenía mucha rabia y sólo me hervía la sangre para imaginarme cosas que le podía decir, hacer; pero después, no. Creo que ya vomitara todo lo que tenía que vomitar. Tenía una pinta desastrosa. Cuando mis padres llegaron y me vieron así, incluso se preocuparon. Yo les dije que me dolía mucho la barriga, pero que ahora ya estaba bien; débil, pero bien. A ellos les pareció bien la disculpa, aunque mi madre me miraba de un modo extraño, como no llegando a entender que tiene que ver un dolor de estómago con los ojos rojizos y la cara de amargura.

   Tras eso cometí una estupidez: miré en el listín telefónico y ahí aparecía. No sé por qué no se me había ocurrido antes. Lo tenía tan metido todo el día en la cabeza que no veía otra cosa. Me salió su voz clara y alegre; pero yo no me atreví a decirle nada. Quería decir te amo, pero aunque tenía la palabra por todo el cuerpo no me pasaba de la garganta. Ahora lo estoy llamando muy a menudo. Hay días, cuando lo llevo llamado unas seis o siete veces, que ya se le fue la alegría y me trata de hijo puta para arriba. Además, ya sé donde vive. Así que cuando terminé las clases iré todos los días hasta allí, a ver si lo veo, porque no podría vivir sin verlo.

   Creo que después de esto a lo mejor ya no te apetece llamarme más ni escribirme. Pero no estoy enfermo, estoy enamorado; ¡triste y enamorado! Haciendo poesías que puede que él nunca lea.

   Adiós.

Fdo.: Valerio F.O.

   Cuando señalé la siguiente carta, él suspiró y bajo la mirada. Se quedó en un silencio lúgubre. Dejé las cartas en la cama y me acerqué a él para abrazarlo. En mi pecho, entre caricias y sollozos entrecortados, partió la memoria rumbo a la siguiente carta

En Tenerife, 3 de julio de 1980

Querido Carlos:

   ¡Qué mala suerte tengo! Amar a quien no me ama y ser amado por quien no amo. Me sorprendió tu carta, igual que me sorprendieron tus llamadas. No sé porqué, pero aunque no me creía único, si creía que estaba solo. Es la primera vez que conozco a otro homosexual. Creo que con esa fama que tenía y tengo, me negué a verme y a ver. Yo notaba tu simpatía, incluso, a veces, fantaseaba de que podías estar enamorándote de mí, más que nada por no estar solo, pues sabes que mi corazón no me pertenece ni te pertenece.

   Allá voy todos los días que puedo. Es como un juego del escondite: verlo sin que me vea. A veces estoy tentado a salir, a que me vea para ver que me dice; pero temo que me suelte un gilipollas que me deje helado y herido. El otro día entré en su portal aprovechando que salía un vecino. Cuando vi su nombre, besé su buzón. Al día siguiente ya aproveché para escribirle una carta. Tarde toda una mañana pues la hice a máquina para que no reconociera mi letra. Le decía cuánto lo amaba, todo lo que estaba pasando aunque sin dar datos que lo llevaran a mí. Le decía cómo lo miraba en secreto, como suspiraba cada vez que lo veía y como esa imagen me acompañaba a lo largo del día hasta que por la noche me hacía suyo. Firmaba la carta con un escueto: “Un amor que te amara hasta la muerte”. Después, dado mi despiste, añadía una postdata: soy un hombre. Y allí me quedé esperando a que llegará y leyera la carta. Fue sobre las seis, cuando bajo para la playa. Salió solo (a veces sale con chicas, con chicos. Tiene muchos amigos). Vi que aunque tenía otros sobres en la mano, iba leyendo mi carta. ¡Dios, cómo palpitaba mi corazón! ¡Por un momento hasta creí que me iba a morir allí! Te hará gracia, pero pensé que primero sonreiría y acercaría después la carta al corazón y se pondría como en “Cantando Bajo la Lluvia”, a bailar y cantar como un loco. Pero no hizo ni lo uno ni lo otro. Se paró, terminó de leer toda mi declaración y el muy hijo de p. la tiró con desprecio. Se me partió el alma, se me nubló la vista con las lágrimas y cuando cogió el coche y se fue cogí los restos de su desprecio. ¡Pero la mala suerte no había hecho más que empezar!

   Estuve loco como una semana. Lo llamaba y lo insultaba, le tiraba huevos a su coche, llamaba a su portero automático; pero anteayer me cogieron. Me cogió su hermano. Noté la calle como siempre pero estaba su hermano, cuándo me agarró me retorció el brazo diciéndome cosas que aún me duele recordar. Además, me hacía un daño insoportable. Y allí gritándome, poniéndome a parir, llevándome casi en volandas hacia el portal. De nada sirvieron mis lloros ni mis ruegos. Cuando llamó sólo dijo: “¡Ya cacé al puto mariconcete!” Te puedo asegurar Carlos que me moría de vergüenza. En ese momento quería morirme, hubiera dado mi vida por no estar allí y que él me viera en ese estado. Bajó rapidísimo. Llegó de una mala hostia impresionante pues lo primero que me dijo fue: “Ya me imaginé que sería un gilipollas como tú. ¡Pues la has cagado, amiguito! ¡Esto te va a costar caro, maricón!” Y no sé que más dijo, pues en ese momento no hacía otra cosa que llorar y tenía todo el cuerpo que no paraba de temblar, ya ni sentía el dolor del brazo. De repente, me vi suelto y él empujándome violentamente. Y ahí si que me enteré. No dejaba de insultarme y, para terminar, dijo: “¡Llamaré a casa de tus padres, maricón! Esto tienen que saberlo”

   Ahora estoy que no vivo. Aún no ha llamado, pero siento una angustia tremenda. Antes el sonido del teléfono me alegraba, me hacía recordar que, dentro de lo que cabe, no estaba tan solo. Pero ahora... Siento una angustia demasiado grande. Unos nervios en el estómago que no se me dan quitado. Cené disimulando pues al momento tuve que ir al servicio y lo vomité. Por lo menos me sirvió de disculpa para poder llorar a gusto sin rendir cuentas a nadie. Cuando por la noche mi madre vino a ver cómo estaba, tuve que disimular y hacerme el dormido; pero me he pasado la noche llorando. ¡Ya no sé qué hacer! Te juro, Carlos, que me da ganas de acabar. De acabar del todo. Me gustaría que estuvieras aquí.

   Bueno, hasta la próxima carta. Ya te contaré por teléfono cómo me va. Un beso. Te quiero mucho (pero como amigo).

Fdo..: Valerio F.O.

   La curiosidad se había apoderado de mí y estaba ansioso por saciarla. Señalé la siguiente carta y con voz pausada emprendió su recitar:

En Tenerife, 20 de julio de 1980.

Querido Carlos:

   No te prometo que no vuelva a cometer la misma tontería. Aunque me encuentro un poquillo mejor, mis ánimos están por los suelos. En el único sitio que estoy bien es en el cama; después todo me cansa. Todo. Por eso no me pongo al teléfono; no porque no quiera ponerme, sino porque no tengo fuerzas. Créeme hoy es la primera vez que me levanto desde hace nueve  días.  Y es para escribirte.

Ya ni fuerzas tengo de disimular. Claro que según el psiquiatra, y mis padres están más que convencidos, estoy intentando llamar la atención y eso que, según él, tengo un brote sicótico. Pero todo solucionado. ¡Unas pastillitas y listo! Pero yo no me noto mejor. ¡Sabe Dios qué me estará dando! No noto ninguna mejoría, y me sigo pensando eso de irme ya de una vez. ¡Todo es tan negro, Carlos!

Y después está ese cuchicheo. No me lo dicen, pero están hablando de mí. Y tomo fuerzas para ir hasta allí, pero cuando llego callan. ¡Lo debe de saber todo el mundo! El otro día, cuando fuimos al psiquiatra, tenías que ver las miradas que me echaban y cómo se quedaban dándole a la lengua. ¡Dios mío, qué maleducada es la gente! ¡Tenías que ver sus miradas! Noto cómo se clavan en mí. ¡En serio!

Y después está el psiquiatra, ¡que sabe Dios qué me está dando! He decidido no tomarlas. Llevo una semana y pico y no noto nada. Sigo teniendo esa sensación de que ya soy otro, de que tengo como un velo. Es difícil de explicar, pero es como un velo en el cerebro que impide ser tan ágil como antes. A veces, es tan fuerte la sensación que sólo siento el velo. ¡Y el venga con esas pastillitas! Y yo es que no me siento el mismo. Ya no soy el mismo, lo parezco, pero no lo soy. Está eso del velo (ahora veo que me repito, pero no me gusta tachar la carta y tampoco tengo fuerzas para hacerla de nuevo). Pero bueno, como decía, está lo del velo. Yo sé lo expliqué, pero me dijo que era normal. Estuve a punto de decirle: ¿Cómo qué normal? Sé ve que por muchos títulos que tenga, él nunca se suicidó. Tienes que verle la consulta. Tiene toda la pared empapelada de títulos. Tiene mucha fama; pero yo no me fío ni un pelo del psiquiatra. Llevo tres visitas y siempre me pregunta: “¿Cómo estás?” Anteayer le dije:  “Dígamelo usted, para eso le pagan”. Pues va y me dice que estoy bien, que cada vez me encuentra mejor. Yo no me fío ni un pelo de este psiquiatra y eso que tiene la pared empapelada de títulos. Tendrías que verla.

Hoy estaba pensando que en el fondo no está mal que por culpa del h.p. mis padres se enteraran de lo mío. No sé si guiados por el psiquiatra, aunque de ese no me fío ni un pelo, pero me dijeron que no me preocupara. ¡Claro que tendrías que ver sus miradas! Ya no me tratan igual. No es por lo del suicidio, o mejor dicho el intento de suicidio, porque para mi desgracia aquí sigo. No es eso... ¡Tendrías que ver como me miran! ¡Me vigilan! ¡Me siento vigilado! Si ves la letra un poco rara es porque estoy escribiendo directamente sobre la mesa, no sobre los folios. Porque estoy seguro que después pasan el lápiz, como en “Crimen Perfecto”, ¿recuerdas?, y miran todo lo que he escrito.

Tampoco tengo ganas de hablar, ¡y con ellos menos! Y con ese psiquiatra, ¡peor! No me fío ni un pelo. Además tendrá que demostrarme que no he sufrido daños. Porque está lo del velo. Es una sensación difícil de explicar, pero que no tenía antes. Está claro que el gas me afectó, me dejó secuelas. ¡Claro que según las pruebas parece ser que el gas no me afectó! Pero eso tendrán que demostrármelo. Tendrán que demostrármelo, porque lo del velo no es normal.

Ahora me voy para cama. Estoy cansadísimo. Me ha costado mucho escribir esta carta. Pero son estas pastillas. Yo no me fío ni un pelo de este psiquiatra. No noto mejoría. Bueno, si quieres puedes llamar. Intentaré cogerlo; pero si no me pongo, no te enfades. Tú eres el único que me puede comprender. Aunque esto me dejó secuelas, lo que sé es que no tengo amor. Nadie me quiere. Te quiero.

Fdo.: Valerio F.O.

De nuevo, vencido por la ansiedad, trepé por esta historia. Salté dos cartas para ver qué le había ocurrido, pues comencé a comprender que algo se había desencadenado en ese fajo de treinta y ocho cartas que se cerraban con un silencio eterno. Pero no sólo presentía esa muerte, también una historia singular que dormía

 

En Tenerife, 18 de enero de 1981

Querido Carlos:

   Tienes toda la razón, aún soy muy joven como para matarme tan pronto. ¿Sabes? ¡Debías ser psiquiatra! Eso de que todavía me queda mucho por joder, levanta los ánimos a cualquiera. Aunque sólo sea eso, por joder a la gente, yo me quedo. Una cosa: siento lo del otro día por teléfono. No sé qué me pasaba. Con lo bien que te has portado eres la persona que menos merece mi mala leche. Tú mereces la buena.

   No te lo dije porque me daba corte; pero el otro día soñé contigo. Eras tan real que creí que no era un sueño, creí que estábamos juntos. Me levante empalmado. Aunque todas las mañanas me levanto empalmadísimo, ese día fue diferente. Tenía la polla empapada y unas ganas enormes de continuar el sueño. Así que me despeloté y comencé, ¡no te rías, por favor!, a follar a la almohada. Estoy escribiendo esto y estoy sintiendo una vergüenza terrible; no sólo porque tú lo sepas, sino por lo sucio, por lo pecador que fui. Y ahora, como ya sabes, intento acercarme a Dios porque veo que no me ha abandonado como creía, aunque lo del velo continúa. Bueno, pues me follé a la almohada; o mejor dicho: te follé. Primero cabalgue sobre ella. Era un gustazo sentir el tacto suave de la tela sobre mi polla; yo no me imaginaba que era la tela, ¡ya sabes...! Pues así estuve un ratillo bien grande. ¡No veas como te perforaba! Y tú, con esa voz tan dulce, venga a decirme cosas bonitas; ni cuando yo te besaba, y no paraba de besarte, callabas. Que si Valentín esto, que si Valentín lo otro, que si haches que si bes. Lo cierto es que yo estaba a cien. Cada vez que me iba a correr, me agarraba la base de la polla con fuerza y cambiaba de postura. Te ponía encima, de lado, contra la luna del armario, sentado sobre mis piernas mientras me meneaba con fuerza. Tú te portabas de gloria. Eras cálido y comprensivo; y sobre todo muy romántico. Incluso cuando me follaste, porque créeme, al final me follaste, eras tan tierno como por teléfono o como lo son las palabras de tus cartas. Te preguntarás cómo harías para follarme... ¡Imagínatelo! ¡Je, je, je, je, je! Pues sí. Así fue. Cuando me follaste me veía en la luna del armario, y te juro que aunque sabía que era yo,  te veía a ti, te veía con esa cara de la foto mientras me dabas por el culo y me meneabas mi polla, así hasta que yo te anunciaba un “me corro” entre gemidos. Entonces parabas y era yo quien te tomaba. Me encantaba verme de costado, ver como todos mis músculos se concentraban en darte por el culo. No veas lo excitante que era ver como se hundía mi sabrosa polla entre tus carnes y como éstas la recibían con alegría. ¡Hasta me chupaste la polla! Esto si te lo explico porque a lo mejor no lo pillas. Te apetecía un montón chuparme la polla y como estabas muy mimoso yo no sabía decirte que no. Además, no quería quedar como un puto salido en nuestro primer encuentro. Bueno, me puse frente al espejo y escupí sobre la polla. El primer esgarro cayó sobre la mitad, así que volví a escupir con rapidez, pues el otro iba cayendo hacia el pelo de mis cojones. Esta vez acerté un poco más, un poquito más cerca de mi capullo; ¡pero a la tercera fue la vencida! En esa di de pleno. En pleno capullo un esgarro burbujeante. ¡No veas como me la chupabas! Te la tragabas enterita. Yo zumbando con la mano, imaginándome que te la comías toda. ¡Y cómo te la comías! Me moría de gusto. Era asombroso, pero cada vez que parabas, volvías a decir esas cosas tan bonitas; ¡y no veas como me ponías! Esa vez te dije que me corría, pero tu dijiste: “¡Venga, en mi boca!” Y allí fue a parar toda la leche de polla, contra la luna. ¡Fue muy curioso sabes! Mientras me corría en tu boca me iba cayendo mientras no paraba de aullar así como nervioso. Bueno, pues lo curioso es que la leche de polla se estrellaba contra la luna del armario, pero caía justo en mi boca abierta; o mejor dicho: en tu boca tragona. ¡Je, je, je, je! ¿Sabes que me cambió el sabor? Es increíble, ¿verdad? Pues hasta en eso me afectó. No es que me la coma muchas veces, pero antes era como más seca; no sé cómo explicarlo, pero sabía como a masa de harina. Ahora, no. Ahora es más fuerte. ¿Será qué me afectó también a eso? ¿Tú sabes si la leche de polla cambia de sabor? Ahora es algo que me preocupa. Y me preocupa bastante. ¿Cómo se lo voy a decir al psiquiatra? ¡Me va a tomar por loco! Y no estoy bien, pero no estoy loco.

   Ahora repaso la carta y veo que estoy la hostia de salido. Voy a parar un momentito. ¡Ya sabes...!

   ¡Joder (perdón Dios), qué a gusto queda uno después de una paja!, ¿verdad? No estuvo tan bien como la que te pongo aquí, pero es que no podía montar tanto numerito, mis padres están en casa pegados a la televisión, pero cualquier gemido que doy, ya vienen rápidamente a ver si me he matado.

   Bueno. Nada más. Te quiero. Y creo que te quiero de verdad

   Como si barajase cartas deseché la que no me llevase al triunfo y di un nuevo salto entregándole la de un veinticinco de febrero del ochenta y uno.

Querido Carlos:

   No paro de reírme recordando lo que me contaste. Aunque yo de política no entiendo un carajo, o carayo como decís vosotros, tampoco te creas que me hacía mucha gracia que triunfara el golpe de estado. Imagino que nosotros no entraríamos en esa gente a la que salvar; pero de ahí a huir, hay un paso que, con lo escondido que yo estoy, no di. Claro que tu caso es distinto. Eres artista. Y a la derechona no le hace puñetera gracia ni la inteligencia ni la belleza. ¡Y aún encima con lo mari... que eres! Aunque ya sé que lo tuyo nadie lo sabe; así que si pringabas, pringabas por pintor, no por mari... Así que hiciste bien. Te llega a pasar algo y creo que no vivo.

   Mira una cosa, a lo mejor soy yo y esto que te voy a decir no lo tienes que tener en cuenta, pero te noto un poco extraño. No sé, ya no llamas tanto, ya no es lo de antes. Parece que una vez que te dije que te quería la cosa, no sé, te haya asustado un poco. Perdona, pero es mi impresión. Además, ya sabes lo mimoso que soy. Creo que lo sabes, si no te diste cuenta te lo digo ahora: soy mimoso.

   Pienso que te asusta mi edad. Es cierto que soy muy joven, pero también es cierto, y tú lo sabes, que yo no soy como los demás. Más que nada me duele no quererte, sino sentir estas sensaciones tan raras que me hacen dudar de lo que me dices, o que ahora no me dices. No te lo tomes a mal. Creo que hay confianza entre los dos como para que te pueda decir esto; pero lo cierto es que no soportaría más dolor. Ya he soportado bastante, ¿no te parece?

   ¿Cuándo vas a venir por aquí? Me encantaría que fuera cuanto antes. Ahora cuando te lo pregunto parece que te haces el sordo. Imagino que tienes mucho trabajo, pero aquí hay vuelos muy baratos y en un segundo te pones aquí y podemos vernos. Me encantaría verte, estar contigo. No soñarlo sólo por las noches, sino vivirlo para poder recordarlo cuando no estés.

   A lo mejor también te asustó la llamada del otro día. Te juro que nunca había hecho nada así. Es la primera vez que lo hago, así que tú tranquilo si estás celoso. No tienes que preocuparte, aunque parecí muy salido cuando nos tiramos la paja por teléfono, yo no soy así. Yo soy así contigo; pero no soy así con todo el mundo. ¿Entiendes? Además, lo soy contigo porque te quiero. Esa es la razón, además la razón de que sea así. Sino pecaría. Mientras que si te amo, no peco. ¿Entiendes? Creo que el amor salva al mundo. Menuda frase. ¡Je, je, je, je, je, je! Pero es cierto. Nos tiene que salvar. Así que no te preocupe ni mi edad ni mi fiebre, por llamarlo de alguna manera, porque mi edad es la que es y tu ya la sabías, y lo salido que soy lo soy porque eres tú. A los demás, ni la hora.

   Bueno, un beso en ese pincel que tienes y que tan buenos cuadros pinta por teléfono. ¡Je, je, je!

Fdo.: Valerio F.O.

P.D.: ¡Llámame, por favor! Empiezo a estar preocupado. Un abrazo. Te quiero.

Miré sus ojos y fui mostrando carta para leer en ellos una huella de lo que contenían. En la siguiente había vergüenza y mi pudor la dejó pasar; pero no así la vecina. En esta había vergüenza y pena.

En Tenerife, 14 de junio de 1981

Querido Carlos:

¿Por qué no contestas a mis cartas? ¿Por qué cuando llamo cuelgas el teléfono? ¿Por qué?, ¿por qué?,¿por qué?, ¿por qué?

¿Por qué antes sí y ahora no? Te juro que no lo entiendo. Te juro que me paso las noches llora que te llora y no lo entiendo. ¿Te hice algo? ¿Qué te hice? Por favor, dímelo. Dime lo que sea pero dime algo. Tengo todas tus cartas, y aunque no lo creas también guardo todas tus llamadas. Y tú sabes de qué están llenas. No es algo que te pidiera, sino que tú me diste. Y yo caí. Sabes que caí. No quería, pero necesitaba tanto querer que quise el amor que me dabas, hasta que sentí lo que sabes, lo que tengo ahora: un amor profundo. Y ¿qué hago con él? Dime, Carlos, ¿qué hago con él? No quiero creer que todo fueran palabras y nada más que eso, pues nunca, nunca, nunca te puse una pistola para que me las dijeras; pero tú me las dijiste. ¡Y cómo me las dijiste! Ahora las leo y las leo con tu voz cantarina y me siguen abrazando, y recuerdo tus palabras por teléfono, tus bromas, tus preocupaciones, tu sexo, y sigo viviendo cada momento. Por que los vivo, ¿sabes? No puedo evitarlo. Estás ahí y estás siempre. Y si no estás, estoy solo. Muy solo. Casi sin vida.

Creo que voy a volverme loco. Ahora sí. Ahora me voy a volver loco. ¡Ven, por favor! Te pido perdón por si alguna vez hice algo o dije algo, pero ven. ¡Ven cuánto antes! Ven porque muero. Ya no tengo ganas de nada, sólo estar contigo, siempre contigo.

Te juro que si vienes intentaré que lo marica que soy pase lo más desapercibido que pueda. Seremos como un padre con su hijo. Ya sé que no nos parecemos mucho, pero siempre puedes decir que soy tu sobrino. Eso si que cuela. Así podremos estar juntos. Podremos gozar el uno del otro. Ya se que mi experiencia no es mucha, pero mi amor si sabes que lo es. Y ese es tuyo como yo.

Llámame o escríbeme. Dime que me perdonas lo que supongo que hice. ¡Pero ven, creo que voy a volverme loco! Siento como me voy. Y sólo tú puedes hacer que vuelva a sonreír diciéndome que todo lo que me dijiste era verdad y es verdad.

Mil besos. Te amo.

Fdo.: Valerio. F.O.

Con un gesto rechazó la siguiente carta. Sus ojos lloraban abriendo las ventanas a un sufrimiento que, como las cartas, guardaba encerrado en lo más negro de su alma. Pero yo insistí, aquella más que ninguna la quería leer.

En Tenerife, 22 de octubre de 1981.

Querido Carlos:

Estoy enfermo. Pero no te preocupes, no es lo que imaginas. Yo sé cuál es mi enfermedad. Pero ya no tengo fuerzas, ya ni las quiero. No quiero nada, ni tu amor. Ya nada me hace falta para quien nada de mí quiere. Te desprecio; ¡y no sabes en qué grado! Creo que es un odio infinito, pero también creo que es la única forma de curarme de mi enfermedad. No quiero verme de viejo y sentir que mi palabra no pesa ni el aire que respiro. Tampoco quiero, ahora que aún soy joven, morirme seco y solo por la desconfianza que tus palabras de amor sembraron en mí. Amé y no amo; pero volveré a amar. No a ti que no mereces ni una de las lágrimas por ti derramadas. A ti mi indiferencia, quédate ahí, en tu amada Coruña, con tu cobardía. Yo dejaré que la mía respire. Y ya está respirando, ¿sabes Carlos?

¡He hecho el amor!; bueno, ¡he follado!. Pero sé que cuando sane haré el amor. Lo tengo tan claro como el polvo delicioso que nos largamos. No te hable de él, porque tampoco yo me había fijado hasta que me fijé que se fijaba en mí. No te resulta curioso como la gente comienza a existir a partir de que para ti es algo. Pues eso ocurrió con Pedro Antonio. Yo lo llamo Pedro, pues creo que le va más ya que es tan duro como una roca e igual de sonoro que su nombre. Vive en mi mismo barrio. Cuando bajo al perro tenemos coincidido; pero nunca me fijé hasta ahora. Debe de ser que ahora no paro de fijarme en lo mucho que me miran. No paran de mirarme, ¿sabes? Sé lo que dirán, o me lo imagino. Muchas veces siento unas ganas tremendas de pararme, bajarme los pantalones y decirles: ¡Chuparme el culo, viejas putas! Pero de alguna manera, ya lo hago. He comenzado a vestirme con descaro. Antes quería pasar desapercibido; ahora, ya que eso es imposible, quiero cagarme en todos. Así que voy un poco marica. Aprovechando que todo lo que hago en este momento está bien hecho, pues según ese psicólogo, del que no me fío un pelo, reafirma mi personalidad, pues salgo a la calle echa una marica. A veces. tengo bullas, pero las menos. Tenía más follones antes, pillando menos libertad, que ahora. Ahora, todo está bien.

Bueno, pues el otro día baje a “Coca”, y de nuevo me lo crucé. Noté cómo me miraba, y yo pensando: “¿Qué cojones mira este?” Pero aunque ya anochecía, me di cuenta que no era una mirada como las otras. Conforme nos acercábamos bajo la cabeza avergonzado, con esa timidez que nos da cuando se nos pilla; pero al pasar por mi lado: ¡sonrió! Tenías que haberla visto. Era como una sonrisa entre cómplice y resignada. Como si al mismo momento que piensa: “¡Joder, tío, qué bueno estás!”, pues se arrepiente y termina diciendo: “¿Para cuándo tendré pelotas de decirle algo?” No sé si me entiendes. Bueno, en total, que yo me quedo parado justo cuando pasa por mi lado y me giro mientras él continúa su marcha. Me lo quedo mirando y lo veo por primera vez con otros ojos. Ya es un viejo, de unos treinta y cinco años, pero tiene uno de esos culos que a mí me gustan tanto, de esos que no caben en el pantalón. Estoy pensando en el culito tan bonito que tiene, cuando el maricón se para también y mira hacia atrás. Se sorprende al ver que yo le aguanto la mirada, y que como si fuera un tierno enamorado le dedico una sonrisa coqueta. Nos quedamos como diez segundos sin decirnos nada. Ni nos movíamos, quien nos viera diría que éramos un par de gilipollas; pero ocurrió como te lo digo. Al final, no sé de dónde saqué el valor; pero me veo, sin poder frenarme, diciéndole: “¿Te gustan los perros? ¿Me acompañas a pasearlo?” Así, todo junto, ni tiempo le di a que me contestara. Pero él viene hacia mí diciendo que sí le gustan los perros y que será un placer acompañarme. Yo lo llevo al descampado que hay al lado de mi casa, pero cerquita hay una nave abandonada. Así que la pobre Coca nos adelanta siguiendo la costumbre de todos los días, pero mis pasos me sorprenden y voy hacia la nave. Yo comienzo a llamar a “Coca”. “¡Coca, Coca, Coca!”, le digo. Tenías que ver cómo me miraba. No sabía muy bien qué hacer, si ir a marcar los sitios de siempre o venir conmigo. Al final vino conmigo, pero no paraba de correr y venir hacia atrás y mirarme con extrañeza. Mientras caminábamos no decíamos nada. Era uno de esos silencios difíciles de soportar. Sólo nos mirábamos con timidez y sonreíamos. Así, mirar y sonreír. Pena de que no habláramos. Yo quería contarle un montón de cosas, pero no quería que me tomara por un loco, aunque imagino que ya lo sabe. Pero a la vez era bonito, esa sonrisa y esas miradas. Para romper el hielo, yo comencé a hablar de “Coca”. Que si el “westy” aquello, que si el “westy” lo otro, que si el “westy” lo del más allá. Así, mientras dirigíamos nuestros pasos hacia la nave y seguíamos mirándonos y mirando. Porque en ese momento decidí que quería que me follara, quería sentir de una puta vez que era eso, ya que lo estaba padeciendo, por lo menos, me dije para mí, ¡pruébalo! Y miraba por si había alguien. Pero, afortunadamente, no había nadie. Por lo menos yo no vi a nadie. Así que aproveché las inspecciones que hacía para ver qué sitio sería cojonudo para que me follara. Tenías que verlo, Carlos. ¡Había que estar allí para verlo! Pero palpabas, casi podías tocarlo, que no queríamos hacer otra cosa que lanzarnos el uno en los brazos del otro. A mí se me puso dura ya de pensarlo. En otras ocasiones, cuando esto me ocurría, me quedaba muy, pero muy cortado. En ese momento, no. Es más, como si fuera una puta de película barata, me paré y me palpé el paquete para ponerme bien la polla. Él siguió mirando con timidez, pero esa timidez que tenía en la mirada, no la tenía su mano que de modo impúdico también mostró su tremenda erección. Ahí hasta me asusté un poco. Tenía un rabo de caballo. Una de esas pollas que pesan en la entrepierna. Quería decirle algo sobre su minga, pero me contuve porque se me estaba haciendo la boca agua y si le decía algo seguro que me despelotaba allí mismo.

“Coca” llegó primero, pero nosotros apuramos el paso con la disculpa de que la habíamos perdido; pero fue ponernos fuera del alcance de la mirada y buscar como perros el sitio más resguardado. Nos comía la prisa. Allí todo era mierda. Mierda y más mierda por todas partes. Fuimos a un casucho que había allí. La coña estaba preparada. Era minúsculo, pero con un sillón de una furgoneta y el suelo lleno de colillas y revistas pornográficas. Tenía una puerta tumbada taponando la mitad del vano. Yo ya iba a saltarlo cuando él dijo: “Apesta a meados.” Yo me quedé mirándole como diciéndole: “!Joder, tío, pero es lo único que tenemos!” Pero tenías que ver la confianza que inspiraba. Notabas que si él decía algo, había que cumplirlo a pelotas. Si me hubiera dicho: “Tírate a un pozo”, yo me hubiera tirado. Ahí, en esa penumbra, me di cuenta de lo macho que era. No era muy alto, medía igual que yo, pero estaba como contrachapado. Toda esa musculatura cruzada, marcándosele al mínimo aspaviento. “La puta, me dije, ¡que gloria perder el virgo con un macho así!” Con fuerza me cogió de la mano y con la seguridad de la que te hablé, va y da dos pasos; y yo me digo: “¡Joder! ¿Y a dónde va este tío?” Porque íbamos directamente hacia la puerta de la nave, una de esas puertas oxidadas por el olvido, pero que tienen la pinta de resistir toda la historia. Ésta tenía una cadena que colgaba entre las dos hojas, con un candado de esos contra ladrones. Bueno, pues conforme llega, sin tomar impulso ni nada, le da un patadón de la hostia. ¡Sonó como un trueno!, pero lo más flipante es que el puto hierro se convierte en cristal. Aquel candado macizo, acabó su vida de un solo golpe. Imagino que no pensaba lo que le venía encima, porque la armella quedó toda abierta. Visto y no visto. Ya estábamos dentro. Se me lanzó como un lobo. Me cogió entre los brazos y venga a darme besos, mordiscos... ¡Joder, cómo me calentaba el maricón! Cada beso que me daba, me lo daba con tantas ganas que me tiraba hacia la puerta, y venga a retumbar mientras yo me dejaba ir, retorciéndome de la excitación. Casi no tenía aliento para responder, estaba como ido. Me dejaba hacer, dejaba que su lengua avasallara mi boca, que sus dientes se clavaran dolorosa, pero deliciosamente, en mis labios, que sus manos gigantescas, pues tenía unas manos gigantescas, me sobaran como amasando mis carnes, dejándome el rastro de sus manos por mi cuerpo tan caliente como una brasa. No te puedo decir cómo ocurrió, me emborrachaba tanto, que ni me percaté cómo me desnudo; pero ahí estaba yo, en putos cueros, con el pantalón en los tobillos y con mi polla más briosa que nunca. “Sabía que estabas bueno. Ya te había echado el ojo, ¡pajarito! ¡Y das lo que prometes, maricón!” Así me lo soltó en la breve pausa que se tomo, entre besos, mordiscos y lambetazos por todo mi cuerpo. Yo no supe que decir. Ya decía bastante con mis jadeos, ¿creo yo? Nunca en mi vida estuve tan caliente. Ni una de mis pajas se puede comparar a lo que sentía yo en ese momento. Te lo juro, Carlos, estaba en la gloria. Sé que lo que voy a decir es una blasfemia: la gloria tiene que ser un cielo de maricones como este. Esa pausa, y mi cuerpo ya echaba de menos al suyo. Tuve escalofríos, ¡y no era el frío, Carlos!, era él. Me quedé tan liló, que me avergoncé por un momento de sentir tanto, y pensar que él no había sentido nada, pues no había hecho nada, sólo dejarme ir. En eso que se toca la polla y veo que está a reventar. Así que me quedo como hipnotizado mirando la puta de la verga y no me entero de cómo se quita la camiseta y la tira con violencia y despreocupación viniendo hacia mí. Como si fuera paja, me puso sobre sus hombros. Y ahí me cegué. Era el tacto de su piel, la cantidad de filigranas que tenía esa espalda trabajada, y esa caída que se hundía hacia su culo, pero sin perder puta fortaleza. Porque desde allí contemplé el culo de una manera distinta, que lo hacía más apetecible, pues veía el nacimiento de su raja, y cómo ésta se oscurecía. ¡Dios! Me importaba un nabo hacía dónde me llevara: yo estaba en la gloria. Mi polla empapada rozando sus pectorales, yo agarrándome y acariciando toda su fibra, aspirando ese aroma a machito que tenía. ¡Nunca lo olí nada parecido!; pero deberían de hacer un perfume de su sudor. Tenía un olor cojonudo. Más tarde se lo dije, y con la seguridad de la que te hablé, él me dijo que lo único que lo hacía sudar era la excitación; sudaba también por el calor, pero él mismo me reconoció que no era lo mismo. Sudaba sexo. Olía, y me enrollo tanto con esto porque te excitaba ese sabor a macho, de una manera especial, sabía a su carne, a la fuerza de su carne, un sabor salado, rústico, pero también picante y dulce. Era una mezcla de todo. Ahora, y digo esto porque lo he pensado mucho pues me pajeo constantemente pensando en el olor de su carne, creo que sabía distinto dependiendo de lo que te hiciera, de lo que hicieras con él. Ahora no lo entiendes, pero en esta carta (que me está quedando muy larga, ¡je, je, je, je!) entenderás lo que te digo.

Yo veía el mundo al revés. El techo era el suelo, el suelo el techo. Pero así, como si fuera un saco, estaba en la gloria, pues mientras me llevaba, comenzó a manosearme de una manera muy sucia y excitante mi culo, dándome pequeños mordiscos que yo celebraba con gritos histéricos de la pasión que tenía. Me amasaba el culo con esas manazas que exprimían con saña como si mis nalgas fueran naranjas. ¡Y claro que les extraía zumo! En ese momento, ya me había olvidado del susto que me daba su mango y deseaba que me penetrara de una puta vez. ¡Y el maricón se lo olió, pues me coge, me pone de pie (yo alucinado), y enseñándome el índice, me dice insolente: “¡Chúpamelo!” Yo, con lo caliente que estaba, me cojo ese dedo largo, como de pianista, y me lo zampo en un dos por tres. El maricón comienza a retozar con él en mi boca, mientras yo babeo y babeo, y no paro de darle lengüetazos mientras me retuerzo como una puta y él comienza a gemir y a restregar su cuerpo fornido contra el mío. Cada vez que pasaba ese toro en chiqueros, bramando para salir de su bragueta e iniciar la corrida, yo sucumbía en estremecimientos. ¡Era puro acero! ¡Ardía, el muy cabrón! Además, lo hacia con una violencia que te emborrachaba. Se pegaba como una lapa a tu cuerpo, presionándote con fuerza y pasando suave, muy suavemente, sin prisa, pero con tensión, por todo mi torso, entrepierna con entrepierna. Cuando consideró que aquello ya estaba lo suficiente mamado, me tomó de nuevo como un fardo, quedando sus hambrientas manos en mi culito virgen. Y volvió esa furia que ponía en el folleteo. De nuevo sus dientes se clavaron en mis carnes blanquecinas y sonrojadas por el ardor. Mordía gruñendo, como un león, y aquello daba fiebre. Allí, con el suelo por cielo, quería más, más. No me importaba el daño, quería más y más y más y más. Así estaba cuando tomó mi polla agarrándola fuertemente y ordeñándola como si fuera la ubre de una vaca. Era doloroso; ¡pero daba un gusto de cagarse! Sentir esa manaza en mi polla era la puta gloria, pues hasta el dolor (y esto lo entenderás cuando te cuente) se gozaba a su lado. Bueno, pues al tiempo que hacía eso, siento de golpe como aquel dedo afilado abre mi culo. ¡Joder, qué dolor!, hasta me arqueé; pero él, ni puto caso. Él a lo suyo. Inauguró un meteisaca violento, mientras seguía zumbando a mi polla y comiéndome el culo a mordiscos. Eran tantas cosas a la vez, que sentí que me perdía. El dolor, fue molestia, pero tampoco te puedo engañar ni engañarme. ¡un puto placer, Carlos! Tan distinto, que aquello era delicioso. Cuando me vio gemir, derrochando sexo por todos los costados, él se emocionó todo. Aumentó la dosis. Todo era lo mismo, pero más. Y el dedo comenzó a hacer virguerías. Ya no sólo me perforaba, ahora parecía como si condujese. Me explico. Tomó mi culo por una carretera, pues se lanzó  a describir movimientos distintos. Era como si lo explorase. Ahora perforaba, pero al momento, comenzaba unos giros briosos que acariciaban mi intestino. Y venga giros y embestidas, embestidas y giros, y yo venga a retorcerme, a gemir como un cabroncete, a agarrarme a su cuerpo, a morderlo suavemente, como si fuera un puto vampiro que le fuera tomando todo su sabor, a acariciarlo, a tratar de asirme a algo, que aún ahora no sé qué podría evitar todo lo que sentía en ese momento, que me tranquilizara. Estaba en tal estado, que creía que me volvería loco, que no podría abandonar ese vivir mientras viviera. Me imaginaba yendo así por la calle, con mi minga a tope, y chorreando excitado todo esa agüilla; y en vez de hablar, venga a darle al cuerpo gemidos y más gemidos, y venga a besar a todo cuanto macho se apareciese. Era tales las ganas de joder, que creo que en ese momento jodería con todo el mundo. Así, ¡tal como te lo digo! ¡Me follaría a todo dios! Uno por uno, iría arrastrando mi cuerpo, abriéndome de piernas, dejando que me menearan la verga, que me la chuparan, chupando y meneando como una maricona en celo perpetuo, dejando que partieran el culo pollas de todos los colores, grandes y chicas, así hasta que mi cuerpo estuviese embadurnado por montones y montones de eyaculaciones, tantas que pudiera nadar en ellas, que pudiera tragar y saborear cada una de los millones de sementales que me habría tirado. Por que la historia era esa. Para mí, aunque me tiraría a todo dios, todos eran unos putos sementales, unos toros de polla de fuste, dura y avasalladora, que me ahogaban a lechazos. Era curioso, pues te juro, Carlos, que veía esa imagen perfectamente. Casi la podía tocar, oler, sentir su pegajosa, suave, y cálida humedad. Yo en cueros, con este cuerpo recién hecho por mi adolescencia, y venga a nadar en un mar de lefa. Me sumergía en su aperlado color, y abría los ojos para ver ese contorno lechoso, donde nada se distinguía, pero en el que nada podías temer, pues aquello era el fruto de todos los putos machos del mundo. Y allí, sumergido, emergía con lentitud, expulsando el aire que se fundía con ese esperma delicioso que pugnaba por meterse en mi cuerpo y que destellaba como pequeñas estrellitas azules, como cuando nadas en pelota picada una noche de luna llena. Y se metía. ¡Y yo flipaba a colores! ¡Porque aquello sí que sabía a cojones! Y me veía engordando poco a poco a cada tramo que avanzaba hacia la superficie. Mi cuerpo era un almacén de semen, que aterciopelaba cada una de esas células que ahora se encontraban más vivas y dispuestas pues se alimentaban de lo que más deseaban. Cuando llegaba a la superficie era como un gran continente. Un cuerpo ciclópeo, extraordinariamente hermoso,  que alcanzaba casi el firmamento, en el que cada poro de mi piel era como un volcán que se excitaba cuando esa cohorte de machos escalaban con sus pollas erectas, para hundir sus nabos en esos volcanes que se vaciaban de leche a los sones de sus lujuriosas embestidas. Era el gran continente maricón.

Te puede resultar como muy literario, Carlos, pero te juro que eso es lo que pensé. Eran imágenes tan calientes que se sucedían unas a otras con una lógica que sólo se da en los sueños. Y aquello era un sueño. El premio por ser tan afortunado y ser maricón.

  Llegamos al destino: un montón de palés abandonados a su suerte, llenos del polvo y mierda; pero tal como los veía, aquel lecho iba a ser mi cielo. Me dejó allí unos instantes más mientras él seguía encendiendo mi cuerpo con esas perforaciones que seguían rimando con mi fenomenal calentura. Después, tras una despedida salvaje, en la que su dedo se hundía con una furia excepcional en un ataque imperioso, me levantó como si fuera una antorcha. Allí me vi en las alturas; observé durante un instante mi cuerpo, esa minga rabiosa y babeante que se balanceaba con un ritmo obsceno, la delgadez y frescura de mi adolescencia, y, colindando con ella, la soberbia musculatura de aquel hombretón hecho a furia. Lo que hizo a continuación, me dejó ya prendado a él. Tensó sus músculos aún más y me fue bajando poco a poco manteniendo esa verticalidad. Al poco su boca atrapó mi chorra que acabó presa en sus lambetazos. ¡Joder, Carlos, qué placer! Fue un instante, ¡pero qué gusto! ¡Qué rico la chupaba! Pero siguió bajando, dejando su rastro de babas, besos y mordiscos, conforme me sepultaba en su cuerpo. Cuando mi polla alcanzó a la suya, me enredé en él, crucé mis piernas sobre esa tentación y dejé que el viaje continuase, sabiendo que nuestros labios terminarían por encontrarse.

Bueno, ¡vuelvo a la carga! Tuve que parar un momento y tirarme una paja. Lo estoy recreando con tal detalle que ya es la segunda alemanita que me tiro; y creo que como siga así, la cosecha no acaba todavía. ¡Bueno, qué morreo nos dimos! Yo pegado a su cuerpo como una lapa. Todo lo que tocaba era él. Nuestros pechos juntos, abrazados con una fuerza de la hostia, nuestras pollas una contra otra, sus manos en mi culo, nuestras lenguas sobándose sin darse por saciadas. ¡Joder, éramos el uno del otro! Babeábamos por todos los lados. Te lo digo, porque cuando le quité el pantalón, éste tenía un manchón de la hostia de todo lo que había quitado aquel pollón. Bueno, pues nosotros, seguíamos ahí presos. ¡Besaba que daba gusto! Su lengua entraba en tu boca encharcándola, buscando enredarse con la tuya, explorando todos los rincones, metiéndose hasta el fondo. Era cojonudo. Además, me excitaba todo, el sabor de su boca, esos ruiditos que hacían nuestras salivas, el magreo profundo de mi culo, mis embestidas contra su cuerpo, presionando mi tranca contra la dureza de su manguera. ¡Yo estaría ahí hasta el fin de mundo! Firmaba de por vida. Pero él se separó y me dejó en el suelo suavemente. Me vi de nuevo, mi pantalón vendando mi pie izquierdo, los calzoncillos escurridos formando una figura extraña rodeada por toda aquella mierda que había en el suelo. Y entonces va y me dice: “¡Ahora me vas a despelotar, putito!” ¡Joder, dicho y hecho! Si ya tocando su torso había disfrutado como un cabronazo, imagínate con ese postre que guardaba. No te lo vas a creer, pero el pantalón estaba a reventar. Me imagine que me lo había ordenado para que no se rompieran las costuras de ese pantalón, que a fuerza tenía que ser reforzado. Cuando bajé codicioso vi ese manchón que te dije. ¡Joder, ya no me pude resistir! Mi lengua salió por instinto a saborear ese puto manchón. No tenía sabor, o por lo menos me esperaba un sabor tan fuerte como su nabo; pero no creas que por eso me desanimé. Tras la lengua, fueron mis dientes y comencé a mordisquear todo su mango mientras el cabrón se balanceaba bonito y me decía: “¡Así, cabroncete!”; otras veces también  putito, yogurcito o maricona.  No tuvo ninguna curiosidad por saber más hasta que nos vimos por tercera vez; ¡pero bueno, me estoy adelantando a este día en el que de una puta vez y de forma magistral perdí ese virguito que tú no quisiste! Con esto no te reprocho nada; ¡pero bueno, ya me estoy liando! Y lo que quiero no es eso.

Pues estaba muerde que te muerde, restregando mi cabeza por su potente paquetazo. Él hacía como que me follaba, y mientras yo seguía a lo mío, él empezó poco a poco a abrir las puertas de la casa y airear ese torpedo. Abrió poco a poco la bragueta, y con el empape de su polla y el de mis babas, aquello sí que olía delicioso. ¡Y sabía de puta madre! Era un sabor concentrado, igual que su aroma, pero sabía a polla rica y ardiente. Tenía un bóxer blanco podía ver su glande perfectamente tamizado, pero con todo lujo de detalles. ¡Joder, qué capullo tenía aquella flor! Era morado, exageradamente acampanado, y como toda su polla, extremadamente grueso. Era un pollón. No sé si volveré a catar uno como ese, pero pollas así, pese a lo mucho que voy a follar, no creo que encuentre muchas. Comencé a mamarle la polla por encima del bóxer. Era riquísimo, la tela que había acariciado durante todo el puto día aquel manjar guardaba todas las secreciones del amo. Me empapaba ese sabor. Era tan rico, que entre mamada y mamada mi gula soltaba pequeños mordiscos para exprimir mejor aquella tranca. Lo estaba disfrutando tanto, que me tocaba mi polla, y mira que es guapa, pero me daba un no sé qué, ahora que la cataba, poner mi aprendiz al lado del maestro. No me cansaba de aquello; es más, ni la garganta se me secaba: babeaba por aquella polla. Fue él al final el que se bajó con furia los pantalones y un segundo después su bóxer mojadito. Se le veía robusto, pero en bolas estaba más cachas de lo que aparentaba. Veías que toda esa definición de su torso no se difuminaba, sino que tomaba pulso en esas piernas musculosas que compartían la fibrosidad de su polla, a la que seguía apegado como una maricona. El marica se depilaba. Te lo juro, ¿no te lo crees? Me dijo que era un puto oso y que se depilaba. Yo le dije que me gustaba mucho el pelo, pero a mogollón, que me gustaba ese pelillo que asoma por el cuello de la camisa porque siempre, invariablemente, me recordaba al pelo de los cojones; entonces me dijo: “Yo te gustaría”. Y yo, como una putita redicha le conteste: “No. Tú ya me gustas”. ¡Joder, qué otra cosa podía decir con la polla al palo como la tenía! Y el muy maricón se enterneció y me enterneció. Me levantó para volver a saborear sus labios húmedos, pero ni aún así perdí la calentura que me daba su polla. Su boca follaba. Así, como te lo cuento. Nos largamos un beso que era una follada, era un querer comer, un destilar pasión con nuestras babas, un mordisquear con una lujuria concentrada que estallaba a la menor oportunidad. Mientras seguía secuestrado en este beso, la ferocidad de su polla seguía marcando mis carnes. ¡Espera un momento! Tengo la polla otra vez pidiendo guerra. Ahora vuelvo.

¡De vuelta! ¡Je, je, je, je, je! Bueno, veo que iba por lo de la polla. No lo vas a creer, pero era una polla que se tatuaba en tus carnes. La sentías con tanto detalle que quedaba ahí su santo y seña. Yo, pese al beso, dirigí mi mano hacia su mango, y traté de abarcar su acerado esplendor; casi no lo consigo, pero una vez que habitúe mi mano a toda su extensión, ésta hizo lo que le venía en gana: pajearlo. Era muy rico subir y bajar mi mano por toda esa carne maciza y palpitante. Era como si te lo hicieras a ti. Te asombraba tener eso entre las manos, y por ese mismo asombro llegabas a tu placer. Me sentía muy maricón, me sentía súper de puta madre al ver como mis meneos le encantaban. Sin dejar de babearme con su boca, de perseguirme con su lengua, de morderme con su ardor, inició un vaivén potente que me anunciaba con qué macho me la estaba jugando. Era un jugo sentir como su cuerpo cálido y viril se acercaba cargado de frenesí y lascivia al mío, como su polla respondía sensible a mis caricias que se hicieron más y más golosas. Ahora, mi placer, ya no estaba en mí, sino en él, en conseguir que aquel macho supremo se volviera loco por tener a un niñato como yo a su lado. No me importó que él no me cogiera la polla. Hasta se lo agradecí. Yo era el cuerpo para darle placer, y eso me llenaba de orgullo, pero también de un infinito goce. Creo,¡ y mira que estaba bueno!, que si se llega a parar y me pregunta: “¿Qué tal lo estás pasando?”, o cualquier mariconada por el estilo, lo dejo allí mismo. Él se moría con tenerme, y yo, por esa misma razón, la gozaba como una marica en celo. De hecho, lo cojonudo de este polvo fue que durante todo el rato se preocupó de él, de lograr su puto placer, pero lograrlo con las garantías de que tenía un “inocente” púber entre su minga. Y su tranca, te lo digo yo porque la sigo teniendo, es de un paladar muy, pero muy exigente.

Era increíble lo pronto que se ponía a cien. Creías que aquellos jadeos y embestidas ya eran la cima; ¡pero joder! El tío va a más. ¡Y tú a pelotas con él! Tiene ese entusiasmo que se contagia; ¿no sé si me entiendes? No he follado mucho, aunque pienso dedicarme a esto, pero un semental como este, a la hora de follar, es como esos hombres que comienzan a cantar en cualquier tugurio hasta que termina todo dios cantando a grito pelado. O lo sigues, ¡o te pudres y te vas! Y yo lo seguí, vaya si lo seguí. Ahora el maricón me desgarraba las carnes con esas manazas que tenía, mientras yo seguía con mi rítmica manuela sube que baja, gozando sus feroces ofensivas. Mi culo llamó su atención, y no dejó de manosear mis nalgas lampiñas y ruborizadas por su fervor. En una de estas, me tomó aplastándome contra él. Yo creí morirme, gruñía como un poseso, mientras mi polla estaba a la sombra ardiente de la suya que rugía con esa potencia muerta que tienen los dragones dormidos. Fui arcilla en sus manos. Como quien toma un paño de seda me levantó por los aires, hasta que mi polla se situó en su boca. Pensé que me la iba a mamar; pero con él no hay que pensar por adelantado. Sólo me dijo un tórrido “¡Suéltate!” Y mis manos que acariciaban su cabellera se desprendieron obedientes del enredo de sus rizos; y en precario equilibrio no tarde nada en caer. Así me quería, sabiendo que mi cama era el cielo. Miraba ese suelo lleno de mierda y no sentía ninguna repulsión, sus manos seguían agarrando como una águila certera mi cintura de avispa; pero había algo que me daba más seguridad. Sentí su cálido aliento acariciando mi culo y mis cojones, porque a esa altura quedaron. ¡Pero después hubo más! Su gula se concentró en mi culo. Su boca encharcada y hambrienta empezó a comerme el culo con un apetito descomunal. Al primer contacto me retorcí de placer, a gemir como un poseso furioso y exaltado, embrujado por la posesión, mientras seguía su impaciente lengua retozando traviesamente por la raja de mi culo, por mi ojete, por mis huevos que se tragaba de una dentellada como un ogro malo. No sé Carlos si alguna vez te han comido el culo. Imagino que como eres artista y maricón, tienes todos los ases de la baraja para que te toque un póker como este, ¡pero joder! Fue increíble. Es un placer distinto, un cosquilleo tan guapo que te abre el apetito. Cuando llegaba a mi ojete, deseaba con toda mi alma que esa lengua rugosa entrará de lleno para rebanar mis entrañas. El maricón me zarandeaba como si hiciera una gayola a todo mi cuerpo, y aquellos meneos y sus mordiscos y lengüetazos se transmitían por todo mi cuerpo hasta convertirme en una gran polla. Mi placer estaba en todo. Imagínate cualquier parte del cuerpo a la que no le prestas puta atención;¿? yo qué sé¿? Ponle una uña de un pie (ya sé que es chorras, pero es lo que se me pasa por la imaginación, pues aún ahora no encuentro ninguna parte de mí que no disfrute cuando follo con él). Pues ahí, también estaba el placer. Cuando estoy con él soy eso: una gran polla, un gran culo, una gran boca, un grandísimo maricón. Ahora estoy pensando en que como lean esta carta mis padres, van a quedar flipados: “Mi hijo maricón, y con esas palabras”; lo de maricón ya sabes que lo llevo escrito, lo de esas palabras es que según el psicólogo (del que sigo sin fiarme ni un pelo), pues me recomienda que me exprese tal cual me siento. Así que he descubierto que me siento mejor si digo “joder” que “caspitas”; si digo “follar” que “hacer el amor”; si pongo el culo, que tirarme una triste paja. ¡Todo lo que sea con tal de sanar!; pero ¡Dios cómo me enrollo!

Estaba en lo del culo; bueno, pues me estaba dando un gustito que flipaba. Me lo trabajaba tan bien que me hizo desear que me follara, aunque temía que semejante tranca me rompiera, lo que más deseaba era perder mi culo con ese macho. Así que se me relajó, se me abrió con el gusto que me daba. Estaba loco, con la sangre en la cabeza y el culamen haciéndome chirivitas con tanto lavado, así que, con la poca fuerza que me quedaba, le dije: “¡Fóllame, tío, fóllame!”

Como te dije, su entusiasmo siempre iba a más. Fue decirle eso y comerme con más ganas el culo y venga a menear mi cuerpo, a zarandearlo y pegarle un beso o un mordisco, pues no lograba diferenciarlos, aquí y allá. Y del mismo modo que me había caído, me levantó; y te juro, que sentí que de nuevo nuestra cama sería el cielo. Con ese ardor que tenía, me tiro hacia los palés. Estaban llenos de mierda, de polvo viejo, de cagadas de ratas; ¡pero ni me importó! ¿En que otro sitio podía follar con un tipo como él? Éste era cojonudo, tenía todo ese sabor y aroma que tiene un hombre como él.

Como las piezas de un mecano montó mi cuerpo. Me abrió las piernas, me colocó la polla para que no se me lastimase con los palés, ancló mis manos en los travesaños, y me levantó el culo hasta dejarlo en pompa y a la altura de su descomunal nabo. No temía el dolor, pero tampoco me lo advirtió. No debió tomarlo en consideración, ni él ni su mazo es uno de esos que limpie llagas; más bien las crea. Su único gesto fue que se la mamara. Se acomodó a un lado y acercó a mi tragasables el calibre de su arma. Se la mojé bien a gusto, volviendo mi glotonería a saborear ese sabor a nabo bien hecho. Como te dije, ni me moví de mi posición, era él quien se lanzaba contra mi boca, casi dejándome sin respiración ni resuello en cada una de sus perforaciones, cuando se dio por satisfecho me la quitó bruscamente y se estacionó a la altura de mi ojete supurante. Quedamos ahí en silencio, apagando nuestros jadeos para tomar carrerilla e ir a más. En aquel vacío, escuché las patitas de “Coca” y sus pequeños ladridos, pidiendo paso. Me había olvidado de quien era y por qué estaba ahí; bueno, más que olvidarme, me había por fin encontrado.

Miré hacia atrás y vi su minga escarchada con mis babas acercándose a mi culo. Sentí su presión y un dolor intenso llamó a mis carnes. Di un pequeño grito que no varió ni por un grado la marcha de este felino que me rompía a dolores. ¡Dios, Carlos, cuánto dolía! Siguió empujando, mientras yo me tragaba no sólo su polla, sino ese dolor que no quería dejar escapar. Mordiéndome los labios aparecieron mis primeras lágrimas que se estrellaron contra los maderos de los palés. Presionaba con fuerza; pero estaba visto que nací para maricón, pues pesé al dolor mi culo no se cerró, sino que aquel doloroso ardor que arrasaba mi razón, fue recibido por las ansias de mi cuerpo que suspiraba desde siempre por el mariconeo.

Centímetro a centímetro su tranca llagaba mis entrañas, pero su ambición inclemente no lo detenía. Sentí el paso de su capullo y como mis carnes abiertas y dilatadas al máximo recuperaron por una milésima de segundo su tranquilidad para volver, en ese suspiro, a encontrarse con ese recién compañero que era el dolor. Un dolor agudo e intensísimo, que iba ganando coraje mientras su polla devastaba mis vísceras. Te vas a reír, pero a parte del dolor, me entraron unas ganas tremendas de mear y cagar. Por un momento pensé que, pese a lo parada que tenía la minga, iba a mearme encima y lo iba a poner bonito de la mierda que saldría por mi retaguardia, fue una sensación que, junto con otras que se anunciaron después, no desapareció en toda la follada . Él seguía avanzando, obligando a mis entrañas a apostarse para dar cabida a ese hierro que me enervaba. Te juro que a cada palmo sentía como ese cipote tomaba posesión de mi cuerpo. Igual que antes notaba el placer en todo, en todo, en todo... también sentí que su pichorra estaba en todo. Yo era un culo. De ahí para adentro, estaba él, su pollón. Esa perforación fue lenta pero implacable, no paró ni para tomar impulso, ni siquiera cuando giré la cabeza y mostré mi rostro contraído por el dolor él disminuyó su empuje, así hasta que sus cojones mimaron mis nalgas. Ahí se quedó, y yo volví a mirarle. Él me sonrío desde la turbación de su placer, y poniendo la cara más lujuriosa que te puedas imaginar, pues no había piedad en su follada.

Su meteisaca fue bestial. Me desgarre a gritos, mientras él seguía zumbando como una abeja agitada y su polla claveteaba mis estrechas paredes. Él gruñía y me desbarataba con sus perforaciones. Me agarré con fuerza a los palés pues su osadía era furiosa. Su fibrosa verga salía empapada de los sabores de mi culo, dejando en su fuga rabiosa un rastro de dolor intensísimo sobre el que fue plantando, con ese arar de sus sondeos, las semillas de semental que portaba. Pese al dolor, o quizá también gracias a él, percibí como aquellas sensaciones extrañas y vivas, desplegaban, en su fortaleza, distintos ecos en aquel agudo dolor que persistía. Mis gritos desgarrados se arrullaron y ese dolor animal se transfiguró en sonidos inarticulados que hacían escolta a su bramar.

Vi como las ratas nos miraban, como las más atrevidas se acercaban a ver qué era aquello que perturbaba la tranquilidad de su reino. Lo miré para ver si lo había visto, pero su rostro contraído no veía nada. Tenía una expresión de puto placer, con su cuerpo fibroso sudando a gota gorda, con esos labios estirados que apresaban sus clamores hasta reventarlos en un rugir grave y profundo que erizaba la piel. Me erotizó tanto verlo así, que mis quejas buscaron alivio en mi polla. Me la meneé con ganas, intentando de alguna manera acoplarme a sus penetraciones. Te puedo jurar, Carlos, que no era fácil. Su entusiasmo era burbujeante. ¡Le daba una caña tremenda! Tenía paradas bruscas, a las que más adelante me acostumbre, pues era el único modo de frenar esa leche hirviente que bullía en sus cojones. Cuando él paraba, yo paraba. En ese momento, resoplábamos como fieras agotadas, tomando aliento para seguir con el combate. Sin aviso previo, su mango se embalaba y mi desgarrado “ay” marcaba su llegada a la meta, para iniciar, a partir de ahí, un fogoso meteisaca. No te sé decir cuánto tiempo estuvimos así. Si mido por el dolor de mi culo, fueron horas; pero calculo que será como ahora, unos veinte minutos perforándome como un perro, calentándome como una puta maricona. Yo no resistí tanto. Me fui como un puto loco. Fue una corrida  increíble, hasta quedé inconsciente. La lefa salía para estrellarse entre los palés y asustar a las ratas, a una incluso la bañé; mientras mi cuerpo se contraía en los latigazos de aquella dulzura cojonuda. Y yo, ridículo de mí, sólo se me iba en decir: “¡qué rico, qué rico!” Así, sólo que caldeando las palabras, pero era lo único que podía decir en los estertores de este vaciarse. Y él lo constato, pues sus gruñidos se acallaron por un momento para decir: “¡Joputa, qué rico! ¡Qué rico aprietas, cabrón! ¡Y como tiemblas...!”. Así me dijo. Quedó tan a gusto, que ahora cuando se quiere correr me pajea y en pleno orgasmo el cabrón es cuando más zumba.

No tardó en irse él, mientras yo aún seguía náufrago en mi convalecencia. Sus embestidas se hicieron frenéticas, imperiosas, montándome la grupa con una violencia cojonuda. Sus manazas me agarrotaban, su polla daba los últimos pasos de baile brincando con furor, notando como se estampaba con fuerza. Al instante noté, y esto es curioso pues no lo he vuelto a notar pese a lo que me folla, como su leche comenzaba a ahogar mis intestinos. Eran eyaculaciones fornidas, que templaban mis paredes escocidas dándoles un nuevo placer, pues ríete, pero yo también suspiré como una maricona cuando él daba sus gritos placenteros.

Al final, nuestros cuerpos sudados de sexo, se unieron jadeantes. Allí estuve, con su verga empitonándome, un buen rato. Ningún gesto de amor, ninguna caricia (sólo es ardiente cuando folla, después es muy frío; pero yo sólo quiero que me folle; ¿quién no?), ningún mimo, sólo ese bufar que se va serenando con el paso del tiempo. Yo seguía percibiendo su polla viva en mi culo, como iba mansamente perdiendo su fortaleza y salía en tímida retirada, hasta que se escurrió encharcada en mierda, sangre y semen.

Después volvieron las ratas. No nos dio asco, nos dio risa. Comenzamos a reírnos y cuanto más intentábamos pararnos, peor era. Ya oscureció cuando nos vestimos. Y aquí viene la sorpresa: me ayudó a vestirme. Esto de nuevo volvió a ponerme duro. Era sentir de nuevo sus manazas corriendo por mi piel, sentir ese calorcillo... no sé si me entiendes. Bueno, la sorpresa es que cuando me estaba quitando todo el polvo que allí había, cogió y metió la mano en su bolsillo y quitó la cartera. Yo pensé: “¡Joder, me va a dar su tarjeta!” Pero no; lo que hizo fue quitar un billete de cinco mil pelas, sí ¡de cinco mil pelas! ¿No flipas?, y con un gesto lascivo llevo su mano a mi paquete. Yo me quedé cortado, tan cortado que no hice nada, solo le dije: “No. Yo no lo hago cobrando”. ¿Y sabes qué me contestó? Pues aún tenía las manos en mis cojones, cuando va y me dice: “Yo tampoco. Pero te estoy pagando el virgo”. Así me dijo, incluso cuando pronunció la palabra “virgo” apretó mi polla dura como para remarcarla. ¿Qué te parece? Bueno, pues allí quedó el billete, en la mejor cartera, aprisionado por mi verga.

Nos hemos vuelto a ver en seis ocasiones. Nada de amor, sólo follamos; pero es que folla tan de puta madre, que no echo en falta el amor. Es más, quiero decirte una cosa (y no te lo tomes a mal, que los artistas sois unos sensibleros del copón): ¡el amor te lo puedes meter en el culo!

Bueno, nada más. Hoy, la verdad, es que me he pasado. Casi una novela. Pero la cosa lo merece, ¿no crees? Supongo que tras esto, no habrá más cartas, aunque si quieres continuar con la amistad, aquí me tienes. Un abrazo y un beso.

Fdo.: Valerio F. O.

P.D.: Después de esta ganancia, creo que voy a meterme a chaperillo. Lo estoy considerando y reúno todos los requisitos: buen cuerpo, espíritu loco y lascivo, morboso y cabrón, buena polla; además, como me gusta, ¿qué mejor trabajo que aquel que te gusta y para el que estás preparado? Me voy a buscar un buen picadero. Tengo ahorros y creo que será una buena inversión. Así que: ¡Qué le den por el culo a la universidad! Yo la vida, yo la calle. ¿Y tú?

Me estaba masturbando impúdicamente guiado por la calentura de las palabras de esa última carta. Mi mano frenó su deliciosa caricia al contemplar el dolor de su cara. Durante todo el rato, había cerrado los ojos. Me imaginaba que era yo el que follaba con aquel hombre desproporcionado, sentí hasta el tacto de aquel billete que premiaba la perdida de un virgo, festejando también el nacimiento de un culo hambriento. Sin embargo, viendo aquel dolor estancado en sus ojos, no encontré manera de continuar aquel trote que la lujuria había plantado en mi nabo. No había consuelo; o si la había, entendí que  no reposaba en mi entrepierna. Tomé de nuevo el fajo de cartas, para continuar el paseo por ese pasado muerto y doloroso que seguía viviendo acorazado en aquella cámara.

-       No. ¡No más, por favor! –imploró.

-       No. ¡Por favor!

-       No puedo seguir. Es muy duro hurgar en heridas que aún no están cerradas: escuece.

-       ¡Aunque sólo sea la última! –supliqué-. La última y nada más.

-       No sabes lo que me estás pidiendo...

-       Pues una como la que acabaste de leer

-       ¡Je, je! –sonrió amargamente y añadió-. ¿No te llegó?

-       ¿No hay más?

-       Todas son así, o aún más procaces. Todas, menos la última.

-       ¡Así que aún las hay mejores! ¡Uuuuummmm!

-       Infinitamente mejores, si hablamos de sexo. A partir de esa carta, su tortura fue describirme con pelos y señales toda su vida de chapero.

-       ¿Y la última?

-       Es distinta –añadió con una tristeza impregnada de cierto misterio-. Muy distinta...

-       ¿Entonces, me lees una...?

-       ¡Vale! La última. Tú decides –dijo tomando en sus manos el fajo de cartas-. Escoge.

-       Pues la más... ¡La última! –añadí con entusiasmo.

Y con voz triste, llevada por un dolor que el tiempo no había extinguido sus palabras volvieron a pintar el paño de la Verónica que guardaba aquella carta.

En Tenerife, 3 de diciembre de 1984

Estimado Carlos:

Por una vez no será Valerio el que escriba. Hemos abierto su carta y le agradecemos las palabras tan amables que le dirigió. Sin embargo, es mi triste deber comunicarle que Valerio murió el pasado 16 de noviembre. Aunque no ha trascendido, pese a que en este mundo todo se sabe, se suicidó.

Estamos sumidos en el dolor, como imagino que estará usted, por el aprecio que le tenía, cuando reciba estas breves palabras. Seguimos sin encontrar un por qué a este acto. Es cierto que siempre tuvo problemas psicológicos, que desde hace unos cuatro años estaba sometido a terapia, pero pese a la independencia con la que llevaba su vida no notamos nada que nos hiciese pensar en este final. Su carta de despedida poco aclara. No sabemos porqué llego a sentirse poco apreciado. En casa nos preguntamos de qué manera podíamos haberle querido más. Ahora estamos todos viviendo ese dolor que se suma a lo que encontramos que podíamos haber hecho y no hicimos. Intentamos librarnos de la culpa, pues lo cierto es que lo amábamos, pero es difícil no ver algo que impidiese su fin. Le envío una carta que dejó para usted. Esta sin abrir, pues como puede comprobar, esa es su voluntad. Le rogaría, si esto que le envío a usted puede explicar de algún modo todo esto que ha pasado, que nos escriba . No tema, que no le echamos las culpas. Su carta aclara que es un buen amigo de Valentín, pero ya le digo que seguimos sin entender como un ángel puede caer en el pecado de castigar su vida.

   Nada más, a la espera de sus noticias se despide atentamente,

Fdo. Carmen F. O.

P.D.: Si pasa por las islas, nuestra casa está abierta para usted, cualquier amigo de Valentín es bien recibido en esta casa. Un saludo y aprovecho para felicitarle estas pascuas.

   De pronto su voz cambió y con su tono llegaron a mí imágenes nítidas del momento en que sus dedos temblorosos rasgaron el sobre que contenía el último suspiro de amor. Lo miré y vi que, efectivamente, sus ojos guardaban el reflejo de aquel sufrimiento profundo. Las lágrimas asomaron ahora con más fuerza, cayendo una tras otra, mientras su voz entrecortada por la pena volvía a hacer el amor con la desolación del amante que no vuelve.

En Tenerife, viernes, 16 de noviembre de 1984.

Querido Carlos:

Hoy te fuiste. Tú no lo sabes, pero te vi partir. No lo sabes, pero desde que llegaste, te vi todos los días.

   Podías engañarme con lo que quieras, pero después de tanto tiempo, lo único que no me puede engañar es tu voz. Así que cuando llamaste para contratar mis servicios, descubrí al momento a quién me iba a encontrar cuando llamase discretamente a la puerta. Si recuerdas, seguí el juego, hasta me mostré más maricón que nunca. No suelo ser así, ¿sabes? Pero quería castigarte, quería, ya que no me dabas tu amor, que supieras que el poco que tenías, se lo estabas dando a un arrastrado y puto chapero.

   Con calma me emperifollé para ti. Sabía que aunque tardara, tú no te moverías de allí. No cogí la guagua, sino que fui andando, dejando airear todos los pensamientos que tú me traías. Fantaseaba con la posibilidad de que al final no fueras tú el que estuviera en la habitación 412, que al abrir me encontrara con una persona muy similar a ti, pero con la que tuviera que poner lo que siempre pongo: la polla. Pero sabía que no, sabía que sólo podías ser tú. No hay nadie que tenga tu acento cantarín, y lo reconocería aunque le pusieras mil máscaras.

   Casi sin darme cuenta, llegué al hotel. Cuando me vi allí, retrocedí. Iba a irme,  pero esperé en la terraza de enfrente. Allí estuve plantado toda la tarde, coca-cola tras coca-cola, esperando, imaginándote ansioso, dando vueltas y vueltas, mirando el reloj y la puerta, la puerta y el reloj. Sólo quería ver cómo era el amor, pues a lo largo de todos estos años, sólo he visto cómo es el deseo. Tardaste en salir, pero hubiera esperado toda la noche. Cuando te vi, estuve a punto de gritarte; al final no me salieron las palabras. Te vi alejarte, ir con ese paso intranquilo mirando a un lado y a otro sin ver lo que buscabas. Y vi cómo era el amor, esa pieza de mi vida que no doy encajado del todo y que necesitaba como el aire que respiro, y lo vi en esos pasos intranquilos y huidizos, en ese mirar con temor a todo lo que no conoces.

   Al día siguiente no salí de casa esperando tu llamada. Rechacé todas las propuestas que me llegaron, pues sabía, pese a que me estabas haciendo sufrir, que tú llamarías. Y así fue. Continuamos jugando. Yo disculpándome por lo de ayer, tú fijando la cita de ese día. ¿Recuerdas la disculpa que te puse? Seguro que la has olvidado, te puse tantas... La primera, ya sabes que yo no olvido nada y todo da vueltas en mi cabeza, fue que había pasado un cliente muy especial armado con una cartera muy gorda y repleta, que compensaba sus “gustos especiales”. Recuerdo que te subí la tarifa, deseaba saber hasta dónde estabas dispuesto a pagar. Pero no recibí la respuesta que esperaba. No saliste de tu papel y aceptaste sin complicaciones aquel aumento excesivo. Sin embargo, yo esperaba que quitaras el antifaz y me dijeses el precio más alto que yo esperaba recibir: tu amor. Ese amor que regateábamos en nuestras cartas, y que tú me ofrecías en ese bunker que has construido para mí. Pero, Carlos, para mí eso era poco. Después de haber vivido lo que viví, lo quería TODO. No sabes la cantidad de veces que me imaginé paseando por esa Coruña que he aprendido a amar, tomados los dos de la mano, pisando esas miradas de reproche con la felicidad de tenernos. Nunca dejé de pensarlo, pues aunque no lo creas, tampoco nunca dejé de amarte. Ahora lo sé, hoy lo vi cuando te ibas.

   Así fueron tus quince días aquí. Tú llamando y yo galanteando contigo, esperando como un colegial, pues cuando estoy a tu lado me siento así, eso que nunca llegó. Después, venia ese peregrinar, ese perseguirte en tus correrías por la isla. Siempre estuve a tu lado, claro que tras mis gafas y mis cuatro años que se echaron encima cambiándome de arriba abajo respecto a la foto que tu “amas”. Quince días esperando el único precio que hubiera aceptado; pero no lo dijiste. Y cuando te fuiste, me di cuenta que tu cobardía nunca te dejaría decirlo. Ni miraste hacia atrás.

   Yo tampoco quiero mirar hacia atrás, pero me he dado cuenta de que tampoco quiero mirar hacia delante. Me aburre todo. Lo que antes me hacía feliz, ahora me pesa. La putada es que pese a lo joven que soy, tampoco encuentro nada que me alivie una vez que lo que más amé nunca lo tuve.

   Quiero decirte, por último, que no te culpes por todo lo que va a pasar. Creíste que con lo que tenías, ya llegaba. Nos encontramos, quizá para aprender lo que era el amor, aunque ninguno de los dos pueda disfrutarlo más.

   Nada más. Te amo para siempre.

Fdo.: Valerio F.O.

Tomó el fajo de cartas y volvió a sepultarlo en aquella urna que había construido para el amor muerto. No dejé de observar como cada uno de los gestos hablaban más de la adoración que se tiene a lo perdido, que del alivio que queda con lo dejado.

Tumbado dejamos que las lágrimas ahogasen la pena. Repentinamente se lanzo sobre mi polla y empezó a mamarla con desesperación. Como un relámpago, entendí que no follaba ni hacía el amor, como había creído instantes antes. Lo que aquella desesperación buscaba en cada polla era el sabor que imaginaba en ese amor muerto que seguía secuestrando su corazón. Sus lágrimas seguían cayendo mientras succionaba con gula mi nabo. Me retorcía de placer, y en uno de aquellos espasmos busqué esa urna que escondía el sabor que él buscaba.

Ahí, en ese gesto,  me secuestro para la memoria, mientras sus lágrimas se escurrían por mis cojones sudados.

E.P.M.

A Coruña, 17/XII/2001.

 

Esta historia esta dedicada con mucho, muchísimo cariño a Valentín. V. F.O., por todo lo que es y será, un auténtico Titán. ¡A cuidarse y pillar el timón cuanto antes!

 

También a Fran, el “Gran Capitán” de “La Web de Flaki”. Tus correos siguen siendo tan insuperables como tu página. Dos años han pasado desde que la abriste.  Que lleguemos a veinte, pues como dice el tango, en tu buena compañía no son nada.

 

Por último, y no por última vez, deseo dedicársela a Julián, mi último “descubrimiento”. Por ser un maricón tan grande como la propia vida y acercar ésta a la literatura para que yo la vampirice. El proyecto sigue en pie; nuestros colmillos: afilados. ¡Viva la decadencia!  

 

¿Te ha gustado el relato? Ahora estoy haciendo uno que pretende ser
una gran panorámica sobre lo que somos. Son historias cortas, ni
necesariamente felices ni necesariamente tristes; lo que te haya
pasado que te haya marcado de algún modo o que creas que te defina.
En principio, todo sirve, incluso lo que no hayas realizado, pero que
te ilusionó en ese momento; también situaciones jodidas, lo que
sea... todo sirve. Si quieres enviármelas, ya sabes mi correo:
primito@imaginativos.com