EL OTRO "YO": FANTASÍAS HOMOERÓTICAS

Me estoy observando en el espejo de cuerpo entero y me encuentro realmente atractivo. Tengo el pelo bien cortado, rapado por los lados y muy corto por arriba, como a mí me gusta; las cejas bien delimitadas (pero sin depilar), enmarcando unos ojos marrones, rasgados y con pestañas largas; nariz recta y labios carnosos; el mentón prominente y afeitado. Llevo un pequeño aro de oro en la oreja derecha, que me da un aspecto muy sexi. La ropa: camisa negra arremangada y algo desabotonada por arriba que deja entrever parte de vello de mi pecho; "jeans" en azul claro muy ajustados, y marcando un bonito paquete (la verdad es que no estoy nada mal dotado). Todo ello en un cuerpo de 1'80 de estatura.

La visión de mí mismo me pone cachondo, y empiezo a desabotonarme la camisa. Me la dejo abierta y contemplo mis pectorales marcados, con unos pezoncillos oscuros y rodeados de vello negro ensortijado y no muy abundante que se dirige hacia el centro del pecho, donde forma una sombra más oscura y desde allí baja en forma de Y hasta mis abdominales perfectos, rodean el ombligo y bajan hacia mi entrepierna, como un camino que lleva a algo escondido y prohibido. Un camino que invita al pecado, y un pecado que empieza a crecer.

Me quito la camisa y contemplo los efectos que han hecho en mí los largos años de deporte (soy profesor de educación física). Los hombros anchos, los brazos potentes, pectorales y abdomen perfectamente marcados... Todo sin llegar a la exageración a la que llegan algunos adictos al gimnasio que parecen más bien grandes masas de carne sin gracia ninguna. Me acaricio suavemente el pecho. Me gusta sentir el cosquilleo del vello en la palma de mi mano. Voy pasando lentamente la mano y noto cómo las tetillas se me encogen. Me las masajeo con los dedos en pequeños círculos. Observo en el espejo mi cara de placer y el bulto que marca mi pantalón, como queriendo romper los botones que lo aprisionan y saltar fuera. Utilizo la otra mano para sobarme el paquete y notar cómo va creciendo. Ahora tengo los ojos cerrados, imaginando que son otras manos las que tocan mi cuerpo.

Me saco los zapatos y me quito los pantalones. Ahora sólo llevo puesto un slip de color blanco, que resalta aún más mi bronceado. Me fijo en mis piernas, fuertes y velludas. El vello se arremolina y se hace más espeso alrededor del slip, anticipando el bosque que se esconde allí dentro. Me pongo de perfil y me fijo en el enorme bulto que se marca y aprieta la tela luchando por liberarse de esa prisión. Con las dos manos me lo cojo para ver mejor su contorno y sus proporciones. Se adivina su largaria y grosor y se distinguen dos bolas que lo acompañan en tamaño. Me meto una mano por arriba, quiero sentir el calor de mi sexo. Acaricio la turgencia de mi miembro y la suave almohada de vellos. Toco mis testículos; están calientes por el calor de la leche que guardan y que esperan derramar pronto. Siento un enorme placer y muchas ganas de eyacular, pero todavía no es el momento.

Libero mi polla, dejando caer piernas abajo mis calzoncillos. Mi aparato sale disparado desafiando la gravedad y mostrando su abundancia en tamaño y grosor. Mis bolas oscilan debajo como un péndulo. Contemplo mi cuerpo totalmente desnudo, moreno, contrastando con la marca blanca del breve bañador de natación.

Cojo un sillón y lo pongo delante del espejo. Me siento en él algo recostado y con las piernas abiertas. Tengo la polla tiesa con los huevos colgando hinchados por la excitación, peludos y rotundos. Una mata de pelos rebeldes desciende hacia la raja del culo, formando una sombra que se hace más oscura alrededor del agujero anal. Comienzo a meneármela lentamente, subiendo y bajando la piel que cubre la punta hinchada y roja, y bañada ya con unas gotitas que indican una próxima erupción, sin duda más abundante y densa, mientras los testículos van acompañando este ritmo ascendente y descendente. Se los puede distinguir perfectamente en su bolsa escrotal, uno ligeramente más elevado, pero los dos igualmente perfectos y voluminosos. Me deleito contemplando el hermoso símbolo de la masculinidad. Observo mi bello cuerpo, como un adonis cincelado por algún escultor clásico, una mezcla entre inocencia y virilidad plena. Me doy cuenta de por qué las mujeres y los hombres quieren abrazarlo y ser poseídos por él. Cierro los ojos y comienzo a imaginar...

Un atardecer en la playa, desnudo y tumbado en la orilla, con las olas rompiendo en los pies y el viento acariciando los vellos de mi cuerpo y mi polla semierecta. De repente sale del mar un joven bello y totalmente desnudo, con un miembro inmenso. No sé quién es, no habla, tan sólo se tumba a mi lado y me acaricia el cuerpo: comienza por el pelo y va bajando lentamente por mi pecho, recreándose en cada volumen, para llegar poco a poco a mi entrepierna. Disfruta sobando mis huevos, en los que se deleita durante un buen rato, el suficiente como para que mi polla alcance ya la dureza suficiente como para poder ser engullida por una boca experta, chupando y masturbando al mismo tiempo, metiendo lentamente un dedo en mi culo, que noto cada vez más relajado... Pero él no quiere que me corra todavía y tampoco quiere clavarme su duro estoque; lo que quiere es ser penetrado, sentir cómo un buen macho le rompe las paredes anales y descarga dentro de él todo el jugo caliente y abundante que ha ido calentando previamente con sus juegos. Se arrodilla y abre sus nalgas. Me sitúo detrás de él con mi mástil de buen semental, dispuesto a hundirlo en esas carnes prietas y casi lampiñas. Le pongo la punta en su agujero y embisto con fuerza hasta enterrar todo el tronco hasta los mismos huevos. Lanza un grito de dolor, pues jamás nadie antes lo había penetrado de esa forma tan brutal. Siente como si le hubiesen metido una gran barra de hierro caliente. Un gran dolor le recorre las entrañas, pero a cada movimiento de mi pelvis ese dolor se va convirtiendo en placer. Mi polla recorre ese agujero prieto y profundo, entrando y saliendo de forma rítmica, al tiempo que mis bolas van golpeando sus nalgas en cada embate, notándolas ya pesadas y llenas de leche hirviente. El chavel grita de placer y se mueve acompasadamente, favoreciendo la penetración. Estoy tan caliente y este fulano mueve tan bien su culo que no puedo aguantarme más. Noto cómo mis huevos se repliegan y cómo la leche va subiendo por mi tronco hasta derramar el jugo masculino dentro de aquel agujero vicioso. Voy dando las últimas enculadas para descargar todo el cargamento de mis pesadas y rebosantes pelotas. Mi manguera no para de soltar más y más jugo, inundando aquella cueva estrecha hasta que saco la polla y sale un reguero por ese orificio taladrado y abierto que se va deslizando por sus piernas y fundiéndose con la leche que también él ha derramado. El chaval está exhausto y cubierto de semen por todos lados. Yo también estoy extenuado. Nos quedamos tumbados en la arena con los ojos cerrados, uno al lado del otro, recuperándonos de aquel polvo salvaje...

Abro los ojos para ver a aquel chico, pero lo que veo es mi imagen reflejada en el espejo. Estoy sentado en el sillón, con la polla entre mis manos. Me he corrido mientras imaginaba aquellas escenas. La eyaculación ha debido de ser brutal. Está todo lleno de leche: mis huevos, mis muslos, mi mano, el sillón... Por la luna del espejo también se desliza un chorro que va cayendo lentamente, manchando mi imagen reflejada.

Lo cierto es que la mente es el espejo donde se reflejan nuestras fantasías, aquello que deseamos o que queremos ser. Una ilusión tan frágil como el cristal, pero al mismo tiempo tan profunda y fuerte que se experimenta como real. Es la mente la que nos hace libres, la que nos permite escapar de la situación y el momento concretos para ir allá donde deseemos. Pero también es cierto que el último fin de nuestros actos somos nosotros mismos, nuestra propia vanidad.

Así pues, he llegado a la conclusión de que cuando follo con un tío, en realidad estoy reflejando las ganas de follarme a mí mismo, como si al poseer otro cuerpo me estuviera poseyendo a mí mismo. El acto sexual interpretado como una conducta masturbatoria, y por tanto, egocéntrica. Y estoy tan seguro de lo que te digo como que tengo las manos manchadas por la leche caliente y dulce de mis testículos.



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