EL CASO DEL GARAJE

 

 

Estaba solo. Apenas las tristes luces de las farolas medio rotas me hacían una mínima compañía. La noche era fría, y el aire me helaba los pulmones y me calaba los huesos produciéndome una sensación de escalofrío. Llevaba la ventanilla de mi viejo Audi abierta mientras me fumaba un cigarrillo y la calefacción ya no funcionaba. Me preguntaba porque narices no había cogido el abrigo del perchero antes de salir de la oficina. La calle parecía un cementerio en huelga y ninguna alma errante vagabundeaba por los oscuros rincones mientras observaba desde el asiento del coche el vacío por donde tenía que pasar.
 

Paré el motor del Audi y salí a la fría noche. En el coche la temperatura era baja pero en la calle la sensación de estar en un desierto de hielo era casi insoportable. Dichoso abrigo. Volví a asegurarme que llevaba mi arma en mi cartuchera, mi documentación por si surgía algún problema y mi petaca de alcohol en un bolsillo (siempre iba bien dar un trago cuando sabías que ibas a meterte en un lío).

La situación no me gustaba lo más mínimo, pero había aceptado el encargo porque la pasta ofrecida era bastante cuantiosa, y mi situación desde aquel incidente del verano pasado no era precisamente para lanzar campanas al vuelo. No fue culpa mía la muerte de aquel chico, pero cuando eres un detective a sueldo, sin reputación y afincado en un cochambroso despacho en la Zona Sur de la Ciudad los disparos de la prensa siempre se lanzaban hacía el mismo lado. Los clientes habían caído en picado. Suerte que libré la cárcel por centímetros.
 

Me coloque el sombrero en mi posición preferida y decidí avanzar hacía el callejón buscando la puerta de aquel garaje que había sido mi obsesión los últimos tres días de mi mísera existencia.
 

Aquella mujer había entrado en mi despacho con gesto casi suplicante. Al mirarla me vino la imagen de la más absoluta desesperación. Me habló de su vida, de sus miserias (señora, que me va a contar a mí) y de su hijo Carlos. Hacía tres noches que había desaparecido sin dejar rastro. Al principio pensó que sería alguna tontería de esas que hacen los chicos de 17 años, pero todo cambió cuando a la siguiente noche tampoco volvió a casa y al abrir el correo se encontró la nota. Aquella fría y escalofriante nota. “Es mío, se lo devolveré cuando quiera. Nada de policía o se lo devolveré a trozos”. Al contemplar la nota supe enseguida que aquel tipo era un demente, quizá un asesino, un lunático, enfermo sexual… un serial killer en potencia”. Me enseñó la foto de Carlos: un joven apuesto y formado, que no me extrañó que cualquier enfermo en un ataque de locura repentina se lo hubiera llevado para disfrutar de él hasta reventarlo. Yo no podía ayudarla, pero ella no quería ir a la policía; estaba aterrorizada. Por el amor de Diós, yo sólo me dedicaba a espiar a maniáticos puteros y sacar fotos de mujeres aburridas de sus maridos que se pasaban las tardes follando con jóvenes amantes. Pero aquello era un caso serio, lo mismo que mi economía.. así que acepté el trabajo.
 

Y allí estaba, tres días después caminando en aquel callejón, convencido que mi presa estaba allí, en aquel garaje, quizá sodomizando otra vez (¿cuántas veces ya?) a aquel muchacho. Mi ira iba en aumento. Mi miedo también.
 

Aquel tipo desde luego no era un profesional; durante mi investigación del caso descubrí infinidad de pistas. En realidad era un auténtico patán. Había dejado un reguero de miguitas de pan con un letrero que rezaba un gigantesco “SI QUIERES ENCONTRARME ESTOY AQUÍ”, que no fue muy difícil de seguir y que me condujo al número 19 del callejón; una destartalada y vieja puerta metálica de un garaje. ¡Bingo! Era mi oportunidad de oro de limpiar mi reputación y ganar así el prestigio perdido y un buen puñado de Euros.

 

Como ya suponía (aquel tipo tampoco era tan lerdo), la puerta estaba cerrada a cal y canto con llave además de por un voluminoso y oxidado candado. Por ahí no iba a entrar. Tendría que sorprender a mi amigo de otra manera. Con las manos en los bolsillos busqué otras posibilidades hasta darme cuenta que las ventanas de arriba del garaje quizá pertenecieran a unas oficina superiores. Me propuse investigar entrando en el pequeño portal de al lado, casi tan cochambroso y muerto como lo estaba el callejón. Tenía la corazonada que aquel tipo estaba dentro y no podía perder el tiempo en buscar una manera de romper la puerta… era ahora o nunca.
 

Abrí con mi ganzúa la puerta del primer piso y como no podía fallar estaba vacío. Aquel rincón del edificio hacía mucho tiempo que parecía deshabitado, inerte. El polvo se acumulaba en todos los rincones y había viejas y destartaladas estanterías llenas de papeles carcomidos por los ratones. Sabía que una puerta cerrada me esperaba en algún rincón.
 

Mi desesperación iba ganando la batalla contra la paciencia cuando di con ella. Una desvencijada puerta de madera, puesta allí de manera antinatural tras un armario que la tapaba por completo. Aquella escoria entraba por aquí; de eso no tenía ninguna duda.
 

Abrí la puerta con mi ganzúa mágica (gracias Papá, fue lo único útil que me regalaste en tu vida) y saqué mi arma. Amartillé la pistola medio emocionado medio preso de un pánico atroz que pegaba con cemento mis piernas al suelo mohoso. Estaba literalmente cagado de miedo.
 

Comencé a bajar unas escaleras oscuras y frías hasta llegar a lo que parecía la puerta que daba directamente al garaje. Un viejo cartel comido por el tiempo aún dejaba entrever el negocio que quizá hace años llenaba de vida aquel lugar. Ahora era sin duda el olor a muerte y al horror lo que uno podía respirar allí dentro.

Me quedé un rato escuchando tras la puerta. No se oía ni la respiración de las cucarachas. O allí no había nadie o yo había perdido el sentido de la escucha. Ya no me quedaba más remedio que entrar, así que haciéndome eco de un valor que a mis cuarenta y tantos nunca había conocido, me coloqué el sombrero, respiré hondo, maldije para mis adentros y de una sonora y estridente patada tiré la puerta abajo.
 

Apunté con mi Glock automática a todos los rincones visibles, y cuando mi mente ya esperaba que aquel tipo me surgiera de cualquier sitio y me atizará en la cabeza o me metiera un balazo entre los ojos reparé en que allí no había nadie. No es que aquel loco no estuviera allí… tampoco había ni rastro de la victima. ¡Joder! Pero si todas las pistas llevaban aquí. No era posible, pero una vez más Francisco Somarra, Detective Privado, la había cagado de lleno. Allí no había más que viejas latas de aceite secas y corroídas, cosas inservibles por el suelo y estanterías llenas de viejos cacharros de lo que, seguramente, fue algún viejo taller de motos, bicicletas o qué sé yo que aparatos.
 

Me disponía a abandonar aquel lugar cuando algo llamó mi atención. Giré mi cabeza hacía un rincón del suelo donde una alfombra desentonaba como una sandía en una caja de manzanas. Parecía mucho más nueva que el resto de trastos del local, y sin duda no albergaba la más que notable capa de polvo que el resto de cosas que allí se coleccionaban llevaban adheridas como una sucia piel. Aquello no concordaba en absoluto.
 

Fui hacia allá pistola en mano y quité la alfombra del suelo. Ahora ya no me quedaba ninguna sombra de duda. Había dado en el clavo. Una trampilla había sido tapada a la vista de ojos curiosos; pero para ocultar, ¿qué? No tenía reparos en decirme a mi mismo que Carlos estaba allí abajo, quizá agonizando, quizá muerto. Y quién sabe si también estaba allí nuestro peligroso amigo.
 

¿Y si el tipo se había cansado de él y lo había fulminado? ¿Y si había llegado demasiado tarde? Sería un fracaso sonado. El dinero al traste, sería el final de mi asquerosa y bochornosa carrera.
 

Abrí la trampilla con esfuerzo y baje a una especie de zulo claustrofóbico y diminuto iluminado por la simple luz de una bombilla amarilla. Las paredes estaban húmedas y sucias y el olor a mojado impregnaba el ambiente provocándome una sensación de nauseas que pude contener no tras arduo esfuerzo.

Y allí estaba.

Tirado encima de una asquerosa cama, atado con correas de pies y manos, medio aturdido, drogado sin lugar a dudas, con diversas heridas por su cuerpo casi desnudo, todo lleno de moratones,  el cuerpo de Carlos. No pude reprimir un grito ahogado que apagué del todo llevando mis manos a mi boca. Era la viva imagen de alguien que ha sufrido lo indecible, casi lo inconcebible, lo inhumano. Pobre chico.
 

Me acerqué a él y le hable. Apenas respondió. Le quité los grilletes espectrales y pude oír su voz casi como un susurro suplicando que no le hiciera más daño, que no lo violara más. Me dieron ganas allí mismo de esperar a que el misterioso captor apareciese y vaciar mi cargador contra su culo. Me contuve.
 

Poco a poco, Carlos fue despertando y casi en un llanto doloroso y suplicante se agarró a mi, su salvación, su salida del infierno. Su billete de regreso al mundo de los vivos. Lo subí como pude hacía el garaje y sin dejar de abrazarle lo lleve a la calle. El frío seguía siendo glacial, así que me quité la americana (¿Por qué cojones no cogí el maldito abrigo?) y se la puse por los hombros. Me miro medio aturdido y pude ver en aquello ojos marrones una sensación de gracias y cariño casi suplicantes. Lo llevé al coche medio a rastras. Pude observar que sangraba opulosamente de un costado. Tenía una herida de arma blanca que con las prisas, la adrenalina y la poca luz no pude ver. Aquel hijo de Satanás se había divertido de lo lindo con el muchacho.
 

Evidentemente la sola idea de llevarlo a un hospital me aterraba. Eso significaba preguntas que no podía contestar. La herida era peligrosa, pero no preocupante, así que decidí llevarlo momentáneamente a casa para curar sus heridas antes de hablar con su madre y con la policía.
 

El camino a casa se hizo eterno; el chico jadeaba, sufría y la vez sonreía de verse libre de las fauces de aquel despreciable hombre que durante unos días lo había violado, torturado y vejado de todas las maneras inimaginables. Me alegraba por él. Nadie merece algo así.

Llegamos a casa y tras cerrar la puerta lo tumbé en el sofá. Carlos ya estaba medio despierto. Poco a poco le quite la ropa y lo lleve a la ducha. Lo tranquilicé con palabras de consuelo. Abrí el agua caliente y me quite el traje: no pensaba estropear una compra de mil quinientos euros. Allí, bajo el agua tibia, sin duda sufriendo un gran dolor por las heridas, y medio temblando se derrumbó. Fue como un inmenso castillo de naipes que pierde pie y se desploma como toneladas de paja. Lo abracé por la espalda, rodeándolo, mientras lloraba como un infante enfadado. Le acaricié el pelo mojado sin decir palabra. Era bueno que sacara al exterior la ira, la rabia contenida. Lloraba como un niño sin cumpleaños. Iba mojando y limpiando con la suave esponja sus heridas, sus moratones y poco a poco, entre susurros y el abrazo se fue calmando.
 

Lo saque de la ducha, y desnudo como estaba le puse mi albornoz. El chico estaba como anonadado, y no decía palabra. Lo llevé al sofá y lo senté. Había que curar esa herida del costado. Le quité el albornoz y lo tumbé. Fui en busca de alcohol, gasas y algunas vendas y le dije despacio que quizá aquello le iba a doler. Pero no soltó ni un quejido, ni una lágrima, ni una simple mueca. Cuanto debía haber sufrido aquel muchacho. Le tapé la herida con unas vendas y di mi trabajo por cumplido. Me levante dirigiéndome hacía la mesita donde se postraba el teléfono. Era hora de avisar al mundo de lo que había pasado.
 

- Gracias. – Sus palabras surgieron casi como un mensaje etéreo. Me giré ante el sonido de aquella voz sensible, dulce y casi mística. Contemplé a aquel chico por primera vez una vez limpio, aseado y despierto. Era un muchacho bastante guapo, ahora sí, parecido a aquella foto que me enseñara su madre. Estaba allí, desnudo en mi sofá, tumbado, su torso desnudo con las heridas de guerra y aquel vendaje tosco que intentaba tapar su herida. Sus piernas estiradas, fuertes y sin apenas vello. Sus brazos rodeando su torso, como buscando consuelo a unos días duros y difíciles.

 

- De nada. Es mi trabajo. – Contesté sin dejar de mirarlo. Me giré de nuevo en busca del teléfono. – Por favor, espera… abrázame otra vez. Por favor. Un rato, necesito que lo hagas, tengo frío, y necesito calor. No sabes, ni siquiera imaginas lo que ese tipo me ha hecho.

 

Me acerqué al sofá y me senté. Sin saber por qué me senté. Carlos se levanto y se puso sobre mi pecho. Yo lo abracé. Rompió a llorar. Y así fue como mientras él lloraba y yo le abrazaba y le acariciaba el pelo me contó como había sido todo. Aún trato de imaginar algunas cosas que mi mente fue incapaz de asimilar. Me explicó como lo violaba una y otra vez, como lo torturaba con un cuchillo. Insultos, golpes, vejaciones. Le obligaba a realizar cosas que incluso al más cerdo enfermo de videos porno le hubieran revuelto el estomago. Pero mi sorpresa fue sonora cuando me contó, con total inocencia y sin tapujo alguno como él ya había tenido relaciones con chicos que, evidentemente fueron distintas a este horror mayúsculo. Que era gay y que jamás había sentido tanto asco hacia nadie como lo había sentido esos días.
 

Se acurrucó más contra mi y sentí su cuerpo estremecerse y tiritar. Lo abracé mucho más fuerte y casi como un instinto maternal y sin reparar en ello lo bese en la frente.
 

¿La había cagado? Joder, yo también era gay. Lo había sido toda la vida, aunque pocos lo sabían, claro. ¿Un detective gay? Hasta el más imbécil de los rateros de esta jodida ciudad se hubieran reído de mí. Mi reputación se hubiera ido al garete, mi clientela al infierno. Nadie le confía un caso a un gay. Porca miseria.
 

Pero enseguida comprendí que no la había pifiado. Sus ojos marrones se quedaron contemplándome, descubriendo que seguía siendo un tipo atractivo pese a que los años ya me estaban carcomiendo el alma. Quizá fueron esas antenitas que “dicen” tienen los gays para descubrir a sus semejantes. Quizá fue el destino, no lo sé.. Lo único que sé es que aquel muchacho levanto un poco su cabeza y me beso. Me beso con ternura, casi con amor. Un beso de gracias, de “te debo la vida”, de “me has salvado”. Un beso fugaz, dulce y esponjoso como el algodón de azúcar. Me sonrió y nuestras miradas se unieron en una especie de súplica, en un cántico obsceno que pedía a gritos seguir. ¿Qué me estaba pasando? Hace apenas unas horas lo estaba sacando de allí abajo a rastras, sangrando y ahora lo miraba suplicándole, casi exigiéndole que me siguiera besando.
 

Nos besamos. Nuestras lenguas se solidificaron en una sola. Nuestras bocas se exploraron. Carlos cambió su posición y lo que quedaba de su albornoz se calló al suelo, y desnudo como estaba se sentó sobre mis piernas. Yo lo seguía besando, locamente, le agarraba con dulzura pues no quería provocarle dolor en las heridas y golpes que tenía.
 

Me rodeo con sus brazos y me mordió el cuello. Dios, fue la mejor sensación que había tenido desde hacía siglos. Casi no lo recordaba.

Nos tumbamos en el sofá y Carlos, encima mío, aprisionando mi polla con su cuerpo me seguía comiendo locamente. Recorrí su espalda con mis manos, su piel era suave y olía a limpio. Puse mis manos sobre su culo, y le lamí el cuello, la oreja… estaba poseído.

El tiempo apenas corría, pero estuvimos lo que fueron interminables horas besándonos, lamiéndonos, acariciándonos, solamente disfrutando de nuestros labios y nuestras manos. Aquel chico necesitaba cariño y me había pedido que se lo diera como más le gustaba, y no quería defraudarlo.
 

Casi con una tranquilidad pasmosa y con una dulzura que me volvía loco, Carlos fue desabrochando mi camisa dejando mi torso descubierto. Lamió mis pezones con sosiego, a la vez que con lascivia, con lujuria. Yo tenía mis manos sobre su cabeza. Cada ratito dejaba de chuparme el torso y volvía su boca hacía mis labios que se dejaban comer otra vez… luego continuaba con su trabajo.

Poco a poco fue llegando a mis pantalones, y desabrochando muy tranquilamente mi cinturón y mi cremallera me los quitó violentamente. Me quedé allí, en boxers, con aquel muchacho sentado sobre mí, enseñándome ya lo que era una hermosa polla de unos 17 cm dura como el acero.
 

Me puso la mano en el paquete y volvió a estirarse a mi lado para besarme con frenesí. Lo rodeé con mis brazos, poniendo de lleno mis manos sobre aquellas hermosas nalgas suaves y blancas. No paraba de tocarme el rabo mientras me besaba y me lamía la boca. Poco a poco fue bajando mi ropa interior hasta dejar al descubierto mi polla y agarrándola totalmente empezó a pajearme. Era una paja suavemente tranquila. Aquello me estaba volviendo loco. Deslicé una de mis manos para agarrar su paquete. Casi no podía creérmelo. Carlos suspiro salvajemente cuando agarré su miembro erecto y dejo de besarme para contemplar como tenía cogida como una tenaza su polla dura y tiesa.
 

Carlos se apartó de mí y se arrodilló en el suelo a la altura del sofá. Lo miré con ojos asombrados pues sabía perfectamente lo que iba a hacer. No tuve ni que decirle que lo hiciera. Se tragó mi polla como si fuera un caramelo, lamiéndolo con la lengua, despacio, muy despacio. Iba pasándola por la punta, por su largura, por mis huevos. Se la metía entera en la boca y subía y bajaba lentamente, en un infernal tempo que me estaba llevando al orgasmo de manera rápida.

Carlos debió notar que mi polla se tensaba de manera sobrehumana, porque paró la mamada casi de inmediato y volviendo a agarrar mi rabo, busco mi boca una vez más.

 

- Me gustas, me gustas mucho mi detective. Te estoy tan agradecido que desde que me metiste en la ducha y me trataste con tanta dulzura sabía que eras gay. Y quería amarte, por todo lo que ha pasado. Porque me gustas… si me dejaras quererte….

 

Entonces lo puse boca arriba sobre el sofá con tanta violencia que el muchacho se quejó y tuve que pedirle perdón pues había olvidado casi por completo aquella fea herida del costado. Le mordí el cuello, le bese, le comí el pecho, los pezones, los relamí con mi lengua. El chico suspiraba de placer, se estiraba de puro gozo salvaje. Fui bajando, llenando con mi saliva su ombligo, su hermosa barriguita blanca y suave, y llegué al objeto del deseo, a su falo, a su polla erecta, dura como un mástil. La agarré. Y lancé un lengüetazo tan obsceno que a Carlos se le escapó un gritito de lujuria.
 

Me la comí. Se la chupé con una maestría que quizá aquel chico moreno no había conocido en la vida y mientras gritaba y ponía una mano sobre mi cabeza como exigiéndome que no acabara aquella mamada se corrió en mi boca soltando unas llamaradas de leche blanca que llenaron mi espacio en un segundo. Se había corrido como un poseso.
 

Rápidamente, sin darme tiempo a reaccionar se incorporó ajeno al seguro dolor que sentía y me beso. Me beso para compartir su corrida entre los dos. Nos lamimos, nos relamimos saboreando aquel néctar dulce que se escapaba en finos hilos entre nuestras bocas.

Cuando pensaba agarrarme la polla para acabar enseguida, pues estaba muy caliente, Carlos me tiró sobre el sofá y me quedé allí sentado esperando lo que iba a venir. Se sentó sobre mí, me rodeó con sus brazos y levantando un poquito las caderas se humedeció un dedo que llevo con maestría a  su culo. Con aquel gesto ya sabía lo que iba a pasar. Me lo iba a follar, me iba a cabalgar.

 

Una vez humedecido el culo, y sin dejar de besarnos, agarró mi polla y se sentó sobre ella. Pude notar como la punta de mi miembro entraba despacio en su culo. Desde luego no era la primera vez que alguien se lo follaba. Poco a poco, y muy despacio Carlos se fue sentado sobre mi polla hasta que esta estuvo ya perfectamente dentro de sus entrañas. Soltó un gritito cerca de mi oído y empezó a moverse al compás de mis manos, que lo habían agarrado de las caderas y poco a poco se iban deslizando a su culo. Le agarré las nalgas con desesperación para abrir todavía un poco más su culito.
 

Al rato el vaivén ya era un movimiento huracanado y Carlos subía y bajaba sobre mi rabo, rodeándome el cuello mientras no paraba de gritar, de gemir, de suspirar. Estaba en el séptimo cielo. No iba a tardar en correrme, así que se lo comenté.

Como si aquellas palabras mías le hubieran provocado una reacción en cadena se despegó de mi polla y se sentó a mi lado para empezar a lamer mi rabo. Ante aquella visión de aquel muchacho con cara de ángel dándole lengüetazos y besos a mi rabo no pude contenerme más y descargue mi líquido sobre su boca, su cara e incluso su pelo.
 

Lo atraje hacia mí y lo besé. Se acurrucó. Me rodeó y nos quedamos allí juntos abrazados. Lo levanté y lo llevé a la ducha. Estuvimos allí una eternidad, juntos, besándonos, acariciándonos, bajo aquella agua reconfortante diciendo cosas que jamás pensé que volvería de decir. Quería ser mi pareja, pero yo no acepté. El no sabía nada de mi y no pensaba arruinar su vida. Él merecía mucho más que un cuarentón sumido en la miseria, que pasaba las tardes de domingo bebiendo alcohol y pensando en una gloria que nunca iba a llegar. No estaba dispuesto a ello. El no lo entendió, pues rompió a llorar. Lo abracé, pero su abrazo frío me hizo entender que era hora de secarse y vestirse.

 

Su madre vino a recogerlo pasada una media hora que le hiciera la llamada. Entró llorando y abrazó a su hijo casi con violencia. Se quedaron un rato allí, los dos, casi llorando. La situación me había tocado en lo más profundo, así que cuando la señora saco un talonario de cheques le dije que no era necesario (¿qué estaba haciendo? ¡Necesitaba el dinero!). Al final, tuve que aceptar una suma considerable antes las continuas reprimendas y súplicas de aquella buena mujer, además de una invitación a cenar el próximo sábado que con más pena que gloria rehusé muy amablemente.
 

Estaba recogiendo mi pistola de la mesa, cuando aquella mujer, abriendo la puerta de mi apartamento se giro y me miró. – ¿Qué fue de aquel tipo?- La miré y por un momento quise decirle lo que mi conciencia quería hacer: llamar a la policía y esperar que fuera detenido.

– No lo sé. No estaba allí. Posiblemente se asustó y lo dejó todo. No creo que nunca lo atrapen.- Pese a todo, mi manera de ser no había cambiado ni cambiaria nunca. Por eso era un puto fracasado. Nunca más volvía verla.

 

Volví al garaje antes del amanecer. Entre siguiendo el mismo camino que había hecho para rescatar a Carlos y me senté en aquella cama destartalada y mugrienta. Me quedé allí, con el arma en mis manos esperando, fumando un cigarrillo. Tardó dos horas en llegar. Abrió la trampilla riendo, soltando insultos a lo que él consideraba “su puta con polla”. Cuando llegó al zulo su cara fue un poema. Vacié mi cargador sin pestañear y hasta mi camisa acabó salpicada de sangre. Se derrumbó como un saco de patatas. A los pocos minutos de llamar, llegó la policía.

 

Incluso a veces, después de tanto tiempo, Carlos viene a verme a la prisión. Creo que sale con un chico mayor que él. Cuando me mira aún sigo viendo aquellos ojos que me miraban en el sofá. Aún podía leer en ellos un triste “tenías que haberte venido conmigo bobo”. Ya tiene 25 años y sigue igual de guapo que el día que lo conocí. Demasiado Guapo.

 

Mi madre decía que debía escuchar mi conciencia.

 

¿Por qué no cogí aquel abrigo?

 

 

 

“ Si les ha gustado, que espero que sí, espero que me escriban. Soy de Barcelona y tengo 31 años”.

rafa_roman@hotmail.com