Mi Primera Violación


Tenía 17 años y estaba cursando la Escuela de Aviación Civil. Era una escuela para adultos y yo 
era el único adolescente en el turno de noche. Todos los demás era muchachos y chicas  mayores  
y hombres hechos y derechos. En mi aula había un muchacho, moreno, vulgar, de rostro un tanto
desagradable, de origen humilde, bastante mal hablado y, a veces, muy violento. Se apellidaba
Varela, pero todos lo conocíamos  como "el Negro". Una cosa que llamaba la atención en él era  
que, pese a la pobreza de medios de su familia y a que él no tenía ningún trabajo, se movilizaba 
en una moto Suzuki moderna, no muy grande por cierto, pero una novedad casi lujosa en esos 
años. No me llevaba mal con él  puesto que yo era más bien gentil y amable con todos. Por ello 
me sorprendió esa noche cuando el Negro, al ir a ocupar su silla del aula, pasó delante de mí y 
me acarició la bragueta. Me sorprendió y me excité instantáneamente. Esos dedos fueron sabios
porque no ejercieron una presión fuerte sino que aletearon sobre mi distraído pene a través de 
la tela delgada del pantalón  y me pusieron a mil  sintiendo que la sangre se agolpaba en mi cara...
Al mismo tiempo me sentí invadido y supongo que sentí que había pecado por esa excitación de
modo que lo seguí con la mirada y cuando él me miró sonriendo en forma cómplice, su sonrisa se
transformó en una disculpa cuando notó ira en mi mirada. Nos sentamos y la clase comenzó pero 
yo casi no prestaba atención al profesor porque había quedado muy confundido. Era la primera 
vez que me acariciaban así y era la primera vez que el sexo se me había impuesto como una
explosión dentro mío, como una oleada que me invadió todo mi organismo y mi psiquis.

Esa noche salí del aula antes que todos para no encontrarme con el Negro pero esa experiencia 
y esa caricia habían resultado demasiado excitantes como para olvidarla y, al mismo tiempo,
demasiado atemorizantes como para que no me cargara de angustia descubrir que esa fuerza 
feroz  que no comprendía  estaba dentro mío.

Nunca me había masturbado  pese a tener 17 años y no sabía que ello era posible. Nuestro padre,
muy conservador,  era un cristiano chapado a la antigua y nos había mantenido en la mas absoluta
ignorancia acerca de la sexualidad y, para que "no nos enseñaran porquerías", no nos dejaba tener
amigos ni ir a casa de compañeros de escuela ni aún para copiar tareas después de haber faltado a
clases por algún resfrío. Así había llegado a los 17 años en la ignorancia más absoluta de lo que era 
la sexualidad y esa caricia me había hecho comprender que había algo poderosísimo que desconocía
pero que me atraía mucho. Por ello, tenía una excitación feroz y, al no saber masturbarme, no podía
aplacarla y así di mil vueltas en la cama, esa noche, insomne.

Durante el día seguí confundido, pensando sólo en ello y mis padres me preguntaron si estaba
enfermo por la poca atención que prestaba a todo y a todos en casa.  Temía que llegara la noche 
y el momento de ir a la escuela. Temía que el Negro  hiciese alguna otra cosa (no me imaginaba
qué) y no sabía cómo reaccionaría, pero llegó la hora de ir a la escuela y, pese a mi apreensión, 
esa noche transcurrió sin novedades.

Y, aunque no me daba cuenta, estaba temiendo pero deseando, secretamente, que Varela "hiciera
algo" y, lentamente, la inacción del Negro  se volvió frustrante. Comencé a buscar a Varela pero
este me ignoraba porque se había dado cuenta de que lo andaba buscando. Yo creía que mis
miradas no se notaban pero el Negro, que se había lanzado a "cazarme", estaba muy atento a 
todo lo que yo hacía (eso no lo supe en ese momento sino mucho después, cuando Varela me
confesó cómo se divertía ante mi desesperación por ponerme en contacto con él)

Pasaron los días y mis acercamientos al Negro fueron perdiendo precauciones y, aunque no 
era consciente de ello, trataba de encontrarme en una situación parecida a la de la primera 
caricia pero él siempre se alejaba de mí y para llegar a su silla en el aula elegía ahora otro 
camino lo que me provocaba mucha ansiedad y decepción.

Hoy me resulta evidente que era ingenuo y que no comprendía su juego, y así, poco a poco, 
fui poniéndome más en evidencia. El Negro, luego me lo confesaría, deseaba que yo le hablara 
y que iniciara el proceso de seducción. Él no sabía que era muy tímido y que la represión
en mi casa y dentro mío eran demasiado fuertes como para que yo diera ese paso. Aunque, 
quizás, si hubiera sabido esperar, la angustia, la excitación y la frustración que tenía me 
hubieran llevado a violar los tabús impuestos por mi papá.

El caso es que una noche vi que Varela se alejaba hacia el fondo de la escuela y haciéndome el 
tonto me acerqué hacia él. Él siguió avanzando y se perdió detrás de unos árboles y yo, ya
temeroso, con el corazón latiendo fuerte, seguí avanzando y pronto dejé la seguridad de las luces 
del patio y avancé en la penumbra. De pronto sentí que me tomaban del cuello y que me
ponían una mano en la boca amordazándome. Me di un gran susto por la sorpresa y la violencia 
del ataque y escuché la voz ronca del Negro  que me decía al oído:

- ¿Me andás buscando, putito?... hace días que me seguís como una perra caliente... 
¿qué querés?...   ¿que te rompa el culo?...

La violencia de esas palabras y mi inexperiencia  hicieron que me aterrara y me avergonzara. 
Quise zafarme pero me tenía muy apretado por el cuello. Luego de unos instantes susurrando 
me dijo:

- Te voy a soltar la boca para que me contestes, pero si gritas, antes de que termines de gritar, 
te rompo el cuello.

Y me apretó con más fuerza la garganta. Yo asentí con la cabeza y su  mano fue soltando mi boca 
y comencé a tartamudear una respuesta.  Trataba de explicarle una mentira y mientras mi cabeza
se debatía tratando de inventar algo, sentí que su mano bajaba por mi pecho (era verano y sólo
tenía puesta una camiseta  de tela muy delgada)  y sentía su mano acariciante, sus dedos
exploradores ir acercándose  a mi vientre despacito. Me pellizcó las tetillas suavemente, me
masajeó el vientre y luego sentí que su mano bajaba a mi bragueta y, ahora sí, acariciaba mi 
pene sobre la tela sin pudor. Me estremecí y Varela, notándolo,  mientras me apretaba más el
cuello, metió la mano bajo el cinturón, dentro del pantalón, y encontró mi pene pugnando por
ponerse en pie de guerra pero obligado por el calzoncillo y el pantalón, a estar hacia abajo.

Sentí su risa viciosa en mi oído y mientras  buscaba mi pene con algún trabajo decía:

- ¿Esto te gusta, putito..?

Y luego comenzó a pasarme la lengua por la oreja, buscando introducirla. Eso me hizo cosquillas 
y me reí nervioso mientras sentía  su mano localizando  mi pene y ayudándolo a encontrar una
posición más confortable. El alivio fue instantáneo porque esa posición forzada hacia abajo era 
casi dolorosa y pronto comenzó  a acariciar la cabeza del pene. Yo me retorcía de placer. Estaba
asombrado con lo que me ocurría, estaba avergonzado por lo que sucedía con mi pene y, además,
estaba asustado por las implicaciones tanto religiosas como sociales de todo ello. El Negro, mientras
decía obscenidades y mordisqueaba  mi oreja, seguía acariciándome y pronto tomó con la mano
todo el tronco de mi pene  y comenzó un sube y baja pausado pero firme. De pronto me di cuenta
de que algo estaba por ocurrir  y sentí  algo que en ese momento y por mi absoluta inexperiencia,
 creí que era  deseo de orinar. Me asusté y le dije:

- Tengo ganas de hacer pis... mee... me estoy haciendo pis... 

Y sentí que algo salía por mi pene. Mientras eso me salía de adentro, sentí un placer indescriptible
mezclado con el susto por hacerlo enojar si lo mojaba (eso creía yo). Me asusté, pensando en lo
violento que podía ponerse si se enojaba  y estaba preocupado por manchar el pantalón y que todos
lo vieran pero escuché la risa de Varela y la frase que recordaré siempre:

- Si será boludo este!!!.... - asociada al más intenso placer sentido hasta ese momento.  

Me estaba retorciendo  y estremeciendo en una forma incontenible, mis piernas se habían aflojado y Varela soltó mi cuello al comprender que estaba por caerme desmadejado a sus pies.  Sus manos tomaron mi pecho y, mientras me sostenía con su antebrazo,  su mano tomó una tetilla y la pellizcó con mucha fuerza en forma dolorosa y, aunque sentí el dolor, eso me  provocó otro orgasmo. Yo estaba absolutamente asustado porque no sabía que estaba experimentando el primer orgasmo de mi vida. Finalmente me calmé.  Varela sacó la mano de adentro de mi pantalón.  Yo no comprendía qué pasaba. Pensaba que debería tener las piernas del pantalón mojadas por la orina pero eso no sucedía. Varela se reía entre dientes y  se pasó los dedos por la boca. A mí me dio asco pensando que estaba saboreando mi orina. Él se dio cuenta de mi ignorancia y riéndose aún me dijo:  

- Andá.... boludito.... andá...  otro día te enseño otro poco...

Y me dio un empujón que me tiró al suelo y caí sobre mis  rodillas  y sobre mis manos  mientras
él se iba  para la clase que ya había empezado. Yo me quedé en cuatro patas, sorprendido... se había abierto ante mí un mundo de sensaciones indescriptibles ligadas al sexo y al pecado pero que provocaban en mí un deseo feroz. No me importaba en ese momento volver  a pecar. Sólo deseaba volver a sentir eso que Varela me había  hecho sentir y que yo no sabía cómo repetirlo.  

Con el paso de los años comprendí que la represión implantada por mi papá en mí era tan grande que bloqueaba toda posibilidad de que  aprendiera rápidamente a masturbarme.... porque eso, una
simple pero  sensacional  paja era lo que me había hecho Varela. Al rato pensé en volver  a clase pero ya era muy tarde y tendría que dar explicaciones. Me quedé en la sombra y luego entré en los baños de la escuela y así, cuando sonó el timbre, a los pocos minutos salí del baño como si hubiera entrado  unos minutos antes. Al entrar al aula nuevamente, luego del recreo, Varela me miró y, como esa noche,  me sonrió y, esta vez,  yo le sonreí, avergonzado por lo sucedido pero agradecido por esa explosión de placer que, por primera vez, había sentido en mi vida. Cuando a la salida de la escuela traté de acercarme a Varela, él se puso a charlar con otros alumnos y no me animé a decirle nada. Así me quedé un rato, dando vueltas, esperando que se despidiera. No sabía qué quería decirle. Simplemente quería volver a estar cerca de él sin saber bien para qué. Pero Varela era ahora el dueño de la situación y pronto se alejó con esos alumnos sin mirarme. Me sentí apenado y me fui a mi casa. Cuando llegue fui al baño y oriné y comprendí que lo que me había sucedido en la escuela no era una meada corta. Estuve tocando mi pene que estaba, nuevamente, al palo pero no sabía cómo masturbarme y luego de un rato, en que mi excitación creció y, con ella, mi frustración al no poder descargarme, me fui a dormir.

Esa mañana desperté muy tarde;  había dormido muy poco pero tenía en claro que quería estar con Varela y por ello, dándole cualquier excusa  a mi madre, salí pronto de mi casa y tomando el microómnibus me fui para las afueras de la ciudad, a una zona marginal, donde sabía que, cercana a un puente que cruzaba el río estaba la casa de Varela. Cuando llegué comencé a caminar. Tenía un poco de temor porque era una zona donde vivían delincuentes. Pero mi excitación podía más que el temor y así fui dando vueltas por las calles con la esperanza secreta de que pudiera localizar (no me imaginaba cómo) la casa de Varela. Mientras caminaba por esas calles de tierra,  me acerqué a un callejón donde había unos muchachos y, al acercarme, el corazón me dio un vuelco porque charlando con ellos estaba Varela. En ese momento quise retroceder. No sabía qué decir si él me encaraba, no tenía ninguna excusa válida y era ridículo decirle que había ido a buscar un libro o una lección porque Varela era el menos aplicado de todos. Al verme dejaron de charlar. Mi ropa, aunque no lujosa, llamaba la atención en ese barrio pobre. Sentía los pies de plomo pero si retrocedía sería peor y así seguí avanzando. Sentía los ojos de todos fijos en mí y escuchaba que Varela hablaba con
ellos y pronto comenzaron a escucharse risas sordas.  Comencé a sentir vergüenza. Me imaginaba que Varela estaría contándole cosas de mí  -no me imaginaba qué,  salvo de la noche anterior-  pero sentía un ambiente de burla y de desprecio. Pero me obligué a seguir caminando hasta llegar frente
a ellos  porque estaba dispuesto a todo para poder estar con Varela. Cuando llegué,  no sabía qué hacer y por ello, vencido por la timidez y la vergüenza, decidí seguir caminando como si no lo hubiera visto al Negro. Sentía la cara roja y las miradas de todos junto con sus risas y comentarios
en voz baja. Al pasar frente a ellos Varela  dio un silbido y me sorprendió y torcí la cara para encontrarme con sus ojos. Eran burlones pero amistosos y me dijo: 

- Pibe.. vení... no te hagas el fino...

El alma me volvió al cuerpo y mi corazón se alegró. El Negro me había hablado y no se avergonzaba de llamarme. Me acerqué sonriendo y, cuando llegué, él estiró la mano para  saludarme. Yo extendí la mía  pero el Negro, tomando mi mano me hizo dar vuelta  y me puso contra su cuerpo, de espaldas a él y me abrazó apretando  el pecho con fuerza y me pellizcó otra vez una tetilla con fuerza. Me dolió e hice una mueca. Todos miraban divertidos  y Varela  me dijo: 

- Cuéntales que anoche te hice una linda pajita, cuéntales que eres más boludo que las palomas... cuéntales que creías que te estabas meando...

Esta exhibición de mi intimidad y de mi ignorancia  me lastimó y las risas de todos me dolieron más aún. No comprendía que  el Negro no lo hacía con mala leche. Se burlaba por bruto y miró para todos lados y al no ver a nadie (hacía calor y todavía los chicos no salían a jugar)  el  Negro  me sacó la camisa que estaba metida dentro del pantalón y me la sacó afuera y luego comenzó a desabotonarme lentamente cada botón.  Todos se quedaron callados y miraban esos dedos que fueron exponiendo mi pecho despacio y morosamente. Así, botón tras  botón  fue descubriendo mi piel lentamente y así llegó a  mi vientre mientras el Negro silbaba, entre dientes, una canción de moda. Cuando todos los botones estuvieron libres el Negro bajó las manos y tomando el cinturón lo aflojó  y luego abrió la bragueta despacito y allí estaba, mi pene, otra vez buscando guerra. Yo estaba excitadísimo pero, al mismo tiempo, asustado por lo que ocurría.  Estaba siendo  desnudado en público en un callejón sin salida  por un marginal violento para diversión de otros marginales. Y lo peor era que lo estaba disfrutando. El Negro bajó un poco mi pantalón y, después,  abrió el calzoncillo y  lo bajó con delicadeza para no lastimarme el pene y comenzó masturbarme nuevamente. Yo estaba fascinado. Miraba esa mano grande y  morena que maniobraba mi pene con delicadeza. Subía y bajaba y yo, mientras aprendía los rudimentos de la masturbación,  escuchaba mis propios  suspiros como si estuviera fuera de la escena. Miraba  a los muchachos que me rodeaban. Algunos se estaban acariciando sus vergas por arriba del pantalón. Mi excitación crecía y me sentía  a punto de explotar. El Negro, sintiendo mis estremecimientos y viendo que iba a deslecharme dejó de acariciarme y volvió a pellizcarme una tetilla con saña.  Me dolió, fue brutal  y me quejé pero, en el mismo momento que exhalaba un quejido, la leche comenzó  a salir a borbotones, en chorros largos, espaciados pero interminables mientras me retorcía otra vez  contra el cuerpo del Negro y sentía, por primera vez la verga de él, dura, contra mi caderas.  Algunos chorros de leche salpicaron a los muchachos que se rieron y le dijeron al Negro: 

- Dale... ahora lo cogemos...

Pero el Negro se puso serio y les dijo:  

- Noooo... esta es carne fresca, ya saben para quien.. cuando se canse será mío y después se lo paso a ustedes...

Protestaron y comenzó una discusión acalorada. Yo sentía la violencia de todos  y tenía miedo.  Quise levantarme los pantalones pero el Negro, al notarlo, me dijo con ira: 

- Tú!!! quédate quieto! 

Y atemorizado dejé que cayeran nuevamente. Los otros comenzaron un regateo ya que querían que se las chupara. Yo los escuchaba sin entender. No me imaginaba qué se pudiera chupar en una persona. El Negro se puso firme y era evidente que lo respetaban y les dijo:

- Es un boludo completo.. no sabe nada de nada.. quiero enseñarle sin espantarlo... si se las chupa después quizás no quiera hacerlo más...

Entonces siguieron discutiendo y luego de un rato el Negro aceptó que se las meneara con la mano y me dijo: 

- Hazle en sus vergas lo que yo hice con la tuya y nos vamos....

A mí me daba asco tocar esas vergas sucias pero el Negro,  que tenía mucha experiencia, me empujó delante de él y  desde atrás comenzó, una vez más,  a acariciar la mía mientras ellos se acercaban más a mis manos. Entonces me aflojé y comencé a  masturbarlos de a dos, uno con
cada mano. Era  evidente que no sabía hacerlo  porque se quejaron y me insultaron  pero la calentura  y la falta de dinero para pagarse una puta era suficiente para que se aguantaran mi inexperiencia y se deslecharan pronto. Cuando sus semen manchó mis manos quise dejar de meneárselas pero tomando con sus manos las mías me indicaron que debía seguir. Luego
siguieron los otros que, en esa maniobra, se habían estado manoseando sin mucho entusiasmo  esperando su turno mientras hacían comentarios soeces sobre mí.

Finalmente se dieron por satisfechos y el Negro dándome  un pañuelo sucio para que me sacara la leche de las manos  me indicó que me  subiera el pantalón, así  podíamos irnos. Yo me apuré, todavía estaba asustado, pero también estaba agradecido por la segunda paja de mi vida. Pero lo más importante es que había logrado estar junto a él, que él no me rechazaba. No sabía qué podía hacer con el Negro  salvo que quería seguir explorando mi sexualidad  recién descubierta. El Negro tomándome de un brazo con algo de violencia comenzó a caminar por los pasillos de esa barriada marginal hasta llegar a una casa un poco mejor que tenía la moto Suzuki atada con una cadena en la puerta. Al llegar el Negro entró en la casa,  escuché su voz discutiendo con una mujer -supuse que sería su madre- y luego salió para desatar la moto y subirse a ella. Yo sabía que esa moto era la primera en la ciudad en tener arranque eléctrico y me quedé allí parado cuando el Negro, de mal modo me dijo: 

- ¿Y.. boludo.. qué esperas...? 

Y golpeó con la mano el sillín trasero. Yo entonces, con algo de torpeza  -nunca había subido a una moto- monté detrás de él y avanzamos hacia la ciudad. Luego de un rato de marcha el Negro se desvió  y  estacionó la moto a un costado y sin bajarse, hablándome por encima del hombro me dijo: 

- ¿Tienes algo que hacer..?  te invito a una  quinta con pileta...

Yo, avergonzado de mi sumisión y temeroso de hacerlo enojar le respondí con timidez que tenía que ir a almorzar a casa, pero él me sorprendió y pensándolo un poco me dijo:

- Si le dices a tus padres que en la escuela quieren hacer un trabajo práctico  en el campo... ¿te dejarán?..

Yo le sugerí  probar y así fuimos a mi casa. Yo llegué anhelante de conseguir el permiso y por suerte papá no estaba y mamá, aunque a regañadientes, estuvo de acuerdo. Salí de casa feliz. Estaba en el cielo. Tenía  todo lo que restaba de la mañana y parte de la tarde para estar con Varela. Al bajar y llegar a la calle le conté que tenía permiso pero, preocupado, le dije que no tenía bañador para la pileta. Se rió entre dientes y me dijo:

- Pibe.. eso no será problema..

Y  me indicó que montara en el sillín.

Arrancó y salimos hacia el norte.  El día estaba soleado, no corría viento, estaba con el Negro y me había invitado a una pileta. ¿qué más podía pedir?. Luego de un rato de marcha salimos de la ciudad y llegamos a una ruta que llevaba a una zona de casas de campo, con grandes parques, muy lujosas. El negro iba silbando entre dientes y mientras manejaba a una velocidad no muy alta con una mano, con la otra comenzó a acariciarme la pierna de ese lado. Me puse de nuevo a mil y la erección comenzó a molestarme. Cuando quise acomodarme el Negro se adelantó un poco en el asiento para permitirme maniobrar y así más cómodo me relajé y tomándolo por la cintura comencé con torpeza a acariciarle el pecho y el vientre. No sabía mucho qué era lo que debía hacer pero luego de unos minutos de acariciarlo  bajé mi mano y la metí bajo el cinturón de su pantalón y tocando algo grande, caliente y un poco húmedo. Me asusté y quise retirarla pero él  tomó mi mano con la suya y con una gentileza inusual en él la volvió a meter bajo el pantalón.  Entendí el mensaje y comencé a acariciar ese monstruo caliente que no veía pero sentía palpitante. El Negro, para facilitarme la tarea, se abrió el cinturón y la bragueta y así anduvimos un largo rato. Yo  pegado a su espalda, con mi verga dura y caliente contra su cuerpo y una mano aferrada a su pecho para
no caerme y la otra meneándole la verga.  Luego de un rato el negro me sacó la mano y me dijo:

- Para... para.. que si sigues... vamos a tener un accidente...

Yo la retiré asustado, pensando que había hecho algo mal o que lo había lastimado y, ansioso, le pedí que me perdonara pero el Negro comenzó a reirse y a decir: 

- Qué boludo... qué boludo...

Como vi que no estaba enojado me tranquilicé y me quedé quieto, tomado a su cintura, mientras la moto seguía su marcha. Pronto llegamos a una quinta con una gran reja perimetral y una puerta 
imponente, cerrada. El Negro detuvo la moto y sin parar el motor, bajó el soporte  de estacionamiento y se acercó a una columna donde había una especie de timbre llamador. Allí habló  a esa especie de timbre. Yo no escuchaba bien por el ronroneo suave del motor y de pronto me dijo que me bajara y me aproximara. Lo hice con cuidado, para no hacer caer la moto, y me pidió que
me parara frente a ese timbre. Yo no sabía que era un portero eléctrico con televisión pero le hice caso y allí estuve unos segundos.  Luego escuché una voz ronca que decía: 

- Está muy bueno... tráemelo...

Y  vi cómo la puerta comenzaba a  abrirse sola en forma silenciosa. Era la primera vez que veía  funcionar un mecanismo de ese tipo y estaba asombrado. Varela subió a la moto, aflojó el pie de estacionamiento y me hizo señas para que trepara yo también. Así lo hice y arrancó entrando al parque que era mucho más grande y salvaje de lo que parecía desde afuera. Lo único cuidado era el
camino de entrada, en piedra de la montaña, ancho como para que pasaran dos autos pero, inmediatamente la selva tropical de la zona se cerraba a los costados en forma impenetrable.
Avanzamos unos minutos  con una fuerte pendiente hasta llegar  a una explanada donde la selva se terminaba para dejar lugar a una casa muy grande. No se veía a nadie pero era evidente que el Negro conocía bien el lugar porque, sin dudarlo, llevó la moto a una galería de piedra donde
estacionó a la sombra y me invitó a bajar. Luego, tomándome del brazo, me hizo avanzar rodeando la casa hasta llegar a una pileta grande, rodeada de reposeras. Con naturalidad, como si lo hiciera todos los días, el Negro se deshizo de las zapatillas de un puntapié y se bajó los pantalones quedando con un bañador. Luego se sacó la remera y se tiró al agua de cabeza. Yo me quedé mirándolo. No sabía qué hacer... no había traído bañador. Cuando Varela salió del otro lado y se trepó a la vereda de piedra me miró y me gritó:

- Dale.. boludito.. el agua está muy buena. Métete de una vez....

Le repliqué con vergüenza que no tenía bañador y él se rió y me gritó:

- ¿Cuál es el problema?.... ponte  "en bolas"

Yo dudé  pero entonces se enojó y le afloró esa violencia inesperada y con grosería me dijo: 

- Mariconaza.. ponte en bolas y métete en el agua..... ¿que necesita la nenita?..... ¿que la ayude a desnudarse?...

Esa violencia explosiva del Negro me atemorizaba y comencé a sacarme la ropa. Me sentía torpe y pensaba en esa voz que había dicho  "Está muy bueno... trámelo..." pero finalmente me desnudé y rápidamente entré al agua para cubrir mi vergüenza. Nadé hasta el otro lado, donde estaba Varela y me quedé en el agua avergonzado de estar desnudo. Él se hacía el tonto y sacando su verga afuera comenzó a meneársela. Yo me excité de inmediato  pero miraba con atención lo que hacía para aprender. Pronto mi verga comenzó a querer guerra y empujar contra las paredes de la pileta y me moví para acomodarme mejor pero el Negro, notándolo, me dijo:

- Vamos, sal afuera, toma sol conmigo.

Le respondí  que no... que quería nadar,  y él me dijo:

- Dale.. confiesa que te da vergüenza que te la vea "al palo"

Y se volvió a reír de buen humor nuevamente. Me dejé caer en el agua, enojado porque el Negro parecía leerme la mente y me puse a nadar con energía procurando que se pasase mi excitación, cosa que logré  después del  segundo "largo". Cuando estuve normal entonces volví  a acercarme y salí del agua . Él estaba ya acostado en una reposera y palmeando la que tenía al lado me dijo que me pusiera cómodo. Le hice caso y me puse boca arriba pero las ideas que me venían a la cabeza
hicieron que me empalmara nuevamente y por ello me di vuelta, boca abajo, para ocultar la erección que tenía. Aunque sentía un poco de aprensión por estar desnudo en una casa ajena, la
presencia del Negro me tranquilizaba y pronto me relajé y, sin darme cuenta, me dormí. No sé cuánto tiempo habrá pasado pero me desperté escuchando que el Negro estaba hablando con la voz ronca. Di vuelta la cabeza  y entonces vi  que, tapándome el sol,  había un hombre corpulento que hablaba con el Negro. Por  su posición frente al sol, a contraluz, no podía verle la cara. Su voz era más ronca aún que en el portero eléctrico y me dijo:

- Date vuelta... quiero verte...

Me sorprendió su manera directa, sin vueltas, de tratarme, y lo miré al Negro que  con calma pero con una violencia notable me dijo: 

- Pibe... muestra tus "joyas"... para eso estamos...

Entonces apoyándome en un brazo me di vuelta y me puse boca  arriba en la reposera. No podía verle la cara al Ronco pero sentí su mirada recorriendo mi cuerpo y mi pito eligió ese momento para pedir guerra  comenzando una erección lenta y progresiva. Escuché la risa del Ronco que dijo:

- Parece que esto te gusta... eh... mejor... mejor....

Luego  soltó una carcajada y añadió:

- Si eres dócil te irás de aquí con mucho dinero  y si  haces méritos te puedo regalar una moto como la del Negro...

Luego se dio vuelta y  se alejó sin decir más y yo me quedé confundido. El dinero no lo necesitaba ya que mi padre no me dejaría gastarlo y la moto era impensable. Además... ¿qué podía hacer yo como para que él me regalara dinero y una moto tan cara?....

Varela, que parecía leerme el pensamiento, me dijo:  

- Ya sé.. ya sé... si tus padres te ven con dinero preguntarán de dónde lo sacaste y se pudrirá
todo... verdad?  

Lo miré, asombrado por esa intuición y sonreí débilmente asintiendo. Era evidente que se me estaba abriendo un mundo mucho más grande que el que había conocido hasta  ese momento.
Porque jamás habría pensado en tener dinero propio a esa edad pero, ahora que lo pensaba, había algunas cosas que me hubiera gustado tener, como una maquina fotográfica que había visto en un negocio y que mis padres no me querían comprar. Y... en ese momento, comencé a reflexionar que podría comprarla y decir que me la habían prestado y la codicia comenzó a movilizarme. En ese momento el Negro me dijo:

- Bueno... ahora quédate tranquilo, te voy a poner una crema para el sol...

Y levantándose fue hacia una mesa cercana, cubierta con una sombrilla y volvió con una gaseosa, un par de vasos y un bote de crema. Me sirvió y se sirvió la bebida, esperó a que me la tomara y luego me dijo:

- Ponte boca abajo...

Le hice caso, dócilmente, y él se arrodilló a mi lado y comenzó a frotarme suavemente la espalda con la loción.  El suyo era un masaje nada sexual, bien terapéutico y no sentí ninguna excitación, sólo un gran bienestar. Lo hacía a conciencia, cubriendo mi piel y frotándola para que penetrara. Luego lo hizo en el  cuello, los hombros y los brazos. Yo estaba en la gloria. El Negro, que me había hecho feliz por primera vez en mi vida, seguía dándome placer y me fui amodorrando. Luego sus manos  volvieron a la espalda y fueron bajando por la cintura hasta las nalgas y allí me pidió que abriera las piernas para  arrodillarse entre ellas. Sin pensar  nada malo (hasta ese momento todavía pensaba que el culo sólo servía para cagar.... cuánta razón tenía... yo era el boludo más completo
sobre toda la tierra....), le hice caso y sentí sus rodillas abriendo mis piernas. Comenzó por los pies, a los que masajeó a conciencia, haciéndome un poco de cosquillas en las plantas, ahora pienso que a propósito porque esas cosquillas consiguieron que mi pene volviera a pedir guerra. Esta vez, por
suerte, lo había acomodado bien al acostarme (ya estaba comenzando a ser un experto) y sólo tuve que levantar un poco mi cola para que pudiera desplegar toda la erección sin molestarme.  Yo me reí, relajado y feliz y luego fue subiendo por las piernas, masajeando ambas a la vez con energía.  Al llegar a las corvas me hizo, nuevamente, cosquillas y me estremecí pero siguió y luego comenzó a trabajar mis muslos. Sentí sus manos recorriéndolos y pronto llegó a mis nalgas y abriéndolas sentí que me tocaba el ano. Me cerré instintivamente pero me dijo, con esa violencia que estaba aprendiendo a conocer:

- Aflójate, mierdita... no te haré nada...

Y me separó las nalgas con fuerza, lastimándome.  Lo dejé hacer y me aflojé y él dejó de abrirme las nalgas con fuerza y me pedió que me las abriera yo. Acostado, con los ojos cerrados, lleno de vergüenza porque el Negro me estaba viendo "el agujerito"  llevé mis manos hacia atrás y abrí mis nalgas. Entonces sentí que el Negro me masajeaba los alrededores del ano despacio, muy despacio, en movimientos circulares, cada vez más cercanos al agujero. Cuando llegó al ano, su dedo comenzó a masajear el esfínter con parsimonia y comencé a sentir un placer que nunca había sentido.  Su dedo masajeaba sin querer entrar, aflojándome, mientras su otra mano me acariciaba los muslos
con fuerza. Pronto deseé que ese dedo hiciera algo más que masajear el esfínter.. no sabía qué.. pero quería  algo más  aunque no me atrevía a expresar ese deseo.  Entonces, en una muda invitación, me abrí más las nalgas, pero ese dedo seguía imperturbable recorriendo mi ano. Frustrado entonces hice fuerza como para cagar, empujando con mi ano el dedo, como indicando
que quería  que hiciera algo más, pero el muy perverso del Negro, comprendiendo que ya estaba listo, me dejó con las ganas, para así obligarme a desearlo con más fuerza. En ese momento me dijo:

- Bueno.... de  este lado ya estás listo... voltéate...

Molesto por la frustración, me di vuelta y el Negro se salió de la reposera para permitirlo. Luego me pidió que volviera abrir las  piernas para colarse entre ellas. Esta vez su masaje en el pecho y en los brazos fue por cumplido ya que pronto bajó a mi pene y allí comenzó una paja lentísima. Yo hasta ese momento tenía los ojos cerrados porque aún me daba vergüenza estar así, completamente desnudo y expuesto ante otra persona, y por ello mi pene había perdido parte de su excitación. Pero.. cuando su mano tomó el tronco de mi pene y comenzó a apretar con fuerza, mi pene se volvió brioso y yo abrí los ojos y me encontré con los ojos del Negro a medio metro de los míos, mirándome mientras me pajeaba. Lo miré... me miró... sonrió mostrando los dientes y luego volvió a lo suyo mientras su mano subía y bajaba despacio, muy despacio. Yo dejé caer la cabeza hacia atrás y cerré los ojos feliz, relajándome. Pronto la otra mano del Negro comenzó a acariciarme las bolas y luego fue bajando a buscar mi ano. Yo, deseando que siguiera con el trámite anterior,
encogí un poco las piernas y las abrí más y él volvió masajear mi ano con una presión creciente.

Yo quería más y volví a hacer fuerza como para cagar y el Negro me susurró:

- Tranquilo, te voy a poner crema en el culo....

Y sentí que su mano abandonaba mi esfínter. Instantes después sentí que un encremado volvía a
tocar mi ano y que ese dedo ya buscaba mi interior y repetí el esfuerzo de cagar (sin saberlo, supongo que mi intuición gay comenzaba a funcionar, estaba realizando el ABC de un cogida indolora)  y el dedo entró fácilmente. De todas formas pegué un respingo.. no me dolió ese ingreso, sino que fue una experiencia nueva y por ello un poco agresiva. El Negro no tenía apuro y no siguió  penetrando  sino que, mientras seguía pajeándome despacio, comenzó a girar ese dedo en mi ano y pronto, buscando ese algo más que desconocía, empujé con la cola como pidiéndole que penetrara
más. Él accedió y despacio lo fue metiendo hasta llegar a una zona (luego sabría que era mi próstata)  que me produjo una intensa sensación de placer y lancé un gemido. El Negro eligió ese momento entonces para ponerse mi glande en la boca. Yo tenía los ojos cerrados y estaba abandonado y feliz, recibiendo placer. Pero, cuando sus labios mojados con abundante saliva se cerraron sobre mi glande la sensación fue indescriptible y abriendo los ojos levanté la cabeza y vi que me estaba chupando la pija, tuve una sorpresa mayúscula. Pensar en chupar una pija me resultaba una idea asquerosa y pensar en que alguien se pusiera mi pija en su boca también me resultaba una idea asquerosa. Pero la muy turra de mi verguita (no era muy dotado en esa época y, aún no lo soy pero suplo esa carencia con una gran habilidad) decidió tener vida propia y no preocuparse por mis ascos, disfrutando de esa lengua que me acariciaba el frenillo lenta.. muy lentamente... Yo seguía asombrado.  No podía entender cómo una cosa en apariencia asquerosa podía ser tan placentera y, en ese momento, comprendí que lo que querían que les chupara los amigos del Negro era sus pijas y la idea de chupar esas pijas, seguramente sucias, me volvió a llenar de asco. Pero mientras mi cabeza sentía asco, mi verga sentía placer, y el Negro entonces comenzó a penetrar mi ano con dos dedos.  Esta vez me dolió  un poco y me retraje pero la mano del Negro dejó mi tronco (aunque su boca seguía comiendo mi pija) y tomando mis bolas las apretó con fuerza. Me dolió y entendí el mensaje y lo que la violencia del Negro podía hacerle a mis testículos y lo dejé hacer. Luego fueron tres dedos los que comenzaron a abrirme y eso ya dolía y me quejé pero el Negro, impasible, volvió a apretarme las bolas y yo volví a dejarlo hacer. Sus tres dedos me dolían. Mi esfínter estaba al borde del desgarro pero él seguía y yo comencé a dejar de sentir placer  y mi verguita se achicó y se escapó de la boca del Negro. Pero él siguió trabajando mi ano y al rato ya me había acostumbrado y el dolor casi había desaparecido. Pronto mi próstata volvió a reaccionar y mi pija a erguirse y el Negro dijo: 

- Ya estás listo.

Y yo abrí los ojos y vi que el Ronco estaba a nuestro lado, desnudo, con su pija enhiesta. Me sorprendí y me asusté. Quise levantarme pero el Negro me dio un empujón brutal y me aplastó contra la reposera. Luego salió de entre mis  piernas, me puso un poco más de crema y dando la vuelta se ubicó en la cabecera de la reposera y tomando mis manos las llevó hacia atrás con violencia. El Ronco se había ubicado entre mis piernas, levantándolas sobre sus hombros, y me tomó por las caderas para acomodar mi cola sobre sus piernas. Yo quise resistirme pero era muy fuerte y me acomodó como quiso y puso su verga en "mi puertita". De pronto comenzó a entrar. El dolor fue instantáneo.  Aunque los dedos del Negro me habían preparado, no habían dilatado mi ano lo suficiente y sentí un dolor en el culo como cuando me corté  un dedo en la cocina de casa  con el
afilado cuchillo de picar ajo. Era un dolor insoportable y traté de alejarme de esa verga pero estaba tomado por las caderas con fuerza. Grité.... moví mis piernas, las agité desesperado y quise zafarme del abrazo del Negro pero era imposible. El Negro se tiró encima mío inmovilizándome con su peso. Me ahogaba con su pecho, no me dejaba respirar y giré la cabeza. El cuchillo seguía penetrando mi ano implacablemente y el dolor me invadió todo el bajo vientre. Me estaban violando y no lo sabía.  Sólo sabía que sufría como un perro. De pronto el dolor cesó un poco. Sentí que se aplacaba ( luego comprendería que me había penetrado hasta el fondo y que ya no podía entrar más) Así se quedó un rato quieto y luego comenzó a sacar ese cuchillo de mi interior. El trámite me provocaba dolor pero, al mismo tiempo, alivio al retirarse de mi ano.

Luego de un instante volvió a entrar  provocando otra oleada de dolor para luego retirarse y así comenzó la  primera cogida  que tuve en mi vida. Era espantoso el dolor pero, al mismo tiempo, la próstata decía que era agradable y luego de un rato mi recto se había acostumbrado. Sentía un dolor caliente y sordo pero sentía excitación y el Negro, notando que estaba menos tenso, aflojó la presión de su pecho sobre mi pecho y, adelantando su cabeza,  buscó mi verguita con los labios  (supongo que estaría hecha una pasita). Cuando se sumó a la sensación de mi próstata la caricia de los labios del Negro en mi glande mi pito dejó de ser una pasita y volvió a pedir guerra. Sentía que el dolor seguía y el cuchillo me quemaba pero, al mismo tiempo, sentía mi ano pleno de algo parecido a un  placer-dolor (de otra manera no puedo describirlo)  y sentía que mi glande disfrutaba al máximo. Yo ya era un muñeco en manos del Ronco que me tomaba de las caderas con fuerza mientras me embestía.  A veces eran tan fuertes sus acometidas que empujaban la cabeza del Negro hacia atrás separándola de mi pija. Luego de unos instantes la boca del Negro abandonó mi pija  y colocó sus rodillas a ambos lados de mi cabeza sujetándola con fuerza mientras aprisionaba mis brazos con sus piernas.  Yo los dejaba  hacer. El placer-dolor había invadido todo mi cuerpo y era manteca en sus manos. El Negro comenzó a acariciar mi pecho con fuerza. Sus masajes eran violentos y casi dolorosos. Pronto se centraron en mis tetillas y, en ese momento, pese al dolor sordo,  sentí que algo invadía  mis intestinos (una vaga sensación parecida a las enemas que, a veces, me aplicaba mi mamá).Comprendiendo que el Ronco se deslechaba, el Negro me pellizcó las
tetillas con las uñas con mucha violencia  y ese dolor adicional provocó un violento orgasmo mío mientras el Ronco me llenaba el culo de leche y yo me retorcía de placer- dolor. Luego de unos instantes el Ronco se separó de mi culo  con poca gentileza, dejando que mis caderas cayeran sobre la reposera y que mis piernas golpearan los bordes de madera de la misma. Se levantó y se fue y no volví a verlo sino hasta un mes después, después que el Negro me volvió a invitar para ir a la casa del Ronco. Esa invitación me la hizo en un recreo de la escuela. Me negué espantado. Había sufrido demasiado y el placer experimentado no compensaba el dolor sufrido. Ante mi negativa rotunda el  Negro me tomó del brazo y me llevó a un lado y yo lo dejé llevarme pese a que sabía que me había entregado para beneficiarse económicamente. Porque, pese a todo, me sentía atado al Negro  por un lazo invisible donde el placer y el descubrimiento de mi sexualidad era determinantes. Cuando estuvimos en una esquina del patio de la escuela, bajo la luz de un farol, el Negro abrió una carpeta como para mostrarme una tarea y allí, entre las hojas, vi unas claras fotografías, en blanco y negro, donde mi cuerpo estaba desnudo, boca arriba, siendo acariciado y felado por el Negro y siendo penetrado por el Ronco. Con una sonrisa pero con violencia el Negro me dijo:

- Si no vienes conmigo el sábado a la quinta, ahora mismo desparramo estas fotos por toda la escuela....

Esta vez la intuición del Negro había fallado. Pretendía chantajearme y obligarme por el miedo y por la vergüenza. No había comprendido que ver esas fotos habían cambiado mi actitud en forma
instantánea. Y que una oleada de excitación voluptuosa había invadido todo mi ser al verme expuesto, desnudo e indefenso, como objeto de la lascivia de dos varones. El Negro no había comprendido, además,  que la foto que más me había excitado era la última donde mi cara se retorcía de "dolor-placer" mientras el Ronco se deslechaba, las manos del Negro maltrataban mis tetillas y yo eyaculaba con una violencia indescriptible. Y mientras el Negro creía que el miedo y la vergüenza me harían cambiar de opinión, yo ya había decidido acompañarlo sin que me preocupara el chantaje. Más aún, la sola idea de que más compañeros de la escuela, esa inmensa mayoría de varones que eran mis compañeros, vieran mis fotos desnudo y sufriendo mientras me cogían, en lugar de espantarme me excitaba más aún. Era consciente de los problemas que ello me acarrearía con mi familia y con la sociedad bienpensante de mi ciudad pero el deseo de que muchos de mis
compañeros, algunos de ellos hombres muy atractivos,  se ocuparan de mi cuerpo me excitaba sobremanera. Por ello fue que le sonreí al Negro y el dije: 

- Tranquilo.. vamos el sábado...

Y me separé de él para introducirme en las sombras del patio y acomodarme, sin que el Negro me viera, esa pija que quería guerra sin duda. Luego, ese sábado, en otra sesión con el Ronco, vería más fotos de mí cuerpo adolescente mientras era  sometido y una inolvidable filmación donde pude
contemplar con detalle mis reacciones ante mi primera violación.


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