Era un cuadro estrafalario. Un grito desgarrado de lujuria sobre un lienzo de dimensiones ciclópeas. Sus ciento cuarenta y seis metros por quince recogían, con un escrupuloso amor por el detalle, toda una vida dedicada no sólo al arte, sino también a la desmesura de la fornicación.
Allí, en una orgía perpetua, trescientos
ochenta y cuatro cuerpos mostraban la arrogancia de un sexo vivido febrilmente,
en una vorágine que no cerraba su ciclo regenerador en ningún punto. El cuadro
no tenía principio ni fin. Aquel asombroso laberinto de cuerpos estaba imbuido
del caos moribundo sobre el que se asienta un orgasmo mil veces repetido. Entre
esos cuerpos vigorosos, entre aquella maraña de músculos y grasas, de besos y
mordiscos, de pollas y culos, de sudores y semen, una figura se repetía con
tenaz persistencia. Era él recogido en trescientas ochenta y cuatro edades.
Desde una primera, justo en la margen derecha del cuadro, al lado mismo de él en
su vejez, donde un niño de apenas trece años lava su inocencia entre las carnes
de un viejo que lo masturba en los lavabos de la estación de trenes de S.
Cristóbal, en A Coruña. Siguiendo la vista, allí a su lado, y con una mirada
entre comprensiva y lasciva, lo vemos de nuevo, ya cercano a los setenta y
cuatro años, masturbando ahora él a un jovencito infante de apenas doce años,
en el mismo escenario, como si en aquel punto se cerrara un ciclo para iniciar
otro. Y así, sucesivamente.
Es un cuadro extraño, casi diabólico. Por
momentos, es tal la perfección del detalle, que crees ver cierto movimiento
entre sus pinceladas. Como si aquellas estáticas embestidas tomaran de nuevo la
fiereza del pulso en las que fueron secuestradas por la memoria.
Es un cuadro
presidido por una evocación casi notarial, obsesivamente detallista, donde
ningún rasgo cae en la indefinición, sino que aparece ante nuestros ojos
asombrados desde una realidad tan física que hasta se huele.
Hay días en los que jurarías que aquel hercúleo
negro ha cambiado de sitio, como si la voluptuosidad que se le adivina hiciera
la conquista de esa misma pieza veinte años más joven para así satisfacer su
gusto por las prendas nuevas. Y así, con cada uno de los setecientos sesenta y
ocho protagonistas. Tiene tanta vida que llegas a dudar que el cuadro sea una
ilusión hecha en acrílico, y juras y perjuras que está hecho con la misma
materia que la vida, pues nunca llegas a verlo de todo, conservando la
incertidumbre propia de todo lo que vive.
Pese al paisaje caótico que describe, el
cuadro tiene la singularidad de entretejer entre sus tramas mil y una
historias. El conjunto es perturbador, desasosegante. Te inquieta pensar que
aquel semen disparado nunca llegará a las fauces del goloso amante, o que ese
beso que se intuye nunca rozará sus labios. Son momentos atrapados, raptados
para siempre del ánima de la vida, en un canto al deseo que no termina por
arrollar esos cuerpos enfebrecidos por el ardor.
Sin
embargo, la maestría es tal que tú terminas por finalizar lo que allí se expone
con tanta exaltación. Así ese beso que duró lo que un suspiro, termina por
fundir sus carnes en un atracón eterno, poseso y caníbal, que humedece las
certeras pinceladas. O esa verga, tersa y fibrosa que inicia una profunda
perforación, se resuelve empalando al pintor que sigue preso de su avidez. Sólo
una figura escapa de su avaricia. Sólo una figura huye de este embrujo.
Entre todas ellas hay una que no folla. Está situada casi en el centro del cuadro, hacia la parte inferior, situando su mirada a la altura de la tuya, guiándote hasta ella la magistral composición del cuadro. Es él, en una edad indeterminada, cercana a su triunfo, abrazando amorosamente a un cuerpo tierno y adolescente, de una altura media y una pureza que contrasta con tantos sudores y semen que bañan los cuerpos. El joven responde al abrazo con igual ternura, y aunque no vemos de él nada más que su espalda, se adivina, por la posición, el rendido amor que profesa. Hay algo en esta posición que te lleva a pensar en una sumisión sin límites, en un compromiso sin cláusulas. No sólo es la ternura que emana, esta ese rostro del pintor, casi inexpresivo, como una hoja en blanco, y que recoge entre sus pliegues los versos que quieras poner.
Lo mires desde donde lo mires, la mirada te acompaña. Es una mirada segura, altanera, como si estuviera afirmando algo y esa información te atara a su interrogante de una manera indisoluble. “¿Queréis saber lo qué follé? ¡Pues mira el puto cuadro!” Pero también es una mirada tierna, rendida, profundamente enamorada, como si dijera: “Aquí estoy, aquí me tienes para siempre”. Todo depende de la figura que mires. Si comienzas por ellos, es el amor el reflejo que te ilumina; es un amor extraño, con notas desesperanzadoras, pero es el único rastro de amor en el cuadro. Si empiezas por la dura carnalidad que rodea este abrazo, para detenerte después en la serenidad de esa unión, el discurso de su mirada arde como el de los cuerpos entregados. En su nada misteriosa, es el todo revelado.
Es
curioso, pero una vez que quedas atrapado vislumbras en la mirada una rabia de
la que no te percatas en la primera caricia de la yema de sus ojos. Es como si
aquel momento fuera una bisagra entre
una vida y otra. Un enigma y a la vez un punto de flexión que precipitó la
voracidad con que se disfraza la amargura. Si el cuadro tiene un principio, me
inclino por éste. No hay ninguna acción conocida, nada que nos diga que están
diciendo o haciendo, nada que haga pensar en un inicio o un final, sólo un por
qué, una espera.
A lo largo
del gigantesco cuadro es la única figura que nos mira; las demás rehuyen
nuestra curiosidad, centrándose en el amante de turno o en un más allá que
todos conocemos cuando se alcanza el clímax.
Hay tanta
ternura en ese gesto que ni la lubricidad del entorno logra traspasar esa
frontera. Allí reina el amor; en las lindes y en los confines, el sexo.
Es un amor
misterioso, tan recóndito como claro es el sexo que le acompaña. Pese a la
entrega del muchacho y al rendido amor que asoma, hay un cierto desequilibrio,
como una locura que empañara ese momento. Es una entrega tan grande que sientes
como el adolescente intenta inútilmente fundirse en el cuerpo de su amante, y
como éste, casi como si fuese un reflejo, da igual respuesta a este mudo deseo,
pero aún así, la mirada del pintor es indefinida; triste en ocasiones,
esperanzadora en otras, sin saber muy bien el porqué de este baile de máscaras.
Es la
única nota secreta en ese apunte notarial hecho de colores vivos y ardientes.
El único amante que no muestra su cara, que oculta a nuestro apetito y codicia
el dónde, el cuándo, el quién, el qué, el cómo y el por qué. Es la nota de
melancolía y rabia en cuadro hecho de semen.
Y está su
mano. No es una mano apremiante como las mil quinientas treinta y cuatro
restantes. No hay en su rostro la avaricia de la posesión. Es una mano tierna,
de gesto amable y entregado, que transita en la caricia en ese acto de fundirse
que exhibe. Son unas manos enamoradas, teñidas por la ilusión de un momento que
en el cuadro se hace eterno por esa serenidad imperturbable en medio de la
vorágine tempestades lechosas. Aún así, el gesto es curioso. Es innegable que
hay ternura, que parece haber una entrega; pero también es incuestionable que
es un abrazo seco, como el que se da una milésima antes de fundir esas carnes
enamoradas.
Aunque hay
un paso del tiempo, no hay un orden cronológico establecido. Los trece están al
lado de los setenta; los veinte pasean con los cincuenta, con los quince, con
los treinta y tres. Hubo un estudioso que se dedicó a numerar las figuras que
ahí aparecen, tratando de buscar en su especulación un orden numérico que
revelará la clave de su disposición. La serie resultante era demasiado
aleatoria como para buscarle un significado concreto a la puesta en escena. Ni
sumando los valores horizontales y
verticales, haciendo una especie de producto cartesiano, la lógica se imponía
en el cuadro. Ni ese ni ningún otro intento (algunos de ellos especialmente
ridículos) lograron desentrañar la caótica armonía que irradiaba el cuadro. Una
armonía que no te dejaba indiferente, pues tenía el poder de hacerte entrar en
comunión con las historias que allí se narraban.
No importa
mucho cual es tu tendencia, el cuadro describe el sexo de una manera tan
atractiva, tan vivida, que caes en su
tela de araña desde la primera visión.
Sin
embargo, otro crítico apuntó una teoría más factible. Se alejó de la semiótica
y apuntó que el cuadro, pese a su título, no era sino un único polvo, una única
follada con setecientos sesenta y ocho rostros pero un solo guión lleno del
mismo caos que relata. Desde su perspectiva no había que buscar un orden o un
significado a lo que allí se mostraba, sino que había que permanecer atento a
la anarquía siempre presente en todos los encuentros sexuales, dejándose llevar
por la voluptuosidad que se renueva a golpes de instinto, a golpes de polla
hambrienta. Esa Babel que te hace empezar por una mamada, para un segundo
después continuar con un beso tierno que empalmas a un mordisco en el pezón o a
un azote violento en esas nalgas torneadas, para terminar empitonando con
avidez ese culo empapado de tu saliva y volver a comenzar un ciclo que acaba de
iniciarse. En definitiva, esa violencia y ternura que siempre acompaña el ardor
de un sexo escrito en mayúsculas. Sin embargo, seguía sin desentrañar qué
significado podía tener la figura misteriosa de ese amante y terminaba por
considerar que de las múltiples versiones que dio el pintor se podía crear una
gran verdad; certeza que, de todos
modos, no se atrevía a asegurar.
Yo, en
cambio, sí sé la verdad.
Yo
aparezco en el cuadro. Soy el decimoséptimo, contando desde la izquierda del
cuadro; y en vertical, aparezco en la sexta fila contando desde arriba. Estoy al lado del pintor, ya sesentón, que
goza de una mamada que humedece sus carnes flojas. Encima de nosotros perfora
con treinta años las carnes de un obeso de veinte, que se retuerce de placer
ante las fabulosas embestidas (y con el que tuve una pequeña aventura ya en el
friso de los cuarenta). A la izquierda, y en una estrambótica postura, los
cuarenta follan a los quince, un efebo que se masturba con su cara perdida por
el placer en esa difícil posición, mientras la empuñadura del pintor se hunde
en sus suaves carnes, estampando su vello púbico la señal de su urgencia.
Debajo, uno de los más eróticos, es él a los dieciocho con un compañero de su
edad. La magnífica tranca se hunde en sus carnes. Sus cuerpos están íntimamente
unidos y un beso inagotable casa sus rostros cegados por el ardor. Son cuerpos
bellos, puros y rotundos, encontrados en una noche remota libre de toda
timidez. Hay una expresión tal de descubrimiento (de hecho, fue el amante del
pintor durante años), que hace de eso otro punto y aparte.
A algunos
los “conozco” en el sentido bíblico del termino, sobre todo a los de mi quinta.
En A Coruña éramos entonces, y seguimos siendo ahora, cuatro maricones fuera y cuatro mil dentro, por lo que era muy
fácil tropezar con la misma piedra más de dos veces; es más, había ocasiones en
que lo único que deseabas era tropezar y tropezar...
Yo, por mi
parte, aparezco con él, fronterizo ya en los sesenta y poco, en un sesenta y
nueve abismal. Es uno de los retratos más dinámicos. Yo me retuerzo de placer y
tengo las manos extendidas como intentando asirme a algo, un porte que, así
visto, casi no tiene explicación, pero que os puedo asegurar que la tiene. Mi
rostro está contraído, desencajado, y de mi nabo asoman los primeros trallazos
de semen que se estrellan contra su rostro. Una pinga de mi semen cuelga de la
punta de su lengua, las otras embadurnan su rostro cayendo en sus ojos,
mejillas, frente, mientras otras, suspendidas en el aire, siguen su camino
hacia su boca abierta y famélica.
Lo
encontré a principios de los noventa, puede que fuera en el noventa y dos, en
los Jardines de Méndez Núñez, en A Coruña. Allí, en una fría noche de febrero,
se acercó entrecano y seguro a mi deambular ansioso. No recuerdo bien cómo me
entró, pero entre las sombras del magnolio que allí crece me magreó a
conciencia despertando esa libido que momentos antes paseaba entre la
incertidumbre. Nos tocamos la polla por encima del pantalón, comprobando la
dureza de nuestros deseos que, por su consistencia, en aquel momento ardían.
Desenfundamos y tocó mi rabo, y mi deseo rindió el mismo homenaje a la suya, y
mientras nos masturbábamos me propuso terminar aquello en un lugar más
tranquilo; pero ni uno ni otro dio un paso para estancar lo que habíamos
empezado.
La
meneábamos con fuerza mientras nos retorcíamos buscando besos que apagaran
nuestra sed. Mi mano correteaba perentoria por el tronco de su verga esbelta y
nervuda, acompasando mi ritmo a su vagar por mi pijo, que cogía con fuerza,
como si su deseo naciese estigio en la laguna que manaba por su cuerpo. De vez
en cuando, las luces de los coches iluminaban la escena, moteando nuestros
apetitos de pequeñas estrellas fugaces que barnizaban aquella paja inaplazable
e ilícita. Quitó mi mano de su polla, y embistió con ella mis caderas,
apretándome fuertemente mientras continuaba machacando a mi nabo. Noté, como
aquel duro intruso rasgaba con sus embestidas la tela de mi ceñido pantalón
abriéndose paso entre mis carnes que se desplegaban a su caricia. Aquella
sensación hizo que me volteara y juntara mi polla contra la suya,
restregándonos a placer mientras sus manos buscaron mi cara para llenarla de
babas, besos y mordiscos que plantaba entre mis gemidos. Percibía la calidez de
su cipote frotarse contra el mío. Su capullo empapado regaba con sus
secreciones mi pijo, mientras seguíamos como posesos empapándonos en nuestros
besos cruentos.
Gemíamos
como putas en celo. Eran estertores entrecortados, llevados de la mano por el
deseo y el miedo. El deseo de una entrega que desde el principio fue absoluta;
por el miedo de que entre aquellas sombras y destellos fugaces surgiese la
sorpresa represora que rompiera la codicia de nuestro encuentro. Nuestros falos
arremetían ciegamente chocando entre ellos, con nuestras carnes, con nuestra
fiebre. Nos agitábamos a placer, zarandeándonos con voluptuosidad acompañados
de los ruidos de la noche. Nuestros aes brotaron en la fría noche, caldeando la
negrura que nos envolvía. Bajé mi pantalón hasta las rodillas y él hasta sus
pies. Volvimos a la caza con la misma alegría, mientras nuestras manos sobaban
los culos con gula, imprimiéndoles con sus devoradoras caricias un empuje que
ya era feroz. Me encantó hundir mis manos en sus flácidas carnes, restregarlas
con fuerza, abofetearlas, en una procesión guiada por mi desenfreno. El mismo
imperioso ímpetu tutelaba sus tentáculos. Mi culo prieto y torneado se vio
amasado con saña, abriendo puertas donde las había y despertando de la pereza
unas carnes entusiasmadas por todo lo que se anunciaba. Exprimió mis cojones
como si de ellos brotara un zumo jugoso y un “ay” punzante sustituyó por un
momento al placer que encontraba entre sus brazos, entre sus piernas. Era una
lucha, un combate singular por ver quién dejaba en el otro mayor huella de
goce, de seducción. Todo iba a una velocidad vertiginosa, pues el miedo de
aquel encuentro presidía cada una de las perforaciones de aquel delicioso
pajote.
Cinco
contra uno, hasta que su boca húmeda sucedió a su tórrida mano. Se tragó de golpe
mi calibre dieciséis. Succionaba con la misma voracidad que marcaba a su mano.
Su rostro sepultado en mi vello púbico en mamadas embaladas, vistas y no
vistas; mientras sus manos seguían trenzando con su exploración mi culo que no
paraba de menearse de gusto. Mi polla encharcada entraba y salía lustrada no
sólo por sus babas, sino por el cosquilleo eléctrico que conseguía con esa
succionadora. Repentinamente, con la misma fuerza sorpresiva con la que me mamó
mi pija, paró, y poniendo entre sus manos el esbelto ejemplar indicó con muda
ansiedad qué quería ahora.
Me
arrodillé en el húmedo suelo y meneando mi polla comí el tamaño dieciocho.
Aunque he mamado mucho en mi vida, en aquel tiempo empezaba mi mariconería y
aún no tenía todas las herramientas a punto.
Así que la primera arcada fijo la meta hasta donde llegaría mi mamada. Su
largura contrastaba con su estrechez. La definición de esbelto, tal como se
puede ver en el cuadro, es el mejor traje que se le puede hacer a su singular
plátano. Apuntando hacia arriba besé aquel capullo que se distinguía carnal, y
mis labios empapados se deslizaron en una abrazo tímido. Tenía un sabor fuerte
y acre; pero embriagador una vez que te acostumbrabas a su vida. Tras esta
entrada inaugural, mi voracidad tomó el pulso y chupé aquella delicia como si
compitiera en una carrera de cien metros lisos. Él se revolvía entre estertores
y gemidos, impulsando a su mango más allá de la meta que me había fijado,
produciéndome una sensación de ahogo que me hacía temer que me quedaría sin
respiración, asfixiado por aquel tótem sacrílego. Sus embestidas cada vez eran
más fuertes, y me tiró de los pelos para que tragase aquel nabo que, en algunas
de sus perforaciones, pasaba limpiamente por mi campanilla produciéndome unas
arcadas insoportables; aunque ni en este estado dejaba de menearme mi verga con
fiereza.
Me liberé
de aquella prisión cuando su abrazo se debilitó, anunciándome la corrida que se
estaba cocinando. Él me miró sorprendido y me abrazó con fuerza, volviendo
nuestras mingas a encontrarse en su combate. “Me corro”, dijo al tiempo que
también mi caldera empezaba a borbotear. Iba a separase de mí, pero lo retuve
con el ansia de mi entrepierna, quería incinerar mi semen en él, del mismo modo
que quería el suyo.
Nuestras
piernas flaquearon continuando con nuestra embestida. Nos agarramos débilmente
el uno al otro ahogando los gritos en un beso empapado. El semen salió a
borbotones ensuciando nuestro caldeado cuerpo. Sentí sus trallazos en mi
abdomen y como el calor de éstos viajaba, después de la urgencia, manso por mi
cuerpo. Fueron ocho o nueve eyaculaciones, como un duelo de pistoleros, que
motearon de masculinidad nuestros cuerpos que continuaron restregándose con
lujuria, mezclando el fruto de nuestro placer que se negaba a morir. Algunos de
estos frotamientos eran como epilépticos, como pequeñas explosiones que
arrastraran nuestros trémulos cuerpos. De nuevo un coche iluminó por un momento
nuestra cama, el justo para verle los ojos ardientes y una sonrisa dibujándose
desde la cuna de la agonía que había abandonado. Cuando volvió la penumbra sus
labios sellaron los míos, y su lengua febril comenzó la invasión de mi boca
husmeando en sus rincones a la búsqueda de algo que atajase la sed del momento.
Tras esto, se arrodillo ante mí, y subiendo el jersey y la camisa busco entre
mi piel y las ropas, como si fuera un perro de caza, los restos del combate. Me
estremecí cuando su lengua rugosa rozó mi piel recogiendo la cosecha aún
calentita de nuestros apetitos, y una vez terminado, con su boca de semen,
volvió a fundir su apetito con el mío. El beso tenía un regusto picante,
sintiendo como avanzaba el semen por mis papilas gustativas. Aquello avivó
también mi apetito y me dirigí a sus carnes abonadas por nuestra virilidad.
Al acabar
nos dirigimos a Alférez Provisional, tenía el coche, un dos caballos, aparcado
frente a la policía. Sin decirnos nada pensamos qué harían las fuerzas de la
ley y el orden si nos llegan a ver tres minutos antes, cuando nuestra
mariconería estallaba con toda su fuerza. Con una sonrisa irónica montamos en
el desvencijado coche y pusimos rumbo hacia Mesoiro, donde tenía él su estudio.
Por el
camino, me obligó a bajarme los pantalones y a mostrarle durante todo el
trayecto mi entrepierna. Aunque aquello me pareció extraño, al momento me
alteraba saber que el solo poder de mi polla estaba excitando a aquel elegante
viejo. Aquello me fustigó, y mi verga retornó a la vida. Era curioso la
atmósfera de sexo que se respiraba. Sin poderlo evitar volví a tocarme, a acariciarme
suavemente por todo mi cuerpo, lo mismo que si fuera una bailarina de puticlub.
Él no decía nada, sólo me tocaba de vez en cuando lanzando miradas esquivas a
mi falo, mientras apaciguaba el suyo. Fueron veinte minutos cargados de
erotismo, un erotismo cutre en el que desplegamos todo lo que nos habíamos dado
momentos antes.
Era una
nave industrial con pinta de abandonada. En su frío interior se amontonaban
cuadros y pinturas en una anarquía atrayente, como si fuera una composición más
de uno de sus cuadros. Allí supe que él era pintor, un buen pintor, pero que no
estaba para muchas más explicaciones pues enseguida me guió hacia el fondo de
la nave.
En una
esquina entre cortinas negras y rojas se ocultaba el nido de su sexo. Era como
un gran cubo, de unos siete metros, a salvo de miradas, que encerraba en su
interior una muestra de su elevada lujuria. Corrió una de las cortinas y una
puerta de metal apareció. Introdujo llave y cuando abrió la puerta me vi
reflejado en su cara de espejo. Me invitó a entrar a aquel cubo rodeado de
espejos murales por todos los lados, donde tu figura se multiplicaba hasta el
infinito. En su íntimo tamaño, aquella estancia era un prodigio del erotismo.
Tenía una luz cálida que embellecía tu piel y una especie de tatami cubierto
con sábanas de seda negra. Lo accesorio no estaba contemplado en aquella
distribución. Todo lo que allí se encontraba tenía el fin de avivar el fuego.
Una caja negra lacada era el otro elemento de compañía, despertando tu
curiosidad sobre lo que habría en su interior.
Estaba situada en el centro de la pared, al lado del colchón, como
presidiendo aquel recinto. Una música suave y envolvente salió del algún
secreto lugar, acariciando los sentidos y llenando de sensualidad aquellas
iluminadas paredes.
Cerró la
puerta tras de sí, y su imagen se dirigió desde distintos ángulos a ese joven
asombrado por todo lo que estaba viendo. Nos abalanzamos el uno sobre el otro,
como presos de un deseo ardiente al que había que dar salida. Nos comimos a
besos, mientras nos íbamos desnudando el uno al otro con violencia. Él tenía
unos rasgos elegantes, de esos que salen a luz de la vejez para hablar de la
hermosura de la juventud. Unos ojos castaños claros presidían esa mirada
curiosa que iluminaba un rostro angulado, en el que unos pómulos sobresalientes
hablaban de una fiereza animal. Su cuerpo, a aquellas alturas, aún retenía el
sabor de otros años, aunque entrado en carnes desplegaba un atractivo difícil
de precisar pero en el que caías irremediablemente. Como yo, con esos veinte
años recién cumplidos, con ese cuerpo trabajado de gimnasio, cubierto de la
excesiva preocupación por mi belleza, y sabedor que con ella pasaría momentos
fantásticos. También yo tengo su misma mirada, y estoy de lleno en una etapa
siniestra por lo que luzco una cabellera estilo punk que da a mi cara en
perpetúa interrogación, un aire de malsana timidez. Mi atrevimiento en aquellos
años es pintarme los ojos de negro y palidecer mi belleza con un “no futuro”
arrebatador.
Las
prendas de ropa caen al suelo precipitadamente, descubriendo con urgencia la
desnudez de nuestros cuerpos. Nuestros instintos se frenan cuando nos quedamos
en calzoncillos. Ahí él recoge toda la ropa y abriendo la puerta la quita del
cubil. En aquella guarida sólo hay sitio para el sexo, todo lo demás
desaparece.
Con
violencia me tumba sobre el colchón y me veo reflejado en el techo contrastando
vívidamente contra las sábanas. Es una imagen especialmente erótica. Veo cómo
se arroja ante mí y su boca va directamente hacia mi paquete aún cubierto por
el bóxer. Ahí restriega su cara y
vuelve a aspirar el aroma concentrado de mi sexo, al mismo tiempo que empiezo a
arquearme de placer y acaricio con mis manos su pelo entrecano. Me empapa con
sus babas el calzoncillo hasta que mi pinga aparece ante su vista traslucida
por la tela empapada. “Me gusta tu polla”, me dice, “sabe que alimenta”. Y como
guiado por esta última palabra la mordisquea con lujuria electrificando todo mi
cuerpo con ese dolor delicioso. Él lleva la batuta, y tomando la goma de mi
bóxer entre sus dientes los baja hasta las rodillas dejando al aire mi enhiesta
pija, que ya rezuma sus secreciones. Finalmente me los quita y aspira su aroma
con fuerza. Son tres o cuatro aspiraciones profundas y prolongadas que extraen
del tejido todo el gusto de mi sexo. Tras esto con un soplido potente lanza mi
bóxer al linde del colchón. Después se levanta y se quita el suyo, dejándome me
ver con todo detalle lo que momentos antes había disfrutado en la penumbra.
El glande
enrojecido corona ese estilete nervudo. La muestra como sabedor de su
atractivo, de su hechicería única que te hace olvidar las sombras de su
cuerpo. Con seguridad avanza hacia mí,
situándose a la altura de mi pecho acorralándome con sus dos potentes piernas. Lentamente
y con elegancia se arrodilla, dejando a las puertas de mi boca ese glande
inflamado por la pasión. La punta de mi lengua saborea a ese viejo conocido y
avanza con timidez para albergar ese pijo lujurioso. En un abrazo húmedo mis
labios se ciernen sobre ese contorno tentador y comienza a chupar con gula.
Su mano
tienta mis cojones. En un picado absoluto veo reflejado en el techo mi
virilidad dominada por esa mano diestra para las brochas gordas. Su paja se
acompasa a mi mamada. Succiono con ansia sin poder tragar su estilete, pero
regodeándome en el placer que su verga exhala, como si de ésta dependiese mi
vida. Sigue zumbando mi nabo, naciendo un ritmo que se suma al musical. Son
pulsiones cortas, urgentes, húmedas, arrolladoras. Está poniendo toda la carne
en el asador, y esa mano juguetona se incursiona por la raja de mi culo. Sale
mi primer gemido al roce de sus dedos en mi ano y culebreo como una puta
separando mis piernas y irguiendo mi cadera para facilitar esa labor de
exploración. Mete el dedo con violencia provocándome un respingo doloroso que
viaja por todo el cuerpo hasta apaciguarse en mi boca saciada por su rabo. Lo
saca y con lujuria lo introduce en su boca y comienza a chupetear
estentóreamente el canto de su lujuria. Con ese dedo encharcado en su cálida
saliva explora las puertas de mis entrañas y comienza a follarme con él. La
cadencia de su cadera impulsa su polla en un meteisaca que se transmite a ese
dedo volador. Noto el tacto en mis paredes, sus giros y sacudidas y siento un placer
que me llena al verme poseído de manera tan gustosa. Los gemidos se me
atragantan en su polla, y siento un cosquilleo tremendo en el ano que me
impulsa a querer meter más adentro ese intruso o a alejarla del todo. No sé muy
bien cómo explicarlo, pocas veces me ha ocurrido, pero es una sensación única,
de atracción y repulsa que noquea mis sentidos. En su salida logró zafarme de
su polla para implorar un solo deseo: “¡Fóllame!” Es como un eco repetido de
sus incursiones que paran tras este ruego, para manosearme con una sonrisa
canalla que sólo quiere decir: “¡Verás la que te espera, chaval!”.
Levanta
mis piernas y las abre, dejando mi culo a la merced de su polla. Por las
paredes veo repetida hasta el infinito la seductora imagen, al tiempo que en el
techo contemplo como se acerca ese estilete rezumante a mi guarida. Yo sostengo
las piernas, mientras él toma la base de su polla acercando su capullo a mi
ano. Escupe en su mano y con esa saliva engrasa su arma en un gesto cargado de
suciedad que hace que me caliente aún más e implore de nuevo el “fóllame”. Un
“tranquilo chaval” acompaña al nuevo esgarro, que esta vez deposita en mi ano
embadurnándolo con saña, y volviendo sus dedos a inspeccionar con detalle mis
entrañas, mientras me cimbreo de placer.
Como una llamada de atención da dos sonoras palmadas en mis nalgas,
enrojeciéndolas al instante y sin que asome en mí la más mínima protesta, si la
sorpresa y el ronroneo posterior puede ser tomado por reproche. Intuí que me la
iba a meter de golpe, pero acercó su capullo a mi ano y cuando pensaba en una
entrada furiosa lo restregó por toda mi raja en un masaje delicioso que me hizo
culebrear. Tras esto, su mango terminó el paseo y decidió entrar en casa.
Apuntó con avidez, y tal como intuía, me la metió de un solo latigazo. El dolor
fue insoportable y parecía que mi grito lo llenaba de ferocidad pues desde el
primer momento me perforó con una saña furiosa. Eran unos accesos salvajes,
como si la urgencia de una muerte próxima guiase toda aquella violencia. Aunque
el dolor continuó durante toda la penetración, también tenía el placer
instalado, y las dos caras de la moneda actuaban con la misma tenacidad. Sus
cojones chocaban con fuerza contra mis nalgas haciendo que retrocediese un poco
en cada perforación. Esto hacía que más que un balanceo violento, él hiciese
una persecución furiosa en la que cada paso que yo retrocedía daba campo e
impulso para su furor en la perforación. Mis gritos, una mezcla de queja y
satisfacción, coreaban sus sondeos hasta que su cipote se hundía hasta el tallo
en mis devastadas entrañas. Éstas,
entre risas y llantos,
cobijaban la fortaleza de ese estilete
que clavaba hasta empalar.
No había
pasado mucho tiempo hasta que mi cabeza dio con la misteriosa caja negra,
quedando ahí apuntalado soportando la
cólera de sus asaltos que se amplificaban con el choque de mi cabeza sobre esa
caja. Mirando al techo vi como esa minga salía lustrosa para volver en un abrir
y cerrar de ojos a sepultar su gallardía arrancándome aquellos aullidos placenteros.
En ocasiones, tal era su ímpetu, que su manguera salía totalmente chocando en
su venida con las nalgas o la raja, y dejando ahí marcado su férrea condición.
Increíblemente los movimientos se hicieron más crispados, casi espasmódicos. Un
bufido sordo salió de sus entrañas vitoreando la firmeza de sus terminantes
irrupciones. Presentí que no tardaría en correrse, pero me equivoqué en el
pronóstico, pues siguió en ese ritmo alterado sin que su semen encharcara mis
paredes.
Por mi
parte yo había olvidado el dolor, y aquel ardor que entumecía mis entrañas con
las incursiones de su arrebatado cimbel, hacían que mi cuerpo ardiera con una
pasión desorbitada. Mi chorra chocaba contra mi abdomen bautizándolo con sus
fluidos que salían en generosas cantidades por el bombeo incesante al que me
sometía. El sudor rociaba nuestros cuerpos, haciendo de aquellos asaltos un
ataque húmedo, lujurioso.
En los
últimos minutos éramos dos animales aullando enérgicamente. Quería amarrarlo,
frenarlo de alguna manera, pero me hallaba totalmente desposeído. Era una
pantomima, una sombra proyectada por aquella verga voraz que seguía perforando
mis ardientes entrañas a una velocidad de vértigo, dejándome errático a un
placer que había invadido todo mi cuerpo, toda mi razón.
Repentinamente
frenó su cabalgada y quitando la polla con prisa se dirigió hacia mi boca
abierta con una orden terminante: “¡Cómetela toda, cabrón!” Me sorprendió aquel
cambio y entre jadeos entrecortados comencé a chupar con gula aquel afilado
estilete. Enseguida me tomó por los hombros y me levanto como si nada pesara,
tumbándome al lado contrario y follándome la boca. Me atragantaba con sus
arremetidas, con ese cruzar limpio con el que me invadía, traspasando
limpiamente toda mi garganta y dándome la impresión de que quedaría ahogado
entre su semen y su polla. Tras unos segundos así, dejó de follarme y cayó con
todo su peso de lado. Yo quedé exhausto, pero pronto me quitó de su
embelesamiento: “¿Qué coño haces? ¡Chúpala, Joder!” Comencé a chupársela mientras
él hacía lo mismo con la mía. Al momento establecimos como una muda competición
de a ver quién la chupaba mejor. Tragábamos con rapidez las vergas, succionando
con voracidad, paseando la lengua vertiginosamente por el glande, todo en una
sucesión rápida que incluía todas las artimañas que habíamos aprendido. Le
tocaba los cojones, me los tocaba; lo masturbaba, me masturbaba. Éramos como
una especie de reflejo; si uno de los dos variaba su estrategia en la mamada el
otro la seguía apresuradamente, cambiando tras unos segundos para demostrar que
no sólo era un alumno aventajado, también un maestro.
En un
momento dado, él no siguió el juego, sino que lo abandonó totalmente y comenzó a
sacudirse agitadamente mientras de su minga salían unos chorros abundantes de
sabrosa lefa. Desprevenido al principio, dejé que su primer disparo cruzara
limpiamente mi boca, pero deposite los siguientes sobre mi lengua que
almacenaba con gusto todo aquel cargamento que su convulso amo imponía en mi
confianza. Fueron como unos siete u ocho disparos hasta que en mansedumbre
salieron los últimos restos cayendo suavemente por su glande. Tenía la boca
llena de su lechada y aún así lamí con avaricia aquellos restos perdidos
dejando su capullo limpio de rastro alguno.
Una vez
aplacada la bestia, volvió a la carga. Volví a sentir el indescriptible placer
de su lengua insaciable paseando por el mastil de mi rabo, su poder succionador
cuando lo dejaba huérfano para volver con la misma pasión a su húmedo
encuentro. Como su follada, eran movimientos rápidos, que producían un
cosquilleo constante en mi nabo. Pronto noté que se me endurecían los cojones,
que se me achicaban, hasta que explosionaban lanzando por sus vías mi semen
hervido.
Me vi
dirigiéndome a mi mismo, tratando de asirme a algo que me asentase en ese
precipicio por el que caía descontroladamente. Trémulo e ido, expulsé mi lefa
en un orgasmo inenarrable que hizo que por un momento mi cuerpo estallase para
recomponerse en pequeñas sacudidas con la que mi polla expulsaba su recompensa.
Mi grito fue ensordecedor, llenando aquellas paredes de sexo de la música que
les faltaba.
Quedamos
allí postrados, sin apenas movernos, dejando que de nuevo el aire paseara por
nuestros pulmones. Recobrada el reposo sentimos la necesidad de abrazarnos, de
templar nuestros cuerpos con el calor que aún despedían. De vez en cuando daba
nuevas muestras de afecto, un pequeño beso, una caricia suave, un arrumaco
mimoso, cualquier gesto que me hiciera entender que siendo una follada en toda
regla también llevaba su cariño en el lote recibido.
Al rato ya
estábamos hablando como viejos conocidos que habían pasado mil perrerías
olvidando que tan sólo había sido una la compartida. Me habló de su vida, de su
pintura, de su primer polvo y de este último. Eso trajo mi siguiente pregunta:
-
¿Qué hay en la caja?
-
¿Tú qué crees?
-
Pues viendo el picadero que tienes montado, me imagino de
todo.
-
¡Ja, ja, ja, ja! Explícate.
-
Ese color negro me sugiere látex, y a partir de esta
sugerencia, ¿qué más explicaciones quieres?
-
¿Así que te parezco un sádico? –comentó poniendo una voz
tenebrosa.
-
Bueno, sádico, sádico, no; aunque tengo que decir que me
follas muy salvaje.
-
Sólo sé follar así.
-
¿Por?
-
¡Buena pregunta! Imagino que cada vez tengo menos tiempo
para la ternura, o que sé que nunca la encontraré.
-
¡Coño, qué negativo!
-
Desde tus años, puedes opinar así; desde los míos y desde mi
egoísmo, más que negativo diría que soy realista; o soy tan egoísta que no me
queda más remedio que ser realista.
-
O sea, que nunca amaste a nadie y por eso no te quejas.
-
¡Yo no dije eso! –respondió enfadado.
-
Ya, perdona. Pero es lo que se interpreta.
-
Pues no es eso. También se puede interpretar que amé y ya no
puedo amar a nadie más –sentenció con tristeza.
-
Bueno... Al final, ¿qué hay en la caja?
-
Nada de lo que te imaginas...
-
¡Ah! ¿Por qué está aquí presidiendo todo esto?
-
...
-
¿Puedo abrirla? Perdona que sea tan curioso, pero desde el primer
momento me ha llamado la atención. Si no quieres no la abro, pero dime
cualquier cosa que haga que no piense más en esta puta caja.
-
Ábrela, puede que entiendas por que está ahí.
Los ojos
se me abrieron como platos y una sonrisa de satisfacción iluminó mi cara. De un
salto me puse a su lado preparándome para la sorpresa que esperaba encontrar.
En esos segundos que tardé en abrir la caja, mi mente barajó todas las
posibilidades: revistas pornográficas, fotos de tíos en bolas, drogas, alcohol,
un control remoto para disparar las cámaras que se ocultaban tras los espejos.
La que más fuerza cobró fue esta última, así que mis dedos asieron la tapa
dispuesto a encontrarme con lo más “in” en tecnología japonesa.
Él miró mi
cara de asombro, la máscara de incredulidad
que trataba de ocultar mi desengaño. Su sonrisa fue amable, como si en
ese momento buscará consolarme por lo que allí había: un manojo de cartas
atadas con un lazo rojo, y que temblaban en mis manos sin entender aún qué
guardaban. Lo miré interrogante y él asintió con resignación. En ese momento
supe que todo aquel papel, primorosamente escrito, guardaba entre sus líneas un
dolor que sé aún ahora se reflejaba en su rostro; lo guardaba, porque
seguramente también guardaba amor.
En total
eran treinta y ocho cartas ordenadas cronológicamente. El primer matasello era
del 21 de febrero de 1980; el último del 3 de diciembre de 1984. A partir de
ahí, nada. Las cartas se conservaban inmunes, como si por ellas no hubieran
pasado diez años y fueran escritas ayer
pues aún tenían ese aroma fresco de la inocencia que se adivina por la letra,
por esa disposición caprichosa y calculada que se tiene en la juventud. Cuando
intenté deshacer el lazo, él me lo impidió con suavidad. “No es necesario”,
dijo, puedo decirte punto por punto y coma por coma lo que ponen. Yo lo miré
incrédulo, pero él volvió a asentir con esa resignación. Y se inició el juego
más precioso de aquella noche:
En Tenerife, a 17 de febrero de 1980.
Querido
amigo:
He decidido llamarte así, después de lo que
nos ocurrió, ¿de qué otra forma podría llamarte? Es muy curioso todo esto, pues
estoy seguro de que marqué bien; pero bueno, en esta ocasión no me quejaré de
Telefónica como hace mi padre, me gusta saber que gracias a lo necios que son
yo tengo un amigo más por esa Coruña que algún día espero visitar ahora que
sois más los que quiero ver.
Estoy en plenos exámenes, pero tampoco es
sano pasarse un domingo estudiando, y menos estudiando la maldita historia de
los países europeos. Creo que cuando mañana llegué haré la revolución
industrial en mi instituto. ¿Cómo se les ocurre seguir preguntándonos sobre la
historia? ¿No sería mejor que nos preguntaran sobre el futuro? ¿Te gustó el
chiste? No es mío, es de “Mafalda”. A mí me gusta “Mafalda”, ¿y a ti? Aunque
ahora que lo pienso no sé si el chiste es así, pero si no es así éste tampoco
está mal.
¡Así que eres pintor! Yo dibujo fatal. Ni
calcando soy bueno. Me gustaría ser pintor, aunque me gustaría más ser
cantante, como Miguel Bosé. ¿Te gusta Miguel Bosé? A mí me encanta, aunque
tengo que disimular (y eso que no paro de escucharlo, creo que voy a rayar la
cinta) y decir que es un hortera (él
sabrá perdonarme), porque ya tengo fama de marica y tampoco es cuestión de
echar más leña al fuego. ¿No te parece? A veces pienso que Miguel Bosé no se
merece esto y me digo: “¡No seas tonto, Valerio! Hoy lo dices”. Pero llega el
momento y se me pone un cosquilleo en esa parte y me sube hasta el estómago y
no despego los labios ni para decir esta boca es mía. Y al final me voy hecho
trizas a casa preguntándome qué quiero salvar, si es que hay algo que salvar.
¡Y todo por esta voz dulce!
Hay días en los que me cuesta un montón ir.
No sé por qué te cuento esto, pero es que no sé a quién contárselo. No creas
que no tengo amigos, ¡tengo amigos! Pero me da no sé qué decirles todo esto. No
sólo lo de Miguel Bosé, hay más cosas, pero todas con el mismo miedo. En
ocasiones me encuentro muy solo. Fue como el otro día, llamé a Esteban para
hablar con alguien, y eso que ya hace dos veranos que estuvieron aquí. Pero
bueno, mientras estuvo nos llevamos bien. Y fue él quien me dio el teléfono, no
se lo pedí yo. Tardé un montón en llamarlo. Ni en navidades lo llamé. Te juro
que buscaba el momento, pero siempre encontraba alguna disculpa para no
llamarlo. Y conforme pasaban los días las disculpas eran más fuertes. ¡Claro
que él tampoco me llamó! Así que el otro día lo llamé y pasó lo que pasó
(je,je,je). ¡Al final sabes que no lo llamé! Quedé tan bien después de hablar
contigo que no lo llamé. Aunque seguro que lo llamo, dejo pasar los exámenes y
lo llamo, como que me llamo Valerio.
También hay días en los que me siento bien,
en navidades, en el verano. Cuando se aproxima algo así, es cuando me siento
bien. He pedido a mis padres que me cambien de instituto, pero no quieren.
Dicen que ya llevo recorrido todos (son unos exagerados, sólo llevo tres) y que
como siga así me van a tener que mandar a estudiar a la península. Yo les dije
que muy bien, que me voy para allá, pero siempre me dicen “de qué va a vivir el
señorito”. Y ahí zanjan el tema. Estoy deseando ser mayor para de una vez irme
a donde yo quiera. No es que no me guste esto, pero a veces me ahoga. Me paso
los días tristes, las noches tristes, sino fuera por la tele y por mi adorado
Miguel Bosé no pararía de llorar. ¡Y aún encima, tengo que disimular! Tengo que
ser feliz porque tengo de todo. Y está bien todo eso, pero me faltan un montón
de cosas. No cosas que ellos me dan. En eso no tengo queja. Pero echo en falta
algo, no sé lo qué, pero lo echo. En ocasiones, fíjate tú, creo que no me
quieren. Ya sé que vienen cansados de trabajar, pero yo también vengo cansado
(últimamente me canso por todo). Y no sé, cenan, duermen en la televisión y
todo lo arreglan con un “¿qué tal hoy?” Yo siempre contesto que bien. ¡Qué les
voy a decir, pobres! Pero hay días que les gritaría: “¡Mal, muy mal!” Me da la
impresión de que si les digo eso ellos seguirían contestando: “Me alegro, hijo,
me alegro”.
Tengo un amigo, un buen amigo, vive en mi barrio
y vamos juntos al instituto. Por el camino vamos muy bien. Hablamos y todo eso;
pero cuando llegamos, él se separa de mí. Ahora ya es más descarado, como unos
cien metros antes comienza a correr. Esto lo lleva haciendo desde este año.
Antes aún corría detrás de él, hasta que me di cuenta de que él no quería que
corriera. Hay días que a la vuelta es peor. Hace como si no me viera, o, cuando
no le queda más remedio me ve, pero sigue hablando con cualquiera de sus
compañeros como si yo no existiera. Así hasta que se separa y entonces tan
amigable como siempre. Sé que es una tontería, pero yo ya no me atrevo a
decirle nada. En el fondo es bueno. Yo lo quiero mucho y me fastidiaría un
montón perderlo. ¡Y eso que no vale una gran cosa! Pero es bueno, y por eso se
lo perdono todo. No es como José Antonio, o “Tony” como le gusta que le llamen,
es el deportista de clase y se sienta conmigo por que tenemos que sentarnos por
orden de lista. A mí me cae muy bien, pero muy bien, y eso que me trata fatal;
¡pero es tan alegre! ¡Tiene tanta vida! Además es muy guapo. Sino fuera porque
quiero ser cantante, me gustaría ser como él. Parece que no tiene problemas y
que sí los tiene los soluciona rápido. Yo ya lo conocía, pero él no se acuerda,
o finge no acordarse, que todo puede ser. Ya coincidimos en EGB, durante dos
cursos y de eso no hace tanto. Es cierto que cambie (te envío una foto para que
veas como soy hoy), pero no ha sido tanto, sólo crecí a lo alto; la cara es más
o menos la misma. Pues pese a la cantidad de favores que le hago, él sigue
tratándome mal; sólo me dora la píldora cuando quiere pedirme algo. ¡Y es que
soy tonto, nunca le digo que no! Siempre conservo la esperanza que con ese
favor que le hago él me trate de otra manera, pero poco dura. Ese día soy feliz
y al día siguiente voy contento; ¡pero ya todo ha cambiado! Y vuelvo a la
tristeza, al agobio. Y no es que me importe él; me importa. Bueno, me importa
más que los demás; los demás me agobian pero no me importan. Pero él, aunque no
me importa del todo, si me importa. No sé por qué pero busco su aprobación.
Creo que es porque soy feliz cuando él está de buenas conmigo.
¡Dios mío, cómo pasa el tiempo! Perdona por
tanto rollo y espero que entiendas la letra; dicen que la tengo muy bonita.
Adiós.
Firmado: Valerio
F.O.
Y con su memoria prodigiosa visitamos la segunda carta. Ésta tenía el matasellos del 19 de marzo.
En
Tenerife, 16 de marzo de 1980
Querido Carlos:
No creí que me fueras a contestar, y menos que me contestarás tan rápido.
Leí tu carta con mucho interés y me alegró bastante. Así que, aunque es
domingo, he decidido pasar la tarde contigo y dedicarte unas letras.
¡Así que también te gusta Miguel Bosé! Me alegro. Me gusta saber
que no soy yo sólo al que le gusta, que también hay gente como tú que le gusta.
Yo no paro de bailar cuando escucho sus canciones, creo que hasta sueño con
ellas. ¿A ti te pasa? Ahora están saliendo cantantes muy buenos, ¿no crees?
Claro que ninguno como él. Pero bueno, no quiero aburrirte con esto.
Gracias por decirme que te gustó mucho mi foto. Te mandé una de
mis preferidas; pero no te preocupes, ya hice copia. Y gracias por lo de guapo.
Aunque no sea cierto, me gusta escucharlo. ¡Y esto no es falsa modestia! Sé que
no estoy mal, pero tampoco soy tan guapo como dices; aunque si tu lo ves así, y
siendo pintor, tendrás razón en opinar de esa manera.
Perdona, pero me extrañó que no estuvieras casado. No sé por qué
pero pensaba que todos los pintores os casabais varias veces; mira sino
Picasso. Seguro que no te casas porque no quieres, pero los pintores (eso tengo
entendido) venís a ser como una especie de cantantes de segunda; ¡y no lo tomes
a mal! En el tema del sexo, me refiero. Con eso de la bohemia y todas esas
cosas que yo no entiendo, parece que se disfruta mucho. Bueno, me imagino que
no te casaste porque quieres disfrutar más. ¡Haces bien! Yo no sé si quiero
casarme. Aún no lo tengo claro. No es que me caigan mal las mujeres. En este
momento, en clase, tengo más amigas que amigos; aunque eso sería fácil, con tal
de tener una amiga ya se cumpliría la regla. ¡Pero tengo más, no te vayas a
creer! Buenas, buenas, cuatro; sobre todo Alicia y Laura. Yo creo que le gusto
a Alicia. Ella me cae muy bien, la quiero mucho; pero no la quiero. ¡Yo voy a
hacer como tú! Tardaré en casarme o nunca me casaré.
Desde la última vez que te escribí las cosas siguen más o menos
igual. José Antonio sigue igual (me gusta llamarlo así, creo que le da más aire
de importancia que si lo llamo Tony, aparte de que tuve un perro con ese
nombre). Él otro día me atrevía a decirle que no. Ya estaba harto, harto de sus
burlas, de sus perrerías y de que después me viniera pidiendo cosas. Él se
quedó con una cara sorprendida que no veas. A mí me dio mucha pena. Creo que lo
notó porque nunca me trató tan mal. Creo que al final le dio rabia que sintiese
pena, pero ya estaba harto de pasarle un día sí y otro también que si dinero,
que si los deberes de física, o todo lo que se le pase por la boca. Tenía
pensando dárselos, pero tenía tanta rabia que me daba miedo. Así que al final
no se los di y aun encima tuve que soportar que estuviera enfadado durante una
semana. ¡Fue muy duro para mí! Todo el día soportando sus insultos y abusos. Lo
pasé muy mal. De hecho, el jueves no fui. No tenía ánimos para ir. Así que le
pedí a Dios que me ayudara. Yo siempre confío en Él (¿tú eres creyente?), y
aunque las cosas no me van muy bien, creo que sin su ayuda, aunque sea poca, me
iría mucho peor. Si me faltara Dios, me faltaría todo.
Lo único bueno que paso desde la última carta es que hay un nuevo
profesor. El anterior se pidió una baja alegando que estaba muy mal. ¡Y ya ves,
lo sustituyen! Ya me gustaría a mí hacer lo mismo, que otro fuera por mí a
aprender, y yo poder salir de ese infierno. Es muy amable, se llama Ricardo, y
ya tiene enamoradas a todas las chicas de la clase. Es como si fuera nosotros.
Nos trata de tú a tú. Y eso es un alivio, hasta yo lo noto. Todos los demás nos
tratan como delincuentes, nos meten a todos en el mismo saco ¡y venga! Él no,
además es muy tierno. Si no sabes, no se enfada, sino que te mira con esa
sonrisa (es muy guapo) y te empieza a dar pistas hasta que se lo dices. Yo
procuro sabérmelo todo. Nunca pensé que me fueran a gustar las matemáticas a
estas alturas. Incluso este mes me he apuntado a una pasantía. No sé si será un
acierto, pues creo, después de dos semanas, que es como incrementar un poco la
tortura, salir de una para entrar en otra. Pero bueno, me compensa pues siempre
pongo cara de que entiendo y la mayor parte de las veces (esa es la impresión
que me da) se dirige a mí como pidiendo la aprobación. Y yo venga a darle a la
cabeza como un loco. Es muy buena persona. Todos estamos muy contentos. Yo ya
estoy deseando que lleguen los exámenes para ver si es tan bueno como parece.
Lo cierto es que yo tampoco me casaría con las matemáticas. Siempre las quito
raspadas. Y no es porque sepa, yo creo que también me premian mi voluntad, mi
buen comportamiento. Como casi no hablo, pues no desespero a nadie. O me preguntan
o no digo nada. Y eso si es un profesor, si es cualquiera de mis “compañeros”,
ya ni contesto. Creo que hago mal, pues esto los pica más; pero sino estaría
todo el día contestando, defendiéndome de las mismas estupideces todos los
días.
Hoy Ricardo vino
con coche nuevo, un Ford Fiesta del paquete, además muy bonito, con techo solar
y un azul celeste precioso. No me gustaba el Ford, pero ahora me gusta. Creo
que es mi coche. Voy a investigar por dónde vive; así puede que un día me lleve
y pueda probar si me conviene el coche o no. Me gusta como viste. Además le
queda muy bien la ropa. Le sientan muy bien las camisas blancas. El viernes lo
tenemos a primera hora y estaba muy guapo. Hasta Alicia me lo dijo. “Así,
recién duchadito, ¡que guapo está el condenado!”, creo que dijo. Y era cierto.
Lo que no sabemos es sí tiene novia. Creemos que sí. Todas están convencidas,
aunque ninguna ha perdido la esperanza de que rompan en el caso de que tenga
novia. Yo creo que no la tiene. Se lleva muy bien con el profesor de música,
Fermín, y ese tiene fama de ya sabes... No es que yo diga que Ricardo sea de la
otra acera. No lo creo, es demasiado guapo, y además tiene pelo en el pecho,
como para ser de la otra acera. Aunque se lleva bastante bien con Fermín y eso
me hace sospechar ya que nadie se lleva bastante bien con él. El sábado de hace
dos semanas lo vi en el dos caballos con Fermín. Iban riendo, pero me dio la
impresión de que se reían no de un chiste, sino de algo que habían vivido. Lo
digo porque mientras los vi no paraban de reírse y de interrumpirse el uno al
otro. Algo así, como muy amigable, muy de amigos de toda la vida, ¿entiendes?
¿No sé si sabes lo qué quiero decir...? Pues eso. Pero también puede ser que le
guste la música. El otro día estuve a punto de preguntarle, como me lo crucé
por el pasillo, si le gustaba Miguel Bosé. Iba con una de esas camisetas, ¿no
sabes? Pero me corté. Con él es que me corto. Sólo le contesto si me pregunta.
¿Lo bueno sabes qué es? Todos se dedican la hora a dar su materia; pero él no.
Los últimos quince minutos, y a veces más, depende de cómo estemos, él habla de
todo. El otro día habló de “Grease”. Yo la vi cuando se estrenó, además la vi
un montón de veces. Bueno, pues la volvieron a estrenar aquí en un cine que
tenemos en el barrio. ¡Y resulta que él la fue a ver! Me pregunto si
coincidiríamos, aunque lo dudo. Yo nunca fui a una última sesión; lo más tarde
que voy es a la de las ocho. ¿Te gusta el cine? A mí me encanta. Mi actor
favorito es Travolta. No sé porque no le dan el “Óscar”. Yo creo que hace muy
bien todas sus películas. A mí me gusta. Pero me gusta todo el cine. En casa me
dejan ver todas las películas que echan por la televisión. Excepto que pongan
dos rombos. Yo siempre rezo a Dios para que mis padres se queden dormidos los
miércoles por la noche, antes de la película, porque es que siempre son las de
dos rombos las que más me gustan. Estoy deseando cumplir los 18 años para ver
todas las que quiera. Y también para pasar al cine. Siempre creo que lo que no
me dejan ver es lo mejor. También me gusta Gary Cooper. Bueno, generalmente
todos, pero Gary Cooper el que más. ¿Lo viste en “solo ante el destino”? Aún
estaba guapo, ¿verdad? Es una de mis películas preferidas, creí que no iba a
soportar tanta tensión. El otro día me enteré que fue su última película y me
dio pena pensar que no vería más películas que podía haber hecho. Aunque
también me gusta Bete Davis (aunque ya no me acuerdo en este momento si se
escribe así o con dos t). ¿Viste “La Loba”? Mira que era bruja. Ya sé que es un
melodrama pero yo casi creía que era una película de terror.
Me siento a
gusto escribiéndote. Quieras o no, ya conozco a un pintor. ¡Además bueno! Así
puedo presumir. Me gustaron mucho tus ánimos. La verdad es que los necesito.
Sigo encontrándome solo. Sino fuera por este profesor, y a veces por José
Antonio, ya no tendría muchas ganas. No sé qué me pasa pero cada día me
encuentro más solo. Sólo la imaginación me salva. Por eso me gusta el cine. Y
cada vez esto es peor. No sé si es porque estoy triste, pero me doy cuenta de
que esto va a más. Ahora estoy entendiendo que no solamente estoy solo, sino
que me siento diferente, no sé en qué, pero diferente. No pego ni con cola.
Creo que soy bastante raro. Si me vieras, pese a las cartas tan largas que te
escribo (y por las que te pido perdón), creo que no diría nada más allá de un
sí o un no. Aunque, bueno, el otro día por teléfono me harté de hablar. Claro
que ya te comenté que necesitaba hablar. Temo perder la voz de no usarla. Sé
que nunca la perderé, pero me da miedo pensar en que como siga así ya no sabré
hablar.
Tampoco me
va muy bien con Julio, el amigo que corre. El otro día tuve una discusión.
Antes de que se pusiera a correr, corrí yo. Nunca se me había ocurrido. Siempre
era él el que corría, pero estaba tan contento (era viernes, tenía a primera
hora con Ricardo) que comencé a correr. ¡Y el muy tonto va y se asusta! Y venga
a pedirme explicaciones de por qué corro. Porque quiero, le dije. Pero es que
tú nunca corres, me dice; y yo le digo: Oye, ¡que no aprendí a andar ayer! Y
así nos fuimos liando. Ya llevo una semana y dos días sin que me hable. ¡Peor
para él! Sino quiere ser mi amigo, o si siendo mi amigo se enfada por una
estupidez, es que es estúpido. En el fondo estoy triste. No por esto, aunque
sí, pero estoy triste y no sé por qué.
Bueno, creo
que ya me he pasado con la carta. Seguramente ya no se te ocurrirá escribirme.
Dirás: ¡Qué pesado! Pero es que no sé, me gusta escribirte, y me daría pena que
no me escribieras, porque me gustan tus cartas, porque me gustas tú. Te prometo
que si me escribes, mi próxima carta será más corta, casi como una redacción.
Ya no sé tu número de teléfono; estoy por llamar a Esteban para ver si
telefónica se confunde de nuevo y me pasa contigo. Pero creo que el destino ya
jugó. Te voy a dar mi número de teléfono. Es el: 922 - ** ** **. No tienes por
qué llamar, esto te lo digo en serio, aunque me gustaría hablar de nuevo
contigo.
Nada más,
espero que te encuentres bien y que pintes muchos cuadros bonitos. No quiero
insistir, pero me podrías enviar una fotografía tuya y de tus cuadros, así ya
sé cómo eres y qué haces.
Adiós.
Fdo.: Valerio. F.O.
Permanecí atento a cada una de sus palabras sin asombrarme ya su memoria. Imaginé que las habría leído un montón de veces, que sus ojos habían paseado por esa letra pulcra y amanerada, descansando en cada uno de los recovecos. Quedé enmudecido pues no las relataba de un modo mecánico y perezoso, sino que su timbre de voz, su tonalidad, reflejaba toda la tristeza e inocencia que contenía aquella carta. Lo que si era insaciable era mi curiosidad. Esta hizo que me saltara dos cartas y le anunciase el matasellos del 9 de junio de 1980.
En Tenerife, 8 de junio de 1980.
Querido Carlos:
No sabes cómo me gustan tus llamadas. Me hace ilusión llegar a
casa y saber que puede que me llames. Si esto no ocurre, me entristezco. Con
esto no quiero decir que me tienes que llamar más, ya me llamas casi todos los
días y llamar desde La Coruña debe de salir en un pastón, aunque tu eres pintor.
Sólo quiero decir lo mucho que me gusta. Eres con la única persona que puedo
hablar libremente. El otro día no hablé mucho porque ya estaban mis padres.
Después venga a preguntarme con quién hablaba, quién era y todo eso. Yo les
decía que era un amigo y aunque pusieron cara de alegres, también quedaron
sorprendidos. Parecían que decían: “¡Mi hijo!, ¿con un amigo?” Cuatro días
después preguntaron si seguía llamando “mi amigo”. Lo dijeron así, con
comillas, subrayando la palabra amigo. Yo dije que sí, que de vez en cuando.
Más tarde entendí las comillas. Estábamos cenando cuando mamá fue a la cocina y
papá me preguntó curioso: ¿Y no será una amiga? Yo me ruboricé y le dije que
no, pero como disculpándome. Pero no se lo creyó del todo, porque me dijo: Anda
con cuidado. La juventud de ahora tenéis que andar con cuidado. Eres muy joven
aún como para meterte en líos con mujeres. Después cambió de opinión, me dijo
que disfrutara, pero sin meterme en líos. Cuando ya me sonrojó del todo fue
cuando me dijo: Sabes que hay métodos, ¿no? Yo le dije que claro que lo sabía,
pero estaba tan avergonzado que me fui para cama. ¿Sabes? Esta es la primera
charla de sexo que tengo con mi padre. Hasta ahora nunca me dijo nada, sólo
cabeceaba de vez en cuando con cara de preocupación y, por mucho que lo mirara
como diciendo qué pasa, él seguía cabecea que cabecea.
Dirás que hablando todos los días por teléfono, qué te puedo
contar por carta. Hay algo que no me atrevo ni a contarte a ti que eres mi
mejor amigo. Prefiero contártelo por carta, y cuando llegue a tu lado creo que
ya tendré el valor de hablar de eso. Estoy enamorado.
Es un poco difícil de explicar, pero yo ya lo sabía. No lo sabía
de ahora, ahora lo disfruto; o mejor dicho: lo sufro. Sé que lo que te voy a
decir te puede sorprender, o quizá no. A mí no me sorprende, siempre lo supe,
sólo que con voz chiquita. Estoy enamorado de mi profesor de matemáticas, de
Ricardo. ¡Es tan lindo, tan bueno!, que ahora José Antonio ya me parece muy
crío. Te digo esto porque también estaba secretamente enamorado de él. Pero
ahora, ya lo veo de otro modo, sólo que es un hijo de puta. Yo intento
disimular lo más que puedo, pero no puedo. El otro día, cuando se iba de clase,
Tony me pilló mirándolo con una cara que me imagino cual era, pues en ese
momento sentía que mi novio se iba. Así que nada más irse el grito a toda la
clase: “¡Hostia, puta! ¡El Valerio se coló por el profe de mates! ¡El marica
está enamorado!” Y venga a reírse como un mamón y a repetirlo mientras más se
sumaban al coro y me tocaban e insultaban mirando a ver si estaba empalmado. Yo
siempre callo, pero esta vez, aparte de callarme, no pude evitar ruborizarme.
Lo que me salvó fueron los lloros, y la pobre de Alicia que fue la única que me
socorrió. Ya no fuimos a la siguiente clase, ni a la siguiente, ni a la
siguiente. Estuvimos toda la mañana hablando. Yo no paraba de llorar, pero aún
así me resistía a confesarle la verdad. Ni siquiera me la había dicho a mí,
¿cómo se la iba a decir a ella? Pero al final, sabes Carlos, se la dije. Le
dije que era cierto lo que ese hijo de puta había dicho, le dije que amaba con
toda mi alma a Ricardo, que no hacía otra cosa que pensar en él, que imaginarme
que lo besaba y que lo acariciaba, así hasta que hacíamos eso que hay que hacer.
Ella pareció comprenderme, de hecho, aunque triste, fue muy
amable. Me dijo que eso era normal, que era una enfermedad que a veces tiene la
gente, pero que no me tenía que preocupar, que todo se sana. Yo le dije que no quería
sanar, que quería amarlo. Pero ella insistió en lo mismo, en lo de la
enfermedad, en que tenía que ir a un psiquiatra pues eso era un claro
desarreglo de mi personalidad. Estuvo muy bien. Me sentí por primera vez mejor;
pero poco duró.
Todos los días me caía el típico puteo. Lo he pasado mal. No te lo
he dicho, pero lo he pasado mal. Era una vergüenza tan grande que ni siquiera a
ti te lo comenté. Tú eres la única cosa buena que tenía a lo largo del día.
Cuando estoy contigo, me olvido de todo lo demás, incluso me olvido de esos
ojos verdes de Roberto, de esa sonrisa que te acaricia, de ese cuerpo tan
bonito que tiene. Tú no lo comprenderás, o sí, pero igual que para ti una mujer
puede ser bonita, también puede ser un hombre. ¡Y este es mi primer amor!,
¿sabes? Claro que puedo curarme, pero me da miedo curarme; aunque tengo que
curarme. ¡Lo estoy pasando muy mal, fatal!
Todo se complicó, Carlos. Alicia al final, pese a que no iba a
decir nada, dijo todo. Lo que antes podía ser, pues desde esa yo trataba de
estar ciego cada vez que nos daba clase, ahora era. Y la broma ya no era broma.
Fue tan cruel que aún ahora lloro. No paro de llorar, aunque disimulo. No
quiero preocupar a mis padres, aunque están tan en lo suyo que, asombrosamente,
no han notado nada. Ni mis hermanos cuando vienen lo notan. No digo yo que lo
tenga que notar Ramiro, que bastante tiene con lo suyo, pero si Rosa y Andrés,
sobre todo Andrés. Pues no me dice por qué no le hablo. Debe de pensar que son
los exámenes; pero ni por ellos me pregunta.
Cada día que pasa es un día menos. Ya no falta nada para que todo
acabe. Después me queda todo el verano para convencer a mis padres de que me
cambien de instituto, y también me queda todo el verano para ver dónde vive
Ricardo. Sé que vive en Los Realejos, ¿pero dónde?
Estoy deseando que acabe ya de una vez. No lo puedo soportar. Ya
no hablo con nadie, sólo tengo ganas de salir y llorar. Por eso son tan
importantes tus llamadas. Me lo paso bien, me tratas no como al niño que soy,
sino como un hombre. Me das alegría, la única alegría que siento. El otro día
iba por el pasillo pues llegaba tarde a clase (casi ni fuerzas tengo para
levantarme) y él salía de su despacho para la biblioteca. No había nadie, así
que me lo quedé mirando. No pude evitarlo
pues lo tenía todo para mí. Además, ¡estaba tan guapo! Antes de llegar a mi
lado cambió su cara y esa sonrisa que llevaba se fue. Así que muy serio me
dijo: “¿Se puede saber qué miras?” Me lo dijo con tanta rabia que me quedé mudo
y quieto. Fíjate que sólo con eso se me partió el corazón; ni su “venga para
clase” me despegó del sitio. Al final siguió su camino no sin antes decir un
“gilipollas” cargado de desprecio. Ya no fui a clase, ¿sabes? Me fui a llorar.
Volví para casa y lloré mares. Y allí estuve toda la mañana, metido en cama y
venga pensar en él y venga llorar. ¡Dios! ¿Cómo puede ser tan cerdo con lo
bueno que es? Te juro que aquellas palabras estuvieron todo el día conmigo. Al
principio tenía mucha rabia y sólo me hervía la sangre para imaginarme cosas
que le podía decir, hacer; pero después, no. Creo que ya vomitara todo lo que
tenía que vomitar. Tenía una pinta desastrosa. Cuando mis padres llegaron y me
vieron así, incluso se preocuparon. Yo les dije que me dolía mucho la barriga,
pero que ahora ya estaba bien; débil, pero bien. A ellos les pareció bien la
disculpa, aunque mi madre me miraba de un modo extraño, como no llegando a
entender que tiene que ver un dolor de estómago con los ojos rojizos y la cara
de amargura.
Tras eso cometí una estupidez: miré en el listín telefónico y ahí
aparecía. No sé por qué no se me había ocurrido antes. Lo tenía tan metido todo
el día en la cabeza que no veía otra cosa. Me salió su voz clara y alegre; pero
yo no me atreví a decirle nada. Quería decir te amo, pero aunque tenía la
palabra por todo el cuerpo no me pasaba de la garganta. Ahora lo estoy llamando
muy a menudo. Hay días, cuando lo llevo llamado unas seis o siete veces, que ya
se le fue la alegría y me trata de hijo puta para arriba. Además, ya sé donde
vive. Así que cuando terminé las clases iré todos los días hasta allí, a ver si
lo veo, porque no podría vivir sin verlo.
Creo que después de esto a lo mejor ya no te apetece llamarme más
ni escribirme. Pero no estoy enfermo, estoy enamorado; ¡triste y enamorado!
Haciendo poesías que puede que él nunca lea.
Adiós.
Fdo.:
Valerio F.O.
Cuando señalé la siguiente carta, él suspiró y bajo la mirada. Se quedó en un silencio lúgubre. Dejé las cartas en la cama y me acerqué a él para abrazarlo. En mi pecho, entre caricias y sollozos entrecortados, partió la memoria rumbo a la siguiente carta
En
Tenerife, 3 de julio de 1980
Querido Carlos:
¡Qué mala suerte tengo! Amar a quien no me ama y ser amado por
quien no amo. Me sorprendió tu carta, igual que me sorprendieron tus llamadas.
No sé porqué, pero aunque no me creía único, si creía que estaba solo. Es la
primera vez que conozco a otro homosexual. Creo que con esa fama que tenía y
tengo, me negué a verme y a ver. Yo notaba tu simpatía, incluso, a veces, fantaseaba
de que podías estar enamorándote de mí, más que nada por no estar solo, pues
sabes que mi corazón no me pertenece ni te pertenece.
Allá voy todos los días que puedo. Es como un juego del escondite:
verlo sin que me vea. A veces estoy tentado a salir, a que me vea para ver que
me dice; pero temo que me suelte un gilipollas que me deje helado y herido. El
otro día entré en su portal aprovechando que salía un vecino. Cuando vi su
nombre, besé su buzón. Al día siguiente ya aproveché para escribirle una carta.
Tarde toda una mañana pues la hice a máquina para que no reconociera mi letra.
Le decía cuánto lo amaba, todo lo que estaba pasando aunque sin dar datos que
lo llevaran a mí. Le decía cómo lo miraba en secreto, como suspiraba cada vez
que lo veía y como esa imagen me acompañaba a lo largo del día hasta que por la
noche me hacía suyo. Firmaba la carta con un escueto: “Un amor que te amara
hasta la muerte”. Después, dado mi despiste, añadía una postdata: soy un
hombre. Y allí me quedé esperando a que llegará y leyera la carta. Fue sobre
las seis, cuando bajo para la playa. Salió solo (a veces sale con chicas, con
chicos. Tiene muchos amigos). Vi que aunque tenía otros sobres en la mano, iba
leyendo mi carta. ¡Dios, cómo palpitaba mi corazón! ¡Por un momento hasta creí
que me iba a morir allí! Te hará gracia, pero pensé que primero sonreiría y
acercaría después la carta al corazón y se pondría como en “Cantando Bajo la
Lluvia”, a bailar y cantar como un loco. Pero no hizo ni lo uno ni lo otro. Se
paró, terminó de leer toda mi declaración y el muy hijo de p. la tiró con
desprecio. Se me partió el alma, se me nubló la vista con las lágrimas y cuando
cogió el coche y se fue cogí los restos de su desprecio. ¡Pero la mala suerte
no había hecho más que empezar!
Estuve loco como una semana. Lo llamaba y lo insultaba, le tiraba
huevos a su coche, llamaba a su portero automático; pero anteayer me cogieron.
Me cogió su hermano. Noté la calle como siempre pero estaba su hermano, cuándo
me agarró me retorció el brazo diciéndome cosas que aún me duele recordar.
Además, me hacía un daño insoportable. Y allí gritándome, poniéndome a parir,
llevándome casi en volandas hacia el portal. De nada sirvieron mis lloros ni
mis ruegos. Cuando llamó sólo dijo: “¡Ya cacé al puto mariconcete!” Te puedo
asegurar Carlos que me moría de vergüenza. En ese momento quería morirme,
hubiera dado mi vida por no estar allí y que él me viera en ese estado. Bajó
rapidísimo. Llegó de una mala hostia impresionante pues lo primero que me dijo
fue: “Ya me imaginé que sería un gilipollas como tú. ¡Pues la has cagado,
amiguito! ¡Esto te va a costar caro, maricón!” Y no sé que más dijo, pues en
ese momento no hacía otra cosa que llorar y tenía todo el cuerpo que no paraba
de temblar, ya ni sentía el dolor del brazo. De repente, me vi suelto y él
empujándome violentamente. Y ahí si que me enteré. No dejaba de insultarme y,
para terminar, dijo: “¡Llamaré a casa de tus padres, maricón! Esto tienen que
saberlo”
Ahora estoy que no vivo. Aún no ha llamado, pero siento una
angustia tremenda. Antes el sonido del teléfono me alegraba, me hacía recordar
que, dentro de lo que cabe, no estaba tan solo. Pero ahora... Siento una
angustia demasiado grande. Unos nervios en el estómago que no se me dan
quitado. Cené disimulando pues al momento tuve que ir al servicio y lo vomité.
Por lo menos me sirvió de disculpa para poder llorar a gusto sin rendir cuentas
a nadie. Cuando por la noche mi madre vino a ver cómo estaba, tuve que
disimular y hacerme el dormido; pero me he pasado la noche llorando. ¡Ya no sé
qué hacer! Te juro, Carlos, que me da ganas de acabar. De acabar del todo. Me
gustaría que estuvieras aquí.
Bueno, hasta la próxima carta. Ya te contaré por teléfono cómo me
va. Un beso. Te quiero mucho (pero como amigo).
Fdo..:
Valerio F.O.
La curiosidad se había apoderado de mí y estaba ansioso por saciarla. Señalé la siguiente carta y con voz pausada emprendió su recitar:
En
Tenerife, 20 de julio de 1980.
Querido Carlos:
No te prometo que no vuelva a cometer la misma tontería. Aunque me
encuentro un poquillo mejor, mis ánimos están por los suelos. En el único sitio
que estoy bien es en el cama; después todo me cansa. Todo. Por eso no me pongo
al teléfono; no porque no quiera ponerme, sino porque no tengo fuerzas. Créeme hoy
es la primera vez que me levanto desde hace nueve días. Y es para
escribirte.
Ya ni
fuerzas tengo de disimular. Claro que según el psiquiatra, y mis padres están
más que convencidos, estoy intentando llamar la atención y eso que, según él,
tengo un brote sicótico. Pero todo solucionado. ¡Unas pastillitas y listo! Pero
yo no me noto mejor. ¡Sabe Dios qué me estará dando! No noto ninguna mejoría, y
me sigo pensando eso de irme ya de una vez. ¡Todo es tan negro, Carlos!
Y después está
ese cuchicheo. No me lo dicen, pero están hablando de mí. Y tomo fuerzas para
ir hasta allí, pero cuando llego callan. ¡Lo debe de saber todo el mundo! El
otro día, cuando fuimos al psiquiatra, tenías que ver las miradas que me
echaban y cómo se quedaban dándole a la lengua. ¡Dios mío, qué maleducada es la
gente! ¡Tenías que ver sus miradas! Noto cómo se clavan en mí. ¡En serio!
Y después
está el psiquiatra, ¡que sabe Dios qué me está dando! He decidido no tomarlas.
Llevo una semana y pico y no noto nada. Sigo teniendo esa sensación de que ya
soy otro, de que tengo como un velo. Es difícil de explicar, pero es como un
velo en el cerebro que impide ser tan ágil como antes. A veces, es tan fuerte
la sensación que sólo siento el velo. ¡Y el venga con esas pastillitas! Y yo es
que no me siento el mismo. Ya no soy el mismo, lo parezco, pero no lo soy. Está
eso del velo (ahora veo que me repito, pero no me gusta tachar la carta y
tampoco tengo fuerzas para hacerla de nuevo). Pero bueno, como decía, está lo del
velo. Yo sé lo expliqué, pero me dijo que era normal. Estuve a punto de
decirle: ¿Cómo qué normal? Sé ve que por muchos títulos que tenga, él nunca se
suicidó. Tienes que verle la consulta. Tiene toda la pared empapelada de
títulos. Tiene mucha fama; pero yo no me fío ni un pelo del psiquiatra. Llevo
tres visitas y siempre me pregunta: “¿Cómo estás?” Anteayer le dije: “Dígamelo usted, para eso le pagan”. Pues va
y me dice que estoy bien, que cada vez me encuentra mejor. Yo no me fío ni un
pelo de este psiquiatra y eso que tiene la pared empapelada de títulos.
Tendrías que verla.
Hoy estaba
pensando que en el fondo no está mal que por culpa del h.p. mis padres se
enteraran de lo mío. No sé si guiados por el psiquiatra, aunque de ese no me
fío ni un pelo, pero me dijeron que no me preocupara. ¡Claro que tendrías que
ver sus miradas! Ya no me tratan igual. No es por lo del suicidio, o mejor
dicho el intento de suicidio, porque para mi desgracia aquí sigo. No es eso...
¡Tendrías que ver como me miran! ¡Me vigilan! ¡Me siento vigilado! Si ves la
letra un poco rara es porque estoy escribiendo directamente sobre la mesa, no
sobre los folios. Porque estoy seguro que después pasan el lápiz, como en
“Crimen Perfecto”, ¿recuerdas?, y miran todo lo que he escrito.
Tampoco
tengo ganas de hablar, ¡y con ellos menos! Y con ese psiquiatra, ¡peor! No me
fío ni un pelo. Además tendrá que demostrarme que no he sufrido daños. Porque
está lo del velo. Es una sensación difícil de explicar, pero que no tenía
antes. Está claro que el gas me afectó, me dejó secuelas. ¡Claro que según las
pruebas parece ser que el gas no me afectó! Pero eso tendrán que demostrármelo.
Tendrán que demostrármelo, porque lo del velo no es normal.
Ahora me voy
para cama. Estoy cansadísimo. Me ha costado mucho escribir esta carta. Pero son
estas pastillas. Yo no me fío ni un pelo de este psiquiatra. No noto mejoría.
Bueno, si quieres puedes llamar. Intentaré cogerlo; pero si no me pongo, no te
enfades. Tú eres el único que me puede comprender. Aunque esto me dejó
secuelas, lo que sé es que no tengo amor. Nadie me quiere. Te quiero.
Fdo.: Valerio F.O.
De nuevo, vencido por la ansiedad, trepé por esta historia. Salté dos cartas para ver qué le había ocurrido, pues comencé a comprender que algo se había desencadenado en ese fajo de treinta y ocho cartas que se cerraban con un silencio eterno. Pero no sólo presentía esa muerte, también una historia singular que dormía
En Tenerife, 18 de enero de 1981
Querido Carlos:
Tienes toda la razón, aún soy muy joven como para matarme tan
pronto. ¿Sabes? ¡Debías ser psiquiatra! Eso de que todavía me queda mucho por
joder, levanta los ánimos a cualquiera. Aunque sólo sea eso, por joder a la
gente, yo me quedo. Una cosa: siento lo del otro día por teléfono. No sé qué me
pasaba. Con lo bien que te has portado eres la persona que menos merece mi mala
leche. Tú mereces la buena.
No te lo dije porque me daba corte; pero el otro día soñé contigo.
Eras tan real que creí que no era un sueño, creí que estábamos juntos. Me
levante empalmado. Aunque todas las mañanas me levanto empalmadísimo, ese día
fue diferente. Tenía la polla empapada y unas ganas enormes de continuar el
sueño. Así que me despeloté y comencé, ¡no te rías, por favor!, a follar a la
almohada. Estoy escribiendo esto y estoy sintiendo una vergüenza terrible; no
sólo porque tú lo sepas, sino por lo sucio, por lo pecador que fui. Y ahora,
como ya sabes, intento acercarme a Dios porque veo que no me ha abandonado como
creía, aunque lo del velo continúa. Bueno, pues me follé a la almohada; o mejor
dicho: te follé. Primero cabalgue sobre ella. Era un gustazo sentir el tacto
suave de la tela sobre mi polla; yo no me imaginaba que era la tela, ¡ya
sabes...! Pues así estuve un ratillo bien grande. ¡No veas como te perforaba! Y
tú, con esa voz tan dulce, venga a decirme cosas bonitas; ni cuando yo te
besaba, y no paraba de besarte, callabas. Que si Valentín esto, que si Valentín
lo otro, que si haches que si bes. Lo cierto es que yo estaba a cien. Cada vez
que me iba a correr, me agarraba la base de la polla con fuerza y cambiaba de
postura. Te ponía encima, de lado, contra la luna del armario, sentado sobre
mis piernas mientras me meneaba con fuerza. Tú te portabas de gloria. Eras
cálido y comprensivo; y sobre todo muy romántico. Incluso cuando me follaste,
porque créeme, al final me follaste, eras tan tierno como por teléfono o como
lo son las palabras de tus cartas. Te preguntarás cómo harías para follarme...
¡Imagínatelo! ¡Je, je, je, je, je! Pues sí. Así fue. Cuando me follaste me veía
en la luna del armario, y te juro que aunque sabía que era yo, te veía a ti, te veía con esa cara de la
foto mientras me dabas por el culo y me meneabas mi polla, así hasta que yo te
anunciaba un “me corro” entre gemidos. Entonces parabas y era yo quien te
tomaba. Me encantaba verme de costado, ver como todos mis músculos se
concentraban en darte por el culo. No veas lo excitante que era ver como se
hundía mi sabrosa polla entre tus carnes y como éstas la recibían con alegría.
¡Hasta me chupaste la polla! Esto si te lo explico porque a lo mejor no lo
pillas. Te apetecía un montón chuparme la polla y como estabas muy mimoso yo no
sabía decirte que no. Además, no quería quedar como un puto salido en nuestro
primer encuentro. Bueno, me puse frente al espejo y escupí sobre la polla. El
primer esgarro cayó sobre la mitad, así que volví a escupir con rapidez, pues
el otro iba cayendo hacia el pelo de mis cojones. Esta vez acerté un poco más,
un poquito más cerca de mi capullo; ¡pero a la tercera fue la vencida! En esa
di de pleno. En pleno capullo un esgarro burbujeante. ¡No veas como me la
chupabas! Te la tragabas enterita. Yo zumbando con la mano, imaginándome que te
la comías toda. ¡Y cómo te la comías! Me moría de gusto. Era asombroso, pero
cada vez que parabas, volvías a decir esas cosas tan bonitas; ¡y no veas como
me ponías! Esa vez te dije que me corría, pero tu dijiste: “¡Venga, en mi
boca!” Y allí fue a parar toda la leche de polla, contra la luna. ¡Fue muy
curioso sabes! Mientras me corría en tu boca me iba cayendo mientras no paraba
de aullar así como nervioso. Bueno, pues lo curioso es que la leche de polla se
estrellaba contra la luna del armario, pero caía justo en mi boca abierta; o
mejor dicho: en tu boca tragona. ¡Je, je, je, je! ¿Sabes que me cambió el
sabor? Es increíble, ¿verdad? Pues hasta en eso me afectó. No es que me la coma
muchas veces, pero antes era como más seca; no sé cómo explicarlo, pero sabía
como a masa de harina. Ahora, no. Ahora es más fuerte. ¿Será qué me afectó
también a eso? ¿Tú sabes si la leche de polla cambia de sabor? Ahora es algo
que me preocupa. Y me preocupa bastante. ¿Cómo se lo voy a decir al psiquiatra?
¡Me va a tomar por loco! Y no estoy bien, pero no estoy loco.
Ahora repaso la carta y veo que estoy la hostia de salido. Voy a
parar un momentito. ¡Ya sabes...!
¡Joder (perdón Dios), qué a gusto queda uno después de una paja!,
¿verdad? No estuvo tan bien como la que te pongo aquí, pero es que no podía
montar tanto numerito, mis padres están en casa pegados a la televisión, pero
cualquier gemido que doy, ya vienen rápidamente a ver si me he matado.
Bueno. Nada más. Te quiero. Y creo que te quiero de verdad
Como si barajase cartas deseché la que no me llevase al triunfo y di un nuevo salto entregándole la de un veinticinco de febrero del ochenta y uno.
Querido Carlos:
No paro de reírme recordando lo que me contaste. Aunque yo de
política no entiendo un carajo, o carayo como decís vosotros, tampoco te creas
que me hacía mucha gracia que triunfara el golpe de estado. Imagino que
nosotros no entraríamos en esa gente a la que salvar; pero de ahí a huir, hay
un paso que, con lo escondido que yo estoy, no di. Claro que tu caso es
distinto. Eres artista. Y a la derechona no le hace puñetera gracia ni la
inteligencia ni la belleza. ¡Y aún encima con lo mari... que eres! Aunque ya sé
que lo tuyo nadie lo sabe; así que si pringabas, pringabas por pintor, no por
mari... Así que hiciste bien. Te llega a pasar algo y creo que no vivo.
Mira una cosa, a lo mejor soy yo y esto que te voy a decir no lo
tienes que tener en cuenta, pero te noto un poco extraño. No sé, ya no llamas
tanto, ya no es lo de antes. Parece que una vez que te dije que te quería la
cosa, no sé, te haya asustado un poco. Perdona, pero es mi impresión. Además,
ya sabes lo mimoso que soy. Creo que lo sabes, si no te diste cuenta te lo digo
ahora: soy mimoso.
Pienso que te asusta mi edad. Es cierto que soy muy joven, pero
también es cierto, y tú lo sabes, que yo no soy como los demás. Más que nada me
duele no quererte, sino sentir estas sensaciones tan raras que me hacen dudar
de lo que me dices, o que ahora no me dices. No te lo tomes a mal. Creo que hay
confianza entre los dos como para que te pueda decir esto; pero lo cierto es
que no soportaría más dolor. Ya he soportado bastante, ¿no te parece?
¿Cuándo vas a venir por aquí? Me encantaría que fuera cuanto
antes. Ahora cuando te lo pregunto parece que te haces el sordo. Imagino que
tienes mucho trabajo, pero aquí hay vuelos muy baratos y en un segundo te pones
aquí y podemos vernos. Me encantaría verte, estar contigo. No soñarlo sólo por
las noches, sino vivirlo para poder recordarlo cuando no estés.
A lo mejor también te asustó la llamada del otro día. Te juro que
nunca había hecho nada así. Es la primera vez que lo hago, así que tú tranquilo
si estás celoso. No tienes que preocuparte, aunque parecí muy salido cuando nos
tiramos la paja por teléfono, yo no soy así. Yo soy así contigo; pero no soy
así con todo el mundo. ¿Entiendes? Además, lo soy contigo porque te quiero. Esa
es la razón, además la razón de que sea así. Sino pecaría. Mientras que si te
amo, no peco. ¿Entiendes? Creo que el amor salva al mundo. Menuda frase. ¡Je,
je, je, je, je, je! Pero es cierto. Nos tiene que salvar. Así que no te preocupe
ni mi edad ni mi fiebre, por llamarlo de alguna manera, porque mi edad es la
que es y tu ya la sabías, y lo salido que soy lo soy porque eres tú. A los
demás, ni la hora.
Bueno, un beso en ese pincel que tienes y que tan buenos cuadros pinta
por teléfono. ¡Je, je, je!
Fdo.:
Valerio F.O.
P.D.: ¡Llámame, por favor!
Empiezo a estar preocupado. Un abrazo. Te quiero.
Miré sus ojos y fui mostrando carta para leer en ellos una huella de lo que contenían. En la siguiente había vergüenza y mi pudor la dejó pasar; pero no así la vecina. En esta había vergüenza y pena.
En Tenerife, 14 de junio de 1981
Querido Carlos:
¿Por qué no
contestas a mis cartas? ¿Por qué cuando llamo cuelgas el teléfono? ¿Por qué?,
¿por qué?,¿por qué?, ¿por qué?
¿Por qué
antes sí y ahora no? Te juro que no lo entiendo. Te juro que me paso las noches
llora que te llora y no lo entiendo. ¿Te hice algo? ¿Qué te hice? Por favor,
dímelo. Dime lo que sea pero dime algo. Tengo todas tus cartas, y aunque no lo
creas también guardo todas tus llamadas. Y tú sabes de qué están llenas. No es
algo que te pidiera, sino que tú me diste. Y yo caí. Sabes que caí. No quería,
pero necesitaba tanto querer que quise el amor que me dabas, hasta que sentí lo
que sabes, lo que tengo ahora: un amor profundo. Y ¿qué hago con él? Dime,
Carlos, ¿qué hago con él? No quiero creer que todo fueran palabras y nada más
que eso, pues nunca, nunca, nunca te puse una pistola para que me las dijeras;
pero tú me las dijiste. ¡Y cómo me las dijiste! Ahora las leo y las leo con tu
voz cantarina y me siguen abrazando, y recuerdo tus palabras por teléfono, tus
bromas, tus preocupaciones, tu sexo, y sigo viviendo cada momento. Por que los
vivo, ¿sabes? No puedo evitarlo. Estás ahí y estás siempre. Y si no estás,
estoy solo. Muy solo. Casi sin vida.
Creo que voy
a volverme loco. Ahora sí. Ahora me voy a volver loco. ¡Ven, por favor! Te pido
perdón por si alguna vez hice algo o dije algo, pero ven. ¡Ven cuánto antes!
Ven porque muero. Ya no tengo ganas de nada, sólo estar contigo, siempre
contigo.
Te juro que
si vienes intentaré que lo marica que soy pase lo más desapercibido que pueda.
Seremos como un padre con su hijo. Ya sé que no nos parecemos mucho, pero
siempre puedes decir que soy tu sobrino. Eso si que cuela. Así podremos estar
juntos. Podremos gozar el uno del otro. Ya se que mi experiencia no es mucha,
pero mi amor si sabes que lo es. Y ese es tuyo como yo.
Llámame o
escríbeme. Dime que me perdonas lo que supongo que hice. ¡Pero ven, creo que
voy a volverme loco! Siento como me voy. Y sólo tú puedes hacer que vuelva a
sonreír diciéndome que todo lo que me dijiste era verdad y es verdad.
Mil besos.
Te amo.
Fdo.: Valerio. F.O.
Con un gesto rechazó la siguiente carta. Sus ojos lloraban abriendo las ventanas a un sufrimiento que, como las cartas, guardaba encerrado en lo más negro de su alma. Pero yo insistí, aquella más que ninguna la quería leer.
En Tenerife, 22 de octubre de 1981.
Querido Carlos:
Estoy
enfermo. Pero no te preocupes, no es lo que imaginas. Yo sé cuál es mi
enfermedad. Pero ya no tengo fuerzas, ya ni las quiero. No quiero nada, ni tu
amor. Ya nada me hace falta para quien nada de mí quiere. Te desprecio; ¡y no
sabes en qué grado! Creo que es un odio infinito, pero también creo que es la
única forma de curarme de mi enfermedad. No quiero verme de viejo y sentir que
mi palabra no pesa ni el aire que respiro. Tampoco quiero, ahora que aún soy
joven, morirme seco y solo por la desconfianza que tus palabras de amor
sembraron en mí. Amé y no amo; pero volveré a amar. No a ti que no mereces ni
una de las lágrimas por ti derramadas. A ti mi indiferencia, quédate ahí, en tu
amada Coruña, con tu cobardía. Yo dejaré que la mía respire. Y ya está
respirando, ¿sabes Carlos?
¡He hecho el
amor!; bueno, ¡he follado!. Pero sé que cuando sane haré el amor. Lo tengo tan
claro como el polvo delicioso que nos largamos. No te hable de él, porque
tampoco yo me había fijado hasta que me fijé que se fijaba en mí. No te resulta
curioso como la gente comienza a existir a partir de que para ti es algo. Pues
eso ocurrió con Pedro Antonio. Yo lo llamo Pedro, pues creo que le va más ya
que es tan duro como una roca e igual de sonoro que su nombre. Vive en mi mismo
barrio. Cuando bajo al perro tenemos coincidido; pero nunca me fijé hasta ahora.
Debe de ser que ahora no paro de fijarme en lo mucho que me miran. No paran de
mirarme, ¿sabes? Sé lo que dirán, o me lo imagino. Muchas veces siento unas
ganas tremendas de pararme, bajarme los pantalones y decirles: ¡Chuparme el
culo, viejas putas! Pero de alguna manera, ya lo hago. He comenzado a vestirme
con descaro. Antes quería pasar desapercibido; ahora, ya que eso es imposible,
quiero cagarme en todos. Así que voy un poco marica. Aprovechando que todo lo
que hago en este momento está bien hecho, pues según ese psicólogo, del que no
me fío un pelo, reafirma mi personalidad, pues salgo a la calle echa una
marica. A veces. tengo bullas, pero las menos. Tenía más follones antes,
pillando menos libertad, que ahora. Ahora, todo está bien.
Bueno, pues el
otro día baje a “Coca”, y de nuevo me lo crucé. Noté cómo me miraba, y yo
pensando: “¿Qué cojones mira este?” Pero aunque ya anochecía, me di cuenta que
no era una mirada como las otras. Conforme nos acercábamos bajo la cabeza
avergonzado, con esa timidez que nos da cuando se nos pilla; pero al pasar por
mi lado: ¡sonrió! Tenías que haberla visto. Era como una sonrisa entre cómplice
y resignada. Como si al mismo momento que piensa: “¡Joder, tío, qué bueno
estás!”, pues se arrepiente y termina diciendo: “¿Para cuándo tendré pelotas de
decirle algo?” No sé si me entiendes. Bueno, en total, que yo me quedo parado
justo cuando pasa por mi lado y me giro mientras él continúa su marcha. Me lo
quedo mirando y lo veo por primera vez con otros ojos. Ya es un viejo, de unos
treinta y cinco años, pero tiene uno de esos culos que a mí me gustan tanto, de
esos que no caben en el pantalón. Estoy pensando en el culito tan bonito que
tiene, cuando el maricón se para también y mira hacia atrás. Se sorprende al
ver que yo le aguanto la mirada, y que como si fuera un tierno enamorado le
dedico una sonrisa coqueta. Nos quedamos como diez segundos sin decirnos nada.
Ni nos movíamos, quien nos viera diría que éramos un par de gilipollas; pero
ocurrió como te lo digo. Al final, no sé de dónde saqué el valor; pero me veo,
sin poder frenarme, diciéndole: “¿Te gustan los perros? ¿Me acompañas a
pasearlo?” Así, todo junto, ni tiempo le di a que me contestara. Pero él viene
hacia mí diciendo que sí le gustan los perros y que será un placer acompañarme.
Yo lo llevo al descampado que hay al lado de mi casa, pero cerquita hay una
nave abandonada. Así que la pobre Coca nos adelanta siguiendo la costumbre de
todos los días, pero mis pasos me sorprenden y voy hacia la nave. Yo comienzo a
llamar a “Coca”. “¡Coca, Coca, Coca!”, le digo. Tenías que ver cómo me miraba.
No sabía muy bien qué hacer, si ir a marcar los sitios de siempre o venir
conmigo. Al final vino conmigo, pero no paraba de correr y venir hacia atrás y
mirarme con extrañeza. Mientras caminábamos no decíamos nada. Era uno de esos
silencios difíciles de soportar. Sólo nos mirábamos con timidez y sonreíamos.
Así, mirar y sonreír. Pena de que no habláramos. Yo quería contarle un montón
de cosas, pero no quería que me tomara por un loco, aunque imagino que ya lo
sabe. Pero a la vez era bonito, esa sonrisa y esas miradas. Para romper el
hielo, yo comencé a hablar de “Coca”. Que si el “westy” aquello, que si el
“westy” lo otro, que si el “westy” lo del más allá. Así, mientras dirigíamos nuestros
pasos hacia la nave y seguíamos mirándonos y mirando. Porque en ese momento
decidí que quería que me follara, quería sentir de una puta vez que era eso, ya
que lo estaba padeciendo, por lo menos, me dije para mí, ¡pruébalo! Y miraba
por si había alguien. Pero, afortunadamente, no había nadie. Por lo menos yo no
vi a nadie. Así que aproveché las inspecciones que hacía para ver qué sitio
sería cojonudo para que me follara. Tenías que verlo, Carlos. ¡Había que estar
allí para verlo! Pero palpabas, casi podías tocarlo, que no queríamos hacer
otra cosa que lanzarnos el uno en los brazos del otro. A mí se me puso dura ya
de pensarlo. En otras ocasiones, cuando esto me ocurría, me quedaba muy, pero
muy cortado. En ese momento, no. Es más, como si fuera una puta de película
barata, me paré y me palpé el paquete para ponerme bien la polla. Él siguió
mirando con timidez, pero esa timidez que tenía en la mirada, no la tenía su
mano que de modo impúdico también mostró su tremenda erección. Ahí hasta me
asusté un poco. Tenía un rabo de caballo. Una de esas pollas que pesan en la
entrepierna. Quería decirle algo sobre su minga, pero me contuve porque se me
estaba haciendo la boca agua y si le decía algo seguro que me despelotaba allí
mismo.
“Coca” llegó
primero, pero nosotros apuramos el paso con la disculpa de que la habíamos
perdido; pero fue ponernos fuera del alcance de la mirada y buscar como perros
el sitio más resguardado. Nos comía la prisa. Allí todo era mierda. Mierda y
más mierda por todas partes. Fuimos a un casucho que había allí. La coña estaba
preparada. Era minúsculo, pero con un sillón de una furgoneta y el suelo lleno
de colillas y revistas pornográficas. Tenía una puerta tumbada taponando la
mitad del vano. Yo ya iba a saltarlo cuando él dijo: “Apesta a meados.” Yo me
quedé mirándole como diciéndole: “!Joder, tío, pero es lo único que tenemos!”
Pero tenías que ver la confianza que inspiraba. Notabas que si él decía algo,
había que cumplirlo a pelotas. Si me hubiera dicho: “Tírate a un pozo”, yo me hubiera
tirado. Ahí, en esa penumbra, me di cuenta de lo macho que era. No era muy
alto, medía igual que yo, pero estaba como contrachapado. Toda esa musculatura
cruzada, marcándosele al mínimo aspaviento. “La puta, me dije, ¡que gloria
perder el virgo con un macho así!” Con fuerza me cogió de la mano y con la
seguridad de la que te hablé, va y da dos pasos; y yo me digo: “¡Joder! ¿Y a
dónde va este tío?” Porque íbamos directamente hacia la puerta de la nave, una
de esas puertas oxidadas por el olvido, pero que tienen la pinta de resistir
toda la historia. Ésta tenía una cadena que colgaba entre las dos hojas, con un
candado de esos contra ladrones. Bueno, pues conforme llega, sin tomar impulso
ni nada, le da un patadón de la hostia. ¡Sonó como un trueno!, pero lo más
flipante es que el puto hierro se convierte en cristal. Aquel candado macizo,
acabó su vida de un solo golpe. Imagino que no pensaba lo que le venía encima,
porque la armella quedó toda abierta. Visto y no visto. Ya estábamos dentro. Se
me lanzó como un lobo. Me cogió entre los brazos y venga a darme besos,
mordiscos... ¡Joder, cómo me calentaba el maricón! Cada beso que me daba, me lo
daba con tantas ganas que me tiraba hacia la puerta, y venga a retumbar
mientras yo me dejaba ir, retorciéndome de la excitación. Casi no tenía aliento
para responder, estaba como ido. Me dejaba hacer, dejaba que su lengua
avasallara mi boca, que sus dientes se clavaran dolorosa, pero deliciosamente,
en mis labios, que sus manos gigantescas, pues tenía unas manos gigantescas, me
sobaran como amasando mis carnes, dejándome el rastro de sus manos por mi
cuerpo tan caliente como una brasa. No te puedo decir cómo ocurrió, me
emborrachaba tanto, que ni me percaté cómo me desnudo; pero ahí estaba yo, en
putos cueros, con el pantalón en los tobillos y con mi polla más briosa que
nunca. “Sabía que estabas bueno. Ya te había echado el ojo, ¡pajarito! ¡Y das
lo que prometes, maricón!” Así me lo soltó en la breve pausa que se tomo, entre
besos, mordiscos y lambetazos por todo mi cuerpo. Yo no supe que decir. Ya
decía bastante con mis jadeos, ¿creo yo? Nunca en mi vida estuve tan caliente.
Ni una de mis pajas se puede comparar a lo que sentía yo en ese momento. Te lo
juro, Carlos, estaba en la gloria. Sé que lo que voy a decir es una blasfemia:
la gloria tiene que ser un cielo de maricones como este. Esa pausa, y mi cuerpo
ya echaba de menos al suyo. Tuve escalofríos, ¡y no era el frío, Carlos!, era
él. Me quedé tan liló, que me avergoncé por un momento de sentir tanto, y
pensar que él no había sentido nada, pues no había hecho nada, sólo dejarme ir.
En eso que se toca la polla y veo que está a reventar. Así que me quedo como
hipnotizado mirando la puta de la verga y no me entero de cómo se quita la
camiseta y la tira con violencia y despreocupación viniendo hacia mí. Como si
fuera paja, me puso sobre sus hombros. Y ahí me cegué. Era el tacto de su piel,
la cantidad de filigranas que tenía esa espalda trabajada, y esa caída que se
hundía hacia su culo, pero sin perder puta fortaleza. Porque desde allí
contemplé el culo de una manera distinta, que lo hacía más apetecible, pues
veía el nacimiento de su raja, y cómo ésta se oscurecía. ¡Dios! Me importaba un
nabo hacía dónde me llevara: yo estaba en la gloria. Mi polla empapada rozando
sus pectorales, yo agarrándome y acariciando toda su fibra, aspirando ese aroma
a machito que tenía. ¡Nunca lo olí nada parecido!; pero deberían de hacer un
perfume de su sudor. Tenía un olor cojonudo. Más tarde se lo dije, y con la
seguridad de la que te hablé, él me dijo que lo único que lo hacía sudar era la
excitación; sudaba también por el calor, pero él mismo me reconoció que no era
lo mismo. Sudaba sexo. Olía, y me enrollo tanto con esto porque te excitaba ese
sabor a macho, de una manera especial, sabía a su carne, a la fuerza de su
carne, un sabor salado, rústico, pero también picante y dulce. Era una mezcla
de todo. Ahora, y digo esto porque lo he pensado mucho pues me pajeo
constantemente pensando en el olor de su carne, creo que sabía distinto dependiendo
de lo que te hiciera, de lo que hicieras con él. Ahora no lo entiendes, pero en
esta carta (que me está quedando muy larga, ¡je, je, je, je!) entenderás lo que
te digo.
Yo veía el
mundo al revés. El techo era el suelo, el suelo el techo. Pero así, como si
fuera un saco, estaba en la gloria, pues mientras me llevaba, comenzó a
manosearme de una manera muy sucia y excitante mi culo, dándome pequeños
mordiscos que yo celebraba con gritos histéricos de la pasión que tenía. Me
amasaba el culo con esas manazas que exprimían con saña como si mis nalgas
fueran naranjas. ¡Y claro que les extraía zumo! En ese momento, ya me había
olvidado del susto que me daba su mango y deseaba que me penetrara de una puta
vez. ¡Y el maricón se lo olió, pues me coge, me pone de pie (yo alucinado), y
enseñándome el índice, me dice insolente: “¡Chúpamelo!” Yo, con lo caliente que
estaba, me cojo ese dedo largo, como de pianista, y me lo zampo en un dos por
tres. El maricón comienza a retozar con él en mi boca, mientras yo babeo y
babeo, y no paro de darle lengüetazos mientras me retuerzo como una puta y él
comienza a gemir y a restregar su cuerpo fornido contra el mío. Cada vez que
pasaba ese toro en chiqueros, bramando para salir de su bragueta e iniciar la
corrida, yo sucumbía en estremecimientos. ¡Era puro acero! ¡Ardía, el muy
cabrón! Además, lo hacia con una violencia que te emborrachaba. Se pegaba como
una lapa a tu cuerpo, presionándote con fuerza y pasando suave, muy suavemente,
sin prisa, pero con tensión, por todo mi torso, entrepierna con entrepierna.
Cuando consideró que aquello ya estaba lo suficiente mamado, me tomó de nuevo
como un fardo, quedando sus hambrientas manos en mi culito virgen. Y volvió esa
furia que ponía en el folleteo. De nuevo sus dientes se clavaron en mis carnes
blanquecinas y sonrojadas por el ardor. Mordía gruñendo, como un león, y
aquello daba fiebre. Allí, con el suelo por cielo, quería más, más. No me
importaba el daño, quería más y más y más y más. Así estaba cuando tomó mi
polla agarrándola fuertemente y ordeñándola como si fuera la ubre de una vaca.
Era doloroso; ¡pero daba un gusto de cagarse! Sentir esa manaza en mi polla era
la puta gloria, pues hasta el dolor (y esto lo entenderás cuando te cuente) se
gozaba a su lado. Bueno, pues al tiempo que hacía eso, siento de golpe como
aquel dedo afilado abre mi culo. ¡Joder, qué dolor!, hasta me arqueé; pero él,
ni puto caso. Él a lo suyo. Inauguró un meteisaca violento, mientras seguía
zumbando a mi polla y comiéndome el culo a mordiscos. Eran tantas cosas a la
vez, que sentí que me perdía. El dolor, fue molestia, pero tampoco te puedo
engañar ni engañarme. ¡un puto placer, Carlos! Tan distinto, que aquello era
delicioso. Cuando me vio gemir, derrochando sexo por todos los costados, él se
emocionó todo. Aumentó la dosis. Todo era lo mismo, pero más. Y el dedo comenzó
a hacer virguerías. Ya no sólo me perforaba, ahora parecía como si condujese.
Me explico. Tomó mi culo por una carretera, pues se lanzó a describir movimientos distintos. Era como
si lo explorase. Ahora perforaba, pero al momento, comenzaba unos giros briosos
que acariciaban mi intestino. Y venga giros y embestidas, embestidas y giros, y
yo venga a retorcerme, a gemir como un cabroncete, a agarrarme a su cuerpo, a
morderlo suavemente, como si fuera un puto vampiro que le fuera tomando todo su
sabor, a acariciarlo, a tratar de asirme a algo, que aún ahora no sé qué podría
evitar todo lo que sentía en ese momento, que me tranquilizara. Estaba en tal
estado, que creía que me volvería loco, que no podría abandonar ese vivir
mientras viviera. Me imaginaba yendo así por la calle, con mi minga a tope, y
chorreando excitado todo esa agüilla; y en vez de hablar, venga a darle al
cuerpo gemidos y más gemidos, y venga a besar a todo cuanto macho se apareciese.
Era tales las ganas de joder, que creo que en ese momento jodería con todo el
mundo. Así, ¡tal como te lo digo! ¡Me follaría a todo dios! Uno por uno, iría
arrastrando mi cuerpo, abriéndome de piernas, dejando que me menearan la verga,
que me la chuparan, chupando y meneando como una maricona en celo perpetuo,
dejando que partieran el culo pollas de todos los colores, grandes y chicas,
así hasta que mi cuerpo estuviese embadurnado por montones y montones de
eyaculaciones, tantas que pudiera nadar en ellas, que pudiera tragar y saborear
cada una de los millones de sementales que me habría tirado. Por que la
historia era esa. Para mí, aunque me tiraría a todo dios, todos eran unos putos
sementales, unos toros de polla de fuste, dura y avasalladora, que me ahogaban
a lechazos. Era curioso, pues te juro, Carlos, que veía esa imagen
perfectamente. Casi la podía tocar, oler, sentir su pegajosa, suave, y cálida
humedad. Yo en cueros, con este cuerpo recién hecho por mi adolescencia, y
venga a nadar en un mar de lefa. Me sumergía en su aperlado color, y abría los
ojos para ver ese contorno lechoso, donde nada se distinguía, pero en el que
nada podías temer, pues aquello era el fruto de todos los putos machos del
mundo. Y allí, sumergido, emergía con lentitud, expulsando el aire que se
fundía con ese esperma delicioso que pugnaba por meterse en mi cuerpo y que
destellaba como pequeñas estrellitas azules, como cuando nadas en pelota picada
una noche de luna llena. Y se metía. ¡Y yo flipaba a colores! ¡Porque aquello
sí que sabía a cojones! Y me veía engordando poco a poco a cada tramo que
avanzaba hacia la superficie. Mi cuerpo era un almacén de semen, que
aterciopelaba cada una de esas células que ahora se encontraban más vivas y
dispuestas pues se alimentaban de lo que más deseaban. Cuando llegaba a la
superficie era como un gran continente. Un cuerpo ciclópeo, extraordinariamente
hermoso, que alcanzaba casi el
firmamento, en el que cada poro de mi piel era como un volcán que se excitaba
cuando esa cohorte de machos escalaban con sus pollas erectas, para hundir sus
nabos en esos volcanes que se vaciaban de leche a los sones de sus lujuriosas
embestidas. Era el gran continente maricón.
Te puede resultar
como muy literario, Carlos, pero te juro que eso es lo que pensé. Eran imágenes
tan calientes que se sucedían unas a otras con una lógica que sólo se da en los
sueños. Y aquello era un sueño. El premio por ser tan afortunado y ser maricón.
Llegamos al destino: un montón de palés
abandonados a su suerte, llenos del polvo y mierda; pero tal como los veía,
aquel lecho iba a ser mi cielo. Me dejó allí unos instantes más mientras él
seguía encendiendo mi cuerpo con esas perforaciones que seguían rimando con mi
fenomenal calentura. Después, tras una despedida salvaje, en la que su dedo se
hundía con una furia excepcional en un ataque imperioso, me levantó como si
fuera una antorcha. Allí me vi en las alturas; observé durante un instante mi
cuerpo, esa minga rabiosa y babeante que se balanceaba con un ritmo obsceno, la
delgadez y frescura de mi adolescencia, y, colindando con ella, la soberbia
musculatura de aquel hombretón hecho a furia. Lo que hizo a continuación, me
dejó ya prendado a él. Tensó sus músculos aún más y me fue bajando poco a poco
manteniendo esa verticalidad. Al poco su boca atrapó mi chorra que acabó presa
en sus lambetazos. ¡Joder, Carlos, qué placer! Fue un instante, ¡pero qué
gusto! ¡Qué rico la chupaba! Pero siguió bajando, dejando su rastro de babas,
besos y mordiscos, conforme me sepultaba en su cuerpo. Cuando mi polla alcanzó
a la suya, me enredé en él, crucé mis piernas sobre esa tentación y dejé que el
viaje continuase, sabiendo que nuestros labios terminarían por encontrarse.
Bueno,
¡vuelvo a la carga! Tuve que parar un momento y tirarme una paja. Lo estoy
recreando con tal detalle que ya es la segunda alemanita que me tiro; y creo
que como siga así, la cosecha no acaba todavía. ¡Bueno, qué morreo nos dimos!
Yo pegado a su cuerpo como una lapa. Todo lo que tocaba era él. Nuestros pechos
juntos, abrazados con una fuerza de la hostia, nuestras pollas una contra otra,
sus manos en mi culo, nuestras lenguas sobándose sin darse por saciadas.
¡Joder, éramos el uno del otro! Babeábamos por todos los lados. Te lo digo,
porque cuando le quité el pantalón, éste tenía un manchón de la hostia de todo
lo que había quitado aquel pollón. Bueno, pues nosotros, seguíamos ahí presos.
¡Besaba que daba gusto! Su lengua entraba en tu boca encharcándola, buscando
enredarse con la tuya, explorando todos los rincones, metiéndose hasta el
fondo. Era cojonudo. Además, me excitaba todo, el sabor de su boca, esos
ruiditos que hacían nuestras salivas, el magreo profundo de mi culo, mis
embestidas contra su cuerpo, presionando mi tranca contra la dureza de su
manguera. ¡Yo estaría ahí hasta el fin de mundo! Firmaba de por vida. Pero él
se separó y me dejó en el suelo suavemente. Me vi de nuevo, mi pantalón
vendando mi pie izquierdo, los calzoncillos escurridos formando una figura
extraña rodeada por toda aquella mierda que había en el suelo. Y entonces va y
me dice: “¡Ahora me vas a despelotar, putito!” ¡Joder, dicho y hecho! Si ya
tocando su torso había disfrutado como un cabronazo, imagínate con ese postre
que guardaba. No te lo vas a creer, pero el pantalón estaba a reventar. Me
imagine que me lo había ordenado para que no se rompieran las costuras de ese
pantalón, que a fuerza tenía que ser reforzado. Cuando bajé codicioso vi ese
manchón que te dije. ¡Joder, ya no me pude resistir! Mi lengua salió por
instinto a saborear ese puto manchón. No tenía sabor, o por lo menos me
esperaba un sabor tan fuerte como su nabo; pero no creas que por eso me
desanimé. Tras la lengua, fueron mis dientes y comencé a mordisquear todo su
mango mientras el cabrón se balanceaba bonito y me decía: “¡Así, cabroncete!”;
otras veces también putito, yogurcito o
maricona. No tuvo ninguna curiosidad
por saber más hasta que nos vimos por tercera vez; ¡pero bueno, me estoy
adelantando a este día en el que de una puta vez y de forma magistral perdí ese
virguito que tú no quisiste! Con esto no te reprocho nada; ¡pero bueno, ya me
estoy liando! Y lo que quiero no es eso.
Pues estaba
muerde que te muerde, restregando mi cabeza por su potente paquetazo. Él hacía
como que me follaba, y mientras yo seguía a lo mío, él empezó poco a poco a
abrir las puertas de la casa y airear ese torpedo. Abrió poco a poco la
bragueta, y con el empape de su polla y el de mis babas, aquello sí que olía
delicioso. ¡Y sabía de puta madre! Era un sabor concentrado, igual que su
aroma, pero sabía a polla rica y ardiente. Tenía un bóxer blanco podía ver su
glande perfectamente tamizado, pero con todo lujo de detalles. ¡Joder, qué
capullo tenía aquella flor! Era morado, exageradamente acampanado, y como toda
su polla, extremadamente grueso. Era un pollón. No sé si volveré a catar uno
como ese, pero pollas así, pese a lo mucho que voy a follar, no creo que
encuentre muchas. Comencé a mamarle la polla por encima del bóxer. Era
riquísimo, la tela que había acariciado durante todo el puto día aquel manjar
guardaba todas las secreciones del amo. Me empapaba ese sabor. Era tan rico,
que entre mamada y mamada mi gula soltaba pequeños mordiscos para exprimir
mejor aquella tranca. Lo estaba disfrutando tanto, que me tocaba mi polla, y
mira que es guapa, pero me daba un no sé qué, ahora que la cataba, poner mi
aprendiz al lado del maestro. No me cansaba de aquello; es más, ni la garganta
se me secaba: babeaba por aquella polla. Fue él al final el que se bajó con
furia los pantalones y un segundo después su bóxer mojadito. Se le veía
robusto, pero en bolas estaba más cachas de lo que aparentaba. Veías que toda
esa definición de su torso no se difuminaba, sino que tomaba pulso en esas piernas
musculosas que compartían la fibrosidad de su polla, a la que seguía apegado
como una maricona. El marica se depilaba. Te lo juro, ¿no te lo crees? Me dijo
que era un puto oso y que se depilaba. Yo le dije que me gustaba mucho el pelo,
pero a mogollón, que me gustaba ese pelillo que asoma por el cuello de la
camisa porque siempre, invariablemente, me recordaba al pelo de los cojones;
entonces me dijo: “Yo te gustaría”. Y yo, como una putita redicha le conteste:
“No. Tú ya me gustas”. ¡Joder, qué otra cosa podía decir con la polla al palo
como la tenía! Y el muy maricón se enterneció y me enterneció. Me levantó para
volver a saborear sus labios húmedos, pero ni aún así perdí la calentura que me
daba su polla. Su boca follaba. Así, como te lo cuento. Nos largamos un beso
que era una follada, era un querer comer, un destilar pasión con nuestras
babas, un mordisquear con una lujuria concentrada que estallaba a la menor
oportunidad. Mientras seguía secuestrado en este beso, la ferocidad de su polla
seguía marcando mis carnes. ¡Espera un momento! Tengo la polla otra vez
pidiendo guerra. Ahora vuelvo.
¡De vuelta!
¡Je, je, je, je, je! Bueno, veo que iba por lo de la polla. No lo vas a creer,
pero era una polla que se tatuaba en tus carnes. La sentías con tanto detalle
que quedaba ahí su santo y seña. Yo, pese al beso, dirigí mi mano hacia su
mango, y traté de abarcar su acerado esplendor; casi no lo consigo, pero una
vez que habitúe mi mano a toda su extensión, ésta hizo lo que le venía en gana:
pajearlo. Era muy rico subir y bajar mi mano por toda esa carne maciza y
palpitante. Era como si te lo hicieras a ti. Te asombraba tener eso entre las
manos, y por ese mismo asombro llegabas a tu placer. Me sentía muy maricón, me
sentía súper de puta madre al ver como mis meneos le encantaban. Sin dejar de
babearme con su boca, de perseguirme con su lengua, de morderme con su ardor,
inició un vaivén potente que me anunciaba con qué macho me la estaba jugando.
Era un jugo sentir como su cuerpo cálido y viril se acercaba cargado de frenesí
y lascivia al mío, como su polla respondía sensible a mis caricias que se
hicieron más y más golosas. Ahora, mi placer, ya no estaba en mí, sino en él,
en conseguir que aquel macho supremo se volviera loco por tener a un niñato
como yo a su lado. No me importó que él no me cogiera la polla. Hasta se lo
agradecí. Yo era el cuerpo para darle placer, y eso me llenaba de orgullo, pero
también de un infinito goce. Creo,¡ y mira que estaba bueno!, que si se llega a
parar y me pregunta: “¿Qué tal lo estás pasando?”, o cualquier mariconada por
el estilo, lo dejo allí mismo. Él se moría con tenerme, y yo, por esa misma
razón, la gozaba como una marica en celo. De hecho, lo cojonudo de este polvo
fue que durante todo el rato se preocupó de él, de lograr su puto placer, pero
lograrlo con las garantías de que tenía un “inocente” púber entre su minga. Y
su tranca, te lo digo yo porque la sigo teniendo, es de un paladar muy, pero
muy exigente.
Era
increíble lo pronto que se ponía a cien. Creías que aquellos jadeos y
embestidas ya eran la cima; ¡pero joder! El tío va a más. ¡Y tú a pelotas con
él! Tiene ese entusiasmo que se contagia; ¿no sé si me entiendes? No he follado
mucho, aunque pienso dedicarme a esto, pero un semental como este, a la hora de
follar, es como esos hombres que comienzan a cantar en cualquier tugurio hasta
que termina todo dios cantando a grito pelado. O lo sigues, ¡o te pudres y te
vas! Y yo lo seguí, vaya si lo seguí. Ahora el maricón me desgarraba las carnes
con esas manazas que tenía, mientras yo seguía con mi rítmica manuela sube que
baja, gozando sus feroces ofensivas. Mi culo llamó su atención, y no dejó de
manosear mis nalgas lampiñas y ruborizadas por su fervor. En una de estas, me
tomó aplastándome contra él. Yo creí morirme, gruñía como un poseso, mientras
mi polla estaba a la sombra ardiente de la suya que rugía con esa potencia
muerta que tienen los dragones dormidos. Fui arcilla en sus manos. Como quien
toma un paño de seda me levantó por los aires, hasta que mi polla se situó en
su boca. Pensé que me la iba a mamar; pero con él no hay que pensar por
adelantado. Sólo me dijo un tórrido “¡Suéltate!” Y mis manos que acariciaban su
cabellera se desprendieron obedientes del enredo de sus rizos; y en precario
equilibrio no tarde nada en caer. Así me quería, sabiendo que mi cama era el
cielo. Miraba ese suelo lleno de mierda y no sentía ninguna repulsión, sus
manos seguían agarrando como una águila certera mi cintura de avispa; pero
había algo que me daba más seguridad. Sentí su cálido aliento acariciando mi
culo y mis cojones, porque a esa altura quedaron. ¡Pero después hubo más! Su
gula se concentró en mi culo. Su boca encharcada y hambrienta empezó a comerme
el culo con un apetito descomunal. Al primer contacto me retorcí de placer, a gemir
como un poseso furioso y exaltado, embrujado por la posesión, mientras seguía
su impaciente lengua retozando traviesamente por la raja de mi culo, por mi
ojete, por mis huevos que se tragaba de una dentellada como un ogro malo. No sé
Carlos si alguna vez te han comido el culo. Imagino que como eres artista y
maricón, tienes todos los ases de la baraja para que te toque un póker como
este, ¡pero joder! Fue increíble. Es un placer distinto, un cosquilleo tan
guapo que te abre el apetito. Cuando llegaba a mi ojete, deseaba con toda mi
alma que esa lengua rugosa entrará de lleno para rebanar mis entrañas. El
maricón me zarandeaba como si hiciera una gayola a todo mi cuerpo, y aquellos
meneos y sus mordiscos y lengüetazos se transmitían por todo mi cuerpo hasta
convertirme en una gran polla. Mi placer estaba en todo. Imagínate cualquier
parte del cuerpo a la que no le prestas puta atención;¿? yo qué sé¿? Ponle una
uña de un pie (ya sé que es chorras, pero es lo que se me pasa por la
imaginación, pues aún ahora no encuentro ninguna parte de mí que no disfrute
cuando follo con él). Pues ahí, también estaba el placer. Cuando estoy con él
soy eso: una gran polla, un gran culo, una gran boca, un grandísimo maricón.
Ahora estoy pensando en que como lean esta carta mis padres, van a quedar
flipados: “Mi hijo maricón, y con esas palabras”; lo de maricón ya sabes que lo
llevo escrito, lo de esas palabras es que según el psicólogo (del que sigo sin
fiarme ni un pelo), pues me recomienda que me exprese tal cual me siento. Así
que he descubierto que me siento mejor si digo “joder” que “caspitas”; si digo
“follar” que “hacer el amor”; si pongo el culo, que tirarme una triste paja.
¡Todo lo que sea con tal de sanar!; pero ¡Dios cómo me enrollo!
Estaba en lo
del culo; bueno, pues me estaba dando un gustito que flipaba. Me lo trabajaba
tan bien que me hizo desear que me follara, aunque temía que semejante tranca
me rompiera, lo que más deseaba era perder mi culo con ese macho. Así que se me
relajó, se me abrió con el gusto que me daba. Estaba loco, con la sangre en la
cabeza y el culamen haciéndome chirivitas con tanto lavado, así que, con la
poca fuerza que me quedaba, le dije: “¡Fóllame, tío, fóllame!”
Como te
dije, su entusiasmo siempre iba a más. Fue decirle eso y comerme con más ganas
el culo y venga a menear mi cuerpo, a zarandearlo y pegarle un beso o un
mordisco, pues no lograba diferenciarlos, aquí y allá. Y del mismo modo que me
había caído, me levantó; y te juro, que sentí que de nuevo nuestra cama sería
el cielo. Con ese ardor que tenía, me tiro hacia los palés. Estaban llenos de
mierda, de polvo viejo, de cagadas de ratas; ¡pero ni me importó! ¿En que otro
sitio podía follar con un tipo como él? Éste era cojonudo, tenía todo ese sabor
y aroma que tiene un hombre como él.
Como las
piezas de un mecano montó mi cuerpo. Me abrió las piernas, me colocó la polla
para que no se me lastimase con los palés, ancló mis manos en los travesaños, y
me levantó el culo hasta dejarlo en pompa y a la altura de su descomunal nabo.
No temía el dolor, pero tampoco me lo advirtió. No debió tomarlo en
consideración, ni él ni su mazo es uno de esos que limpie llagas; más bien las
crea. Su único gesto fue que se la mamara. Se acomodó a un lado y acercó a mi
tragasables el calibre de su arma. Se la mojé bien a gusto, volviendo mi
glotonería a saborear ese sabor a nabo bien hecho. Como te dije, ni me moví de
mi posición, era él quien se lanzaba contra mi boca, casi dejándome sin
respiración ni resuello en cada una de sus perforaciones, cuando se dio por
satisfecho me la quitó bruscamente y se estacionó a la altura de mi ojete
supurante. Quedamos ahí en silencio, apagando nuestros jadeos para tomar
carrerilla e ir a más. En aquel vacío, escuché las patitas de “Coca” y sus
pequeños ladridos, pidiendo paso. Me había olvidado de quien era y por qué
estaba ahí; bueno, más que olvidarme, me había por fin encontrado.
Miré hacia
atrás y vi su minga escarchada con mis babas acercándose a mi culo. Sentí su
presión y un dolor intenso llamó a mis carnes. Di un pequeño grito que no varió
ni por un grado la marcha de este felino que me rompía a dolores. ¡Dios,
Carlos, cuánto dolía! Siguió empujando, mientras yo me tragaba no sólo su
polla, sino ese dolor que no quería dejar escapar. Mordiéndome los labios aparecieron
mis primeras lágrimas que se estrellaron contra los maderos de los palés.
Presionaba con fuerza; pero estaba visto que nací para maricón, pues pesé al
dolor mi culo no se cerró, sino que aquel doloroso ardor que arrasaba mi razón,
fue recibido por las ansias de mi cuerpo que suspiraba desde siempre por el
mariconeo.
Centímetro a
centímetro su tranca llagaba mis entrañas, pero su ambición inclemente no lo
detenía. Sentí el paso de su capullo y como mis carnes abiertas y dilatadas al
máximo recuperaron por una milésima de segundo su tranquilidad para volver, en
ese suspiro, a encontrarse con ese recién compañero que era el dolor. Un dolor
agudo e intensísimo, que iba ganando coraje mientras su polla devastaba mis
vísceras. Te vas a reír, pero a parte del dolor, me entraron unas ganas
tremendas de mear y cagar. Por un momento pensé que, pese a lo parada que tenía
la minga, iba a mearme encima y lo iba a poner bonito de la mierda que saldría
por mi retaguardia, fue una sensación que, junto con otras que se anunciaron
después, no desapareció en toda la follada . Él seguía avanzando, obligando a
mis entrañas a apostarse para dar cabida a ese hierro que me enervaba. Te juro
que a cada palmo sentía como ese cipote tomaba posesión de mi cuerpo. Igual que
antes notaba el placer en todo, en todo, en todo... también sentí que su
pichorra estaba en todo. Yo era un culo. De ahí para adentro, estaba él, su
pollón. Esa perforación fue lenta pero implacable, no paró ni para tomar
impulso, ni siquiera cuando giré la cabeza y mostré mi rostro contraído por el
dolor él disminuyó su empuje, así hasta que sus cojones mimaron mis nalgas. Ahí
se quedó, y yo volví a mirarle. Él me sonrío desde la turbación de su placer, y
poniendo la cara más lujuriosa que te puedas imaginar, pues no había piedad en
su follada.
Su meteisaca
fue bestial. Me desgarre a gritos, mientras él seguía zumbando como una abeja
agitada y su polla claveteaba mis estrechas paredes. Él gruñía y me desbarataba
con sus perforaciones. Me agarré con fuerza a los palés pues su osadía era
furiosa. Su fibrosa verga salía empapada de los sabores de mi culo, dejando en
su fuga rabiosa un rastro de dolor intensísimo sobre el que fue plantando, con
ese arar de sus sondeos, las semillas de semental que portaba. Pese al dolor, o
quizá también gracias a él, percibí como aquellas sensaciones extrañas y vivas,
desplegaban, en su fortaleza, distintos ecos en aquel agudo dolor que
persistía. Mis gritos desgarrados se arrullaron y ese dolor animal se
transfiguró en sonidos inarticulados que hacían escolta a su bramar.
Vi como las
ratas nos miraban, como las más atrevidas se acercaban a ver qué era aquello
que perturbaba la tranquilidad de su reino. Lo miré para ver si lo había visto,
pero su rostro contraído no veía nada. Tenía una expresión de puto placer, con
su cuerpo fibroso sudando a gota gorda, con esos labios estirados que apresaban
sus clamores hasta reventarlos en un rugir grave y profundo que erizaba la
piel. Me erotizó tanto verlo así, que mis quejas buscaron alivio en mi polla.
Me la meneé con ganas, intentando de alguna manera acoplarme a sus
penetraciones. Te puedo jurar, Carlos, que no era fácil. Su entusiasmo era
burbujeante. ¡Le daba una caña tremenda! Tenía paradas bruscas, a las que más
adelante me acostumbre, pues era el único modo de frenar esa leche hirviente
que bullía en sus cojones. Cuando él paraba, yo paraba. En ese momento,
resoplábamos como fieras agotadas, tomando aliento para seguir con el combate.
Sin aviso previo, su mango se embalaba y mi desgarrado “ay” marcaba su llegada
a la meta, para iniciar, a partir de ahí, un fogoso meteisaca. No te sé decir
cuánto tiempo estuvimos así. Si mido por el dolor de mi culo, fueron horas;
pero calculo que será como ahora, unos veinte minutos perforándome como un perro,
calentándome como una puta maricona. Yo no resistí tanto. Me fui como un puto
loco. Fue una corrida increíble, hasta
quedé inconsciente. La lefa salía para estrellarse entre los palés y asustar a
las ratas, a una incluso la bañé; mientras mi cuerpo se contraía en los
latigazos de aquella dulzura cojonuda. Y yo, ridículo de mí, sólo se me iba en
decir: “¡qué rico, qué rico!” Así, sólo que caldeando las palabras, pero era lo
único que podía decir en los estertores de este vaciarse. Y él lo constato,
pues sus gruñidos se acallaron por un momento para decir: “¡Joputa, qué rico!
¡Qué rico aprietas, cabrón! ¡Y como tiemblas...!”. Así me dijo. Quedó tan a
gusto, que ahora cuando se quiere correr me pajea y en pleno orgasmo el cabrón
es cuando más zumba.
No tardó en
irse él, mientras yo aún seguía náufrago en mi convalecencia. Sus embestidas se
hicieron frenéticas, imperiosas, montándome la grupa con una violencia
cojonuda. Sus manazas me agarrotaban, su polla daba los últimos pasos de baile
brincando con furor, notando como se estampaba con fuerza. Al instante noté, y
esto es curioso pues no lo he vuelto a notar pese a lo que me folla, como su
leche comenzaba a ahogar mis intestinos. Eran eyaculaciones fornidas, que
templaban mis paredes escocidas dándoles un nuevo placer, pues ríete, pero yo
también suspiré como una maricona cuando él daba sus gritos placenteros.
Al final,
nuestros cuerpos sudados de sexo, se unieron jadeantes. Allí estuve, con su
verga empitonándome, un buen rato. Ningún gesto de amor, ninguna caricia (sólo
es ardiente cuando folla, después es muy frío; pero yo sólo quiero que me
folle; ¿quién no?), ningún mimo, sólo ese bufar que se va serenando con el paso
del tiempo. Yo seguía percibiendo su polla viva en mi culo, como iba mansamente
perdiendo su fortaleza y salía en tímida retirada, hasta que se escurrió
encharcada en mierda, sangre y semen.
Después
volvieron las ratas. No nos dio asco, nos dio risa. Comenzamos a reírnos y
cuanto más intentábamos pararnos, peor era. Ya oscureció cuando nos vestimos. Y
aquí viene la sorpresa: me ayudó a vestirme. Esto de nuevo volvió a ponerme
duro. Era sentir de nuevo sus manazas corriendo por mi piel, sentir ese
calorcillo... no sé si me entiendes. Bueno, la sorpresa es que cuando me estaba
quitando todo el polvo que allí había, cogió y metió la mano en su bolsillo y
quitó la cartera. Yo pensé: “¡Joder, me va a dar su tarjeta!” Pero no; lo que
hizo fue quitar un billete de cinco mil pelas, sí ¡de cinco mil pelas! ¿No
flipas?, y con un gesto lascivo llevo su mano a mi paquete. Yo me quedé
cortado, tan cortado que no hice nada, solo le dije: “No. Yo no lo hago
cobrando”. ¿Y sabes qué me contestó? Pues aún tenía las manos en mis cojones,
cuando va y me dice: “Yo tampoco. Pero te estoy pagando el virgo”. Así me dijo,
incluso cuando pronunció la palabra “virgo” apretó mi polla dura como para
remarcarla. ¿Qué te parece? Bueno, pues allí quedó el billete, en la mejor
cartera, aprisionado por mi verga.
Nos hemos
vuelto a ver en seis ocasiones. Nada de amor, sólo follamos; pero es que folla
tan de puta madre, que no echo en falta el amor. Es más, quiero decirte una
cosa (y no te lo tomes a mal, que los artistas sois unos sensibleros del
copón): ¡el amor te lo puedes meter en el culo!
Bueno, nada
más. Hoy, la verdad, es que me he pasado. Casi una novela. Pero la cosa lo
merece, ¿no crees? Supongo que tras esto, no habrá más cartas, aunque si
quieres continuar con la amistad, aquí me tienes. Un abrazo y un beso.
Fdo.: Valerio F. O.
P.D.: Después de esta ganancia,
creo que voy a meterme a chaperillo. Lo estoy considerando y reúno todos los
requisitos: buen cuerpo, espíritu loco y lascivo, morboso y cabrón, buena
polla; además, como me gusta, ¿qué mejor trabajo que aquel que te gusta y para
el que estás preparado? Me voy a buscar un buen picadero. Tengo ahorros y creo
que será una buena inversión. Así que: ¡Qué le den por el culo a la
universidad! Yo la vida, yo la calle. ¿Y tú?
Me estaba masturbando impúdicamente guiado por la calentura de las palabras de esa última carta. Mi mano frenó su deliciosa caricia al contemplar el dolor de su cara. Durante todo el rato, había cerrado los ojos. Me imaginaba que era yo el que follaba con aquel hombre desproporcionado, sentí hasta el tacto de aquel billete que premiaba la perdida de un virgo, festejando también el nacimiento de un culo hambriento. Sin embargo, viendo aquel dolor estancado en sus ojos, no encontré manera de continuar aquel trote que la lujuria había plantado en mi nabo. No había consuelo; o si la había, entendí que no reposaba en mi entrepierna. Tomé de nuevo el fajo de cartas, para continuar el paseo por ese pasado muerto y doloroso que seguía viviendo acorazado en aquella cámara.
- No. ¡No más, por favor! –imploró.
-
No. ¡Por favor!
-
No puedo seguir. Es muy duro hurgar en heridas que aún
no están cerradas: escuece.
-
¡Aunque sólo sea la última! –supliqué-. La última y
nada más.
-
No sabes lo que me estás pidiendo...
-
Pues una como la que acabaste de leer
-
¡Je, je! –sonrió amargamente y añadió-. ¿No te llegó?
-
¿No hay más?
-
Todas son así, o aún más procaces. Todas, menos la
última.
-
¡Así que aún las hay mejores! ¡Uuuuummmm!
-
Infinitamente mejores, si hablamos de sexo. A partir de
esa carta, su tortura fue describirme con pelos y señales toda su vida de
chapero.
-
¿Y la última?
-
Es distinta –añadió con una tristeza impregnada de
cierto misterio-. Muy distinta...
-
¿Entonces, me lees una...?
-
¡Vale! La última. Tú decides –dijo tomando en sus manos
el fajo de cartas-. Escoge.
-
Pues la más... ¡La última! –añadí con entusiasmo.
Y con voz triste, llevada por un dolor que el tiempo no había extinguido sus palabras volvieron a pintar el paño de la Verónica que guardaba aquella carta.
En Tenerife, 3 de diciembre de 1984
Estimado Carlos:
Por una vez no será Valerio el
que escriba. Hemos abierto su carta y le agradecemos las palabras tan amables
que le dirigió. Sin embargo, es mi triste deber comunicarle que Valerio murió
el pasado 16 de noviembre. Aunque no ha trascendido, pese a que en este mundo
todo se sabe, se suicidó.
Estamos
sumidos en el dolor, como imagino que estará usted, por el aprecio que le
tenía, cuando reciba estas breves palabras. Seguimos sin encontrar un por qué a
este acto. Es cierto que siempre tuvo problemas psicológicos, que desde hace
unos cuatro años estaba sometido a terapia, pero pese a la independencia con la
que llevaba su vida no notamos nada que nos hiciese pensar en este final. Su
carta de despedida poco aclara. No sabemos porqué llego a sentirse poco
apreciado. En casa nos preguntamos de qué manera podíamos haberle querido más.
Ahora estamos todos viviendo ese dolor que se suma a lo que encontramos que
podíamos haber hecho y no hicimos. Intentamos librarnos de la culpa, pues lo
cierto es que lo amábamos, pero es difícil no ver algo que impidiese su fin. Le
envío una carta que dejó para usted. Esta sin abrir, pues como puede comprobar,
esa es su voluntad. Le rogaría, si esto que le envío a usted puede explicar de
algún modo todo esto que ha pasado, que nos escriba . No tema, que no le echamos
las culpas. Su carta aclara que es un buen amigo de Valentín, pero ya le digo
que seguimos sin entender como un ángel puede caer en el pecado de castigar su
vida.
Nada más, a la espera de sus noticias se despide atentamente,
Fdo.
Carmen F. O.
P.D.: Si pasa por las islas,
nuestra casa está abierta para usted, cualquier amigo de Valentín es bien
recibido en esta casa. Un saludo y aprovecho para felicitarle estas pascuas.
De pronto su voz cambió y con su tono llegaron a mí imágenes nítidas del momento en que sus dedos temblorosos rasgaron el sobre que contenía el último suspiro de amor. Lo miré y vi que, efectivamente, sus ojos guardaban el reflejo de aquel sufrimiento profundo. Las lágrimas asomaron ahora con más fuerza, cayendo una tras otra, mientras su voz entrecortada por la pena volvía a hacer el amor con la desolación del amante que no vuelve.
En
Tenerife, viernes, 16 de noviembre de 1984.
Querido Carlos:
Hoy te fuiste. Tú no lo sabes,
pero te vi partir. No lo sabes, pero desde que llegaste, te vi todos los días.
Podías engañarme con lo que quieras, pero después de tanto tiempo,
lo único que no me puede engañar es tu voz. Así que cuando llamaste para
contratar mis servicios, descubrí al momento a quién me iba a encontrar cuando
llamase discretamente a la puerta. Si recuerdas, seguí el juego, hasta me
mostré más maricón que nunca. No suelo ser así, ¿sabes? Pero quería castigarte,
quería, ya que no me dabas tu amor, que supieras que el poco que tenías, se lo
estabas dando a un arrastrado y puto chapero.
Con calma me emperifollé para ti. Sabía que aunque tardara, tú no
te moverías de allí. No cogí la guagua, sino que fui andando, dejando airear
todos los pensamientos que tú me traías. Fantaseaba con la posibilidad de que
al final no fueras tú el que estuviera en la habitación 412, que al abrir me
encontrara con una persona muy similar a ti, pero con la que tuviera que poner
lo que siempre pongo: la polla. Pero sabía que no, sabía que sólo podías ser
tú. No hay nadie que tenga tu acento cantarín, y lo reconocería aunque le
pusieras mil máscaras.
Casi sin darme cuenta, llegué al hotel. Cuando me vi allí,
retrocedí. Iba a irme, pero esperé en
la terraza de enfrente. Allí estuve plantado toda la tarde, coca-cola tras
coca-cola, esperando, imaginándote ansioso, dando vueltas y vueltas, mirando el
reloj y la puerta, la puerta y el reloj. Sólo quería ver cómo era el amor, pues
a lo largo de todos estos años, sólo he visto cómo es el deseo. Tardaste en
salir, pero hubiera esperado toda la noche. Cuando te vi, estuve a punto de
gritarte; al final no me salieron las palabras. Te vi alejarte, ir con ese paso
intranquilo mirando a un lado y a otro sin ver lo que buscabas. Y vi cómo era
el amor, esa pieza de mi vida que no doy encajado del todo y que necesitaba
como el aire que respiro, y lo vi en esos pasos intranquilos y huidizos, en ese
mirar con temor a todo lo que no conoces.
Al día siguiente no salí de casa esperando tu llamada. Rechacé
todas las propuestas que me llegaron, pues sabía, pese a que me estabas
haciendo sufrir, que tú llamarías. Y así fue. Continuamos jugando. Yo
disculpándome por lo de ayer, tú fijando la cita de ese día. ¿Recuerdas la
disculpa que te puse? Seguro que la has olvidado, te puse tantas... La primera,
ya sabes que yo no olvido nada y todo da vueltas en mi cabeza, fue que había
pasado un cliente muy especial armado con una cartera muy gorda y repleta, que
compensaba sus “gustos especiales”. Recuerdo que te subí la tarifa, deseaba
saber hasta dónde estabas dispuesto a pagar. Pero no recibí la respuesta que
esperaba. No saliste de tu papel y aceptaste sin complicaciones aquel aumento
excesivo. Sin embargo, yo esperaba que quitaras el antifaz y me dijeses el
precio más alto que yo esperaba recibir: tu amor. Ese amor que regateábamos en
nuestras cartas, y que tú me ofrecías en ese bunker que has construido para mí.
Pero, Carlos, para mí eso era poco. Después de haber vivido lo que viví, lo
quería TODO. No sabes la cantidad de veces que me imaginé paseando por esa
Coruña que he aprendido a amar, tomados los dos de la mano, pisando esas
miradas de reproche con la felicidad de tenernos. Nunca dejé de pensarlo, pues
aunque no lo creas, tampoco nunca dejé de amarte. Ahora lo sé, hoy lo vi cuando
te ibas.
Así fueron tus quince días aquí. Tú llamando y yo galanteando
contigo, esperando como un colegial, pues cuando estoy a tu lado me siento así,
eso que nunca llegó. Después, venia ese peregrinar, ese perseguirte en tus
correrías por la isla. Siempre estuve a tu lado, claro que tras mis gafas y mis
cuatro años que se echaron encima cambiándome de arriba abajo respecto a la
foto que tu “amas”. Quince días esperando el único precio que hubiera aceptado;
pero no lo dijiste. Y cuando te fuiste, me di cuenta que tu cobardía nunca te
dejaría decirlo. Ni miraste hacia atrás.
Yo tampoco quiero mirar hacia atrás, pero me he dado cuenta de que
tampoco quiero mirar hacia delante. Me aburre todo. Lo que antes me hacía
feliz, ahora me pesa. La putada es que pese a lo joven que soy, tampoco
encuentro nada que me alivie una vez que lo que más amé nunca lo tuve.
Quiero decirte, por último, que no te culpes por todo lo que va a
pasar. Creíste que con lo que tenías, ya llegaba. Nos encontramos, quizá para
aprender lo que era el amor, aunque ninguno de los dos pueda disfrutarlo más.
Nada más. Te amo para siempre.
Fdo.:
Valerio F.O.
Tomó el fajo de cartas y volvió a sepultarlo en aquella urna que había construido para el amor muerto. No dejé de observar como cada uno de los gestos hablaban más de la adoración que se tiene a lo perdido, que del alivio que queda con lo dejado.
Tumbado dejamos que las lágrimas ahogasen la pena. Repentinamente se lanzo sobre mi polla y empezó a mamarla con desesperación. Como un relámpago, entendí que no follaba ni hacía el amor, como había creído instantes antes. Lo que aquella desesperación buscaba en cada polla era el sabor que imaginaba en ese amor muerto que seguía secuestrando su corazón. Sus lágrimas seguían cayendo mientras succionaba con gula mi nabo. Me retorcía de placer, y en uno de aquellos espasmos busqué esa urna que escondía el sabor que él buscaba.
Ahí, en ese gesto, me secuestro para la memoria, mientras sus lágrimas se escurrían por mis cojones sudados.
E.P.M.
A Coruña, 17/XII/2001.
Esta historia esta dedicada con mucho, muchísimo cariño
a Valentín. V. F.O., por todo lo que es y será, un auténtico Titán. ¡A cuidarse
y pillar el timón cuanto antes!
También a Fran, el “Gran Capitán” de “La Web de Flaki”. Tus
correos siguen siendo tan insuperables como tu página. Dos años han pasado
desde que la abriste. Que lleguemos a
veinte, pues como dice el tango, en tu buena compañía no son nada.
Por último, y no por última vez, deseo dedicársela a
Julián, mi último “descubrimiento”. Por ser un maricón tan grande como la
propia vida y acercar ésta a la literatura para que yo la vampirice. El
proyecto sigue en pie; nuestros colmillos: afilados. ¡Viva la decadencia!
¿Te ha gustado el relato? Ahora estoy haciendo uno que
pretende ser
una gran panorámica sobre lo que somos. Son historias cortas, ni
necesariamente felices ni necesariamente tristes; lo que te haya
pasado que te haya marcado de algún modo o que creas que te defina.
En principio, todo sirve, incluso lo que no hayas realizado, pero que
te ilusionó en ese momento; también situaciones jodidas, lo que
sea... todo sirve. Si quieres enviármelas, ya sabes mi correo:
primito@imaginativos.com