El más guapo del cole
Qué culos. Es el único pensamiento que tengo cada día de mi
vida, y es mi mayor debilidad. Nadie sabe que me muero por los hombres, lo
disimulo tan bien que hasta piensan que soy muy macho. Pero por dentro me estoy
muriendo por chupar una pija. Tengo quince años y asisto a un colegio estatal
muy conocido. Mis compañeros están tan buenos que en más de una ocasión he ido
entre clase y clase al baño con la excusa de hacer pis, y me echo tremenda paja.
Un día llegue a las siete y veinte de la mañana (las clases empiezan algo antes
de las ocho, aunque nunca tan temprano). Llegué a mi salón y me saqué la mochila
mientras me maldecía: ¿para qué había tomado un autobús tan temprano? Ahora
tendría que estar media hora aburrido, viendo el techo. Pero entonces una figura
hermosa me hizo salir de golpe de mis pensamientos: él. Gabriel. Un muchacho
perfecto, hermoso. Un físico totalmente divino. Un rostro impresionantemente
bello. Facciones perfectas. Jamás había hablado con él, porque iba al curso
contiguo al mío y la verdad es que cuando hablo con chicos lindos me pongo
nervioso. Pero en este momento no pudimos evitar saludarnos, porque ya nos
habíamos visto y éramos las únicas personas en el colegio, aparte de la portera,
pero ella estaba dos pisos más abajo.
-Hola -me saluda, estrechando mi mano, y se sienta en la silla que está a mi
lado.
-¿Por qué tan temprano? -pregunto. Qué pregunta estúpida...
-El autobús. Si lo tomo más tarde, va tan lleno que hay veces que ni me para.
Pero yo no lo escuchaba. "Hay veces que ni me para..." A mí sí que se me había
parado. Verlo hablar, su boquita hermosa y perfecta, enseñando su dentadura
divina a la cual me daban unas ganas tremendas de pasarle la lengua... Y para
colmo... estaba en pantalón de gimnasia. El bulto se le notaba muchísimo más (es
una de las razones por la cual me encanta educación física: hay bultos para
todos los gustos). Me arriesgué a desplazar la vista a mi bulto... Pero creo que
la sostuve demasiado tiempo, porque se percató.
-¿Qué? -preguntó Gabriel con una sonrisa hermosa.
-N-nada -digo, nervioso. Mi mente empezó a trabajar a toda velocidad para
encontrar una excusa-. El pantalón. Es igual al mío.
Pero en su mirada se reflejaba que no me creía.
-Mmmmm -murmuró. Y entonces, sin previo aviso, colocó una mano en mi pierna.
Sentí el suave contacto sobre la tela del jean. Y mi verga alcanzó la erección
máxima. Gabriel me levantó la cara. Yo estaba rojo como un tomate... y, tras
guiñarme un ojo y sonreírme pícaramente, me dio un beso en los labios. Lo recibí
sin chistar, pero me emocioné: lo agarré de ambos lados de la cara y me le lancé
encima. Nos besamos hasta que nuestros labios se desgastaron.
-Eres hermoso -le dije-. ¿Lo sabías?
-Tú también eres muy guapo -me dijo, y entonces me tomó de la mano, se levantó
de la silla y empezamos a caminar por los pasillos del colegio, que parecía
fantasma.
Pasamos filas y filas de casilleros, subimos dos o tres escaleras, todo esto en
silencio, y yo sabía donde me llevaba: al baño del cuarto piso: el baño menos
usado. Hacía meses que no funcionaban las cabinas de aquel baño, además que el
cuarto piso no estaba lleno de cursos, como los otros; por eso era muy poco
probable que nos hallaran allí.
Nos metimos en una de las cabinas y nos besamos. Entonces él se empezó a bajar
el jogging (el pantalón de gimnasia), al mismo tiempo que yo no podía soportar
más la erección. Dejó a la vista unos calzoncillos slips blancos, donde un pene
gigante se erguía bajo él. Su vello púbico se veía alrededor. Aquello era tan
excitante.
-No puedo más -le dije.
Y, al tiempo que lo despojaba de su camiseta, me lancé a sus calzoncillos, se
los bajé y le empecé a chupar el pene, tan caliente que creo que estaba
ardiendo. Estuvimos así un rato, luego él se sentó en el retrete para disfrutar
mejor, y entonces yo me paré y él me bajó los pantalones, los calzoncillos y me
empezó a masturbar. Estaba apunto de correrme cuando le aparté la mano: quería
seguir la fiesta, así que me senté sobre él y, con dificultad, me penetró en mi
cavidad virginal.
Fue el mejor momento de mi vida. Al cabo de 20 segundos de placer y dolor,
Gabriel se corrió en mi culo y yo me corrí en mi propia mano (me había
masturbado mientras tanto). Llenos de semen, nos vestimos y salimos del baño de
la mano, no sin antes lavarnos.
Cuando llegamos al tercer piso, estaba todo abarrotado de estudiantes. Bajamos
un piso más y entonces nos teníamos que dividir.
-Fue hermoso -me susurró al oído, antes de que yo entrara a mi aula.
Y él me tocó el culo con disimulo y se metió en su salón.
Aquel día no presté atención y no pude pensar en otra cosa que en él. A la
salida nos juntamos en el descampado de la esquina y lo hicimos de nuevo. Desde
entonces venimos una hora antes al cole y nos quedamos una hora más a la salida.
Tengo dos sesiones de sexo con mi novio, al cual amo y no quiero que se me
escape por nada del mundo.